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La venganza es un plato que sería mejor no probar


La venganza es dulce. O al menos eso pensamos. Si nos han causado daño, la idea de vengarnos es atractiva. Creemos que nos sentiremos mucho mejor después de que esa persona “pague” por el daño que nos ha hecho. También creemos que la venganza nos ayudará a borrar el sufrimiento y a pasar página. 

Sin embargo, Confucio dijo: “Antes de embarcarte en el viaje de la venganza, cava dos tumbas”, refiriéndose a que la venganza, no importa si la comemos fría o caliente, es un plato que nos puede indigestar. 

La venganza es amarga


Para evaluar si la venganza realmente nos hace sentir mejor, psicólogos de la Universidad de Harvard y Virginia realizaron un experimento que consistía en un juego de inversión grupal. Si todos los participantes cooperaban, se beneficiarían por igual. Si alguien se negaba a invertir su dinero, esa persona se beneficiaría a costa del grupo. 

Un psicólogo que infiltrado en el grupo, convenció a todos los integrantes para que aceptaran invertir pero luego, decidió no seguir el plan. Como resultado, ganó caso el doble que el resto. En fin, los engañó. 

A continuación, a algunas personas les dieron la posibilidad de vengarse: podrían gastar parte de sus ganancias para castigar al desertor del grupo. Todos los que tuvieron la oportunidad de vengarse, aceptaron y predijeron que se sentirían mucho mejor después. 

Sin embargo, los resultados mostraron que quienes se vengaron, terminaron sintiéndose peor que quienes no lo hicieron. Las personas que no tuvieron la oportunidad de vengarse dijeron que pensaban que se hubiesen sentido mejor teniendo esa posibilidad, pero los resultados de la encuesta los identificaron como el grupo más feliz. Ambos grupos pensaron que la venganza sería dulce, pero sus sentimientos demostraron lo contrario: la venganza los hacía infelices. 

¿Por qué?

Los investigadores sugieren que el deseo de venganza en realidad no disminuye la ira sino que la aumenta porque nos sume en un bucle de pensamientos negativos. Cuando las personas no se vengan, tienden a trivializar el evento diciéndose a sí mismas que no era para tanto. Entonces les resulta más fácil olvidar y seguir adelante. Al contrario, cuando las personas se vengan, ya no pueden trivializar la situación sino que repiten lo ocurrido en su mente una y otra vez, por lo que terminan sintiéndose peor. En otras palabras: se convierten en prisioneros de la venganza. 

Justicia no es sinónimo de venganza 


No es necesario sentirse mal cuando se activa nuestro instinto de venganza. Es normal que nuestra primera reacción cuando nos hacen daño, nos ridiculizan, humillan o engañan sea querer vengarnos. Esas emociones son perfectamente comprensibles, lo verdaderamente importante es saber gestionar ese deseo de venganza y no permitir que la ira tome el mando. 

Cuando pensamos en vengarnos, paramos el reloj justo en el momento en que nos hirieron y, en vez de seguir con nuestras vidas, elegimos, más o menos conscientemente, dejar la herida abierta. Ese comportamiento no tiene mucho sentido ya que seguiremos haciéndonos daño. Es como tener una herida en una pierna y, en vez de preocuparnos por sanarla, asegurarnos de que se mantenga supurando. Por eso, el filósofo Francis Bacon dijo: "Una persona que quiere venganza, guarda sus heridas abiertas".

Dejar ir el deseo de venganza no significa que las personas que hacen daño no deban asumir su responsabilidad, pero eso se llama justicia. La venganza es eminentemente emocional y está dirigida por la ira, el odio y el rencor, por lo que no solo nos corroe por dentro sino que puede llegar a hacer que nos apartemos de nuestros valores y principios. La justicia, al contrario, es un acto de vindicación, una acción meditada y coherente con el daño causado. 

Por eso, cuando tengas ganas de vengarte, recuerda las palabras de Haruki Murakami: “Nada cuesta más y produce menos beneficios que la venganza”. La venganza no es dulce ni es un plato que se coma frío, más bien se trata de un bocado que sería mejor no probar porque una vez que lo consumes, no hay vuelta atrás y probablemente te indigestarás. La venganza no te convierte en mejor persona ni te permite crecer, al contrario, te arrastra en un vendaval de emociones. Por eso, es probable que al final no te sientas a gusto con la persona en la que te has convertido. Pero entonces ya será demasiado tarde.


Fuente: 
Carlsmith, K. M., Wilson, T. D., & Gilbert, D. T. (2008) The paradoxical consequences of revenge. Journal of Personality and Social Psychology; 95(6): 1316-1324.
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Acostar temprano a los niños mejora la salud mental de los padres, lo confirma la ciencia


“¡No quiero ir a la cama, déjame un poco más!”, son palabras con las que prácticamente todos los padres están familiarizados y que se reproducen más o menos todas las noches cuando llega la hora de acostar a los niños. Para evitar que ir a la cama se convierta en una guerra sin cuartel, es probable que cedas y les dejes un poco más, hasta que el sueño les venza.

Sin embargo, cada hora de más que los niños pasan despiertos cuando deberían estar durmiendo, no solo les pasa factura a ellos sino también a los padres, quienes a menudo sufren deprivación del sueño, como confirmó un estudio realizado en la Academia Americana de Neurología y la Georgia Southern University. 

Estos investigadores hallaron que el 45% de las mujeres que tenían hijos dormían menos de seis horas diarias. Además, por cada niño en casa, se duplican las probabilidades de que las madres duerman mucho menos de lo que necesitan para recuperar fuerzas. 

Es probable que con niños en casa, dormir 8 horas de un tirón te resulte una misión imposible, pero si quieres proteger tu salud mental, deberías acostar a tus hijos más temprano. Por su bien y por el tuyo. Lo confirma la ciencia. 

El sueño y la relajación no son lujos sino necesidades 


Investigadores del Instituto de Investigación Infantil Murdoch, en Australia, analizaron las entrevistas realizadas a unos 10.000 niños y sus padres, para evaluar su estilo de vida, salud mental y calidad del sueño. Las primeras entrevistas se llevaron a cabo cuando los pequeños tenían entre 4 y 5 años, luego se realizó una segunda cuando tenían entre 6 y 7 años y finalmente cuando tenían entre 8 y 9 años de edad. 

Después de analizar todos los datos, los investigadores encontraron que los niños que se iban a la cama más temprano tenían una mejor calidad de vida y eran más saludables, en comparación con los pequeños que se acostaban más tarde. Los padres también se beneficiaban de ese horario de sueño ya que reportaban una mejor salud mental. 

No hay dudas de que ser padres es maravilloso, pero también puede ser agotador. Una vez que los niños se duermen, los padres tienen tiempo para descansar y relajarse, algo que se ha convertido en un lujo pero que realmente es una necesidad. 

De hecho, ¿sabías que la falta de sueño genera un nivel de excitación excesivo a nivel de cerebral que desencadena la típica respuesta de lucha-huída del estrés? Cuando no duermes lo suficiente, por la noche el nivel de cortisol se mantiene elevado, lo cual aumenta el riesgo de desarrollar diabetes, obesidad, una enfermedad cardíaca y trastornos del estado de ánimo. 

Por eso, si quieres cuidar bien de tus hijos, debes comenzar cuidando bien de ti. 

¿A qué hora deben acostarse y cuánto deben dormir los niños? 


Los investigadores explican que los niños rinden mucho más y se sienten mejor cuando tienen horarios de sueño consistentes que se convierten en buenos hábitos. El sueño profundo, por ejemplo, estimula la segregación de la hormona del crecimiento, razón por la cual los bebés pasan al menos el 50% del tiempo durmiendo. 

También se ha comprobado que el sueño facilita el aprendizaje ya que consolida las conexiones neuronales, y también potencia la concentración. De hecho, los pequeños de menos de tres años que duermen menos de diez horas por la noche, tienen tres veces más probabilidades de desarrollar problemas de hiperactividad e impulsividad a los 6 años. 

Los niños deberían ir a la cama a las 8:30 de la noche y despegarse de las pantallas al menos una hora antes ya que estas inhiben la hormona que facilita el sueño. Los niños en edad preescolar deberían dormir entre 10 y 13 horas mientras que a los niños en edad escolar le bastan entre 9 y 11 horas de sueño. 


Fuentes: 
Sullivan, K. (2017) Living with children may mean less sleep for women, but not for men. American Academy of Neurology
Edwars, B. (2014) Growing Up in Australia: The Longitudinal Study of Australian Children Entering adolescence and becoming a young adult. Family Matters; 95: 5-14.
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5 trucos para conectar inmediatamente con alguien a quien acabas de conocer


A veces, es difícil conectar con alguien, sobre todo cuando se trata de una persona a quien acabas de conocer. Sin embargo, gran parte del éxito que tendrás en la vida dependerá de tus habilidades comunicativas y tu capacidad para conectar con los demás. De hecho, "la forma en que nos comunicamos con otros y con nosotros mismos determina la calidad de nuestras vidas", afirmó Anthony Robbins.

¿Cómo conectar con alguien?


1. El cerebro capta y procesa las señales sutiles de la comunicación 

"Lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice", dijo el filósofo Peter Drucker. Mientras hablas, tu subconsciente se mantiene alerta para comprobar si tu interlocutor está interesado en tu discurso o no. Es una especie de mecanismo de defensa para que no te avergüences. Tu cerebro toma nota de todo, desde el lenguaje corporal hasta los gestos y las palabras de la otra persona. 

Por eso, para conectar con alguien, es fundamental que cuides tu lenguaje corporal. No desvíes la mirada por más de unos segundos ya que su cerebro captará ese detalle y lo asumirá como que no estás interesado en la conversación, rompiendo toda conexión posible. Al contrario, prestar atención hará sentir a la otra persona importante y será una inyección de confianza. Pequeños detalles, como inclinarte ligeramente hacia adelante mientras estás sentado, asentir con la cabeza cuando estés de acuerdo con lo que dice o mantener los brazos relajados, jamás cruzados a la altura del pecho, le enviarán a tu interlocutor la señal de que quieres conectar.

2. No hagas que el discurso gire a tu alrededor 

Si acabas de conocer a una persona y esta comienza a hablar, no la interrumpas. Algunos creen que al interrumpir la historia y relacionarla con su experiencia es una buena estrategia para facilitar la conexión emocional. Es cierto, pero debes aplicar esta estrategia con moderación porque si exageras puede llegar a ser muy frustrante y romper cualquier vínculo. Recuerda las palabras de Jedd Daly: "Dos monólogos no hacen un diálogo".

No puedes forjar confianza con alguien si esa persona percibe que cada vez que comienza a hablar, vas a intervenir. No solo interrumpes su discurso sino también el flujo emocional de la conversación. Es aún peor si intentas hablar continuamente de ti ya que dará la impresión de que eres una persona egocéntrica a la que no le importa su interlocutor. 

3. Préstale atención a los comentarios de relleno 

Mark Twain dijo que "podemos descubrir el carácter de un hombre por los adjetivos que usa habitualmente en sus conversaciones". En este sentido, abusar de los comentarios de relleno es una de las maneras más directas para decirle a la otra persona que no te interesa su discurso. Cualquier monosílabo puede convertirse en un comentario de relleno, como “sí”, “genial” o “interesante”. 

Estos comentarios se suelen usar para fingir que uno está escuchando, y pueden llegar a ser bastante obvios y molestos. Todos lo hacemos en ciertas circunstancias, pero si queremos conectar con una persona, simplemente debemos practicar la escucha activa, lo cual implica estar plenamente presentes. 

4. No pretendas saberlo todo 

Cuando hablamos con otros, sobre todo si es un desconocido, queremos causar una primera buena impresión, para lo cual solemos echar mano de nuestros conocimientos. El problema es que podemos terminar pareciendo un acosador intelectual.

Es mucho mejor ser auténticos, hablar de lo que sabemos y reconocer lo que no sabemos. La ansiedad por causar una buena impresión a menudo tiene el efecto contrario. Además, reconocer lo que no sabes es sinónimo de humildad. Y se ha demostrado que nos suelen caer mejor las personas que cometen pequeños errores que aquellas que se dan el aire de sabelotodos. 

5. Imita los movimientos de tu interlocutor 

Cuando conectamos emocionalmente con alguien, sin darnos cuenta, sincronizamos nuestros movimientos. La clave radica en que nos sentimos tan conectados con el discurso que también imitamos sus movimientos. 

Por eso, un truco sencillo para conectar de manera más rápida con tu interlocutor consiste en imitar algunos de sus movimientos, para facilitar la sincronización emocional. Mantente atento a sus movimientos corporales y replícalos con sutileza.
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No conviertas en un problema a personas que no merecen serlo


Si quieres vivir de manera equilibrada, tienes que ver la vida de manera equilibrada. Decirlo es fácil, aplicarlo es complicado, sobre todo porque somos especialistas creando tormentas en un vaso de agua. Por eso, en más de una ocasión dejamos que personas que no merecen un lugar significativo en nuestras vidas, terminen convirtiéndose en un problema. 

Cuando conviertes a alguien sen tu problema, le das poder 


Hay personas que se empeñan en ponernos la zancadilla y hacer que nuestra vida sea un poco -o mucho- más difícil. Pueden hacerlo a través del chantaje emocional, el engaño o incluso la prepotencia intelectual. Sin embargo, cada vez que dejamos que un compañero de trabajo malintencionado, una ex pareja resentida, un vecino poco cívico o un mal amigo se convierta en nuestro problema, estamos cayendo en su tela de araña y nos convertimos en su víctima. 

No podemos controlar sus acciones, pero podemos controlar nuestra reacción. En vez de darles poder y convertir a esas personas en una pieza significativa de nuestra vida, podemos decidir conscientemente que no dejaremos que dañen nuestro equilibrio emocional con sus actitudes. Recuerda que solo puede dañarte aquello a lo que le das poder, aquello que consideras lo suficientemente significativo como para que haga resonancia en tu interior. 

Una estrategia relativamente sencilla para impedir que personas malintencionadas se conviertan en un problema que nos arrebate la paz interior, consiste en cambiar nuestra perspectiva sobre lo que supone realmente un problema. 

Elegir sabiamente tus problemas te permitirá crecer 


Solemos asumir los problemas como obstáculos que generan sufrimiento o desazón. Desearíamos una vida libre de problemas. Sin embargo, la raíz etimológica de la palabra problema nos indica que nuestra percepción es errónea, o al menos es tan solo una visión limitada de una realidad más amplia y enriquecedora. 

La palabra problema está compuesta por el prefijo πρό (prá), que significa “delante” y προβάλλω (probállō), que significa “arrojar” o “lanzar con fuerza”. Por tanto, los problemas son situaciones que nos empujan más allá de nuestros límites, que nos animan a salir de nuestra zona de confort para crecer. Desde esta perspectiva, cada problema representa una oportunidad para aprender y desarrollarnos como personas. Solo tenemos que asegurarnos de elegir sabiamente los problemas. 

¿Es posible elegir los problemas? 

Si asumimos una actitud reactiva ante la vida e identificamos los problemas con obstáculos viéndolos como algo negativo, no tenemos opciones, nos quedamos en manos del azar. Entonces tendremos la tendencia a ver muchas de las cosas que nos ocurren como problemas y a convertir en problemas a personas que ni siquiera merecen serlo. 

Sin embargo, si en vez de reaccionar aprendemos a responder y asumimos los problemas como oportunidades de crecimiento, podemos comenzar a desechar muchas cosas que con la vieja mentalidad restrictiva habríamos catalogado como problemas. 

Duke Ellington dijo que “los problemas son oportunidades para demostrar lo que se sabe”, y no andaba desacertado. Dado que un problema representa un desafío, podemos comprender que muchas de las cosas que nos ocurren en la vida cotidiana y que calificamos como problemas en realidad no lo son, representan únicamente una expectativa frustrada. Conocer esa diferencia nos permitirá darle a cada cosa y persona, el lugar que merece en nuestras vidas, ni más ni menos. 

No desperdicies tu energía emocional con personas malintencionadas 


Si una persona te molesta, enfada o irrita; no la conviertas en tu “problema”. No permitas que ocupe gran parte de tu pensamiento ni la conviertas en tema recurrente de conversación. Cada vez que llegas a casa y te quejas de ese compañero de trabajo insoportable, le estás dando una importancia que no merece y estás desaprovechando una oportunidad para hacer otras cosas mucho más agradables. 

En su lugar, reflexiona sobre los botones rojos que está activando esa persona. ¿Por qué te molesta, enfada o irrita? ¿Qué área de tu personalidad necesitas trabajar para evitar que sus actitudes hagan mella en ti? De esta forma estarás convirtiendo el problema en algo que realmente te permite crecer y no desperdiciarás inútilmente tu energía emocional

Y por último, pero no menos importante, recuerda que todo problema deja de serlo si no tiene solución. Por tanto, a veces solo es cuestión de dejar ir. No te aferres a lo que no es importante o no te permite crecer.
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La casa pequeña: Una parábola para ver la vida con otros ojos


Un hombre, agobiado por la difícil situación en la que vivía, acudió a un rabino para pedirle consejo.

– Rabino, mi casa es muy pequeña. Vivo con mi mujer, mis hijos y mis suegros en una habitación, por lo que nos estorbamos unos a otros. Nos pasamos el día gritándonos. No sé qué hacer – le dijo con tono desesperado.

El rabino le preguntó si tenía una vaca. El hombre le respondió que sí, por lo que le aconsejó que la metiera también dentro de la casa. El hombre se quedó perplejo con el consejo del rabino pero lo siguió al pie de la letra, por lo que una semana más tarde regresó quejándose de que la convivencia era mucho más desagradable que antes.

– Mete también en casa a tus dos cabras - le aconsejó el rabino. 

Una vez más, el hombre siguió el consejo, pero volvió de nuevo explicando que la situación había empeorado. El rabino le preguntó qué otros animales tenía. Cuando el hombre le respondió que sólo tenía un perro y algunas gallinas, el rabino le dijo que los metiera también en casa y volviera a la semana siguiente. 

Desconcertado, el hombre regresó a su casa y siguió el consejo del rabino pero esta vez, cuando volvió, estaba fuera de sí.

- ¡Esto es insoportable! Tengo que hacer algo o me volveré loco. ¡Por favor, ayúdeme!

– Escucha con atención: coge la vaca y llévala al establo, saca las cabras al corral, deja al perro fuera de casa y devuelve las gallinas al gallinero. Y dentro de unos días ven de nuevo a verme. Cuando volvió, el hombre estaba eufórico.

– ¡Ah, rabino! Ahora en casa hay mucho más espacio, solo están mi mujer, mis hijos y mis suegros. ¡Vaya mejora! 

Hay situaciones difíciles de tolerar. No cabe dudas. Pero la mayoría de las veces, somos nosotros quienes perdemos la perspectiva y añadimos más presión a una realidad que no es tan mala como la dibujamos. A veces, necesitamos que las cosas empeoren para valorar lo que teníamos, como le ocurrió al hombre de la historia. El problema es que no siempre es posible volver atrás.

La adaptación hedonista, o por qué no valoramos lo que tenemos 


La adaptación es un mecanismo que nos permite sobrevivir incluso en las condiciones más adversas. Cuando nuestro entorno cambia, desplegamos una serie de recursos que nos permiten adaptarnos a las nuevas circunstancias. Esa es la razón por la cual logramos superar la muerte de una persona querida o una pérdida importante. 

Sin embargo, también nos adaptamos a los acontecimientos positivos. Nos adaptamos a las situaciones que producen placer y alegría, hasta el punto en que dejamos de valorarlas y estas dejan de producirnos satisfacción. Es lo que se conoce como adaptación hedonista. Con el paso del tiempo, la alegría y la excitación que despertaron algunas situaciones desaparece, pierden su novedad y las comenzamos a dar por sentadas.

El problema de la adaptación hedonista es que, si no nos mantenemos atentos, caeremos en un bucle infinito de necesidades insatisfechas pues siempre desearemos más. Apenas alcanzamos una meta, nos parece insuficiente y disfrutamos muy poco de lo que hemos logrado porque ya tenemos la vista puesta en la próxima meta. De hecho, Napoleón Bonaparte dijo que "la ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza".

Esa es la razón por la que muchas personas no se sienten satisfechas, aunque aparentemente tengan todo lo que necesitan para ser felices. 

La gratitud como vía para alcanzar la felicidad 


En la parábola, las circunstancias en las que vivía el hombre no cambiaron, lo que cambió radicalmente fue su manera de ver la realidad. Eso no significa resignarse y llevar una vida amargada. Tampoco significa renunciar a nuestros sueños. Tan solo significa ser capaces de ver el lado positivo de la situación en la que nos encontramos y experimentar la gratitud.

Desde hace siglos, el budismo afirma que la clave de la felicidad y la paz interior es la gratitud. Ahora diferentes experimentos psicológicos lo han comprobado. Psicólogos de la Universidad de California y Miami, por ejemplo, reclutaron a 192 personas y las dividieron en tres grupos: a unas les pidieron que escribieran aquellas cosas por las que se habían sentido agradecidos a lo largo de la semana, otros debían apuntar las cosas que los molestaron y otros simplemente debían llevar un diario de los sucesos positivos y negativos que les habían ocurrido. 

Al cabo de 10 semanas, quienes escribieron sobre la gratitud no solo reportaron sentirse más felices sino que también eran más optimistas y se sentían más satisfechos con sus vidas. Por si fuera poco, también visitaron menos al médico que el resto de las personas. 

El poder de la gratitud se debe a que convierte lo que tenemos en suficiente. En vez de centrarnos en lo que nos falta y ver únicamente las cosas negativas, aprendemos a enfocarnos en el lado positivo y valoramos mucho más lo que tenemos. Aunque somos conscientes de que hay un margen de mejora, somos capaces de ver la vida desde una perspectiva más positiva que nos ayuda a tolerar mejor lo que nos molesta. 

Ese cambio de perspectiva no conduce al estancamiento sino que nos permite vivir mejor la vida que tenemos, hasta que podamos hacer los cambios que deseamos. Eso significa perseguir tus metas pero no hipotecar tu vida a ellas y, sobre todo, no dejar que tu felicidad dependa de un futuro escurridizo.

Fuente: 
McCullough, M. E. & Emmons, R. A. (2003) Counting Blessings Versus Burdens: An Experimental Investigation of Gratitude and Subjective Well-Being in Daily Life. Journal of Personality and Social Psychology; 84(2): 377–389.
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El signo de que NO desarrollarás demencia


Con el paso de los años, la memoria empeora, es una consecuencia normal del proceso de envejecimiento. Los despistes son más frecuentes, cuesta retener información nueva y los olvidos están a la orden del día. 

Sin embargo, cuando los problemas de memoria son más graves, pueden indicar el desarrollo de alguna forma de demencia, un proceso neurodegenerativo que borra primero nuestra capacidad para fijar nueva información y luego los recuerdos de toda una vida. 

Por desgracia, la demencia es una enfermedad común. La OMS indica que en el mundo, 50 millones de personas padecen demencia y cada año se registran 10 millones de casos nuevos. Mantenerse activos intelectualmente nos ayuda a prevenir este problema o, al menos, retrasar su aparición. Sin embargo, existe una característica que disminuye notablemente el riesgo de padecer demencia: darnos cuenta de que nuestra memoria empeora. 

Autoconciencia: La clave para protegerse de la demencia 


Desde hace tiempo, los médicos sospechaban que las personas que se mantienen ajenas a sus problemas de memoria corren un riesgo mayor de sufrir demencia, pero hasta el momento se trataba solo de observaciones clínicas. 

Ahora investigadores de la Universidad McGill en Montreal, aportan nuevas evidencias que respaldan esa hipótesis. Reclutaron a 450 personas que padecían déficits leves de memoria y compararon sus experiencias con las opiniones objetivas de amigos y familiares para confirmar el grado de autoconciencia respecto a la calidad real de la memoria. 

Dos años más tarde, descubrieron que las personas que ignoraban sus problemas de memoria, tenían el triple de riesgo de desarrollar una forma de demencia. Quienes desconocían sus dificultades de memoria mostraban un peor estado neurológico: tenían una disfunción metabólica a nivel cerebral y más proteínas amiloides, las placas relacionadas con la aparición del Alzheimer. 

De hecho, la anosognosia, que significa literalmente “desconocimiento de la enfermedad”, es uno de los síntomas típicos de las demencias y otros problemas neurológicos en los cuales, la persona no se da cuenta de que sufre un déficit ya que el daño orgánico le impide desarrollar la percepción de lo que está ocurriendo.

¿Cómo desarrollar la autoconciencia?


Existen diferentes formas de desarrollar la autoconciencia, pero una de las más eficaces consiste en practicar la meditación mindfulness. De hecho, uno de los principales objetivos del mindufulness es desarrollar una conciencia plena.

Investigadores de la Universidad de Harvard y la Justus Liebig-University han analizado el impacto de la meditación mindfulness y han descubierto que, en efecto, provoca cambios a nivel cerebral, sobre todo en las zonas relacionadas con la autoconciencia, la representación corporal y la gestión emocional. 

La meditación mindfulness te ayudará a tener un mayor control sobre tu mente y sintonizar mejor con las señales que envía tu cuerpo. Desencadena una serie de cambios positivos en la percepción del "yo" que te permitirán estar más alerta sobre los cambios emocionales y físicos que sufres, por lo que te ayudará a prevenir la demencia. De hecho, muchos programas terapéuticos para frenar el avance de la pérdida de memoria recurren precisamente a la meditación mindfulness.


Fuentes: 
Therriault J, et. Al. (2018) Anosognosia predicts default mode network hypometabolism and clinical progression to dementia. Neurology.
Gotink, R. A. et. Al. (2016) 8-week Mindfulness Based Stress Reduction induces brain changes similar to traditional long-term meditation practice – A systematic review. Brain and Cognition; 108: 32–41.
Hölzel, B. K. et. Al. (2011) How Does Mindfulness Meditation Work? Proposing Mechanisms of Action From a Conceptual and Neural Perspective. Perspectives on Psychological Science; 6(6): 537-559.
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Madurez psicológica: El arte de vivir en paz con lo que no podemos cambiar


La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, pero el escritor escocés M. J. Croan resumió a la perfección este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”. 

Madurar significa salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Y sin embargo, cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar. 

Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro e inadaptativo 


La negación es un mecanismo de afrontamiento que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de los hechos. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación. 

En ambos casos, negar la realidad nos permite reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre gana. 

Si un acosador nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera con el resto de las situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, ponemos en marcha el mecanismo de negación. 

Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. La persona madura, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. De hecho, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”. 

El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 


“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.

“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.

“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 

“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 

Esta parábola de Zhuangzi nos recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación. 

Por eso, la madurez psicológica pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados. 

Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos pone la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior. 

Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer. 

William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no eran, es una enorme muestra de crecimiento. Reirnos de nuestras viejas actitudes y creencias no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros. 

La verdadera madurez psicológica llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente sino que protegemos nuestro equilibrio emocional adoptando una actitud proactiva.
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