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Presencia afectiva: ¿Sabías que todos tenemos una “firma emocional” única?


La mera presencia de Elvis Presley hacía que las adolescentes gritaran y se desmayaran de la emoción. Líderes carismáticos como Mahatma Gandhi y Martin Luther King inspiraban fuerza y serenidad. El filósofo Hermann Broch, por su parte, era una de esas presencias amigables con las que nos sentimos cómodos para sincerarnos y liberarnos del peso de nuestros problemas.

Hay personas “especiales” que cuando entran en la habitación hacen que todos se sientan cómodos, como por arte de magia. Su influjo nos relaja y calma, nos transmite buenas vibraciones y entusiasmo.

Otras personas tienen el efecto contrario: cuando se acercan nos crispan los nervios, nos irritan o nos hacen sentir incómodos, aunque no hagan nada especial ni estén de mal humor. Cuando llegan, solo nos apetece escapar. En Psicología, ese poder para influir sobre los sentimientos de los demás se denomina “presencia afectiva”.

El efecto "yo": Cada persona tiene una firma emocional única 


El concepto de presencia afectiva fue descrito por primera vez en 2010, por los psicólogos Noah Eisenkraft y Hillary Anger Elfenbein, cuando se preguntaron si era posible que algunas personas emanaran un influjo emocional especial que hacía que los demás se sintieran a gusto o, al contrario, que experimentaran malestar. 

En uno de sus experimentos, asignaron a 239 estudiantes universitarios de distintas nacionalidades a diferentes grupos compuestos por cuatro o cinco miembros, los inscribieron en las mismas clases durante un semestre y les pidieron que hicieran un proyecto juntos. Luego, cada integrante del grupo evaluó cómo les hacían sentir el resto de sus compañeros teniendo en cuenta ocho emociones diferentes: estresado, aburrido, enojado, triste, tranquilo, relajado, feliz y entusiasta. 

Los investigadores descubrieron que algunas personas generaban casi siempre la misma sensación en los demás, independientemente de su estado de ánimo y del estado de ánimo del receptor. Indicaron que "existen diferencias significativas en cómo las personas experimentan sus emociones y el influjo que esas emociones ejerce sobre los demás". O sea, que más allá de cómo nos sintamos, generamos un influjo emocional sobre quienes nos rodean, al cual se le denominó presencia afectiva.

¿Qué es la presencia afectiva?


La presencia afectiva va más allá del simple contagio emocional, que se refiere a nuestro poder para hacer que otras personas experimenten nuestros estados emocionales a través de un mimetismo automático y la sincronización de las expresiones y movimientos corporales.

La presencia afectiva es un efecto que producimos en los demás sin darnos cuenta, una especie de “vibración afectiva” que tiene el mismo resultado en todas las personas con quienes nos relacionamos, haciendo que se sientan bien o mal, independientemente de su estado de ánimo anterior.

Mientras que el contagio emocional se refiere a la transmisión de las emociones que estamos experimentando, la presencia afectiva es una especie de “firma emocional”, un sello distintivo que nos caracteriza y que los demás pueden percibir de manera más o menos consciente.

Al igual que el resto de los rasgos de personalidad, algunas personas tienen una presencia afectiva más marcada que otras. Hay personas que nos hacen sentir cómodos rápidamente y nos transmiten su vitalidad y alegría mientras que el contacto con otras es más plano afectivamente y necesitamos más tiempo para captar su presencia afectiva ya que es mucho más débil.

Esa presencia afectiva puede ser positiva o negativa. Algunas personas también dejan una impronta emocional negativa ya que hacen sentir incómodos a los demás con su mera presencia. Podemos sentirnos intimidados, atemorizados o empequeñecidos, aunque esa persona no nos haya atacado indirectamente.

¿Por qué algunas personas tienen una presencia afectiva más fuerte que otras? 


La presencia afectiva podría estar relacionada con la capacidad para regular nuestras emociones y las ajenas. Una investigación más reciente realizada en las universidades de Sheffield y Manchester descubrió que las personas que intentan mejorar sus emociones, son empáticas y entienden las experiencias emocionales de los demás suelen ejercer una presencia afectiva más intensa y positiva.

También se ha descubierto que el hecho de que esas personas generen ese efecto positivo en los demás no implica, necesariamente, que experimenten esas mismas emociones positivas. Hay personas especiales que han tenido una vida difícil o han sufrido traumas psicológicos pero aún así son capaces de generar una gran sensación de calma o transmitir mucho entusiasmo. 

Estos psicólogos explican que a lo largo del día experimentamos muchos "destellos emocionales", ya sea de alegría, tristeza, ira, frustración… Esas emociones se transparentan a través de nuestro lenguaje corporal, expresiones faciales o incluso el tono de nuestra voz.

Quienes tienen una presencia afectiva positiva son capaces de autorregularse para que sus señales negativas no contagien a los demás; o sea, tienen la habilidad para suavizar el ruido de sus vidas, de manera que los otros no se vean afectados. Ese elevado nivel de regulación emocional les permitiría encontrar lo positivo incluso en las situaciones más negativas o adversas, de manera que pueden transmitir serenidad y entusiasmo.

Las personas con una presencia afectiva negativa, al contrario, carecerían de ese grado de autorregulación emocional y no habrían desarrollado la suficiente empatía. La sensación de incomodidad que transmiten sería el resultado de dar rienda suelta a esos "destellos emocionales" negativos que sus interlocutores captan de manera inconsciente.

¿Cómo saber cuál es tu "firma emocional"?


Ser consciente de tu firma emocional es muy importante. Las personas que ejercen una presencia afectiva positiva suelen tener más éxito en el trabajo, en las relaciones interpersonales y en la vida en pareja. En realidad, no es extraño. A todos nos gusta estar rodeados de personas que transmiten buenas vibraciones y nos aportan valor.

Sin embargo, es muy difícil ser objetivos a la hora de valorar el efecto que ejercemos sobre otras personas. Entre la imagen que deseamos proyectar, la que proyectamos y la imagen que recibe el otro hay un mundo de transformaciones.

Por eso, la mejor manera para descubrir tu firma emocional consiste en escuchar la retroalimentación de los demás. ¿Se sienten seguros y cómodos a tu lado? ¿Pueden hablar con franqueza o se sienten intimidados? ¿Les transmites entusiasmo o apatía?


Fuentes: 
Branan, N. (2010) The Me Effect. En: Scientific American
Eisenkraft, N. & Elfenbein, H. A. (2010) The Way You Make Me Feel: Evidence for Individual Differences in Affective Presence. Psychological Science; 21(4): 505-510. 
Berrios, R. et. Al. (2015) Why Do You Make Us Feel Good? Correlates and Interpersonal Consequences of Affective Presence in Speed-dating. Eur J Pers; 29(1): 72–82.
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Tu paz interior comienza el día en que no permites que te manipulen


- Todos te dicen qué hacer y qué es lo que te conviene. Nadie quiere que encuentres tus propias respuestas. Quieren que creas las de ellos. 

- Déjame adivinar, usted quiere que crea las suyas. 

- No, quiero que dejes de recibir información desde afuera de ti mismo y empieces a recibirla desde dentro. La gente le tiene miedo a lo que tiene adentro, pero en realidad es el único lugar donde hallarán lo que necesitan. 

Este diálogo de la película “El guerrero pacífico” nos marca el camino para alcanzar la auténtica paz interior, esa que solo se logra cuando sabemos quiénes somos, qué queremos y estamos convencidos de ello. Ese tipo de paz se alcanza cuando desarrollamos un “yo” fuerte.

Los 2 mecanismos de la manipulación a los que todos somos vulnerables 


Allí donde se establezca una relación interpersonal, hay espacio para la manipulación. Esa manipulación puede desarrollarse de manera más burda y directa a través de la coacción o puede adquirir tintes más sutiles, como el chantaje emocional o el gaslighting

La sociedad, como ente que pretende perpetuarse a costa de la individualidad de sus miembros, también ejerce sus mecanismos de manipulación. No interesa formar personas libres y auto determinadas sino tan solo a personas que gocen de un grado de libertad limitada e ilusoria y que se afanen por buscar su individualidad como quien busca una aguja en un pajar, a tientas en la oscuridad, lo cual las vuelve vulnerables a cualquier forma de manipulación que parezca arrojar un poco de luz.

En ambos niveles, la manipulación hace leva en dos mecanismos que se refuerzan mutuamente: 

1. Desplazar los puntos de referencia internos al exterior. Para que la manipulación surta efecto, es necesario que la víctima asuma los puntos de vista del manipulador. Se trata de un proceso que ocurre por debajo del umbral de nuestra conciencia a través del cual perdemos nuestros puntos de referencia internos, reemplazándolos con el de la persona que intenta manipularnos. Eso significa que perdemos la capacidad para decidir por nosotros mismos, cedemos el control y sucumbimos a las amenazas/peticiones del manipulador. 

2. Generar autoculpabilidad. La manipulación siempre tiene un componente emocional, haciendo leva en nuestra sensación de culpa. Al respecto, Noam Chomsky explicó: “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico, como la de una persona de 12 años o menos de edad”. Toda manipulación intenta burlar la razón haciendo diana en las emociones. Serán precisamente los valores y las cualidades de las que más nos enorgullecemos, aquellas con las que nos ataquen, porque son las que hacen resonancia emocional y “apagan” nuestro cerebro racional. 


Ceder a la manipulación rompe el “yo” 


El hecho de que no seamos plenamente conscientes de la manipulación o que cedamos para evitar un conflicto no nos exime de su elevado coste emocional. El psiquiatra de la Universidad de Michigan Chandra Sripada ha comprobado a través de una serie de experimentos que incluso cuando cedemos de buen grado a la manipulación, en realidad se trata de un respaldo superficial porque una parte de nosotros rechaza completamente lo que estamos haciendo. 

Ese rechazo provoca una escisión del “yo”, pero dado que nos han hecho sentir culpables, en vez de rebelarnos y preguntarnos qué deseamos realmente, nos autodesvalidamos. Por eso, si estamos sometidos a una manipulación constante, corremos el riesgo de perder el contacto con nuestro “yo”. Es una especie de mecanismo de defensa a través del cual rompemos el vínculo con nuestras necesidades y valores con tal de no vivir continuamente ese proceso de escisión. 

Sin darnos cuenta, caemos en una trampa que, de cierta forma, nos hemos tendido nosotros mismos porque al intentar validar las cualidades que el manipulador está poniendo en duda, nos traicionamos haciendo algo que no está en sintonía con nuestras necesidades, prioridades o que no son una expresión espontánea de nuestros valores. 


La falsa paz que llega de la derrota 


Muchas veces, para evitar conflictos, cedemos a la manipulación. Con tal de evitar la cantinela de esa persona cercana que nos taladra, alzamos bandera blanca. Terminamos relegando a un segundo plano nuestras necesidades, creyendo que al menos así encontraremos un poco de paz. 

Obviamente, se trata de una paz ilusoria basada en un frágil equilibrio en el que dependemos de los caprichos de alguien más. Un “yo” que se pliega a los deseos ajenos no puede encontrar la paz interior que necesita para crecer, más bien se autocondena a la insatisfacción permanente. 

Ceder a la manipulación, ya sea de una persona o del entorno social en que nos desenvolvemos, implica contentarnos con vivir en un ambiente tóxico para nuestro “yo”. Y eso no se llama paz interior, sino resignación.

Fortalecer el "yo" como escudo contra la manipulación


Para alcanzar la auténtica paz interior, al contrario, debemos acallar ese ruido externo. Aprender a estar a solas con nosotros mismos para disfrutar de la soledad y el silencio, condiciones sine qua non para redescubrirnos. Ya nos alertaba la novelista italiana Susanna Tamaro: "Siempre hay alguien que te dice lo que debes hacer, ya no existe el silencio, en todas partes hay ruido. Si no estás con tus propios pensamientos, cómo vas a entender el sentido de las cosas, es imposible. Vivimos bajo una manipulación perversa, muy sutil".

Por eso, si queremos interrumpir el mecanismo manipulador debemos reconectar con nuestro “yo”. Al recuperar el control de nuestros puntos de referencia y estar seguros de quienes somos, ningún intento de manipulación emocional nos hará dudar ni generará la sensación de culpa. Ese es el mejor escudo contra los manipuladores.

Detén la Manipulación

Fuentes: 
Sripada, C. (2012) What Makes a Manipulated Agent Unfree? Philosophy and Phenomenological Research; 85(3): 563-593. 
Mele, A. R. (2008) Manipulation, Compatibilism, and Moral Responsibility. The Journal of Ethics; 12(3/4): 263-286.
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Prejuicio de punto ciego, o por qué todos se creen mejores que tú


“Seis sabios hindúes, muy dados al estudio, querían saber qué era un elefante. Dado que eran ciegos, decidieron descubrirlo mediante el tacto. 

El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: 'Ya veo, es como una pared'. 

El segundo, palpando el colmillo, gritó: 'Es tan agudo, redondo y liso, que el elefante es como una lanza'. 

El tercero tocó la trompa retorcida y gritó asustado: 'El elefante es como una serpiente'. 

El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó y dijo: 'Es evidente, el elefante, es como un árbol'. 

El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: 'Incluso el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico'. 

El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: 'El elefante es muy parecido a una soga'. 

Y así, los sabios discutieron largo y tendido, cada uno mostrándose excesivamente terco y violento en su opinión. Aunque parcialmente en lo cierto, todos también estaban equivocados”. 

La parábola de los seis sabios ciegos y el elefante, atribuida a Rumi, sufí persa del siglo XIII, muestra a la perfección nuestra tendencia a sobrestimar lo que sabemos y nuestra férrea obstinación a aferrarnos a nuestras opiniones y creencias haciendo caso omiso de todo aquello que las ponga en entredicho. En Psicología, eso se denomina “prejuicio de punto ciego”. 


¿Qué es el prejuicio de punto ciego? 


El prejuicio de punto ciego, un concepto propuesto por la psicóloga de la Universidad de Princeton Emily Pronin, hace referencia a nuestra incapacidad para darnos cuenta de nuestros prejuicios cognitivos y nuestra tendencia a pensar que somos menos sesgados que los demás. Pensamos que vemos las cosas de manera más objetiva y racional, como son “en realidad”, mientras que los demás tienen un juicio sesgado. 

En general, creemos que somos mejores o más correctos que los demás. Pensamos que estamos por encima de la media en lo que respecta a las cualidades positivas que más valoramos. Por ejemplo, si tenemos en gran estima la sinceridad o la justicia, creeremos que somos más sinceros y justos que la mayoría de las personas.

De esta manera nos convencemos de nuestra rectitud moral y de la veracidad de nuestras ideas, creyendo que nuestras experiencias y circunstancias de vida “únicas” nos han brindado una perspectiva más amplia, rica y sabia que la que han desarrollado las personas con quienes nos relacionamos a diario o vemos en la televisión.

La ciencia ha comprobado la existencia del prejuicio de punto ciego. Un estudio realizado en la Universidad de Stanford reveló que la mayoría de las personas (exactamente un 87%) consideran que son mejores que la media. El 63% piensan que el autorretrato que tienen de sí mismos es objetivo y fiable, por lo que no reconocen la existencia de sesgos, y un 13% incluso afirma ser muy modestos al describirse. 

Estos psicólogos descubrieron que solo el 24% de las personas, cuando se les señala la existencia del prejuicio de punto ciego, son capaces de reconocer que quizá su autoconcepto podría estar mediatizado por algún sesgo cognitivo.  

¿Por qué creemos que somos más racionales y objetivos que los otros? 


La idea de que percibimos la realidad sin distorsiones surge, al menos en parte, del hecho de que no analizamos nuestros procesos cognitivos y motivacionales; es decir, no hacemos examen de conciencia. En cambio, para darnos cuenta de nuestros prejuicios y limitaciones necesitamos realizar un ejercicio de instrospección e inferir que, al igual que todos, no somos inmunes a los sesgos cognitivos. 

Sin embargo, apenas surge una discrepancia entre lo que otra persona piensa o percibe y lo que nosotros pensamos o percibimos, asumimos que tenemos la razón e inferimos que los demás son menos objetivos y racionales. Así también evitamos la aparición de una disonancia cognitiva, la cual nos obligaría a realizar un profundo trabajo interior para cambiar algunas de nuestras ideas, percepciones o creencias. 

De hecho, los psicólogos concluyen que “los factores cognitivos y motivacionales se refuerzan mutuamente para producir la ilusión de que uno es menos sesgado que los demás”. O sea, nos autoengañamos para pensar que somos más racionales y objetivos.

Ese autoengaño también nos permite evaluarnos bajo una luz más favorecedora que apuntala nuestra autoestima. En otras palabras, queremos pensar bien de nosotros mismos, para evitar el arduo trabajo que implica cambiar, de manera que nos engañamos pensando que son los demás quienes se engañan.

Un "yo" que fagocita lo diferente se condena al inmovilismo


El problema de no reconocer que somos víctimas del prejuicio de punto ciego es que terminaremos viviendo en un mundo cada vez más alejado de la realidad. Alimentar nuestra visión del mundo únicamente con nuestras creencias y a través de nuestras percepciones, excluye todo lo diferente porque pensamos que no tiene valor.

Así terminaremos creando una zona de confort cada vez más pequeña en la que solo permitimos el acceso a lo que nos resulta cómodo o lo que está en sintonía con nuestra manera de pensar. Ese mecanismo de exclusión nos impide crecer porque rompe cualquier puente con lo diferente, que es justo lo que necesitamos para ampliar nuestros horizontes.

"La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso de autodestrucción [...] Nos enredan en un inacabable bucle del "yo" y, en última instancia, nos conducen a una autopropaganda que nos adoctrina con nuestras propias nociones", advirtió el filósofo Byung-Chul Han.

¿Cómo escapar, o al menos reconocer, el prejuicio de punto ciego? 


Los sesgos cognitivos y motivacionales son un producto inevitable de la forma en que vemos y entendemos el mundo que nos rodea. Acusar de imparcialidad a los demás, negando a la vez nuestra propia imparcialidad, conduce a malentendidos, genera desconfianza y causa una escalada en el conflicto, de manera que es imposible encontrar un punto común para llegar a un acuerdo. 

Debemos partir de la idea de que no vemos las cosas como son sino como somos. Eso significa que, como personas, somos tan sesgados como los demás porque no podemos deshacernos de nuestro “yo” al relacionarnos con el mundo. Tenemos que asumir que muchas veces nuestra visión de los hechos es tan parcial como la de los sabios ciegos de la historia.

Asumir nuestra parcialidad es difícil en un mundo que aboga por la imparcialidad y la objetividad, sin darse cuenta de que ambos conceptos son una ilusión producto del racionalismo. Somos seres subjetivos, y no hay nada de malo en ello, siempre que tengamos la suficiente flexibilidad cognitiva para enriquecer nuestro mundo con la subjetividad de los demás. El encuentro de dos o más subjetividades es lo que nos acerca a la objetividad.

Para lograrlo, una dosis de humildad intelectual no nos vendría mal para darnos cuenta de que nadie es mejor ni peor, tan solo somos sesgados en diferentes aspectos de la vida. Adoptar esta actitud nos permitirá crecer como personas, ser más tolerantes y, con un poco de suerte, hacer del mundo un lugar mejor o, al menos, un mundo donde las diferencias tengan cabida como expresión de autenticidad y singularidad.


Fuentes: 
Room, C. (2016) Everyone Thinks They’re More Moral Than Everyone Else. En: The Cut.
Scopelliti, I. et. Al. (2015) Bias blind spot: Structure, measurement, and consequences. Management Science; 61(10): 2468-2486. 
Pronin, E. et. Al. (2002) The Bias Blind Spot: Perceptions of Bias in Self Versus Others. PSPB; 28(3): 369-381.
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La doble atadura psicológica: Cuanto más te quejes de tus problemas, más problemas tendrás


Cuando un insecto se pega en una telaraña, el pánico se apodera de él. Se mueve con todas sus fuerzas para intentar zafarse, pero esos movimientos, que deberían liberarle, en realidad le atan aún más a la telaraña y terminan siendo fatales ya que avisan a la araña de su presencia. 

Ese patrón también se repite en nuestra vida. A veces nos convertimos en prisioneros de nosotros mismos y, en el intento de escapar, terminamos aún más enredados en las redes que hemos construido a nuestro alrededor. Creamos, sin darnos cuenta, callejones sin salida, dobles ataduras psicológicas que nos mantienen atrapados en una situación que nos daña o nos provoca malestar. 

¿Qué es la doble atadura psicológica? 


La doble atadura psicológica es una situación en la que cuanto más nos esforzamos por “solucionar” un problema, más lo complicamos, cuanto más nos esforzamos por deshacernos de una emoción o pensamiento, más la reforzamos. 

Alan Watts resumió la idea de la doble atadura psicológica de forma magistral: “crear un problema intentando resolverlo, afligirse porque uno se aflige y temer el temor”. 

Nosotros mismos creamos una situación de la que no podemos salir airosos porque cada intento de escapar solo refuerza el problema o crea nuevos obstáculos. Creemos que buscamos salidas, pero en realidad nos dedicamos a tapiarlas.

¿Cómo funciona la doble atadura psicológica? 


Las quejas son un ejemplo perfecto para comprender cómo funciona la doble atadura psicológica en nuestro día a día. Los lamentos no solo expresan un estado de descontento sino que también multiplican las dificultades porque nos centramos únicamente en los obstáculos y las consecuencias negativas del hecho por el cual nos quejamos.

Lamentarse es como ponerse una venda negra en los ojos deseando ver los colores del mundo. Al desarrollar una visión negativa de lo ocurrido, nos impedimos encontrar la solución ya que nuestra mente se convierte en una fábrica de problemas. Cuando nos maniatamos a las quejas, a todo lo que ha ido mal y a lo que puede ir mal, nos condenamos a la inmovilidad. 

Las quejas hacen que, al problema, tengamos que sumar además un problema de actitud ante las circunstancias, más la negatividad mental que nos impide encontrar soluciones. Por eso, lamentarse se convierte en un callejón sin salida, una doble atadura psicológica. 

Obviamente, existen muchas otras situaciones de la vida cotidiana en las que nos maniatamos de pies y manos.

Tal es el caso de los pensamientos recurrentes negativos, por ejemplo. Cuando queremos apartar un pensamiento indeseado de nuestra mente, el intento de dejar de pensar en ello activa un mecanismo de hipervigilancia que refuerza aún más ese pensamiento. Es una batalla perdida de antemano porque caemos en la trampa que nos tendemos. Cuanto más intentes dejar de pensar en los elefantes rosa, más pensarás en ellos.

Cada vez que nos preocupamos por preocuparnos, le tememos a la ansiedad o nos deprimimos porque estamos tristes, estamos creando una situación de la que nos resulta imposible escapar porque no se puede solucionar un problema con la misma mentalidad con que se creó.

¿Cómo deshacer ese doble nudo psicológico? 


La clave, o al menos una de ellas, radica en la no-acción o el principio del Wu-Wei; o sea, dejar que todo siga su curso natural. Si no te esfuerzas por apartar un pensamiento de tu mente, antes o después este desaparecerá porque el curso natural de la mente implica saltar de un pensamiento a otro sin aferrarse a ninguno en especial.

Un estudio realizado en la Universidad de Wisconsin comprobó que las personas que intentan suprimir activamente sus pensamientos indeseados terminan más estresadas por los pensamientos que desean eliminar. Al contrario, aquellos que aceptan de manera natural esos pensamientos intrusivos se obsesionan menos con ellos y, como resultado, sufren menos ansiedad y tienen niveles más bajos de depresión.

Otro estudio más reciente llevado a cabo en la Universidad de Toronto desveló que ese mismo principio se aplica a los estados afectivos. Aceptar las emociones negativas reduce su intensidad, permitiéndonos pasar página más rápido y con menos sufrimiento.

Por tanto, si no alimentas el miedo al miedo, la preocupación por las preocupaciones o la tristeza por la tristeza, esas emociones terminarán desapareciendo, como si fueran nubes arrastradas por el viento. Se trata de una aceptación radical, de asumir una actitud de desasimiento mental en la que nos separamos de la mentalidad que creó el problema, para poder solucionarlo.

Un poema de Seng-ts’an llamado “Tratado de la fe en la mente”, es particularmente revelador para deshacernos de la doble atadura psicológica: 

La persona sabia no se esfuerza; 

El ignorante se sujeta a sí mismo […] 

Si obras con tu mente sobre tu mente, 

¿Cómo podrás evitar una inmensa confusión?”.


Fuentes:
Ford, B. Q. et. Al (2018). The psychological health benefits of accepting negative emotions and thoughts: Laboratory, diary, and longitudinal evidence. Journal of Personality and Social Psychology; 115 (6): 1075-1092.
Marcks, B. A. & Woods, D. W. (2005) A comparison of thought suppression to an acceptance-based technique in the management of personal intrusive thoughts: a controlled evaluation. Behaviour Research and Therapy; 43(4): 433-445.
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Humildad intelectual: La clave para desarrollar una mentalidad abierta


Benjamin Franklin sabía que era inteligente, más inteligente que la mayoría de las personas que lo rodeaban, pero también era lo suficientemente inteligente como para comprender que no podía estar en lo cierto en todo. Por eso, se cuenta que cuando estaba a punto de empezar una discusión, decía: “Quizá me equivoque, pero…”. 

Esta simple frase tranquilizaba a las personas y las predisponía positivamente a escuchar su mensaje y mostrarse más abiertas a los desacuerdos, tomándoselos como algo menos personal. No obstante, la frase tenía un doble impacto porque también ayudaba a Benjamin Franklin a prepararse psicológicamente para escuchar nuevas ideas, a veces completamente diferentes a la suya.

Esa forma de humildad intelectual y apertura mental, tan poco común en nuestros días, no solo es esencial para mantener relaciones sociales más asertivas y constructivas sino que también nos permite crecer como personas.

¿Por qué necesitamos desarrollar una mentalidad abierta? 


Los hombres que se han deshumanizado convirtiéndose en ciegos adoradores de una idea o un ideal son fanáticos cuya devoción por las abstracciones los convierte en enemigos de la vida”, escribió Alan Watts para alertarnos del peligro que representa creer que tenemos la verdad absoluta e intentar defender de forma ciega un ideal. 

Al contrario, en la vida necesitamos una buena dosis de humildad intelectual. La mentalidad abierta es lo que nos salva de la barbarie a nivel social y lo que nos permite progresar a nivel personal. Una mente abierta se encuentra en continuo cambio y transformación, como un río que corre incesantemente. Una mente cerrada se ha atascado y, por tanto, es lo contrario al incesante fluir de la vida.

Al igual que Benjamin Franklin, debemos ser capaces de defender nuestras ideas cuando estamos seguros de ellas pero también debemos ser lo suficientemente inteligentes como para admitir que nos equivocamos, escuchar ideas diferentes y, en última instancia, comprender y aceptar otras maneras de ver el mundo.

Solo cuando nos abrimos a nuevas ideas podemos aprender. Si creemos que tenemos la verdad en la mano, solo podemos estar seguros de que no nos moveremos de nuestra postura. Creer que somos dueños de la verdad implica condenarnos al anquilosamiento. Después de todo, se aprende más escuchando que hablando.

Por desgracia, en muchas ocasiones nos convertimos en nuestro mayor obstáculo para desarrollar una mentalidad abierta. Somos víctimas de nuestros patrones de pensamiento y nuestro sistema de valores, los cuales nos impiden concebir otra verdad o realidad más allá de la nuestra. Por simple pereza selectiva, somos más analíticos con las ideas ajenas que con las nuestras. De hecho, un experimento realizado en la Lund University demostró que somos capaces de rechazar nuestros propios argumentos el 60% de las veces si los presenta otra persona.

Además, debido a que también odiamos la disonancia cognitiva, tenemos la tendencia a prestar más atención a aquellas ideas que refuerzan las nuestras mientras obviamos gustosamente aquellas contrarias que ponen en tela de juicio nuestra visión del mundo o de nosotros mismos y demandan un trabajo interior.

¿Qué es la humildad intelectual? 


Los psicólogos han dedicado años a intentar entender por qué algunas personas se aferran tercamente a sus creencias, incluso cuando les presentan evidencias irrefutables de que deberían abandonarlas, y por qué otras son capaces de adoptar rápidamente nuevas creencias. Intentando encontrar el secreto de la mentalidad abierta desarrollaron el concepto de humildad intelectual. 

La “humildad intelectual”, a diferencia de la humildad en sentido general que se define por características como la honestidad, la sinceridad y el altruismo, hace referencia a la voluntad de cambiar, unida a la sabiduría de saber cuándo debemos mantenernos fiel a nuestra postura. Es un estado de apertura a las ideas diferentes, mostrándonos receptivos a las nuevas evidencias.

La humildad intelectual es también un compromiso con la búsqueda de nuevas ideas, aunque estas contradigan las nuestras, es comprometerse a escuchar a los demás prefiriendo el descubrimiento al estatus social.

Psicólogos de la Universidad de Pepperdine indican que la humildad intelectual está compuesta por:

- Respeto hacia otros puntos de vista 

- No ser demasiado confiado intelectualmente 

- Separar el ego del intelecto 

- Predisposición a revisar los puntos de vista propios 

Psicólogos de la Universidad Loyola Marymount añaden otra característica: la curiosidad, que es precisamente el rasgo que nos permite mantenernos abiertos a experiencias y puntos de vista diferentes. La voluntad de probar cosas nuevas nos ayuda a abrirnos a otras perspectivas, a veces radicalmente diferentes a la nuestra, y aceptarlas como igualmente válidas.

¿Cómo desarrollar la humildad intelectual?


Ante todo, debemos estar dispuestos a abrazar el cambio, lo cual significa reconocer que las ideas que ayer dábamos por acertadas, hoy podrían ser erróneas o quizá insuficientes. Para ello, necesitamos dejar de identificarnos con nuestros pensamientos e ideas. De esta manera no asumiremos las ideas diferentes como un ataque a nuestro ego y podremos valorarlas de forma racional, sin adoptar una actitud defensiva que levante muros en vez de derribarlos.

Necesitamos aprender a discutir ideas, acallando nuestro ego. Para ello, deberíamos hacer nuestra la frase de Eleanor Roosevelt: "Las grandes mentes discuten ideas, las mentes mediocres discuten acontecimientos y las pequeñas mentes discuten a la gente".

Para alcanzar ese nivel de humildad intelectual necesitamos superar lo que los psicólogos denominan nuestro "prejuicio de punto ciego". Se trata de la tendencia a no darnos cuenta de nuestros propios sesgos cognitivos y pensar que tenemos menos prejuicios que los demás. Necesitamos admitir que nuestras opiniones y las ajenas son solo eso, opiniones que pueden variar según las circunstancias. Así escaparemos a la trampa del egocentrismo intelectual.

Por último, pero no menos importante, necesitamos desarrollar la actitud de un niño, lo cual significa alimentar ese deseo de conocer, de preguntar y no darnos por satisfechos con las respuestas que obtenemos. Desarrollar la curiosidad que nos permita ir más allá de lo que nos han enseñado o lo que nosotros mismos creemos. Solo así podremos desarrollar la humildad intelectual necesaria para reconocer nuestros errores y dar el mayor paso de todos: cambiar nuestras creencias por otras más inclusivas y desarrolladoras.


Fuentes: 
Snow, S. (2018) A New Way to Become More Open-Minded. En: Harvard Business Review.
Whitcomb, D. et. Al. (2017) Intellectual Humility: Owning Our Limitations. Philosophy and Phenomenological Research; 94(3): 509-539. 
Krumrei-Mancuso, E. J. & Rouse, S. V. (2016) The development and validation of the Comprehensive Intellectual Humility Scale. Journal of Personality Assessment; 98: 209- 221.
Trouche, E. et. Al. (2015) The Selective Laziness of Reasoning. Cognitive Science; 1-15.
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Aceptar las emociones negativas reduce su intensidad, según un estudio


Ansiedad, tristeza, vergüenza, culpa, miedo, angustia, ira, resentimiento y rencor son algunas de las emociones “negativas” que solemos experimentar en algunos momentos de nuestra vida. Cuando nos asaltan, resulta difícil pensar con claridad y salir de ese estado emocional. A menudo esas emociones nos arrastran en un bucle que nos hace sentir aún peor o incluso se produce un secuestro emocional en toda regla. ¿Deberíamos intentar combatirlas o simplemente aceptarlas? 

Investigadores de la Universidad de Toronto y California se plantearon esa misma pregunta y analizaron si la aceptación de las emociones negativas, una idea que propone del budismo y que la Psicología ahora está aplicando, se asocia realmente con una mejor salud mental y una disminución de los estados negativos a lo largo del tiempo. 

La aceptación nos protege del estrés 


En el estudio participaron más de 1 381 personas, las cuales se sometieron a diferentes experimentos en los que estuvieron involucradas emociones negativas. Los psicólogos descubrieron que aceptar las experiencias negativas se relaciona con un menor nivel de ansiedad y depresión, así como con una mayor sensación de bienestar y satisfacción con la vida. 

En uno de los experimentos, los investigadores midieron el nivel general de aceptación de las personas de sus pensamientos y emociones negativas. Luego las expusieron a diferentes situaciones estresantes. 

Comprobaron que quienes habían desarrollado un mayor nivel de aceptación experimentaban niveles más bajos de estrés y menos sentimientos negativos, lo cual significa que la aceptación tiene un papel protector contra el estrés y las situaciones adversas. El simple hecho de aceptar lo que ocurre, en vez de negarlo, ya disminuye su impacto negativo. Ya lo había dicho Sigmund Freud: "Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera".

La aceptación como vía para tener una vida más satisfactoria 


En otro experimento, los psicólogos dieron seguimiento a 200 de esas personas durante un período de seis meses para comprobar cómo la aceptación influía en su día a día. Hallaron que un elevado nivel de aceptación estaba relacionado con una mejor salud mental, menos emociones negativas a lo largo del tiempo y una mayor satisfacción con la vida. 

La aceptación a la que hacen referencia estos investigadores no es una actitud pasiva a través de la cual nos convertimos en víctimas de las circunstancias o las emociones sino a la capacidad para experimentar nuestros estados emocionales sin juzgarlos y, por ende, sin sentirnos culpables o avergonzarnos de ellos. Se trata de tomar nota de nuestros pensamientos y emociones para dejarlos ir, de manera que podamos minimizar su influjo negativo.

Así logramos escapar de una doble atadura psicológica, o en palabras de Alan Watts: “afligirse porque uno se aflige y temer al temor”. Cuando aceptamos nuestros pensamientos y emociones no nos autogeneramos más ansiedad, miedo o angustia. 

En realidad, esa aceptación es más bien una especie de desasimiento mental. El filósofo chino Chuang-tzu lo explicó muy bien: “El hombre perfecto usa su mente como un espejo. No aferra nada, no rechaza nada. Recibe, pero no conserva”.

La clave consiste en aceptar lo que ocurre. Eso no significa que adoptamos una actitud sumisa sino que somos lo suficientemente inteligentes como para tomar nota de lo que está ocurriendo e intentar cambiar lo que podemos cambiar con el menor coste psicológico.

La aceptación radical parte de ser conscientes de que juzgar nuestras emociones, avergonzarnos o sentirnos culpables por ellas no hará sino acrecentar nuestro malestar. De la misma forma, en muchos casos intentar combatirlas abiertamente solo las refuerza ya que estamos centrando nuestra atención en ellas, lo cual nos hace caer en un bucle que se autoalimenta.

Por supuesto, se trata de un gran cambio a nivel psicológico ya que  los patrones mentales que nos han inculcado nos llevan a reprimir, juzgar y negar. Cuando conseguimos aceptar plenamente, ocurre un milagro porque en la aparente "rendición" ganamos fuerza. 

Fuente: 
Ford, B. Q. et. Al (2018). The psychological health benefits of accepting negative emotions and thoughts: Laboratory, diary, and longitudinal evidence. Journal of Personality and Social Psychology; 115 (6): 1075-1092.
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El difícil arte de dar espacio cuando se ama


En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”, escribió el psicólogo Erich Fromm refiriéndose a la necesidad de poner en común pero, a la vez, mantener la individualidad en la relación de pareja. 

El poeta y filósofo Kahlil Gibran añadió: “Amaos, pero no convirtáis el amor en una prisión. Es mejor que sea un mar que se mueve entre las orillas de sus almas”. 

Por desgracia, a menudo experimentamos un amor posesivo que termina auto destruyéndose. El deseo de poseer y controlar al otro termina quemando el oxígeno psicológico que toda relación necesita para sobrevivir. 

Cuando el amor no permite crecer, sino que demanda el sacrificio de la identidad en el altar del “nosotros”, no es amor sino posesión. Y está condenado al fracaso, o a la insatisfacción permanente de quienes se quedan atrapados en esa red. 

Convertirse en el guardián de la soledad de quien amamos 


Cuando amamos, necesitamos aprender a dar espacio al otro. Ese acto es, quizá, el único que puede salvar una relación, lograr que prospere a lo largo del tiempo y, sobre todo, garantizar que ese vínculo sea terreno fértil para que ambos puedan crecer. Necesitamos compaginar nuestra necesidad de unión con nuestra necesidad de separación.

¿Cómo lograrlo? A inicios del siglo XX, el poeta Rainer Maria Rilke ya nos brindaba una solución para romper la aparente dicotomía entre posesión y libertad que suele darse en las relaciones: 

“Esta es la tarea más importante para mantener un vínculo entre dos personas: que cada uno se convierta en el guardián de la soledad del otro. 

“Una vez que aceptamos que entre los seres humanos más cercanos existen infinitas distancias, ¡puede crecer una maravillosa vida junto al otro, si tienen éxito en amar la distancia entre ellos, la cual hace posible a cada uno ver al otro a través de un cielo abierto. 

“Amar será durante mucho tiempo y a lo largo de la vida, soledad, recogimiento prolongado y profundo para aquel que ama. Amar, sobre todo, no es nada que signifique evadirse de sí mismo, darse y unirse a otro, porque ¿qué sería la unión de unos seres aún turbios, incompletos, confusos? Amar es una sublime oportunidad para que el individuo madure, para llegar a ser algo en sí mismo”. 

Este poeta nos brinda una visión diferente del amor. No implica amar a alguien solo por las cosas que tenemos en común, sino también por aquellas que no compartimos y nos hacen diferentes. Significa amar no a pesar de las diferencias, sino amar también las diferencias. "Tengo que conocer a la otra persona y a mí mismo objetivamente, para poder ver su realidad, o más bien, para dejar de lado las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella", escribió Fromm. Obviamente, eso también significa que no debemos intentar modelar al otro a nuestra imagen y semejanza sino convertirnos en guardianes de esas diferencias que nos hacen únicos.

Ya lo había dicho Erich Fromm: "en contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa la unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad". Respetar la individualidad, así como la necesidad de soledad, son las bases para construir una relación sólida y madura a lo largo del tiempo en la que ambas personas puedan crecer, juntas pero cada quien en su propio sentido, y se sientan a gusto.

Estos principios no solo son válidos en la pareja sino que se aplican a cualquier relación cercana o cualquier vínculo que se desee mantener durante toda la vida, ya sea entre amigos, hermanos o entre padres e hijos. 

“Toda compañía puede consistir únicamente en el fortalecimiento de dos soledades vecinas, mientras que todo lo que uno suele llamar darse a sí mismo es perjudicial por naturaleza para esa compañía: porque cuando una persona se abandona, ya no es nada, y cuando dos personas se dan a sí mismas, para acercarse, ya no hay ningún terreno debajo de ellas y estar juntos es una continúa caída”. 

“Los que querían hacerse el bien se relacionan de manera imperiosa e intolerante, y en la lucha por salir de su insostenible e insoportable estado de confusión, cometen el mayor error que puede acaecer en las relaciones humanas: se vuelven impacientes. Se apresuran a una conclusión; para llegar, como creen, a una decisión final, intentan de una vez por todas establecer su relación, cuyos sorprendentes cambios los han asustado, para seguir siendo los mismos ahora y por siempre”, sentenció Rilke.


Fuente:
Popova, M. (2018) The Difficult Art of Giving Space in Love: Rilke on Freedom, Togetherness, and the Secret to a Good Marriage. En: Brain Pickings.
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