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5 características de las personas que nunca sufren enfermedades mentales, según la ciencia


Los trastornos psicológicos son cada vez más frecuentes. La depresión y la ansiedad se han convertido en auténticas epidemias a nivel mundial, hasta tal punto que se estima que la mitad de las personas sufrirá una psicopatología en algún momento de su vida y que el 25% desarrollará un trastorno crónico.

Por eso, un grupo de psicólogos de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, se ha preguntado cuáles son las características comunes de las personas que no desarrollan enfermedades mentales. Para descubrirlo, siguieron a un grupo de personas a lo largo de gran parte de su vida, desde su infancia hasta la madurez, realizando tests psicológicos cada ciertos años para evaluar su salud mental.


Los pilares de una buena salud mental


Estos psicólogos descubrieron que el 83% de las personas habían sufrido un trastorno mental en alguna etapa de sus vidas. También constataron que algunos participantes tenían una salud mental muy estable, por lo que no desarrollaron trastornos psicológicos. ¿Qué los diferenciaba?

1. No contaban con un historial de trastornos mentales en su familia. Algunas psicopatologías tienen un componente genético y otras se pueden “transmitir” a través de los patrones de afrontamiento que aprendemos de nuestros padres. Por eso, crecer en una familia funcional donde los miembros tengan una buena salud mental actúa como un factor protector.

2. Presencia de menos emociones negativas. A la temprana edad de 5 años, las personas con buena salud mental ya mostraban menos emociones “negativas”. Sin duda, la prevalencia de emociones positivas contribuye a mirar la vida desde una perspectiva más optimista que mantiene alejados los trastornos mentales.

3. Mayor autocontrol. El autocontrol es una capacidad que nos permite gestionar de manera más eficaz nuestras primeras reacciones, sobre todo desde el punto de vista emocional. Por una parte, nos ayuda a adaptarnos mejor a las circunstancias para poder elegir la respuesta más adecuada y, por otra parte, nos permite gestionar mejor nuestras emociones, de manera que estas no tomen el mando.

4. Buenas relaciones interpersonales. Las relaciones interpersonales pueden convertirse en una inestimable red de apoyo o, al contrario, en fuente de conflictos y problemas. Las personas con una buena salud mental son capaces de mantener buenas relaciones con los demás y saben evitar los conflictos construyendo relaciones sólidas.

5. Son resilientes. La resiliencia es una capacidad que se desarrolla desde la infancia y que nos permite enfrentar los problemas sin desmoronarnos e incluso salir fortalecidos, por lo que actúa como un factor protector del equilibrio psicológico. Un estudio realizado con niños víctimas de la guerra en Bosnia descubrió que quienes tenían menos cicatrices emocionales fueron aquellos que eran capaces de pedir ayuda, no en búsqueda de compasión sino del apoyo emocional que necesitaban.



Otro detalle muy interesante de este estudio es que las personas que tenían una mejor salud mental no eran precisamente aquellas que tenían una mejor salud física, tampoco habían nacido en familias ricas ni eran las más inteligentes en términos de C.I. Sin embargo, no hay dudas de que contaban con una buena Inteligencia Emocional.

Al llegar a la adultez, estas personas no solo habían logrado un mayor éxito en el campo profesional sino que también reportaban una mayor satisfacción con la vida y contaban con una sólida red de apoyo social.

Esto nos indica que, a pesar de que puede existir una predisposición a desarrollar determinados trastornos psicológicos, el estilo de vida y nuestra manera de afrontar los acontecimientos es decisiva para la salud mental. Por eso, si queremos proteger nuestro equilibrio psicológico, debemos asegurarnos de tener una mochila llena de buenas herramientas para la vida.


Fuentes:
Schaefer, J. D. et. Al. (2017) Enduring mental health: Prevalence and prediction. J Abnorm Psychol; 126(2):212-224. 
Kessler, R. C. et. Al. (2005) Lifetime prevalence and age-of-onset distributions of DSM-IV disorders in the National Comorbidity Survey Replication. Arch Gen Psychiatry; 62(6): 593-602.
Berk, J. A. (2002) Trauma y resiliencia durante la guerra: una mirada a los niños y a los trabajadores de ayuda humanitaria en Bosnia. Psicoanálisis APdeBA; 25(1/2): 45-65.
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Dejar de hablarle a alguien como castigo


Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”, dijo el periodista y político Georges Clemenceau. Sin duda, el silencio puede decir muchas cosas sin decir nada, pero debemos tener mucho cuidado cuando lo utilizamos porque, en palabras del músico Miles Davis, “el silencio es el ruido más fuerte”.

Muchas personas utilizan el silencio como una herramienta para expresar su enojo, su inconformidad o simplemente para escarmentar a los demás. De esta manera, cuando se enfadan, “castigan” al otro dejándole de hablar. ¿Es una buena estrategia? ¿Qué se esconde realmente detrás de ese tipo de silencio?

¿Por qué algunas personas responden a los conflictos con el silencio?


Ante todo, es importante distinguir entre el silencio que nace del deseo de no discutir más, porque se ha comprendido que el conflicto ha llegado a un punto muerto y no se desea añadir más leña al fuego, y el silencio que se utiliza como espada para castigar o escarmentar al otro. 

La persona que recurre al silencio como castigo generalmente es porque no dispone de otros recursos psicológicos para enfrentar la situación. El silencio es su respuesta por varias razones:

- Cree que su interlocutor no le escucha, que no está abierto a su punto de vista, y utiliza el silencio para “obligar” a escucharle.

- Piensa que su interlocutor debe disculparse por su actitud o palabras, y utiliza el silencio como escarmiento.

- Cree que es inútil hablar del tema porque no se llegará a un acuerdo, de manera que usa el silencio para que el otro se sienta obligado a dar su brazo a torcer.

- Se siente profundamente ofendido, pero no quiere reconocerlo, y utiliza el silencio para que el otro recapacite.

- No desea abordar un tema sensible, por lo que culpa al otro y le castiga con el silencio, para que sea quien cambie.

Sea cual sea la razón, en el fondo este uso del silencio lo que persigue es doblegar al otro, es una especie de castigo a través del cual se culpa a la otra persona y se pone la responsabilidad de la relación en sus manos. Es como decir “no voy a decir nada más, tú verás qué haces, la responsabilidad última es tuya”. 

Esto significa que la persona que calla en realidad no tiene interés en resolver el conflicto mediante el diálogo, sino que tan solo quiere que el otro acepte su punto de vista.


Usar el silencio como castigo implica una actitud manipuladora y agresiva


Usar el silencio como castigo es una actitud infantil que no resuelve nada pues aunque brinda una gratificación egoísta para quien calla, deja un amargo sabor en la boca en su interlocutor y genera cicatrices en la relación. De hecho, poco a poco se instaura una relación de manipulación emocional, donde uno es sometido a través del silencio.

No hay dudas de que el silencio puede tener múltiples significados, pero usarlo como castigo implica una actitud pasivo-agresiva. Es decir, dejar de hablarle a otra persona es una agresión velada. De hecho, en algunos casos este tipo de silencio puede dejar cicatrices más profundas que una agresión verbal directa porque el silencio es un vacío susceptible de cualquier tipo de interpretación.

Debemos recordar que la distancia emocional que impone el silencio no es la mejor manera para resolver los conflictos y acortar las distancias. La comprensión se logra a través del diálogo, no mediante el uso de silencios cortantes que ahondan las diferencias.

Si bien es cierto que en algunos casos el silencio puede funcionar y la otra persona se disculpará y dará su brazo a torcer, en última instancia esta táctica solo generará rencor y problemas ya que el conflicto en realidad no se ha solucionado, solo se ha encubierto.

¿Cómo se siente la persona que sufre el “tratamiento de silencio”?


El silencio puede ser interpretado de muchas formas, pero normalmente lo interpretamos de la peor manera posible. Un metaanálisis realizado en la Universidad de Texas que incluyó los resultados de 74 estudios en los que participaron 14.000 personas llegó a la conclusión de que el silencio suele ser muy destructivo en las relaciones de pareja ya que las personas lo interpretan como una falta de implicación del otro y un intento de someterlos emocionalmente. 

Estos psicólogos apreciaron que el uso del silencio como castigo es común en las parejas y es uno de los factores que conducen al divorcio porque estas personas no solo se sienten menos satisfechas con la relación, sino que además perciben a su pareja más distante emocionalmente.

De hecho, uno de los problemas es que quien recibe el tratamiento silencioso se sentirá cada vez más frustrado por la falta de respuesta e implicación del otro, lo que la relación será cada vez más tirante y se producirán más roces.

La persona que es víctima del tratamiento del silencio se sentirá confundida, frustrada y hasta culpable. Es probable que también se sienta sola e incomprendida. Obviamente, estos sentimientos no contribuyen precisamente a mejorar la relación y solucionar el conflicto, al contrario, crean una brecha cada vez más grande.

Los usos positivos del silencio


A veces es mejor callar, como por ejemplo:

- Cuando estamos demasiado enojados y nos damos cuenta de que podemos decir cosas de las que después nos arrepintamos.

- Cuando nuestro interlocutor está demasiado exaltado y la discusión está degenerando.

- Cuando se utiliza como una pausa en la discusión para que el otro reflexione sobre sus palabras.

La diferencia entre estos usos positivos del silencio y el silencio usado como castigo es que existe respeto hacia el otro y no se pretende doblegar o herir a nadie.

En cualquier caso, es importante asumir que el silencio es un dardo vacío que puede adquirir múltiples significados, por lo que si la otra persona realmente nos importa, lo mejor es decir de manera asertiva lo que pensamos y sentimos. Así no habrá lugar para malentendidos.

De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Lovaina comprobó que el silencio no ayuda a que los problemas desaparezcan o los olvidemos, todo lo contrario, refuerza el problema. Estos psicólogos comprobaron que la mejor manera para dejar atrás los conflictos consiste en hablar de ellos.


Fuentes:
Schrodt, P. et. Al. (2014) A Meta-Analytical Review of the Demand/Withdraw Pattern of Interaction and its Associations with Individual, Relational, and Communicative Outcomes. Communication Monographs; 81(1): 28-58.
Stone, C. B. et. Al. (2012) Toward a Science of Silence. The Consequences of Leaving a Memory Unsaid. Perspect Psychol Sci; 7 (1): 39-53.
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Deudas relacionales: ¿Cómo las contraemos sin percatarnos?


Es probable que las palabras “deudas relacionales” no te resulten familiares pero de seguro conoces el escenario en el que se generan. De hecho, es probable que ahora mismo tengas algunas deudas relacionales pendientes de “pago”, y también es probable que las hayas contraído sin ser plenamente consciente de su envergadura y el sacrificio que representarían en tu vida.


¿Qué son las deudas relacionales?


Las deudas relacionales se generan en aquellas situaciones en las que cedemos algo muy importante para nosotros pero, como contrapartida, le exigimos demasiado a cambio a la persona por la cual hicimos el sacrificio. Entonces esa persona pasa a contraer una “deuda relacional” con nosotros.

En palabras más sencillas sería algo parecido a: “yo he hecho este enorme sacrificio por ti, por lo que espero que me recompenses haciendo un sacrificio similar por mí”.

Las deudas relacionales suelen generarse entre personas que tienen profundos vínculos afectivos, como las parejas o entre padres e hijos, aunque también pueden aparecer entre amigos o compañeros de trabajo. Un ejemplo es el de la persona que abandona su trabajo y se muda a otra ciudad para irse a vivir con su pareja, pero luego le saca en cara continuamente su sacrificio, haciendo que esta se sienta en deuda permanente y le deba compensar de todas las maneras posibles.

La trampa mortal que encierran las deudas relacionales


El principal problema de las deudas relacionales es que no se habla claro desde el inicio. De hecho, si antes de tomar la decisión la persona que hace el sacrificio y asume el papel de “acreedor” fuera clara en sus condiciones y el “deudor” tuviera la posibilidad de elegir, no habría problemas ya que se trataría de un intercambio de favores o sacrificios entre personas maduras.

Desde esta perspectiva, se trataría de una decisión consensuada, un trato donde ambos se comprometen a hacer sacrificios para obtener algo a cambio. El problema surge cuando el acreedor reclama su compensación a posteriori, y generalmente el deudor se ve obligado a hacerle frente a una serie de exigencias injustificables y desproporcionadas.

De hecho, en muchos casos esas deudas relacionales se convierten en auténticos chantajes emocionales que se cobran a lo largo de los años. De esta manera, el deudor termina en manos de su acreedor, quien no parará de exigirle sacrificios para que le compense todo lo que ha hecho por él o ella.

Dos actores inconscientes de una mala obra


En las deudas relacionales normalmente intervienen dos actores, muchas veces de manera inconsciente. En la mayoría de los casos, la persona que hace el sacrificio no es plenamente consciente de la renuncia que ha hecho. Por ejemplo, la persona que abandona su vida anterior parar mudarse con su pareja, no se da cuenta de la envergadura de su decisión hasta semanas o meses más tarde. Y en ese momento, generalmente debido a la frustración, quiere cobrar la deuda que piensa que su pareja ha contraído puesto que ha dejado que sea él/ella quien haga el mayor sacrificio.

Por otra parte, en algunos casos el deudor tampoco es plenamente consciente del sacrificio que ha realizado el otro. Dado que todos somos diferentes y tenemos distintas prioridades y apegos en la vida, a veces es difícil darse cuenta de la magnitud del sacrificio que otra persona puede hacer por nosotros. Por eso, cuando llega la hora de pagar la cuenta, puede parecernos que la factura es desproporcionada.

En cualquier caso, las deudas relacionales contraídas de esta manera suelen percibirse como injustas porque implican que la persona que adquiere el rol de deudor debe someterse a la autoridad o los deseos de su acreedor. Así suele empezar un proceso de abuso emocional que termina generando un profundo sentimiento de culpabilidad.

¿Cómo evitar las deudas relacionales?


Hay personas que han pasado años pagando “deudas” que le debían a sus padres, solo porque estos hicieron un gran esfuerzo económico que nunca le pidieron. También hay quienes llevan años cobrándole a su pareja un "sacrificio" que esa persona nunca le pidió.

Para evitar las deudas relacionales lo mejor es hablar claro desde el inicio, que ambas partes pongan sus cartas sobre la mesa. Es fundamental valorar el esfuerzo que hace cada quien en su justa medida y establecer límites, porque un “no” a tiempo es mucho más beneficioso que contraer una deuda que a la larga incluso termine arruinando la relación.

- Si eres la persona que va a hacer un sacrificio, es importante que quien lo reciba sea consciente de lo que significa para ti esa renuncia. También es fundamental que dejes claro lo que esperas a cambio. A primera vista puede parecer una relación fría o calculadora, pero es la mejor manera para evitar malentendidos y frustraciones al final que terminen arrastrándoos en una relación tóxica.

- Si eres la persona a quien le están reclamando una deuda relacional, es fundamental que no te dejes arrastrar por exigencias desmesuradas. Deja claro hasta dónde estás dispuesto a llegar y qué sacrificios puedes hacer. Si sospechas que alguien está haciendo una gran renuncia por ti, saca el tema a colación y deja clara tu posición. Si te parece que sus exigencias son desmesuradas o no estás dispuesto a hacer renuncias, lo mejor es que declines ese favor.

Recordemos una frase de Nietzsche: "Hay almas esclavizadas que agradecen tanto los favores recibidos que se estrangulan con la cuerda de la gratitud". No te conviertas en una de ellas.
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Resacas emocionales: ¿Cómo te afectan?


Cuando bebemos demasiado alcohol, al día siguiente sufriremos una resaca monumental. Es de manual. Nos sentiremos mal, tendremos problemas para concentrarnos y un terrible dolor de cabeza. 

Sin embargo, todo parece indicar que el alcohol no es el único que produce resacas. Neurocientíficos de la Universidad de Nueva York afirman que también existe una resaca emocional, la cual influye en la manera en que percibimos las experiencias y cómo reaccionamos ante ellas.

Las emociones duran en el cerebro mucho más de lo que se pensaba


Los investigadores reclutaron a un grupo de personas, la mitad de ellas se expusieron a una serie de imágenes con elevado contenido emocional y, de 10 a 30 minutos más tarde, vieron otras imágenes de contenido neutro. La otra mitad de los participantes hizo justo lo contrario: primero miraron las imágenes neutras y luego las que causaban un impacto emocional. 

Seis horas más tarde, los investigadores les pidieron a todos los participantes que completaran una prueba de memoria sobre las imágenes que habían visto. Los resultados fueron sorprendentes puesto que el grupo que había visto primero las imágenes emocionales recordaba mejor las imágenes neutrales, en comparación con el grupo que las había visto en primer lugar.

Lo más interesante estaba aún por llegar pues los neurocientíficos comprobaron a través de imágenes de resonancia magnética funcional que las experiencias emocionales habían cambiado la manera en que las personas procesaban y memorizaban las imágenes neutrales. Y lo más curioso fue que los estados emocionales no eran tan breves como se pensaba, sino que podían dejar huellas en el cerebro que persistían durante largos períodos de tiempo. 

Por eso estos investigadores hablan de una auténtica “resaca emocional”. Afirman que cuando las emociones son intensas, perduran y afectan nuestro pensamiento, atención y memoria mucho más de lo que estaríamos dispuestos a admitir.


¿Cómo te puede afectar una “resaca emocional” - y cómo minimizar su impacto?


Las experiencias emocionales pueden generar estados fisiológicos e incidir en el funcionamiento cerebral durante largos períodos de tiempo, aunque los eventos que hayan suscitado ese estado emocional ya hayan terminado. La “resaca emocional” que dejan tras de sí no solo influirá en la manera en que vivimos las nuevas experiencias sino incluso en el recuerdo de las mismas.

No podemos evitar esas “resacas emocionales” ya que existen situaciones que nos toman por sorpresa y pueden generar estados emocionales muy intensos, desde la ira hasta la tristeza, la alegría o la frustración. Sin embargo, podemos ser conscientes de esas resacas emocionales e intentar que interfieran lo menos posible en nuestras decisiones, sobre todo cuando se trata de decisiones importantes.

Recuerda que las situaciones no son simplemente lo que ocurre, sino cómo procesas lo que ocurre. Esto significa que todos los eventos que vives están influenciados por lo que sucede en tu interior. No vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos y en dependencia de lo que sentimos. De hecho, un estudio muy interesante realizado en la Universidad de Friburgo reveló que, efectivamente, las personas deprimidas ven el mundo más gris. También se ha apreciado que la ansiedad reduce la empatía.

Eso significa que si unas horas antes te sentías triste o enfadado, esa tristeza o ira permeará tu percepción actual. Tus estados internos influencian tu percepción y determinan tus reacciones. Por eso es importante que no tomes decisiones importantes si horas antes has estado expuesto a emociones muy intensas ya que aunque te parezca que ya se han esfumado, es probable que continúen estando presentes e influyan en tu decisión. 


Fuentes:
Tambini, A. et. Al. (2017) Emotional brain states carry over and enhance future memory formation. Nature Neuroscience; 20: 271–278.
Todd, A. R. et. Al. (2015) Anxious and egocentric: how specific emotions influence perspective taking. J Exp Psychol Gen; 144(2):374-391.
Tebartz van Elst, L. (2010) Seeing gray when feeling blue? Depression can be measured in the eye of the diseased. Biological Psychiatry; 68(2):205-208.
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Somos mucho más que nuestras cicatrices


Tú no eres tus años.
Ni la talla que llevas.
No eres tu peso.
O el color de tu pelo.
No eres tu nombre. O los hoyuelos en tus mejillas. 
Eres todos los libros que has leído. Y todas las palabras que dices. 
Eres tu voz soñolienta en la mañana. Y las sonrisas que intentas ocultar. 
Eres la dulzura de tu risa. Y cada lágrima derramada. 
Eres las canciones que gritas tan fuerte, cuando sabes que estás completamente sola. 
Eres también los lugares donde fuiste; y el único que (realmente) llamas casa. 
Eres todo en lo que crees. Y las personas a quien quieres. 
Eres las fotografías de tu habitación. Y el futuro que pintas. 
Estás hecha de tanta belleza… Pero tal vez todo esto se te escapa. 
Desde cuando decidiste ser… Todo lo que no eres”.
- Ernest Hemingway -

Estas preciosas palabras del escritor Ernest Hemingway nos recuerdan una verdad que olvidamos demasiado a menudo: somos mucho más que nuestras cicatrices, que ese pasado que arrastramos como si fuera un fardo pesado. Somos todo lo que éramos antes de que decidiéramos capitular.

Nuestros errores no nos definen


Los errores son experiencias de aprendizaje que podemos atesorar, pero no debemos dejar que limiten nuestro futuro. La persona que fuiste, la persona que cometió esos errores, ya no existe. Si has cambiado y has aprendido de la experiencia, no tiene ningún sentido que la sigas arrastrando en forma de culpa.

Nuestra sociedad nos ha hecho creer que si cometemos errores valemos menos como personas, pero en realidad nuestra valía se mide por las veces que somos capaces de levantarnos y recuperarnos cuando nos caemos. No son palabras vacías ni frases motivadoras, es una actitud y una forma de relacionarte contigo mismo que repercutirá positivamente en todas las esferas de tu vida. 

Por eso es importante que recordemos que los únicos que no cometen errores son aquellos que no hacen nada, que no arriesgan, que se quedan toda la vida en su zona de confort. Quienes se lanzan a descubrir nuevos caminos siempre cometerán errores, pero si son lo suficientemente maduros aprenderán de ellos y mejorarán. 

La terrible trampa que nos tiende el sentido de culpabilidad


La mayoría de las personas, cuando cometen un error o toman una decisión errónea, se sienten culpables, experimentan un fuerte sentido de culpabilidad. Sin embargo, muy pocos dicen que sienten remordimiento. La diferencia entre el sentido de culpabilidad y el remordimiento no es solo terminológica sino que tiene profundas implicaciones psicológicas.

La clave radica en que solo podemos sentir remordimiento por algo que hemos hecho o hemos dejado de hacer. Sin embargo, el sentimiento de culpabilidad está relacionado con algo que existe dentro de nosotros, sentimos que algo en nuestro interior no funciona, que no está bien. Por tanto, implica que en realidad no nos sentimos culpables por lo que hemos hecho, o al menos no solo por eso, sino también por nuestra forma de ser.

Esa es la razón por la que el sentido de culpabilidad es tan tenaz y no desaparece fácilmente. Mientras que el remordimiento se puede eliminar haciendo algo que nos permita reparar el daño causado, el sentimiento de culpabilidad es interior, es algo que creemos ser y que no se puede cambiar con tanta facilidad.

Con el paso del tiempo ese sentido de culpa comienza a formar parte de la personalidad, de manera que comenzamos a fijarnos únicamente en los hechos que confirman la imagen negativa que tenemos de nosotros mismos. Nos convertimos en víctimas de la consistencia interna, un fenómeno que nos impulsa a asegurarnos de que nuestras creencias, actitudes y comportamientos son coherentes entre sí. Si no es así, experimentamos lo que se conoce como disonancia cogntiva, la cual genera una sensación desagradable de ansiedad y tensión.

Esa es la razón por la que nos fijamos únicamente en los errores que validan nuestro sentido de culpabilidad. De esta forma, terminamos notando y recordando únicamente lo que nuestro sentido de culpabilidad nos permite notar y recordar en aras de mantener la consistencia interna. 

Obviamente, ese sentimiento de culpabilidad determinará nuestro comportamiento hacia los demás e incluso la relación que establecemos con nosotros, creando así las condiciones para autoperpetuarse. Es entonces cuando aparecen comportamientos de autoflagelación, pensamos que castigándonos podremos deshacernos de la culpa, pero en realidad no es así.

¿Cómo empezar a eliminar el sentimiento de culpabilidad?


El primer paso consiste en comprender de dónde proviene ese sentido de culpabilidad, que generalmente tiene su origen en la infancia. Cada vez que un padre regaña a su hijo diciendo frases como “eres un niño malo” en vez de limitarse a reprender la mala conducta, está generando la sensación de que existe algo malo en él. 

Esa sensación es muy fuerte y nos condiciona incluso de adultos. Por eso, el primer paso para eliminar el sentimiento de culpabilidad consiste en comprender la diferencia entre sentirse culpable y asumir la responsabilidad por una equivocación.

Todos nos equivocamos, algunos errores serán mayores que otros, pero si los asumes como experiencias de aprendizajes no permitirás que condicionen tu vida. Por eso, asegúrate de comprender que eres mucho más que tus cicatrices.


Fuente:
Sibaldi, I. (2016) Il mondo dei desideri. 101 progetti di libertá. Roma: Edizioni TLON.
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Familia funcional vs. Familia disfuncional: 10 características que las diferencian


La familia es la unidad básica en la que crecemos, por lo que, lo queramos o no, nos deja una impronta muy profunda. De hecho, al formar una nueva familia, tenemos la tendencia a repetir los patrones que aprendimos de niños, sean adecuados o no.

Una familia funcional promoverá el desarrollo adecuado de sus miembros, permitiendo que cada quien despliegue su individualidad. Una familia disfuncional creará un ambiente tóxico que discapacitará intelectual o emocionalmente a sus miembros e incluso puede convertirse en el caldo de cultivo donde proliferen diferentes trastornos psicológicos.

Las funciones de la familia


Como grupo social, toda familia debe cumplir algunas funciones básicas: 

1. Biológica. Cada sociedad establece una serie de reglas que “regulan” las actividades reproductoras de sus adultos. La familia es una de las maneras socialmente aceptadas. 

2. Económica. Se refiere al mantenimiento de los miembros no productivos, generalmente los hijos pequeños. No obstante, la función económica de la familia también se refiere a la división de las tareas domésticas, de manera que es la antesala de la posterior división del trabajo en el mundo laboral.

3. Educativa-socializadora. La familia es el primer grupo socializador, encargado de transmitir a las nuevas generaciones el sistema de valores y las formas de hacer, además de prepararles para que se inserten en la sociedad y cumplan las reglas de esta.

4. Psicológica. Se refiere a la satisfacción de las necesidades emocionales e intelectuales de cada uno de sus miembros. La familia es el núcleo donde las personas deben sentirse aceptadas, respetadas y protegidas.

Esto significa que una familia funcional no solo debe ser capaz de satisfacer las necesidades básicas materiales de sus miembros sino que también debe brindarles el apoyo emocional que necesitan y asegurarse de que estos desarrollan al máximo su potencial como individuos.

Características de las familias funcionales


1. Las familias funcionales cumplen de manera eficaz su función económica, lo cual significa que sus miembros encuentran en el hogar la seguridad económica básica que necesitan. 

2. Se realiza una repartición equitativa de las tareas del hogar, de manera que cada miembro es responsable de su cumplimiento y no se sobrecarga a una sola persona con todos los deberes.

3. Se potencia el sentido de pertenencia a la familia y, a la misma vez, se estimula la identidad personal y la autonomía de cada uno de sus miembros. Existe un equilibrio entre la pertenencia al grupo familiar y la individuación.

4. Existen límites claros, fronteras psicológicas que los demás miembros no deben traspasar y que garantizan la adecuada convivencia en el hogar. Aún así, también existe un buen margen de tolerancia, de manera que no surgen conflictos familiares constantemente.

5. A pesar de que existen reglas y roles bien definidos, ante la presencia de problemas familiares, existe cierta flexibilidad que facilita llegar a acuerdos y soluciones enfocados en el bienestar familiar.

6. Existe una repartición adecuada de los niveles de jerarquías. La jerarquía entre los padres es horizontal, de manera que ambos tienen el mismo poder en el hogar, pero ejercen una jerarquía vertical sobre sus hijos que les permite establecer normas y hacerlas cumplir. 

7. Comunicación clara, donde todos los miembros puedan expresar lo que piensan y sienten de manera asertiva y sin dañar a los demás. 

8. Cada miembro se siente aceptado en el seno de la familia, donde encuentra una fuente de seguridad emocional. 

9. La familia crece a la par de sus miembros, de manera que los errores cometidos son experiencias de aprendizaje que los fortalecen.

10. La familia es lo suficientemente flexible como para adaptarse a las circunstancias, aunque ello requiera un cambio en las reglas o los roles. Si sus miembros no tienen capacidad de adaptación para reencontrar un nuevo equilibrio en medio de una crisis, la familia funcional terminará convirtiéndose en un hogar disfuncional. 

Características de las familias disfuncionales


1. Se promueve una dependencia excesiva de algunos de sus miembros, lo cual limita su crecimiento y desarrollo personal. Se trata de familias hiperprotectoras que generan en sus miembros inseguridad y dependencia.

2. Se establece una relación demasiado abierta, de manera que se anulan los sentimientos de pertenencia familiar. Suele ocurrir en familias demasiado permisivas, que terminan generando una sensación de desarraigo en sus miembros.

3. No existen reglas y límites claros, de manera que sus miembros no saben cuáles son sus deberes y derechos. En estas familias disfuncionales lo usual es que algunos de sus miembros asuman roles dominantes y otros se sometan, creando un peligroso desequilibrio de poder. Como resultado, un miembro, generalmente la madre, suele verse sobrecargado por las exigencias desmedidas de los demás.

4. No se respeta la distancia generacional y se invierte la jerarquía de poder, de manera que los padres se subordinan al niño, quien termina convirtiéndose en un pequeño tirano. También puede ocurrir que los padres confundan la jerarquía con el autoritarismo, impidiéndoles a los hijos dar su opinión.

5. En la base de los hogares disfuncionales suele haber problemas de comunicación. Sus miembros no se sienten cómodos expresando sus sentimientos o ideas, de manera que los reprimen o expresan a través de indirectas que activan comportamientos defensivas. De esta manera, los mensajes no quedan claros y originan nuevos problemas familiares.

6. Tienen roles y patrones de comportamiento demasiado rígidos que les impiden adaptarse a los cambios, de manera que ante la menor crisis, sus miembros responden con rigidez y resistencia, lo cual provoca que los problemas familiares se enquisten y afecten a sus miembros.

7. Sus miembros no son empáticos y sensibles hacia los demás, de manera que en la familia no se satisfacen las necesidades básicas de aceptación y afecto. Algunos miembros pueden sentirse incluso rechazados.

8. Existe un escaso nivel de tolerancia, de manera que se termina culpabilizando a uno de los miembros y dándole un trato injusto.

9. Se practican comportamientos dañinos como la humillación, el desprecio o la falta de respeto.

10. Existen patrones de manipulación emocional a través de los cuales se pretende controlar a los miembros de la familia.

Causas de las familias disfuncionales


La familia es un sistema que está compuesto a la vez por diferentes subsistemas (que serían sus miembros). Desde la perspectiva sistémica, se asume que la relación entre los miembros de una familia es tan estrecha que cualquier cambio de uno de sus integrantes causa modificaciones en los otros y, por ende, en toda la familia. Por ejemplo, la enfermedad de uno de sus miembros altera la vida del resto.

Asumir esta perspectiva significa comprender que la familia no es la simple suma de sus miembros sino que es un conjunto de interacciones. También significa que cuando ocurren problemas familiares, no existe un “culpable” a quien apuntar con el dedo sino que es necesario analizar la dinámica de las relaciones que se ha establecido.

Por tanto, las causas de las familias disfuncionales no se deben buscar en un solo miembro sino que son mucho más complejas ya que radican en las relaciones que se han establecido a lo largo del tiempo y en cómo los otros miembros han ido respondiendo ante el conflicto. 

Las familias disfuncionales son simplemente aquellas que no cuentan con los recursos psicológicos necesarios para hacerle frente a la convivencia de manera asertiva y desarrolladora para sus miembros. Esto significa que, ante una crisis, cualquier familia funcional puede convertirse en disfuncional ya que dependerá de los recursos de afrontamiento que ponga en marcha.

Las consecuencias de vivir en hogares disfuncionales


Crecer o vivir en un hogar disfuncional puede dejar heridas para toda la vida. De hecho, aumenta el riesgo de padecer trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad y la adicción. En los niños también aumenta la vulnerabilidad a desarrollar trastornos psicológicos o sufrir trastornos de conducta.

En el caso de los niños, lo más usual es que asuman uno de estos roles:

1. El rebelde: no solo se rebela contra la autoridad de los padres sino que tiene problemas con todos aquellos que detenten cierto poder, desde los maestros hasta la policía. Estos niños suelen terminar siendo catalogados como “problemáticos” y desarrollan problemas de conducta. 

2. El chivo expiatorio: se trata de un niño que ha sido culpado por la mayoría de los problemas familiares, por lo que puede desarrollar un profundo sentimiento de culpabilidad que le puede llevar a convertirse en el saco de golpes de los demás cuando sea adulto.

3. El guardián: este niño generalmente asume el rol de los padres, por lo que crece demasiado rápido y se pierde gran parte de su infancia ya que tuvo que resolver los problemas familiares él solo o actuar como mediador en los conflictos de los adultos.

4. El perdido: es un niño discreto, callado y tímido cuyas necesidades fueron ignoradas, de manera que aprendió a esconderlas y a reprimir sus emociones. Generalmente se convierte en un adulto que cree que no es digno de ser amado ya que no tiene una buena autoestima.

5. El manipulador: es un niño oportunista que se aprovecha de los errores y debilidades de otros miembros de la familia para conseguir lo que quiere.
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Intimidación intelectual: ¿Cómo descubrir a un acosador intelectual?


Cuando pensamos en el “acoso” solemos relacionarlo con la violencia física. No obstante, existen formas más sutiles de violencia cuyas marcas pueden quedar grabadas para siempre, como es el caso de la humillación.

De hecho, una investigación llevada a cabo en la Universidad de Ámsterdam descubrió que la humillación activa las mismas áreas del cerebro relacionadas con el dolor. También se apreció que desencadena una respuesta más intensa y duradera que la alegría y mucho más negativa que la ira. Una de las formas más crueles, sutiles y molestas de humillación es la intimidación intelectual.

¿Cómo es el acosador intelectual?


El acosador intelectual suele ser más inteligente que la media, por lo que piensa que tiene el derecho de tratar a los demás con desprecio, humillarlos o gastarles bromas pesadas. De hecho, es probable que conozcas a personas que usan esa “superioridad intelectual” para hacer sentir mal a los otros. 

5 claves para reconocer al acosador intelectual

1. Se burla continuamente de los errores que cometen los demás, atribuyéndolos a la falta de inteligencia y capacidades. Esta persona no perdona una, es como si estuviera a la caza de los errores ajenos para resaltar su propia inteligencia.

2. Menosprecia los logros de los demás, resaltando los suyos. Para esta persona, el esfuerzo y los logros ajenos siempre son intrascendentes, lo único realmente importante es lo que es capaz de lograr ella misma.

3. Utiliza palabras rebuscadas y frases rimbombantes que la mayoría de las personas no comprenden solo para hacer patente su “vasto conocimiento”. Esta persona aprovechará la más mínima ocasión para ofrecer una conferencia y meter baza en todos los temas que le hagan lucir inteligente ante los demás.

4. Quiere imponer sus opiniones, ya que considera que son las únicas inteligentes y sensatas. Las opiniones de los demás simplemente no cuentan. Cuando se quede sin argumentos, no dudará en ridiculizar, humillar o menospreciar al otro porque no reconocerá que no tiene la razón.

5. Jamás reconoce sus errores, siempre tiene a mano una excusa “racional” para explicar su fallo.

Esa actitud prepotente suele sentar sus bases en la infancia. Muchos de los acosadores intelectuales se vieron obligados en el colegio a recurrir a su inteligencia para defenderse de los ataques violentos de los demás. De hecho, en algunos casos después llegaron a convertirse en acosadores ellos mismos ya que así enmascaraban sus inseguridades. 

Esto significa que detrás de esa actitud prepotente se suele esconder un sentimiento de inferioridad en otras esferas de la vida. El acosador intelectual enmascara sus inseguridades tras su conocimiento e inteligencia, por lo que usa frases arrogantes para hacer que los demás se sientan inferiores.

De hecho, la intimidación intelectual también es un mecanismo de afrontamiento que contribuye a aliviar la vulnerabilidad que esta persona experimenta. El problema es que, en cierto punto de la vida, ese mecanismo se integra en su repertorio conductual, por lo que estas personas intentarán avasallar intelectualmente a todos.


Nuestra sociedad permite y alienta la intimidación intelectual


Leon F. Seltzer explica que mientras el acoso físico y el maltrato psicológico han recibido mucha atención, la intimidación intelectual sigue escondida ya que es el resultado de la cultura “meritocrática” que nuestra sociedad ha desarrollado. 

Desde que son pequeños, a los niños se les inculca la idea de que deben obtener buenas calificaciones escolares pues son un medidor de su valía y éxito. Por eso, no es extraño que aprendan a colocar a sus coetáneos en una especie de “jerarquía intelectual”.

El problema aparece cuando los niños que se encuentran en la parte superior de esa jerarquía se sienten con el derecho a menospreciar a quienes se encuentran en la parte inferior. Así surge la intimidación intelectual, un tipo de acoso psicológico que se basa en la “superioridad” mental que confiere la inteligencia o la educación recibida.

De hecho, el acosador intelectual no tiene que ser necesariamente una persona muy inteligente, también puede ser alguien que se cree superior porque ha cursado estudios universitarios o ha hecho una carrera "especial".

Los daños que causa la intimidación intelectual


- Víctima. Vivir o trabajar con un acosador intelectual es realmente tóxico. La forma de ser de esta persona termina ahogando al otro ya que el acosador siempre descarga sus frustraciones sobre su víctima, y cuando finalmente tiene éxito no se cansa de vanagloriarse. Por eso, las víctimas suelen sufrir graves daños en su autoestima, pierden la confianza en sí mismas y no tienen iniciativa ya que se sienten profundamente desmoralizadas, incompetentes e inútiles. Estos sentimientos no son extraños ya que el acosador intelectual le martilla continuamente resaltando sus errores y repitiéndole lo inútiles que son.

- Acosador. A pesar de que la peor parte se la lleva la víctima, la intimidación intelectual también deja secuelas en el acosador ya que, a la larga, es probable que esta persona termine quedándose sola. Aunque en un primer momento puede parecer inteligente y encantadora, cuando los demás se dan cuenta de la relación tóxica que pretende construir, no dudan en cortar por lo sano. Por otra parte, el acosador intelectual seguirá padeciendo una profunda inseguridad, que le impedirá explorar otras esferas de su personalidad y de la vida, por lo que al final termina siendo una persona amargada.

¿Cómo afrontar la intimidación intelectual?


Si eres el acosador, lo más importante es que comprendas que el intento de dominar mentalmente a una persona es tan inaceptable como el abuso físico y provoca daños en quienes te rodean. 

Debes empezar a pensar en términos de diferencias, en vez de limitarte a catalogar a las personas en mejores o peores. La vida no es una competición, no es necesario que demuestres continuamente lo listo que eres o cuánto sabes.

Si eres víctima de la intimidación intelectual, debes hacerle entender al acosador que sus estrategias no te intimidan. Ni siquiera debes enfadarte y mucho menos discutir, solo debe entender que no seguirás su juego de humillación.

Hazle comprender que no tolerarás ese comportamiento o sus frases hirientes. Es conveniente que le expliques las consecuencias que sus actitudes tienen en ti, que le muestres cómo te hacen sentir sus palabras.

A veces estos acosadores no se dan cuenta de que están sobrepasando los límites y causando daño, por lo que basta con que se lo señales.


Fuentes:
Otten, M. & Jonas, K. J. (2014) Humiliation as an intense emotional experience: evidence from the electro-encephalogram. Soc Neurosci; 9(1): 23-35.
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