Atención selectiva: La historia de los parabrisas dañados y por qué no logramos ver las cosas como son


Todos y cada uno de nosotros, si bien cada quien a su manera, estamos inmersos en una búsqueda incansable, y muchas veces inconsciente, del sentido de los acontecimientos y las cosas que nos rodean. Es natural que intentemos buscar un orden en los acontecimientos porque nuestro cerebro es un maniático del orden y la lógica, de manera que intentamos encontrar el sentido a todo lo que ocurre. 

En esa búsqueda de sentido establecemos lo que en Psicología se conoce como puntuación, y que no es más que un orden causa-efecto. Lo curioso es que una vez que hemos establecido esa puntuación, que le hemos dado un orden y explicación a los hechos, nos apegamos a esa versión de la realidad y la damos por cierta. En práctica, vamos autoconfirmando esa visión de la realidad a través de la atención selectiva. Y lo peor de todo es que luego mostramos la tendencia a ignorar todos los hechos que refuten nuestra visión cayendo víctimas de lo que se conoce como sesgo de confirmación


El extraño caso de los parabrisas dañados 


A finales de los años ’50 la ciudad de Seattle sufrió un extraño fenómeno que adquirió dimensiones de epidemia: un número cada vez mayor de conductores observaba que los parabrisas de sus coches tenían pequeñas hendiduras, como pequeños hoyos con forma de cráter. 

El asunto adquirió tales proporciones que, a petición del gobernador del Estado de Washington, el presidente Eisenhower envió a Seattle un grupo de expertos de la Oficina Federal de Verificación para que encontraran la causa del misterio. 

Muy pronto, la comisión descubrió que entre los habitantes de la ciudad circulaban dos teorías para explicar el fenómeno de los parabrisas estropeados. La primera de ellas, a la que llamaron “teoría del fall-out”, decía que las recientes explosiones atómicas rusas habían contaminado la atmósfera y la lluvia radiactiva generada por esos experimentos se había transformado, en el húmedo clima de Seattle, en una especie de rocío que dañaba los cristales de los parabrisas. 

Los partidarios de la “teoría asfáltica” estaban convencidos de que los largos tramos de autopistas que se habían asfaltado recientemente como parte de un programa de red viaria que había puesto en marcha el gobernador Rosollini, habían creado, siempre debido al clima húmedo de la región, numerosas partículas ácidas que afectaban a los hasta entonces indemnes parabrisas. 

Sin embargo, los investigadores hicieron algo sui generis: en vez de dedicarse a investigar ambas teorías, simplemente partieron del inicio preguntándose si realmente había tantos parabrisas dañados. Los hombres de la Oficina Federal no dieron nada por supuesto, y por eso descubrieron que en realidad no se había producido ningún aumento del número de parabrisas dañados. 

Lo que se había producido era un fenómeno de masas: cuando se corrió la noticia de que había parabrisas dañados, los conductores comenzaron a fijarse en sus propios coches. Muchos de ellos comenzaron a mirar el parabrisas desde fuera, inclinándose sobre el cristal para examinarlo más de cerca, en vez de mirar desde dentro a través del cristal, el ángulo normal con el que siempre lo veían. 

Desde esta perspectiva inusual, podían ver claramente los minúsculos cráteres que hay en casi todos los parabrisas y que se deben al desgaste normal. Por tanto, los investigadores concluyeron que lo que se produjo en Seattle no era una epidemia de parabrisas dañados, sino una epidemia de parabrisas inspeccionados. 

Este caso, recogido en el libro “¿Es real la realidad?” de Paul Watzlawick, nos muestra cómo un hecho cotidiano e insignificante que suele pasar desapercibido para todos, puede llegar a convertirse en asunto con una fuerte carga emotiva. A partir de ese momento nuestra mente se pone en marcha para buscar una explicación y cuando la hayamos, aunque sea descabellada, no necesitamos ninguna otra prueba ni nos cuestionamos el origen del asunto sino que convertimos en real nuestra explicación, la cual se autoconsolida. 

¿Qué es la atención selectiva? 


La atención selectiva es un proceso natural que nos permite seleccionar un estímulo en medio de un cúmulo de distracciones y enfocarnos en ello. Una vez que concentramos nuestro foco atencional, todo lo demás se difumina, de manera que podemos realizar mejor la tarea. 

Este mecanismo nos ayuda a filtrar y jerarquizar la relevancia de los estímulos del medio, para clasificarlos según su importancia para la tarea que nos ocupa. Desde esta perspectiva, no tiene nada de negativo, el problema comienza cuando realizamos generalizaciones sobre la realidad basándonos en la atención selectiva. Entonces somos víctimas de un sesgo perceptivo, al igual que los conductores de Seattle. 

De hecho, la atención selectiva es la responsable de que cuando nos compremos un coche, de repente veamos el mismo modelo por doquier. En ese punto pensamos que hay una epidemia de coches similares o podemos pensar que en realidad solo le estamos dando más importancia porque tenemos un vínculo emocional que antes no existía y, por ende, ahora ese modelo se ha convertido en un estímulo relevante para nosotros. 

El cerebro prioriza los estímulos relevantes para nosotros, haciendo que descartemos el resto, considerándolo como información irrelevante. No cabe dudas de que el mecanismo de la atención selectiva impide que nuestro cerebro y sistema de procesamiento se sature, pero puede terminar jugándonos malas pasadas. 

Por supuesto, existen algunos factores que exacerban la atención selectiva, según los cuales resulta más fácil ignorar o atender cada estímulo: 

- Similitud. Cuanto más se parezca el estímulo a lo que nos preocupa u ocupa, más probable es que le prestemos atención. 

- Proximidad espacial. Cuanto más cerca se presente un estímulo del asunto sobre el que nos concentramos, más le prestaremos atención ya que tendremos la tendencia a pensar que existe algún tipo de relación que nos permita explicar el fenómeno. Así podemos caer en el error de realizar inferencias erróneas, basadas únicamente en una relación temporal. 

- Significatividad emocional. Cuanto más importante desde el punto de vista afectivo sea un estímulo, más probabilidades tiene de entrar en nuestro radar. Como resultado, podemos terminar estableciendo correlaciones completamente espurias basándonos en nuestras emociones. 

¿Cómo la atención selectiva se convierte en un sesgo perceptivo? 


La atención selectiva termina convirtiéndose en un sesgo perceptivo cuando deforma la realidad, cuando extraemos conclusiones basándonos en premisas erróneas, en nuestras emociones o en hechos fortuitos a los cuales les conferimos un significado que no se puede contrastar. 

En práctica, la atención selectiva disminuye nuestra visión de la realidad, nos hace ver los hechos con una visión de túnel, y el sesgo de interpretación reduce aún más nuestra perspectiva. El sesgo de interpretación se produce cuando asignamos determinado significado con preferencia a otros, a un estímulo que realmente es ambiguo y susceptible de varias interpretaciones. 

El problema es que no nos damos cuenta del sesgo de interpretación porque no somos conscientes de la atención selectiva. Si solo vemos una parte de la realidad, la parte de la realidad que no produce disonancia cognitiva y que está en línea con nuestras creencias y sentimientos, ni siquiera contemplaremos la posibilidad de que nos estemos equivocando al sacar conclusiones. 

Y cuanto más seguros estemos de nuestra visión de la realidad, más rígidos e intolerantes nos volveremos. De hecho, los sesgos de atención selectiva y de interpretación están en la base de trastornos como la ansiedad y la depresión, de la indefensión aprendida y de muchos de los conflictos interpersonales. 

¿Cómo podemos deshacernos del sesgo de atención selectiva? 


En realidad, no podemos deshacernos de la atención selectiva, y no es necesario ya que se trata de un mecanismo útil. Sin embargo, podemos minimizar su impacto sobre los sesgos cognitivos. El simple hecho de ser conscientes de que nuestra visión de la realidad es tan solo una pequeña parte de la misma y que puede haber otras visiones tan válidas como la nuestra, nos permite abrir una ventana al cambio. 

El ejercicio mental de cuestionarnos todo, incluso las cosas que siempre hemos dado por sentadas, también mantiene el cerebro en forma y nos protege del sesgo de atención selectiva e interpretación. Toma una de tus creencias más arraigadas y pregúntate cuál es su origen y en qué supuestos se basa. Analízala como si fueras un observador imparcial e intenta desmontar las razones que la sustentan. Ese ejercicio de metafísica mental te llevará cada vez más lejos y abrirá tu mente a nuevas posibilidades e interpretaciones que antes ni siquiera hubieras tomado en consideración. 

Después de todo, recuerda que a veces no puedes evitar chocar con la piedra, el secreto está en no encariñarse con ella. La vida es un viaje de descubrimiento en el que debemos ir cambiando nuestras interpretaciones y creencias porque eso es sinónimo de crecimiento. No pasa nada porque en un primer momento no seamos capaces de ver las cosas desde una perspectiva más amplia, lo verdaderamente importante es mantenernos abiertos a otras interpretaciones que pueden enriquecer nuestra visión.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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