+ ArtículosTrastornos psicológicos

La depresión hace que el cerebro envejezca más rápido


La depresión no es una buena compañera de viaje. Lo sabemos. Sin embargo, cuanto más profundiza la ciencia en este trastorno, mejor conocemos sus efectos, no solo a nivel psicológico sino también en el cerebro. Ahora un grupo de psicólogos de la Universidad de Sussex ha encontrado un vínculo entre la depresión y el ritmo al cual envejece el cerebro. 

Cuanto más dure la depresión, más estragos causará en el cerebro 


Estos investigadores analizaron los datos provenientes de 34 estudios longitudinales, los cuales implicaron a más de 71.000 personas, centrándose en la relación entre la depresión y la disminución de la función cognitiva a lo largo del tiempo. 

Descubrieron que los participantes diagnosticados con una depresión mayor sufrían un declive paulatino de las funciones cognitivas. Estas personas mostraron señales de pérdida de memoria, dificultades para tomar decisiones y una disminución de la velocidad de procesamiento de la información. De hecho, en estudios anteriores también se había constatado que las personas que padecen depresión tienen un riesgo mayor de desarrollar demencia. 

El cerebro deprimido 


¿Por qué la depresión es tan peligrosa para el cerebro? ¿A través de qué mecanismos acelera el proceso de envejecimiento? La respuesta llega de la mano de otra serie de investigaciones, aunque podemos intuirla a partir de esta imagen en la que se puede apreciar que el cerebro deprimido tiene una menor actividad. 


Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Southampton analizó a 80 personas que llevaban más de una década padeciendo depresión y nunca se habían sometido a tratamiento. Los sometieron a la tomografía por emisión de positrones para localizar un tipo específico de proteína que resulta de la respuesta inflamatoria del cerebro a una lesión o enfermedad. 

De hecho, sabemos que la inflamación es una respuesta normal del organismo para protegernos cuando nos lesionamos pero si esta persiste a lo largo del tiempo puede conducir a la aparición de enfermedades crónicas y neurodegenerativas. 

Estos neurocientíficos descubrieron que cuanto más tiempo habían pasado las personas sufriendo la depresión, más elevados eran los niveles de proteínas que indicaban una inflamación. Los niveles más elevados se concentraban precisamente en la corteza prefrontal, que es el área del cerebro encargada de las funciones ejecutivas como el razonamiento y la toma de decisiones. 

Estos hallazgos se corresponden con un estudio anterior realizado en el Janssen Research & Development en el que se apreció que las personas que padecían depresión tenían niveles más elevados de proteína C reactiva, un marcador biológico de la inflamación en todo el cuerpo, que quienes no padecían el trastorno. Exactamente, las personas deprimidas tenían un 30% más de proteína C reactiva. 

Otra investigación llevada a cabo en la Universidad de California vinculó directamente el nivel de proteína C reactiva con un peor rendimiento en las pruebas de memoria. También comprobaron que estas personas mostraban una disminución del volumen en algunas zonas del cerebro, como el lóbulo temporal, que desempeña un papel importante en el lenguaje ya que se encarga de descifrar la información, así como en la memoria auditiva, la regulación de las emociones y la memoria a largo plazo. 

La buena noticia es que este proceso neurodegenerativo se puede detener cuando se busca ayuda a tiempo, para evitar los efectos acumulativos de la depresión sobre el cerebro. Este artículo sobre cómo combatir la depresión puede servirte como punto de partida.


Fuentes: 
John, A. et. Al. (2018) Affective problems and decline in cognitive state in older adults: a systematic review and meta-analysis. Psychological Medicine
Perry, V. H. (2018) Microglia and major depression: not yet a clear picture. Lancet Psychiatry; 5(4): 292-294. 
Cepeda, M. S. et. Al. (2016) Depression Is Associated With High Levels of C-Reactive Protein and Low Levels of Fractional Exhaled Nitric Oxide: Results From the 2007-2012 National Health and Nutrition Examination Surveys. J Clin Psychiatry; 77(12): 1666-1671. 
Magouirk, B. et. Al. (2012) C-Reactive Protein is Related to Memory and Medial Temporal Brain Volume in Older Adults. Brain Behav Immun; 26(1): 103-108.
Leer Más

¿Cómo ser feliz? Los 10 consejos de Aristóteles


Cuando se trata de alcanzar la felicidad, la mayoría de las personas se preguntan: “¿Qué debo hacer?”. No es extraño, imbuidos como estamos en la cultura del hacer y la ocupación plena del tiempo hasta que no quede ni un minuto libre. Los grandes filósofos, sin embargo, se preguntaban: “¿Qué clase de persona debería ser?”. 

El secreto está en el equilibrio 


Muchos grandes pensadores solían recurrir a la ética de la virtud en busca de respuestas. Aristóteles, uno de los filósofos más influyentes de todos los tiempos, desarrolló un sistema integral sobre la virtud que podemos poner en práctica perfectamente en los tiempos modernos para alcanzar un estado de equilibrio emocional y paz interior en el que florezca de manera natural la felicidad. 

De hecho, su sistema de ética de la virtud está especialmente pensado para ayudarnos a alcanzar la “eudaimonia”, una palabra muy interesante que normalmente se traduce como “felicidad” o “bienestar” pero que en realidad significa “florecimiento humano”. 

Eso significa que Artistóteles pensaba que la felicidad es un resultado de una manera de vivir y de una forma de ser, que llega cuando somos capaces de desarrollar nuestras potencialidades como persona y construir un “yo” sólido. ¿Cuál es esa manera de vivir? 

Aristóteles pensaba que el secreto se hallaba en el equilibrio, una idea que se relaciona con otros sistemas filosóficos como el budismo. Este filósofo pensaba que una vida de abstinencias, carencias y represión no conduce a la felicidad ni a un “yo” pleno. Pero una vida hedonista tampoco es el camino ya que los excesos suelen generar una forma de esclavitud hacia el placer, generando al final un vacío existencial. 

La virtud es una posición intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto”, escribió. Y para desarrollar la virtud, simplemente debemos aprovechar todas las oportunidades que se presentan ya que no se trata de conceptos teóricos sino de actitudes, decisiones y comportamientos que deben guiar nuestra vida. 



Las 10 virtudes aristotélicas para alcanzar la eudaimonia 


En la Ética a Nicómaco, el libro más conocido de Aristóteles escrito en el siglo IV a. C., elenca las virtudes que deberíamos desarrollar para alcanzar la eudaimonia: 

1. Apacibilidad. Es la capacidad para controlar nuestro temperamento y las primeras reacciones. La persona paciente no se enoja demasiado pero tampoco dejar de enojarse cuando tiene motivos para ello. 

2. Fortaleza. Es el punto medio entre la cobardía y la imprudencia. La persona fuerte es aquella que afronta el peligro siendo consciente de los riesgos y tomando las precauciones necesarias. Se trata de no correr riesgos innecesarios pero tampoco evitar los riesgos necesarios para crecer. 

3. Tolerancia. Es el equilibrio entre el exceso de indulgencia y la intransigencia. Aristóteles pensaba que es importante perdonar, pero sin caer en el extremo de pasar de todo dejando que los demás pisoteen nuestro derecho o nos hagan daño deliberadamente sin responder. Tan negativo es ser extremadamente tolerantes como extremadamente intolerantes. 

3. Generosidad. Es el punto medio entre la mezquindad y la prodigalidad, se trata de ayudar a los demás pero sin entregarnos tanto que nuestro “yo” se diluya. 

4. Modestia. Es la virtud que se encuentra en el punto medio entre no darse el crédito suficiente por los logros alcanzados debido a una baja autoestima y tener un ego desmesurado que nos haga pensar que somos el centro del universo. Se trata de reconocer nuestros errores y virtudes, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, ni más ni menos. 

6. Veracidad. Es la virtud de la honestidad, que Aristóteles sitúa en un justo punto medio entre la mentira habitual y la falta de tacto para decir la verdad, de manera que la persona se convierte en un kamikaze de la verdad. Se trata de evaluar el alcance de nuestras palabras y decir lo necesario, ni más ni menos. 

7. Gracia. Es el punto medio entre ser un bufón y ser tan antipático que resultamos rudos. Es un saber estar, de manera que los demás disfruten de nuestra compañía. 

8. Sociabilidad. Mucho antes de que los neurocientíficos descubrieran que tenemos que escoger a nuestros amigos con cuidado porque nuestro cerebro terminará pareciéndose al suyo, Aristóteles ya nos advertía del peligro de ser demasiado sociables con demasiadas personas, así como de la incapacidad para hacer amigos. El filósofo creía que debemos elegir a nuestros amigos con cuidado pero que también debemos cultivar esas relaciones. 

9. Decoro. Es el punto medio entre ser demasiado tímido y ser desvergonzado. Una persona decorosa se respeta a sí misma y no teme cometer errores, pero no cae en la insolencia ni la impertinencia intentando pasar por encima de los demás. Es consciente de que todos merecen ser tratados con respeto, y exige ese mismo respeto para sí. 

10. Justedad. Es la virtud de tratar justamente con los demás, a medio camino entre el egoísmo y el desinterés total. Consiste en tener en cuenta tanto las necesidades ajenas como las propias, para encontrar el punto medio que nos permita tomar decisiones más justas para todos. 

Lo más interesante de la propuesta de Aristóteles es que hay espacio para el error, para equivocarnos, aprender y mejorar sin sentir por ello que somos malas personas o que no lo lograremos. ¿Qué piensas?
Leer Más

Síndrome de Desgaste por Empatía: Cuando el dolor ajeno te supera


"No le pregunto a la persona herida cómo se siente. Yo mismo me convierto en la persona herida", escribió Walt Whitman. Sin duda, la empatía es una cualidad imprescindible para poder relacionarnos asertivamente con quienes nos rodean. Ser capaces de ponernos en el lugar del otro y experimentar sus sentimientos nos permite comprender su situación y ayudarle de la mejor manera posible. Sin embargo, ser excesivamente empático también es un arma de doble filo y podemos terminar pagándolo muy caro, sufriendo lo que se conoce como Síndrome de Desgaste por Empatía. 

¿Qué es el desgaste por empatía? 


No basta con comprender qué es la empatía, es necesario diseccionarla. De hecho, existen diferentes tipos de empatía. La empatía cognitiva es aquella en la que nos limitamos a adoptar la perspectiva del otro y comprender sus puntos de vista de manera meramente intelectual. También existe la preocupación empática, que implica la habilidad para comprender y experimentar los estados emocionales de los demás, mostrar una preocupación auténtica y ser capaces de ayudarlos sin poner en peligro nuestro equilibrio psicológico. 

Por último, existe una empatía que puede calificarse como un simple contagio emocional y que genera una gran dosis de distrés personal. En este caso, nos contagiamos con las emociones de los demás pero no somos capaces de protegernos, por lo que terminamos sufriendo con ellos, arrasados por esas emociones. 

Preocuparse excesivamente por el dolor emocional de los demás sin tener las herramientas psicológicas para gestionar esa situación, termina generando el desgaste por empatía, también conocido como fatiga por compasión.

Este término fue propuesto por el psicólogo Charles Figley para referirse a quienes experimentan una profunda fatiga como resultado de haber estado ayudando a personas que han pasado por situaciones difíciles o traumáticas. En práctica, se debe a un intenso deseo de calmar el dolor o resolver el problema de la persona que sufre, sin poder gestionar el dolor propio que eso ocasiona. 

La fatiga por empatía difiere del conocido Síndrome de Burnout ya que este se desarrolla de manera gradual, generalmente como resultado de un agotamiento emocional. Al contrario, el desgaste por empatía surge de modo repentino, puede aparecer después de un solo encuentro con la persona que sufre. Además, el Síndrome de Burnout suele romper las aspiraciones, los sueños y deseos de quien lo padece, generando sentimientos de desilusión y frustración, afectando el sentimiento de realización personal. 

¿Quiénes son más propensos a padecer el Síndrome de Desgaste por Empatía? 


Como es lógico, el Síndrome de Desgaste por Empatía es más común en los profesionales que están en contacto directo con personas que necesitan ayuda, como los psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y personal médico o de salvamento. Sin embargo, cualquier persona puede ser víctima del desgaste por compasión. 

Un estudio realizado en la Universidad Adventista del Plata desveló que el desgaste por empatía está vinculado con la atención emocional y la reparación emocional. La atención emocional se refiere a la habilidad para prestar atención a las emociones y estados de ánimo de los demás. En práctica, las personas que padecen el Síndrome de Desgaste por Empatía le prestarían demasiada atención a las emociones, quedándose atrapadas en sus redes. 

De hecho, el desgaste por empatía también se ha relacionado con una pobre reparación emocional; que se refiere a la capacidad para poner en práctica planes de acción que nos permita regular nuestros estados de ánimo, como el simple hecho de asumir una distancia psicológica para proteger nuestro equilibrio afectivo. 

Las personas que prestan mayor atención a sus emociones reportan niveles de ansiedad más elevados como respuesta a la mayoría de las situaciones de la vida cotidiana y suelen usar estrategias de afrontamiento desadaptativas centradas en la evitación, rumiación, supresión de pensamiento y autoculpabilidad.

Por tanto, si eres una persona hipersensible emocionalmente pero no logras poner en marcha estrategias que te permitan reparar esas heridas, es más probable que termines sufriendo el Síndrome de Desgaste por Empatía.

Los síntomas del desgaste por empatía 


1. Reexperimentación. La persona vuelve a experimentar las experiencias traumáticas que han vivido los demás, ya sea a través de flashbacks, durante sus sueños o simplemente rumiándola durante el día. El primer signo de alarma es que no logras sacarte esa situación de la cabeza y descubres que piensas en ello más de lo habitual, lo cual significa que se ha quedado como un foco activo en tu cerebro. 

2. Embotamiento afectivo y evitación. El distrés acumulado que no se gestiona adecuadamente puede terminar haciendo que te desconectes por completo de la situación. En práctica, cuando tu mente se satura y llega al punto en el que no puede seguir asimilando tanto dolor y sufrimiento, se distancia emocionalmente de la realidad. Como resultado, se experimenta irritabilidad, frustración y la sensación de desconexión emocional, como si todo fuera ajeno, lo cual termina afectando la capacidad de disfrute y para relacionarse con las personas. 

3. Hiperactivación. A la larga, el Síndrome de Desgaste por Empatía no solo genera fatiga sino también ansiedad. Si te sucede, es probable que entres en un estado de hiperactivación nerviosa, el cual provoca dificultades para dormir, problemas para concentrarte y una exaltación extrema ante estímulos pequeños, e incluso ataques de pánico. 

¿Cómo evitar el desgaste por compasión? 


- Desconecta, dedicar tiempo a actividades de ocio te ayudará a proteger tu equilibrio emocional ya que así no acumularás estrés, frustración y preocupaciones innecesarias. 

- Practica la meditación mindfulness o técnicas de relajación que te permitan “recargar” tu batería emocional y estimulen un estado de paz interior. Recuerda que cuando hay calma dentro, las tormentas externas no hacen mella.

- Aprende a desarrollar una distancia psicológica de los problemas, tanto de los propios como de los ajenos, lo cual no significa ser frío y egoísta sino asumir una actitud que te permita lidiar con las situaciones de la mejor manera posible.

- Desarrolla más tu Inteligencia Emocional, aprende a detectar las situaciones que generan estrés y  malestar y aplica estrategias de afrontamiento que te ayuden a dejar ir las emociones que pueden dañarte, como la técnica de las hojas del río.


Fuentes: 
Alecsiuk, B. (2015) Inteligencia Emocional y Desgaste Por Empatía En Terapeutas. Revista Argentina de Clínica Psicológica; 24: 43-56. 
Mestre-Escrivá, V., Frías Navarro, M.D. y Samper-García, P. (2004) La medida de la empatía: análisis del Interpersonal Reactivity Index. Psicothema; 16(2): 255-260. 
Figley, C.R. (1995) Compassion Fatigue: Coping with secondary traumatic stress disorder in those who treat the traumatized. Nueva York: Brunner/Mazel Publishers.
Leer Más

El árbol de los deseos: Esta parábola nos muestra cómo saboteamos nuestra vida


Un hombre caminaba por el bosque dándole vueltas a sus preocupaciones, pensando en sus muchos problemas. Agotado, se detuvo a descansar a la sombra de un árbol, pero se trataba de un árbol mágico que concedía instantáneamente todos los deseos de cualquier persona que lo tocara. 

El hombre estaba sediento, así que pensó para sus adentros que le encantaría tener agua fresca. Al instante, un vaso de agua fría apareció en su mano. Sorprendido, miró el agua y la bebió. Cuando calmó su sed, se dio cuenta de que estaba hambriento y deseó tener algo de comer. Un plato de comida apareció ante él. 

“Mis deseos se vuelven realidad”, pensó el hombre con incredulidad. 

“Si realmente es así, deseo tener un hermoso hogar”, dijo en voz alta. 

La casa apareció en el prado que se extendía frente a él. Una gran sonrisa cruzó su rostro mientras deseaba tener sirvientes que se hicieran cargo de aquella maravillosa casa. Cuando aparecieron, se dio cuenta de que de alguna manera había sido bendecido con un poder increíble y deseó tener una hermosa, amorosa e inteligente mujer con quien compartir su buena fortuna. 

Cuando la mujer apareció ante sus ojos, el hombre le dijo: “Espera un minuto, esto es ridículo. Nunca he tenido tanta suerte en la vida. Esto no me puede pasar a mí”. 

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando todo desapareció. 

Resignado, el hombre se dijo: “Lo sabía, algo tan maravilloso no me podía pasar”. Y se alejó cabizbajo pensando en sus muchos problemas. 

A muchas personas, como al hombre de la historia, le suceden cosas maravillosas que luego se desvanecen como por arte de magia simplemente porque piensan que no las merecen. Esta parábola nos invita a reflexionar sobre lo que esperamos de la vida y lo que creemos que podemos alcanzar. 

Para alcanzar lo que deseas, primero debes creer que lo mereces


Solemos pensar que nuestro mundo está construido de hechos. Pero los hechos son tan solo una variable en una ecuación mucho más compleja. Interpretamos constantemente esos hechos, y al hacerlo les conferimos un significado según nuestra concepción de la vida y la imagen que tengamos de nosotros mismos. Entonces entran en juego nuestras certezas, que en su origen fueron presunciones.

Una presunción implica dar algo por cierto a partir de determinados indicios, hasta el punto que luego se convierte en una certeza. Cuando esa presunción se transforma en una certeza, esta terminará influyendo en nuestra manera de interpretar los hechos que nos ocurren. Al igual que el hombre de la historia, cuando tenemos la certeza de que no merecemos algo, tarde o temprano lo perderemos. 

Cuando creemos que no somos lo suficientemente valiosos como para alcanzar ciertas metas, en nuestro interior se activará un mecanismo dirigido a confirmar esa presunción, convirtiéndola en una certeza. Entonces comenzamos a sabotearnos, generalmente a nivel inconsciente. 

Esto se debe a que odiamos la disonancia cognitiva. Es decir, una vez que nos hemos formado una idea sobre nosotros mismos, todo aquello que la refute o haga tambalear se convierte en una disonancia cognitiva. En nuestro interior se activa una especie de alarma para lograr que ese “yo” se mantenga estable. El problema es que a veces ese mecanismo de autoprotección nos impide crecer y, como al hombre de la historia, nos impide alcanzar metas más ambiciosas. 

Por tanto, si creemos que no nos merecemos algo, encontraremos la manera para impedirnos alcanzarlo. Ese mecanismo puede apreciarse en una relación de pareja, cuando encontramos a una persona tan fantástica que creemos que todo es demasiado bueno como para ser cierto y terminamos saboteando la relación, quizá con los celos o la desconfianza. También puede ocurrir en el plano laboral, cuando nos brindan una oportunidad tan buena que no damos crédito y el miedo a equivocarnos y la inseguridad terminan haciendo que perdamos esa ocasión. Así cerramos un círculo vicioso en el que terminamos diciendo: “era demasiado bueno para mí”. 

El problema es que cuando aceptamos esos cambios, también nos obligamos a cambiar la imagen que tenemos de nosotros. Y ese es un proceso complicado que no todos están dispuestos a asumir. Muchos prefieren quedarse en su zona de confort, lamentándose de su "mala suerte", sin darse cuenta que muchas veces ellos mismos contribuyen a que los acontecimientos tomen ese giro negativo.

Sentirse no merecedor genera una resistencia al cambio positivo. Así nos condenaremos a una vida mediocre en la que solo se cumplen las profecías negativas que hemos hecho sobre nuestro futuro. 

No te conviertas en tu principal límite: ¿Cómo romper este círculo vicioso?  


"Ignoramos nuestra verdadera altura hasta que nos ponemos en pie", dijo la poeta Emily Dickinson. Lo curioso es que generalmente la educación que recibimos, la sociedad y las personas más cercanas son quienes prefieren que nos mantengamos sentados. Así es más cómodo para todos.

Por eso, el primer paso para conseguir lo que sueñas consiste en deshacerte de las "certezas" que te limitan. Esas cosas que asumes como verdades inamovibles en realidad son presunciones cuyo origen probablemente se puede rastrear en tu pasado. La sensación de no ser lo suficientemente capaz o de sentirse indigno suele provenir de experiencias durante la infancia o la adolescencia. Incluso es probable que esas "certezas" sean palabras que te repetían tus padres, maestros u otras personas significativas en tu vida.

Con sus palabras, contribuyeron a formar la imagen que tienes de ti mismo. Sin embargo, debes darte cuenta de que un “yo” estático es un “yo” que no crece. La disonancia cognitiva no es algo negativo a lo cual se le debe temer sino que en realidad es señal de que piensas, evolucionas y cambias.

Mientras trabajas para perdonarte por esos pensamientos profundamente arraigados que te detienen y te impiden alcanzar tus sueños, descubrirás que comienzas a sentirte mejor, más ligero y aliviado. Poco a poco te irás preparando para aprovechar al máximo las buenas oportunidades que se te presenten en la vida, en vez de sabotearlas y quedarte llorando sobre la leche derramada.
Leer Más

Las críticas excesivas de los padres mutilan el cerebro emocional de sus hijos


La educación que recibimos en nuestra infancia y el tipo de relación que establecemos con nuestros padres deja profundas huellas. Su atención o desatención, sus críticas o elogios, determinan el estilo de apego que desarrollaremos y tiene un enorme impacto en la imagen que nos formamos de nosotros, nuestra autoestima y la actitud que asumimos ante la vida. 

Sin embargo, todo parece indicar que las consecuencias de las críticas en la infancia no se limitan al plano psicológico sino que incluso alteran la configuración del cerebro. Neurocientíficos de la Universidad de Binghamton han descubierto que cuando los padres critican excesivamente a sus hijos, se afectan las zonas cerebrales dedicadas al procesamiento de los estados emocionales ajenos. 

Las críticas constantes de los padres bloquean el procesamiento emocional de los niños 


¿Criticar a los niños puede cambiar el modo en que su cerebro percibe y procesa la información emocional? Esta fue la pregunta que se plantearon algunos neurocientíficos y para responderla reclutaron a 87 niños con edades comprendidas entre los 7 y 11 años. 

Antes, pidieron a los padres que hablaran sobre su hijo durante cinco minutos. Así pudieron valorar el nivel de crítica de los progenitores. A continuación analizaron la actividad cerebral de los niños mientras estos veían una serie de imágenes de rostros que mostraban diferentes emociones. Descubrieron que los hijos de padres muy críticos prestaban menos atención a todas las expresiones faciales emocionales, sin hacer distinción entre emociones positivas o negativas. 

En práctica, los niños sometidos a críticas constantes evitan prestar atención a los rostros que expresan cualquier tipo de emoción. Obviamente, a la larga ese comportamiento podría afectar sus relaciones con los demás e incluso podría ser una de las razones por la cual los niños expuestos a altos niveles de crítica corren un riesgo mayor de sufrir depresión y ansiedad. 

Para evitar el malestar que generan las críticas, el cerebro infantil se “desconecta” 


Todos tenemos la tendencia a evitar las cosas que nos hacen sentir incómodos, ansiosos o tristes porque esos sentimientos son aversivos. Podemos poner en práctica diferentes estrategias para evitar esas situaciones pero se ha apreciado que los niños cuyos padres son muy críticos son más propensos a utilizar estrategias de afrontamiento evitativo cuando están en peligro. 

En realidad, se trata de un mecanismo de protección básico: cuando una situación no nos gusta pero no podemos escapar, nuestro cerebro tiende a “desconectarse”. Es exactamente lo que nos pasa cuando estamos en una reunión aburrida de la que no podemos librarnos. Sin embargo, esta situación es peligrosa cuando se repite durante mucho tiempo a lo largo de toda la infancia ya que el cerebro infantil no logrará establecer las conexiones necesarias para procesar adecuadamente la información emocional. 

Los niños que son víctimas de críticas constantes evitarían centrarse y procesar las expresiones emocionales de enfado, disgusto o incomodidad de sus padres para no experimentar los sentimientos aversivos que estas generan. Como resultado de esa mutilación del sistema de procesamiento emocional, tampoco son capaces de notar las expresiones positivas de los demás. 

De hecho, no es el primer estudio que analiza el impacto a nivel cerebral de una crianza negativa. Una investigación anterior realizada en la Escuela de Medicina de Harvard desveló que los gritos dañan el cerebro infantil, específicamente el vermis cerebeloso, una zona fundamental para mantener un buen equilibrio emocional. 

¿Cómo lograr que una crítica sea realmente constructiva para los niños? 


Existen dos tipos de críticas: la crítica destructiva, que no lleva a ninguna parte y solo genera malestar, y la crítica constructiva, que nos permite crecer. Por desgracia, se estima que 9 de cada 10 críticas "constructivas" realmente no lo son. 

¿Cómo pueden asegurarse los padres de que las críticas que realizan a sus hijos realmente les ayudan a madurar? 

- Hay que centrarse en el comportamiento, no en el niño. Eso significa no usar etiquetas generalizadoras como “eres desorganizado”. Hay que ser lo más precisos posible y decir: “no has recogido tus juguetes, eso no está bien”. 

- Informarse antes de criticar ya que muchas veces criticamos suponiendo que nuestras conjeturas son ciertas. Por tanto, antes de dar rienda suelta al enfado o la decepción, siempre hay que preguntar qué ha sucedido, escuchar la versión del niño e intentar comprender su perspectiva, aunque eso no significa que la compartamos. Sin embargo, una crítica desde la empatía es mucho más constructiva.

- Enfocarse en la solución, más que en recalcar el error. Todos cometemos errores, pero si la crítica se queda en ese nivel, no servirá para crecer. Por eso, es conveniente preguntarle al niño qué puede hacer para solucionar el problema o proponerle directamente algunas soluciones. 

- Introducir un elemento positivo. Se dice que por cada crítica se necesitan cinco elogios. Y lo cierto es que nunca viene mal una de cal y otra de arena. Por tanto, no hay que limitarse a resaltar lo negativo, debemos reforzar las características positivas del niño. Por ejemplo, puedes decirle: “Fue genial que ayer recogieras tus juguetes sin que te lo recordara, me gustaría que todos los días fueran así puesto que eres un niño responsable”. 


Fuente: 
James, K. M. et. Al. (2018) Parental Expressed Emotion-Criticism and Neural Markers of Sustained Attention to Emotional Faces in Children. Journal of Clinical Child & Adolescent Psychology; 1-10.
Leer Más

La metáfora de las olas: ¿Cómo controlar las emociones negativas antes de que te controlen a ti?


Las pequeñas emociones son los grandes capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin darnos cuenta”, dijo Van Gogh. En muchas ocasiones, las emociones toman el mando y guían nuestro comportamiento, asumen el control y nos llevan a tomar decisiones precipitadas de las que después nos arrepentimos o nos sumen en un estado de frustración y desesperanza tal que nos impide pensar con claridad. 

En esos casos, las emociones se convierten en nuestros enemigos ya que nos arrebatan la paz interior. Cuanto más nos esforcemos por controlarlas, más nos controlan, cayendo en un círculo vicioso. La solución, para recuperar el equilibrio emocional y blindarlo contra la adversidad, consiste en cambiar la perspectiva. 

La Terapia de Aceptación y Compromiso, en la que se parte de la idea de que los pensamientos tienen un gran poder sobre lo que sentimos pero no es necesario esforzarnos por cambiarlos sino tan solo aceptarlos para limitar el sufrimiento que provocan, nos propone reflexionar a partir de la parábola de las olas. 

Metáfora de las olas 


Imagina una playa de arena blanca bañada por las olas. Habrá olas pequeñas que incitan al baño y con su golpeteo constante generan una agradable sensación de paz y tranquilidad. En algunos momentos, también llegarán olas grandes de aspecto amenazante. 

Si estás en el agua y notas una de esas olas enormes, te asustarás y querrás escapar. En ese punto tienes dos opciones, intentar llegar a la orilla o zambullirte y dejar que la ola pase encima de ti. Si tienes mucho miedo, lo más probable es que intentes alcanzar la orilla y la ola te golpee de lleno cuando rompa sobre la arena. 

Sin embargo, lo peor es que luego otra ola amenazante vuelve a acercarse. Entonces vuelves a escapar. Cada vez que llega una nueva ola, te parece más amenazante que la anterior y, como resultado de tu esfuerzo por escapar de ellas, te sientes cada vez más cansado. 

Si simplemente te sumerges en el agua, apenas notarás la fuerza de la ola. Al final, tanto las olas apenas perceptibles como las olas enormes terminan desapareciendo en la orilla. La diferencia estriba en la manera de afrontarlas. Debemos recordar que no nos ahogamos por caer en el agua, sino por el tiempo que permanecemos sumergidos. 

Esa playa con sus olas es una representación de lo que sucede en tu interior, las olas son las emociones o pensamientos, que no pueden hacerte daño, a menos que intentes luchar contra ellas. No cabe dudas de que ver una ola inmensa aproximándose puede dar miedo, pueden hacernos sentir mal momentáneamente e incluso puede parecer que será el fin del mundo, pero al final terminarán disolviéndose en la arena. 

Cuando en la vida atravesamos situaciones que se asemejan a esas olas gigantes, es comprensible que nos sintamos atemorizados, tristes o ansiosos; pero alimentar los pensamientos negativos solo generará más miedo, frustración y agotamiento psicológico. En vez de resistirnos a esas situaciones, intentar huir de ellas o negarlas, simplemente debemos aceptarlas e intentar paliar el golpe de la mejor manera posible. Eso no es resignación, es inteligencia. 

¿Cómo controlar las emociones negativas con la metáfora de las olas? 


La metáfora de las olas en la playa te ayudará a distanciarte de esos pensamientos irracionales que alimentan las emociones negativas. Nos ayuda a comprender que en muchas ocasiones nuestro sufrimiento no viene de lo que nos ocurre sino de lo que nos decimos a nosotros mismos, del diálogo interior que ponemos en marcha. Cuando le damos demasiada importancia a nuestras historias y preocupaciones, solemos acrecentar el sufrimiento. 

Los pensamientos y emociones no tienen más poder del que les des. Al final, las olas acabarán desapareciendo y el mar volverá a estar en calma. Este ejercicio de visualización es muy eficaz para lidiar con las situaciones complicadas cuando los pensamientos y emociones negativas quieren tomar el control. 

1. Observa tus emociones 

Nota tus emociones y sentimientos 

Da un paso atrás, metafóricamente, para que puedas convertirte en un espectador de tus “olas interiores” 

2. Experimenta tus sensaciones 

Céntrate en tus “olas interiores”, percibe cómo las emociones van y vienen 

Frena el impulso de bloquear esas sensaciones 

No intentes deshacerte de ellas 

No las alejes, pero tampoco te aferres a ellas 

3. Asume que no eres esas sensaciones 

Detén el impulso de actuar, comprende que no necesitas actuar en consecuencia 

Recuerda los momentos en los que te has sentido de manera similar en el pasado, recuerda que al final, esas emociones han desaparecido 

Deja ir las preocupaciones asociadas con esas emociones y sensaciones 

4. Siéntete cómodo con tus emociones y sensaciones 

No juzgues lo que sientes 

Acepta plenamente esas emociones, dales un nombre 

Finalmente, asume que son como las olas del mar y aprende a fluir con ellas, sin que te hagan daño.
Leer Más

Personas sabelotodo: Egos desmesurados que impiden crecer


Hay gente inteligente y sensible que, aunque tiene más conocimientos y recursos, no deja en evidencia a los demás sino que maneja bien los tiempos y protocolos para que los otros no se sientan incómodos. Y también hay personas sabelotodo que adoptan una actitud arrogante, que presumen de saberlo todo y, por tanto, opinan de todo, en cualquier momento o lugar, rayando en la insolencia, por lo que a menudo terminan ofendiendo, hartando o desesperando a quienes le escuchan. 

Psicólogos de la Universidad de Michigan analizaron esta actitud para determinar si las personas sabelotodo realmente conocen más que los demás y si esa creencia de superioridad les permitía aplicar mejores estrategias de aprendizaje que les permitan profundizar en los conocimientos. En otras palabras, querían saber si esa prepotencia intelectual nacía del conocimiento y les reportaba algún beneficio. 

Descubrieron que las personas sabelotodo, incluso cuanto no entendían algo, afirmaban saber más que los demás y que se empeñaban en buscar información para confirmar su visión parcial mientras ignoraban los datos que les hacían parecer menos inteligentes. En otras palabras, esa actitud arrogante intelectualmente no proviene del conocimiento sino más bien de su ausencia. 

Mientras menos sepamos, más nos aferraremos a nuestras creencias 


En la investigación, los participantes debían rellenar una serie de cuestionarios para demostrar su conocimiento sobre política, pero los psicólogos insertaron algunas trampas: términos inventados. Curiosamente, las personas sabelotodo seleccionaban más términos falsos e insistían en que los conocían. Al contrario, las personas que demostraban un conocimiento más sólido, solían asumir una actitud más humilde y a veces incluso subestimaban su conocimiento. 

Esto recuerda las palabras del filósofo británico Betrand Russell: “El mayor problema del mundo se debe a que los ignorantes y los fanáticos están demasiado seguros de sí mismos y las personas inteligentes están llenas de dudas”. En la Psicología, esto se conoce como efecto Dunning-Kruger

En otra fase de la investigación, algunos participantes leyeron un artículo sobre un tema controvertido que concordaba con su punto de vista y otro grupo leyó un ensayo que difería con sus ideas. 

Una persona inteligente, cuando encuentra información que contradice sus puntos de vista, debería buscar un punto de equilibrio y reflexionar sobre sus creencias poniendo en marcha un pensamiento crítico. Sin embargo, los psicólogos descubrieron que los sabelotodos solían elegir los datos que respaldaban sus creencias e ignoraban aquellos que las contradecían. 

Obviamente, esa forma de afrontar la realidad alimenta su sentido de superioridad intelectual, además de hacerles perder oportunidades para ampliar su conocimiento integrando otros puntos de vista. En otras palabras, las personas sabelotodo se han encerrado en su sistema de conocimientos y creencias, que asumen como una verdad absoluta, y se niegan a valorar otras ideas que no coincidan con las suyas. 

Un “yo” maduro se equivoca, lo reconoce y cambia 


Hasta cierto punto, todos tenemos la tendencia a rehuir los argumentos que refutan nuestras creencias porque nuestro cerebro odia la disonancia cognitiva. No cabe duda de que validar nuestras creencias sienta bien mientras que verlas desafiadas genera incomodidad, sobre todo cuando se trata de creencias importantes o muy arraigadas. 

Sin embargo, una persona inteligente se mantiene abierta a nuevas oportunidades y si se equivoca, reconoce su error porque es consciente que para crecer y avanzar es necesario dejar atrás muchas certezas. Las personas sabelotodo, al contrario, caen en su propia trampa: al basar su autoestima en sus “amplios conocimientos”, cuando estos son puestos en entredicho, se sienten inferiores, entran en crisis y necesitan desesperadamente validar esos conocimientos para volver a sentirse importantes. 

El problema de las personas sabelotodo es que, en el fondo, esa estrategia de intimidación intelectual es una máscara para esconder una profunda inseguridad personal. Para reconocer nuestros errores y cambiar nuestras creencias se necesita un “yo” maduro y seguro de sí mismo, que no tenga miedo a la actualización constante y a dejar atrás las certezas para abrirse a la incertidumbre. 

La solución para las personas sabelotodo radica en romper ese círculo vicioso. Comprender que aferrarse a ciertas creencias en realidad les impide seguir explorando, descubriendo y aprendiendo. Es un paso difícil, pero no imposible. 

Fuente: 
Hall, M. P. & Raimi, K. T. (2018) Is belief superiority justified by superior knowledge? Journal of Experimental Social Psychology; 76: 290-306.
Leer Más