Esta parábola budista nos muestra cómo perdemos lo que más amamos


Un hombre, que había perdido a su esposa durante el parto, estaba criando solo a su hijo, a quien amaba más que nada en el mundo. Un día, mientras el padre estaba ausente, unos saqueadores quemaron la mayor parte del pueblo y secuestraron a su hijo.

Cuando el padre volvió, confundió uno de los cadáveres quemados y pensó que era el de su hijo. Completamente devastado, hizo cremar el cuerpo y puso las cenizas en una urna que colocó en el mejor lugar de la casa.

Días después, el niño logró escapar de los saqueadores. Corrió de regreso a casa y llamó a la puerta de la casa que su padre había reconstruido. 

El hombre preguntó quién era. Cuando el muchacho contestó: “Soy yo, tu hijo, por favor, déjame entrar”, el padre apretó contra su pecho la urna con las cenizas, y pensó que otro niño del pueblo le estaba jugando una broma cruel. 

“Vete”, le gritó de nuevo.

El muchacho continuó tocando en la puerta y rogándole al padre que le abriera. Sin embargo, el hombre, convencido de que no se trataba de su hijo, siguió diciéndole que se fuera. 

Finalmente, el niño se dio por vencido. Se fue y nunca más volvió”.

Esta historia, que forma parte de una recopilación de parábolas budistas, puede parecernos una locura, pero lo cierto es que en varias ocasiones nos hemos comportado como el padre de la historia.

Convertimos lo improbable en imposible cada vez que:

- Nos aferramos a una idea, asumiendo que es una verdad absoluta e inmodificable, de manera que nos cerramos a abrir la puerta de nuestra mente y dejar entrar a la verdad.

- Nos convertimos en víctimas del sesgo de confirmación, anotando mentalmente solo los detalles que confirman nuestra versión de la historia, aquello que nos permite creer lo que queremos creer, desechando las pistas y argumentos en contra.

- Confundimos el concepto de improbable con el de imposible, por lo que ni siquiera escuchamos cuando la oportunidad toca a nuestra puerta.

Debemos mantenernos muy atentos a este sesgo porque la testarudez, el hecho de mantenernos aferrados a determinadas ideas para "defender" el pasado o mantener intacto nuestro ego, puede hacer que perdamos lo que más amamos. No debemos olvidar que el orgullo y la rigidez son los motivos principales por los que arruinamos nuestras relaciones interpersonales. 

Al igual que el padre de la historia, podemos perder a personas significativas o dejar pasar grandes ocasiones solo porque no hemos sido capaces de notar las señales que nos indicaban que íbamos por mal camino.

No conviertas lo improbable en imposible

Existe una diferencia importante que a menudo pasamos por alto entre lo que podríamos catalogar como improbable y lo que es imposible. Hay hechos que son poco probables, pero aún así, encierran la semilla de la posibilidad. Muchas veces, está en nuestras manos regar y cuidar esa semilla para que germine y crezca.

No podemos caer en el error de pensar que las cosas improbables son imposibles porque de esta manera nos cerramos precisamente los caminos más apasionantes, que pueden ayudarnos a crecer y darnos las mayores satisfacciones. Las cosas improbables suelen ser grandes retos, y es en esos desafíos que crecemos como personas y ponemos a prueba nuestras habilidades.

¿Por qué convertimos lo improbable en imposible?

- Por miedo. Algunas situaciones, sobre todo las que percibimos como retos, pueden generar cierto temor ya que generalmente encierran una gran dosis de incertidumbre. Y normalmente no nos gusta la incertidumbre sino que preferimos la seguridad. En esos casos, el miedo puede bloquearnos.

- Por resistencia al cambio. Cuando una situación es demasiado desafiante y encierra muchos elementos nuevos que van más allá de lo que conocemos, podemos desarrollar una resistencia al cambio, nos apegamos al deseo de mantenernos en nuestra zona de confort

- Por empecinamiento. Hay ocasiones en las que, para alcanzar algo, debemos renunciar a otras cosas. Sin embargo, no siempre estamos dispuestos a reconocer que nos equivocábamos, por lo que preferimos mantenernos fieles a nuestras ideas, aunque estas no nos permitan crecer y nos cierren el camino a buenas oportunidades.

- Por falta de confianza. A muchas personas no les detiene la falta de capacidades sino la falta de confianza. Cuando no tenemos confianza en lo que somos capaces de hacer, tendremos la tendencia a pensar que las cosas improbables, son imposibles para nosotros. Es una excusa para no intentarlo. 

Como colofón, Hermann Hesse nos deja un excelente consejo: “para que pueda surgir lo posible, es preciso intentar una y otra vez lo imposible”. Y Eleanor Roosevelt nos decía: “debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer”. Asegúrate de no convertirte en tu principal obstáculo.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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