Niños malcriados: 7 señales de alarma y 10 consejos para corregirlos


Educar a un niño es uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos en la vida. De eso no hay dudas, sobre todo si tenemos en cuenta que los bebés no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo y que a menudo debemos recurrir a nuestro instinto, el cual, dicho sea de paso, no siempre nos conduce por los mejores derroteros. 

Sin embargo, rectificar es de sabios. Nunca es demasiado tarde para detectar qué estamos haciendo mal y reencontrar el camino porque una educación demasiado protectora o permisiva puede tener consecuencias terribles, no solo para el desarrollo del niño sino también para la dinámica familiar. 

Un niño malcriado no es un niño feliz, y su familia tampoco lo es. Por eso es tan importante aprender a detectar las primeras señales de peligro y ponerles coto lo antes posible.


¿Cómo detectar a un niño malcriado?


1. Las rabietas se convierten en pan cotidiano. Las rabietas son comunes cuando los niños son pequeños y pueden considerarse normales hasta los 3 o 4 años ya que son, esencialmente, una válvula de escape para que el niño exprese su frustración. Cuando el niño es pequeño le resulta difícil poner en palabras lo que siente por lo que lo expresa a través de su cuerpo. Además, su nivel de autocontrol aún es muy escaso. Sin embargo, a medida que crece aumenta su control y su capacacidad de expresión por lo que las rabietas no tienen cabida. Las rabietas en un niño en edad escolar suelen ser síntoma de que está mimado en exceso.

2. Nunca se siente satisfecho. Cuando siempre le has dado todo lo que ha querido y no ha escuchado un “no” en su vida, el niño crece creyendo que es el centro del universo, que todos viven para servirle. Como resultado, nunca se muestran conformes con lo que tienen y quieren siempre más. Por ejemplo, sus juguetes le satisfacen durante un periodo de tiempo muy corto e inmediatamente quiere que le compren otros, o pide un plato especial para la cena pero después no lo come.

3. Intenta controlar a los adultos. Los niños son excelentes manipuladores, aunque la mayoría de los adultos no suele darse cuenta de ello. No obstante, el niño malcriado va un paso más allá e intenta controlar el comportamiento de sus padres e incidir en sus decisiones. Esto se debe a que no establece una diferencia entre los adultos y sus coetáneos, él es el ombligo del mundo y todos deben plegarse a sus deseos. Para lograr su cometido recurre a todo tipo de estratagemas, desde las rabietas hasta fingirse enfermo o incluso la confrontación directa.

4. No sigue tus órdenes. Los niños no son pequeños soldados ni los padres generales de infantería. Sin embargo, los pequeños necesitan ciertas reglas, que no solo los mantendrán a salvo sino que también les harán sentirse más seguros y tranquilos. Por eso, los padres no tienen que rogarle al niño para que cumpla una orden sensata y tampoco tienen que sobornarlo para que lo haga. El niño debe comprender y aceptar que los padres tienen autoridad y deben obedecer cuando les piden algo.

5. No ayuda en casa. Cuando los niños son pequeños, son muy egocéntricos, creen que el mundo gira a su alrededor. Sin embargo, a partir de los 3 o 4 años el niño abandona esa actitud, se comienza a interesar por los sentimientos de los demás y se muestra más cooperativo. En este momento los padres deben irle dando diferentes responsabilidades, como recoger sus juguetes o guardar sus zapatos. No obstante, una de las características más distintivas del niño malcriado es que parece no importarle el trabajo que hagan sus padres, él no está dispuesto a ayudar y a menudo ignora tus peticiones.

6. Te avergüenza a propósito en público. Cuando el niño comprende que algunos de sus comportamientos te avergüenzan, los aprovecha para manipularte y llamar la atención en público. Por eso, es frecuente que sus rabietas tengan lugar en sitios públicos o que desvele cosas que te hagan sentir incómoda, incluso si le has advertido que no debe decirlas.

7. No comparte sus cosas. Hasta los 4 años la mayoría de los niños no tienen un interés especial por los otros pequeños, juegan en paralelo. Sin embargo, a partir de esta edad comienzan a jugar juntos y comparten sus juguetes. Es normal que el pequeño no quiera compartir algunos juguetes, los que considera especiales y a los cuales está más apegado pero esta no puede ser la norma. El niño malcriado no solo se muestra reticente a compartir sus juguetes y propiedades sino que incluso exige que los demás compartan con él. Asume un comportamiento profundamente egoísta.

Para lidiar con un niño malcriado, primero hay que comprender su comportamiento 


Para lidiar con un niño malcriado es importante comprender que este comportamiento egocéntrico e inmaduro suele ser el resultado de la incapacidad de los padres y adultos en sentido general para imponer límites consistentes y apropiados para la edad. 

Los comportamientos que preocupan a los padres de sus hijos malcriados no suelen deberse a problemas psicológicos sino que son una reacción “normal” aunque desadaptativa ante determinadas situaciones. En otras palabras: el niño malcriado no ha aprendido a reaccionar adecuadamente ante las situaciones que le desbordan o no ha adquirido las normas de comportamiento correctas. 

Un estudio muy interesante desarrollado en la Universidad de Miami reveló que el comportamiento de los niños preescolares franceses y estadounidenses difiere. Cuando juegan, los niños franceses se muestran agresivos con sus coetáneos solo el 1% del tiempo pero los niños estadounidenses, por el contrario, fueron agresivos el 29% del tiempo. Los psicólogos están convencidos de que esas diferencias se deben a prácticas de crianza distintas. 

Las investigaciones han demostrado consistentemente que el comportamiento problemático de los niños suele ser el resultado de una atención adulta inadecuada. En un estudio realizado hace varios años en la Universidad de Washington se analizó los efectos de la atención sobre un niño malcriado que solía responder con llantos y rabietas. Cada vez que ese niño lloraba, un adulto acudía a ofrecerle consuelo. 

Los psicólogos pidieron a los adultos que, si el niño se encontraba bien y no corría ningún peligro, no acudieran inmediatamente cuando tuviera una rabieta o llorara. Al cabo de cinco días, el pequeño pasó de tener una media de 7 episodios de rabietas y llantos al día a casi cero. Curiosamente, cuando los adultos volvían a prestar atención a sus comportamientos desadaptativos, las rabietas y el llanto se agravaron. 

Ese mismo patrón se ha observado en niños en edad escolar. En otros experimentos en las aulas de escuelas primarias, los psicólogos notaron que algunos estudiantes abandonaban sus asientos repetidamente sin una buena razón. Lo usual era que el maestro interrumpiera la lección para reprenderlos. Sin embargo, esos esfuerzos a menudo aumentaban la frecuencia de la deambulación. Cuando el maestro ignoraba a los niños que vagabundeaban y prestaban atención a aquellos que estaban concentrados en la clase, la frecuencia de la conducta problemática solía disminuir drásticamente. 

Por desgracia, la mayoría de los padres y profesores son más propensos a prestar atención a los comportamientos molestos que a las conductas deseables de los niños. Se estima que los adultos generalmente ignoran el 90% o más de las cosas buenas que hacen los niños. En cambio, prestan más atención a los niños cuando se comportan mal. 

¿Cómo corregir a un niño malcriado? 


1. Identifica los comportamientos a cambiar. Puede parecer una verdad de Perogrullo, pero no lo es. Muchos padres cometen el error de generalizar tanto que terminan echando todos los comportamientos infantiles en el mismo saco. Al colocar la etiqueta de “hijo malcriado” lo que haces es reforzar los comportamientos problemáticos. Por eso, el primer paso para corregir a un niño malcriado consiste en identificar los comportamientos a cambiar y, sobre todo, los comportamientos positivos a reforzar. 

2. Deja de excusarle. No minimices el mal comportamiento de tu hijo. No justifiques sus rabietas diciendo “es cosa de niños” ya que ello le alentará a mantener ese patrón de comportamiento. Tampoco es conveniente que pidas disculpas en su lugar cuando comete algún error. Debe aprender a responsabilizarse por su comportamiento y asumir las consecuencias por lo que, en vez de excusarte en su lugar, anímalo a pedir disculpas. Asumir los errores es el primer paso para madurar y abandonar la postura egocéntrica. 

3. Establece reglas consistentes. Para que un niño malcriado deje atrás sus malos hábitos y construya otros nuevos y más adaptativos, debes indicarle el camino estableciendo una serie de normas. Debes aplicar esas reglas sin importar dónde ha tenido lugar el acto de falta de respeto. Lo más importante es ser consistente porque si el niño nota que unas veces aplicas las normas y otras no, se sentirá confuso y le resultará más fácil seguir comportándose mal que esforzarse por desarrollar una buena conducta. 

4. Especifica. No reprendas al niño, reprende el comportamiento. No digas frases como “eres un hijo malcriado”. Especifica lo que no te ha gustado y cómo debería haberse comportado. Puedes decirle, “en esta casa no se alza la voz”, de manera que no solo estás indicando el mal comportamiento, sino que también le haces notar lo que esperas de él. 

5. Permite que los otros adultos lo regañen. En el pasado, era normal que los maestros y adultos regañaran a los niños cuando hacían algo mal. Ahora muchos padres lo desaprueban y exigen ser ellos quienes regañen al niño. Sin embargo, no hay nada malo en que otros adultos corrijan los malos comportamientos, siempre que lo hagan de manera adecuada y dentro de límites razonables. Eso le motivará a comportarse de manera más respetuosa en todos los contextos. 

6. Deja que afronte sus propios problemas. Muchas veces, un niño malcriado es un niño mimado y sobreprotegido. Los padres generalmente quieren evitarles problemas a sus hijos, pero convertirse en unos padres helicóptero no les hará bien, al contrario, les arrebatará oportunidades para poner a prueba sus habilidades y madurar. Por tanto, siempre que sea posible, deja que tu hijo resuelva los problemas por sí solo. Dale pequeñas ayudas, si las necesita, pero no resuelvas todo en su lugar. 

7. No interactúes cuando está enfadado. Nunca debes tolerar las respuestas groseras, pero no tiene mucho sentido intentar razonar con el niño cuando está demasiado enfadado. Explícale que solo le responderás cuando sea capaz de comunicarse de manera adecuada. En muchos casos, los comportamientos malcriados son una demanda de atención, por lo que dejar de prestarle atención a tu hijo cuando se enfada puede hacer que ese comportamiento se extinga pues comprenderá que no es una estrategia válida para lograr sus deseos. 

8. No permitas el chantaje emocional. Muchos padres, con tal de evitar las rabietas o el enfado de los niños, sobre todo cuando están en público, terminan cediendo a sus caprichos. Así solo logran reforzar el comportamiento negativo ya que el niño lo asumirá como una estrategia eficaz para lograr lo que desea. En su lugar, debes hacerle comprender que solo a través de la razón y la asertividad podrá lograr lo que quiere. 

9. Refuerza los buenos comportamientos. La mayoría de los padres cometen el error de castigar únicamente los malos comportamientos, olvidándose de brindar un modelo positivo a seguir. Por tanto, no olvides apreciar los buenos comportamientos del niño, hazle saber que comprendes y valoras el esfuerzo que está haciendo para cambiar. 

10. Disciplina con amor, controlando tus reacciones. No disciplines por vergüenza o enojo. Es posible disciplinar con firmeza pero desde el amor. No es conveniente que hagas sentir a tu hijo avergonzado ni que pierdas la calma. Recuerda que eres su modelo a seguir y, si le estás pidiendo que sea capaz de controlar sus emociones, debes demostrar que sabes gestionar las tuyas. Jamás condiciones el amor. Tu hijo debe saber que le amas. 


Fuentes: 
Field, T. (1999) Preschoolers in America are touched less and are more aggressive than preschoolers in France. Early Child Development and Care; 151: 11-17. 
McIntosh, B.J. (1989) Spoiled child syndrome. Pediatrics; 83(1): 108-115. 
Harris, F. R. et. Al. (1964) Effects of Adult Social Reinforcement on Child Behavior. Young Children; 20(1): 8-17.

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Jennifer Delgado Suárez

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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