Esta parábola nos revela cuál es la mejor manera de cuidar de quienes amamos


Hace mucho tiempo, una joven equilibrista conoció a un joven acróbata. Ambos eran muy pobres y no tenían otro don que su flexibilidad y fuerza, así que pensaron que si se unían podrían recorrer las calles de China mostrando un espectáculo impresionante que al menos les permitiera subsistir.

Entrenaron mucho hasta lograr un número tan peligroso como fascinante: el hombre balanceaba una gran pértiga de bambú sobre su cabeza mientras la joven subía hasta lo más alto. Luego el acróbata caminaba y la joven debía mantener el equilibrio en las alturas.

Para realizar aquel número se necesitaba una gran concentración, bastaba que desviaran su atención unos segundos para que perdieran el equilibrio y ocurriera una desgracia. 

Con el paso de las semanas, a medida que el hombre iba conociendo a la joven equilibrista y le tomaba cariño, empezó a preocuparse por cómo cuidarla y no exponerla tanto con aquel peligroso número, así que un día le dijo:

- Escucha, te vigilaré mientras subes y cuando estés arriba, puedes vigilarme. Así podremos ayudarnos mutuamente a mantener la concentración y el equilibrio. 

Sin embargo, la joven acróbata era sabia y le respondió:

- Creo que será mejor para ambos que cada uno cuide de sí mismo. Nadie puede conocernos mejor que nosotros mismos. Cuidar de uno mismo, significa cuidarnos a los dos. Estoy segura de que así evitaremos un accidente. 

Para cuidar de los demás, primero debes cuidar de ti mismo


Esta maravillosa parábola nos brinda una gran enseñanza que a menudo olvidamos: para cuidar de las personas que queremos, es fundamental que cuidemos bien de nosotros mismos.

Demasiado a menudo nos volcamos por completo en los demás, hasta el punto de anteponer continuamente sus necesidades y bienestar al nuestro, relegándonos a un segundo plano o incluso olvidándonos por completo de nosotros mismos.

Por supuesto, no hay nada de malo en ayudar, apoyar y cuidar de quienes lo necesitan, pero no debemos descuidarnos porque corremos el riesgo de convertirnos en una persona gris, que se vacía por dentro; por lo que al final no seremos capaces de ofrecer ese apoyo sólido o esa nota de felicidad, entusiasmo y alegría que los otros necesitan.

De hecho, un estudio particularmente interesante realizado en la Universidad de California descubrió que el estrés se contagia de las madres a sus bebés. Estos investigadores les pidieron a las madres que se enfrentaran a ciertas tareas, algunas estresantes y otras no. Luego les pidieron que se reunieran con sus bebes. Así descubrieron que la reactividad fisiológica de los bebés era un reflejo de la reactividad de las madres, alterada por la exposición al estrés. 

También descubrieron que los bebés de las madres que habían estado sometidas a una evaluación social tenían una mayor tendencia a evitar a los extraños y que cuánto mayor era el estrés que habían experimentado las madres, más intensas eran las respuestas fisiológicas de los pequeños.

Este estudio nos revela que, efectivamente, los estados emocionales son “contagiosos”, por lo que si realmente nos preocupamos por el bienestar de las personas que amamos, primero debemos encontrar nuestro equilibrio interior.


El amor puede ahogarnos por exceso de oxígeno


El amor nunca es excesivo, pero sus manifestaciones sí pueden serlo. De hecho, a veces podemos cometer el error de sobreproteger a quienes amamos, queremos evitarles disgustos, problemas y sufrimientos cargando sobre nuestros hombros un peso que no nos corresponde.

Ese exceso de protección impide que las otras personas aprendan a volar con sus propias alas, llegando incluso a discapacitarlos emocionalmente. Los padres en especial no deben olvidar que su tarea no es preparar el camino para sus hijos, sino preparar a sus hijos para el camino.

Cada persona debe aprender a conocerse lo suficiente como para saber cuándo necesita pedir ayuda y cuando necesita ponerse a prueba, caer y volver a levantarse. Por eso, a veces la mejor manera de ayuda consiste en no ayudar, mantenerse al margen, convirtiéndose en una presencia de acompañamiento mientras quienes queremos realizan sus experiencias de vida y aprenden de sus errores. 


Fuente:
Waters, S. F. et. Al. (2014) Stress Contagion. Physiological Covariation Between Mothers and Infants. Psychological Science; 25(4): 934–942.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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