+ ArtículosTrastornos psicológicos

Bailar mantiene tu cerebro en forma


Sócrates, el maestro de la dialéctica, solía bailar solo y animaba a todos a seguir su ejemplo. “El entrenamiento musical es un instrumento más potente que cualquier otro, porque el ritmo y la armonía se abren camino hacia los lugares interiores del alma (…) y también porque quien ha recibido esta verdadera educación del ser interior percibirá con mayor astucia omisiones o fallas en el arte y la naturaleza”, escribió. 

Hoy la ciencia confirma que bailar no solo es un excelente ejercicio físico sino que también es beneficioso para el equilibrio psicológico. Sabemos que el baile estimula la producción de serotonina, la cual nos ayuda a reducir el estrés y provoca una agradable sensación de bienestar y relajación. Por eso, no hay dudas de que bailar nos hace más felices. Sin embargo, lo que no sabíamos era que el baile actúa como una red de protección para nuestro cerebro ayudándonos a conservar las funciones cognitivas. 

Bailar protege más nuestro cerebro que hacer crucigramas o leer 


Un estudio muy interesante realizado en el Albert Einstein College of Medicine comprobó por primera vez el enorme impacto que tiene el baile en la salud de nuestro cerebro. Los investigadores analizaron a 469 adultos mayores durante un periodo de 5 años para descubrir cómo sus actividades físicas o recreativas influían en su agudeza mental. 

Analizaron actividades cognitivas como leer libros, escribir por placer, hacer crucigramas, jugar a las cartas y tocar instrumentos musicales. También analizaron el impacto de las actividades físicas como jugar al tenis o al golf, nadar, ir en bici, bailar, caminar y encargarse de las tareas domésticas. 

Descubrieron que algunas actividades no marcaban ninguna diferencia, pero otras parecían proteger del declive cognitivo. La lectura disminuía en un 35% el riesgo de padecer demencia y hacer crucigramas al menos 4 días a la semana reducía ese riesgo en un 47%. 

Sin embargo, las actividades físicas no brindaban ninguna protección especial, a excepción de una: bailar. Los ancianos que bailaban con frecuencia tenían un 76% menos de probabilidades de padecer demencia y conservaban mejor sus funciones cognitivas. 

Otro estudio más reciente llevado a cabo en la Universidad de Magdeburg profundizó en los efectos del baile a nivel cerebral. En esta ocasión los neurocientíficos trabajaron con 52 adultos mayores, la mitad de ellos fueron asignados a un grupo de danza y la otra mitad hizo ejercicio físico. 

Al cabo de 1 año y medio, en las personas que bailaban se constató un mayor incremento del volumen del hipocampo, la región del cerebro relacionada con el aprendizaje y la memoria. Sin embargo, lo más sorprendente fue que también se habían producido cambios importantes en el subículo, una mejoría que no se apreció en quienes se limitaban a hacer ejercicio físico. 

El subículo es un área del hipocampo relacionada con la memoria operativa, que es una de las que primero se daña en las demencias y desde donde parten proyecciones hacia la corteza prefrontal y la amígdala, de manera que es vital para controlar nuestras emociones y tomar decisiones racionales. 

Bailar estimula la neurogénesis y la plasticidad cerebral 


¿Por qué bailar es tan beneficioso para nuestro cerebro? 

Primero debemos entender cómo se produce el declive cognitivo. Básicamente, cuando las neuronas mueren y las sinapsis se debilitan, perdemos el acceso a la información o habilidades que se encontraban “almacenadas” en esa zona. 

Por desgracia, no podemos detener el proceso de muerte neuronal, pero podemos crear procesos paralelos para sortear el envejecimiento cerebral. ¿Cómo? Cultivando desde una edad temprana una complejidad sináptica que siente las bases para que nuestro cerebro pueda reestructurarse constantemente. 

En otras palabras: cuántos más puentes construyamos en la juventud para cruzar al otro lado del río, más fácil nos resultará atravesarlo cuando lleguemos a la vejez porque nuestro cerebro estará acostumbrado a reestructurarse y buscar nuevas autopistas neuronales. 

Bailar contribuye a esa plasticidad cerebral porque integra integra diferentes funciones cerebrales a la vez, mejorando la conectividad neuronal. Además, el baile también estimula el factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína que interviene en el nacimiento de nuevas células nerviosas. Por tanto, no solo potencia el crecimiento de nuevas neuronas sino que también contribuye a consolidar nuevas autopistas neuronales que alimentarán nuestras reservas cognitivas. 

Fuentes: 
Rehfeld, K. et. Al. (2017) Dancing or Fitness Sport? The Effects of Two Training Programs on Hippocampal Plasticity and Balance Abilities in Healthy Seniors. Frontiers in Human Neuroscience; 11:305. 
Verghese, J. et. Al. (2003) Leisure Activities and the Risk of Dementia in the Elderly. N Engl J Med; 348(25): 2508-2516.
Leer Más

¿Por qué los niños ven la misma película 100 veces?


“¿No te cansas de ver tantas veces la misma película?” es una frase que probablemente le habrás dicho a tu hijo en más de una ocasión cuando le ves casi “obnubilado” mirando por enésima vez las escenas que ya debe conocer de memoria. 

Sin embargo, la mayoría de los niños disfrutan muchísimo viendo repetidamente la misma película o dibujo animado. Y lo más curioso es que se mantienen concentrados como si fuera la primera vez. A pesar de que pueden haber memorizado algunos de los diálogos o incluso se ríen de antemano sabiendo lo que sucederá, no parecen aburrirse. ¿Cómo es posible? Existen varias razones.

Los niños no entienden por completo la película la primera vez que la ven


Aunque las películas infantiles tienen una velocidad más pausada que las de adultos, en la pantalla ocurren muchísimas cosas: intervienen varios personajes, hay conversaciones, se despliegan emociones, se producen reacciones… Con tantas cosas sucediendo al mismo tiempo, es muy fácil que los niños se pierdan varios detalles.

En otras palabras, la capacidad de atención y procesamiento cognitivo de los niños pequeños no puede seguir el ritmo, casi “frenético” para ellos, de la película. Obviamente, eso dificulta la comprensión de lo que está ocurriendo. Por eso, cada vez que el niño ve la película, capta nuevos detalles que antes no había percibido, lo cual le ayuda a apreciar mejor la historia. 

Lo interesante es que a medida que el niño se familiariza con la historia y los personales, le resulta más sencilla. Dado que debe realizar un menor esfuerzo cognitivo, disfruta mucho más lo que ocurre y establece una conexión emocional más fuerte, lo cual hace que esa película le guste cada vez más. 

La repetición les hace sentir que el mundo es un lugar seguro


Otra de las razones por la cual los niños pueden ver la misma película decenas de veces es porque disfrutan de la repetición. La repetición, que a muchos adultos nos hastía, a los niños les ofrece la sensación de que el mundo es un lugar predecible y seguro.

Cuando los pequeños pueden predecir lo que ocurrirá a continuación y validan sus expectativas, se sienten empoderados y tienen la confianza que les reporta saber que al menos pueden dominar un pedacito del mundo que para ellos aún es bastante caótico.

No debemos olvidar que a todos nos gusta predecir cómo irán las cosas, nos da la sensación de seguridad y sentimos una profunda satisfacción cuando vemos que nuestras predicciones eran certeras. Lo mismo les ocurre a los pequeños. De hecho, en ellos ese efecto es aún más pronunciado ya que muchas de las cosas que experimentan son nuevas, su cerebro se ve bombardeado continuamente de nueva información que puede llegar a ser abrumadora, por lo que la repetición es ese oasis de seguridad al cual aferrarse.

Es una valiosa estrategia de aprendizaje que estimula el pensamiento


Cuando los niños ven la misma película una y otra vez, predicen involuntariamente lo que va a ocurrir, lo cual les ayuda a desarrollar el pensamiento lógico y a comprender las relaciones causa/efecto, una habilidad compleja que resulta fundamental para que los pequeños puedan comprender el concepto de consecuencias. 

Por otra parte, la repetición también es una de las mejores maneras para que los niños pequeños aprendan y adquieran nuevas habilidades. De hecho, a los niños también les encantan que los padres les lean una y otra vez los mismos cuentos, lo cual les permite entender mejor la historia, desarrollar la memoria y adquirir vocabulario.

En este sentido, un estudio realizado en la Universidad de Sussex confirmó que los niños aprenden más cuando se les lee algo una y otra vez. Los psicólogos analizaron a niños de 3 años, a algunos les leían la misma historia varias veces, a otros les leían historias diferentes, y comprobaron que los pequeños que adquirieron más vocabulario fueron aquellos que se expusieron a la repetición de historias.

Por tanto, cuando tu hijo quiera ver la película que ya ha visto decenas de veces, simplemente déjale. Su cerebro se beneficiará.


Fuentes:
Horst, J. S. et. Al. (2011) Get the Story Straight: Contextual Repetition Promotes Word Learning from Storybooks. Front Psychol; 2: 17.
Leer Más

Fatiga de privacidad: Un estudio revela el nuevo "trastorno" que nos acecha en las redes sociales


Hace apenas unos días, una joven publicó un vídeo en Facebook donde se apreciaba a una señora que la increpaba con actitud desafiante porque su bebé estaba llorando en el avión. Su objetivo era que lo vieran sus familiares y amigos, pero el vídeo se volvió viral y acaparó los titulares de la prensa de medio mundo, así que la señora fue despedida de su trabajo de 95.000 dólares anuales porque la empresa consideró que su comportamiento era “inaceptable” y no daba una buena imagen. La joven se disculpó pues no creyó que el vídeo tuviera un impacto tan grande, pero el daño ya estaba hecho.

No es el primer caso, y no será el último, en el que la barrera entre lo privado y lo público se difumina, o más bien desaparece por completo, en las redes sociales. De hecho, ahora mismo podemos entrar en redes como Facebook y husmear en los perfiles de personas que conocimos hace años o de gente que acabamos de conocer. Podemos ver sus fotos, conocer a sus hijos, ver sus casas, saber dónde pasaron sus últimas vacaciones, cuál es su restaurante favorito e incluso ser testigos de discusiones personales que antes se quedaban entre las cuatro paredes del hogar y hoy se ventilan…

¿Cómo es posible? La explicación a algunos casos podría estar en el fenómeno psicológico de la “fatiga de privacidad”. De hecho, si te preocupa divulgar demasiada información sobre ti pero no sabes muy bien cómo trazar esa línea entre lo público y lo privado, es probable que también llegues a sufrir esa fatiga, que te haga abrir las compuertas y exponga casi por completo tu vida privada ante las miradas de los curiosos.

¿Qué es la fatiga de privacidad?


Un grupo de psicólogos del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología de Ulsan se han dedicado a analizar cómo lidian las personas con la barrera entre lo público y lo privado. Se dieron cuenta de que quienes están muy preocupados por las amenazas a su seguridad y privacidad online, suelen padecer lo que denominaron “fatiga de privacidad”.

Lo definieron como “una sensación de cansancio relacionada con la privacidad, en la que la persona cree que no existe una manera eficaz de gestionar su información personal en Internet”. 

Estos psicólogos también notaron que el grado de fatiga de privacidad varía de una persona a otra pero, en sentido general, creen que nos afecta a todos y que la necesidad de tener que trazar continuamente esa línea divisoria entre la información privada y la personal para proteger nuestra intimidad, nos está agotando cada vez más. El problema es que cuando somos víctimas de la fatiga de privacidad, se produce un efecto boomerang que nos hace bajar las defensas.

Los síntomas de la fatiga de privacidad


Estos psicólogos explican que la fatiga de privacidad genera los mismos síntomas que provocan otras formas de fatiga. En práctica, llega un punto en el que sentimos que tenemos que satisfacer tantas demandas y tener en cuenta tantos detalles, que sobreviene el agotamiento.

El agotamiento perpetuo nos conduce al siguiente nivel, en el que experimentamos frustración, desesperanza e incluso desilusión. En cierto punto, podemos comenzar a sentir una pérdida de eficacia, sentimos que nada de lo que hagamos será suficiente, hasta caer en la indefensión aprendida.

En el caso de la fatiga de privacidad, simplemente sentimos que no podemos mantenernos actualizados porque la información fluye con demasiada rapidez y los cambios son constantes. Al respecto, el filósofo Zygmunt Bauman había dicho que las autopistas de la información que prometen llevar a los viajeros a sus destinos con mayor rapidez y esfuerzo del esperado, pueden llegar a ser muy agobiantes.

La paradoja de la privacidad


Estos investigadores descubrieron que las personas realmente preocupadas por su privacidad pero que no están fatigadas, evitan divulgar información personal pero quienes ya sufren fatiga, simplemente no tienen la voluntad suficiente para controlar el proceso. En otras palabras, se rompen los diques y la línea entre lo íntimo y lo público desaparece.

Esa fatiga hace que hagamos clic en el botón “Aceptar” sin pensar en nada más. El agotamiento emocional provoca que nos olvidemos de la necesidad de proteger nuestra intimidad, que seamos más descuidados y que nos expongamos más en la arena pública.

Esto da pie a la “paradoja de la privacidad”: las personas continúan revelando detalles personales a pesar de que les preocupa su segurdad y privacidad. Por supuesto, las causas no se encuentran únicamente en esa fatiga emocional sino que son muchas más profundas, enraizándose en el nuevo reto que suponen las redes sociales para lograr un equilibrio entre la autoafirmación individual y la construcción comunitaria. 

La privacidad es el ámbito que se supone de dominio personal, el territorio de la soberanía personal indivisa en cuyo interior uno tiene el poder completo e indivisible de decidir qué y quién soy”, escribió Zygmunt Bauman. 

Sin embargo, las redes sociales han dado una vuelta de tuerca a ese concepto haciendo que la privacidad se convierta de lugar de empoderamiento a sitio de encarcelamiento donde el dueño del espacio privado no tiene un público ávido y, como tal, siente que no es lo suficientemente valioso. La identidad individual se construye hoy más que nunca a través de la identidad comunitaria, por lo que es cada vez más difícil delimitar lo privado de lo público.

La privacidad como pegamento íntimo


No debemos olvidar que la privacidad no solo implica mantener afuera a los otros, los desconocidos y extraños que pueden hacernos daño, sino que también sirve para enlazar y proteger los vínculos interhumanos más fuertes. Cuando confiamos nuestros secretos a personas muy selectas, esos que ocultamos a los demás, las colocamos en una categoría “muy especial” y tejemos profundas redes de amistad. 

La acción de compartir nuestra intimidad nos deja vulnerables, nos desnuda ante los demás, por lo que es un acto que históricamente nos ha ayudado a designar y retener a los mejores amigos. Si lo compartimos todo en las redes, nos quedamos sin ese “pegamento íntimo” que nos permite establecer relaciones especiales.

De hecho, el psiquiatra Thomas Szasz dijo que “la crisis actual de la privacidad se relaciona de forma inextricable con el debilitamiento y la decadencia de todos los vínculos interhumanos”.

Por tanto, vale la pena volverse a plantear esa línea divisoria, teniendo cuidado de no caer en la fatiga de privacidad.


Fuentes:
Choi, H., Park, J., & Jung, Y. (2018). The role of privacy fatigue in online privacy behavior. Computers in Human Behavior, 81: 42-51.
Bauman, Z. (2011) Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. Madrid: Fondo de Cultura Económica de España.
Leer Más

Estar siempre ocupado destruye tu creatividad


En nuestra sociedad, estar ocupados es prácticamente sinónimo de ser importantes. Muchos incluso presumen de lo ocupados que están, de cuán llena está su agenda y de que no tienen ni un hueco libre. Sin embargo, estar permanentemente ocupados no es una buena idea. De hecho, ¡es un pésimo hábito! A pesar de que hayan intentado vendernos lo contrario diciéndonos que el tiempo es oro y que no deberíamos "perderlo".

Lo ideal para nuestra mente sería equilibrar el pensamiento lineal, que demanda una gran capacidad de concentración, con el pensamiento creativo que nace de la inactividad. Ser capaces de cambiar de enfoque, soñar despiertos y relajarnos sin hacer nada más que descansar, es una habilidad vital que se está viendo seriamente amenazada y prácticamente se encuentra en peligro de extinción por el ajetreo insufrible al que nos sometemos.

El ruido cotidiano que nos satura


La sobrecarga a la que nos estamos sometiendo es simplemente inaudita. Hoy estamos consumiendo cinco veces más información que hace 25 años. Fuera del trabajo procesamos aproximadamente 100.000 palabras por día, una cantidad exagerada.

El problema es que nuestro cerebro en realidad no puede procesar realmente tanta información, por lo que esta termina convirtiéndose en ruido. Leemos noticias pero no las almacenamos en la memoria simplemente porque saltamos con demasiada celeridad de un contenido a otro. 

Ese consumo desmesurado nos lleva a perder tiempo sin aportarnos valor, además de socavar nuestra energía mental. Por si fuera poco, mantenernos continuamente ocupados, como si nos diera miedo a estar a solas con nosotros mismos, mina profundamente la creatividad.

Ser capaces de desconectar es esencial para la creatividad


Para comprender el profundo impacto de estar continuamente ocupados debemos entender que el pensamiento lineal es el resultado de la red ejecutiva central, que demanda todos los recursos de concentración de nuestro cerebro. Sin embargo, el pensamiento creativo es en gran parte resultado de la red neuronal por defecto, la misma que se activa cuando escuchamos música o estamos ociosos.

La creatividad está relacionada con nuestra capacidad para soñar despiertos, la cual estimula el flujo libre y la asociación de ideas, forjando vínculos entre conceptos y modos neuronales que de otro modo no se podrían establecer. Cuando dejamos que nuestra mente vague sin rumbo fijo, descubrimos cosas asombrosas, cosas que se quedan fuera de nuestro alcance cuando estamos ocupados en una tarea.

Para entenderlo mejor, podemos imaginar que el pensamiento lineal es como un túnel, en el que debemos mantenernos concentrados con la vista al frente, intentando alcanzar un objetivo. Ese tipo de pensamiento es importante, pero también nos impide apreciar los detalles que se encuentran a nuestro alrededor. El pensamiento creativo, al contrario, no persigue una meta fija sino que salta y divaga, dejándose atrapar por los detalles, como cuando caminamos a campo traviesa. 

No es casual que muchas de las mentes más brillantes de la historia fueran conscientes de la necesidad de desconectar e hicieran algunos de sus grandes descubrimientos mientras disfrutaban de la tranquilidad. Nikola Tesla tuvo la idea sobre la rotación de los campos magnéticos mientras daba un paseo tranquilo por Budapest y a Albert Einstein le gustaba relajarse escuchando a Mozart cuando descansaba de sus intensas sesiones de trabajo.

Para entrar en ese modo, debemos presionar el botón de reinicio, lo que significa dejar espacio en nuestra jornada para estar tumbados sin hacer nada, meditar o relajarse con música instrumental. Es una misión imposible cuando cada momento libre que tenemos, ya sea en el trabajo o en casa, lo aprovechamos para hacer esa tarea que tenemos pendiente o para revisar el smartphone.

Adictos a la estimulación constante


Poco a poco, el sistema de atención de nuestro cerebro se acostumbra a recibir una estimulación constante; hasta el punto que nos volvemos adictos a ese flujo continuo de información y cuando se interrumpe, sufrimos un auténtico síndrome de abstinencia, nos sentimos inquietos e irritables. Nos convertimos en adictos a los estímulos y la actividad.

Eso es muy peligroso para nuestra calidad de vida porque no solo nos arrebata nuestra creatividad, sino también nuestra capacidad para relajarnos, haciendo que estemos continuamente en “modo alerta”. A la larga, esa conexión constante, la incapacidad para relajarnos y simplemente no hacer nada, termina pasándonos factura a nivel cognitivo, emocional y físico. 

El periodista Michael Harris escribió sobre la importancia de relajarse y hasta aburrirse en la era de la sobrecarga cognitiva: “Tal vez necesitemos incluir la escasez en nuestras comunicaciones, las interacciones y las cosas que consumimos. De lo contrario, nuestras vidas se convertirán en una transmisión en código Morse sin interrupciones: un enjambre de ruido que cubre los valiosos datos que se encuentran debajo”.

Por tanto, es conveniente que todos nos replanteemos nuestro día a día y seamos capaces de salir de ese estado de superficialidad frenética, que nos deshagamos de la adicción a los estímulos y nos aseguremos tiempo para dejar pasar el tiempo.
Leer Más

Un ilustrador suizo dibuja las contradicciones que nos atrapan

Muchas veces una imagen vale más que mil palabras. Las imágenes tienen la capacidad de resonar en nuestro cerebro emocional, despertando una conciencia más clara que un discurso bien hilvanado. Tal es el caso de las atrevidas ilustraciones del artista suizo Stephan Schmitz, quien nos hace reflexionar con sus trazos minimalistas y sus colores delicados sobre nuestra ralidad y la sociedad en la que vivimos.

Cada una de sus ilustraciones se convierte en un guiño visual, una crítica ácida al sistema de valores que hemos creado y asumido sin cuestionarlo demasiado. Son imágenes muy sencillas cuyo poder emana de su cotidianidad ya que este artista refleja muchas situaciones en las que todos, alguna que otra vez, nos hemos visto inmersos. 

Dicotomías cotidianas, emociones contrapuestas, valores antagónicos y cercanías distantes...


1. Esas conversaciones intrascendentes y banales propias de las relaciones líquidas de las que nos gustaría escapar gustosos. Conversaciones en las que no conectamos pues cada quien está demasiado centrado en sí mismo como para empatizar con el otro.


2. La exaltación sin matices del optimismo tóxico que a menudo se produce cuando quienes no tienen idea de la magnitud de nuestros problemas nos instan -o casi obligan- a poner buena cara al mal tiempo.


3. Asumir determinados roles sociales y responsabilidades que los demás no nos reconocen ni agradecen. 


4. La terrible necesidad de desconectar y dejar volar la mente, aún a riesgo de ser diferentes de los demás, sintiéndote incluso culpable por ello.


5. La estela de fracasos y errores que a menudo se encuentra detrás del éxito y a la que casi nadie presta atención.


6. Detrás de una puerta que se abre, no siempre se esconde una oportunidad. A veces hay que luchar con los muros que pone la vida.


7. Algunas personas, incluso aquellas más cercanas en quienes confiamos, podrían no estar a nuestro lado cuando más las necesitemos.


8. Aparentar estar bien, cuando en realidad en tu interior te estás haciendo añicos. Una dualidad que suelen conocer perfectamente quienes padecen la "Depresión Sonriente". 


9. Quedarse en la orilla porque es lo que “corresponde”, cuando en realidad una parte de nosotros ya partió hace mucho tiempo. 


10. Vivir en la realidad maquillada de las redes sociales, mientras la vida real transcurre en su lenta monotonía cotidiana.


11. Vivir corriendo, siempre ocupados, apresurados por ninguna parte, sin darnos cuenta de que el tiempo de nuestra vida transcurre y nos perdemos lo mejor.


12. Postergar la vida a un mañana, que quizá no llegue, solo porque se supone que debemos pasar los mejores años de la vida esforzándonos.


13. Convertirse en actores pasivos de nuestra vida, dejando que sean los demás quienes asuman los roles protagónicos.


14. Los diferentes “yos” que habitan en nuestro interior, personalidades que muchas veces no se integran de manera saludable y terminan representando un enorme costo psicológico.


15. El exceso de "conocimientos" puede volvernos "ciegos", hacer que nos convirtamos en personas dogmáticas y rígidas que niegan el cambio y se cierran a nuevas perspectivas.


Leer Más

La "enfermedad del más": Obsesionados por tener una vida siempre mejor


Hace poco conocí a un hombre que tenía un negocio enorme y exitoso, su estilo de vida era increíble, estaba felizmente casado y tenía una sólida red de amigos. Sin embargo, me dijo con cara muy seria que debía contratar a un coach para que lo ayudara a “alcanzar el siguiente nivel”.

Asombrado, le pregunté cuál era ese siguiente nivel. 

Me respondió que no lo tenía claro, por eso precisamente necesitaba un coach que le señalara sus puntos débiles y le mostrara qué se estaba perdiendo de la vida.

Era evidente que aquel hombre estaba dispuesto a gastar mucho dinero para solucionar un problema que ni siquiera sabía exactamente cuál era.

- ¡Ah! ¿Y si no hay nada más que arreglar? – le pregunté.

- ¿Qué quieres decir? - me preguntó.

- ¿Qué pasa si no hay un “próximo nivel”? ¿Qué pasa si es solo una idea que tienes en tu mente? ¿Qué pasa si ya estás en ese nivel pero aún no lo reconoces y te empecinas en perseguir constantemente algo más, un objetivo evasivo? ¿Qué pasa si te estás negando disfrutar de lo que ya tienes?”

El hombre se irritó con esas preguntas. Era evidente que no se las había planteado. Finalmente dijo:

- Siento que siempre hay algo que mejorar, pase lo que pase y consiga lo que consiga. 

Y dio por zanjado el tema.

Esta historia, contada por el periodista Mark Manson, podría ser un problema que nos aqueje a todos. ¿Y si estuviéramos sufriendo la “enfermedad del más”?

La enfermedad del más 


Pat Riley, un famoso entrenador de baloncesto en la NBA, afirmó que la caída de los Lakers después de su periodo de estrellato y gloria en la década de 1980 se debió a que los jugadores se centraron demasiado en sí mismos y querían cada vez más.

Cuenta que al principio, los jugadores solo querían ganar el campeonato, pero una vez que se convirtieron en campeones, ya no fue suficiente. Su atención se centró en otras cosas: conseguir más dinero, más anuncios de televisión, más apoyos y elogios, más tiempo en el juego, más atención de los medios y un largo etcétera.

Como resultado, lo que una vez fue un grupo cohesionado, comenzó a deshilacharse. Cuando llegó la “enfermedad del más”, como la calificó aquel entrenador, la química perfecta del equipo se convirtió en un desastre tóxico. 

No es el primer equipo deportivo que pasa por esa situación y tampoco será el último. Sin embargo, lo más interesante es que todos podemos sufrir la “enfermedad del más” y quedarnos atrapados en el laberinto de insatisfacción que nosotros mismos construimos.

Más no siempre es mejor


A lo largo de la historia de la Psicología, los psicólogos se centraron en analizar qué causaba los problemas mentales. Su interés por la felicidad es muy reciente. Uno de los primeros estudios en este campo fue una simple encuesta en la que los participantes debían responder dos preguntas:

1) En una escala del 1 al 10, ¿cuán feliz te sientes en este momento?

2) ¿Qué ha sucedido para causar esos sentimientos?

Ed Diener, psicólogo de la Universidad de Utah, recopiló miles de valoraciones de cientos de personas en todos los ámbitos de la vida. Y descubrió un fenómeno sorprendente aunque, de cierta forma, también bastante aburrido.

Casi todo el mundo reportaba un 7 durante gran parte del tiempo.

En la tienda haciendo las compras. Siete. En el partido de fútbol de mi hijo. Siete. Hablando con el jefe sobre una venta. Siete. 

Incluso cuando ocurrían grandes problemas, los niveles de felicidad bajaban en un rango del 2 al 5 pero durante periodos cortos de tiempo para luego volvían a subir rápidamente.

Lo mismo ocurría con los eventos muy positivos, como ganar la lotería, irse de vacaciones o incluso casarse, las valoraciones se disparaban pero solo durante un corto período de tiempo para luego volver a estabilizarse en el número 7.

Estos resultados nos muestran que nadie está completamente feliz la mayor parte del tiempo pero tampoco completamente descontento. Parece ser que pensamos que las cosas van bien, pero podrían ir mucho mejor.

Ese 7 constante, al que volvemos una y otra vez, nos tiende una trampa mortal pues nos dice: “Si pudieras tener un poco más, podrías llegar al 10 y quedarte allí”.

Así, vivimos gran parte de nuestra vida persiguiendo el 10 soñado. Creemos que seremos más felices cuando tengamos ese trabajo ideal, cuando nos compremos la nueva casa, cuando nos vayamos de vacaciones, cuando encontremos a nuestra media mitad... El problema es que siempre hay más. Siempre queremos más.

En Psicología, esa persecución constante del placer se denomina "rutina hedónica", lo cual significa que estamos luchando constantemente por tener una "vida mejor", pero al final lo único que conseguimos es gastar muchísima energía para volver al mismo punto: el 7.

¿Eso significa que debemos quedarnos de brazos cruzados y no hacer nada?

No, significa que podemos sentirnos felices ahora mismo y alcanzar ese 10, porque no tenemos que supeditarlo a las cosas o metas que podamos tener o alcanzar. Siempre existe margen para mejorar, pero no hay necesidad de postergar nuestra felicidad actual a lo que podamos -o no- alcanzar en el futuro.

Después de todo, en la vida todo no se resume a mejorar constantemente, tener siempre más y llegar siempre más lejos. En cierto punto, la vida se convierte más bien un juego de compensación. Cuando llegamos a cierto nivel, ir más allá puede significar emplear demasiado tiempo y energía en cosas que realmente no marcarán la diferencia y no nos acercarán más a ese 10 sino que nos harán mantenernos en un 7.

Por tanto, no asumas la vida como si fuera una lista de verificación de cosas por hacer o como una montaña por escalar. La vida es más bien un juego de compensaciones en el que debemos elegir qué estamos dispuestos a dar para obtener otro subidón de adrenalina, otro viaje, otro éxito…

Fuentes:
Diener, E. & Diener, C. (1996) Most people are happy. Psychological Science; 7(3): 181-184.
Diener, E (1994) Assessing Subjective Well Being: Progress and opportunities. Social Indicators Research; 28: 35-89.
Diener, E (1984) Subjective Well Being. Psychological Bulletin; 95: 542-575.
Leer Más

Tener amigos inteligentes nos hace más listos, según la ciencia


Los amigos no son simplemente esas personas con quienes compartimos alegrías y penas, a quienes les contamos nuestros secretos y con quienes vivimos aventuras. Cada vez más estudios ponen de manifiesto la enorme importancia de elegir bien a nuestros amigos ya que su influencia sobre nosotros será decisiva, no solo desde el punto de vista emocional sino también intelectual.

Un estudio realizado en la Universidad de Florida reveló que nuestras madres no andaban tan desacertadas cuando nos animaban a elegir inteligentemente nuestras amistades. No se trata únicamente de que el grupo de amigos pueda ejercer una buena o mala influencia sobre nuestro comportamiento y valores sino que también puede catapultar nuestra inteligencia.

Tener amigos listos catapulta nuestra inteligencia


Los investigadores analizaron a 715 adolescentes, evaluando su nivel de inteligencia para compararla con la de sus compañeros. Descubrieron que el cociente intelectual de cada persona estaba relacionado con el de su mejor amigo o grupo al que pertenecía.

Sin embargo, lo más curioso fue que este fenómeno seguía una tendencia: las personas que se relacionaban con más compañeros muy inteligentes, tenían un CI superior a lo que cabría esperar teniendo en cuenta los tests de inteligencia que habían realizado años atrás.

De hecho, estos psicólogos analizaron a los niños de entre 10 y 11 años y su grupo de amigos, para volver a aplicar las pruebas cuando tenían 15 años y ver qué había cambiado. 

Así comprobaron que no se trata simplemente de que las personas con un CI más alto elijan como amigos a otras personas inteligentes sino que el simple hecho de entrar a formar parte de este tipo de círculo social tiene un efecto positivo y desarrollador sobre la inteligencia, al menos durante las primeras dos décadas de la vida.

Los amigos potencian la Inteligencia Cristalizada


Estos psicólogos explican que “el grupo de amigos tiene un profundo impacto en la motivación de sus miembros”, animando a cada persona a desarrollar al máximo sus habilidades intelectuales. En otras palabras, pertenecer a un grupo que sea  desafiante intelectualmente nos anima a seguir creciendo y amplía nuestro rango de intereses.

Los investigadores también explican que los amigos influyen mucho más en lo que se conoce como “inteligencia cristalizada”, que se encuentra relacionada con el uso de las habilidades, el conocimiento y la experiencia. 

Mientras que la inteligencia fluida hace referencia a nuestra capacidad para resolver problemas nuevos sin tener ningún conocimiento previo, la inteligencia cristalizada se refiere a la amplitud y profundidad de los conocimientos que adquirimos y cómo los usamos de manera creativa y práctica para resolver los problemas.

La inteligencia cristalizada se va desarrollando a lo largo de la vida y es lógico suponer que nuestra red de amigos pueda aportarnos conocimientos y técnicas de resolución de problemas que nos permitan desarrollar nuestras habilidades intelectuales.

Por tanto, ahora ya lo sabes: si tienes un CI ligeramente superior a la media, quizá tendrías que agradecerle unos cuantos puntos a tus amigos de la infancia o la adolescencia.


Fuente:
Meldrum, R. et. Al. (2018) On the Longitudinal Association between Peer and Adolescent Intelligence: Can Our Friends Make Us Smarter? PsyArXiv.
Leer Más