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Esta parábola budista nos muestra cuál es la actitud justa para aprender en la vida


Una comunidad pidió a un sabio maestro budista que les diese una serie de discursos sobre su filosofía, ya que consideraban que era la mejor manera de aprender. Tras mucho insistir, el maestro accedió. Hizo una pregunta sencilla: 

- ¿Saben de qué voy a hablar en el discurso de hoy? 

- No - contestaron todos al unísono. 

- Pues si no saben siquiera de qué voy a hablarles, ¿cómo van a aprender? - dijo el sabio y se marchó. 

Al cabo de los días, los miembros de la comunidad volvieron a buscarlo. Entonces el sabio les preguntó: 

- ¿Saben hoy de qué les hablaré? 

- Sí - contestaron esta vez, habiéndose puesto previamente de acuerdo. 

- Pues si ya saben de que voy a hablar, no me necesitan – y el maestro volvió a marcharse. 

Empecinados en que aquella era la única vía para comprender el budismo, reflexionaron y regresaron donde el maestro. Esta vez concluyeron que sería mejor contestar que unos sí sabían de qué hablaría y otros no, en caso de que el sabio les volviera a preguntar. En efecto, reunidos todos esperando el discurso, el maestro preguntó: 

- ¿Y hoy saben de qué hablaré? 

- Unos sí lo sabemos, otros no – respondieron satisfechos. 

- En ese caso - dijo el sabio sonriendo - que los que saben, instruyan a quienes no saben. 

Y se marchó para no regresar jamás. 

Esta parábola nos alerta sobre nuestra concepción limitada del conocimiento y nos indica que las cosas que realmente valen la pena se aprenden mediante la experiencia directa y la búsqueda interior, comprometiéndonos con el cambio, no esperando que alguien venga a indicarnos el camino. 

El papel de las experiencias en la búsqueda del conocimiento 


Schopenhauer también sugiere que una mente llena de ideas abstractas sobre el mundo, entiéndase ideas no enraizadas en la experiencia personal, tendrá la tendencia a imponer sus ideas, en vez de permitir que los fenómenos mundanos toquen las “cuerdas cognitivas” de la conciencia. 

En lugar de desarrollar las facultades de discernimiento del niño y enseñarle a juzgar y pensar por sí mismo, el maestro usa todas sus energías para llenar su mente de pensamientos de otras personas”, afirmó el filósofo. 

Schopenhauer aboga por una “educación natural”, aquella en la que experimentamos el mundo y luego lo resumimos en principios generales. Por eso califica la educación escolástica como “artificial”. 

“El método artificial consiste en escuchar lo que otras personas dicen, aprender y leer, y así tener la cabeza repleta de ideas generales antes de que tengas algún tipo de relación con el mundo tal como es, y que puedas verlo por ti mismo Te dirán que las observaciones particulares que se han utilizado para llegar a estas ideas generales las tendrás más adelante en el curso de la experiencia; pero hasta que llegue ese momento, estarás aplicando erróneamente tus ideas generales, juzgas a los hombres y las cosas desde un punto de vista equivocado, los ves desde una perspectiva equivocada y los tratas de manera incorrecta. Así es como la educación pervierte la mente”. 

Schopenhauer creía que la educación artificial que no se basa en la experiencia directa nos lleva a acumular demasiadas nociones preconcebidas con las cuales juzgamos el mundo, lo cual genera una “ansiedad nerviosa” y una “confianza errónea”, una especie de disonancia cognitiva perpetua cuando intentamos encerrar al mundo dentro de nuestro ordenado esquema de Cómo están las cosas, en lugar de tratar de experimentar por nosotros mismos. 

Sus ideas no difieren de o que en el taoísmo se denomina “conocimiento convencional”. “Por su naturaleza misma, el conocimiento convencional es un sistema de abstracciones. Consiste en signos y símbolos en los que las cosas y los sucesos quedan reducidos a esquemas generales. 

Existe otro conocimiento, sin embargo, que es el que interesa a las filosofías orientales centrado en comprender la vida directamente, en vez de quedarse atrapados en los términos lineales y abstractos de las palabras y el pensamiento”, escribió Alan Watts. 


Pensar, cuestionar, experimentar… 


El conocimiento, ese que realmente nos puede cambiar y nos permite crecer, debe partir de la curiosidad. La curiosidad nos anima a explorar y descubrir para llegar a nuestras propias verdades, no para abrazar las verdades que alguien nos ha contado. 

Esa curiosidad nos permite experimentar la realidad, de verdad, sin intentar encajarla en nuestra limitada concepción del mundo. Eso puede desestabilizar nuestro sistema de creencias y conceptos, pero no es algo malo, todo lo contrario. Después de que la escuela arme nuestra concepción del mundo, debemos dedicarnos a cuestionarla, ponerla a prueba y, en definitiva, reflexionar sobre todo lo que nos han enseñado. 

Después de todo, el pensamiento crítico es lo que nos hace libres.
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Los 3 estilos de productividad: ¿Cuál es el tuyo?


Si te encuentras a bordo de un barco con fugas crónicas, es probable que la energía destinada a los botes salvavidas sea más productiva que la dedicada a parchear las fugas”, dijo Warren Buffett. El genio de las inversiones sabe muy bien que nuestro tiempo y atención son recursos muy valiosos, por lo que es importante utilizarlos inteligentemente para lograr ser más productivos y eficaces. 

De hecho, ¿sabías que la mayoría de las personas reconocen que dedican el 40% de su tiempo a tareas que no son importantes o que son absolutamente irrelevantes? Sin embargo, muchos no saben exactamente cómo están perdiendo el tiempo. 

La clave radica en el autoconocimiento, saber cuáles son nuestras fortalezas y debilidades nos permitirá sacar a la luz lo mejor de nosotros con el menor esfuerzo. Por eso, es importante que identifiques cuál es tu estilo de productividad. 

Los estilos productivos  


La psicóloga especializada en productividad Carson Tate definió tres estilos de productividad en base a su experiencia empírica basándose en cómo las personas aprenden, se comunican y toman decisiones. 

1. Priorizador 

En este estilo de productividad predomina la lógica y el análisis. Se trata de una persona que asume una actitud crítica, analítica y realista. Intenta buscar hechos y datos en base a los cuales tomar decisiones y priorizar las tareas. 

Para ser más eficiente, esta persona calculará el tiempo que le lleva completar ciertas tareas y planificará su jornada. En práctica, su enfoque es similar al de un rayo láser: se concentra en un objetivo, sin dispersarse. Su comunicación es similar: escueta y al grano, enfocada en resolver los problemas. 

Su fuerza radica en la capacidad para identificar los detalles importantes. Esta persona suele organizar tan bien el trabajo antes de comenzar que una vez que pone manos a la obra no necesita gastar tiempo y energía en pensar cómo completar las tareas porque se limita a seguir el plan. 

¿El punto débil? Esta persona suele ser demasiado controladora, rígida y competitiva. A menudo tienen problemas para gestionar los imprevistos y pueden atascarse en la toma de decisiones cuando no cuentan con todos los datos necesarios. 

2. Planificador 

A primera vista este estilo de productividad se parece al del priorizador, pero en realidad el planificador se sumerge aún más profundo en los detalles del proyecto que debe realizar. Mientras que el priorizador solo se centra en los aspectos esenciales para completar el proyecto de manera rápida y precisa, el planificador analiza cada detalle, incluso los más intrascendentes. 

Un priorizador se sentirá bien al final de la jornada si terminó las tareas más importantes, un planificador necesita terminar el mayor número de tareas posible porque se centra más en la cantidad de trabajo, sin discriminar según su relevancia. 

El planificador brilla por su pensamiento organizado, secuencial, planificado y detallado. Es una persona que no se limita a planificar el viaje, el alojamiento, las atracciones y los restaurantes sino que también busca el mejor medio de transporte y calcula el tiempo que se dedicará a cada actividad planificando cada detalle de la jornada. 

Tienene buenos planes de acción y les dan seguimiento. Su comunicación es igual, muy detallada y precisa, incluyendo siempre la letra pequeña. 

¿El punto débil? Se trata de una persona poco espontánea, que puede perder oportunidades debido a su resistencia a desviarse de los planes. 

3. Visualizador 

Este estilo de productividad es diametralmente opuesto a los demás. El visualizador tiene un pensamiento holístico, intuitivo, integrador y sintetizador. Suele ser una persona innovadora y creativa que funciona mejor bajo presión y que a menudo provoca cambios positivos allí donde va. 

Esta persona no suele planificar a largo plazo, tiene una idea general de los proyectos y se lanza a probar sus ideas, por lo que van valorando las posibilidades sobre la marcha. Se enfoca en conceptos más generales y suele hacer malabarismos con diferentes proyectos que lleva a la vez pues de lo contrario se aburre fácilmente. 

Su comunicación suele reflejar esa visión holística, por lo que generalmente hablan de grandes proyectos y conectan diferentes conceptos integrándolos bajo una nueva perspectiva que genera nuevas oportunidades. 

¿El punto débil? Tienen la tendencia a pasar por alto los detalles y su excesiva espontaneidad e impulsividad les puede jugar malas pasadas haciendo que cometan errores de cálculo. 

Fuente: 
Tate, C. (2015) The 4 Types of Productivity Styles. En: 99U.
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Riesgo y felicidad: El secreto para vivir en el Tercio Dorado


En 1968 todo parecía indicar que era una joven promesa del patinaje artístico. A sus 19 años había participado en campeonatos de patinaje en Estados Unidos, pero cuando no logró entrar en el equipo olímpico, decidió probar suerte en un área completamente diferente. Se zambulló por completo en el universo de la moda. Tras 16 años como editora de Vogue, cuando vio que no ocuparía el puesto de editora jefe, decidió darle otra vuelta de tuerca a su vida y comenzó a diseñar para Ralph Lauren. Poco tiempo después, dejó ese trabajo seguro para atreverse a lanzar su propio taller. 

Su nombre es Vera Wang y hoy sus vestidos de novia son unos de los más reconocidos en todo el mundo. Jamás lo habría logrado si tras su primera derrota se hubiera sentado a llorar sobre la leche derramada o si se hubiera contentado con ocupar un discreto puesto donde no podía brillar con luz propia. En su lugar, decidió plantearse nuevos retos, asumir riesgos y modelar su propio sueño. 

Asumir riesgos nos hace más felices 


Psicólogos de la Universidad Estatal de Colorado le dan la razón a todos aquellos que se planteen asumir nuevos riesgos. Han comprobado que una de las claves de la felicidad y la satisfacción en la vida consiste precisamente en asumir nuevos retos y arriesgar un poco. 

En su investigación, monitorizaron las actividades cotidianas que realizaba un grupo de personas durante 21 días y les pidieron que reportaran a diario cómo se sentían. Descubrieron que los días en que las personas eran más curiosas y se atrevían a correr riesgos también se sentían más felices y satisfechas con su vida. 

Los investigadores también descubrieron que estas personas eran conscientes de que la felicidad no radica únicamente en las posesiones o las relaciones, sino que se alimenta de asumir nuevos retos que les ayuden a salir de su zona de confort. Saben que asumir riesgos puede hacerlas sentir incómodas o incluso vulnerables en algunos momentos, pero también saben que es el camino más directo para crecer. 

Vivir en el Tercio Dorado 


Marvin Zuckerman, un profesor de la Universidad de Delaware que dedicó parte de su vida a estudiar la tendencia de las personas a asumir riesgos y buscar nuevas sensaciones, descubrió que existe un gráfico con una curva de lo normal. 


Justo a la izquierda se encuentra una gran parte de las personas que tienen aversión al riesgo y se confinan a su zona de confort. A la derecha se encuentran aquellas que asumen riesgos innecesarios que pueden causarles problema. 

Descubrió que las personas más felices y satisfechas con su vida son solo el 34% y se encuentran precisamente en esa zona en la que asumen riesgos, pero sin exagerar. A ese 34% lo denominó el Tercio Dorado. 

De hecho, otra investigación llevada a cabo en la Universidad de Columbia Británica reveló que los directivos que corren más riesgos son los más exitosos. A más riesgo, más recompensa. Aunque la caída también puede ser mayor, por lo que es importante saber dosificar el riesgo. 

De hecho, en la vida hay veces que simplemente necesitamos escuchar nuestra canción preferida y relajarnos o disfrutar de ese ritual que venimos haciendo durante años y que nos calma. Las cosas conocidas también pueden hacernos muy felices, pero de vez en cuando debemos buscar nuevos retos porque solo cuando abandonamos lo conocido descubrimos nuestras potencialidades. 

Las personas que viven en el Tercio Dorado han alcanzado un punto de equilibrio perfecto entre lo conocido y lo novedoso, lo seguro y lo arriesgado. Tienen una zona de confort, pero salen a menudo de ella en la búsqueda de nuevos retos y experiencias porque no sienten aversión por el riesgo. 

Lo más interesante es que, una vez que entramos en ese Tercio Dorado, una vez que dejamos atrás la aversión al riesgo, es probable que encontremos nuestro equilibrio y permanezcamos en esa zona porque resulta impensable volver a la vida monótona y perfectamente planificada de antes. 

En ese punto comprendemos a Hellen Keller cuando dijo que “la seguridad es principalmente una superstición. No existe en la naturaleza, ni las personas la experimentan. Evitar el peligro no es más seguro a largo plazo que exponernos directamente a él. La vida es una aventura atrevida o no es nada”. 


Fuentes: 
Kashdan, T. & Steger, M. (2007) Curiosity and pathways to well-being and meaning in life: Traits, states, and everyday behaviors. Motivation and Emotion; 31(3): 159-173. 
Dohmen, T. et. Al. (2005) Individual risk attitudes: New evidence from a large, representative, experimentally-validated survey. IZA Discussion Papers; 1730. 
MacCrimmon, K. R. & Wehrung, D. A. (1990) Characteristics of Risk Taking Executives. Management Science; 36(4) 422-435.
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Lagom: El concepto sueco para vivir en equilibrio


Demasiadas cosas, demasiados compromisos, demasiados estímulos… La vida moderna está marcada por los excesos. Esos excesos nos someten a una presión innecesaria, por lo que no es extraño que el minimalismo esté ganando terreno como una alternativa de vida para combatir esos “demasiados”. Los suecos, que son el noveno país más feliz del mundo, tienen un concepto muy interesante para encontrar el equilibrio entre el exceso y el minimalismo: lagom. 

¿Qué es lagom? 


Lagom es una palabra que podría traducirse literalmente como “la cantidad justa”, se refiere al equilibrio en los diferentes aspectos de la vida. No abraza ningún extremo, pero tampoco los niega porque su objetivo es mantenerse en una armonía mesurada. 

Desde el punto de vista etimológico, la palabra lagom proviene de una antigua costumbre que se denominaba “laget om” y significaba sentarse en equipo. Se refería a los tiempos en que los vikingos se reunían alrededor del fuego después de un duro día de trabajo y se pasaban cuernos llenos de aguamiel. Se esperaba que todos bebieran solo una parte justa para que los otros también pudieran beber. Por tanto, lagom es un principio que encierra la moderación, en el que nada es demasiado ni muy poco, simplemente adecuado. 

Llevado al día a día, el lagom nos anima a disfrutar de una vida más sencilla encontrando el equilibrio entre la simplicidad y los excesos en un punto medio que nos permita concentrarnos en lo que es realmente importante para nosotros y nos hace felices. 

¿Cómo aplicar el lagom sin frustrarse? 


Para algunas personas, esa moderación es sinónimo de frustración o férreo autocontrol que nos separa de la autenticidad y la espontaneidad. Piensan que mantenernos en equilibrio exige una enorme fuerza de voluntad que termina desgastándonos. En realidad no es así. 

Para que el concepto de lagom realmente implique un cambio importante en nuestra vida, debemos desarrollar un trabajo interior en dos etapas:

1. Desaprender gran parte de lo que hemos aprendido, que implica dejar de desear lo que desean los demás.

2.  Encontrar lo que deseamos realmente, aquello que nos hace felices. 

Entonces podemos ser conscientes de lo que realmente necesitamos, identificando además todas las cosas o actividades intrascendentes de las que podemos prescindir. Se trata de aprender a ser felices con menos cosas, pero sin sentirnos cohibidos, porque ello implicaría una sensación de frustración. Se trata de aprender a amar más lo que tenemos y encontrar satisfacción en ello, en vez de desear con intensidad lo que no tenemos. 

El lagom también se trata de gestionar asertivamente nuestras emociones, para que estas no tomen el mando y nos hagan tomar decisiones de las que después nos arrepintamos. Eso no significa reprimir las emociones sino encauzarlas de manera asertiva. 

Cuando se produce ese cambio interior, el lagom no es una cuerda que te ata a la moderación sino una luz que nos guía hacia la serenidad y la alegría, alejándonos de un estilo de vida estresante. Se trata de no hacer lo innecesario o superfluo, de enfocarse en lo esencial y de saber cuándo parar. 

También debemos tener en cuenta que cada persona tiene su propio estado de lagom. Mi estado de lagom no es el mismo que el tuyo, pero desde el equilibrio y la moderación podemos acceder a espacios de reconocimiento mutuos que nos permitan conectar desde nuestra esencia. 

El lagom nos conduce a un espacio de satisfacción individual mientras creamos armonía en los grupos sociales en los que nos insertemos. Abrazar este concepto nos ayuda a reducir nuestras necesidades, simplificar nuestras vidas y desterrar el estrés para sentirnos más satisfechos, felices y equilibrados. 

Recordemos la frase sueca: Lagom är bäst, que significa: “lo suficiente es tan bueno como un banquete”. Que sería muy parecida a un consejo que nos dio Epicuro hace siglos: "Sé moderado para saborear las alegrías de la vida en abundancia".

Fuente:
Åkerström, L. A. (2017) The swedish Word that’s displacing hygge. En: BBC
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10 mujeres que cambiaron la Psicología


La Psicología, como otros muchos campos de la ciencia, estuvo dominada durante décadas por hombres. Nombres como Sigmund Freud, B. F. Skinner, John B. Watson, Carl Rogers y Carl Gustav Jung, entre otros, son los más conocidos. 

El predominio de pensadores masculinos en las listas de los pioneros en la historia de la Psicología nos lleva a pensar que las mujeres se mantuvieron apartadas de esta ciencia, pero en realidad no es así. Se estima que a inicios de 1900, 1 de cada 10 psicólogos en Estados Unidos era una mujer. 

Sin embargo, muchas de estas psicólogas enfrentaron una discriminación considerable por el mero hecho de ser mujeres. A muchas no se les permitió estudiar con los hombres, les negaron títulos que habían obtenido legítimamente o les resultó difícil obtener puestos académicos que les permitieran investigar y publicar. Por eso, muchas de sus voces han sido silenciadas.

Aún así, hay mujeres que han cambiado la Psicología gracias a sus importantes contribuciones, y también gracias a su determinación para pasar por situaciones de discriminación debido a su género. Estas mujeres merecen ser reconocidas por su labor pionera. Hoy les rendimos un homenaje. 

Mujeres en la Psicología


1. Anna Freud 

La famosa hija del Sigmund Freud, Anna, era una psicóloga conocida e influyente por derecho propio. No solo siguió enriqueciendo las ideas de su padre, sino que también desarrolló el campo del psicoanálisis infantil e influyó en otros psicólogos, como Erik Erikson. Entre sus muchos logros se encuentra la introducción de los mecanismos de defensa y la expansión del interés en el campo de la psicología infantil. 

2. Mary Whiton Calkins 


Mary Whiton Calkins estudió en Harvard, aunque nunca recibió la aprobación para la admisión formal. Estudió con algunos de los pensadores más eminentes de la época, como William James, y cumplió con todos los requisitos para un doctorado, pero Harvard se negó a otorgarle un título por ser mujer. Aún así, Calkins se convirtió en la primera mujer presidenta de la Asociación Americana de Psicología. Durante su carrera, desarrolló la técnica de asociación pareada y se hizo famosa por su trabajo en el área de la autoayuda. 

3. Mary Ainsworth 


Mary Ainsworth fue una importante psicóloga del desarrollo. Su trabajo demostró la importancia de los apegos saludables en la infancia y fue pionera en el uso de una técnica conocida como la evaluación de “situación extraña” para clasificar el tipo de apego del niño. Sus investigaciones sobre los vínculos entre madre e hijo tuvieron una gran influencia en los trabajos posteriores sobre los estilos de apego y en cómo esos estilos contribuyen al comportamiento en el futuro. 

4. Karen Horney 


Karen Horney fue una influyente psicóloga, cuando Sigmund Freud propuso su teoría de que las mujeres experimentaran la “envidia del pene”, Horney respondió que los hombres sufren de “envidia del vientre” y que todas sus acciones están motivadas por la necesidad de compensar el hecho de que no pueden tener hijos. Su refutación de las ideas de Freud contribuyó a enfocar la atención en la Psicología femenina. Su teoría de que las personas eran capaces de asumir un papel personal en su propia salud mental estaban entre sus muchas otras contribuciones al campo de la Psicología. 

5. Melanie Klein 


La terapia de juego es una técnica de uso común para ayudar a los niños a expresar sus sentimientos de manera natural. Hoy se utiliza mucho, pero fue una psicóloga, Melanie Klein, quien desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de esta técnica. A través de su trabajo con niños, observó que estos usaban el juego como uno de sus principales medios de comunicación. Como los niños pequeños no podían someterse a las técnicas freudianas más utilizadas, Klein comenzó a utilizar la terapia de juego como una forma de investigar los sentimientos, ansiedades y experiencias inconscientes de los niños. En la actualidad, el psicoanálisis kleiniano es una de las principales escuelas de pensamiento en el campo del psicoanálisis. 

6. Magda B. Arnold 


William James había propuesto que las emociones son el resultado de la valoración de los cambios a nivel corporal que tienen lugar cuando nos exponemos a ciertos estímulos. Sin embargo, Magda B. Arnold desafió aquella concepción imperante proponiendo una visión diferente sobre este fenómeno a través del concepto de valoración emocional o appraisal. Sostenía que las emociones son activadas por una cognición previa, que puede ser inconsciente, pero que puede hacerse consciente por la capacidad de la inteligencia humana de reflexionar. Así sentó las bases para teorías de las emociones enmarcadas en el cognitivismo. 

7. Bluma Zeigarnik


Fue una de las investigadoras más prolíficas de la Psicología soviética. A ella no solo debemos el descubrimiento del “Efecto Zeigarnik”, según el cual tenemos la tendencia a recordar mejor la información relacionada con las tareas inacabadas y borrarla de nuestra mente una vez que las hemos finalizado, sino también el desarrollo de la psicopatología experimental, que estableció como una disciplina separada en la que conjugó las teorías psicológicas relevantes de su época para intentar explicar qué ocurre en la mente perturbada. 

8. Margaret Floy Washburn 


Margaret Floy Washburn fue la primera mujer en recibir un doctorado en psicologia. Realizó sus estudios de posgrado con Edward B. Tichener, aunque al igual que muchas psicólogas de esta lista, desarrolló su trabajo en un momento en que a las mujeres a menudo se les negaban puestos en el mundo académico. A pesar de ello, se convirtió en una investigadora, escritora y profesora muy respetada cuyos trabajos en el área de la cognición animal y los procesos fisiológicos básicos influyeron notablemente en la Psicología Comparada. También desarrolló una teoría motora de la cognición a través de la cual sugirió por primera vez que los movimientos del cuerpo influyen en el pensamiento. 

9. Eleanor Maccoby 


El nombre de Eleanor Maccoby está vinculado a la Psicología del Desarrollo. Su trabajo pionero en las diferencias sexuales desempeñó un papel importante en nuestra comprensión actual de temas como la socialización, las influencias biológicas en las diferencias sexuales y los roles de género. Fue la primera mujer en presidir el Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford. De hecho, incluso hay un premio que lleva su nombre: el Premio Maccoby Book, ofrecido a escritores de Psicología cuyos libros representen una contribución importante a esta ciencia. 

10. Virginia Satir 


Virginia Satir fue una de las psicólogas pioneras en terapia familiar. defendía la necesidad de analizar no sólo al individuo; sino también su dinámica familiar porque pensaba que la psicología individual no ofrecía las explicaciones suficientes para entender a las personas. Pensaba que el “problema evidente” que se llevaba a terapia casi nunca era el problema real; sino tan solo un conflicto superficial que se había generado en la familia. Así dio vida a una teoría que influiría notablemente en la psicoterapia de enfoque sistémico, y también en la tradición humanista de la psicología clínica.
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No permitas que los demás usen la culpa para dictar tus decisiones


Hay muchas formas de manipulación psicológica, algunas más sutiles que otras. Una de las más dañinas es el chantaje emocional, cuya arma preferida es la culpabilidad. El principal problema es que la culpa es esgrimida precisamente por las personas más cercanas a nosotros, por lo que es difícil detectar que estamos siendo víctimas de una manipulación. Ello genera una relación de sumisión que se prolonga en el tiempo con efectos nefastos para nuestra autoestima e independencia. 

¿Qué es el sentimiento de culpa? 


Parece una pregunta redundante, pero no lo es. En un inicio, la palabra culpa tenía únicamente un significado físico y concreto pues se entendía como fallar el golpe, errar el blanco. Luego se le imprimió un significado intelectual que se refería al error al dar una opinión y se relacionó con una privación o incapacidad. Finalmente, la culpa se revistió de una valoración moral. Entonces se comenzó a utilizar para indicar la transgresión de las normas relacionadas con la moral o la religión. 

A partir de ese momento, la culpa dejó de ser un simple error para convertirse en un juicio de valor. Eso significa que una persona culpable no solo se comporta mal, sino que algo en ella es malo.  

Crecer con esta concepción de la culpa nos convierte en personas extremadamente vulnerables porque en vez de establecer una distinción entre nuestro error y nuestra valía, los identificamos. Por eso, cuando nos equivocamos no solo consideramos que ese comportamiento es erróneo e inadecuado, sino que nosotros mismos nos consideramos equivocados e inadecuados. Creemos que algo en nosotros no funciona como debería.

Poco a poco se va formando lo que conocemos como “sentimiento de culpa”, que no es más que la sensación de ser culpables y, por ende, malos e inadecuados. Esa sensación termina permeando nuestra vida, haciéndonos sentir incómodos con lo que somos. Las personas manipuladoras hacen leva precisamente en ese sentimiento de culpa, que nos predispone a aceptar los juicios de valor condenatorios. 

Usar la culpa para manipular y anular la libertad personal


Cuando una persona nos hace sentir culpables, activa ese sentimiento de culpa que existe en nosotros. Se trata de una sensación difusa que nos hace sentir inadecuados, aunque no sepamos exactamente por qué. Esa sensación nos vuelve vulnerables, haciéndonos más propensos a cargar con culpas que no son nuestras. 

Este mecanismo se sustenta en lo que la filósofa Ayn Rand denominó “moralidad irracional”, una “moralidad que se opone a la naturaleza humana y a los hechos de la realidad […] que fuerza al hombre a aceptar la creencia de que existe un choque inevitable entre lo moral y lo práctico, que hay que elegir entre ser virtuoso o ser feliz, pero no se puede ser las dos cosas a la vez. Esta visión establece un conflicto desastroso al nivel más íntimo del ser humano, una dicotomía que lo hace trizas”.

En práctica, damos a los demás el derecho a juzgarnos porque nos consideramos inadecuados, porque ya tenemos la semilla de la culpa en nosotros y pensamos que toda decisión o comportamiento catalogado como "egoísta" es intrínsecamente malo.

Cuando una persona activa ese sentimiento de culpa, se pone en la posición de juez y nosotros asumimos automáticamente el rol de acusado. De repente, tenemos que defendernos sin tener muy claro de qué se nos acusa. Y dado que nos sentimos culpables de antemano, claudicamos y cedemos a la manipulación. Aceptamos que somos culpables y que la otra persona tiene razón. 

En ese momento le otorgamos una superioridad moral que le da cierto derecho a dictar nuestras decisiones. Pensamos que si nos "equivocamos", lo más natural es que la persona que señala y corrige ese error sea la más adecuada para guiarnos. Nos ponemos en sus manos, a veces sin darnos cuenta. En ese preciso instante cedemos el control de nuestra vida. 

Cómo liberarse de la manipulación - de una vez y por todas 


Centrarse en la persona que nos manipula, culparla a su vez, y establecer una distancia de por medio es la estrategia que suelen seguir todos, pero no es la mejor solución porque se trata simplemente de un parche que no detendrá la hemorragia de una herida que en realidad es mucho más profunda. Para evitar este tipo de manipulación debemos deshacernos de ese sentimiento de culpa. Así nos blindaremos ante cualquier otra persona que intente hacernos sentir culpables en el futuro. 

Ayn Rand decía que debemos desarrollar “la ambición moral, que significa que uno ha de ganarse el derecho de considerarse a sí mismo como el valor máximo” evitando el proceso crónico de autosacrificio mediante el cual supeditamos nuestras necesidades y convicciones a las opiniones o deseos de los otros.

Eso no significa pasar de todo y de todos, sino encontrar un justo equilibrio en el que nosotros seamos el centro de nuestro mundo, para impedir que los demás se atribuyan el derecho a juzgarnos y hacernos sentir culpables.

También necesitamos comprender que la manipulación es una forma de ejercer el poder, de establecer una relación de dominación. Pero ejercer el poder es violar la libertad de los demás, es un acto de prepotencia a través del cual esa persona asume que sus necesidades y convicciones son más valiosas que las nuestras. Por tanto, debemos entender que usar la culpa para manipular es, en el fondo, un ataque a nuestra libertad, un intento de arrebatarnos la autonomía para decidir. 

A partir de ese momento, solo debemos “experimentar placer en ser tal como uno es, con vivir su vida, cesando de perseguir el ideal”, como explicaba el filósofo Max Stirner. Se trata de comprender que si nos equivocamos, ello no significa que seamos malas personas. Que tenemos derecho a tomar nuestras decisiones y que, si en algunos momentos nos priorizamos, no tenemos que sentirnos culpable. 

Es un cambio de perspectiva enorme. Pero vale la pena. 


Fuentes: 
Aedo, C. (2013) Raíces griegas de la noción romana de culpa. Revista de estudios histórico-jurídicos; 35: 39-80. 
Rand, A. (1961) The virtue of selfishness. Nueva York: Penguin Group.
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Cuando no sepas qué hacer, prepárate una taza de té


Hay ocasiones en que perdemos la brújula. Nos sentimos desorientados y no sabemos qué dirección tomar. Esos momentos son peligrosos porque nos asalta el estrés, el cual nos lleva a tomar decisiones precipitadas de las que después podríamos arrepentirnos. Hay una “solución” sencilla: cuando no sepas qué hacer, prepárate un té. 

Tanto en en Irlanda como en gran parte del Reino Unido, la gente se prepara té cuando necesita hacer una pausa. En los países asiáticos, el té ha sido elevado a bebida de culto. Su ceremonial para preparar y servir el té implica un alto en la vida cotidiana para disciplinar la mente y calmar el corazón. Tantas personas durante tantos siglos no pueden estar equivocadas, así que podemos incluir este ritual en nuestra vida para buscar la serenidad que necesitamos para tomar mejores decisiones. 

Un té caliente alivia las penas y genera confort psicológico 


El té caliente tiene efectos insospechados sobre nuestro comportamiento y estado de ánimo. Lo confirma la ciencia. Un estudio realizado en la Universidad de Yale descubrió que el simple hecho de sostener una taza con una bebida caliente en las manos nos vuelve más generosos y abiertos, algo que no ocurre cuando sostenemos una taza fría. También nos hace ver a completos desconocidos como personas más cálidas, amables y extrovertidas. 

La clave radica en la asociación inconsciente que realizamos entre el calor físico y el emocional. En práctica, el calor de una taza de té nos hace sentir más a gusto, y eso derriba nuestras barreras psicológicas, lo cual nos acerca a los demás. 

Por otra parte, el propio ritual del té genera confort psicológico. Un estudio realizado en la Universidad de Harvard comprobó que los rituales que emprendemos tras experimentar una pérdida nos ayudan a aliviar el dolor, mientras que aquellos que realizamos cuando nos sentimos estresados nos ayudan a reducir la ansiedad y consolidar la autoconfianza. 

Seguir un ritual para preparar y servir el té también nos permite adoptar una actitud mindfulness que nos aleja de los problemas que nos preocupan. Así podremos asumir una distancia psicológica que nos ayude a ver la situación desde otra perspectiva. 

De hecho, la ceremonia del té en los países asiáticos representa un alto en la vida cotidiana para apreciar la belleza de lo simple, es un acto tan sencillo como extraordinario que se reviste de gran simbolismo. 

No es casual que la ceremonia del té japonesa, la más famosa en todo el mundo, haya bebido del budismo zen y se haya desarrollado como una práctica espiritual transformadora. Se trata de una ayuda a la meditación para aprender a valorar las cosas pequeñas de la vida y abrazar la tranquilidad, la sobriedad y el control. 

Por supuesto, prepararte un té no hará que los problemas desaparezcan por arte de magia, pero puede ayudarte a encontrar la paz interior que necesitas para afrontar la adversidad y tomar mejores decisiones. Es un alto en la vorágine de tus pensamientos para que puedas poner orden. Si aprendes a disfrutar de ese ritual, te ayudará a restarle una gran dosis de estrés a tu jornada. 


Fuentes: 
Norton, M. I. & Gino, F. (2013) Rituals Alleviate Grieving for Loved Ones, Lovers, and Lotteries. Journal of Experimental Psychology: General; 143(1): 266-72. 
Williams, L. E. & Bargh, J. A. (2008) Experiencing Physical Warmth Promotes Interpersonal Warmth. Science; 322(5901): 606–607.
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