Qué es un “yo fuerte” y cómo desarrollarlo, según Freud


Vivimos en la época de la alienación de los deseos. Y no es una buena noticia. Si le preguntamos a la mayoría de las personas qué quieren, es probable que no sepan responder. La gente anda tan ocupada y preocupada, vive con tanta prisa, que ha perdido la conexión con su “yo” más profundo y se limita a desear aquello que quieren los demás. 

Tal parece que el ejercicio de desear demandase demasiada energía, una energía que preferimos destinar a tareas más intrascendentes pero que nos mantienen mentalmente ocupados, para que ni siquiera sospechemos que no somos capaces de desear por nuestra cuenta y riesgo. 

Sin embargo, ¿cómo una persona puede hacer lo que desea, si desconoce sus deseos? Si no sabemos lo que queremos, corremos el riesgo de convertirnos en un engranaje más que alimenta una sociedad consumista donde solo valemos por lo que tenemos y no por lo que somos. 

Noam Chomsky nos había advertido: "El sistema perfecto sería una sociedad basada en una díada, en un par. Ese par eres tú y tu televisión, o tal vez ahora, tú e Internet. Un lugar donde se presenta cómo debería ser la vida apropiada, el tipo de aparatos que deberías tener. Recordándote que debes gastar tu tiempo y esfuerzo para conseguir esas cosas que no necesitas y que no quieres y que, probablemente, terminarás tirando. Pero eso es lo necesario para una vida digna".

Freud también vislumbró en su tiempo ese riesgo. Afirmó que "el precio que pagamos por nuestra avanzada civilización es la pérdida de la felicidad a través de la intensificación del sentimiento de culpa", culpa porque no tenemos lo que se supone que deberíamos tener, o por no haber alcanzado el éxito esperado, culpa por no poder con todos los compromisos e incluso por desear lo que no desean los demás, en caso de que nos atrevamos a hacerlo.

Una vía para salir de ese laberinto, ser más auténticos y a la vez vivir de manera más plena y equilibrada, es desarrollar el "yo fuerte" que propuso Freud.

El “yo fuerte” de Freud 


Esta idea se encuentra en una de sus obras póstumas, “Esquema del psicoanálisis”. La perfiló a sus 82 años, después de huir del régimen nazi, pero la dejó inconclusa ya que tuvo que someterse a una operación importante debido al cáncer que padecía. 

No obstante, antes de profundizar en el concepto de “yo fuerte” es necesario comprender cómo funciona el aparato psíquico desde la perspectiva freudiana: 

- Ello. Contiene “todo lo heredado, lo que se trae con el nacimiento, lo establecido constitucionalmente; en especial, entonces, las pulsiones que provienen de la organización corporal, que encuentran en el ello una primera expresión psíquica, cuyas formas son desconocidas para nosotros”. Básicamente, se trata de los impulsos más básicos que responden a nuestras necesidades primarias. 

- Yo. Es la parte del ello que se ha desarrollado debido a la relación con el mundo, la cual termina mediando entre el ello y el mundo exterior. Se trataría de nuestra identidad, de la imagen que tenemos de nosotros mismos. 

- Superyó. Es una instancia dentro del “yo” que sería la prolongación de la dependencia hacia los padres. Se trata de todas las reglas, normas, leyes y valores que hemos interiorizado y que, de cierta forma, controlan el ello. Freud indica que “en la medida en que este superyó se separa del yo o se contrapone a él, es un tercer poder que el yo se ve precisado a tomar en cuenta”. 

Así, en nuestro “yo” conviven dos fuerzas que no solo pueden ser contradictorias sino incluso excluyentes entre sí. Por un lado, el ello busca satisfacer las necesidades básicas de manera urgente, sin preocuparse por los planes a largo plazo, porque no conoce ni el mañana ni la angustia. Por otro lado, el superyó refrena al “ello” haciendo cálculos y teniendo en cuenta la sociedad porque siempre tiene la vista puesta en el futuro. 

Como resultado de esas fuerzas y su desequilibrio, no es extraño que muchas personas se sientan divididas o fragmentadas y terminen con un “yo debilitado”. 

El “yo fuerte”, al contrario, es aquel que “cumple al mismo tiempo los requerimientos del ello, del superyó y de la realidad objetiva, es decir, sabe reconciliar entre sí sus exigencias”. Se trata de un yo equilibrado. 

Ese yo ya no se encuentra a merced del ello ni del superyó, de las necesidades básicas ni de la represión, sino que es un yo capaz de crecer sin sentirse sometido a sus instintos o a la cultura. 

¿Cómo desarrollar un “yo fuerte”? 


Nuestro camino para fortalecer al yo debilitado parte de la ampliación de su conocimiento de sí mismo. Sabemos que esto no es todo, pero es el primer paso. La pérdida del autoconocimiento implica para el yo una pérdida de poder e influencia, es el primer indicio tangible de que se encuentra cohibido y coartado por las demandas del ello y el superyó”, escribió Freud,

Se trata de un duro trabajo ya que implica equilibrar los instintos, las normas y las demandas del medio. 

Primero debemos comprender que “el yo aspira al placer y quiere evitar el displacer. Ante un acrecentamiento de displacer respondemos con angustia”. Eso significa que tenemos que entender cómo solemos reaccionar, los mecanismos que se desatan automáticamente en nuestro interior cuando nos enfrentamos a ciertas situaciones del medio. Implica tomar conciencia de nuestras respuestas automáticas de nerviosismo cuando tenemos que dar un discurso, por ejemplo, o de nuestra ira cuando las cosas no salen según las habíamos planeado. 

En segundo lugar, debemos superar las resistencias que nos plantea el superyó. Se trata de otro desafío importante ya que, aunque seamos “independientes” de nuestros padres, en realidad aún mantenemos una relación de dependencia, sujeción y represión respecto a su autoridad. De hecho, es probable que la voz represora que escuchas en tu mente sean frases que te dijeron tus padres u otras figuras de poder en tu infancia. 

El superyó nos somete a esas normas y reglas para ganarnos la aceptación y el amor, no solo de nuestros padres sino también de la sociedad. Por tanto, para desarrollar un “yo fuerte” necesitamos sobreponernos a ese temor, atrevernos a ser nosotros mismos aún a riesgo de perder la aprobación de algunas personas cercanas. 

No debemos olvidar que “cuanto más acosado se sienta el yo, más tenazmente se aferrará, casi aterrorizado, a la anticatexis con el fin de proteger su precaria existencia contra nuevas irrupciones”, según Freud. Significa que cuando nos sentimos atacados, sea por el motivo que sea, activamos una resistencia, la cual demanda una gran dosis de energía. 

Cuando destinamos tanta energía a luchar contra el ello o el superyó, nuestro yo se debilita. Solo podemos superar esas resistencias cuando nos conocemos y aceptamos. En ese momento, el ello y el superyó dejan de ser obstáculos y trabajan en armonía con un “yo fuerte”.

Entonces ocurre un auténtico milagro: reencontramos nuestra capacidad para desear y amar. Y es en el ejercicio de búsqueda de la autenticidad que nuestro yo se fortalece y alcanzamos la libertad en todos los sentidos. 


Fuente: 
Freud, S. (1991) Esquema del Psicoanálisis. En Obras Completas de Sigmund Freud vol. XXIII (133-210). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

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Un artículo que me ha sorprendido por tratar la importancia del autoconocimiento desde las perspectiva del psicoanálisis. Yo suelo abordar ese tema usando técnicas psicológicas y coaching, pero nunca desde este paradigma. Muchas gracias. Me quedo con el siguiente apartado: "tenemos que entender cómo solemos reaccionar, los mecanismos que se desatan automáticamente en nuestro interior cuando nos enfrentamos a ciertas situaciones del medio.".

En efecto, uno no suele asociar el psicoanálisis con el autoconocimiento pero realmente desde este enfoque, que es muy poco directivo, desde mi perspectiva, todo el cambio se produce internamente, a medida que la persona le va dando sentido a sus contenidos psicológicos. De hecho, siempre he abogado por una práctica integradora de la Psicología.

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