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El mayor obstáculo que debemos superar para ser libres, según Gikovate


Ser libres es una de nuestras mayores aspiraciones. También es una de nuestras principales frustraciones. Es difícil resistir el impacto cuando chocamos contra el muro de una sociedad que empuja hacia la normalización y la estandarización. Entonces vivimos la contradicción del individuo que busca su libertad y la sociedad que se encarga de delimitar las fronteras de esa libertad. ¿Podemos escapar de esa paradoja? 

Según Flávio Gikovate, un psicólogo brasileño que se dedicó a analizar los problemas que afrontamos en nuestra vida social, estaríamos enfocando mal el asunto porque “más que los factores externos, son los conflictos interiores los que nos impiden ser libres”. El secreto, por tanto, estaría en nuestro interior. Pero para descubrirlo necesitamos cambiar radicalmente nuestra perspectiva y modo de pensar. 

La proyección de nuestros conflictos internos 


“Existe una antigua tendencia a intentar atribuir a factores externos la imposibilidad de alcanzar nuestros mayores anhelos. Siempre ha sido más fácil y atractivo pensar de este modo que suponer seriamente la existencia de obstáculos internos. 

“Es mucho más fácil mantener esta actitud y proyectar en otros (personas o instituciones) aquella actitud que se nos oponga, en lugar de asumir el hecho de que ambas nos pertenecen. De este modo una contradicción interna se transforma en un conflicto externo por medio de la proyección en otra persona de uno de los componentes del dilema”. 

Gikovate apunta que uno de los primeros obstáculos que debemos vencer para ser libres consiste en dejar de proyectar nuestras inseguridades en el mundo exterior. La mayoría de las personas muestran una tendencia a huir de su intimidad, tienen miedo a estar a solas consigo mismas. 

El miedo a estar a solas con nosotros mismos 


El hombre, al no soportar la convivencia con su propia condición – lo que incluye también sus contradicciones – trata de ocuparse lo más posible de cosas externas. Este resulta un modo eficaz de olvidarse de sí mismo. 

Siempre se hace difícil convivir con dudas, dilemas y contradicciones, y así se llega a conclusiones precipitadas, muchas veces cobardes, que suelen atribuirse a las presiones que ejerce el medio externo. Esas presiones, evidentemente, existen. […] Lo que hay que discutir es si su peso decisivo es tan grande como el que se le pretende atribuir”. 

La sociedad intenta imponer sus normas y reglas, las personas a nuestro alrededor nos presionan y a nuestro paso aparecen obstáculos continuamente. Nadie lo pone en duda. No obstante, ¿son esos obstáculos realmente la principal causa de la limitación de nuestra libertad o son una excusa para no atrevernos a ir más allá? El hecho de que el camino sea más difícil no significa que no se pueda recorrer. 

El autoconocimiento como vía para alcanzar la libertad 


Gikovate afirma que “son las dudas y contradicciones las que impiden una actitud efectiva hacia el camino de la libertad, lo que equivale a una falta de convicción en los propios conceptos. Esa convicción solo podrá existir en aquellos que asuman por completo sus contradicciones, sin recurrir al fácil expediente de proyectar uno de sus componentes”. 

Por tanto, la libertad, que para Gikovate “significa esencialmente coherencia entre ideas, conceptos y comportamiento objetivo”, se debe buscar a través de un ejercicio de introspección profundo. Solo si nos conocemos y sabemos lo que queremos, tendremos la fuerza suficiente para elegir la libertad. 

Todas las personas necesitan saber hasta qué punto le fascinan las cosas materiales que nuestra sociedad ofrece para el consumo y qué precio está dispuesta a pagar para acceder a ellas. Negar la fascinanción que estas ejercen puede inducir increíbles equívocos y provocar grandes frustraciones […] Pagar cualquier precio por ellas podrá llevar a un equívoco aún más grave: una persona podría darse cuenta de que se está muriendo de tedio a pesar de estar rodeada de todo lo que desea”. 

“Nuestras reflexiones oscilan entre el hedonismo y el ascetismo, y será necesario llegar de modo firme a una convicción antes de que podamos pensar en una acción libre y consecuente. Solo así podremos fortalecernos íntimamente para oponer resistencia a las presiones del medio y abrir nuestro camino. Si no somos capaces de esto, de nada servirá acusar a la estructura social de esclavizante y opresora. Solo estaremos justificándonos por no asumir nuestra propia incompetencia”. 

Por tanto, el principal enemigo de nuestra libertad somos nosotros mismos. Y solo podemos superar ese “obstáculo” haciendo las paces con nuestro “yo”, tomando decisiones conscientes que nos permitan perseguir nuestros sueños, independientemente de los obstáculos que aparezcan en nuestro camino, que serán muchos.

Cuando realizamos ese ejercicio de autoconocimiento, cuando realmente conectamos con nuestras necesidades, ocurre el milagro porque, de repente, las presiones sociales pierden gran parte de su peso. Después de todo, la sociedad nos ata solo en la medida en que permitimos que nos ate.

Gikovate cierra sus reflexiones con un mensaje optimista: “si las personas que viven de modo coherente y consistente fueran más felices y se sintieran más realizadas, esto podría tener consecuencias sociales insospechadas”. 

Fuente: 
Gikovate, F. (1986) Hacerse libres. Pardes Ediciones: Argentina.
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Reemplaza la frustración con la apreciación


La frustración nos va consumiendo a fuego lento. Nos condena a la insatisfacción ya que, al impedirnos pensar con claridad, nos sume en un bucle malsano del que no podemos salir. 

Nos sentimos frustrados cuando la realidad no se corresponde con nuestras expectativas, algo que pasa muy a menudo. Podemos sentirnos frustrados por pequeños contratiempos cotidianos o por grandes obstáculos que no habíamos previsto y desbaratan nuestros planes de vida. 

La frustración es una reacción perfectamente normal ante los reveses y adversidades. No debemos sentirnos mal por ello. Pero si no aprendemos a superarla, si no aprendemos a gestionar la frustración, corremos el riesgo de que se convierta en una de las emociones principales de nuestra vida. 

Y eso significa que cedemos nuestro poder a todas esas personas o situaciones que se interponen en nuestro camino. Para retomar el control de nuestra vida, necesitamos gestionar la frustración. No con la tolerancia sino con la apreciación. 

¿Tolerar la frustración? 


Cuando se busca una solución para la frustración, siempre aparece la palabra tolerancia. “Tienes que aprender a tolerar la frustración”, nos dicen. Sin embargo, la palabra “tolerar” proviene del latín tolerare, que significa soportar y aguantar. 

Soportar la frustración no es lo mismo que gestionar la frustración. Cuando soportamos algo asumimos un rol pasivo, nos resignamos. Cuando gestionamos algo asumimos un rol activo, tomamos las riendas y decidimos cuál es el mejor camino. 

Un paso clave para gestionar la frustración es la apreciación. De hecho, la apreciación es un antídoto  altamente eficaz para la frustración. 

No permitas que la frustración te ciegue 


Frustrarnos es como usar anteojeras. De repente nuestro campo de visión se estrecha considerablemente porque solo contemplamos ese obstáculo o contratiempo. Es una visión de túnel que hace que todo a nuestro alrededor, todas las cosas buenas, desaparezcan, de manera que solo vemos lo malo que nos ha ocurrido. 

Tolerar la frustración implica acostumbrarse a esa visión de túnel. El problema es que a fuerza de contratiempos y adversidades, esa perspectiva ser irá haciendo cada vez más estrecha, hasta convertirnos en personas amargadas y pesimistas. 

Con la apreciación, al contrario, abrimos esa visión. Al recordar todas las cosas buenas y positivas que hay en nuestra vida, desbloqueamos la plenitud y ampliamos automáticamente nuestro campo visual. 

Eso no significa que el problema o el obstáculo desaparecerán. Seguirán estando ahí. Pero es probable que se conviertan tan solo en una pequeña mancha en el horizonte. Al ampliar nuestra perspectiva, el obstáculo que antes nos parecía inmenso se redimensiona. Así podemos verlo en su justa medida, le restamos parte de su impacto emocional y nos resultará más fácil sobrepasarlo. 

La gratitud es una decisión que debemos tomar cada día 


La gratitud convierte la negación en aceptación, el caos en orden y la confusión en claridad. Nos aporta paz para hoy y crea una visión para el mañana. 

Sin embargo, la gratitud no brota sola, es una decisión que debemos tomar conscientemente cada día. A pesar de que es una de las cosas más sencillas de la vida, requiere esfuerzo e intencionalidad, sobre todo en un mundo que está diseñado para alimentar nuestras insatisfacciones y frustraciones porque eso nos convierte en consumidores perfectos y ciudadanos manipulables. 

La apreciación y la gratitud, al contrario, nos devuelve nuestro poder. El poder para decidir sobre nuestros estados emocionales, sobre cómo reaccionaremos e incluso para decidir si ese obstáculo es realmente un problema o una oportunidad. 

La gratitud es una poderosa herramienta. Estudios realizados en la Universidad George Mason y de Michigan revelaron que la gratitud nos protege del estrés postraumático después de haber vivido una situación adversa particularmente difícil y nos permite responder de manera resiliente. 

Apreciar lo que tenemos no solo incrementa nuestra fuerza mental, sino que es una de nuestras mejores armas de “resistencia” ante un mundo incierto donde nos aguardan obstáculos al doblar de cada esquina. 

Después de todo, “solo podemos decir que estamos vivos en esos momentos en que nuestros corazones son conscientes de nuestros tesoros”, según el novelista Thornton Wilder. 

Fuentes: 
Kashdan, T. B. et. Al. (2006) Gratitude and hedonic and eudaimonic well-being in Vietnam war veterans. Behav Res Ther; 44(2): 177-199. 
Fredrickson, B. L. et. Al. (2003) What good are positive emotions in crisis? A prospective study of resilience and emotions following the terrorist attacks on the United States on September 11th, 2001. Journal of Personality and Social Psychology; 84(2): 365-376.
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Cuanto más te preocupes por tomar la decisión “correcta”, más infeliz te sentirás con lo que decidas


¿Sabías que cada día tomamos una media de 35.000 decisiones? El 99,74% de esas decisiones, sin embargo, son tomadas por nuestro inconsciente, de manera que ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tomando una decisión. No obstante, el 0,26% restante, las decisiones sobre las que sí reflexionamos, son más que suficiente para causarnos dolor de cabeza, estrés y angustia. 

Cuando debemos elegir conscientemente entre diferentes opciones, no queremos equivocarnos, queremos tomar la decisión correcta. Pero esa preocupación por lo “correcto” convierte la toma de decisiones en un proceso estresante y aumenta las probabilidades de que nos sintamos infelices tras tomar la decisión, sea cual sea. En práctica, cuanto más nos preocupemos por tomar la decisión correcta, menos correcto nos parecerá lo que hemos decidido y más insatisfechos nos sentiremos. 

¿Cómo tomas decisiones? Te centras en la evaluación o en la acción 


Un estudio realizado recientemente en la Universidad de Columbia analizó el estrés que genera la toma de decisiones. Los psicólogos descubrieron que tomar decisiones solo es estresante cuando estamos demasiado preocupados por tomar la decisión correcta. Aunque lo más curioso es que algunas personas son más propensas a desarrollar ese tipo de preocupación. 

Los investigadores plantearon a los participantes una serie de tareas en las que debían tomar una decisión, como comprar un regalo de Navidad para un amigo y determinar el orden de prioridad de cinco tareas cotidianas. También les pidieron que recordaran cómo habían tomado las decisiones más importantes en la planificación de su boda o cómo decidieron a quién votar en las elecciones. Luego les pidieron que indicaran cómo se habían sentido durante el proceso de toma de decisiones y cuán satisfechos se sentían con las decisiones que habían tomado. 

Así descubrieron que cada persona sigue un camino diferente para tomar decisiones, aunque en sentido general descubrieron dos grandes estilos decisionales. 

- Toma de decisiones orientada a la evaluación. Este estilo decisional se refiere a las personas que se preocupan demasiado por elegir lo que creen “correcto”. Estas personas toman sus decisiones basándose en un proceso de evaluación exhaustivo, hasta el punto que a menudo se obsesionan con encontrar la “verdad absoluta” y hacer las cosas de la “manera correcta”. De hecho, si alguna vez te has encontrado ante una encrucijada y has pensado que “preferirías tener razón a ser feliz”, es probable que fueras víctima de este estilo decisional. Los investigadores encontraron que las personas que siguen este estilo decisional suelen estresarse más, consideran que tomar decisiones es complicado y se sienten más insatisfechos con su decisión. 

- Toma de decisiones orientada a la acción. Este estilo decisional se basa en el movimiento y el cambio. Estas personas toman rápidamente sus decisiones y actúan en consecuencia. No se quedan estancadas en el proceso mental sino que toman una decisión y exploran ese camino, siendo conscientes de que si no funciona, pueden tomar otro. Mientras que las personas que se centran en la evaluación se preocupan tanto por elegir adecuadamente que se quedan paralizadas, quienes se orientan a la acción ya están a medio camino. 

¿Qué estilo decisional es mejor? 


Los investigadores afirman que cuando se trata de decisiones cotidianas, como elegir la comida o una camiseta, es más conveniente centrarse en la acción ya que así terminaremos cuanto antes y es más probable que nos sintamos satisfechos con nuestra decisión ya que no le damos demasiadas vueltas. 

La toma de decisiones basada en la evaluación debe limitarse a aquellas decisiones que encierran un alto riesgo, como una inversión financiera o aquellas que alteran el curso de nuestra vida. Sin embargo, debemos tener cuidado de no quedarnos estancados en la fase de la evaluación porque la inclinación a un estilo decisional evaluativo hará que seamos más propensos a angustiarnos y estresarnos en la toma de decisiones. 

Sopesar tantas opciones, preocupándonos excesivamente por tomar la decisión “correcta” provoca un gran desgaste mental y emocional, además de que puede dejarnos paralizados en el proceso decisional, de manera que será la vida o los demás quienes decidan en nuestro lugar. Darle demasiadas vueltas al asunto genera lo que se conoce como “overthinking”, y no nos garantiza que tomaremos la “mejor” decisión, simplemente porque no existe tal cosa. 

De hecho, quienes dan tantas vueltas antes de tomar la decisión, a menudo se quedan dándole vueltas a las opciones rechazadas, y eso se convierte en una fuente de insatisfacción e infelicidad. ¿Cómo evitarlo? 

1. Asume que no existe la decisión correcta, perfecta o ideal. En la vida tenemos que tomar decisiones con un elevado nivel de incertidumbre y con la escasa información que tenemos. Si te equivocas o descubres que no es lo que querías, simplemente aprende la lección y reencauza tu rumbo. Asume que no hay errores sino aprendizajes de vida. Recuerda las palabras de Phil McGraw: "A veces tomas la decisión correcta, a veces haces que la decisión sea correcta".

2. Confía más en tu instinto. Si el 99,74% de las decisiones cotidianas las toma nuestro inconsciente, quizá deberíamos confiar un poco más en nuestro instinto, o en lo que se conoce como Inteligencia Intuitiva. Eso no significa que no debas sopesar los pros y contras, pero también debes escuchar tu voz interior y pasar a la acción. 


Fuentes: 
Chen, C. Y. et. Al. (2018) Feeling Distressed From Making Decisions: Assessors’ Need to Be Right. Journal of Personality and Social Psychology; 115(4), 743-761. 
Moseley, H. (2017) New research highlights the unlocked potential of the human brain. Lightspeed Research & Huawei.
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Efecto felpudo: Cuando el perdón incondicional nos autodestruye


Necesitamos y queremos la cercanía e intimidad, pero esa misma necesidad nos vuelve vulnerables y a veces hace que permitamos que las personas más cercanas nos lastimen. El psicólogo Frank Fincham explicó esa necesidad paradójica usando la metáfora “El abrazo del puerco espín”. 

En medio del frío, dos puerco espín se abrazan para mantenerse calientes, acercándose cada vez más, hasta que las púas de uno comienzan a penetrar en la piel del otro. Entonces se separan, pero cuando el frío los atenaza, vuelven a acercarse demasiado hasta hacerse daño. 

Una dinámica similar puede repetirse en nuestras relaciones interpersonales si perdonamos continuamente y cada vez nos vuelven a herir. Esto nos lleva a preguntarnos si debemos perdonar continuamente con tal de mantener el status quo y preservar la relación o si existe un límite más allá del cual ya no podemos ni debemos seguir perdonando. 

De tanto perdonar, el corazón se desgasta 


El perdón es positivo. No cabe dudas. Un estudio realizado en la Universidad de Washington comprobó que perdonar una transgresión reduce tanto la presión arterial de la víctima como de la persona que cometió la transgresión. Otro estudio desarrollado en la Universidad de Miami reveló que el perdón aumenta la satisfacción con la vida de la víctima y mejora su estado de ánimo. 

Sin embargo, ¿qué sucede cuando perdonamos a alguien que no ha intentado compensar la transgresión? ¿Qué pasa cuando perdonamos a quien no se arrepiente sinceramente y le permitimos seguir a nuestro lado? ¿Qué sucede cuando perdonamos a una persona que nos ha lastimado repetidamente? 

Psicólogos de la Northwestern University se plantearon esas mismas preguntas y, en una serie de experimentos, descubrieron que perdonar a una persona que no intenta hacer las paces después de su mala acción y permitir que siga compartiendo nuestra vida termina erosionando nuestra autoestima y afecta nuestro autoconcepto. En otras palabras, si perdonamos en repetidas ocasiones a una persona que no se ha disculpado y le permitimos seguir como si nada a nuestro lado, perdemos el respeto por nosotros mismos y nos sentimos más confundidos acerca de nuestra identidad. Es lo que se conoce como “efecto felpudo”. 

¿Qué es el efecto felpudo? 


“No pasa nada”, “no te preocupes, todo está bien”, “la próxima vez será diferente”, “olvidemos lo ocurrido”… Estas y otras frases, que quizá te suenen familiares, son habituales en el efecto felpudo, una situación desgastante en la que una persona cede y perdona al otro repetidamente, permitiendo que vulneren sus derechos una y otra vez. 

El efecto felpudo hace referencia a la tendencia a perdonar siempre, sin tener en cuenta las consecuencias negativas que provoca ese perdón en nosotros. En práctica, es poner a la otra persona o a la relación por encima de nuestras necesidades emocionales. 

Los motivos para perdonar repetidamente y convertirnos en un felpudo son muy diferentes, desde haber instaurado una relación de dependencia emocional hasta la creencia de que perdonar es bueno o dejarnos llevar por la presión social, que rara vez tiene en cuenta los detalles de una relación en particular. 

Esta dinámica es bastante común en las relaciones afectivas, sobre todo en la pareja o con los progenitores, aunque también se aprecia en el entorno laboral, donde podemos perdonar continuamente las afrentas por miedo a perder nuestro puesto de trabajo. 

Las consecuencias psicológicas de perdonar continuamente 


Perdonar una y otra vez, sin que exista un verdadero arrepentimiento y cuando estamos en una posición de desventaja, puede llegar a ser autodestructivo. Si una persona nos daña continuamente, deberíamos valorar cómo salir de esa situación, no volver a ponernos en la línea de fuego. 

Se ha demostrado que, en una relación con un desequilibrio de poder, la persona con poder tiene menos probabilidades de perdonar que la persona que no lo tiene. Perdonar a alguien que nos ama y valora menos de lo que le amamos o valoramos, implica emprender un viaje a la sumisión y la desvalorización personal. 

El efecto felpudo puede conducirnos a situaciones que provocan un gran desgaste psicológico. Los daños que sufre nuestra autoestima son tan grandes que corremos el riesgo de desarrollar una indefensión aprendida. Por nuestro propio bienestar psicológico, debemos asumir que hay límites y excepciones. 


No es el acto de perdonar en sí, sino lo que sucede después 


En realidad, perdonar puede ser extremadamente liberador e incluso imprescindible para cerrar una etapa de nuestra vida y comenzar otra. Albergar ira, resentimiento y amargura no nos hace ningún bien, por lo que muchas veces es mejor dejar ir. 

De hecho, se ha demostrado que cuando una persona intenta enmendar su error y se disculpa, perdonarla mejora nuestra autoestima y autoconcepto. El verdadero problema no radica en el perdón, sino en lo que sucede después. 

Podemos perdonar incluso un gran agravio si esa persona se arrepiente sinceramente y tenemos la certeza de que nos valora y hará todo lo posible por no volver a cometer ese error. Sin embargo, cuando el perdón genera un desequilibrio de poder y se convierte en una carta blanca para que el otro nos siga ultrajando o causando daño, tenemos un problema. 

Esto significa que para perdonar a alguien y permitirle que siga a nuestro lado, debemos sentirnos seguros y valorados en esa relación. Caso contrario, podemos perdonar como un acto para exorcizar nuestros propios sentimientos negativos, pero asegurándonos de que esa persona no estará más a nuestro lado para causarnos daño. 

Debemos comprender que el perdón forma parte de un proceso terapéutico para sanar nuestras heridas emocionales, pero también debemos ser conscientes de que hay situaciones en las que no es aceptable ni recomendable.

Errar es humano y perdonar es divino, pero repetir una y otra vez el mismo error es estúpido”, apuntó el consejero espiritual Jaime Sin.


Fuentes: 
Luchies, L. B. et. Al. (2017) People feel worse about their forgiveness when mismatches between forgiveness and amends create adaptation risks. Journal of Social and Personal Relationships; 36(2): 681-705. 
Hannon, P. A. et. Al. (2012) The soothing effects of forgiveness on victims’ and perpetrators’ blood pressure. Personal Relationships; 19: 279-289. 
Luchies, L. B. et. Al. (2010) The doormat effect: When forgiving erodes self-respect and self-concept clarity. Journal of Personality and Social Psychology; 98: 734-749. 
Bono, G. et. Al. (2008) Forgiveness, feeling connected to others, and well-being: Two longitudinal studies. Personality and Social Psychology Bulletin; 34: 182-195.
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5 lecciones para la vida que no nos enseñan en la escuela – aunque deberían


Enseñar a los niños a contar es bueno, pero enseñarles lo que realmente cuenta es mejor”, dijo Bob Talbert, un profesor de Matemáticas de la Grand Valley State University. Por desgracia, la brecha que separa la vida de la escuela sigue siendo enorme. 

La escuela nos “prepara” para insertarnos en la sociedad industrializada y contribuir a su desarrollo desde el punto de vista profesional, pero se olvida de las enseñanzas de la vida. Eso significa que muchas veces tenemos que aprender a golpe de adversidad y darnos cuenta, siendo ya adultos, que necesitamos cambiar viejos patrones de pensamiento que nos dañan o nos aportan nada sino que son un obstáculo para nuestro crecimiento. 

¿Qué necesitamos saber para enfrentar mejor la vida? 


1. El mundo no gira a tu alrededor 

Todos somos protagonistas de nuestras vidas, pero eso no significa que el mundo gire a nuestro alrededor. Si el empleado de turno no te atiende con amabilidad, te has quedado atrapado en una congestión de tráfico o tu fila en el supermercado no avanza, no es porque existe un complot mundial para echarte a perder la jornada. Son cosas que pasan. Y le pasa a todo el mundo, no solo a ti. 

Asumir todo lo que te sucede como algo personal adoptando una postura egocéntrica te causará muchos problemas. En primer lugar, generará una serie de emociones negativas que te arrebatarán tu paz interior. En segundo lugar, te hará perder el control, de manera que no podrás responder con asertividad, sino que te limitarás a reaccionar siguiendo tus impulsos. 

Todo ello, en vez de solucionar lo que te molesta, solo servirá para acrecentar el problema o crear nuevos obstáculos y conflictos con las personas que te rodean. Por tanto, comprender que el mundo no gira a nuestro alrededor puede devolvernos el control y brindarnos una gran paz. 

2. No estás obligado a actuar como te sientes 

Nadie se siente bien todo el tiempo. Sufrimos decepciones, nos entristecemos, nos enfadamos o nos sentimos ansiosos. Es normal. Pero eso no significa que debas contaminar tus relaciones con esos estados afectivos. No se trata de ocultar o reprimir lo que sientes sino de ser capaz de gestionar tus emociones de manera asertiva para que no supongan un problema, ni para ti ni para los demás. 

Las decisiones, no las condiciones, determinan quiénes somos”, escribió Viktor Frankl. Eso significa que debemos dejar de buscar culpables externos y comprender que no necesitamos reaccionar siguiendo nuestros impulsos emocionales, sino que podemos aprender a responder de manera más madura a las circunstancias. 

Se trata de retomar el poder asumiendo una distancia psicológica de las circunstancias para poder valorarlas de manera más objetiva y responder de forma reflexiva. Ese cambio de actitud nos ahorrará muchos disgustos y problemas. 

3. Sé tú mismo, independientemente de la presión de los demás 

Aunque no seamos el centro del universo, nuestras necesidades y valores son importantes y debemos aprender a defenderlos. Si nos acomodamos continuamente a lo que esperan los demás de nosotros y sacrificamos nuestras necesidades a las suyas convirtiéndonos en personas excesivamente complacientes, corremos el riesgo de perdernos, de vivir una vida que no es la nuestra. 

Por desgracia, la sociedad empuja continuamente para homogeneizar a sus miembros, de manera que solo las personas más fuertes logran ser auténticas. La clave para no ceder a las exigencias sociales consiste en desarrollar un nivel de autoconocimiento tal que te brinde la seguridad necesaria para defender tus ideas y decisiones. 

Cuanto menos te conozcas a ti mismo, más vulnerable serás a la presión social, sobre todo a la que ejercen las personas más cercanas que lo “hacen por tu propio bien”. Por tanto, cuando estés ante una encrucijada entre las exigencias externas y tus necesidades, recuerda las palabras de Lao Tzu: "En el centro de tu ser tienes la respuesta". 

4. Tolera la ambigüedad o muere resistiéndote 

La ambigüedad forma parte de la vida cotidiana, aunque a menudo nos negamos a reconocerlo y nos aferramos tercamente a la idea de la seguridad. Sin embargo, es difícil saber con certeza lo que piensa una persona de ti, cuáles serán las consecuencias finales de las decisiones que tomas o incluso prever qué sucederá en tu vida dentro de cinco años. 

Cuando no somos capaces de vivir con la incertidumbre desarrollamos un pensamiento rígido y el menor cambio nos genera una ansiedad enorme y desproporcionada. Por eso, necesitamos aceptar que no existen certezas totales y que en muchos casos la búsqueda de la seguridad es tan solo una ilusión transitoria que antes o después puede caer como un castillo de naipes. 

El antídoto consiste en abrazar los cambios, buscar la novedad y confiar más en el curso de los acontecimientos o de nuestra inteligencia intuitiva a la hora de tomar decisiones. Después de todo, como dijera la novelista, Margaret Drabble: “Cuando nada es seguro, todo es posible”. 

5. En la adversidad conoces tu verdadera fuerza 

Cuando las cosas no salen como las habíamos planeado, a menudo nos sentimos frustrados o decepcionados. Es normal y no hay nada de malo en ello. El problema comienza cuando nos quedamos atrapados en esos sentimientos y en nuestra mente solo hay espacio para los pensamientos negativos. Cuando entramos en ese bucle de negatividad, es prácticamente imposible encontrar una solución, lo cual nos condena a mantenernos en ese estado de insatisfacción. 

Las personas resilientes, al contrario, saben detectar lo positivo en lo negativo y la oportunidad en el contratiempo. Al decir de Horacio: “En los contratiempos es donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos”. 

Por tanto, la capacidad para replantearte la adversidad desde una perspectiva más constructiva para ti mismo es una de las lecciones más importantes que puedes aprender en la vida. Así podrás seguir adelante más pronto haciéndote menos daño.
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¿Sabías que la meditación cambia nuestro cerebro para protegernos de la adversidad?


Para el inquieto temperamento del Occidente la meditación puede parecer una disciplina desagradable porque no nos parece que podamos sentarnos ‘nada más que por estar sentados’ sin que nos remuerda la conciencia, sin sentir que deberíamos estar haciendo algo más importante para justificar nuestra existencia”, escribió Alan Watts. 

Sin embargo, la meditación es una de las técnicas más beneficiosas para mejorar nuestra salud mental, alcanzar la paz interior y sentirnos más satisfechos con la vida. Si esos beneficios nos parecen poco, ahora un estudio realizado en la Universidad de Surrey reveló que la meditación también nos permite ser menos reactivos. Y ese podría ser uno de los secretos para vivir de manera más equilibrada, retomar el control de nuestras vidas y dejar de estar a merced de las circunstancias que desencadenan una auténtica montaña rusa emocional. 

La meditación nos libera del “sesgo de negatividad” 


Para analizar el impacto de la meditación, estos investigadores dividieron a los participantes en 3 grupos: meditadores experimentados, meditadores novatos y personas que nunca habían meditado. Pidieron a todos que realizaran una tarea en la que debían emparejar ciertas imágenes para recibir una recompensa. 

Lo interesante es que cada imagen tenía una probabilidad diferente de ser recompensada. Algunas imágenes tenían un 80% de probabilidad de éxito, pero otras apenas un 20%. El objetivo de los participantes era aprender a elegir aquellas imágenes que tuvieran más probabilidad de éxito para obtener una recompensa mayor. 

Lo primero que notaron los investigadores fue que las personas que meditaban se enfocaban rápidamente en las imágenes más recompensadas mientras que los no meditadores se centraban en aquellas que tenían una recompensa baja. ¿Qué significa esto? Que las personas que no meditan suelen centrarse más en los resultados negativos mientras que los meditadores prefieren aprender de los resultados positivos. 

Este fenómeno podría deberse a lo que se conoce como “sesgo de negatividad”. Nuestro cerebro a menudo dedica más energía a concentrarse en “lo que está mal” que en “lo que está yendo bien”. Lo hace para que podamos descubrir cómo solucionar el problema que nos molesta. 

Sin embargo, los meditadores expertos parecen ser inmunes al sesgo de negatividad y prefieren enfocarse en los aspectos positivos de la situación. Las implicaciones para nuestra vida cotidiana y nuestro equilibrio mental de esa manera de afrontar la vida son enormes. 

La meditación atenúa el impacto emocional de la adversidad 


Los investigadores también analizaron la actividad eléctrica que se producía en el cerebro mientras los participantes realizaban la tarea para medir la fuerza con que reaccionaban a la retroalimentación positiva y negativa. Descubrieron que todas las personas reaccionaban igual a los resultados positivos, pero los no meditadores reaccionaron de manera más intensa a los resultados negativos. Los meditadores experimentados, al contrario, demostraron una menor activación a nivel neurológico en respuesta a los resultados negativos. 

Los seres humanos han estado meditando durante más de 2000 años, pero los mecanismos neuronales de esta práctica aún son relativamente desconocidos. Estos hallazgos demuestran que, en un nivel profundo, los meditadores responden a los estímulos negativos de manera más imparcial que quienes no meditan, lo cual puede explicar algunos de los beneficios psicológicos que aporta esta práctica”, señaló Paul Kntyl, el autor principal del estudio. 

Esto significa que la meditación nos impregna de una tendencia natural a ser más positivos. No se trata de un optimismo ingenuo sino de aprender a valorar lo que tenemos, en vez de lamentarnos por lo que no tenemos, y ser capaces de encontrar lo positivo en la adversidad para hacer leva en ello sin que nuestro equilibrio emocional se resienta tanto. 

La meditación como vía para mitigar la reactividad emocional 


Por supuesto, la “retroalimentación negativa” forma parte de la vida, no podemos evitarla y es importante tomar nota de ella, pero si aprendemos a lidiar con esas situaciones sin enfadarnos, frustrarnos o entristecernos demasiado, podríamos tomar mejores decisiones que nos saquen más rápido del hoyo en que hemos caído. 

Se trata de aprender a moderar nuestra reactividad emocional. Así podremos dar un paso atrás, asumir una perspectiva más objetiva y decidir cómo responder, en vez de actuar impulsivamente haciendo cosas de las que después nos arrepintamos. 

Esto puede aplicarse a todas las áreas de nuestra vida: 

- A los comentarios negativos de las personas que nos rodean, ya sean familiares, amigos, compañeros de trabajo o desconocidos 

- A las críticas destructivas que no tienen más objetivo que dañarnos y no nos aportan nada 

- A los obstáculos que encontramos en nuestro camino cuando perseguimos una meta 

- A los contratiempos que ponen del revés nuestros planes 

Debemos recordar que una reacción exagerada a la retroalimentación negativa simplemente amplificará las emociones negativas como la tristeza, la ira, la vergüenza o la frustración. Nos estresa y agobia aún más y, en última instancia, incluso puede hacer que nos comportemos de manera autodestructiva. 

La meditación es un excelente ejercicio para aprender a limitar nuestra reactividad e impulsividad porque nos enseña que existe un espacio entre lo que pensamos y sentimos y cómo reaccionamos ante lo que sucede. Nos calma y nos da la posibilidad de observar lo que ocurre sin alterarnos, desde una actitud desapegada y ecuánime. 

La meditación es fácil de entender, pero difícil de dominar. La clave radica en tomarse el tiempo que sea necesario. Al inicio puedes creer que no estás logrando nada, pero con la práctica tu estado mental empezará a cambiar y eso se reflejará en todas las áreas de tu vida. 

Solo necesitas seguir “la regla fundamental de la meditación: consentirse pensar lo que se piensa y ser atravesado por lo que te atraviesa. No decirse: está bien, o está mal, sino: está, y debo establecerme en lo que hay”, según Emmanuel Carrere. 

Fuente: 
Knytl, P. & Opitz, B. (2018) Meditation experience predicts negative reinforcement learning and is associated with attenuated FRN amplitude. Cognitive, Affective, & Behavioral Neuroscience; 1-15.
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Vivimos en la sociedad del cansancio, según el filósofo Byung-Chul Han


“La sociedad del cansancio” es uno de esos libros que debemos leer, sí o sí. Escrito por el filósofo surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, presenta una visión alternativa e interesante de la sociedad en que vivimos para ayudarnos a bucear en nuestro interior y descubrir esos lazos apenas perceptibles pero muy fuertes que nos atan, dictan muchas de nuestras decisiones y, al final, determinan nuestra vida. 

¿Cómo el exceso de positividad nos esclaviza? 


Cada época y sociedad tiene sus propios patrones de pensamiento, que inculca a sus miembros con letra de fuego. No podemos escapar a ellos. A menos que hagamos un ejercicio consciente de análisis y reflexión nos determinarán durante toda la vida porque se han convertido en los márgenes que limitan nuestro pensamiento, fuera del cual ni siquiera concebimos posible la realidad.

Nos ha tocado vivir en la sociedad del “Yes, you can”, una sociedad que afirma que todos podemos llegar hasta donde nos propongamos solo con esforzarnos. Vivimos en una época en la que la Psicología Positiva se ha popularizado y tergiversado, limitándose a una serie de frases motivadoras sin mucha sustancia que transmiten un mensaje claro: “¡Tú puedes!”. 

Han indica que “la sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya 'sujetos de obediencia', sino 'sujetos de rendimiento'. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos”. 

Ese cambio, que aparentemente empodera y resulta liberador, en realidad se convierte en un boomerang que no tarda en golpearnos con toda su fuerza porque esconde un gran riesgo psicológico del que no somos conscientes. 

La violencia de la sociedad sobre sus miembros no ha desaparecido, sino que se ha camuflado y ahora se basa en la autoexplotación del sujeto: “Ésta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es el mismo explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autoreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa, de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia […] En esta sociedad de la obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados”. 

Básicamente, nuestra sociedad sería el perfeccionamiento de las sociedades disciplinarias y controladoras del pasado, pero en realidad no implica más libertad, sino que sigue ejerciendo su poder sobre cada persona a través de la introyección del “deber”. Esa situación nos convierte en esclavos de la superproducción, el superrendimiento (laboral, lúdico y sexual) o la supercomunicación. 

El cansancio del “yo” 


El ejemplo más emblemático de los problemas que causa esa presión social por el rendimiento es la depresión. Este filósofo piensa que “en realidad, lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna. 

“El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima […] La depresión se desata en el momento en el que el sujeto de rendimiento ya no puede ‘poder más’ […] El deprimido está cansado del esfuerzo de devenir él mismo”. 

El problema es que “no-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión”. Cuando nos damos cuenta de que no podemos lograr todo lo que nos proponemos nos sentimos frustrados, pero no pensamos que la sociedad nos ha engañado sino que nos autoinculpamos, sintiendo que somos incapaces. 

No comprendemos que hemos caído en la trampa de la que nos alertaba Zygmunt Bauman: buscar soluciones biográficas a lo que son problemas estructurales y sistémicos de la sociedad. Así se cierra a nuestro alrededor un círculo de insatisfacción que, si no estamos atentos, podríamos arrastrar por toda la vida. 

¿Cómo salir de ese círculo vicioso? 


Han da una pista en “La sociedad del cansancio”: “La sociedad de rendimiento está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad de dopaje […] El exceso de positividad se manifiesta como un exceso de estímulos, informaciones e impulsos”. 

Por tanto, una de las claves para salir de ese círculo vicioso es la “inmersión contemplativa”, hacer un alto en nuestra obsesión con la productividad y los logros personales para dejar paso al dolce fare niente, al aburrimiento y a la plena presencia. No se trata de descansar para ser más productivos sino descansar por el simple placer que ello genera. Se trata de reconectar con lo esencial, de aprender a disfrutar más y exigirnos menos. Se trata de no olvidar que “El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma”. 


Fuente: 
Han, B (2012) La sociedad del cansancio. Herder: Argentina.
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