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Terapia del perdón: Quien no perdona a tiempo, sufre a destiempo


Hace muchos años, unos soldados fueron hechos prisioneros por las tropas enemigas. Los soldados pasaron años en una celda minúscula, donde apenas tenían espacio para caminar. Durante esos años, se hicieron grandes amigos, hablaban a menudo de sus familias y se apoyaban mutuamente para sobrevivir. 

Cada cierto tiempo, uno de los guardias los sacaba de la celda y llevaba a una sala de interrogatorios, en la cual a veces recurrían a métodos poco convencionales, para intentar que revelaran información relevante sobre su ejército.

Los soldados jamás confesaron, pero pasaron años infernales, sufriendo burlas y humillaciones, además de todo tipo de carencias. Aquel guardia se había convertido en su peor pesadilla.

Un buen día, la guerra entre ambos países terminó y fueron liberados. Los dos soldados se dieron un gran abrazo de despedida y cada quien tomó su rumbo.

Al cabo de diez años, los soldados volvieron a encontrarse. A uno se le veía visiblemente recuperado, casi feliz. Los dos hombres se pusieron al corriente de sus vidas. 

Sin embargo, no pudieron evitar rememorar los años que habían pasado juntos en cautividad. Uno de ellos preguntó:

- ¿Has perdonado a aquel guardia?

- Sí, me ha costado, pero finalmente he logrado pasar página – respondió el antiguo soldado que se veía más feliz.

- Yo no he podido, sigo guardándole rencor. ¡Lo odiaré mientras viva!

- Entonces aún te tiene prisionero – se limitó a responder con tristeza su compañero.

Esta historia refleja a la perfección a quién hace más daño el odio y el rencor. Y nos muestra cómo perdonar nos libera.

La ira y el rencor se vuelven contra quien los siente


Perdón. Esta palabra tan corta encierra todos nuestros ángeles y demonios interiores. Por desgracia, su uso a través de los siglos ha dado pie a mal interpretaciones de su significado, hasta el punto que muchas personas ni siquiera quieren oír hablar de su existencia.

Quienes no quieren aprender a perdonar reaccionan con indignación, rechazo e ira ante la simple idea del perdón. Por supuesto, no se puede obligar a nadie a perdonar. Pero anclarse en la ira, el resentimiento y la rabia no es un “castigo” para quien nos hizo daño sino para nosotros mismos. Buda dijo: “Aferrarse a la ira es como aferrarse a una brasa candente con la intención de tirársela a otro; pero eres tú quien se quema”.

Un metaanálisis de 25 estudios realizado en el University College de Londres desveló que existe una fuerte correlación entre la ira y la hostilidad mantenidas a lo largo del tiempo y el riesgo de sufrir ataques cardíacos. Estas emociones también se han asociado a otros problemas de salud, como el cáncer.

No es extraño. Otro estudio llevado a cabo en la Universidad de California en el que se le dio seguimiento a 332 personas durante cinco semanas descubrió que el nivel de estrés era directamente proporcional a la cantidad de resentimiento e ira, mientras que este disminuía cuando las personas perdonaban.

Otro estudio realizado por esos mismos psicólogos con 148 personas halló que quienes acumulaban más estrés vital tenían una peor salud mental. Curiosamente, las personas que eran capaces de perdonar, aunque también vivieron experiencias difíciles, no tenían una mala salud mental. Esto significa que el perdón es capaz de borrar el impacto negativo del estrés y la angustia que generan algunos acontecimientos.

Perdonar no es excusar ni minimizar el acto negativo


Muchas personas entienden el perdón como un acto a través del cual se excusa o minimiza el suceso perjudicial. Algunas incluso piensan que significa olvidar lo que nos han hecho. Nada más lejos de la realidad. 

Perdonar significa exclusivamente recordar la ofensa desde un nuevo punto de vista que no despierte sentimientos tan negativos, liberando en nuestra mente al agredido y permitiendo que el daño no se perpetúe dentro de nosotros. Perdonar no es un acto de liberación para quien cometió el mal sino para la persona que lo sufrió.

De hecho, para perdonar ni siquiera es necesario "reconciliarse" con la persona que nos ha infringido el daño. No se trata de convertirnos en su amigo. El perdón es un acto íntimo que nos permite recuperar el control sobre nuestra vida y el bienestar que habíamos perdido porque éramos víctima de esas emociones negativas.

Las 6 reglas de la terapia del perdón


1. Perdonar no equivale a olvidar. Perdonar no significa olvidar lo ocurrido. Una persona que ha sido víctima del maltrato, que ha sido abandonada o a quien le han causado grandes daños, no olvidará lo ocurrido y tampoco necesita hacerlo porque puede utilizar esas experiencias como “combustible” para construir la resiliencia.

2. Perdonar no es minimizar la experiencia. Perdonar no significa decir “Lo que ha ocurrido está bien, no fue tan malo después de todo”. De hecho, para perdonar es necesario asumir que lo que ha ocurrido ha sido terrible y nos ha dejado cicatrices. Pero también significa dejar que esas cicatrices se curen en vez de echar sal continuamente sobre la herida.

3. Perdonar no es signo de debilidad. Perdonar no es señal de debilidad, ingenuidad o necedad, es un gran signo de inteligencia y madurez porque significa que, a pesar de todo, has decidido seguir adelante, no dejando que el pasado condicione tu futuro. 

4. Para perdonar no es necesario que el agresor se disculpe. Los agresores no siempre reconocen el daño que han causado, pero eso no es motivo para quedarnos atascados en el odio. Para perdonar no es necesario recibir una petición de disculpas ni un resarcimiento. El perdón es un acto interno que nos beneficia a nosotros mismos, no necesitamos que quien nos hizo daño se arrepienta.

5. Perdonar es un proceso. El perdón no es todo o nada, blanco o negro. Es un proceso y, como todo proceso, puede tener retrocesos y altibajos. Es posible que de vez en cuando resurja la ira y quizá algunos daños no lograremos perdonarlos por completo pero en una escala del 1 al 10, podemos acercarnos a un 7 o un 8, lo cual es suficiente para ciertos actos atroces. 

6. Perdonar es por tu salud y bienestar. Aferrarse a la ira y el resentimiento es tóxico para ti. Conduce a la depresión, el enfado crónico y la amargura. Perdonar no es un acto que haces por quien te hizo daño sino por tu propio bien. No perdonas al otro para hacerle un favor, sino para hacerte un favor a ti mismo.

Los 4 pasos de la terapia del perdón


Cuando no somos capaces de perdonar un hecho negativo que nos ha ocurrido, comenzamos a alimentar sentimientos de venganza, rabia y dolor emocional. A menudo se desencadena un proceso de victimización unido a pensamientos rumiativos respecto del suceso. La terapia del perdón intenta detener ese proceso nocivo.

1. Expresar las emociones. Sea cual sea el daño que te han infringido, debes saber que es perfectamente comprensible y normal que te sientas mal. Puedes experimentar diferentes sentimientos, desde ira hasta tristeza o dolor. No es conveniente que intentes reprimir y esconder esos sentimientos sino que los expreses. Lo que se reprime continúa afectándote desde el inconsciente, generando más sufrimiento e ira. 

La técnica de la silla vacía es una excelente herramienta para sacar fuera todas esas emociones. Consiste en sentarte delante de una silla vacía e imaginar que la persona que te ha hecho daño está ahí. Dile todo lo que deseas, desde el daño que te ha causado y por qué hasta cómo te sientes por ello. Suele ser una técnica muy catártica y, si guardas mucho resentimiento, puedes aplicarla varias veces.

2. Comprender el por qué. El cerebro es un maniático del control, por lo que cuando nos hacen daño, siempre intentamos darle una explicación. El problema es que, en muchos casos, siguiendo nuestro razonamiento no lo entenderemos. A veces esa búsqueda de explicación puede convertirse en un proceso malsano que se vuelva en nuestra contra. 

En muchos casos, simplemente debemos aceptar que no hay una explicación más allá del azar. Hay eventos terribles que ocurren porque estábamos en el momento incorrecto en el peor lugar posible. Aceptar esa explicación es el primer paso para lograr cerrar ese capítulo oscuro de nuestra vida.

3. Reconstruir la seguridad. Para perdonar es imprescindible tener una cantidad razonable de seguridad, lo cual significa saber que ese acto no volverá a ocurrir. Por supuesto, nunca podremos estar seguros al 100% pero si albergamos demasiado miedo, nos resultará imposible perdonar. En ocasiones reconstruir la seguridad no es un proceso que dependa de las condiciones externas sino de nosotros mismos, y depende de la reconstrucción de nuestra autoconfianza.

4. Dejar ir. Este suele ser el paso más difícil. Se trata de una decisión que se debe tomar conscientemente y que, de cierta forma, implica prometerse a sí mismos que no guardaremos rencor por lo ocurrido. Ese dejar ir significa también abandonar el papel de víctima y recuperar la fuerza. Para ello, es fundamental dejar ir la ira que siempre guardamos, impedir que ese enojo siga ejerciendo una influencia nociva en nuestra vida.

El perdón pleno implica aceptación y comprensión


Perdonar es un proceso complejo que demanda transformaciones profundas en las concepciones que tenemos sobre el suceso. Se trata de cambios importantes que afectan tanto el área cognitiva como afectiva.

De hecho, el perdón pleno, según Bob Enright, psicólogo de la Universidad de Wisconsin y uno de los primeros en investigar sobre el acto de perdonar, no significa simplemente pasar página y seguir adelante. Va mucho más allá porque implica ver a la persona que nos dañó como un ser multidimensional cuyas acciones estaban mal. La escritora Emma Goldman dijo "antes de que podamos perdonarnos los unos a los otros, tenemos que entendernos".

El perdón pleno no solo ofrece tranquilidad emocional sino incluso comprensión hacia la persona que nos lastimó. Desde ese punto de vista, el suceso negativo deja de dolernos y podemos recuperar el equilibrio emocional que habíamos perdido antes de perdonar.

Fuentes:
Toussaint, L.L. et. Al. (2016) Forgiveness, Stress, and Health: a 5-Week Dynamic Parallel Process Study. Ann Behav Med; 50(5): 727-735.
Toussaint, L. et. Al. (2016) Effects of lifetime stress exposure on mental and physical health in young adulthood: How stress degrades and forgiveness protects health. J Health Psychol; 21(6): 1004-1014.
Chida, Y. & Steptoe, A. (2009) The association of anger and hostility with future coronary heart disease: a meta-analytic review of prospective evidence. J Am Coll Cardiol; 53(11): 936-946.
Wade, N. G. (2014) Efficacy of psychotherapeutic interventions to promote forgiveness: a meta-analysis. J Consult Clin Psychol; 82(1): 154-170. 
Reed G. L. & Enright, R. D. (2006) The effects of forgiveness therapy on depression, anxiety, and posttraumatic stress for women after spousal emotional abuse. J Consult Clin Psychol; 74(5): 920-929.
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Estas palabras desenmascaran el estrés antes de que tú mismo lo notes


Lo queramos o no, las palabras que utilizamos no solo dan forma a nuestros pensamientos sino también a nuestro universo. Construimos nuestros modelos mentales del mundo a través de las palabras, por lo que la elección de unas u otras no se debe al azar ni siempre es el fruto de un proceso mental meditado. 

Las palabras que usamos a diario son la expresión de nuestros estados internos, a la vez que determinan nuestra reacción ante los eventos. Son una especie de filtro, del que no podemos deshacernos con facilidad y del que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Por eso, la elección de las palabras revela muchísimo sobre quiénes somos y cómo nos sentimos, desenmascarando estados de los que a veces ni siquiera somos plenamente conscientes.

De hecho, psicólogos de las universidades de Wisconsin, Arizona y California han descubierto el tipo de lenguaje que utilizamos cuando estamos estresados, de manera que si te descubres diciendo algunas de estas palabras con frecuencia, puedes asumirlas como señales de alarma que indican que estás agotado, tenso y/o ansioso.


Palabras funcionales: Las inserciones automáticas que nos delatan


Si usas adverbios como “realmente”, “increíblemente” o “verdaderamente”, es probable que estés muy estresado. Los psicólogos los catalogan como “palabras funcionales”, y afirman que son un indicador bastante preciso de nuestro nivel de ansiedad.

Las palabras funcionales son aquellas que no significan mucho por sí mismas. A diferencia de los verbos y los sustantivos, estas palabras no aportan mucha información sino que tan solo sirven para reforzar el resto del discurso. Dentro de las palabras funcionales se encuentran los adverbios de afirmación, algunos pronombres y ciertos adjetivos.

Los psicólogos llevan tiempo sospechando que solemos recurrir a las palabras funcionales con más frecuencia cuando estamos estresados. Por eso, pusieron a prueba su hipótesis pidiéndole a 143 personas que llevaran consigo dispositivos de grabación para registrar su discurso durante dos días. 

Esas personas también se sometieron a análisis en los que se realizó un recuento de los glóbulos blancos ya que se conoce que un aumento de los mismos es síntoma de estrés.

Después de analizar los audios recopilados a lo largo de dos días y las pruebas de laboratorio, los psicólogos descubrieron que, efectivamente, las personas más estresadas, con un mayor recuento de glóbulos blancos, recurrían más a las palabras funcionales. Su discurso estaba lleno de adverbios como: realmente, ciertamente, increíblemente y seguramente.

También notaron que le daban prioridad a pronombres como “yo” y “mío” sobre “ellos” y “vuestros”, lo cual indica una visión más egocéntrica del mundo, provocada por la presión que sienten. En otras palabras: el estrés hace que nos encerremos en nuestro mundo interior, por lo que perdemos la perspectiva. Y eso se manifiesta a través de un discurso más “yoista”.

Tus palabras pueden decirte lo que aún no sabes


Lo más curioso de este experimento es que las palabras funcionales podían predecir mucho mejor el nivel de estrés que las percepciones de las propias personas. De hecho, a veces cuando estamos atravesando por un periodo particularmente difícil y tenso, nos enfocamos tanto en salir de esa situación que no nos damos cuenta del nivel de estrés que acarreamos. 

Por fortuna, las palabras funcionales pueden convertirse en una señal de alarma que nos advierta de nuestro nivel de estrés, ansiedad y tensión, para que podamos hacer un alto en el camino y corregir el rumbo. Los psicólogos explican que esto se debe a que la elección de las palabras funcionales se realiza de manera más automática y menos consciente, mientras que la elección de los sustantivos y verbos es un proceso mucho más consciente. 

Fuente:
Mehl, M. R. et. Al. (2017) Natural language indicators of differential gene regulation in the human immune system. PNAS.
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No es lo mismo ser racional que inteligente


A veces confundimos y utilizamos indistintamente los términos racionalidad e inteligencia. Pensamos que una persona inteligente es racional, y que toda persona racional es inteligente. No es así. De hecho, tomar decisiones racionales no siempre nos guía por el mejor camino, a pesar de que nos resulta difícil reconocerlo puesto que vivimos en una época en la que hemos colocado la racionalidad en un pedestal y le rendimos honores.

Vemos las emociones como el "enemigo" que nubla nuestro raciocinio y nos impulsa a tomar malas decisiones. Y pensamos que el simple hecho de que prevalezca la razón nos garantiza una buena decisión. Sin embargo, podemos tomar decisiones lógicas y racionales que, a la larga, no sean las mejores para nosotros. Si no escuchamos nuestras emociones, las decisiones racionales pueden hacernos muy infelices. Ser inteligentes consiste precisamente en decidir con el corazón y la razón.

Esa dicotomía entre emociones e intelecto comenzó con Descartes, quien afirmaba que solo por medio de la razón se pueden descubrir ciertas verdades universales. Su oposición a la experiencia como fuente de conocimiento dio lugar al racionalismo que impera aún hoy, hasta tal punto que tenemos como ideal a la persona racional y criticamos a la persona emocional.

Las personas más inteligentes pueden tomar las decisiones más irracionales


A inicios de los años 1970, psicólogos de la Universidad de Stanford y Columbia Británica realizaron una serie de experimentos en los que demostraron que todos, incluso las personas muy inteligentes, tenemos una propensión a la irracionalidad y a tomar decisiones basándonos más en la intuición que en la razón.

En uno de esos experimentos les pidieron a los participantes que leyeran un fragmento en el que se describía la personalidad de una mujer. Se calificaba como sincera, brillante, graduada de filosofía y preocupada por cuestiones como la discriminación y la justicia social. Luego les preguntaron cuál de las dos afirmaciones sobre ese personaje era más probable: A) Linda es cajera o B) Linda es cajera y feminista activa. 

El 85% de las personas escogieron la opción B, aunque desde la lógica, A era la opción más probable. Los participantes fueron víctimas de la falacia de la conjunción, una creencia según la cual, pensamos que es más probable que coincidan dos eventos a que suceda uno solo. Sin embargo, no es la única falacia en la que caemos a la hora de tomar decisiones. También solemos ignorar información cuando esta no se corresponde con nuestras expectativas y creencias previas, aunque sea relevante para la resolución del problema, es lo que se conoce como sesgo de confirmación.

Más adelante, investigadores de la Universidad de Toronto le dieron una nueva vuelta de tuerca a la relación entre inteligencia y racionalidad. En esa ocasión se centraron en las personas que tomaban las decisiones más racionales, preguntándose cuál era su secreto.

Estos psicólogos descubrieron que, por lo general, las personas más inteligentes no siempre eran las más racionales. En otras palabras, una persona con un CI alto tiene las mismas probabilidades de tomar decisiones irracionales que alguien que tenga un CI bajo. De hecho, las personas más inteligentes eran más propensas a tomar decisiones irracionales.

Estos psicólogos bautizaron ese fenómeno como “disracionalidad” y hasta llegaron a elaborar un “Coeficiente Racional”, para diferenciarlo del tradicional “Cociente de Inteligencia”.

A veces es bueno ser racional, otras veces es mejor ser inteligente


Todo parece indicar que la clave radica en el pensamiento reflexivo, en nuestra capacidad para alejarnos de los sesgos y falacias analizando el curso de nuestro pensamiento desde una perspectiva desapegada que nos ayude a tomar decisiones más racionales.

Algunos psicólogos han bautizado esta capacidad de metacognición como la “disposición al razonamiento”, entendiéndola como la flexibilidad cognitiva para cambiar la opinión, abrirse a nuevas ideas y buscar nuevas realidades más allá de las ideas preconcebidas. A nivel de laboratorio, comprobaron que las personas que toman decisiones más racionales son precisamente aquellas que están más abiertas a todas las posibilidades porque eso les permite no atarse a formas de pensar o creencias pasadas.

Sin embargo, no debemos caer en el error de pensar que la racionalidad siempre nos conduce a tomar la mejor decisión. Hay ocasiones en las que las decisiones más inteligentes vienen señaladas por el instinto, por esas sensaciones viscerales que no siempre podemos explicar pero que nos indican cuál es el mejor camino.

Ser inteligentes no implica ser racionales sino ser capaces de unir todas las pistas y tomar la mejor decisión. La inteligencia es la capacidad para resolver problemas, pero en muchos casos, para evadir los obstáculos se necesita una dosis de pensamiento divergente, salir de los caminos preestablecidos por la lógica y atreverse a arriesgar siguiendo la intuición.


Fuentes:
Stanovich, K. E. & West, R. F. (2008) On the relative independence of thinking biases and cognitive ability. Journal of Personality and Social Psychology; 94(4): 672-695.
West, R. F., Toplak, M. E. & Stanovich, K. E. (2008) Heuristics and biases as measures of critical thinking: Associations with cognitive ability and thinking dispositions. Journal of Educational Psychology; 100(4): 930-941.
Tversky, A. & Kahneman, D. (1983) Extensional versus intuitive reasoning: The conjunction fallacy in probability judgment. Psychological Review; 90(4): 293-315.
Tversky, A. & Kahneman, D. (1986) Rational Choice and the Framing of Decisions. The Journal of Business; 59(4): 251-278.
Stanovich, K. E. & West, R. F. (1997) Reasoning independently of prior belief and individual differences in actively open-minded thinking. Journal of Educational Psychology; 89(2): 342-357.
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Niños, ¡discutid más!


Cuando Wilbur y Orville Wright aterrizaron en el Flyer I completando su primer vuelo exitoso, todo el mundo celebró el vínculo fraternal. Los hermanos habían crecido juntos, jugaron juntos desde pequeños, se habían embarcado juntos en el negocio de los periódicos y juntos habían construido un avión. Incluso dijeron en una ocasión que "pensaban juntos".

Así creemos que debe ser la creatividad: un proceso armonioso. Pensamos que la innovación es algo casi mágico que se produce cuando una persona encuentra finalmente la sincronía. Esa es la razón por la que una de las reglas fundamentales de toda lluvia de ideas es que no se realicen críticas. El objetivo es que los demás construyan sobre las ideas conjuntas, no que las hagan añicos. Sin embargo, hay un pequeño problema: esa es una imagen edulcorada de la creatividad.

Cuando los hermanos Wright afirmaron que pensaban juntos, lo que realmente querían decir es que discutían juntos. Una de sus decisiones más importantes fue el diseño de la hélice para su avión, y se pasaron semanas discutiendo, a menudo gritaban por la frustración, se alejaban y luego retomaban el trabajo. 

Discutieron durante semanas. En un libro donde se recogen algunos de sus escritos, Orville reconoció: “Después de largas discusiones, a menudo nos encontramos en la ridícula posición de que cada uno se había pasado al lado del otro, de manera que no estábamos más de acuerdo que al inicio”. 

Solo después de hacer trizas los argumentos del otro, ambos se dieron cuenta de que estaban equivocados. No necesitaban una, sino dos hélices que giraran en direcciones opuestas.

El desacuerdo reflexivo potencia la creatividad


La habilidad para discutir sin enojarse, para desarrollar un buen argumento sin que se convierta en una cuestión personal, es fundamental en la vida. Sin embargo, muy pocos padres se la enseñan a sus hijos. Queremos brindarles a los niños un hogar estable y equilibrado, por lo que evitamos que los hermanos se peleen y los adultos discuten a puertas cerradas. La contradicción radica en que si los niños nunca se exponen al desacuerdo, su creatividad y sus habilidades de solución de conflictos se verán limitadas.

Hoy, enseñar a los niños a discutir es más importante que nunca. Vivimos en una época que pronto quedará en manos de la generación copo de nieve, donde las voces que pueden ofender a los demás son silenciadas. Sin embargo, las diferencias de opinión pueden ser enriquecedoras, siempre que se expresen en el respeto a los demás. Por eso, los niños deben aprender el valor del desacuerdo reflexivo.

No es casualidad que muchos de los adultos más creativos hayan crecido en familias donde se palpaba la tensión. Por supuesto, no se trata de familias donde reinaban los insultos, humillaciones y puñetazos, sino familias que tenían desacuerdos en sus formas de ver el mundo, en la educación de los hijos y en muchas otras esferas de la vida. 

En un experimento realizado hace varios años, al pedirle a personas adultas que escribieran historias imaginativas, los escritos más creativos provinieron precisamente de aquellos cuyos padres tenían más conflictos. Sus padres tenían puntos de vista contradictorios sobre cómo criar a sus hijos y mantenían valores, actitudes e intereses diferentes. 

También se ha comprobado que los arquitectos y científicos más creativos suelen provenir de familias en las que había más fricciones, en comparación con sus compañeros de profesión técnicamente igual de capacitados pero menos originales. 

El psicólogo Robert Albert resumió esta idea: “la persona creativa proviene de una familia que es de todo menos armoniosa, podríamos calificarla como ‘oscilante’”.

Wilber y Orville Wright provenían precisamente de una familia oscilante. Su padre era predicador y siempre estaba en desacuerdo con las autoridades escolares, a quienes no les gustaba su decisión de dejar que sus hijos perdieran medio día de escuela para aprender por su cuenta. De hecho, su padre creía tanto en su fe, que alentaba a sus hijos a leer los libros ateos que tenía en su biblioteca.

¿Por qué es importante que los niños dominen el desacuerdo reflexivo?


Si rara vez vemos una disputa, lo que aprenderemos será a evitar la amenaza que representa un conflicto. Presenciar discusiones y participar en ellas nos ayuda a desarrollar un buen escudo. Aprendemos a defender nuestros argumentos y desarrollamos la tolerancia a la frustración, además de abrirnos a nuevas formas de pensar.

De hecho, los hermanos Wright no eran los únicos que discutían. También lo hacían Los Beatles por los instrumentos y Steve Jobs con Steve Wozniak cuando diseñaron el primer ordenador Apple. No es que estas personas hayan tenido éxito a pesar de las discusiones, sino que tuvieron éxito gracias a esos puntos de vista diferentes.

En un experimento realizado en la Universidad de California se apreció que en los grupos donde se practica la tormenta de ideas y se alienta la crítica mutua, se generan un 16% más de ideas. Los laboratorios innovadores, por poner un ejemplo, no están llenos de colaboradores entusiastas en perfecta sintonía sino de científicos escépticos que desafían las interpretaciones de los demás.

Si nadie discute, es menos probable que renunciemos a las viejas formas de hacer las cosas y no probaremos estrategias nuevas. Somos más imaginativos cuando no hay sincronización, y no existe mejor momento para aprenderlo que en la infancia. Los niños necesitan aprender el valor del desacuerdo reflexivo. Lamentablemente, muchos padres enseñan a sus hijos que, si no están de acuerdo con alguien, es educado mantenerse callados. 

También ayuda que los padres muestren algunos desacuerdos, así los niños aprenden a pensar por sí mismos y descubren que ninguna autoridad tiene el monopolio de la verdad. De esta forma toleran mejor la ambigüedad y, en vez de conformarse con las opiniones de los demás, confían más en su propio juicio.

Por supuesto, no se trata de convertir el hogar en un campo de batalla, el niño debe sentirse seguro y debe saber que sus padres se relacionan desde el amor y el respeto, pero no existe nada malo en mostrar algunos desacuerdos. Un estudio muy interesante realizado en la Universidad de Notre Dame en niños de entre 5 y 7 años desveló que aquellos cuyos padres discutían de manera constructiva se sentían más seguros emocionalmente y, durante los siguientes tres años en los que se les dio seguimiento, mostraron una mayor empatía y preocupación por los demás.

Las 3 reglas de oro para llevar el desacuerdo reflexivo al hogar


En vez de evitar las discusiones, atornillándose una sonrisa que los niños intuirán que es falsa, los padres pueden aprender a modelar los conflictos y tener desacuerdos saludables. Estas son algunas reglas que pueden guiarles:

1. Asumir las diferencias como un debate, en vez de pensar en ellas como un conflicto. Si pensamos que las diferencias nos enriquecen, en vez de verlas como brechas que nos separan, podremos sacarles el máximo provecho.

2. Aprender a discutir como si tuviéramos la razón, pero escuchar como si estuviéramos equivocados. Esta máxima nos permitirá defender nuestros argumentos y, a la vez, mantenernos abiertos a las ideas del otro. Esa es la actitud que promueve el cambio.

3. Asumir una actitud respetuosa hacia la perspectiva de la otra persona, y reconocer sus buenos argumentos. Se puede discutir desde el amor y la tolerancia.

Los desencuentros hacen que la familia oscile, pero si hay amor y respeto, no la echarán abajo sino que la fortalecerán.


Fuentes:
McCoy, K. et. Al. (2009) Constructive and destructive marital conflict, emotional security and children’s prosocial behavior. J Child Psychol Psychiatry; 50(3): 270–279.
Wright, O. & Wright, W. (2004) The Published Writings of Wilbur and Orville Wright Paperback. Washington: Smithsonian Books.
Neme, C. J. et. Al. (2004) The liberating role of conflict in group creativity: A study in two countries. European Journal of Social Psychology; 34(4): 365–374.
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El cansancio “apaga” el cerebro


Cuando estamos cansados no funcionamos igual. No solo nos cuesta mucho más hacer las cosas sino que cometemos más errores, somos más lentos y nos sentimos más irritables. Cuando estamos agotados la memoria también nos juega malas pasadas, es más probable que olvidemos las llaves o el teléfono al salir de casa o incluso que tengamos lagunas mentales.

Ahora un grupo de neurocientíficos de las universidades de California y Tel Aviv nos brinda una explicación a estos molestos fenómenos: el cansancio en realidad “apaga” el cerebro. La falta de sueño y el agotamiento afectan la capacidad de las neuronas para codificar la información y traducirla en una respuesta adecuada. En otras palabras, no son capaces de conectarse y comunicar entre sí con eficacia. Esto significa que el agotamiento que sientes no solo es psicológico, también hay un cansancio cerebral de fondo.


El agotamiento afecta las descargas neuronales


En el experimento participaron personas de diferentes edades que sufrían epilepsia. Estas personas se mantuvieron despiertas durante toda la noche, para generar el típico cansancio que se produce por la falta de descanso. 

Al día siguiente les pidieron que clasificaran una serie de imágenes lo más rápido posible. La tarea era muy sencilla ya que solo necesitaban diferenciar las imágenes de rostros de personas, animales y lugares. 

Mientras lo hacían, una serie de electrodos que habían implantado en su cerebro para detectar el origen de sus crisis epilépticas captaban las descargas neuronales en tiempo real. De hecho, debemos recordar que para poder interpretar cualquier tipo de estímulo proveniente del medio, las neuronas necesitan conectarse entre sí, enviando señales que deben ser recibidas y decodificadas por otras neuronas creando una gran red en el cerebro.

Los investigadores se centraron en las neuronas del lóbulo temporal ya que es la zona del cerebro relacionada con la percepción visual y la memoria. Comprobaron que a medida que aumentaba el cansancio, disminuía la capacidad de las personas para clasificar las imágenes. 

Lo interesante es que las descargas neuronales también disminuían su ritmo, las neuronas tardaban mucho más en recibir y transmitir los mensajes. Además, las señales de transmisión eran mucho más débiles, como si hubiesen perdido potencia.

De hecho, otro estudio realizado en la Universidad de Wisconsin sugiere que esas neuronas incluso pueden llegar a “desconectarse” por completo. La falta de sueño y el cansancio hacen que grupos de neuronas de la corteza se duerman, literalmente.

¿Cómo se produce el cansancio cerebral?


Cuando estamos cansados, las tareas cotidianas demandan un esfuerzo 10 veces mayor y podemos sentir una especie de niebla mental que nos impide pensar con claridad. Sin embargo, no solo se ralentiza nuestro funcionamiento cognitivo sino que el cansancio cerebral incluso puede crear falsos recuerdos. 

Así lo comprobaron investigadores de la Universidad de California, quienes les pidieron a un grupo de personas que vieran fotos de un supuesto crimen y leyeran un informe en el que se contradecían esas imágenes. Las personas más agotadas fueron más propensas a crear una historia ficticia, recordando solo los datos del informe y descartando las imágenes, que eran pruebas más fehacientes.

Esto se debe, entre otros factores, a que la falta de sueño y el cansancio hacen que el cerebro pierda sus filtros. Los filtros son los que nos ayudan diferenciar la información relevante de aquella que no lo es, permitiéndonos mantenernos focalizados en lo que realmente importa. Así lo comprobaron neurocientíficos de la Universidad de Pensilvania con neuroimagen funcional, quienes apreciaron que el agotamiento y la falta de sueño afectan las sinapsis de las neuronas de las regiones frontales y parietales involucradas en el control, así como las que se encuentran en las áreas de procesamiento secundario de la información sensorial y el tálamo.

Según una teoría de neurocientíficos de la Universidad de Gotemburgo, el problema se debe a que cuando perdemos esos filtros debido al cansancio cerebral, se activan regiones más amplias de la corteza. Se produce una actividad más inespecífica, como se puede apreciar en las imágenes a continuación. 


El problema es que esa gran activación, sumada al cansancio, conduce a un fenómeno de bloqueo. Las neuronas simplemente no logran “mantener el ritmo” y se desconectan. En algunos casos, ese proceso puede dar pie a la muerte neuronal.

Esto significa que deberíamos tomarnos mucho más en serio el sueño y el descanso. No se trata únicamente de ser más productivos sino también de cuidar la salud de nuestro cerebro.


Fuentes:
Nir, Y. et. Al. (2017) Selective neuronal lapses precede human cognitive lapses following sleep deprivation. Nature Medicine.
Frenda, S. J. et. Al. (2014) Sleep Deprivation and False Memories. Psychological Sciences; 25(9): 1674-1681.
Drummond, S. et. Al. (2012)The Effects of Two Types of Sleep Deprivation on Visual Working Memory Capacity and Filtering Efficiency. PLoS One; 7(4): e35653. 
Vyazovskiy, V. et. Al. (2011) Local sleep in awake rats. Nature; 472(7344): 443–447.
Goel, N. et. Al. (2009) Neurocognitive Consequences of Sleep Deprivation. Semin Neurol; 29(4): 320-339.
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Si quieres creer en ti, necesitas fracasar


Durante las últimas décadas, la idea del “éxito” nos ha obsesionado, convirtiéndose en uno de los signos más característicos de la narrativa social dominante. Todos, como buenos hijos de esta sociedad, perseguimos el objetivo de “tener éxito en la vida”. El problema es que ese éxito se presenta bajo unas coordenadas muy limitadas, que apuntan hacia la acumulación de riqueza, poder y/o influencia.

Obviamente, en ese contexto el “fracaso” es aborrecido, es algo que debemos eludir a toda costa porque significa que no cumplimos con los cánones sociales, que no somos lo suficientemente listos o capaces como para alcanzar la meta que todos se proponen. Por eso, cuando fracasamos intentamos ocultarlo, negar los hechos o pretender que no ha sucedido nada. Esa obsesión por el éxito y el terror por el fracaso nos convierte en personas inseguras y vulnerables.

El experimento que demostró los daños que causa la exaltación del “éxito”


A finales de 1990, dos psicólogos de la Universidad de Columbia realizaron un experimento que sacó a la luz los daños que causa la presión por tener éxito. Los investigadores les pidieron a un grupo de niños que completaran una serie de ejercicios para evaluar su inteligencia. Sin embargo, les dieron una retroalimentación falsa que no tenía nada que ver con su desempeño real.

A algunos les dijeron que lo habían hecho bien, a otros los elogiaron diciéndoles que eran “pequeños genios” y a otros simplemente no les dijeron nada.

Luego, los psicólogos explicaron a los niños que podían elegir entre tareas muy fáciles, que probablemente resolverían bien pero con las que aprenderían muy poco, o tareas más difíciles, en las que podrían equivocarse pero también aprender cosas nuevas.

El 65% de los niños que habían sido elogiados y catalogados como “genios” optaron por la tarea fácil mientras que en los otros grupos ese porcentaje disminuyó casi a la mitad.

Esos niños tenían tan solo entre 10 y 12 años, lo cual significa que a esa edad ya hemos introyectado los conceptos de éxito y fracaso, de tal manera que comienzan a influir en nuestras decisiones, limitando nuestras posibilidades de aprender y crecer.

De hecho, uno de los principales problemas de temerle al fracaso es que limita el éxito. Mientras más nos obsesionemos con el éxito, más le temeremos al fracaso, lo cual nos hará asumir decisiones más cautas que en muchos casos pueden alejarnos de nuestra meta. Es un pez que se muerde la cola.

No sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que te queda


La resiliencia es una capacidad que crece en la adversidad. Quienes han vencido una enfermedad grave, por ejemplo, a menudo reconocen que la experiencia les ha fortalecido, permitiéndoles descubrir una fortaleza interior que no sospechaban tener.

Cuando la adversidad toca a nuestra puerta, nos obliga a activar nuestros recursos psicológicos, desvelándonos unas potencialidades antes desconocidas. Cuando finalmente logremos salir de esa situación, algo habrá cambiado en nuestro interior: ahora sabemos que somos capaces de afrontar las dificultades y los fracasos sin desmoronarnos.

De esta manera, cuando volvamos a encontrarnos en problemas, podremos confiar en nuestra capacidad para salir adelante. Podremos confiar plenamente en nosotros porque sabemos exactamente hasta dónde somos capaces de llegar y lo que podemos soportar.

Precisamente sobre la idea del fracaso como catalizador de la confianza personal habló el cantante y compositor Neil Young en el Festival de Cine de Slamdance de 2012 cuando le preguntaron cuál es el camino al éxito:

La otra cosa que tenéis que estar dispuestos a hacer consiste en ser capaces de abrazar, aceptar y acoger en vuestras vidas, con los brazos abiertos y una visión muy amplia, el fracaso. Aseguraos de darle siempre la bienvenida al fracaso. Decid siempre: Fracaso, encantado de tenerte, ven. Porque así no tendréis ningún temor. Y si no tenéis miedo y creéis en vosotros mismos y os escucháis, sois los números uno. Todo lo demás está detrás de vosotros. Es vuestra vida, vuestra película. A la mierda todo lo demás”.

Los fracasos a los que hace referencia Young son aquellos relacionados con nuestras experiencias vitales, esos fracasos que encierran una enseñanza, tanto sobre nosotros mismos como sobre nuestras circunstancias, se trata de fracasos que nos transforman porque nos permiten entrever una fuerza interior que desconocíamos. 

Fracasar nos permite darnos cuenta de que es posible empezar de nuevo y salir adelante. Nos hace más fuerte y nos empodera, permitiendo que sepamos quiénes somos realmente, de qué somos capaces y hasta dónde podemos llegar en la vida.


Fuentes:
Mueller, C. M. & Dweck, C. S. (1998) Praise for intelligence can undermine children's motivation and performance. Journal of Personality and Social Psychology; 75(1): 33-52.
Dweck, C. S. (1999) Caution - Praise can be dangerous. American Educator; 23: 4–9.
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Esta historia zen nos recuerda que más dice la crítica de quien critica, que de quien es criticado


Bankei Yōtaku fue uno de los grandes maestros zen japoneses, vivió durante años como un eremita y cuando finalmente alcanzó la iluminación, se negó a asumir una posición honorable dentro del monasterio y prefirió seguir ayudando en las labores de la cocina. Sin embargo, la fama de su sabiduría era tan grande, que llegaban alumnos de todas partes de Japón para que los guiara.

Se cuenta que, durante una de esas semanas de meditación, uno de los discípulos fue atrapado robando. El joven fue denunciado ante Bankei, para que este lo expulsara. Sin embargo, Bankei ignoró el caso.

Días más tarde, volvieron a atrapar al discípulo cometiendo un acto similar pero, una vez más, Bankei ignoró el asunto. Aquella situación enfureció a los otros discípulos, que redactaron una petición pidiendo que el ladrón abandonara el monasterio ya que no lo consideraban digno de estar allí. Si el maestro zen no lo hacía, serían ellos quienes abandonarían el monasterio.

Cuando Bankei leyó la petición, reunió a todos sus discípulos y se dirigió a ellos:

- Sois personas sabias - les dijo. – Conocéis la diferencia entre lo correcto y lo que no está bien. Podéis iros a otro monasterio a proseguir vuestro aprendizaje, si así lo deseáis. Sin embargo, este pobre joven ni siquiera sabe distinguir el bien del mal. ¿Quién le enseñará si no lo hago yo? Lo mantendré a mi lado hasta que aprenda.

Un torrente de lágrimas inundó el rostro del discípulo que había robado. En ese preciso momento, todo deseo de robar había desaparecido.

Todos pueden criticar, pocos pueden perdonar y ser compasivos


Algunas veces, una simple historia puede enseñarnos mucho más que un libro de filosofía. El enorme poder de las historias se debe a que sortean las barreras de lo racional, llegando a tocar las fibras emocionales, que son las que generan el conocimiento más profundo. 

De hecho, en el budismo se afirma que todo lo que merece la pena aprender, no puede ser enseñado. Se refiere a que los grandes aprendizajes, esos que nos cambian y transforman nuestra manera de ver el mundo, provienen del interior.

Bankei nos brinda una gran lección a través de esta sencilla historia y nos recuerda algo que gran parte de nuestra sociedad parece haber olvidado: la crítica dice más de quien critica, que de quien es criticado. Si queremos dejar huellas y construir realmente un mundo mejor, deberíamos practicar mucho más el perdón y la compasión.

Bankei nos invita a reflexionar sobre la facilidad con la que podemos darle la espalda a las personas que se equivocan, aquellas que no comparten nuestros puntos de vista o las que se comportan de manera contraria a nuestros valores. En vez de tender un puente, preferimos catalogarlas como “personas tóxicas” y alejarnos.

A nivel social a veces se producen auténticos linchamientos mediáticos, que refuerzan la idea de que está bien criticar, aunque no conozcamos a la persona, sus motivos y ni siquiera tengamos la certeza de que actuó mal. Lo hacemos porque nos reconforta pensar que existen el bien y el mal absolutos, esa idea nos transmite una ilusoria sensación de orden y seguridad.

Al juzgar al otro pretendemos colocarnos por encima, asegurándonos de que somos "mejores" porque no actuaremos de la misma forma. Así negamos la dualidad que existe en nuestro interior, y, de cierta forma, la proyectamos sobre el otro. Negamos los valores y actitudes negativas que nos asustan y creemos ver en el otro. 

Por supuesto, tampoco se trata de premiar los malos comportamientos, no hay dudas de que la sociedad debe mantener cierto orden, y por ello existen las reglas y castigos para quienes las incumplen. Tampoco se trata de asumir una postura masoquista poniendo la otra mejilla, en ciertos casos, alejarse de algunas personas es lo único que podemos hacer para preservar nuestro equilibrio emocional. Sin embargo, antes de apresurarnos a criticar a los demás y expulsarlos de nuestra vida con la etiqueta de “tóxicos”, sería conveniente tomarnos el tiempo para intentar ayudarles.

Sentir compasión por una persona vulnerable o que está sufriendo es una respuesta natural, nuestro cerebro está "programado" para ello. Perdonar a quien se ha equivocado y tenderle la mano para ayudarle a cambiar es mucho más complicado porque exige un acto consciente en el que debemos ser capaces de ponernos en el lugar de la otra persona. Este acto no solo demanda un gran esfuerzo sino también una gran confianza en uno mismo.

Sin embargo, si nos detuviésemos un momento para mirar más profundo, más allá del comportamiento, podríamos ver a la persona. Un estudio realizado en la Universidad de California reveló que las personas más críticas y mordaces suelen ser también las más vulnerables emocionalmente ya que utilizan la crítica como estrategia defensiva para esconder su fragilidad.

Esta preciosa historia zen nos anima a no apresurarnos a juzgar a las personas y aprender a perdonar, para ayudar desde la compasión a quienes no cuentan con las mismas herramientas que nosotros. A veces para ayudar basta con dar el ejemplo y mostrar que somos capaces de perdonar, sentir compasión y ser tolerantes.


Fuentes:
Schriber, R. A. et. Al. (2017) Dispositional contempt: A first look at the contemptuous person. Journal of Personality and Social Psychology; 113(2): 280-309.
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