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El método de Abraham Lincoln para protegernos de las críticas destructivas


¿Alguna vez te han hecho una crítica destructiva y sumamente injusta? 

¿Te han juzgado sin comprenderte?

¿Te han hecho daño con palabras duras que no merecías? 

Si en algún momento has sido objeto de una crítica despiadada, es probable que esas palabras se hayan quedado dando vueltas en tu mente, alimentando el rencor, la ira, la inseguridad y/o la culpabilidad. Sin embargo, cuando dejamos que la crítica se transforme en un foco activo de malestar, le damos poder a la persona que nos ha criticado. Y al caer en su juego, perdemos. 

Nadie probó el sabor de las críticas como Abraham Lincoln. El historiador Donald Phillips escribió: “Fue difamado, criticado y odiado tal vez más intensamente que cualquier otro hombre que se postulase para el cargo más alto de la nación…” En la prensa de la época no escatimaron en insultos. Pero Lincoln no se vino abajo. ¿Cómo logro protegerse de las críticas? 

¿Cómo protegerse de las críticas injustas? 


1. Sigue brillando, como la luna 

Cuentan que un día, durante uno de los períodos más oscuros de su presidencia, Lincoln caminaba por una calle cerca del Capitolio en Washington cuando un conocido lo alcanzó. El hombre sacó a relucir el creciente sentimiento anti-Lincoln que se vivía en Washington y extendía por todo el país. 

Con brutal honestidad, relató a Lincoln muchas de las cosas que se decían sobre él y sus políticas. Mientras hablaba, Lincoln permaneció completamente en silencio, escuchando. 

Luego Lincoln se detuvo, miró directamente al hombre y le dijo: 

Te he escuchado, pero déjame contarte otra historia. Usted sabe que todos los perros tienen la costumbre de salir por la noche y aullar a la luna. Y siguen aullando mientras la luna sea visible en el cielo”. 

Entonces dejó de hablar y continuó su caminata. Confundido por la respuesta de Lincoln, el hombre le pidió: 

Señor Lincoln, no ha terminado su historia. ¡Cuéntame el resto!"

Lincoln solo le respondió: 

No hay nada más que contar. La luna sigue brillando independientemente del aullido de los lobos”. 

Lincoln se refería a que en muchas ocasiones simplemente debemos ignorar las críticas injustas, maliciosas y que no nos aportan nada. De hecho, en una carta a Cuthbert Bullitt escribió: “A veces algunas personas pueden intentar humillar mezquinamente a un hombre, solo tendrán éxito si este permite que su mente se desvíe de su verdadero objetivo para meditar sobre ese ataque”. 

2. No respondas impulsivamente, sé autodisciplinado 

A veces es más fácil decir ciertas cosas que llevarlas a la práctica. El escudo de racionalidad y objetividad que podemos construir no es inexpugnable. A veces hay críticas tremendamente injustas que provienen de personas significativas que nos hieren en lo más profundo y provocan una intensa reacción emocional. Lincoln tampoco era inmune a ello. Pero tenía una solución: la autodisciplina. 

Cuando se enfadaba con alguien que le había criticado, le escribía una carta en la que expresaba lo que sentía. Pero nunca las enviaba. Esas cartas fueron descubiertas en un cajón de su escritorio. Lincoln conocía el poder catártico de la escritura, y también era consciente de que podemos arrepentirnos de aquellas decisiones tomadas precipitadamente. Por eso, prefería dar rienda suelta a sus emociones en privado y luego, con la mente más fría, abordar el asunto de manera más tranquila y equilibrada. 

3. Conócete a ti mismo 

La parte más complicada cuando tenemos que lidiar con una crítica, incluso con aquellas injustas, es la parte que podría ser cierta. Si nos ponemos a la defensiva ante una crítica, significa que nos estamos protegiendo de algo. Y ese algo puede ser una debilidad o inseguridad interior. 

El historiador Gleaves Whitney escribió: “El rasgo más importante de la personalidad de Lincoln era la autoconciencia. Eso fue lo que le permitió elevarse desde tales profundidades, soportar tales pruebas y superar tantos problemas como líder. Él sabía quién era”. 

Si estamos seguros de nosotros mismos y nos conocemos lo suficiente, una crítica injusta podría provocarnos perplejidad, pero no necesitaremos defendernos. Al contrario, si creemos que tiene un ápice de verdad porque ha tocado uno de nuestros puntos débiles, intentaremos defendernos. 

Si la crítica, aunque mal expresada, encierra algo de verdad o nos ayuda a darnos cuenta de una inseguridad, debemos trabajar en ello. Eso significa que podemos convertir una crítica aparentemente destructiva en algo constructivo. Y si la crítica es simplemente injusta, podemos ignorarla recurriendo a nuestra fuerza interior. Lincoln lo reafirma: “Asegúrate de poner los pies en el lugar correcto, luego mantente firme”. 

4. Destruye a tus críticos convirtiéndolos en tus amigos 

No me gusta ese hombre. Debo conocerlo mejor”, era una de las máximas de Lincoln. Cuando alguien es muy crítico con nosotros, a menudo es porque no logra comprender nuestra perspectiva. En lugar de enojarse y culpar a quienes no coincidían con sus ideas, Lincoln escuchaba sus argumentos y luego intentaba explicarles su perspectiva. Lo hizo con Frederick Douglass, el líder afroamericano más prominente de la época y un gran crítico de Lincoln. 

Cuando se reunieron, Douglass esperaba que el presidente le devolviera las críticas con ferocidad, pero en su lugar, Lincoln le dijo que había leído su discurso de inicios de 1862 en el que criticaba su “política de tardanza y vacilación” respecto a la emancipación. Recordó el incidente sin rastro de enojo y, tras escuchar lo que Douglass tenía que decirle, le explicó sus razones. Douglass no estuvo de acuerdo con todo lo que dijo el presidente, pero reconoció la honestidad de Lincoln y desde entonces mantuvieron una relación cordial y respetuosa. 

Lincoln se preguntaba: “¿No destruyo a mis enemigos cuando los convierto en mis amigos?” Creía que a veces la amabilidad y el respeto son las mejores armas para defenderse de las críticas, incluso de las más feroces.



Fuentes: 
Thurman, J. (2018) How to Handle Criticism – Abraham Lincoln. En: Thurman
Galbraith, C. (2018) How to handle criticism, the Lincoln way – A message for our time. En: Galbraith
Carlson, P. (2011) Abraham Lincoln Meets Frederick Douglass. En: American History Magazine.
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A más apariencias, más carencias


Dime de qué presumes y te diré de qué careces” dice un refrán popular que algunos han condenado al ostracismo de las verdades molestas. Prisioneros de la dictadura de la apariencia, víctimas de una sociedad de consumo en la que cuanto más tienes más eres, es fácil caer en el error de preocuparnos demasiado por brindar una imagen social de éxito y felicidad, olvidándonos de nuestro auténtico bienestar. 

Seducidos por el canto de sirenas de las redes sociales, que nos prometen una identidad virtual exitosa e impecable, podemos llegar a priorizar tanto nuestra imagen social que el “yo” termina siendo un actor secundario, relegado a un segundo plano, donde languidece en la insatisfacción de lo que podía haber sido, pero no fue.

Complejo de Eróstrato: Especialistas en el arte de aparentar 


Corría el año 356 a. C. cuando en una cálida noche sin luna, un hombre llamado Eróstrato se introdujo a hurtadillas en un templo, se apoderó de una lámpara y la acercó a la tela que envolvía la estatua de Artemisa para incendiarla. Así destruyó el templo de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo antiguo. 

Su mano se movió motivada por la fama. No perseguía otro fin que pasar a la posteridad. Hoy el “complejo de Eróstrato” se utiliza para indicar a aquellas personas que buscan sobresalir a toda costa, que quieren distinguirse y ser el centro de la atención, pero en vez de desarrollar sus cualidades y capacidades para realmente aportar valor, destruyen o construyen una personalidad ficticia. 

Las personas que priorizan las apariencias no han desarrollado completamente todas las facetas de su “yo” y necesitan recurrir a un personaje ficticio para hacer creer a los demás - o autoafirmarse en la creencia – que tienen éxito y son importantes. Para lograr su objetivo, no dudan en inventar o adornar excesivamente situaciones de todo tipo que les permitan transmitir la idea de que llevan una vida feliz y exitosa. 

Estas personas ostentan sus posesiones materiales sin pudor y a menudo también se vanaglorian de sus relaciones sentimentales ya que para ellas son un logro más. Jamás tienen problemas, su vida es simplemente perfecta. De hecho, a veces llegan a creerse tanto el personaje que han construido que, aunque la vida se esté desmoronando a su alrededor como el frágil castillo de naipes que es, se niegan a reconocerlo. 

¿De dónde proviene el deseo de aparentar lo que no somos? 


En la base de las apariencias se encuentra una profunda necesidad de ser aceptados y amados, así como de sentir que somos importantes. Cuando somos pequeños, nos damos cuenta de que los “buenos comportamientos” son premiados en forma de afecto y aceptación, de manera que comenzamos a adaptarnos al medio para obtener la aprobación que necesitamos. 

En la etapa adulta esa respuesta adaptativa puede transformarse en un patrón neurótico. La persona que vive de las apariencias depende casi por completo de las opiniones de los demás, por lo que construye una imagen ficticia con la que pretende granjearse la aceptación que necesita. 

El problema es que en muchos casos termina identificándose con esa imagen. Lo que inicialmente era una respuesta de supervivencia, termina convirtiéndose en una sobreadaptación y la persona decide y actúa buscando la aprobación ajena, olvidándose de sí misma. Se olvida de construir una vida que la haga sentir bien, para crear una vida que se vea bien desde fuera. 

En el fondo, esa búsqueda de aprobación esconde un profundo miedo a ser rechazado y perder el afecto. Estas personas piensan que si se muestran tal cual son, si son auténticas, los demás no las aceptarán. Eso significa que no aceptan algunas de sus características, pero en vez de emprender un trabajo interior para cambiarlas, simplemente deciden esconderlas. Por eso, cada apariencia es el reflejo de una carencia, una meta frustrada y/o un rechazo interior. 

Quien vive para aparentar se olvida de vivir


Las personas que viven para aparentar no han desarrollado una buena conciencia de sí mismas, no tienen una autoestima sólida, sino que dependen emocionalmente de las valoraciones de los demás. Eso les lleva a perder la conexión consigo mismas, no son capaces de identificar sus propias necesidades y pierden de vista los objetivos en la vida ya que su meta se limita a buscar la aprobación construyendo una máscara tras la cual esconderse. 

Como dijera el escritor francés La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. De hecho, es habitual que estas personas se queden atrapadas en la máscara que han construido, víctimas de la superficialidad y las apariencias, sin poder establecer relaciones sólidas y profundas ya que siempre están ocultando su verdadero “yo” y se relacionan a través de una personalidad maquillada. 

Por otra parte, mantener esa imagen de perfección no suele ser fácil. Ya lo decía Karl Kraus: “aparentar tiene más letras que ser”. La persona que quiere ser fiel al personaje que ha construido tiene que someterse a un férreo control y supervisión constante, de manera que sufre una gran presión autoinfringida que puede hacerla estallar en cualquier momento. Y eso no es felicidad. De hecho, es lo más alejado de la felicidad que se desea aparentar. 

De esta manera, cuando más intentemos aparentar, más lejos estaremos de alcanzar eso que aparentamos. Es una doble atadura psicológica porque cuanto más nos preocupemos por aparentar ser felices, menos tiempo tendremos para intentar descifrar que nos hace felices de verdad. 

¿Cómo escapar de las apariencias en la sociedad de las apariencias? 


No podemos negar que la presión social existe y que a todos nos agrada ser aceptados. Sin embargo, debemos asumir que todos no aprobarán cómo vivimos o lo que pensamos. Y eso no significa que tengamos menos valor, simplemente significa que somos únicos. La búsqueda de aceptación y la adaptación terminan allí donde comienza a corroer nuestra identidad empujándonos a convertirnos en algo que no somos.
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¿Estos puntos son azules, púrpura o prueban que jamás seremos felices?


¿Alguna vez has sentido que los problemas se suceden unos tras otros? ¿Que apenas resuelves un problema aparece otro, y luego otro, y otro...? La respuesta, o al menos una parte de ella, podría estar en unos puntos azules y púrpura.

Científicos de las universidades de Harvard, Dartmouth y Nueva York han diseñado una curiosa ilusión óptica que va mucho más allá del engaño de los sentidos para caer en una cuestión más filosófica: ¿Por qué los problemas parecen multiplicarse? ¿Estamos condenados a una vida de insatisfacción? 

¿Cómo las expectativas alteran nuestra percepción?


Estos investigadores mostraron a un grupo de personas una serie de mil puntos, los cuales variaban  su color en las gamas del azul y el púrpura. Los participantes tenían que responder solo una pregunta: ¿El punto en la pantalla es azul o no? 

Parecía una tarea muy sencilla, incluso banal. Y así fue al principio. Durante los primeros 200 ensayos los participantes reconocieron bastante bien las diferencias entre los puntos azules y púrpura. Pero a partir de ese momento algo cambió. 

En la pantalla comenzaron a aparecer más puntos de color púrpura, de manera que los puntos azules prácticamente desaparecieron. Sin embargo, las respuestas de los participantes no reflejaban ese cambio de color. Cuando los puntos azules se volvieron raros, las personas comenzaron a clasificar los puntos de color púrpura como azules. 

Lo más curioso es que los participantes siguieron confundiendo los puntos púrpuras con los azules incluso cuando los investigadores les advirtieron que la cantidad de puntos azules iba a disminuir o cuando les ofrecieron una recompensa económica si no se equivocaban. 

¿A qué se debe ese cambio en la percepción? Los científicos creen que nuestro cerebro no toma decisiones basándose en reglas frías, racionales y completamente objetivas, sino que tiene en cuenta los estímulos previos que ha recibido.

En otras palabras, a medida que la proporción de puntos azules a púrpuras cambiaba, los participantes que esperaban seguir viendo puntos azules, ampliaron su idea de cómo debía verse el azul, de manera que sus respuestas se ajustaran a las expectativas que se habían formado en los primeros ensayos. Dejaron de reaccionar a la realidad y ajustaron su percepción, sin darse cuenta, a sus expectativas.

No vemos el mundo como es, sino como esperamos que sea 


Este experimento nos demuestra que nuestra mente es fácil de engañar. De hecho, ese pequeño “defecto” en nuestro “cálculo mental” va mucho más allá de la percepción y puede tener serias consecuencias en nuestra vida. 

Los investigadores lo demostraron con otros dos experimentos mucho más complejos que elegir entre el púrpura y el azul. 

En uno de ellos, mostraron a los participantes 800 rostros generados por ordenador que variaban en una escala de “amenazante” a “no amenazante”. Una vez más, cuando la cantidad de rostros amenazantes disminuía, los participantes comenzaron a etiquetar como amenazantes los retratos no amenazantes. Eso nos demuestra que si esperamos que exista una amenaza, veremos efectivamente una amenaza. 

El último experimento se movió al plano de la ética. Los participantes debían valorar si estudios más o menos éticos debían seguir adelante. De nuevo, a medida que disminuían las propuestas no éticas, las personas cambiaron su percepción y decisiones, comenzando a calificar las propuestas éticas como no éticas. 

Estos resultados tienen enormes implicaciones para nuestra vida. 

Si nuestro cerebro recalibra constantemente nuestras percepciones basándose en nuestras experiencias anteriores, ¿cómo podemos estar seguros de que vemos las cosas tal como son? Y si no podemos ver las cosas tal como son, no podemos responder de manera adaptativa.

Es probable que, cuantos más problemas solucionemos, más se amplíe nuestro concepto de problema y, por tanto, más problemas detectaremos a nuestro alrededor, de manera que situaciones que antes pasaban desapercibidas, ahora las percibimos como problemáticas. En otras palabras, cuando no tenemos problemas, los inventamos.

En práctica, no es que el vaso esté medio vacío, sino que percibimos que este se hace cada vez más grande, de manera que será cada vez más difícil llenarlo.

Entonces, ¿esa capacidad para ver problemas y amenazas por doquier nos condenaría a un estado de insatisfacción e infelicidad permanente? Es probable.

A menos que seamos conscientes de ese sesgo en nuestra percepción y seamos capaces de protegernos. Bastaría preguntarnos si estamos siendo objetivos, o al menos todo lo objetivos que podemos ser, cuando nos encontramos con un problema, obstáculo, amenaza o conflicto.

Solo así podremos tomar decisiones más objetivas, equilibradas y adaptativas.


Fuentes: 
Gilbert, D. T. et. Al. (2018) Prevalence-induced concept change in human judgment. Science360(6396): 1465-1467. 
Specktor, B. (2018) Are These Dots Purple, Blue or Proof That Humans Will Never Be Happy? En: Live Science.
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Miedo Derivativo: Los temores que nos arruinan la vida, según Zygmunt Bauman

 

El miedo es un sentimiento universal. Aunque no es agradable sentir miedo, este puede llegar a salvarnos la vida ya que desata una reacción de alerta, tanto a nivel psicológico como fisiológico, que nos permite reaccionar con prontitud y ponernos a salvo del peligro. 

El miedo es, pues, una emoción positiva activadora. El problema comienza cuando ese miedo no nos abandona y nos hace creer que estamos en peligro constantemente. Entonces nos condena a vivir con los nervios a flor de piel, esperando una agresión en cualquier momento. El problema comienza cuando padecemos un “miedo derivativo”. Un problema que, según Zygmunt Bauman, es endémico de nuestra sociedad y podría contagiarnos a todos. 

¿Qué es el miedo derivativo? 


El miedo derivativo es una especie de miedo “reciclado”, de carácter social y cultural. “Es un fotograma fijo de la mente que podemos describir como el sentimiento de ser susceptible al peligro: una sensación de inseguridad (el mundo está lleno de peligros que pueden caer sobre nosotros y materializarse en cualquier momento sin apenas media aviso) y de vulnerabilidad (si el peligro nos agrede, habrá pocas o nulas probabilidades de escapar de él o de hacerle frente con una defensa eficaz; la suposición de nuestra vulnerabilidad frente a los peligros no depende tanto del volumen o la naturaleza de las amenazas reales como de la ausencia de confianza en las defensas disponibles)”, en palabras de Bauman. 

¿Cómo surge el miedo derivativo? 


El miedo derivativo surge como resultado de experiencias negativas pasadas, es el “efecto secundario” de la exposición a un peligro que vivimos en carne propia, del que hemos sido testigo o del que hemos escuchado hablar. 

Bauman explica que “el miedo derivativo es el sedimento de una experiencia pasada de confrontación directa con la amenaza: un sedimento que sobrevive a aquel encuentro y que se convierte en un factor importante de conformación de la conducta humana cuando ya no existe amenaza directa alguna para la vida o la integridad de la persona”. 

Es el miedo que nos sigue atenazando después del miedo. Si perdimos a alguien querido, es el miedo residual que nos queda a la pérdida. Si perdimos nuestro trabajo, es el miedo a perder el empleo actual. Si sufrimos un desmayo o un ataque de pánico, es el miedo a volver a pasar por esa experiencia. 

El miedo derivativo se instaura porque es fácilmente disociado de la conciencia; es decir, la sensación de miedo permanece, aunque el peligro haya desaparecido. Disociamos el miedo del factor que lo causó.

La experiencia angustiosa que vivimos fue tan intensa que ha echado a volar nuestra imaginación haciéndonos ver peligros por doquier. Así el miedo termina permeando nuestra visión del mundo. Comenzamos a pensar que el mundo es un lugar hostil y peligroso. 

Los largos tentáculos del miedo derivativo 


El miedo derivativo reorienta la conducta tras haber cambiado la percepción del mundo y las expectativas que guían el comportamiento., tanto si hay una amenaza como si no […] Una persona que haya interiorizado semejante visión del mundo, en la que se incluyen la inseguridad y la vulnerabilidad, recurrirá de forma rutinaria a respuestas propias de un encuentro cara a cara con el peligro, incluso en ausencia de una amenaza auténtica. El miedo derivativo adquiere así una capacidad autopropulsora”, apuntó Bauman. 

Las personas que casi nunca salen de noche, por ejemplo, suelen pensar que el mundo exterior es un lugar peligroso que conviene evitar. Y dado que durante la noche los peligros se vuelven más terroríficos, prefieren mantenerse a salvo en sus casas. Así el miedo derivativo crea un círculo vicioso que se autoalimenta. El miedo lleva a esas personas a recluirse, y cuanto más se recluyan y protejan, más aterrador les resultará el mundo.

Si perdimos a alguien querido, el miedo residual nos llevará a asumir comportamientos sobreprotectores con las personas que aún tenemos a nuestro alrededor. Si perdimos un trabajo, el miedo derivativo nos hará estar tensos en el empleo actual por miedo a equivocarnos y que nos vuelvan a echar. Si sufrimos un ataque de pánico, adoptaremos una actitud híper vigilante en la cual cualquier cambio disparará de nuevo la ansiedad. Así el miedo derivativo autogenera las situaciones que más tememos.

Quienes padecen un miedo derivativo han perdido la autoconfianza. No confían en su fuerza y recursos para afrontar las amenazas, han desarrollado una suerte de indefensión aprendida. El problema es que vivir imaginando peligros y amenazas por doquier no es vivir. 

Ese estado de alerta constante termina pasándonos una elevada factura, tanto a nivel psicológico como físico. Cuando la amígdala detecta una situación de peligro, real o imaginaria, activa el hipotálamo y la glándula pituitaria, que segrega la hormona adrenocorticotropa. Casi al mismo tiempo se activa la glándula adrenal, que libera epinefrina. Ambas sustancias generan cortisol, una hormona que aumenta la presión sanguínea y el azúcar en sangre y suprime el sistema inmunitario. Con ese subidón tenemos más energía para reaccionar, pero si nos mantenemos en ese estado durante mucho tiempo nuestra salud acabará resintiéndose y estaremos continuamente al borde de un ataque de nervios. 

Vivimos en una sociedad que alimenta los miedos derivativos 


Bauman sugiere que vivimos en una sociedad que alimenta desmesuradamente los miedos derivativos. “Más temible resulta la omnipresencia de los miedos: pueden filtrarse por cualquier recoveco o rendija de nuestros hogares y nuestro planeta. Pueden manar de la oscuridad de las calles o de los destellos de las pantallas de televisión, de nuestros dormitorios y de nuestras cocinas, de nuestros lugares de trabajo y del vagón de metro en el que nos desplazamos hasta ellos o en el que regresamos a nuestros hogares desde ellos, de las personas con las que nos encontramos y de aquellas que nos pasan inadvertidas, de algo que hemos ingerido y de algo con lo que nuestros cuerpos hayan tenido contacto, de lo que llamamos naturaleza o de otras personas […] 

“Día tras día nos damos cuenta de que el inventario de peligros del que disponemos dista mucho de ser completo: nuevos peligros se descubren y anuncian casi a diario y no se sabe cuánto más y de qué clase habrán logrado eludir nuestra atención y se preparan ahora para golpearnos sin avisar”. 

El miedo líquido, como también lo denominó, se escurre por doquier y se alimenta a través de diferentes canales porque “la economía de consumo depende de la producción de consumidores y los consumidores que hay que producir para el consumo de ‘productos contra el miedo’ tienen que estar atemorizados y asustados, al tiempo que esperanzados de que los peligros que tanto temen puedan ser forzados a retirarse, con ayuda pagada de su bolsillo, claro está”. 

No podemos olvidar que el miedo es una herramienta útil, no solo para las multinacionales que venden sus productos sino también para los políticos que nos piden nuestro voto e incluso para el Estado que se presenta como nuestro “protector y salvaguarda”. El miedo se capitaliza muy bien porque apaga nuestra mente racional, desencadena un secuestro emocional en toda regla que nos impide pensar en otra cosa que no sea ponernos a salvo. A través de este mecanismo malsano, quien desata el miedo también nos ofrece una “solución paliativa”. 

Así “la lucha contra los temores ha acabado convirtiéndose en una tarea para toda la vida, mientras que los peligros desencadenantes de esos miedos han pasado a considerarse compañeros permanentes e inseparables de la vida humana”. 

¿Qué hacer? ¿Cómo escapar de ese mecanismo? 

Derribar los miedos derivativos para vivir de manera más plena


1. Pon los miedos en contexto. Ante todo, debemos ser conscientes de que “son muchos más los golpes que siguen anunciándose como inminentes que los que llegan finalmente a golpear”, según Bauman. Eso significa que la sociedad o nuestra imaginación producen más situaciones atemorizantes que aquellas que realmente llegan a ocurrir. Adoptar esta perspectiva nos permite asumir una distancia psicológica de aquello que nos atemoriza para darnos cuenta de que las probabilidades de que ocurra realmente son más pequeñas de lo que pensamos. 

2. Lo que pasó, no tiene por qué volver a pasar. Hay experiencias de vida duras que son difíciles de superar. No cabe dudas. Sin embargo, aunque el miedo derivativo que generan es comprensible, no es sostenible. Eso significa que el pasado debe ser una fuente de sabiduría, resiliencia y fuerza para afrontar el futuro, no una excusa paralizante que limite nuestras potencialidades. 

3. La vida es una aventura atrevida, o no es nada. Huir del miedo es temer. Nuestra extraordinaria capacidad para proyectarnos al futuro también nos hace temer lo incierto, imaginando monstruos atemorizantes que nos acechan. Es el dilema humano. Para escapar de ello necesitamos hacer nuestro este maravilloso mensaje de Bauman: “saber que este mundo en el que vivimos es temible, no significa que vivamos atemorizados”. Algunos peligros existen, no podemos hacer caso omiso de ellos, pero tampoco podemos dejar que condicionen nuestras decisiones y nos impidan vivir plenamente. Después de todo, "la vida es una aventura atrevida o no es nada", según Hellen Keller.


Fuente: 
Bauman, Z. (2010) Miedo líquido. Barcelona: Editorial Paidós.
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¿Cómo ayudar a una persona con un trastorno mental?


El dolor mental es menos dramático que el dolor físico, pero es más común y también más difícil de soportar”, escribió C. S. Lewis. Por desgracia, lejos de disminuir, la prevalencia de los trastornos mentales sigue aumentando. 

La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión afecta a 300 millones de personas en todo el mundo, el trastorno afectivo bipolar aqueja a 60 millones de personas y la psicosis afecta a 21 millones de personas. 

Un estudio realizado en la Universidad de California estimó que la mitad de las personas padecerá un problema psicológico en algún momento de sus vidas. Esas cifras indican que, si los problemas psicológicos no te afectan directamente, es probable que conozcas al menos a una persona cercana que necesite tu ayuda para recuperarse. 

Cinco estrategias para ayudar a una persona con un trastorno mental 


1. Infórmate sobre los trastornos mentales y aléjate de los estereotipos 

Durante décadas los trastornos mentales han arrastrado la losa de la incomprensión, siendo objeto de malinterpretaciones, información falsa y todo tipo de tabúes. La desinformación y los prejuicios no ayudan precisamente a la persona que sufre un trastorno mental, más bien la hacen sentir inadecuada, aislada e incomprendida. Por eso, el primer paso para ayudarle consiste en informarse. 

Existen diferentes trastornos mentales, todos no se manifiestan de la misma manera ni demandan el mismo acercamiento o actuación. No es lo mismo la ansiedad que la depresión, el trastorno de personalidad que la esquizofrenia. Es fundamental que te informes sobre la naturaleza de los síntomas y las opciones de tratamiento que existen para el problema mental en cuestión. 

2. Sé comprensivo y empático, sin caer en la lástima 

Los trastornos mentales no solo afectan a quien los padece sino también a las personas de su entorno más cercano. Convivir con alguien que sufre una enfermedad mental no siempre es fácil, por lo que es necesario armarse de paciencia y comprensión. 

Recuerda que es probable que esa persona también se sienta asustada pues no entiende qué le ocurre, por lo que recriminarla, culpabilizarla o aislarla no solucionará el problema. Ten en cuenta además que a veces esa persona no es plenamente consciente de los cambios que ha sufrido o del daño que puede causar a los demás. Por tanto, si quieres ayudar a una persona con un trastorno mental, la mejor arma es la empatía. Evita la lástima porque este sentimiento no le hará ningún bien. 

3. Evita la híper protección 

Cuando uno de los miembros de la familia comienza a padecer un trastorno mental, es habitual que la dinámica familiar cambie. La familia puede volcarse de manera inadecuada sobre esa persona, estableciendo un equilibrio malsano que a menudo cae en la híper protección. El problema es que esa protección excesiva impide a la persona desarrollar sus recursos de sanación y autonomía, reafirmando la idea de que es un “enfermo”, cuando en realidad se trata tan solo de una persona que tiene una enfermedad. 

No cabe dudas de que la familia debe convertirse en una fuente de apoyo, comprensión y equilibrio, pero no puede invalidar a la persona. Por tanto, en la mayoría de los casos la mejor manera de ayudar a una persona con un trastorno mental consiste simplemente en preguntarle qué necesita. Déjale su espacio e independencia, dentro de lo posible, y asegúrale un clima de estabilidad en el que se destierre la desesperanza y el abatimiento, para ayudarle a recuperarse. 

4. Inicia un diálogo constructivo, siendo consciente de tus límites 

Si la persona que sufre un trastorno mental no es consciente de su problema, es importante que lo abordes con tacto. Evita las recriminaciones y acusaciones. Olvida la lucha de poder porque no se trata de tener la razón sino de construir una relación de confianza. No emitas juicios de valor, hazle saber que estás ahí para escucharle y ayudarle, pero no le presiones para que te cuente cosas sobre las cuales no se siente cómodo. 

Tampoco intentes cambiar a esa persona suplantando el papel del psicólogo o el psiquiatra porque podrías caer en la iatrogenia; es decir, hacer más mal que bien. Frases como “tienes que poner de tu parte”, “no te preocupes, no es nada” o “anímate, no es para tanto” suelen tener el efecto contrario porque al peso de la enfermedad se suma la culpabilidad, la sensación de que no es lo suficientemente fuerte para lidiar con lo que le sucede. 

Un estudio realizado en las universidades de Melbourne, Lovaina y Ámsterdam comprobó que la presión social sobre las personas que padecen depresión mayor para que no experimenten esos sentimientos negativos, en realidad refuerzan los síntomas depresivos. 

5. Pide ayuda a un psicólogo 

Los trastornos mentales pueden llegar a ser un problema de salud grave, no los subestimes. Si realmente quieres ayudar a una persona con un trastorno mental, debes animarle a ir al psicólogo, el profesional más adecuado para diagnosticar y tratar estos problemas. En los casos agudos, como una depresión severa o un brote psicótico, llevarlo al hospital es la mejor opción. 

Recuerda que cuanto más se tarde en pedir ayuda, más crónico se volverá el trastorno. Por desgracia, las personas que sufren trastornos mentales suelen tardar en pedir ayuda: entre 6 y 18 años quienes tienen adicción y entre 3 y 30 años quienes padecen un trastorno de ansiedad, según un estudio liderado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos. 

Si necesitas ayuda, el gabinete PsicoAbreu cuenta con 12 psicólogos en Málaga especializados en áreas como la psicología clínica e infantil. Con más de dos décadas de experiencia y formación en los tratamientos psicológicos de última generación, tratan una amplia gama de trastornos, desde ansiedad y trastornos del estado de ánimo hasta las adicciones y los trastornos de personalidad, del control de los impulsos, del sueño o de la conducta alimentaria. 

Al combinar diferentes orientaciones y modelos teóricos, garantizan una terapia integradora, personalizada y eficaz que te ayudará a ver los primeros resultados cuanto antes. Además, realizan consultas online, de manera que te resultará más fácil hablar de tus problemas desde casa o convencer a esa persona que necesita ayuda psicológica. Reserva una cita online.


Fuentes: 
Dejonckheere, E. et. Al. (2017) Perceiving social pressure not to feel negative predicts depressive symptoms in daily life. Depress Anxiety; 34(9): 836-844. 
(2017) Trastornos mentales. OMS
Harvey, A. G. & Gumport, N. B. (2015) Evidence-based psychological treatments for mental disorders: Modifiable barriers to access and possible solutions. Behav Res Ther; 68: 1–12. 
Wang, P. S. et. Al. (2007) Delay and failure in treatment seeking after first onset of mental disorders in the World Health Organization's World Mental Health Survey Initiative. World Psychiatry; 6(3): 177–185. 
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“Tristeza, Manual de usuario”: El libro para dar a la tristeza el lugar que merece en nuestra vida


De todas las emociones que experimentamos, una de las más incomprendidas y molestas suele ser la tristeza. En una época donde la felicidad se ha convertido prácticamente en una obligación, la tristeza ha sido expulsada de la sociedad. Nadie quiere ver la tristeza. Por eso la escondemos. Cuanto más profundo, mejor. 

El único problema es que no podemos desterrarla con la misma facilidad de nuestra vida y, como resultado, cuando estamos tristes también nos sentimos frustrados y culpables. Como si algo no funcionara bien en nuestro interior. Queremos deshacernos de esa tristeza cuanto antes. La consideramos un enemigo a batir. Y en esa lucha nos desgastamos aún más. 

Todos tenemos una tendencia natural a buscar aquellas cosas que nos hacen sentir bien y evitar aquello que nos hace sentir mal. Sin embargo, hay muchas cosas en la vida que no podemos evitar. Simplemente pasan. Y generan mucha tristeza. 

Entonces tenemos que aprender a convivir con ese estado emocional durante el tiempo que dure. No podemos modificar las circunstancias. Lo que pasó, pasó. Pero podemos elegir la actitud con que reaccionamos. Podemos elegir cómo vamos a relacionarnos con esa tristeza. 

Este precioso libro sobre la tristeza, pensado para los niños pero que también encierra un poderoso mensaje para los adultos, aborda precisamente este tema. “Tristeza, manual de usuario” es una joya creada gráfica y narrativamente por Eva Eland, una ilustradora de origen holandés que reside en el Reino Unido. 

George Eliot escribió: "No hay desesperación tan absoluta como la que viene con los primeros momentos de nuestra primera gran tristeza, cuando todavía no hemos sabido lo que es haber sufrido y sanado, habernos desesperado y haber recuperado la esperanza". Por tanto, este libro sobre la tristeza es uno de esos regalos para la vida que debe formar parte de la mochila de herramientas emocionales de cualquier niño.

Libro: Tristeza, manual de usuario



La tristeza suele ser un invitado no deseado. Puede llegar cuando menos lo imaginemos, generalmente de la mano de una gran pérdida que deja un gran vacío.


No hay manera de deshacerse de ella porque en realidad "la tristeza no es inherente a las cosas, no nos llega del mundo ni de su contemplación sino que es un producto de nuestro propio pensamiento", en palabras de Emile Durkheim.


Es una sensación que puede llegar a ser asfixiante. Es como si de repente te arrancara todo de tu interior, dejándote tan vacío que hasta te cuesta respirar.


Es probable que intentes esconderla, hacer caso omiso, reprimirla... Pero todos esos intentos son ineficaces y te dejan con la sensación de haber fracasado.


Habrá un momento en que podría llegar a ocupar todo tu ser, como si todo en el mundo hubiera perdido su encanto. Verás la vida a través del prisma de la tristeza y la alegría de otros tiempos te parecerá casi surrealista.


Entonces ha llegado el momento de tomar las riendas. De hacer las paces con la tristeza. Llamarla por su nombre y escuchar lo que tiene que decirte.




No intentes escapar de ella. Simplemente dedícate a esas actividades que te reconfortan en ese momento. Pero asegúrate de salir. Una de las trampas de la tristeza consiste en encerrarnos en nosotros mismos, en desarrollar una especie de visión de túnel en la que solo podemos pensar en aquello que nos ha herido. Abrirnos al mundo nos permitirá dejar entrar esas cosas que antes nos causaban felicidad. Poco a poco, y sin violentar el ritmo de sanación.




Será difícil, pero la mejor manera para elaborar la tristeza es la aceptación radical. Asumir que, aunque no se trata de un estado emocional tan agradable como la alegría, forma parte de la vida y puede ayudarnos a crecer y fortalecernos. Emile Durkheim dijo que "el hombre no podría vivir si fuera completamente impermeable a la tristeza. Muchas penas solo se pueden soportar cuando se las abraza".


Y así, cuando menos lo esperes, comenzarás a sonreír de nuevo. La tristeza se habrá ido dejando a su paso quizá un sentimiento de nostalgia que te permita centrarte en todo lo bueno que has vivido, en vez de enfocarte únicamente en la pérdida.



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Perfil de una persona ansiosa: Las 3 “P” tóxicas


La ansiedad es uno de los problemas psicológicos más difundidos de nuestro tiempo, hasta tal punto que podríamos decir que vivimos en la Era de la Ansiedad. Por una parte, tenemos que hacer frente a múltiples compromisos, estar conectados para responder inmediatamente y cumplir con unas expectativas sociales cada vez más altas que generan una gran presión. Por otra parte, las condiciones en las que vivimos y nuestros propios vínculos se han hecho líquidos, alejándose cada vez más de la estabilidad y seguridad de otros tiempos. 

La tensión por el desempeño y la incertidumbre en la que vivimos constantemente forman un cóctel explosivo que dispara la ansiedad. No es casual que 4 de cada 100 personas sufran un trastorno de ansiedad. Y si no le ponemos coto, esa cifra seguirá aumentando.

3 pensamientos que marcan el perfil la persona con ansiedad


1. Perspectiva 

¿Dónde estás? ¿Donde te gustaría estar? Cuando mayor sea la distancia entre esas dos respuestas, más probable es que sufras ansiedad. Cuanto menos satisfactoria te resulte tu vida actual, y más alto pongas el listón, más ansiedad padecerás. 

El problema no son las metas ambiciosas, sino el hecho de que las percibamos como algo inalcanzable o que el esfuerzo o las renuncias que nos demandan sean tan grandes que nos generen tensión. Para evitar ese problema, basta con plantearnos pequeños objetivos que podamos gestionar mejor y nos permitan alcanzar, paso a paso, la meta que nos hemos propuesto. 

También influye la actitud que asumamos mientras alcanzamos esas metas. Podemos trabajar para conseguir grandes cosas pero, aún así, sentirnos satisfechos con nuestro presente. Si trabajamos con la vista puesta en un objetivo, pero sintiéndonos agradecidos y satisfechos con nuestra vida, la ansiedad se desvanecerá. 

2. Presión 

¿Por qué tantas personas se colocan en una situación que les genera ansiedad? ¿Por qué se someten a situaciones de presión? La respuesta varía de una persona a otra, pero en muchos casos el punto de partida es el mismo: desean satisfacer expectativas que rozan lo irreal. 

Esos estándares pueden provenir de la sociedad o los grupos más cercanos, como los amigos y la familia. De hecho, la presión que ejerce la sociedad es una de las fuentes de ansiedad más comunes ya que queremos cumplir a toda costa con lo que se espera de nosotros. Cuando no sabemos si podemos lograrlo, se activa una serie de pensamientos ansiosos

En otros casos se trata de una presión interior relacionada con nuestro sistema de valores, las expectativas sobre nosotros mismos y nuestras metas. De hecho, el perfil de la persona ansiosa incluye el perfeccionismo, la tendencia a la autocrítica y la autoexigencia. Si eres una persona que se exige mucho y que tiene un elevado nivel de autocrítica pero poca condescendencia consigo misma, es probable que termines sucumbiendo a las presiones que te autoimpones, lo cual te genera ansiedad. 

3. Permiso 

Muchas personas no se dan permiso para alejarse de la ansiedad, para aliviar esa situación que les genera ese estado de malestar. Así se quedan atrapadas en un círculo vicioso que continúa alimentando la ansiedad. 

Este comportamiento malsano, que a primera vista carece de sentido, en realidad está muy difundido. Muchas personas, por ejemplo, equiparan tener una agenda llena y correr de un compromiso a otro con el hecho de ser importantes. Por tanto, hacer espacio su agenda implicaría un ataque a la imagen que tienen de sí mismas. 

Otros se aferran a las preocupaciones porque creen que es lo que debe hacerse o incluso piensan que esas preocupaciones les convierten en una buena persona. No se dan cuenta que, preocuparse sin ocuparse es perfectamente inútil. 

Por tanto, para aliviar la ansiedad también necesitas darte permiso para dejar ir o alejarte de todas esas preocupaciones o situaciones que en realidad te hacen estar mal y afectan tu equilibrio mental.

Fuente: 
Berger, L. & Tibaldeo, G. (2018) Worry Less Now: The Three P's of Anxiety. En: Psychology Today
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