En la vida, nadie te pertenece realmente


Es agradable tener a nuestro lado a personas en quienes podamos confiar, personas que nos sostengan cuando nos fallen las fuerzas y nos animen a conquistar nuestros sueños. Necesitar a los demás no nos hace más vulnerables, al contrario, nos fortalece, siempre y cuando no cometamos el error de pensar que la otra persona nos pertenece. La línea entre una relación madura y una relación dependiente y posesiva es muy sutil, y es muy fácil traspasarla.

La ilusión de la exclusividad


En el imaginario colectivo se han colado diferentes ideas que generan una ilusión de exclusividad: el alma gemela, el mejor amigo, la media mitad, el guía espiritual… En realidad, todas son trampas lingüísticas que nos conducen a pensar que esas personas nos pertenecen pues están "destinadas" a nosotros.

Cuando caemos en esa trampa, olvidamos que en toda relación siempre hay dos personas y que nadie pertenece a nadie. Encontrar el alma gemela solo significa que hemos conocido a una persona que satisface nuestras necesidades emocionales y cumple con nuestras expectativas. Sin embargo, es necesario trabajar cada día esa relación, asegurarse de dar y recibir felicidad, pues de lo contrario, la media naranja puede terminar convirtiéndose en un medio limón.

Idealizar al otro puede crear una dependencia emocional


En realidad, no existe una pareja o un amigo perfecto, tan solo una relación en la que ambos deben invertir tiempo y esfuerzo para que dé sus mejores frutos. Es importante ser conscientes de ello para no idealizar al otro.

Idealizar a alguien es un juego muy peligroso porque suele ser la antesala de la dependencia emocional. Si estamos convencidos de que esa persona está hecha a nuestra medida, si nos dejamos convencer por la "ilusión de la exclusividad", nos volveremos dependientes, lo cual creará una asimetría dañina en la relación pues quien depende siempre está en desventaja.

El problema en una relación asimétrica es que la persona dependiente suele terminar poniendo a un lado sus necesidades para satisfacer al otro, hasta el punto que llega a borrar su individualidad. Esa dependencia no le hará feliz, al contrario, a menudo genera el terrible miedo de perder al otro, lo cual deja paso a los celos y la posesividad. Cometemos el terrible error de coartar la libertad de la persona que queremos por miedo a perderla, porque pensamos que nos pertenece.

El dilema del erizo: ¿Cómo desarrollar relaciones maduras y enriquecedoras?


Uno de los pasajes más conocidos de la obra de Schopenhauer es la parábola de los erizos, en la que hace referencia a su visión de las relaciones humanas.

Durante un invierno particularmente frío, un grupo de erizos se acercaron para darse calor. Sin embargo, cuanto más se aproximaban, más dolor causaban sus púas al erizo cercano. Cuando el dolor fue insoportable, los obligó a alejarse de nuevo. 

Alejados los unos de los otros, volvieron a sufrir el frío, por lo que tuvieron necesidad de calentarse nuevamente, se acercaron y volvieron a hacerse daño. Así aprendieron a encontrar la distancia óptima, aquella en la que podían protegerse lo suficiente del frío sin que sus púas dañaran demasiado a su compañero”.

No hay dudas de que cuanto más cercana sea la relación con alguien, más probable es que esa persona nos pueda causar daño ya que es emocionalmente significativa para nosotros. Después de todo, solo puede dañarnos aquello a lo que le conferimos importancia, aquello que dejamos entrar en nuestro círculo más íntimo. Sin embargo, cuando nos distanciamos, es probable que sintamos la punzada de la angustia y el vacío de la soledad. 

Por eso, en las relaciones interpersonales, ya sea de pareja, de amistad o entre padres e hijos, es necesario encontrar esa distancia óptima. Erich Fromm se refería a un amor maduro, en el que cada persona comparte con el otro lo necesario para que ambos crezcan, desarrollando una relación en la que cada quien mantiene su individualidad.

Por eso, es fundamental abordar todas nuestras relaciones siendo plenamente conscientes de que nadie nos pertenece. Debemos ser capaces de amar lo suficiente como para que esa persona sea libre en todo momento para quedarse a nuestro lado o irse. Tenemos que aprender a amar sin poseer y a vivir sin depender.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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