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La ciencia lo confirma: Demasiada música navideña afecta tu equilibrio emocional


No importa donde vayamos, los villancicos y las canciones navideñas son omnipresentes. No podemos escapar. Los temas clásicos de estas celebraciones se repiten hasta la saciedad. De hecho, ahora mismo en Spotify algunas de las canciones más escuchadas son: "Have Yourself a Merry Little Christmas" de Michael Bublé y "White Christmas" de Bing Crosby.

Para algunas personas, ese bombardeo acústico navideño puede convertirse en un auténtico suplicio que les pasa una elevada factura emocional. Por tanto, si eres de aquellos que se estresan con los villancicos, debes saber que no estás solo en el mundo. De hecho, en Estados Unidos, el 23% de las personas reconocen que no les gustan las canciones navideñas y que incluso les generan estrés. En el Reino Unido ese porcentaje aumenta al 25%. 

La mayoría de las personas indican que les molesta que sean tan repetitivas, a otros les molesta el volumen y otros reconocen que odian ese género musical. Curiosamente, también indicaron que escuchar muchas canciones navideñas tiene el efecto contrario: les quitan las ganas de celebrar y les pone de mal humor.

Ese fenómeno tiene una explicación neuropsicológica.

Efecto de mera exposición: Cuando mucho se convierte en demasiado


El efecto de mera exposición es un fenómeno psicológico que aumenta o disminuye nuestra aceptación y agrado hacia un estímulo según el grado de exposición. Se ha comprobado que algunas personas desarrollan una actitud positiva hacia los estímulos en base a la exposición repetida, es lo que se conoce como “principio de familiaridad". Puede tratarse lo mismo de pinturas, música o incluso de otras personas.

Lo curioso es que este fenómeno no es totalmente consciente. Es decir, aunque no le prestemos mucha atención a la canción que suena de fondo, nuestro cerebro toma nota de ella. Al reconocer los villancicos, por ejemplo, estos generan sentimientos de nostalgia y activan el espíritu navideño. Se activa el efecto de familiaridad y nos sentimos a gusto y seguros. El problema viene después porque escuchar "Jingle Bells" o "Blanca Navidad" por millonésima vez puede llegar a generar molestia, aburrimiento e incluso angustia, según afirman investigadores de la Universidad Estatal de Washington.

Una exposición excesiva a ciertos estímulos o canciones puede terminar generando el efecto contrario y hacer que los rechacemos. Cuando la música navideña suena sin parar, nuestro cerebro termina sobresaturándose, por lo que desencadena una respuesta negativa.

De hecho, este tipo de música puede llegar a tener un efecto drenante, sobre todo en las personas que están más expuestas, como quienes trabajan en las tiendas y centros comerciales. Cuando no nos gusta una canción, intentamos apartarla de nuestra mente pensando en otras cosas, lo cual hace que gastemos una gran cantidad de energía mental y terminemos sufriendo una auténtica fatiga cognitiva.

El costo emocional también depende del significado personal de la Navidad


Si a la cansina repetición de los villancicos se le suman otras preocupaciones propias de las fechas navideñas, como el hecho de tener que encontrar a familiares con los que tenemos poco en común y con los que a menudo terminamos discutiendo, la presión económica que supone comprar los regalos y el estrés por organizar las vacaciones, entonces esas canciones solo sirven para reforzar la ansiedad y la sensación de agobio. De hecho, no es extraño que muchas personas cuenten que les genera la sensación de sentirse atrapados.

En otros casos, los villancicos pueden terminar activando recuerdos dolorosos de años pasados o de personas queridas que ya no están, por lo que pueden incrementar la sensación de soledad que muchos experimentan durante estas fechas. 


Fuentes:
(2017) What people really think about Christmas music in shops. En: Soundtrack your Brand.
Spangenberg, E. S. et. Al. (2005) It's beginning to smell (and sound) a lot like Christmas: the interactive effects of ambient scent and music in a retail setting. Journal of Business Research; 58(11): 1583-1589. 
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Este simpático corto encierra una gran lección: Las cosas buenas llegan cuando sabes esperar


La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”, dijo Immanuel Kant. Sin embargo, siglos antes, muchos filósofos ya habían alabado la virtud y los beneficios de la paciencia, una de las cualidades que más se ha resentido en la sociedad moderna, donde todo gira a ritmo de vértigo y los cambios se suceden unos tras otros, sin darnos tiempo a consolidar las nuevas habilidades que adquirimos.

La vida líquida no contempla la paciencia


El sociólogo Zygmunt Bauman se refirió a los tiempos modernos catalogándolos como una “vida líquida”. Esa vida se caracteriza por no mantener un rumbo determinado ya que, al ser líquida no mantiene durante mucho tiempo la misma forma. En principio, la posibilidad de cambiar y adaptarse al entorno no es algo negativo. Todo lo contrario.

Sin embargo, el problema es que un nivel tan elevado de “liquidez” termina produciendo precariedad e incertidumbre. Estamos obsesionados con no perder el tren de la actualización, aunque esa adaptación sea superficial y circunstancial, el objetivo es que no nos aparten por habernos quedado “obsoletos”. Mientras tanto, se produce una pérdida de referentes claros y sólidos, por lo que caminamos a ciegas. 

En ese movimiento vertiginoso las rutinas cambian antes que las anteriores puedan consolidarse, los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. Esa visión del mundo hace que las personas “exitosas y triunfadoras” sean las más ágiles, ligeras y volátiles que consideran la novedad como una buena noticia, la precariedad como un valor y la inestabilidad como motivación.

En esa sociedad líquida no hay espacio para la paciencia. El “lo quiero” se debe transformar inmediatamente en “lo tengo”. La profunda necesidad de inmediatez en muchas ocasiones nos impide tolerar la frustración e incluso aplazar ciertas recompensas para obtener mayores beneficios. Entonces nos entregamos gustosamente al estrés, la ansiedad y la frustración.

Esta dinámica nos destruye ya que, al fin y al cabo, por mucho que queramos, no podemos acelerar el ritmo con el que las cosas llegan a nuestra vida, ese ritmo natural tiene sus propios tiempos y no podemos violentarlo demasiado. Ir más deprisa significa a menudo frustrarse y sufrir, esforzarse perdiendo una energía psicológica valiosísima, mientras nos olvidamos de disfrutar de las cosas que ya tenemos y hemos logrado. Así nos convertimos en cobayas corriendo dentro de un laberinto, aturdidos por su propia velocidad.

Lo bueno siempre tarda, porque lo que fácil llega, fácil se va


La inmediatez nos hace tomar decisiones precipitadas de las que después podemos arrepentirnos porque, centrados únicamente en la recompensa, nos olvidamos de calcular todos los factores y prever las consecuencias.

En las filosofías orientales como el budismo y el taoísmo, la paciencia es una de las virtudes más alabadas. De hecho, uno de los conceptos más poderosos del taoísmo es el “wu-wei”, que significa, literalmente, inacción o no acción. No implica quedarse de brazos cruzados sino dejar que la vida fluya e irnos preparando para aprovechar las oportunidades cuando estas toquen a nuestra puerta.

Pensemos, por ejemplo, en una flor, que crece de forma natural. Sin embargo, si esa flor desarrollara una conciencia parecida a la nuestra, es probable que comenzara a preocuparse por el proceso de floración. Quizá se pregunte de qué color serán sus hojas, cómo podría acelerar el proceso usando fertilizante, cuánto cuesta y si puede pagarlo. También se preguntará si será más bella y más grande que la flor que crece a su lado. Así, lo que es un proceso natural, podría convertirse en un auténtico trauma.

En muchos casos, todo lo que debemos hacer es dejar que la vida fluya. Se trata de despojarse de esa obsesión por la inmediatez y ampliar nuestra conciencia, pasando del presentismo a asumir una perspectiva más amplia y abierta que nos permita ver el cuadro en su conjunto, comprendiendo las conexiones existentes. Debemos ser plenamente conscientes de que, entre el “plantar y cosechar” existe un periodo dedicado al “regar y esperar”.

Recuerda que la paciencia no es la capacidad de esperar, sino la habilidad de mantener una buena actitud mientras esperas. Este corto de Michale Warren y Katelyn Hagen titulado "The Counting Sheep" nos muestra precisamente la importancia de esperar pacientemente, no tomando decisiones permanentes por culpa de emociones temporales.


Es un corto perfecto para transmitir la importancia de la paciencia a los niños y evitar que construyan una vida líquida cuando sean adultos. Es probable que sus autores se hayan inspirado en el libro “El rebaño”, de Margarita del Mazo, que nos deja una estupenda lección de diversidad, libertad individual y respeto al prójimo.

En este caso, la historia versa sobre una oveja diferente, a la que simplemente no le apetecía saltar la valla porque estaba cansada de hacer siempre lo mismo y seguir un guión que no la motivaba y en el que no tenía ningún poder de decisión. A pesar de que es un libro dirigido al público infantil, es probable que más de un adulto se sienta identificado con la protagonista, ya que suscita reflexiones muy interesantes sobre la vida que llevamos.

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Entre la autoestima y el autorespeto, elige siempre el respeto hacia uno mismo


Desde pequeños nos enseñan a respetar a los demás. Nuestros padres nos enseñan a respetar a los adultos y a los otros niños, nos señalan cuándo nuestras palabras o acciones pueden hacerles daño y, si les faltamos el respeto, nos animan a pedir perdón. Sin embargo, es probable que nadie te haya hablado nunca del respeto hacia uno mismo.

En la mayoría de los casos, esa constante proyección hacia afuera puede hacer que nos olvidemos de la persona más importante en nuestra vida: nosotros mismos. Cuando nos educan para no importunar a los demás, poco a poco se va gestando la creencia de que nuestras ideas, sentimientos y necesidades no son tan importantes. Como resultado, es bastante común que terminemos faltándonos el respeto a nosotros mismos.

Sacrificar el respeto a uno mismo en el altar de la autoestima


Hace siglos, el respeto hacia uno mismo era un concepto central en las ideas de filósofos como Aristóteles. Para ellos, el autorespeto estaba basado en la capacidad para pensar y comportarse de manera tal que promovamos nuestra autonomía, independencia, autocontrol y tenacidad. 

Por desgracia, la Psicología ha descuidado enormemente este concepto, promoviendo en su lugar la importancia de la autoestima. Los libros de autoayuda y los gurús del Crecimiento Personal están obsesionados con la autoestima, pero en realidad el respeto a uno mismo podría ser la auténtica clave para lograr la serenidad mental que buscamos. Ambos conceptos parecen muy similares, pero tienen diferencias de base cruciales.

Ante todo, debemos partir del hecho de que la autoestima siempre implica una forma de evaluación, lo cual significa que en ocasiones ganaremos pero otras perderemos. La autoestima es una medida introyectada de la valía que los demás nos reconocen. De hecho, la palabra proviene del latín aestumare, que significa valorar, juzgar y apreciar. Respetar algo, al contrario, implica aceptarlo, sin juicios de valor.

Por supuesto, tener una buena autoestima es importante, pero ello solo significa que nos estimamos a nosotros mismos, lo cual también significa que si cometemos grandes errores o no cumplimos con nuestras expectativas y las de los demás, podríamos dejar de gustarnos y sufrir una baja autoestima.

El autorespeto, en cambio, no depende tanto de los errores o el éxito porque no es el resultado directo de la comparación con los demás. El respeto propio implica aceptación más allá de nuestras limitaciones y errores.

De hecho, incluso las personas con una autoestima alta se encuentran atrapadas en un marco evaluador, mientras que quienes desarrollan el autorespeto son menos propensos a dejarse influenciar por las opiniones ajenas, ser víctimas de la manipulación y experimentar sentimientos de culpa.

Puedes hacer una pequeña prueba para conocer tu nivel de autoestima y autorespeto. Imagina por un momento que alguien te felicita por los resultados que has alcanzado en un proyecto. ¿Cuál es tu primera reacción? Si te sientes eufórico, es probable que eso signifique que tenías dudas sobre tus habilidades y que dependas bastante de la opinión de los demás.

Por supuesto, es normal que nos sintamos halagados y hasta contentos cuando alguien nos felicita y reconoce nuestro trabajo, pero si notamos que nuestro estado de ánimo oscila dependiendo de las opiniones de los demás, tendremos un serio problema de autorespeto.

El autorespeto es la base de la asertividad


Psicólogos de la Universidad de Kiel, en Alemania, afirman que uno de los pilares esenciales de la asertividad es el respeto por uno mismo. Estos investigadores reclutaron a 643 personas, quienes completaron una serie de tests en los que se evaluaba su nivel de autorespeto, autoconfianza, autoestima, autoaceptación, competencia percibida y asertividad. Las personas también debían responder cómo actuarían en situaciones hipotéticas en las que se violaban sus derechos o atacaban su dignidad.

Los psicólogos descubrieron que el respeto por uno mismo era el mejor indicador para predecir la asertividad. También descubrieron que las personas que se respetaban a sí mismas optaban por soluciones más asertivas para resolver los conflictos mientras que aquellas que solo creían que tenían “derecho a no ser pisoteadas”, pero en verdad no se respetaban, solían adoptar estrategias de afrontamiento más agresivas.

En realidad, el autorespeto no implica simplemente reclamar nuestros derechos sino que es la convicción de que somos personas tan valiosas como los demás y, por tanto, no es necesario perder los estribos. El autorespeto siempre genera un círculo virtuoso que nos permite responder mucho mejor ante las circunstancias. 

Las señales de falta de respeto hacia uno mismo


El autorespeto es la convicción de que tenemos los mismos derechos básicos que los demás, es reconocer que somos dignos de ser amados y tenidos en cuenta, tratándonos con compasión. No obstante, existen sutiles señales que pueden indicarnos que no nos respetamos lo suficiente, como por ejemplo:

- Nos aplicamos etiquetas denigrantes, sobre todo cuando cometemos errores o no estamos a la altura de nuestras expectativas. Esas etiquetas no nos ayudan a crecer sino todo lo contrario, se convierten en creencias que nos limitan y nos hacen sentir mal.

- Nos tratamos con extrema dureza, sin espacio para la indulgencia, hasta el punto que terminamos machacándonos. En vez de ser un poco más compasivos, como lo seríamos con un amigo, nos tratamos mal.

- Priorizamos continuamente las necesidades de los demás sobre las nuestras porque creemos que somos menos importantes, hasta el punto que prácticamente nos olvidamos de nosotros mismos.

- Creemos que somos menos valiosos que los demás y que merecemos menos que ellos, por lo que a menudo no reclamamos nuestros derechos.

- Nos quedamos callados por miedo a importunar a los demás, prefiriendo masticar el mal rato que ponerle coto a una situación que nos causa malestar y desasosiego.

Los 3 puntos básicos para desarrollar el respeto por uno mismo


La peor soledad es no sentirse cómodo con uno mismo”, dijo Mark Twain. En vez de repetirte frases vacías que tendrán muy poco impacto en la idea que ya tienes formada sobre ti, es necesario hacer un trabajo psicológico más profundo que siente las bases para un autorespeto sólido. En ese caso, es imprescindible que comiences por estas 3 creencias:

1. Asumir que tenemos los mismos derechos que los demás y, por ende, debemos tratarnos con la misma compasión, cariño y respeto.

2. Comprender que somos tan valiosos como las otras personas que comparten nuestra vida y, por consiguiente, que también merecemos que nuestras necesidades sean tenidas en cuenta.

3. Ser conscientes de nuestros puntos débiles y errores, de manera que estos no condicionen nuestra relación con nosotros mismos. 


Fuentes:
Renger, D. (2017) Believing in one’s equal rights: Self-respect as a predictor of assertiveness. Self and Identity; 17: 1-21.
Roland, C. E. & Foxx, R. M. (2003) Self-respect: A neglected concept. Philosophical Psychology; 16(2): 247-288.
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Cuantas menos cosas haga un juguete, más cosas hará la mente del niño


Hace décadas, los juguetes eran un privilegio del que todos los niños no podían disfrutar. Sin embargo, suplían su falta recurriendo a la imaginación, de manera que cualquier otro objeto de uso cotidiano podía convertirse en un juguete. En los últimos años, los niños tienen tantos juguetes que prácticamente no les prestan atención, y estos son cada vez más sofisticados. Quizá estamos equivocando el camino porque más no es sinónimo de mejor.

Por supuesto, no se trata de privar a los niños de los juguetes ya que estos no solo son una fuente de diversión sino también de aprendizaje, pero debemos tener presente que como regla general mientras más cosas haga un juguete, menos hará la mente del niño. El juego libre es esencial durante la infancia, por lo que los padres y maestros deben proporcionar a los pequeños más juguetes que estimulen su fantasía y creatividad, en vez de apostar por juguetes híper tecnológicos que promuevan un juego demasiado estructurado.

La importancia del juego libre en un mundo estructurado al milímetro


En el juego, los niños ponen a prueba muchas habilidades que son fundamentales para su desarrollo, desde habilidades físicas y manuales hasta habilidades cognitivas y sociales. También desarrollan sus habilidades emocionales, mientras juegan los niños aprenden cómo regular su miedo e ira y, por tanto, desarrollan el autocontrol emocional, algo que luego le servirá para mantener la calma en situaciones amenazantes de la vida real.

Las actividades estructuradas, como los deportes, los juegos de mesa con reglas y los juguetes tecnológicos, también son herramientas de desarrollo útiles, pero no cumplen la misma función que el juego libre. El juego libre está centrado en el niño, es iniciado por el niño y controlado por el niño, no requiere la participación de los adultos. Por tanto, ese juego es fluido; los niños determinan y controlan las reglas, deciden cómo juegan y cómo evoluciona el juego. Eso hace que las reglas cambien a medida que evoluciona la actividad, lo cual significa que es un proceso espontáneo e intrínsecamente gratificante para los niños, que solo juegan por la diversión, centrándose plenamente en el aquí y ahora.

El juego libre también demanda que los niños cambien y se ajusten a las nuevas circunstancias. De hecho, ese es uno de sus principales beneficios: contribuye a desarrollar la flexibilidad cognitiva, la adaptabilidad y la capacidad de respuesta. Las investigaciones demuestran que el juego libre estimula las capacidades creativas y la habilidad para resolver problemas a largo plazo. Al eliminar este tipo de juego poniendo reglas y estableciendo límites, disminuyen estas experiencias. 

En el juego libre no estructurado los niños no solo ponen a prueba sus habilidades para adaptarse a las circunstancias cambiantes sino que además desarrollan sus habilidades sociales y de resolución de conflictos, aprendiendo a escuchar las necesidades de los demás y hacer valer las suyas. En esa negociación constante necesitan alcanzar un equilibrio para que el juego continúe, lo cual también les obliga a ponerse en el lugar del otro y desarrollar la empatía y las habilidades de comunicación. Para seguir jugando, ambos niños deben sentirse satisfechos, lo cual les obliga a ceder un poco, de manera que aprenden a solucionar los conflictos desde técnicas ganar-ganar.

Por último, pero no menos importante, el juego libre libera su imaginación, de manera que buscan maneras creativas para entretenerse y aprenden a lidiar con el aburrimiento sin sentirse frustrados. Se ha demostrado que el aburrimiento ocasional es un potente motor impulsor de la creatividad, además de servir a los niños para que aprendan a gestionar su tiempo libre.

Por eso, ahora que se acerca la temporada de regalos, si quieres elegir un juguete realmente desarrollador, la clave radica en que sea sencillo. A continuación podrás encontrar algunos ejemplos.

7 juguetes que estimulan la fantasía y la creatividad infantil


1. Rompecabezas Magnético

Se trata de un juguete educativo ideal para los niños mayores de 3 años, ya que contiene piezas pequeñas. Está compuesto por 100 piezas que los niños pueden organizar a su gusto para formar diferentes escenarios. Lo interesante es que aunque se trata de un rompecabezas, deja espacio a la creatividad y, mientras los niños intentan “encajar” las piezas, van aprendiendo a dibujar los muñecos en la misma pizarra.


2. Bloques magnéticos de construcción

Se trata de piezas magnéticas muy fáciles de unir con las que los niños podrán dar vida a sus ideas en 3D. Este conjunto en especial consta de 72 piezas, algunas triangulares y otras cuadradas, y sus colores brillantes están pensados para llamar la atención de los más pequeños, ya que se puede usar a partir de los 3 años de edad, estimulando su creatividad hasta límites insospechados. Por supuesto, los imanes son seguros y sostienen muy bien las estructuras que se construyan. 


3. Tubos flexibles
Se trata de uno de los juguetes más sencillos y originales que he visto en los últimos tiempos. Está compuesto por tubos flexibles y accesorios para permitir que el niño pueda crear todo tipo de figuras originales. Dado que lo pueden usar a partir de los 3 años, con la supervisión de un adulto, permite comenzar a explorar las formas y más adelante, a medida que crezca, podrá crear figuras más complejas en 3D. Es uno de esos juegos que crece junto con el niño y de los que nunca se aburren ya que todo lo que necesitan es ingenio para darle vida a nuevas formas.


4. Piezas de construcción

Este juguete en especial es ideal para desarrollar la motricidad fina, la creatividad y la capacidad para resolver problemas. Con las diferentes piezas se pueden crear lo mismo imágenes en 2D o 3D, en dependencia de la edad del pequeño. De hecho, se puede comenzar a utilizar desde los 3 años con la supervisión de un adulto. El niño podrá unir las diferentes piezas usando tornillos y tuercas, construyendo todo lo que pueda imaginar, combinando colores y formas.


5. Tablero de setas

Era uno de mis juegos preferidos cuando era pequeña ya que el único límite era la fantasía. Y cuando terminaba de componer una figura, ya estaba pensando en la siguiente. Este juguete desarrolla la imaginación, la coordinación ojo-mano y la creatividad. Lo pueden usar los niños mayores de 3 años con la supervisión de un adulto ya que las piezas son bastante pequeñas. Solo tendrá que ir colocando las pequeñas setas hasta formar una figura, o un cuadro mucho más complejo, jugando a combinar los diferentes colores.


6. Bunchems


Este juego de ensamblaje está causando furor entre los más pequeños ya que el único límite es su fantasía. Está recomendado para niños de más de 6 años ya que está compuesto por piezas de plástico de diferentes colores que se unen fácilmente por contacto gracias a unos ganchos alargados que funcionan como si fueran velcros. Este paquete tiene 1000 piezas de diferentes colores e incluye desde ojitos hasta gafas, sombreros y alas, para que los niños puedan crear cualquier personaje que imaginen. 


7. Bolas Magnéticas de Descompresión

Este juguete ya es para niños mayorcitos, o para los adultos que aún tienen alma de niño y no se resignan a dejar de jugar. Se trata de un cubo compuesto por 216 bolas de acero inoxidable e imantadas. Lo más interesante es que podemos llevarlo con nosotros y los niños pueden usarlo en su tiempo libre o divertirse con sus amigos creando distintas formas. De hecho, no solo es divertido y estimula la creatividad sino que también contribuye a aliviar el estrés. La cantidad de figuras que se pueden formar es tal que incluso existen vídeos en Youtube donde los adolescentes comparten esa pasión.

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El método Marie Kondo, ordenar tu vida ordenando tu casa


La libertad no es hija del orden, sino su madre”, dijo el filósofo francés Pierre Joseph Proudhon. Y lo cierto es que no andaba desacertado ya que el orden, o el desorden, influyen notablemente en nuestro estado de ánimo y productividad.

Un estudio desarrollado en la Universidad de Princeton reveló que el desorden y el caos limitan nuestra capacidad para concentrarnos, a la vez que restringe la capacidad del cerebro para procesar información. Estos investigadores escanearon las respuestas cerebrales de las personas cuando realizaban una tarea en entornos ordenados o desorganizados.

Sus conclusiones fueron contundentes: si queremos concentrarnos y procesar la información de la manera más eficaz posible, es mejor despejar el lugar de trabajo. El desorden compite por nuestra atención e incluso si somos capaces de concentrarnos, esa molestia termina desgastando nuestros recursos mentales y probablemente generará frustración.

Otro estudio realizado en la Universidad de Nuevo México puso de manifiesto que el desorden genera experiencias más negativas en los ambientes. Estos psicólogos explican que lo que llamamos "hogar" no es simplemente la vivienda sino la constelación de experiencias, situaciones y sensaciones que vivimos dentro de esas paredes y que son, lo que en última instancia, hacen que nos sintamos bien o mal al llegar a casa. El desorden nos dificulta el día a día, poniéndonos trabas para encontrar las cosas, lo cual genera experiencias más negativas.

Uno de los resultados más interesantes de esta investigación fue que el apego a las posesiones significativas podía predecir el nivel de satisfacción de las personas en su hogar, pero el desorden y la acumulación de objetos no favorecía ese apego sino que generaba malestar psicológico. En parte, ello se debe a que la desorganización nos impide disfrutar de aquellas cosas que nos reportan auténtico placer o generan buenos recuerdos y sensaciones, las cuales se encuentran sepultadas en un mar de objetos que no nos dicen absolutamente nada.

Marie Kondo es una escritora japonesa que lleva años profundizando en el mundo del orden y el caos tanto en la vida como en el hogar. Según Kondo, que en 2015 fue catalogada por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo, muchas veces el caos externo del que nos rodeamos es una expresión del caos interior o puede terminar generando una sensación de desconcierto. Por eso, nos propone un método para reorganizar nuestros hogares y, de paso, poner un poco de orden en nuestra vida interior.

El primero paso: Evitar el efecto rebote


Es probable que este escenario te resulte familiar. Un día decides que vas a organizar una de las habitaciones de la casa. Seleccionas todo lo que ya no usas ni necesitas. Cuando terminas, encuentras una pequeña montaña de cosas de las que deberías deshacerte pero en lugar de ello, te atenaza un sentimiento de nostalgia que te hace aferrarte a esas cosas. Entonces buscas otro lugar de la casa, donde puedas guardarlas. Incluso es probable que decidas que necesitas comprar muebles nuevos pues no tienes suficiente espacio de almacenaje.

Ese comportamiento, en el que todos en alguna ocasión hemos caído, es lo que Kondo define como "efecto rebote". En práctica, organizamos algunos espacios para desorganizar otros, trasladando la acumulación de objetos de un sitio al otro del hogar. Al final, terminamos con toda la casa repleta de cosas que no necesitamos.

Kondo explica que su método no consiste en almacenar mejor las cosas, sino en ordenar y eliminar todo lo innecesario. De hecho, el paso más importante consiste en superar ese apego a los objetos que ya no necesitamos.

Kondo nos propone organizar la casa desde una perspectiva diferente, conservando aquellas cosas que realmente nos hacen realmente felices, las que nos transmiten un recuerdo especial y tienen un significado emocional. Todas aquellas cosas que no son útiles ni transmiten nada especial, deben desaparecer porque su única función es obstruir.

¿Cómo saber qué tirar?


La respuesta es muy sencilla: si tienes que pensar demasiado en si debes deshacerte de algo o no, échalo a la basura, dónalo o regálalo. Cuando se trata de objetos útiles o de aquellos que nos hacen felices, no hay titubeos. La duda aparece precisamente ante esos objetos que sabemos que no necesitamos, pero nos aferramos a ellos porque en ese apego hallamos un poco de seguridad.

Kondo explica que una manera más sencilla para deshacernos de los objetos consiste en dar las gracias por el servicio prestado. Al inicio puede resultarte difícil o incluso pienses que es una tontería pero ese pequeño ritual nos ayuda a liberarnos de lo que no necesitamos y es un excelente antídoto contra el sentimiento de culpa que suele aparecer cuando tiramos algo.

Las reglas principales del método Marie Kondo


1. Desechar todo lo que no es útil, no necesitamos, no nos hace felices o no tiene un significado emocional especial. Esas cosas solo ocupan espacio, creando caos y desorden.

2. Almacenar solo aquellos artículos funcionales y/o que nos aporten alegría y nos hagan sentir algo cuando los vemos. En sentido general, si un objeto no tiene un significado especial, no tiene por qué ocupar un lugar en casa.

3. Ordenar por categorías y no por lugar, lo cual significa que en vez de decidir ordenar una habitación, debes centrarte en ordenar los libros, por ejemplo. Kondo afirma que es más fácil comenzar por ordenar la ropa ya que es más fácil saber si la usamos o no.

4. No procastinar. A la hora de deshacernos de ciertos objetos, podemos caer en la tentación de procrastinar, que significa aplazar la decisión de deshacernos de ellos. Es fundamental que logremos vencerla y seguir adelante.

5. Hacer la limpieza en soledad ya que cuando tenemos compañía es más probable que esa persona nos persuada de que debemos conservar la mayoría de las cosas. Poner orden en el hogar también puede convertirse en un acto de instrospección. 


¿Cómo organizar la casa puede ayudarnos a ordenar nuestra vida interior?


Todo depende de cómo asumas ese proceso. Puedes simplemente tirar todo lo que no usas o puedes aprovechar esa limpieza para mejorar tu autoconocimiento y liberarte de algunas ataduras. Para ello, es imprescindible partir de la idea de que el desorden nos está transmitiendo un mensaje. Para comenzar, puedes plantearte algunas preguntas:

- ¿Cómo es posible que hayas acumulado tantas cosas? ¿Acaso estabas intentando llenar algún vacío emocional con esas posesiones? A menudo las personas que se sienten solas lo compensan llenando su hogar de objetos. No es algo que hagan conscientemente, es más bien una proyección de su soledad, por lo que intentan llenar todos los espacios vacíos de su casa.

- ¿Por qué te cuesta tanto deshacerte de los objetos? Es probable que en el fondo ese apego se deba a que necesitas sentirte más seguro y crees que las posesiones pueden brindarte esa seguridad, por lo que tirarlas equivaldría a renunciar, de cierta forma, a esa tranquilidad ilusoria que te reportan. Después de todo, el desorden se crea a partir de ciertos hábitos, los mismos hábitos que nos pueden mantener en relaciones tóxicas, solo porque nos resultan familiares y, aunque son dañinos, nos apegamos a ellos porque cambiarlos nos sacaría de nuestra zona de confort.

Marie Kondo no nos propone simplemente un método de organización sino que nos anima a relacionarnos con los objetos desde una postura diferente y desapegada. Al deshacernos de las cosas, nos liberamos de algunas ataduras mentales y le hacemos espacio en nuestra vida a las nuevas experiencias, de manera que podamos construir nuevos recuerdos en vez de ahogarnos en el pasado.

Ese proceso de organización puede conducirnos a un curioso viaje emocional, si ponemos la mira en nuestro interior. Sin duda, es un ejercicio interesante, sobre todo para los acumuladores compulsivos y los eternos nostálgicos. Cuando se emprende de esta manera, cada cosa de la que te deshaces puede tener un profundo efecto liberador.

Fuentes:
Roster, C. A. et. Al. (2016) The dark side of home: Assessing possession ‘clutter’ on subjective well-being. Journal of Environmental Psychology; 46: 32-41.
McMains, S. & Kastner, S. (2011) Interactions of top-down and bottom-up mechanisms in human visual cortex. J Neurosci; 31(2): 587-597.
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¿Cómo la ansiedad “mata” tu intuición?


La intuición es una herramienta extremadamente poderosa que a menudo nos permite tomar excelentes decisiones o nos pone a salvo de peligros potenciales. Sin embargo, no funciona siempre, ni para todos. Las personas ansiosas suelen sentirse frustradas si necesitan seguir los designios de su intuición. 

¿Cómo pueden confiar en sus instintos si estos a menudo le dicen que está al borde de la muerte cuando se trata solo de un ataque de pánico? ¿Cómo confiar en sus reacciones viscerales si estas las convencen de que tiene una enfermedad incurable o que el avión al que está a punto de subirse se va a estrellar?

La ansiedad se manifiesta a través de pensamientos anticipatorios negativos y una sensación de aprensión, como si algo malo fuera a ocurrir de un momento a otro, a lo cual le siguen reacciones vegetativas intensas. En esos casos, es difícil hacerle caso al instinto.

La ansiedad acalla el instinto


Un estudio desarrollado en la Universidad Libre de Berlín analizó cómo impacta la ansiedad en la intuición. Estos psicólogos analizaron y compararon las habilidades intuitivas en la toma de decisiones.

Más de un centenar de participantes fueron asignados al azar a tres grupos, en los cuales se indujeron diferentes estados de ánimo a través de frases e imágenes: ansiedad, optimismo y neutralidad. 

Por ejemplo, para promover la sensación de optimismo, una de las frases decía: “El afecto de las personas que amamos nos hace sentir particularmente seguros y confiados. Siempre hay alguien que nos ama” y luego se mostraba una foto de una joven pareja sonriente con una mascota.

Sin embargo, para generar la ansiedad se usaron frases como: “La seguridad no está garantizada, ni en el vecindario ni en el hogar”, seguido por la imagen de un hombre que aferraba el cuello de una mujer.

A continuación los participantes debían completar un cuestionario diseñado para evaluar su tendencia a tomar decisiones intuitivas y analizar cuál era su eficacia. Se constató que un estado de ánimo neutral o positivo no parecía influir en la intuición, pero la ansiedad reducía drásticamente la capacidad para dejarse llevar por el instinto.

¿Cómo la ansiedad afecta la intuición?


Todo parece indicar que la ansiedad nos hace reacios a asumir riesgos ya que genera un estado de ánimo más pesimista y apuntala la sensación de inseguridad, cualidades que nos hacen más propensos a elegir la alternativa que creemos más segura, rutinaria y no desafiante. En algunos casos, la ansiedad incluso puede llegar a paralizarnos, de manera que no seremos capaces de tomar ninguna decisión.

Estos psicólogos explican que para usar la intuición en la toma de decisiones, es imprescindible que tengamos confianza en nosotros mismos. El problema es que la ansiedad nos arrebata esa confianza, por lo que es más probable que ignoremos las sutiles señales emocionales o corporales que normalmente catalogamos como “corazonadas”.

De hecho, las señales físicas que normalmente asumimos como indicadores de la intuición, como puede ser la aceleración del ritmo cardíaco o tener mariposillas en el estómago, para las personas ansiosas no suelen ser más que desagradables síntomas psicosomáticos.

Por tanto, si quieres que tu intuición te señale el camino cuando estás en una encrucijada, el primer paso es aprender a relajarte. Solo así podrás escuchar su mensaje.

Fuente:
Remmers, C. & Zander, T. (2017) Why You Don’t See the Forest for the Trees When You Are Anxious: Anxiety Impairs Intuitive Decision Making. Clinical Psychological Science.
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Agotamiento psicológico: A veces no se cae por debilidad, sino por haber sido demasiado fuertes


A veces nos derrumbamos por haber sido demasiado fuertes, por haber soportado demasiado, por haber estado disponibles durante demasiado tiempo, por haber asumido demasiadas responsabilidades… Cuando hay muchos “demasiados” en nuestra vida, es normal que suframos un profundo agotamiento psicológico.

El agotamiento psicológico suele ser un proceso lento, se va acumulando gota a gota sin darnos cuenta. El problema es que termina “estallando”, a menudo por situaciones sin importancia a las que en otras circunstancias ni siquiera les hubiéramos prestado atención. La gota que colma el vaso puede ser absolutamente cualquier cosa que nos ponga frente a frente con la imposibilidad de seguir adelante. Entonces nos desplomamos, literal o metafóricamente.

¿Qué es el agotamiento psicológico y cuáles son sus causas?


El agotamiento psicológico es un estado de extremo cansancio mental y emocional, que a menudo también se acompaña de la sensación de falta de fuerza física. Ese estado de desgaste extremo está provocado por un desbordamiento de los recursos emocionales y/o cognitivos. En otras palabras: no damos más de nosotros. A menudo se experimenta como una especie de inercia física y mental, una sensación de “pesadez” que envuelve el día a día.

Las causas del agotamiento psicológico son variadas, aunque en muchos casos se aprecia una constante: dar demasiado y recibir muy poco. El agotamiento psicológico aparece como resultado de una entrega constante y hasta desmesurada, ya sea en al trabajo, a los demás, a un proyecto que nos apasiona pero también nos consume, a los problemas cotidianos, a las tareas del día a día…

Al mismo tiempo, no recibimos prácticamente nada a cambio que pueda equilibrar la balanza. No podemos descansar y relajarnos lo suficiente, no pasamos tiempo de calidad a solas con nosotros mismos y no recibimos suficiente atención, cariño y comprensión de las personas cercanas. En práctica, es como si solo sacáramos energía de nuestro cajero emocional pero no nos preocupáramos por hacer ingresos periódicos.

En otros casos ese cansancio mental está provocado por demasiados cambios en muy poco tiempo, aunque estos sean positivos. Sin embargo, al ocurrir tan rápido, no podemos gestionarlos y nos sentimos desbordados. En estos casos, aunque aparentemente tengamos todo lo que deseamos, en nuestra mente tenemos encendido una especie de sensor que nos indica que algo está fallando.

Cansancio mental: Síntomas premonitorios del agotamiento 


1. Pérdida de energía. La sensación de agotamiento psicológico suele reflejarse primero a nivel físico, por lo que es normal que te sientas sin energías, incluso apenas te levantas por la mañana, de manera que cuando abres los ojos piensas que no podrás afrontar la jornada.

2. Irritabilidad. Uno de los síntomas más evidentes del agotamiento psicológico es el nerviosismo, la irritabilidad y la hipersensibilidad ya que pierdes el autocontrol. A la vez, comienzas a interpretar los estímulos como si fueran amenazas, lo cual te lleva a reaccionar poniéndote a la defensiva. 

3. Insomnio. A menudo detrás del agotamiento psicológico se esconden problemas no resueltos, que dan vueltas una y otra vez en tu mente, de manera que no te dejan conciliar un sueño reparador. 

4. Anhedonia. Incapacidad para disfrutar de los pequeños placeres de la vida, las cosas que antes disfrutabas ya no te animan, es como si de repente el mundo hubiera perdido sus colores. En algunos casos, puedes sentir como si flotaras en una especie de limbo lejano que te distancia de la realidad.

5. Pérdida de la motivación. Cuando estás extremadamente agotado, simplemente no encuentras la motivación para involucrarte en nuevos proyectos o hacer esas cosas que antes te apasionaban. Cualquier tarea te parece titánica y desarrollas una profunda apatía hacia el mundo. También suelen aparecer sentimientos de desencanto, desilusión y desesperanza.

6. Fallos de memoria. La atención es uno de los primeros procesos psicológicos que se afectan cuando estás agotado, lo cual también conduce a despistes frecuentes. Es probable que olvides los recados, que no recuerdes donde dejaste las llaves o que incluso te resulte difícil recordar qué comiste el día anterior. Esto se debe a que tu mente está demasiado saturada como para seguir procesando y almacenando información a nivel consciente. 

7. Lentitud de pensamiento. El agotamiento psicológico también afecta los procesos cognitivos, por lo que puedes percibir que piensas con mayor lentitud o que te cuesta muchísimo trabajo pensar. Lo que antes hacías rápidamente, te cuesta mucho más y a veces incluso te resulta difícil darle un sentido lógico a las ideas en la mente o seguirle la pista a un discurso largo. 

¿Quiénes son más vulnerables al agotamiento psicológico?


Todos podemos agotarnos psicológicamente, sobre todo cuando atravesamos situaciones de la vida particularmente estresantes, pero existen algunas características de personalidad que nos pueden hacer más vulnerables a ese agotamiento mental.

- Perfeccionismo. Las personas perfeccionistas, que se exigen mucho a sí mismas, terminan añadiendo un peso extra sobre sus hombros que a la larga representa más estrés.

- Dificultad para delegar. Las personas que quieren asumir todas las tareas, porque creen que los demás no sabrán hacerlas o no estarán a la altura, son más propensas a sufrir agotamiento psicológico debido a un exceso de responsabilidades.

- Sensibilidad extrema. Las personas que son muy empáticas e hipersensibles, son más propensas a sufrir un estado de agotamiento emocional debido a que a menudo asumen los problemas de los demás como propios, sin ser capaces de establecer una distancia psicológica de protección.

- Incapacidad para relajarse. A algunas personas, por las características de su sistema nervioso, les cuesta más relajarse y desconectar que a otras. Es como si su cerebro trabajara a mil revoluciones por minuto constantemente. Sin embargo, a la larga, eso termina pasando factura.

Remedios para el cansancio mental: Las 5 reglas a seguir


Cada quien debe hallar su propio remedio para el cansancio mental, lo cual significa que debes detectar qué está consumiendo tu energía y enfrentar ese problema, quizá desde una perspectiva diferente. Recuerda que a veces un cambio de perspectiva basta para cambiarlo todo, sin que nada cambie.

No obstante, he aquí 5 reglas generales que deberías seguir para lidiar con el agotamiento psicológico:

1. Descansa. Para ser eficaz y productivo, necesitas descansar. En la vida, es fundamental encontrar un equilibrio entre el trabajo y las obligaciones y el tiempo libre y el descanso. Asegúrate de encontrar el tiempo para relajarte, de manera que se convierta en un hábito cotidiano y puedas prevenir el agotamiento psicológico.

2. Prioriza. El día tiene 24 horas, aunque quieras no puedes alargarlo. Por tanto, debes aprender a priorizar teniendo en cuenta no solo las cosas que parecen ser urgentes sino también aquellas que más te apasionan y te brindan satisfacción. Llenar tu jornada con tareas que generan agobio y estrés también causa un profundo cansancio mental, por lo que debes asegurarte de encontrar un equilibrio.

3. Exígete menos. Sé un poco más realista, no eres un superhombre o una supermujer. A veces no pasa nada si te equivocas, si las cosas no salen perfectas o si las aplazas. Se trata simplemente de que no te añadas una presión innecesaria.

4. Sé compasivo contigo mismo. Se trata de relacionarte contigo mismo asumiendo una actitud más positiva y compasiva. Consiste en modular el discurso que mantienes contigo brindándote confianza y tranquilidad, en vez de recriminarte y criticarte duramente. Un discurso que añada más estrés y malestar se convertirá en el combustible que alimente el agotamiento psicológico.

5. Reencuéntrate. El agotamiento psicológico suele crear a nuestro alrededor una capa compuesta por preocupaciones, presiones, deberes, angustias y autoexigencias que, a la larga, hace que nos olvidemos de nosotros mismos. Por eso, es importante que encuentres un espacio para estar a solas contigo, unos momentos del día en los que simplemente respires con tranquilidad y conectes con tus necesidades, sueños y anhelos.
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