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A esta edad tu autoestima se dispara


Una autoestima adecuada se ha relacionado con un mayor éxito y satisfacción en la vida mientras que una baja autoestima se ha vinculado con trastornos como la depresión y la indefensión aprendida. La autoestima es el valor que nos damos a nosotros mismos y los sentimientos que nos profesamos. En otras palabras: es cuánto te aprecias y gustas a ti mismo. 

Muchos piensan que la autoestima es un rasgo de la personalidad estable y duradero, pero en realidad no es así. De la misma forma en que podemos desarrollar una buena autoestima, también podemos perderla. La autoestima es más bien como una planta que debemos cuidar y proteger todos los días. 

¿Por qué la autoestima es tan importante? 


La autoestima desempeña un rol trascendental en la motivación y el éxito que tendremos en la vida. Una baja autoestima puede impedirte tener éxito simplemente porque piensas que no tienes las cualidades necesarias para triunfar. Al contrario, una autoestima adecuada te animará a esforzarte, te permitirá afrontar la adversidad con una actitud más positiva y te mantendrá motivado a lo largo del camino. 

La autoestima también es importante porque determina los sentimientos que nos profesamos. Una persona con una baja autoestima puede llegar a tener éxito en algunas esferas de su vida pero, aún así, no se sentirá satisfecha consigo misma, lo cual la hará desdichada e infeliz. Una persona con una autoestima saludable no se recriminará ni se culpará inútilmente, tomará nota de sus errores, aprenderá la lección y seguirá adelante. 

¿Cómo cambia la autoestima por edades?


La autoestima, al igual que la personalidad, cambia con el paso de los años. Lo usual es que a medida que afrontemos diferentes experiencias de vida, vayamos madurando, de manera que las diferentes piezas de nuestra personalidad van encajando mejor. 

Psicólogos de la Universidad de Bern descubrieron que, como regla general, la autoestima alcanza su punto máximo a los 60 años. Para llegar a esta conclusión analizaron más de 331 estudios realizados sobre la autoestima en personas de diferentes edades. Así lograron identificar un patrón que se mantuvo estable independientemente del año de nacimiento, el género y la nacionalidad: la autoestima va mejorando hasta alcanzar su esplendor a los 60 años, para luego ir disminuyendo paulatinamente a partir de los 70 años. 

También notaron que la autoestima suele aumentar desde los 4 hasta los 11 años, a partir de ese momento y hasta los 13 años se produce un ligero declino, vinculado con la difícil transición de la infancia a la adolescencia y los problemas de autoimagen y autoconcepto. Entonces se mantiene estable hasta los 15 años aproximadamente y, una vez que la persona resuelve los conflictos típicos de la adolescencia y juventud, la autoestima crece rápidamente hasta los 30 años, momento en el cual ese crecimiento se modera pero continúa ascendiendo hasta los 60 años.

Por supuesto, este estudio hace referencia a las oscilaciones de la autoestima de manera “natural”, lo cual no significa que no podamos desarrollar una autoestima sólida mucho más temprano en la vida y tampoco es una garantía de que al llegar a los 60 años nuestra autoestima será a prueba de balas. 

No obstante, lo usual es que a medida que enfrentamos diferentes experiencias en la vida vayamos ganando la madurez y la confianza que necesitamos para apuntalar las bases de una autoestima sólida. En la adolescencia y juventud solemos tener una autoestima artificialmente elevada, lo cual significa que hemos desarrollado una visión relativamente distorsionada de nuestras capacidades y potencialidades, pero a medida que van pasando los años las vamos poniendo a prueba y desplegamos una visión más realista de nosotros mismos. 

Los años nos traen la bendición de comprender mejor quienes somos, sentirnos bien con ese autoconcepto y aceptarlo sin condiciones ni recriminaciones. Con la edad nos vamos despojando de las influencias y presiones sociales, hasta llegar a ese maravilloso punto en el que sentimos que no tenemos que demostrar nada al mundo sino que podemos ser nosotros mismos sin temor a las críticas.

Llegamos a ese punto en el que no necesitamos impresionar a nadie, no nos apetece usar disfraces ni fingir que siempre somos fuertes o agradables. Ese maravilloso punto del camino en el que no queremos ser igual a los demás sino tan solo ser nosotros mismos, con nuestras virtudes y defectos, tan perfectamente imperfectos.

Nos reconocemos, nos aceptamos y nos gustamos así. Y esa es la clave para tener una buena autoestima :)


Fuente:
Orth, U. et. Al. (2018) Development of self-esteem from age 4 to 94 years: A meta-analysis of longitudinal studies. Psychological Bulletin.
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Tristeza e ira: El camuflaje emocional que nos mantiene atrapados


Tristeza e Ira llegaron a un estanque maravilloso de aguas cristalinas. Ambas decidieron darse un baño, se despojaron de su ropa y se sumergieron en el estanque. 

La ira, apurada como siempre, urgida sin saber muy bien por qué, se bañó rápidamente y más rápido aún salió del agua. Sin embargo, como la ira es ciega, o no distingue claramente la realidad, desnuda y apurada, se vistió con la primera ropa que encontró… 

No era la suya, sino la de la tristeza… Y así, vestida de tristeza, la ira se fue. 

Con la parsimonia que caracteriza a la tristeza, esta terminó de bañarse sin apuro, o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo, y salió con pereza del estanque. Descubrió que su ropa ya no estaba. 

Dado que a la tristeza le avergüenza quedarse al desnudo, se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la ira. 

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la ira, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si miramos bien encontramos que es tan solo un disfraz tras el cual está escondida la tristeza.

Esta preciosa historia de Jorge Bucay se refiere a cómo a veces tristeza e ira se entremezclan y confunden, no solo para los demás sino también para nosotros mismos. Saber diferenciarlas es fundamental o no podremos gestionarlas asertivamente y terminarán afectando nuestro equilibrio emocional. 

Tristeza e ira: Dos emociones básicas y necesarias entrelazadas por la frustración 


La tristeza y la ira son emociones básicas, generalmente percibidas de manera negativas y censuradas socialmente, hasta tal punto que hemos olvidado que se trata de emociones sanas, normales e incluso necesarias. Es perfectamente comprensible que vivamos con tristeza la pérdida de una persona querida o que nos enfademos cuando somos víctimas o testigos de una injusticia. 

Por desgracia, nos han educado para censurar y reprimir las emociones "negativas", en vez de enseñarnos a comprender su mensaje y gestionarlas. Como resultado, nos sentimos aún peor cuando las experimentamos y, en el intento de esconderlas a nosotros mismos, negamos su existencia, dejando que ejerzan su influjo desde el inconsciente. Por eso, no es extraño que muchas veces tristeza e ira se confundan. 

En muchos casos la línea que une ambas emociones es la frustración. Cuando nos sentimos tristes por algo que nos ha ocurrido pero que no podemos remediar, como puede ser la pérdida de algo o alguien valioso, es normal que sobrevenga la frustración. Nos sentimos frustrados porque no podemos hacer nada, y es fácil que esa frustración se transforme en ira. 

Por eso, tristeza e ira suelen ser dos caras de una misma moneda, una aparece ocultando a la otra, entramos en una para evitar la otra. No queremos estar tristes y nos “anestesiamos” alimentando la ira, enfadándonos con el mundo. 

En otros casos sucede justo lo contrario, nos tragamos la ira pues hemos asumido que se trata de una emoción “negativa” indeseada y la escondemos detrás de la tristeza, una tristeza que también surge de esa sensación de frustración por no poder expresar abiertamente lo que sentimos. 

Por supuesto, estos mecanismos ocurren por debajo del nivel de nuestra conciencia, pero si desarrollamos la granularidad emocional podremos aprender a reconocer cada emoción, el primer paso para gestionarla mejor. 

Aprender a diferenciar la tristeza de la ira también nos permitirá ser más asertivos en nuestras relaciones interpersonales. Podremos mirar más allá del disfraz y darnos cuenta, por ejemplo, de que las respuestas de enfado de una persona en realidad son una máscara para esconder su tristeza o su miedo.
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Regreso a casa: El cuento ilustrado que nos anima a ver lo que no vemos


Hay libros que dicen poco pero transmiten mucho. Tal es el caso de “Regreso a casa”, una tierna historia ilustrada para niños que se revela como una auténtica fiesta para los sentidos. Es un viaje visual que evoca sonidos y olores a través de nostalgias y reflexiones. 

Su creadora, Akiko Miyakoshi, acompaña a una pequeña conejita de regreso a casa en brazos de su madre. Es de noche, una hora en la que apenas hay nadie en la calle pero la vida bulle en el interior de las casas. 


"Regreso a casa" es un paseo por ese mágico momento en que el día está por acabar, por el ritual de una ciudad que despide la jornada y despliega sus hábitos más íntimos, solo disponibles para quien tiene el ojo atento y la sensibilidad necesaria para captar no solo su existencia sino también su belleza. 


A medida que acompañamos a la protagonista en su aventura, vemos cómo los comercios empiezan a cerrar y a través de las luces que iluminan las ventanas de las casas podemos adivinar muchas historias, si dejamos volar la imaginación.

Alguien habla por teléfono, otro parece que está preparando la cena porque huele realmente bien, hay quienes descansan frente al televisor y en la ventana de al lado se adivina una fiesta muy animada. Otros se preparan para irse a dormir… 


A lo lejos, alguien se encamina hacia la estación para tomar un tren y probablemente regresar a casa tras otro largo día de trabajo. 


El libro capta con extrema sensibilidad ese abanico de rutinas que se producen todos los días en las ciudades, en ese momento en el que el día se apaga y nos preparamos para decir adiós, ese momento en el que la vida prácticamente se extingue en las calles pero renace en el interior de los hogares. 


Este cuento nos recuerda que cada quien tiene su propia historia. Aunque está concebido para niños de entre 3 y 7 años de edad, también evoca la nostalgia en los adultos y, a su manera, es un recordatorio de que a nuestro alrededor la vida bulle, que existen miles de pequeños detalles que no vemos porque caminamos con paso rápido, sumergidos en nuestras preocupaciones.

Sin embargo, si aprendemos a estar plenamente presentes y dejamos volar nuestra imaginación, algunas noches pueden llegar a ser especiales sin que ocurra nada especial. Nos rodea un mundo maravilloso que espera ser redescubierto.

Por eso, este libro es, de cierta forma, una oda a la curiosidad y a los pequeños detalles. También nos invita a reflexionar sobre esos hilos invisibles que nos unen. Las ventanas iluminadas son un símil de esos universos pequeños universos autónomos, esas vidas e historias paralelas, que forman una inmensa y maravillosa constelación.


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Necesidad de amor: El anhelo de amor es sabiduría, no debilidad


"La necesidad más profunda del hombre es la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad", dijo Erich Fromm. Por desgracia, una sociedad que alimenta valores como el individualismo y la competitividad nos hace sentir inadecuados si reconocemos que necesitamos ser amados. Entumecer emocionalmente a los individuos y condenarlos a la soledad como símbolo del éxito es uno de los caminos que conduce a la alienación y desesperación.

Sin embargo, la necesidad de amor no es una debilidad, y reconocerla es símbolo de sabiduría y madurez emocional. De hecho, una de las creencias más limitantes y dañinas que podemos alimentar consiste en pensar que la necesidad de ser amados es una debilidad. 

El amor como fuente de fortaleza interior


No es casualidad que se "ataque" al amor ya que es una de las principales fuentes de empoderamiento. Hace siglos el filósofo chino Lao-Tse dijo: "Ser profundamente amado por alguien te da fuerza, amar a alguien profundamente te da valor".

En realidad, el anhelo de amor no es una debilidad. No estamos concebidos para vivir como ermitaños en la sociedad y ser plenamente autosuficientes. Una vida sin amor implica marchitarse por dentro porque la intimidad, ya sea en términos de pareja, amistades, familiares o de cualquier otro tipo, se convierte en una especie de oxígeno psicológico. El poeta Rainer Maria Rilke lo resumió perfectamente: "El amor consiste en esto: dos soledades que se encuentran, se protegen y se saludan".

Por eso, necesitamos reconocer nuestra necesidad de amor y dejar de pensar en ella como en una debilidad o algo de lo cual avergonzarse. 

De hecho, una investigación realizada en la Northwestern University reveló que el nivel de satisfacción con la relación de pareja y la intimidad que hemos establecido es el mejor predictor de nuestro nivel de felicidad.

Una relación enriquecedora impacta el doble en nuestra felicidad que nuestra carrera profesional, amistades e incluso nuestra salud. No es casualidad que otro experimento realizado en la Johns Hopkins University descubriera que cuando la persona amada sostiene nuestra mano, puede aliviar el dolor y contribuye a que nuestras funciones fisiológicas vuelvan a la normalidad. 

En este punto es importante realizar una distinción entre una necesidad saludable y la necesidad que genera dependencia. La necesidad que engendra dependencia proviene de la falta de seguridad y confianza en uno mismo. Esa necesidad no reporta felicidad sino al contrario, es causa de infelicidad y a menudo nos impulsa a caer en las redes de personas manipuladoras.

Sin embargo, una necesidad saludable de amor, cuando es reprimida porque no queremos aceptarla, puede convertirse en una necesidad enfermiza que genera dependencia.

Al contrario, la necesidad de amor saludable, aceptada y canalizada, impulsa a la conexión y permite que ambas personas se retroalimenten y crezcan.  Cuando reconocemos la necesidad de ser amados y de establecer una conexión emocional profunda, podemos intentar satisfacerla de la manera más saludable, preservando nuestra identidad y aportando auténtico valor a la relación.

¿Cómo dignificar la necesidad de amor? 


Dignificar nuestra necesidad de ser amados puede ser un proceso complicado, sobre todo si nos han educado para que nos avergoncemos de esa necesidad, si pensamos que el éxito es sinónimo de completa independencia y autosuficiencia y que el anhelo del amor es una debilidad. En ese caso, será necesario armarse de paciencia e ir desmontando las concepciones que nos impiden aceptar esa profunda necesidad. 

1. Acepta y explora la necesidad de amor

El primer paso consiste en validar ese sentimiento que probablemente has experimentado desde hace mucho tiempo pero que has reprimido. Búscale un sentido a esa necesidad y, sobre todo, navega por ella sin expresar juicios de valor, asumiendo una actitud mindfulness. 

2. Usa el amor como un medio para conectar

Imagina esa misma necesidad en las personas más cercanas. Ese pequeño ejercicio te ayudará a desarrollar una actitud más empática y generará una mayor intimidad y conexión. Comprender que los demás albergan tus mismos miedos e inseguridades te acercará a ellos. Cuando en una relación ambos se avergüenzan de su necesidad de amor, es probable que esa relación termine mal porque esa necesidad no será satisfecha y ambos se encerrarán tras una máscara de frialdad y seguridad. Sin embargo, la vulnerabilidad es lo que nos acerca, no la extrema confianza o la superioridad. 

3. El amor que no se expresa, se marchita

Piensa en cómo llevarás a la práctica ese descubrimiento. ¿Cómo puedes expresar tu amor? Ten en cuenta que algunas personas no están preparadas para recibir tanto amor porque mantienen levantadas sus barreras emocionales, pero puedes dosificarlo en pequeños gestos que vayan derrumbando, ladrillo a ladrillo, ese muro.

No obstante, recuerda las palabras de Fromm: "Solo existe un acto de amar [...] que implica cuidar, conocer, responder, afirmar y gozar de una persona, un árbol, una pintura, una idea. Significa dar vida, aumentar su vitalidad. Es un proceso que se desarrolla e intensifica a sí mismo". Ese nivel de amor pleno y maduro se alcanza cuando nos amamos y aceptamos, cuando dejamos atrás el miedo y estamos dispuestos a conectar desde nuestra esencia.

Prestar atención a tus necesidades, en vez de avergonzarte y reprimirlas, te conducirá a una vida más plena y feliz. Ya lo había dicho el periodista Franklin P. Jones: "El amor no hace girar al mundo, pero hace que el viaje valga la pena". 

Fuentes: 
Goldstein, P. et. Al. (2018) Brain-to-brain coupling during handholding is associated with pain reduction. Proc Natl Acad Sci; 115(11): 2528-2537. 
Finkel, E.J. et. Al. (2013) A brief intervention to promote conflict reappraisal preserves marital quality over time. Psychol Sci; 24(8): 1595-1601.
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¿Cómo soportar a las personas insoportables?


En la vida tenemos que lidiar con muchas personas, algunas son maravillosas y dejan una impronta positiva indeleble, otras no lo son tanto. Hay personas insoportables que nos estresan, crispan o enfadan, que intentan manipularnos o descargan su energía emocional negativa sobre nosotros. 

Por el bien de nuestro equilibrio psicológico, debemos aprender a lidiar con esas personas. Si siempre huimos de ellas, es probable que terminemos en una restringida zona de confort compuesta por personas que comparten nuestra mentalidad, lo cual podría conducirnos al tribalismo y la intolerancia. Por eso, podríamos ver a las personas insoportables como una maravillosa oportunidad para crecer emocionalmente. 

¿Quiénes son las personas insoportables? 


Ante todo, es importante tener en cuenta que todos podríamos convertirnos en personas insoportables debido a que algunas de nuestras características podrían ser difíciles de tolerar para alguien. Más allá de las personas que humillan, descalifican e insultan, existen otras actitudes y comportamientos que pueden ser potencialmente insoportables para los demás. 

El perfeccionismo llevado al extremo, por ejemplo, puede llegar a ser insoportable pues implica pedirle siempre más a los demás, sin estar nunca satisfecho con lo que recibimos. El exceso de control también puede arrebatar el oxígeno psicológico, hasta el punto de convertirse en una prisión insoportable. Quejarse continuamente contagiando a los demás de una visión pesimista de la vida puede tener un efecto acumulativo sobre los demás que termine haciendo que la presencia de esa persona sea insoportable. Quienes pretenden convertirse en jueces máximos, critican todo y siempre quieren tener la razón también pueden ser insoportables. 

Eso significa que la próxima vez que tengas que lidiar con una “persona insoportable”, debes tener en cuenta que ese calificativo también depende de tu grado de tolerancia. Lo que es insoportable para ti, podría no serlo para alguien más. El simple hecho de asumir esta perspectiva te ayudará a lidiar mejor con las características de esa persona que te molestan. 

Personas insoportables: ¿Cómo lidiar con ellas sin perder tu equilibrio psicológico? 


1. Diseña un plan claro y ensáyalo mentalmente. La posibilidad de predecir lo que va a suceder a continuación, así como la sensación de tener el control, disminuye considerablemente el nivel de estrés y los sentimientos de malestar. Por eso, si ya sabes de qué pata cojea una persona, puedes prepararte mentalmente para el encuentro. ¿Cuánto puede durar? ¿Qué podría decirte y qué puedes responderle? ¿Qué vías de escape tienes si la situación degenera? ¿Cómo lidiarás con esa característica que tanto te irrita? 

2. Protege tu paz interior. La paciencia y el autocontrol no son cualidades infinitas, se agotan rápidamente cuando estamos agotados o irritados. Por eso es importante que protejas tu equilibrio psicológico a lo largo de la jornada. Si te sientes relajado y en paz contigo mismo, es menos probable que la negatividad de los demás hagan mella en ti y podrás gestionar mucho mejor a esas personas complicadas. 

3. Desarrolla una actitud mindfulness. Muchas veces no reaccionamos a la situación sino a la película que proyectamos mentalmente sobre lo que está ocurriendo. Eso significa que podemos darle un sentido a las palabras, actitudes y comportamientos de la otra persona que realmente no tienen. Por eso, lo mejor para lidiar con personas insoportables es asumir una actitud mindfulness, que implica no juzgar. Ante la duda, no saques conclusiones precipitadas, mejor pregunta y clarifica. 

4. No personalices. Si llevas la situación al plano personal, te resultará más difícil soportar la situación. De esta manera es más probable que te sientas humillado o avergonzado. Y todo lo que te lastima, suele generar una reacción defensiva. Por eso, cuando tengas que relacionarte con una persona insoportable, intenta no llevarlo al plano personal. Asume una distancia psicológica que te permita desligarte de las emociones que estás experimentando. 

5. Sé empático. Cuando estás frustrado, irritado o enojado es difícil ser empático con la persona que generó esos sentimientos. Al contrario, desarrollar la empatía es una estrategia excelente para lidiar con las personas insoportables. En vez de alimentar los pensamientos de rencor e ira, intenta poner en su lugar pensamientos de compasión. Quizá esa persona se comporta así porque ha tenido una vida difícil, porque tiene problemas personales o porque padece algún problema psicológico. No se trata de excusar su mal comportamiento sino de evitar que este genere una intensa reacción emocional n ti que termine desestabilizándote. 

6. Pon límites a tu diálogo mental. Una de las peores cosas que puedes hacer es seguir dándole vueltas en tu mente a lo sucedido, pensando en lo que podías haber dicho pero callaste, culpándote por no haberte defendido lo suficiente. Esos pensamientos rumiativos no te harán ningún bien, al contrario, alimentarán emociones como la frustración y el enojo. Por tanto, si crees que has cometido un error, aprende la lección pero pasa página lo antes posible. Si no lo haces, le estarás dando un enorme poder a esa persona porque aunque no esté presente, seguirá desequilibrándote. 

7. Sé claro. Las personas insoportables suelen tensar mucho la cuerda, hasta llegar al punto de ruptura. No permitas que lo hagan. Conoce tus límites y sé claro respecto a ellos. Habla con firmeza, de manera que la otra persona tenga claro cuáles son las líneas rojas que no debe traspasar.
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10 cosas que las personas altamente sensibles necesitan para ser felices


Las personas altamente sensibles no lo tienen fácil en la vida. Su elevada sensibilidad puede llevarles a desarrollar una empatía que las haga sufrir en exceso y a menudo chocan contra el muro que representa la incomprensión de los demás. 

En la base de esa hipersensibilidad se encuentra un procesamiento diferente. Las personas altamente sensibles procesan la información de manera distinta, por lo que los sonidos altos, las imágenes de violencia o dolor, las luces demasiado brillantes y las aglomeraciones pueden afectarlas profundamente. Por eso, para ser felices necesitan ambientes tranquilos donde sus sentidos puedan descansar. Aunque eso no es todo.

La felicidad llega de la mano de la simplicidad y el sentido


1. Un ritmo de vida más lento y simple 

Debido a que las personas altamente sensibles procesan la información a un nivel más profundo, suelen necesitar más tiempo para realizar ciertas tareas, como desayunar o salir de la casa por la mañana. También necesitan un poco más de tiempo para tomar decisiones, incluso las más sencillas y aparentemente intrascendentes como elegir el sabor de un helado, porque les resulta más complicado procesar la enorme cantidad de opciones existentes ya que en su mente valoran meticulosamente todos los pros y los contras, hasta el punto que en algunos casos pueden sufrir una auténtica parálisis por análisis. Por eso, las personas altamente sensibles suelen ser más felices llevando un ritmo de vida más lento y apostando por un estilo de vida más sencillo. 

2. Un ambiente tranquilo para relajarse después de un día ocupado 

Todos necesitamos un equilibrio entre la ocupación y el descanso, pero para las personas altamente sensibles es esencial. Al final del día, estas personas absorben una cantidad impresionante de información y la procesan hasta el último detalle, lo cual suele ser agotador, no solo a nivel mental sino también físico. El tiempo de relajación y desconexión les sirve para disminuir el nivel de estimulación y restaurar su paz interior. Sin ese equilibrio, una persona altamente sensible puede terminar sufriendo ataques de pánico o depresión. Por eso necesitan un lugar tranquilo donde se sientan completamente a gusto para descansar. 

3. Permiso para emocionarse 

Las personas altamente sensibles no solo son susceptibles a los estímulos externos sino que también son muy sensibles emocionalmente. Suelen tener las emociones a flor de piel y no pueden evitar expresar lo que están sintiendo. Eso significa que muestran su enojo sin tamices, así como su alegría. Para estas personas es muy importante poder expresar sus emociones pues verse obligadas a reprimirlas les hará sentir mucho peor. Por eso, es fundamental que reciban la validación de quienes les rodean y que los demás aprecien esa sinceridad. 

4. Tiempo para adaptarse al cambio 

Las transiciones suelen ser difíciles para todos, pero para las personas altamente sensibles pueden convertirse rápidamente en una enorme fuente de estrés que las abrume. Incluso los cambios positivos, como comenzar una relación de pareja o mudarse a la casa de sus sueños, pueden ser estresantes para estas personas. Necesitan un periodo de tiempo más largo para acostumbrarse a las transformaciones y aceptarlas plenamente. Las personas altamente sensibles tienen su propio ritmo y es importante que los demás lo respeten pues intentar acelerarlo solo causará más estrés y desestabilización. 

5. Una salida para su lado creativo 

Muchas de las personas altamente sensibles experimentan una imperiosa necesidad de crear. Canalizan sus observaciones, ideas y emociones a través del arte, la poesía, la música… Su sensibilidad puede llegar a ser tan abrumadora y la incomprensión social tan grande, que necesitan explorar otros canales para expresar su mundo interior. Para estas personas la creatividad es una especie de válvula de escape que les permite liberar todas las experiencias emocionales y sensoriales. 

6. Un entorno natural y belleza 

Lo queramos o no, nuestro entorno nos afecta. Sin embargo, la influencia del entorno en las personas altamente sensibles es aún más intensa. Los espacios desordenados, caóticos o simplemente feos les generan un estado de malestar difícil de soportar, hasta tal punto que pueden desestabilizarles emocionalmente provocando irritación, frustración y/o tristeza. Al contrario, la naturaleza y los ambientes ordenados con un gusto estético les hacen sentir felices, es como si les ayudaran a recargar su batería emocional. 

7. Dormir bien 

Todos necesitamos dormir y una mala noche de sueño termina pasándonos factura, pero para las personas altamente sensibles los problemas de sueño son una pesadilla insoportable. No dormir las pone de mal humor y afecta profundamente su desempeño hasta tal punto que les resulta casi imposible hacer cualquier cosa. El sueño ayuda a las personas altamente sensibles a procesar las experiencias diurnas para restarles parte de su impacto emocional, por lo que lo necesitan casi tanto como el oxígeno para respirar. 

8. Relaciones interpersonales significativas 

Las personas altamente sensibles no son, necesariamente, introvertidas, sino que disfrutan de la compañía inteligente y necesitan encontrar a un alma gemela que comprenda su naturaleza sensible o, al menos, la respete. Esa persona puede ayudarles a protegerse de la sobreestimulación y validar sus sentimientos, facilitándoles las decisiones del día a día. Sin embargo, si no encuentran a alguien que las entienda y valore, prefieren estar solas ya que las relaciones superficiales carecen de encanto y las aburren rápidamente. Las personas altamente sensibles quieren conectar desde lo profundo y suelen evitar a toda costa las relaciones intrascendentes. 

9. Una vida interior rica 

Las personas altamente sensibles tienen una mayor predisposición a mirar dentro de sí, se cuestionan continuamente sus valores y siempre intentan perfeccionar algo. De hecho, no es extraño que se les catalogue como un “alma vieja”. Estas personas no suelen buscar experiencias vibrantes, pero son capaces de vivir intensamente las experiencias más sencillas que para los demás suelen pasar desapercibidas, como un atardecer. En ellas, la procesión ocurre por dentro. 

10. Un sentido de la vida 

Algunas personas parecen flotar en la vida sin dirección ni propósito. Para las personas altamente sensibles es algo impensable. Por el contrario, suelen dedicar mucho tiempo a reflexionar sobre temas filosóficos. ¿Quiénes son? ¿Por qué están en el mundo? ¿Cuál es el sentido de su vida? Estas personas siempre están buscando un sentido más profundo que le confiera significado a su existencia y actos. Si no lo encuentran pueden sufrir una crisis existencial. Su felicidad depende en gran medida de encontrar su lugar en el mundo.
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Parálisis por análisis: Cuando pensar demasiado te bloquea


Nuestra sociedad enaltece el pensamiento y la razón pero en algunos casos pensar demasiado puede ser contraproducente, llegando a provocar lo que se conoce en el ámbito de la Psicología como “Parálisis por Análisis”.

El concepto en sí no es nuevo sino que incluso inspiró una de las famosas fábulas de Esopo, una historia que refleja a la perfección lo que puede ocurrirnos cuando tenemos demasiadas opciones entre las cuales elegir. 

Ocurrió una vez que un gato se encontró en un bosque con una zorra. La zorra, que despreciaba al gato y quería demostrar su superioridad, le preguntó cuántas maneras de escapar conocía. 

Este respondió modestamente: 

- No conozco más que una. Me fío de mi agilidad. Cuando los perros me persiguen, sé subirme de un salto a un árbol, y así me salvo de ellos.

- ¿Y es eso todo lo que sabes? - preguntó la zorra altanera-. Pues yo domino más de cien trucos. Me das lástima; ven conmigo y te enseñaré diferentes maneras de escapar de los perros.

En aquel preciso instante apareció un cazador con sus perros. El gato, veloz y sin pensárselo dos veces, saltó a un árbol y se quedó oculto entre las ramas. 

La zorra, sin embargo, pensando en qué estratagema usar, fue presa fácil de los perros. 

Esta fábula nos demuestra que en ocasiones vale más saber algo que nos sea útil, que barajar mil opciones que no nos sirven. También nos demuestra que cuando el tiempo apremia, pensar demasiado puede ser perjudicial, conduciéndonos a una parálisis de análisis. 

¿Qué es la parálisis de análisis? 


Se cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, después de escuchar que los diseñadores de embarcaciones se pasaban la mayor parte del tiempo discutiendo sobre los cambios de diseño, les envió este mensaje: “La máxima: ‘nada vale aparte de la perfección’ puede deletrearse como parálisis”. 

Se refería a la parálisis por análisis, que consiste en pensar demasiado sobre una situación, de manera que jamás llegamos a tomar una decisión ni pasamos a la acción. Cuando la decisión es muy complicada o existen demasiadas opciones, no llegamos a elegir porque nos quedamos atascados en la fase de análisis, buscando la solución “perfecta”. 

El problema es que la parálisis de análisis nos conduce a una situación en la cual el costo de esa reflexión excede los beneficios que podríamos obtener si simplemente elegimos un camino. En otras palabras: perdemos más quedándonos atascados que lo que podríamos perder tomando una decisión, aunque no fuese la mejor. En la vida, la parálisis por análisis nos puede llevar a perder grandes oportunidades y puede representar costes emocionales o económicos elevados.

¿Por qué se produce la parálisis de análisis? 


- Miedo a equivocarnos. Cada día tenemos que tomar decenas de decisiones, algunas son importantes y otras más intrascendentes. Todas esas decisiones generan cierto nivel de ansiedad, en dependencia del impacto que tengan sobre nuestra vida. El miedo a equivocarnos y no poder volver sobre nuestros pasos una vez que hemos tomado una decisión es una de las principales causas de la parálisis por análisis. Queremos ir sobre seguro, pero dado que nunca podremos tener la certeza absoluta, nos quedamos paralizados en la fase de análisis, incubando ese miedo al error, analizando una y otra vez las consecuencias de las diferentes opciones sin decantarnos por ninguna. 

- Demasiada información. En la sociedad moderna se ha sobrevalorado la capacidad de elección, hasta el punto que la cantidad de opciones que tenemos a nuestra disposición simplemente nos resulta abrumadora. De hecho, se ha demostrado que cuántas más opciones tenga un consumidor, menos probable será que compre y más tardará en tomar la decisión, si llega a tomarla. En estos casos, el problema es que nos perdemos valorando cada vez más detalles para diferenciar una opción de la otra y, al final, terminamos agotados y frustrados, lo cual merma nuestra capacidad de decisión. 

- Tendencia al perfeccionismo. En otras ocasiones nos quedamos dando vueltas en círculos porque perseguimos la perfección, queremos ultimar todos los detalles antes de tomar una decisión porque deseamos que el resultado sea perfecto. 

- Aversión al coste de oportunidad. El coste alternativo o de oportunidad es un concepto que se usa en el ámbito de la economía para designar el valor de la opción no elegida. Se refiere a aquello de lo que nos privamos cuando elegimos otra alternativa. En muchos casos, centrarnos demasiado en aquello a lo que renunciamos, en vez de enfocarnos en lo que ganamos, nos impide tomar una decisión condenándonos a la parálisis. En práctica, nos ciegan las pérdidas y nos olvidamos de los beneficios o ganancias.

Lo peor de todo es que en muchos casos inventamos excusas para explicar esa parálisis por análisis. Por ejemplo, nos decimos que necesitamos más información para tomar la decisión cuando en realidad lo que nos detiene es el miedo a equivocarnos. En esos casos, es importante ser conscientes de lo que origina la parálisis de decisión para no quedarnos dando vueltas en círculos, preocupados inútilmente y malgastando nuestra energía psicológica. 

¿Cómo superar la parálisis por decisión? 


- Establece fechas límite. Cuando tienes que tomar decisiones importantes, establecer una fecha límite y respetarla te ayudará a dar el paso. Determina un marco de tiempo prudencial para informarte y luego toma una decisión. Recuerda las palabras de Harold Geneen: “Es mejor tomar una buena decisión rápidamente que tomar la mejor decisión demasiado tarde”. 

- Refrena tu curiosidad. Los detalles son unos de los principales culpables de la parálisis del análisis, ese deseo de excavar más y más con cada dato nuevo que descubres. En cierto punto necesitas detenerte porque ese deseo de profundizar puede llevarte a una parálisis pues siempre habrá algo que no puedes conocer. 

- Asume que los planetas nunca se alinearán. Las condiciones jamás serán óptimas. Por tanto, debes asumir que tienes que tomar una decisión con los conocimientos y datos que ya tienes. No esperes a saberlo todo o a que llegue el momento ideal. Postergar la decisión esperando que los planetas se alineen puede ser tan solo una excusa para no dar el paso. 

- No busques la perfección.La perfección es enemiga de lo bueno”, escribió Voltaire. Si te empeñas en que todo sea perfecto, terminarás siendo víctima de la parálisis de la decisión pues es prácticamente imposible controlar todos los detalles. 

- Da un paso a la vez. En vez de asumir la decisión como algo definitivo, asuméla como pequeños pasos que puedes ir corrigiendo a medida que avanzas. Ir tomando pequeñas decisiones te ayudará a sentirte más cómodo y seguro, además de sacarte del estado de parálisis. En el ejército, por ejemplo, no importa mucho en qué dirección te muevas cuando estás bajo un ataque de mortero, solo necesitas moverte. No pienses que estás tomando una gran decisión, ya que puede ser aterrador, piensa que estás tomando múltiples decisiones pequeñas. 

- Limita el número de opciones. Si reduces el número de opciones, te resultará más fácil tomar una decisión. Comienza eligiendo aquellas alternativas más interesantes y descarta el resto. Te resultará más fácil elegir entre tres opciones que entre diez. 

- Agrega o elimina la emoción. En ciertos casos, debes añadir un poco de racionalidad a la toma de decisiones y en otros necesitas agregar un poco de intuición. Las mejores decisiones son aquellas pensadas con objetividad pero validadas por la intuición. Por tanto, piensa si estás paralizado porque estás siendo demasiado racional o, al contrario, demasiado emocional.

- Prioriza las decisiones importantes. A veces sufrimos lo que se conoce como fatiga decisional, la cual está provocada por el hecho de tener que tomar demasiadas decisiones en muy poco tiempo. Por eso, es importante que estructures tu jornada de manera tal que puedas tomar las decisiones más importantes con la mente fresca.
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