Los niños están tan sobrecargados que la Academia Americana de Pediatría recomienda recetarles más “juego”


Nuestra vida se ha acelerado. Como consecuencia, la de los niños también. Nuestra agenda está repleta, sin un hueco libre. La de los pequeños también. Entre las clases, las actividades extraescolares y los deberes tienen tan poco tiempo libre para dedicarse a jugar que la Academia Americana de Pediatría ha sugerido a los pediatras que sería mejor que comenzasen a prescribir “juego”. 

Jugar no es frívolo. Cuando en la vida de un niño faltan el juego y las relaciones seguras, estables y desarrolladoras, el estrés tóxico puede afectar el desarrollo de las funciones ejecutivas y el aprendizaje de las conductas prosociales. Si el niño tiene una infancia difícil, el juego cobra aún más relevancia”, se puede leer al inicio de su informe. 

La falta de juego abre paso a los problemas emocionales 


No es un secreto para nadie que los niños de hoy juegan mucho menos. Desde 1981 a 1997, el tiempo de juego de los niños estadounidenses disminuyó en un 25%. Solo el 51% de los niños sale a caminar o juega una vez al día con uno de los padres. Los pequeños pasan un 18% más de tiempo en la escuela, dedican un 145% más de tiempo a hacer los deberes y un 168% más de horas a ir de compras con los padres. 

Debido al aumento de la presión académica, el 30% de los niños que cursan la educación preescolar en Estados Unidos ni siquiera tienen recreo. En total, algunos niños dedican al juego solo 11 horas a la semana, un tiempo claramente insuficiente. 

También se ha constatado que los niños dedican menos tiempo al juego libre porque prevalecen los juegos estructurados. Esa tendencia abre las puertas al desarrollo de problemas emocionales como la ansiedad, el estrés y la depresión, como apunta Peter Gray, especialista en educación y aprendizaje infantil del Boston College. 

Este psicólogo afirma que la falta de juego libre impide a los niños aprender a resolver por su cuenta los problemas, cultivar sus intereses, poner a prueba sus habilidades y competencias y, en última instancia, desarrollar un locus de control interno que les permita sentir que controlan al menos una parte de sus vidas. 

Investigadores de la Universidad de Cornell respaldan su teoría. En sus estudios comprobaron que los niños que vivían en grandes ciudades y no solían jugar al aire libre, en contacto con la naturaleza, tenían niveles más elevados de estrés y ansiedad, en comparación con los pequeños que vivían en entornos rurales y salían a jugar a menudo, quienes habían desarrollado además una mayor resiliencia ante la adversidad. 

Jugar es un asunto serio 


El juego ayuda a los niños a desarrollar el lenguaje y las habilidades de razonamiento y toma de decisiones, les permite aprender a negociar con los otros e incluso es una herramienta para gestionar el estrés ya que a través del juego los pequeños suelen proyectar sus miedos, problemas y preocupaciones. 

Existen cientos de investigaciones que respaldan los beneficios del juego en la infancia, no solo a nivel emocional sino incluso académico. Un estudio realizado en la Northeastern University reveló que el juego físico mejora el control de la atención, la flexibilidad cognitiva y el razonamiento en los niños de 7 a 9 años. Otro estudio desarrollado en la Universidad de Virginia demostró que el juego de simulación contribuye a que los niños desarrollen la autorregulación ya que mejora su capacidad para razonar sobre eventos hipotéticos. 

Por eso, es un error que los padres y el sistema educativo se centren tanto en los logros académicos a expensas del juego. La configuración que ha ido adquiriendo la sociedad en las últimas décadas ha ejercido una enorme presión sobre los padres, quienes se han enrolado en “la competencia para ver quién puede programar más ‘oportunidades de crecimiento’ para sus hijos. Como resultado, a los niños les queda poco tiempo en la jornada para jugar libremente, para que los padres les lean o incluso para disfrutar de una cena en familia”, se puede leer en el informe. 

Para intentar corregir esta tendencia, la Academia Americana de Pediatría pide que los pediatras intervengan prescribiendo el juego. “En un momento en que los programas dirigidos a la primera infancia están siendo presionados para agregar más componentes didácticos y un aprendizaje menos lúdico, los pediatras pueden desempeñar un papel importante al enfatizar el papel de un currículo equilibrado que incluye la importancia del aprendizaje lúdico para promover un desarrollo infantil saludable”. 

Quizá ha llegado el momento de repensar colectivamente nuestra idea del juego, dejar de entenderlo como un pasatiempo trivial y prescindible para asumir que se trata de una actividad esencial para el desarrollo saludable y pleno de los niños. 


Fuentes: 
Yogman, M. et. Al. (2018) The Power of Play: A Pediatric Role in Enhancing Development in Young Children. Pediatrics; 142(3): e20182058. 
Hillman, C. H. et. Al. (2014) Effects of the FITKids Randomized Controlled Trial on Executive Control and Brain Function. Pediatrics; 134(4): 1063-1071. 
Lillard, A. S. et. Al. (2013) The impact of pretend play on children's development: a review of the evidence. Psychol Bull; 139(1): 1-34. 
Grey, P. (2011) The Decline of Play and the Rise of Psychopathology in Children and Adolescents. American Journal of Play; 3(4): 443-463. 
Wells, N. M. & Evans, E. W. (2003) Nearby Nature: A Buffer of Life Stress Among Rural Children. Environment and Behavior; 35(3): 311-330.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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