Volar nos vuelve más sensibles emocionalmente


Si has tomado vuelos largos, sabrás que ver una película en el avión no se puede calificar precisamente como una experiencia inmersiva. Es casi imposible debido a que la pequeña pantalla rebota continuamente frente a tus ojos, el sonido que escuchas tiene un tono metálico y te interrumpen frecuentemente.

Aún así, es probable que en más de una ocasión hayas visto a otros viajeros enjuagarse alguna lágrima o reírse a carcajadas. O quizá hasta te hayas sorprendido a ti mismo emocionándote con alguna película que, si hubieras visto en tierra firme, no habría tocado ninguna fibra sensible.

De hecho, una encuesta realizada en el aeropuerto de Gatwick, en Londres, reveló que el 15% de los hombres y el 6% de las mujeres dijeron que tenían más probabilidades de llorar cuando veían una película en un vuelo que si la veían en casa. El fenómeno es tan llamativo que incluso una gran aerolínea ha llegado a emitir “advertencias de salud emocional” antes de usar el entretenimiento a bordo.

¿Por qué volar afecta las emociones?


Existen diferentes teorías que intentan explicar por qué volar puede hacer que los pasajeros sean más vulnerables al llanto. Algunas afirman que la causa radica en la tristeza por dejar a sus seres queridos, la emoción por el viaje o la nostalgia. Sin embargo, también existen algunas evidencias que señalan que el simple hecho de volar puede ser el máximo responsable.

Todo parece indicar que el simple hecho de elevarnos a 35.000 pies de altura dentro de un avión puede tener efectos extraños en nuestra mente, alterando nuestro estado de ánimo y cambiando la forma en que nuestros sentidos perciben la realidad.

No cabe duda de que las cabinas de los aviones son un sitio peculiar para las personas. No podemos olvidar que se trata de un ambiente extraño donde la presión del aire es similar a la de una montaña de 8.000 pies de altura, la humedad es menor que en algunos de los desiertos más secos del planeta y el aire bombeado se enfría a temperaturas tan bajas como 10 °C, para eliminar el exceso de calor generado por todos los cuerpos y los componentes electrónicos que se encuentran a bordo.

La presión de aire en los vuelos puede disminuir entre un 6-25% la cantidad de oxígeno en sangre de los pasajeros, una caída que en un hospital haría que muchos médicos administren oxígeno suplementario. Para los viajeros sanos, esto no debería representar un problema, pero sí lo es para los ancianos o las personas que sufren dificultades respiratorias.

Algunos estudios muestran que incluso niveles relativamente leves de hipoxia (deficiencia de oxígeno) pueden alterar nuestra capacidad para pensar con claridad. Con niveles de oxígeno equivalentes a altitudes superiores a los 12.000 pies, un adulto sano puede empezar a sufrir cambios en la memoria y se afecta su capacidad para realizar cálculos y tomar decisiones. Es por eso que las regulaciones de aviación insisten en que los pilotos usen máscaras de oxígeno suplementarias si la presión de aire de la cabina es mayor que la que se encuentra a los 12.500 pies.

La hipoxia también puede aumentar la ansiedad, además de potenciar otros estados emocionales negativos, como la tensión y la incomodidad, lo cual hace que nos sintamos más irritables. A esto se le suma que nos sentimos más agotados, es lo que se conoce como “fatiga de vuelo”, y tenemos menos autocontrol, por lo que nos resulta más difícil lidiar con el estrés o gestionar las emociones. Esto podría explicar por qué lloramos con películas que en otras condiciones no generarían emociones tan intensas.

A esto se le suma que en los aviones el sistema de entretenimiento está configurado para generar la sensación de intimidad, lo cual nos hace más propensos a involucrarnos emocionalmente en las escenas que estamos viendo. Es probable que el hecho de tener que fijar más la vista para no perdernos detalles de lo que está sucediendo, así como la necesidad de prestarle más atención a los diálogos porque no escuchamos bien, nos permita centrarnos más en lo que sucede, la mente divaga mucho menos, y eso nos involucra más en la historia.


Fuentes:
Trapp, M. et. Al. (2014) Impact of mental and physical stress on blood pressure and pulse pressure under normobaric versus hypoxic conditions. PLoS One; 9(5):e89005. 
Kourtidou-Papadeli, C. et. Al. (2008) High altitude cognitive performance and COPD interaction. Hippokratia; 12(1): 84–90.
Muhm, J. M. et. Al. (2007) Effect of Aircraft-Cabin Altitude on Passenger Discomfort. N Engl J Med; 357: 18-27.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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