Esta parábola budista nos muestra cuál es la actitud justa para aprender en la vida


Una comunidad pidió a un sabio maestro budista que les diese una serie de discursos sobre su filosofía, ya que consideraban que era la mejor manera de aprender. Tras mucho insistir, el maestro accedió. Hizo una pregunta sencilla: 

- ¿Saben de qué voy a hablar en el discurso de hoy? 

- No - contestaron todos al unísono. 

- Pues si no saben siquiera de qué voy a hablarles, ¿cómo van a aprender? - dijo el sabio y se marchó. 

Al cabo de los días, los miembros de la comunidad volvieron a buscarlo. Entonces el sabio les preguntó: 

- ¿Saben hoy de qué les hablaré? 

- Sí - contestaron esta vez, habiéndose puesto previamente de acuerdo. 

- Pues si ya saben de que voy a hablar, no me necesitan – y el maestro volvió a marcharse. 

Empecinados en que aquella era la única vía para comprender el budismo, reflexionaron y regresaron donde el maestro. Esta vez concluyeron que sería mejor contestar que unos sí sabían de qué hablaría y otros no, en caso de que el sabio les volviera a preguntar. En efecto, reunidos todos esperando el discurso, el maestro preguntó: 

- ¿Y hoy saben de qué hablaré? 

- Unos sí lo sabemos, otros no – respondieron satisfechos. 

- En ese caso - dijo el sabio sonriendo - que los que saben, instruyan a quienes no saben. 

Y se marchó para no regresar jamás. 

Esta parábola nos alerta sobre nuestra concepción limitada del conocimiento y nos indica que las cosas que realmente valen la pena se aprenden mediante la experiencia directa y la búsqueda interior, comprometiéndonos con el cambio, no esperando que alguien venga a indicarnos el camino. 

El papel de las experiencias en la búsqueda del conocimiento 


Schopenhauer también sugiere que una mente llena de ideas abstractas sobre el mundo, entiéndase ideas no enraizadas en la experiencia personal, tendrá la tendencia a imponer sus ideas, en vez de permitir que los fenómenos mundanos toquen las “cuerdas cognitivas” de la conciencia. 

En lugar de desarrollar las facultades de discernimiento del niño y enseñarle a juzgar y pensar por sí mismo, el maestro usa todas sus energías para llenar su mente de pensamientos de otras personas”, afirmó el filósofo. 

Schopenhauer aboga por una “educación natural”, aquella en la que experimentamos el mundo y luego lo resumimos en principios generales. Por eso califica la educación escolástica como “artificial”. 

“El método artificial consiste en escuchar lo que otras personas dicen, aprender y leer, y así tener la cabeza repleta de ideas generales antes de que tengas algún tipo de relación con el mundo tal como es, y que puedas verlo por ti mismo Te dirán que las observaciones particulares que se han utilizado para llegar a estas ideas generales las tendrás más adelante en el curso de la experiencia; pero hasta que llegue ese momento, estarás aplicando erróneamente tus ideas generales, juzgas a los hombres y las cosas desde un punto de vista equivocado, los ves desde una perspectiva equivocada y los tratas de manera incorrecta. Así es como la educación pervierte la mente”. 

Schopenhauer creía que la educación artificial que no se basa en la experiencia directa nos lleva a acumular demasiadas nociones preconcebidas con las cuales juzgamos el mundo, lo cual genera una “ansiedad nerviosa” y una “confianza errónea”, una especie de disonancia cognitiva perpetua cuando intentamos encerrar al mundo dentro de nuestro ordenado esquema de Cómo están las cosas, en lugar de tratar de experimentar por nosotros mismos. 

Sus ideas no difieren de o que en el taoísmo se denomina “conocimiento convencional”. “Por su naturaleza misma, el conocimiento convencional es un sistema de abstracciones. Consiste en signos y símbolos en los que las cosas y los sucesos quedan reducidos a esquemas generales. 

Existe otro conocimiento, sin embargo, que es el que interesa a las filosofías orientales centrado en comprender la vida directamente, en vez de quedarse atrapados en los términos lineales y abstractos de las palabras y el pensamiento”, escribió Alan Watts. 


Pensar, cuestionar, experimentar… 


El conocimiento, ese que realmente nos puede cambiar y nos permite crecer, debe partir de la curiosidad. La curiosidad nos anima a explorar y descubrir para llegar a nuestras propias verdades, no para abrazar las verdades que alguien nos ha contado. 

Esa curiosidad nos permite experimentar la realidad, de verdad, sin intentar encajarla en nuestra limitada concepción del mundo. Eso puede desestabilizar nuestro sistema de creencias y conceptos, pero no es algo malo, todo lo contrario. Después de que la escuela arme nuestra concepción del mundo, debemos dedicarnos a cuestionarla, ponerla a prueba y, en definitiva, reflexionar sobre todo lo que nos han enseñado. 

Después de todo, el pensamiento crítico es lo que nos hace libres.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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