El coraje de ser tu mismo y la valentía de sentir, según E.E. Cummings


Nadie puede construir el puente para que puedas cruzar el río de la vida, nadie más que tú mismo”, escribió Nietzsche refiriéndose a la imperiosa necesidad de tomar las riendas de nuestra vida con valentía y atrevernos a vivir la experiencia. 

Un siglo más tarde el Premio Nobel de Literatura Seamus Heaney retomaba esta idea: “La experiencia es el camino genuino y duradero […] implica ser auténtico a tu propia soledad, fiel a tu conocimiento secreto”. 

La importancia de las experiencias ha sido una constante en el pensamiento de muchos escritores, filósofos y psicólogos de todas las épocas. Cada generación está convencida de que debe luchar más duro que las generaciones precedentes para proteger la identidad personal. 

Esa creencia proviene del engreimiento de una cultura cegada por su propio sesgo de presentismo que ignora los contextos pasados y no comprende que cada generación ha tenido que luchar contra la presión que ejerce la sociedad llamada conformidad. Nuestros bisabuelos, abuelos y padres han tenido que luchar contra ello. También nosotros. 

Hoy vivimos en un ecosistema pavloviano de retroalimentación constante (fundamentalmente a través de las redes sociales) en el que las opiniones más comunes y simplonas son las que se recompensan con mayor facilidad y las voces disidentes sufren el rápido castigo de una multitud irreflexiva. Como resultado, es más fácil ser como los otros que ser uno mismo. La pretensión de normalidad nos asegura una vida sin sobresaltos a la vez que acalla el “yo”. 

La importancia de sentir para conectar con nuestra esencia 


Pocas personas han contrarrestado ese embotamiento de la individualidad tolerado culturalmente de forma más valiente y consistente que E.E. Cummings, un escritor estadounidense que ha sido considerado una de las voces más importantes de la poesía del Siglo XX. Este artista jamás dio marcha atrás, entre otras cosas porque, según escribió uno de sus biógrafos “vivía desafiando a todos los que se dejaban doblegar”. 

Escribió: “Muchas personas piensan, creen o están seguras de sentir, pero eso es pensar, creer o saber; no tiene nada que ver con los sentimientos […] Casi cualquier persona puede aprender a pensar, creer o saber, pero a nadie se le puede enseñar a sentir. ¿Por qué? Porque cada vez que piensas, crees o sabes, eres un montón de otras personas: pero en el momento en que sientes, no eres más nadie que tú tú mismo. 

“No ser nadie más sino tú mismo, en un mundo que está haciendo todo lo posible, día y noche, para hacer que tú seas alguien distinto, significa luchar la más dura batalla que cualquier ser humano pueda enfrentar y nunca dejar de luchar”. 

El propio Cummings, tan solo cuatro años antes, había peleado una de sus batallas más difíciles. Cuando fue galardonado con la prestigiosa beca anual de la Academia de Poetas Americanos, tuvo que soportar las duras críticas de sus compañeros más tradicionalistas que le reprocharon la valentía de romper con la tradición y no ser nadie más que él mismo en su arte. De hecho, muchos de sus versos podrían calificarse como poco ortodoxos ya que no solo rompen con la gramática convencional sino también con el uso de las mayúsculas, la puntuación y hasta la estructura de las palabras. 

Refiriéndose a este hecho, dijo: “Nada es más fácil que usar palabras como lo hacen los demás. Todos hacemos exactamente eso casi todo el tiempo”. 

Cummings establecía una interesante diferenciación entre pensar y sentir. Creía que cuando pensamos, de cierta forma, estamos recapitulando lo que hemos aprendido de la sociedad, por lo que nos convertimos en un eco de los otros. Sin embargo, creía que sentir era un fenómeno mucho más íntimo que nos conectaba con nuestra verdadera esencia. 

Esta idea también está presente en la filosofía budista, en la cual se enaltecen las experiencias directas sobre el conocimiento trasmitido. De hecho, no es casualidad que uno de los métodos de aprendizaje preferidos de los maestros zen sean los kōan, un problema que se plantea al alumno para que pueda seguir progresando. La clave radica en que esos problemas no se deben analizar con la mente racional sino que para resolverlos es necesario deshacerse de algunas ideas preconcebidas. 

En sintonía con esta idea, Cummings dijo: “El artista no es más que aquella persona que desaprende todo lo que ha aprendido para conocerse a sí mismo”. El poeta pensaba que para descubrir nuestra esencia debemos emprender el camino de regreso: deshacernos de muchas de las reglas, creencias y estereotipos heredados de una sociedad que pretende moldearnos a su imagen y semejanza, eliminando todo rastro de individualidad. 

Por supuesto, ese viaje no es sencillo: “Se necesita coraje para crecer y convertirte en la persona que realmente eres”, escribió. A medida que nos distanciamos de lo establecido, cuando lo normal deja de ser suficiente, se activa una especie de mecanismo de rechazo social que no es más que la expresión del miedo de los demás a lo diferente, el miedo a verse en ese espejo y reconocer que se ha perdido por completo la conexión con su esencia. 

¿Cómo afrontar ese viaje de redescubrimiento sin desorientarse? 


Cummings nos da un punto de partida: “El primer paso para expandir tu realidad consiste en descartar la tendencia a excluir las cosas de las posibilidades”. O lo que es lo mismo: no conviertas lo improbable en imposible. No te cierres al mundo de posibilidades solo porque la sociedad dice que no se puede o porque intentan ponerte obstáculos en el camino.

Y termina su discurso con una frase motivadora que puede convertirse en nuestro mantra a través de ese viaje interior: “Recuerda solo una cosa: solo tú, nadie más, determina tu destino y decide tu suerte. Nadie puede vivir en tu lugar, ni tu puedes vivir por los demás”. 

¡Buen viaje!

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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