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Personas que hablan mucho


Al inicio nos parecen simpáticas y extrovertidas. Son personas sociables y buenos conversadores. Sin embargo, con el paso del tiempo su conversación llega a ser agotadora. Cada encuentro te deja sin energía. El problema es que se trata de una persona que habla mucho y no escucha, casi siempre de sí misma. Cuando os despedís, sientes que no ha habido conversación, que has sido un oyente de un monólogo infinito. ¿Qué les sucede a las personas que hablan mucho? ¿Por qué se comportan así?

Verborrea: El síntoma de un trastorno psicológico


En el ámbito de la Psicología existe una palabra para calificar la tendencia a hablar mucho: verborrea. De hecho, se trata de un síntoma de algún problema psicológico de base, generalmente de estados maníacos, cuadros de agitación y estados ansiosos.

La verborrea es la alteración cuantitativa del flujo del lenguaje, se caracteriza por la aceleración y prolijidad del discurso y la dificultad para ser interrumpido. Es decir, las personas hablan mucho y rápido, a un ritmo inusual inusual que resulta muy difícil de interrumpir.

En muchos casos la verborrea está causada por una aceleración del pensamiento. En práctica, el curso de su pensamiento va muy rápido, por lo que su discurso es una expresión de esa velocidad. Sin embargo, a diferencia de las personas que hablan mucho de sí mismas o de sus problemas, en este caso existe un trastorno psicológico. 

De hecho, a veces su discurso puede llegar a ser incongruente o nos cuesta seguir el hilo de su lógica, lo cual se debe a que su pensamiento va tan rápido que puede llegar a experimentar “fuga de ideas”. Al faltar ideas centrales en su discurso, este puede volverse inconexo.

En estos casos, es necesario que la persona busque ayuda psicológica especializada para tratar el trastorno que existe en la base.

Egocentrismo en estado puro


Las personas que hablan mucho no siempre sufren un trastorno, a veces se trata de simple egocentrismo. Cuando no existe un discurso acelerado pero aún así, esa persona habla mucho de sí misma, es probable que tenga una personalidad con rasgos narcisistas que la lleva a pensar que es el centro del universo y que solo sus problemas son importantes. Para estas personas, es normal que la conversación, o más bien el monólogo, gire a su alrededor.

En realidad, ni siquiera les pasa por la cabeza que su monólogo pueda aburrir a los demás. Están tan ensimismadas en sí mismas que asumen que todo lo que les sucede, es de interés general. Se trata de gente que habla mucho y no escucha, gente para la cual los problemas ajenos no son dignos de ser tenidos en consideración.

Detrás de esos intentos por acaparar la conversación suele esconderse una gran inseguridad. Las personas que hablan mucho de sí mismas se sienten bien cuando acaparan la atención y los demás las escuchan ya que lo interpreta como una muestra de su valor. 

El tema de conversación preferido de estas personas suelen ser sus logros, éxitos e historias de vida, todo aquello que las pueda hacer quedar bien ante los ojos de los demás. Por eso, en el fondo, ese monólogo no es más que una necesidad de autoafirmación constante. De hecho, a menudo ese monólogo es una manera para esconder su diálogo interior. La persona no quiere escucharse sino que desea que la escuchen. Se mira a sí mismo a través de los demás.

El rosario de quejas


El contenido del monólogo de las personas que hablan mucho también es importante para comprender qué les ocurre. Mientras que la persona con rasgos narcisistas y egocéntricos suele basar su discurso en sus éxitos, hay otras personas que solo hablan de sus problemas.

En estos casos nuestros problemas no pasan a un segundo plano sino que son borrados, literalmente, de la conversación. Se trata de personas que interrumpen cuando hablas pues tus dificultades, conflictos y problemas no son tan grandes e importantes como los suyos, por lo que se creen con el derecho de acaparar la conversación.

A la larga, diez minutos a su lado termina robándonos la energía ya que su conversación se reduce a un rosario de quejas. Las personas que solo hablan de sus problemas siempre encuentran un motivo para lamentarse, son incapaces de ver el lado positivo de la vida.

En el fondo, estas personas, al igual que los narcisistas, están profundamente ensimismadas en su ego y tienen una profunda falta de empatía, lo cual les impide comprender que los demás también tienen problemas y necesitan apoyo o al menos merecen ser escuchados.

No obstante, a diferencia de los narcisistas, estas personas deciden convertirse en el centro de atención asumiendo el papel de víctimas. De cierta forma, ese dar pena se convierte en una estrategia de manipulación hacia los demás. Es un mecanismo de manipulación a través de la palabra bastante perverso ya que mientras con el narcisista no solemos tener problemas para cortar por lo sano ese monólogo de logros, con las personas que solo hablan de sus problemas entramos en un juego extraño, nos sentimos comprometidos a escucharle. De cierta forma, sus problemas nos atrapan, de manera que nos sentimos obligados a escucharlos y compadecerlos.

¿Cómo ponerle coto a las personas que hablan mucho?


Toda conversación, para que sea gratificante y enriquecedora, debe ser bidireccional. No obstante, es fundamental diferenciar a las personas que hablan mucho debido a un trastorno psicológico o neurológico de quienes monopolizan el discurso por un exceso de ego. Las personas que sufren verborrea no pueden contener su discurso, por mucho que se esfuercen. Por eso, necesitan ayuda psicológica. En los otros casos, si la persona se esfuerza, puede llegar a desarrollar una actitud más empática y darle espacio en la conversación a los demás.

Cuando te encuentres con gente que habla mucho y no escucha, es conveniente que en algún momento les digas directamente, siempre de manera amable e intentando ser positivo, que en una conversación es tan importante hablar como escuchar. Si es necesario pues sientes que esa relación te está afectando, drenando tu energía emocional, tendrás que poner límites y alejarte.
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3 reacciones sorprendentes del cerebro cuando nos rompen el corazón


La angustia causa un gran dolor emocional. Cuando decimos que tenemos el “corazón roto”, lo sentimos literalmente, así como también sentimos un “nudo en el estómago” o una “mano que nos aprieta la garganta”. No son simples metáforas. Las sensaciones viscerales causadas por una ruptura amorosa son muy reales, aunque quizá deberíamos centrarnos menos en el corazón roto y preocuparnos un poco más por lo que ocurre en nuestro cerebro.

Cuando nos rompen el corazón, nuestro cerebro responde en consonancia. Aunque sería más adecuado decir que ocurre justo lo contrario: el cerebro es el verdadero responsable de todos los terribles "síntomas" que asociamos a esa angustia. Comprender por qué nos sentimos así es esencial para gestionar mejor nuestras respuestas y recuperarnos más rápido de un descalabro amoroso. 

¿Qué ocurre en el cerebro cuando nos “rompen el corazón”?


1. La angustia emocional duele tanto como el dolor físico

Los estudios realizados con resonancia magnética funcional en las personas a quienes les han roto el corazón han revelado que esa angustia emocional activa los mismos mecanismos en el cerebro que se ponen en marcha cuando experimentamos dolor físico. De hecho, algunas personas han calificado ese dolor emocional como "casi insoportable", a la par del dolor físico.

Sin embargo, hay una gran diferencia que debemos tomar en consideración. El dolor físico casi nunca se mantiene en niveles tan intensos durante un período de tiempo tan prolongado, mientras que el dolor provocado por la angustia y la pérdida puede persistir durante días, semanas o incluso meses. Esta es la razón por la cual, la experiencia de la angustia puede llegar a ser tan extrema y desgastante.

2. Se desata el síndrome de abstinencia emocional

Otros estudios de resonancia magnética funcional han encontrado que cuando tenemos el corazón roto, en nuestro cerebro se activan los mismos mecanismos que en las personas adictas cuando abandonan el alcohol o las drogas. En otras palabras: pasamos por un síndrome de abstinencia emocional

Los síntomas varían de una persona a otra, pero como regla general se produce una gran afectación de nuestro desempeño ya que vivimos un estado mental y emocional anormal. Lo más común es que experimentemos dificultades para concentrarnos, que no podamos pensar con claridad y que experimentemos una necesidad urgente e imperiosa de contactar con esa persona. De hecho, en algunos casos quienes pasan por una ruptura de pareja difícil pueden sufrir una parálisis casi total del sistema de toma de decisiones.

3. Los pensamientos intrusivos hilan una tela de araña

Cuando sufrimos un descalabro amoroso, nuestro cerebro generará pensamientos intrusivos sobre nuestra expareja, los cuales invaden nuestra mente sin previo aviso. Puede ser una imagen mental, el fragmento de una conversación, un recuerdo o incluso una fantasía. Ese pensamiento no solo nos interrumpe sino que reabre la herida, reactiva el dolor emocional y desencadena los síntomas de abstinencia. 

El problema es que en las primeras fases después de la ruptura, esos pensamientos intrusivos pueden aparecer docenas de veces en una hora, lo cual nos sume en un círculo vicioso que nos mantiene atrapados y nos impide recuperarnos.

¿Qué hacer? 


Comprender que estas reacciones son completamente normales y asumirlas como una fase de la cual saldremos, nos permite recuperarnos más rápido de esa sensación de angustia, además de ayudarnos a desarrollar una actitud más compasiva con nosotros mismos, evitando un exceso de autocrítica. Cuando perdemos a una persona querida, es comprensible que nos sintamos mal. Debemos tener un poco de paciencia con nosotros mismos porque la cicatrización emocional requiere tiempo.


Fuentes:
Kross, E. et. Al. (2011) Social rejection shares somatosensory representations with physical pain. PNAS; 108(15): 6270–6275. 
Eisenberger, N. I. et. Al. (2003) Does rejection hurt? An FMRI study of social exclusion. Science; 302(5643): 290-292.
Fisher, H. (2000) Lust, Attraction, Attachment: Biology and Evolution of the Three Primary Emotion Systems for Mating, Reproduction, and Parenting. Journal of Sex Education and Therapy; 25: 96-104. 
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¿Por qué algunas personas sufren más pesadillas que otras?


Las pesadillas suelen ser una experiencia bastante desagradable, incluso de adultos. El sueño es tan real que nos despertamos con el corazón desbocado y un miedo intenso. Por suerte, las pesadillas van menguando a medida que crecemos, hasta el punto que solo un pequeño porcentaje de la población adulta sufre pesadillas de forma recurrente. De hecho, si tienes malos sueños a menudo, la causa podría hallarse en tu infancia.

Un cóctel explosivo: Amnesia infantil, experiencias traumáticas y malos sueños


Si te remontas en el tiempo hasta tu primera memoria, es probable que esta provenga de los tres o cuatro años. Este fenómeno se conoce como amnesia infantil y se refiere a nuestra incapacidad para recordar los eventos que tuvieron lugar durante nuestros primeros años de vida. 

Sin embargo, los niños pueden recordar experiencias de su primer año de vida, pero estos recuerdos tienden a difuminarse rápidamente y, a medida que crecemos, ese primer periodo se va haciendo más oscuro. De hecho, al llegar a la tercera edad muchas personas no pueden recordar eventos que ocurrieron antes de los 10 años. Es probable que ello se deba a los cambios que ocurren en el “almacén de nuestra memoria” a lo largo del tiempo.

Se ha descubierto que esta amnesia podría desempeñar un papel importante en el desarrollo infantil. Todo parece indicar que las experiencias traumáticas sufridas durante este período pueden causar una cascada de cambios similares a los que experimentan las víctimas de los traumas. En el caso de los niños, que normalmente no cuentan con las herramientas psicológicas adecuadas para afrontar esas situaciones, ello puede significar el desarrollo temprano de respuestas de miedo. 

A largo plazo, eso puede dar pie a problemas de salud mental o hacer que seamos más vulnerables a los trastornos de ansiedad y las pesadillas. Por esta razón, los psicólogos sugieren que recordar los sueños desde los primeros años de vida, dentro del período de la amnesia infantil, puede ser clave para comprender las pesadillas frecuentes que experimentan los adultos y posiblemente también los problemas de salud mental.

Un estudio realizado en la Universidad de Warwick con 6.796 niños desveló que aquellos que sufren pesadillas recurrentes (más de dos veces por semana) entre los 3 y 7 años, tienen tres veces más probabilidades de padecer experiencias psicóticas en la adolescencia.

Otro estudio realizado en la Universidad de Budapest con 5.020 adultos descubrió que las personas que fueron separadas de sus madres durante al menos un mes en el primer año de vida sufrían más pesadillas que los demás. A este descubrimiento se le han sumado otras investigaciones en las que se han relacionado las pesadillas en la edad adulta con experiencias adversas durante los años preescolares.

Esa serie de investigaciones han llevado a Tore Nielsen, un psicólogo de la Université de Montréal, a hipotetizar que las experiencias traumáticas durante los primeros años de vida pueden afectar el curso normal del período de amnesia infantil e influir en el tipo de pesadillas y su frecuencia más adelante en la vida. 

Al encuestar a más de 17.000 personas, indagando sobre los temas más habituales de sus sueños y pesadillas, así como sus experiencias de vida tempranas, descubrió que quienes podían recordar algunos sueños de ese periodo de amnesia infantil, también sufrían más pesadillas. De hecho, incluso los sueños más positivos, guardaban una relación con pesadillas posteriores, lo que sugiere que cualquier interrupción en el proceso normal de la amnesia infantil podría ocasionar problemas posteriores. En palabras sencillas: podrías tener más pesadillas porque no se ha producido un "borrado" eficiente de esos primeros años de vida.

Traumas latentes de la infancia que se activan en los sueños adultos


Nielsen sugiere que los traumas tempranos pueden influir en el desarrollo cerebral, especialmente en las zonas del hipocampo, la amígdala y la corteza frontal medial, regiones implicadas en la reacción emocional y la producción de pesadillas.

Además, los cuatro temas más recurrentes de las pesadillas de los adultos parecen estar relacionados con las primeras experiencias infantiles. Soñar que estamos cayendo, que nos persiguen o que tenemos que enfrentarnos a seres malvados también se ha relacionado con la ansiedad ante extraños que padecen los bebés y los terrores nocturnos de los niños mayores.

Por supuesto, eso no significa que todas las pesadillas tengan una conexión directa con nuestra infancia, hay periodos particularmente estresantes y conflictivos que se manifiestan a través del sueño, en los que revivimos nuestras preocupaciones, ansiedades y temores cotidianos. Sin embargo, se trata de una teoría interesante que explica por qué algunas personas en la edad adulta sufren más pesadillas que otras, también en periodos de aparente tranquilidad emocional.

Esta teoría, respaldada en observaciones prácticas, es muy interesante ya que indicaría que los recuerdos de nuestra primera infancia pueden seguir afectándonos de adultos y que las experiencias estresantes tempranas, como la separación materna prolongada o el abandono emocional, pueden ser mucho más críticas de lo que pensamos y podrían seguir manifestándose en nuestros sueños.


Fuentes:
Nielsen, T. (2017) When was your earliest dream? Association of very early dream recall with frequent current nightmares supports a stress-acceleration explanation of nightmares. Dreaming; 27(2): 122-136.
Fisher, H. L. et. Al. (2014) Childhood Parasomnias and Psychotic Experiences at Age 12 Years in a United Kingdom Birth Cohort. Sleep: 37(3): 475–482.
Csóka, S. et. Al. (2011) Early maternal separation, nightmares, and bad dreams: Results from the Hungarostudy Epidemiological Panel. Attachment & Human Development; 13(2): 125-140.
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Niños que gritan a sus profesores, un reflejo de padres con la misma actitud


Historias de vejaciones, gritos e insultos en las clases a los profesores hay muchas, quizá demasiadas. Una de las más recientes proviene de un profesor de instituto de Toledo, quien cuando llegó un día al aula, se encontró con una alumna sentada al revés, dando la espalda a la pizarra. Le pidió que se diera la vuelta pero la estudiante de 13 años le respondió: "¿No has venido a dar clase? Pues da la clase y déjame en paz".

Esa misma niña tuvo problemas con otros profesores, hasta que el colegio decidió llamar a la familia. El profesor, quien tiene 25 años de experiencia en la enseñanza, confesó que fue casi peor el remedio que la enfermedad, porque el padre se enfrentó a los profesores afirmando que le tenían “manía” a su hija.

Por desgracia, esta historia no es extraordinaria sino bastante común, es una gota en el océano en el que tienen que navegar día a día los profesores. 

Datos que alarman y animan a la reflexión


Una encuesta realizada por la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF), reveló que el 90% de los profesores entrevistados asegura que ha tenido que enfrentarse a algún tipo de violencia en su centro escolar. Las situaciones más habituales son: insultos, vejaciones, vandalismo, violencia psicológica, amenazas por parte del alumnado y de sus familias, falta de respeto y de reconocimiento de la autoridad, así como enfrentamientos a través de WhatsApp.

En esa misma encuesta, realizada a 2.000 profesores de primaria y secundaria, se apreció que más de la cuarta parte consideraba que la vida en el colegio no era agradable y que la disciplina era insuficiente. Un 75% indicó que el profesorado tiene muy poca o ninguna autoridad. Un 28% afirmó que las relaciones que mantienen con los padres de los alumnos son "muy malas", "no buenas" o inexistentes.

Estas cifras ponen de manifiesto que, en los últimos años los profesores han ido perdiendo autoridad paulatinamente con sus estudiantes, y que se sienten desprotegidos y abandonados por el propio centro educativo y las leyes, las cuales suelen maniatarlos cada vez más a favor de los menores y sus padres.

No hay que buscar culpables, ni de un lado ni de otro, sino relacionarnos desde el respeto mutuo.

La educación empieza en el hogar


Una parte importante de la responsabilidad de esta situación recae sobre los padres, quienes tienen el deber de educar a sus hijos en el respeto a los demás. Sin embargo, los profesores han sido testigos de cómo en los últimos años cada vez más padres se ponen de parte de sus hijos, sin analizar el contexto ni la situación, presionando a los directores de las escuelas en contra de los maestros.

Por supuesto, no se trata de “darle la razón” siempre al profesor, porque a veces no la tiene, pero abordar los problemas escolares de los niños desde una perspectiva madura y respetuosa, sin ánimos de buscar culpables sino tan solo de hallar buenas soluciones, es un buen punto de partida.

Debemos recordar que una educación demasiado permisiva en casa, sin límites ni reglas claras, en ausencia de valores como el respeto, suele terminar generando comportamientos disruptivos en los niños, así como una actitud prepotente y egocéntrica, a la cual resulta muy difícil ponerle coto en la escuela.

Si bien es cierto que en los centros educativos se potencia la formación de valores, no es menos cierto que la semilla debe plantarse en el hogar. Si los niños crecen en un hogar donde los gritos o la indiferencia son el canal de comunicación habitual, es normal que se relacionen de esa manera con los demás.

La actitud de los niños casi siempre refleja la actitud de los padres, o su falta de actitud, que viene a ser lo mismo. No es culpa suya, es obligación de los progenitores educarlos en un clima de convivencia y respeto mutuo. Esto no significa que hay que educar a los niños con “mano dura”, se puede disciplinar con amor. 

Recordemos que la educación, esa que comienza en casa, es la mejor vacuna contra la violencia y el mejor regalo que podemos hacerles para que tengan una vida emocional equilibrada.
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“Yo quiero mi gorro”: Una maravillosa historia ilustrada sobre nuestro mayor error al afrontar los problemas de la vida


Hay libros infantiles que son entretenidos, otros van un paso más allá: son sublimes y sus enseñanzas conmueven incluso a los adultos. Son libros que vale la pena tener, como las historias de Jon Klassen, escritor e ilustrador canadiense. 

“Yo quiero mi gorro” fue elegido por The New York Times Book Review como uno de los diez mejores libros ilustrados del año en que se publicó, siendo un éxito inmediato. Se trata de un libro encantador y oscuro a la vez, con una narrativa sutil cuyos protagonistas, al inicio inexpresivos, de repente dejan ver todo lo que hay en su interior, de manera que podemos identificarnos completamente con su situación.

La historia comienza con un oso que pierde su gorro.

Como es lógico, el oso quiere encontrar su gorro, sin él se siente perdido y desesperado, así que comienza a buscarlo.


Le pregunta a cada uno de los animales que va encontrando por el bosque si lo han visto. 

El zorro y la rana no lo han visto. La tortuga no ha visto el gorro pero acepta la ayuda del oso para subirse a una roca. La serpiente vio una vez un gorro azul y redondo, pero ése no es el gorro que busca nuestro amigo, el suyo es rojo y puntiagudo. El armadillo ni siquiera sabe qué es un gorro. 


Nadie parece haber visto su gorro.

Incluso la liebre, que lo lleva puesto, le dice que no lo ha visto. Lo niega categóricamente: “No, ¿por qué me lo preguntas? No he visto un gorro en ningún lado. Nunca me atrevería a robar un gorro. Deja de hacerme preguntas”, es su respuesta.


El oso, ensimismado en una búsqueda frenética, ni siquiera se da cuenta de que la liebre lleva puesto su gorro.

Así Klassen nos regala la primera enseñanza del libro: cuando estamos demasiado imbuidos en nuestro mundo emocional, es como si tuviéramos anetojeras que nos impiden ver claramente a nuestro alrededor. Dejar que las emociones tomen el mando nos impide pensar con claridad y aprovechar las oportunidades/soluciones que se encuentran justo delante de nuestros ojos. Es una auténtica ceguera emocional. 

La historia continúa. 

En cierto punto, ya deprimido, el oso se echa por tierra y mira hacia el cielo.


Entonces da rienda suelta a su diálogo interior: "Pobre gorro. Lo echo tanto de menos". En ese momento comienza a imaginar lo mal que se sentirá si no encuentra su gorro, se deja vencer por la desesperación y el pensamiento catastrofista, que lo sumen cada vez más en un bucle de negatividad, una situación con lo que todos los adultos e incluso los niños mayorcitos se identificarán.


Al rato aparece el ciervo y le pregunta cómo es su gorro. Cuando el oso empieza a describir el gorro, recuerda dónde lo ha visto, o más bien, sobre quién lo ha visto. Se levanta de un salto y vuelve a recorrer medio bosque, hasta que llega donde está la liebre. 


Entonces, finalmente, recupera su gorro.


A través de esta sencilla historia, Klassen nos anima a reflexionar sobre las trampas emocionales y mentales que muchas veces nos tendemos a nosotros mismos y que nos impiden encontrar rápidamente la mejor solución.

Las emociones no son nuestras enemigas. Son la sal de la vida. Pero si permitimos que se produzca un secuestro emocional, irrumpirán en el curso de nuestro pensamiento, haciendo que derive hacia las quejas y lamentaciones, las cuales nos alejan cada vez más de la solución.

Sin duda, esta maravillosa historia de imágenes minimalistas y colores sobrios nos permite reflexionar sobre la actitud que asumimos ante los problemas y es un excelente recurso didáctico para potenciar la Inteligencia Emocional en los niños.
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Esta parábola nos revela cuál es la mejor manera de cuidar de quienes amamos


Hace mucho tiempo, una joven equilibrista conoció a un joven acróbata. Ambos eran muy pobres y no tenían otro don que su flexibilidad y fuerza, así que pensaron que si se unían podrían recorrer las calles de China mostrando un espectáculo impresionante que al menos les permitiera subsistir.

Entrenaron mucho hasta lograr un número tan peligroso como fascinante: el hombre balanceaba una gran pértiga de bambú sobre su cabeza mientras la joven subía hasta lo más alto. Luego el acróbata caminaba y la joven debía mantener el equilibrio en las alturas.

Para realizar aquel número se necesitaba una gran concentración, bastaba que desviaran su atención unos segundos para que perdieran el equilibrio y ocurriera una desgracia. 

Con el paso de las semanas, a medida que el hombre iba conociendo a la joven equilibrista y le tomaba cariño, empezó a preocuparse por cómo cuidarla y no exponerla tanto con aquel peligroso número, así que un día le dijo:

- Escucha, te vigilaré mientras subes y cuando estés arriba, puedes vigilarme. Así podremos ayudarnos mutuamente a mantener la concentración y el equilibrio. 

Sin embargo, la joven acróbata era sabia y le respondió:

- Creo que será mejor para ambos que cada uno cuide de sí mismo. Nadie puede conocernos mejor que nosotros mismos. Cuidar de uno mismo, significa cuidarnos a los dos. Estoy segura de que así evitaremos un accidente. 

Para cuidar de los demás, primero debes cuidar de ti mismo


Esta maravillosa parábola nos brinda una gran enseñanza que a menudo olvidamos: para cuidar de las personas que queremos, es fundamental que cuidemos bien de nosotros mismos.

Demasiado a menudo nos volcamos por completo en los demás, hasta el punto de anteponer continuamente sus necesidades y bienestar al nuestro, relegándonos a un segundo plano o incluso olvidándonos por completo de nosotros mismos.

Por supuesto, no hay nada de malo en ayudar, apoyar y cuidar de quienes lo necesitan, pero no debemos descuidarnos porque corremos el riesgo de convertirnos en una persona gris, que se vacía por dentro; por lo que al final no seremos capaces de ofrecer ese apoyo sólido o esa nota de felicidad, entusiasmo y alegría que los otros necesitan.

De hecho, un estudio particularmente interesante realizado en la Universidad de California descubrió que el estrés se contagia de las madres a sus bebés. Estos investigadores les pidieron a las madres que se enfrentaran a ciertas tareas, algunas estresantes y otras no. Luego les pidieron que se reunieran con sus bebes. Así descubrieron que la reactividad fisiológica de los bebés era un reflejo de la reactividad de las madres, alterada por la exposición al estrés. 

También descubrieron que los bebés de las madres que habían estado sometidas a una evaluación social tenían una mayor tendencia a evitar a los extraños y que cuánto mayor era el estrés que habían experimentado las madres, más intensas eran las respuestas fisiológicas de los pequeños.

Este estudio nos revela que, efectivamente, los estados emocionales son “contagiosos”, por lo que si realmente nos preocupamos por el bienestar de las personas que amamos, primero debemos encontrar nuestro equilibrio interior.


El amor puede ahogarnos por exceso de oxígeno


El amor nunca es excesivo, pero sus manifestaciones sí pueden serlo. De hecho, a veces podemos cometer el error de sobreproteger a quienes amamos, queremos evitarles disgustos, problemas y sufrimientos cargando sobre nuestros hombros un peso que no nos corresponde.

Ese exceso de protección impide que las otras personas aprendan a volar con sus propias alas, llegando incluso a discapacitarlos emocionalmente. Los padres en especial no deben olvidar que su tarea no es preparar el camino para sus hijos, sino preparar a sus hijos para el camino.

Cada persona debe aprender a conocerse lo suficiente como para saber cuándo necesita pedir ayuda y cuando necesita ponerse a prueba, caer y volver a levantarse. Por eso, a veces la mejor manera de ayuda consiste en no ayudar, mantenerse al margen, convirtiéndose en una presencia de acompañamiento mientras quienes queremos realizan sus experiencias de vida y aprenden de sus errores. 


Fuente:
Waters, S. F. et. Al. (2014) Stress Contagion. Physiological Covariation Between Mothers and Infants. Psychological Science; 25(4): 934–942.
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3 errores peligrosos en los que puede hacerte caer el “Pensamiento Positivo”



El Pensamiento Positivo puede ser una herramienta muy poderosa. Puede ayudarnos a enfrentar desafíos complicados en la vida y nos puede infundir ánimos cuando estamos a punto de desfallecer. Sin embargo, también tiene un lado más oscuro: el exceso de positivismo puede llegar a ser contraproducente o incluso dañino. 

Los peligros del optimismo ingenuo


En el ámbito del Desarrollo Personal es mucho más fácil animar a las personas a reemplazar sus pensamientos negativos con declaraciones positivas. Los pensamientos negativos hacen que nos sintamos mal, por lo que si deseamos sentirnos mejor, debemos colocar en su lugar pensamientos más positivos. Esta es la lógica que la mayoría de las personas comprende e intenta aplicar. 

Sin embargo, no basta con cambiar unos pensamientos por otros, la transformación de fondo debe ser mucho más profunda. El Pensamiento Positivo es poderoso cuando se complementa con la objetividad y se fundamenta en un autoconcepto sólido, si se basa únicamente en frases optimistas, puede llegar a causar daño. 

1. Exagerar lo positivo

Toda persona y todo evento encierra aspectos positivos y negativos. En algunas ocasiones, es conveniente centrarse en los aspectos positivos, pero exagerarlos puede conducirnos a la idealización, un fenómeno muy peligroso que puede apartarnos del mundo real. Por ejemplo, podemos sentirnos orgullosos de un trabajo bien hecho, pero pensar que “somos genios” suele implicar una exageración de la realidad que incluso puede ser limitante para nosotros mismos ya que si creemos que somos perfectos, no nos esforzaremos por mejorar. 

De la misma manera, quienes solo buscan lo bueno en los demás, tienden a excusar los defectos de carácter o verse envueltos en relaciones tóxicas donde son manipulados o sometidos. Ver lo bueno y lo positivo no tiene nada de malo, al contrario, pero exagerar inclinando demasiado la balanza hacia un lado puede hacer que perdamos la objetividad.

2. Confiar demasiado en tus habilidades

La autoconfianza es importante para emprender cualquier proyecto. Si no crees en ti, es probable que el proyecto esté condenado al fracaso antes de comenzar. No obstante, el exceso de confianza, creer que somos una especie de Súperman, puede hacer que perdamos la perspectiva y nos condenará igualmente al fracaso.

En la vida, es tan importante ser conscientes de nuestras limitaciones como tener una alta autoestima. De hecho, en algunas ocasiones esa confianza exagerada puede hacer que no nos preparemos lo suficiente, lo cual nos conducirá inevitablemente a sufrir un descalabro. Al contrario, conocer nuestras debilidades, defectos y limitaciones nos permitirá ser lo suficientemente previsores e incluso compensar esas dificultades con otras fortalezas.

3. Sobreestimar las posibilidades de éxito

Para que cualquier proyecto llegue a buen término, debes creer que es posible. Sin embargo, convencerte de que nada fallará o estar seguro de que esa nueva inversión te dará rendimientos enormes hará que pases por alto los riesgos potenciales a los que podrías enfrentarte a lo largo del camino. 

Si no dedicas tiempo a pensar en las cosas que podrían salir mal, no podrás prevenirlas y no estarás preparado cuando sucedan, por lo que su impacto será aún mayor. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Nueva York desveló que fantasear con todo lo bueno que podemos alcanzar puede ser muy peligroso pues hace que nos confiemos en exceso. ¿Cuál es la solución? Estos psicólogos comprobaron que alcanzamos mejores resultados cuando visualizamos los pasos que debemos dar, en vez de centrarnos únicamente en la meta.

La fortaleza mental proviene del pensamiento realista


Creer que cuanto más positivo es el pensamiento, mejor, es un error que podemos terminar pagando muy caro. Nuestros pensamientos deben englobar tanto las emociones como la racionalidad. Podemos mantener la objetividad dándole un giro optimista al pensamiento. De hecho, la auténtica fuerza mental, esa de la que también hablaban los filósofos estoicos, proviene de un pensamiento realista, no de afirmaciones irreales o trivialidades exageradas.

Esto significa que en vez de pensar: “Obtendré la mejor calificación en esta prueba” es mejor decirse: “Me esforzaré todo lo que pueda para obtener la mejor calificación”. Esta nueva perspectiva te resta una parte de la tensión y el estrés que podrías sentir al exigirte demasiado y te genera una gran calma mientras te permite mantenerte focalizado en lo que realmente importa. Solo así eres sincero contigo mismo y alcanzas tu máximo potencial. 


Fuente:
Oettingen, G. & Mayer, D. (2002) The motivating function of thinking about the future: expectations versus fantasies. J Pers Soc Psychol; 83(5): 1198-1212.
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