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Los 3 “vampiros” del pensamiento positivo que debes alejar de tu vida


No te conviertas en un pesimista. El pesimista suele tener más razón que el optimista, pero el optimista disfruta más, y al final ninguno de ellos puede detener el curso de los acontecimientos”, dijo Robert Anson Heinlein. Por supuesto, no se trata de cultivar un optimismo ingenuo, pero como norma, ver la vida desde el lado más negativo no resulta de gran ayuda.

El pensamiento positivo, que cuenta con fieles seguidores y acérrimos detractores, en realidad no implica repetir como una cantilena una serie de afirmaciones positivas para combatir los pensamientos recurrentes positivos. Es una transformación mucho más profunda a nivel de actitud que implica ser capaces de detectar nuestros pensamientos destructivos, esos que empeoran aún más las situaciones, y ser capaces de asumir una actitud más constructiva que nos beneficiará.

El pensamiento positivo estimula la acción, nos convierte en personas proactivas que se responsabilizan por su vida. Al contrario, una actitud negativa basada en pensamientos destructivos nos bloquea en el sufrimiento, encerrándonos dentro de un círculo vicioso. Por eso, es importante mantenerse atentos a los pensamientos que actúan como vampiros ya que succionan nuestra energía y positividad. 

Los pensamientos que te bloquean e impiden crecer


De cierta forma, esos pensamientos destructivos son una especie de tortura psicológica que nos autoaplicamos.

1. Pensamiento de la privación

Todos hemos sido víctimas del pensamiento de la privación, por lo que se trata del primer “vampiro mental” del que necesitamos deshacernos si queremos desarrollar una actitud más positiva.

En práctica, tenemos este pensamiento cada vez que nos centramos en lo que hemos perdido, lo que podríamos perder o lo que podríamos haber tenido. Resulta obvio que este tipo de pensamiento solo genera sufrimiento, es como fijarse únicamente en que el vaso está medio vacío, sin darnos cuenta de que también está medio lleno.

El problema de este tipo de pensamiento es que nos lleva a centrarnos únicamente en la pérdida, por lo que no seremos capaces de ver las nuevas oportunidades. Si nos quedamos llorando por el amor perdido, jamás estaremos preparados para comenzar una nueva relación que puede aportarnos muchas cosas bonitas. 

De la misma forma, si en una relación solo pensamos en que podemos perder a esa persona, terminaremos desarrollando unos celos enfermizos que, a la larga, ahogarán a la otra persona y harán que se marche de nuestro lado.

Desde cualquier perspectiva que lo miremos, el pensamiento de privación no nos aporta nada interesante y positivo sino que nos condena a un bucle de quejas, lamentaciones y autoconmiseración.

2. Pensamiento de la negación

El segundo “vampiro mental” en el que caemos a menudo es el pensamiento de la negación, y es uno de los peores ya que normalmente no somos conscientes de su existencia. Sin embargo, este pensamiento nos convence de que no podremos alcanzar una meta o vivir ciertas experiencias. Es un límite que nos ponemos a nosotros mismos, condenándonos a mantenernos en nuestra zona de confort, donde no somos felices sino que nos limitamos a sobrevivir.

Lo curioso es que normalmente este pensamiento no es nuestro, sino que lo hemos introyectado, ya sea de nuestros padres, maestros o directamente de la sociedad. Por ejemplo, si pensamos que para emprender necesitamos un gran capital inicial, jamás llevaremos adelante nuestra idea. El principal problema es que este pensamiento nos bloquea, de manera que ni siquiera buscaremos soluciones alternativas para cumplir nuestro sueño o proyecto.

De la misma manera, si inconscientemente pensamos que no somos dignos de ser amados o valorados, sabotearemos todas nuestras relaciones porque es más fácil fijarse en las señales que comprueban nuestras creencias que notar aquellas que las echan por tierra.

El pensamiento de la negación es tan fuerte que llega a convertirse en una especie de “discapacidad psicológica” que nos condena a lo que ya conocemos y nos impide crecer.

3. Pensamiento de la sustracción

El último “vampiro mental” más común es el pensamiento de la sustracción, aunque sería más adecuado decir el terror a la sustracción. Este pensamiento está originado en la creencia de que debemos tener siempre más porque sumar equivale a ser exitosos y restar es sinónimo de fracaso. Sin embargo, madurar no significa sumar sino aprender a restar.

El pensamiento de sustracción genera un miedo enorme a tener menos, a no ser capaces de sumar continuamente. De esta manera, corremos el riesgo de obsesionarnos con tener menos que los demás, con ser menos felices, menos amados, tener menos oportunidades y, por supuesto, ganar menos.

El problema es que este tipo de pensamiento nos mantiene ansiosos y corriendo, siempre en busca de más, aunque no sepamos exactamente qué significa ese “más”. Este pensamiento genera la ilusión de que el significado de la vida es acumular, y dado que siempre necesitamos más, nunca estamos satisfechos. Es como si fuéramos un hámster que corremos en una rueda que no para de girar, hasta que nuestra porpia velocidad termina mareándonos.

Sin embargo, para encontrar la paz interior y ser felices solo es necesario sentirnos agradecidos por lo que tenemos, que no significa que no tengamos nuevos objetivos sino que nos damos el permiso para ser felices aquí y ahora, mientras recorremos el camino hacia la meta que queremos alcanzar.

Cambia frecuencia y sintoniza nuevos pensamientos


Todos, antes o después, somos víctimas de estos pensamientos negativos que se convierten en obstáculos para nuestro desarrollo. Podemos pensar en ellos como en la frecuencia de una radio. Cuando escuchas una emisora que no te gusta, simplemente cambias el dial. Lo mismo vale para los pensamientos negativos que te roban la energía mental.

En su lugar puedes colocar pensamientos más realistas, que te ayuden a conseguir tus objetivos, plantearte nuevas metas o simplemente ser un poco más feliz. De hecho, ni siquiera tiene que tratarse de "pensamientos positivos" sino que es mejor hablar de "pensamientos desarrolladores". Por supuesto, no basta con repetirte mantras positivos porque no puedes engañar de manera tan burda a la mente. 

Antes es necesario que te involucres en un proceso de autodescubrimiento que te permita comprender cuál es el origen de esos pensamientos, cuáles son las creencias erróneas que se encuentran en su base y los alimentan. Cuando te des cuenta de que esas creencias no son adaptativas, no te hacen feliz y no tienen razón de ser, tus nuevos pensamientos positivos se convertirán en tu realidad.
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Caminar en compañía hace bien y nos ayuda a solucionar los conflictos

Pareja caminando por calle

Caminar hace bien. Una caminata contribuye a recablear el cerebro, curar las penas, aliviar el estrés y mejorar la memoria. De hecho, en el pasado grandes filósofos eran conscientes del poder creativo que tenía caminar, por lo que algunos, como Jean-Jacques Rousseau y Henry David Thoreau, afirmaban que caminar les ayudaba a desarrollar sus pensamientos. Charles Darwin incluso identificó un “camino para pensar”, a lo largo del cual probablemente perfiló su teoría de la evolución.

Sin embargo, los beneficios a nivel psicológico de una caminata no se limitan a la estimulación cognitiva y creativa. Investigadores de la Universidad de Columbia también han comprobado que caminar nos ayuda a resolver los conflictos interpersonales y promueve la reconciliación cuando hemos discutido con alguien.

¿Cómo una caminata nos ayuda a resolver los conflictos interpersonales?


1. Diferentes puntos de vista

Cuando discutimos con una persona y llegamos a una situación de conflicto, a menudo sufrimos una especie de estrechamiento de la visión, es como si dejáramos de tener una perspectiva de 180 grados para desarrollar una visión de túnel mucho más estrecha. A la vez, también disminuye nuestra capacidad creativa para encontrar soluciones porque nos aferramos a nuestro punto de vista desarrollando un pensamiento convergente y rígido.

Sin embargo, estos psicólogos han descubierto que caminar al lado de la persona con quien tenemos el conflicto, en vez de limitarnos a quedarnos sentados a su lado, puede contribuir a encontrar un punto en común y llegar a un acuerdo. 

El secreto radica en que la caminata nos ayuda a asumir diferentes puntos de vista y ver la situación desde distintos ángulos, de manera que ambas partes tendrán más probabilidades de abandonar su postura rígida y encontrar puntos en común. Además, caminar estimula el pensamiento divergente, que se halla en la base de la creatividad y la apertura mental y es fundamental para hallar soluciones más creativas que puedan satisfacer a ambos.

2. Continuo cambio de escena

Caminar mientras se discute sobre un tema reporta otra ventaja inesperada debido al cambio constante de escena. De hecho, en los cursos de negociación se hace hincapié en la importancia de crear espacios de discusión en las situaciones de conflicto en los que las personas implicadas se sientan lo suficientemente libres como para poner en práctica nuevos comportamientos y desarrollar perspectivas diferentes. 

De hecho, si lo pensamos bien nos daremos cuenta de que muchos de los conflictos en la pareja, la familia o en el trabajo, se desarrollan casi siempre en los mismos entornos, en ambientes monótonos y repetitivos en los que rara vez existe la posibilidad de cambiar de escena. 

Por eso, no es casualidad que se haya comprobado que en los lugares de trabajo donde las personas se mueven con libertad mejora la relación entre los trabajadores y se reduce el sentido de territorialidad. Estas configuraciones de trabajo también promueven el intercambio de información, la creatividad y unas relaciones interpersonales más relajadas. Sin duda, los cambios de escena nos animan a salir de nuestra postura para asumir una perspectiva más abierta.

3. Sincronizar los pasos

Otra de las ventajas insospechadas de caminar junto a otra persona para resolver un conflicto es que se evita el enfrentamiento cara a cara, que en algunas ocasiones puede contribuir a que se mantenga la situación de oposición, entorpeciendo la comunicación.

A esto se le suma otro beneficio: al caminar tenemos la tendencia inconsciente a sincronizar nuestros pasos con los de la persona que nos acompaña, es lo que en Psicología se conoce como "sincronización interactiva", que también se aprecia en los niños, quienes sincronizan sus movimientos y su estado de ánimo de manera que les resulte más fácil jugar juntos. Este fenómeno no desaparece en la adultez; de hecho, se intensifica cuando existe una conexión afectiva con nuestro interlocutor o este llama poderosamente nuestra atención.

Lo interesante es que la tendencia a coordinar los movimientos también facilita la conexión emocional, por lo que actúa como una especie de "pegamento social" que nos sirve de base para llegar a soluciones y acuerdos.

Por tanto, ahora ya lo sabes: si tienes un conflicto de larga data con una persona, invítala a caminar mientras abordáis el tema. No es una solución milagrosa pero puede ayudaros a encontrar una solución :)


Fuente:
Webb, C. E.; Rossignac-Milon, M. & Higgins, E.T. (2017) Stepping forward together: Could walking facilitate interpersonal conflict resolution? Am Psychol; 72(4): 374-385.
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Los efectos de la ansiedad en el cerebro


La ansiedad es un trastorno que tiene profundas consecuencias en la vida de la persona que la padece y quienes la rodean. Sin embargo, ahora también conocemos que los efectos de la ansiedad se extienden al cerebro e incluso pueden llegar a provocar daños a largo plazo. 

¿Qué sucede en el cerebro cuando sufres ansiedad?


La ansiedad es una respuesta normal ante situaciones que encierran cierto grado de incertidumbre. De hecho, en algunos casos puede considerarse como un mecanismo adaptativo. 

Todos la hemos padecido: sentimos una sensación de tensión, un ligero temor, nos ponemos aprensivos y nuestros sentidos se agudizan. Todos esos cambios significan que el cerebro emocional se ha puesto en marcha al detectar lo que considera un peligro potencial. 

En la aparición de la respuesta de miedo y ansiedad intervienen diferentes zonas del cerebro, sobre todo la amígdala y el hipocampo, que también desempeñan un papel importante en la mayoría de los trastornos de ansiedad.

La amígdala es una estructura con forma de almendra que vendría siendo un centro de comunicación entre las partes del cerebro que procesan las señales sensoriales entrantes y las zonas que interpretan esas señales. En práctica, alerta al resto del cerebro de que se está produciendo una amenaza, con el objetivo de activar la correspondiente respuesta de miedo o ansiedad. 

Por supuesto, los recuerdos emocionales almacenados también son importantes para evaluar si la situación es amenazante o no. Entonces entra en acción el hipocampo, la parte del cerebro que codifica los eventos amenazantes en forma de recuerdos. De hecho, se ha apreciado que esta zona es menor en las personas que fueron víctimas de abuso infantil o en los soldados que estuvieron en combate y sufren estrés postraumático. 

La activación de ese cerebro emocional provoca la liberación de una serie de neurotransmisores, como la norefinefrina, la adrenalina y el cortisol, que son en última instancia los responsables de los cambios fisiológicos que experimentamos. Por eso aumenta la frecuencia cardíaca, llega más sangre a los músculos, entra más aire en los pulmones y la vista se agudiza.

¿Qué pasa cuando la respuesta de ansiedad no se “desactiva”?


En un escenario ideal, una vez que pase el peligro, el cerebro racional desconecta esa respuesta de miedo y ansiedad, de manera que todo vuelve a la normalidad. Sin embargo, a veces ese mecanismo se queda activado y la persona se mantiene en un estado de ansiedad permanente. Entonces los efectos de la ansiedad sobre el cerebro son muy perjudiciales.

De hecho, podemos comprender la ansiedad simplemente como una señal de advertencia de que algo negativo está a punto de ocurrir. El problema comienza cuando debido a nuestros patrones de pensamiento irracionales o a una situación de estrés mantenido, consideramos que siempre estamos en peligro o bajo amenaza. 

De hecho, los trastornos de ansiedad no suelen estar causados por peligros físicos reales sino por la percepción de una amenaza psicológica, lo cual significa que la ansiedad es una respuesta aprendida de la que la persona no logra deshacerse.

Los terribles efectos de la ansiedad en el cerebro


La ansiedad es una respuesta que ha sido pensada para ser activada y luego desactivada, cuando persiste y nos mantiene alertas todo el tiempo, en un estado de tensión constante, se convierte en un problema.

Un estudio realizado en el Rotman Research Institute analizó las áreas cerebrales afectadas por la ansiedad crónica y descubrió que existe una degeneración estructural y un deterioro del funcionamiento del hipocampo y la corteza prefrontal, lo cual puede explicar por qué las personas con un trastorno de ansiedad tienen un riesgo mayor de desarrollar trastornos neuropsiquiátricos, incluyendo depresión y demencia.

Estos investigadores comprobaron que las personas ansiosas tienen una amígdala más grande e hiperactiva, que cataloga cualquier situación como amenazante mientras que la corteza prefrontal es hipoactiva, lo cual significa que no regula las respuestas emocionales; es decir, no logra desactivar adecuadamente la reacción ansiógena.

También apreciaron una atrofia del lóbulo temporal medial, un sistema de estructuras que intervienen en la memoria de hechos y eventos que es fundamental para establecer y mantener la memoria a largo plazo. Esa es la razón por la que la ansiedad también se ha relacionado con una mayor vulnerabilidad a padecer Alzheimer y se conoce que provoca un serio deterioro cognitivo con el paso de los años, si no es tratada. 

Por supuesto, estos cambios en las funciones y estructuras del cerebro provocan un desequilibrio en la producción y captación de diferentes neurotransmisores, encerrando a la persona ansiosa en un círculo vicioso del cual le resulta muy difícil salir. En palabras simples: el cerebro “aprende” a reaccionar de manera ansiosa ya que esos neurotransmisores refuerzan precisamente las “autopistas neuronales” relacionadas con la ansiedad.

Desaprender la ansiedad 


La buena noticia es que de la misma manera en que el cerebro aprendió “la ruta de la ansiedad” puede desaprenderla. Las técnicas de relajación y respiración son de gran ayuda para disminuir el nivel de activación fisiológica y el estrés. Al practicar estas técnicas le enviamos una señal clara al cerebro: estamos tranquilo, no sucede nada, así que puedes desactivar la respuesta ansiógena. 

La meditación mindfulness también es ideal para combatir la ansiedad pues se ha comprobado que produce cambios duraderos a nivel cerebral. De hecho, actúa precisamente a nivel de amígdala, hipocampo y corteza prefrontal, que son algunas de las zonas que más afecta la ansiedad.


Fuentes:
Mah, L. et. Al. (2016) Can anxiety damage the brain? Current Opinion in Psychiatry; 29 (1): 56-63.
Martin, E. I. et. Al. (2009) The Neurobiology of Anxiety Disorders: Brain Imaging, Genetics, and Psychoneuroendocrinology. Psychiatr Clin North Am; 32(3): 549–575.
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7 rasgos de las personalidades intimidantes


No es lo mismo tener un carácter fuerte que poseer una personalidad intimidante. Quienes han tenido que enfrentarse a lo largo de su vida a situaciones difíciles, a menudo desarrollan un carácter fuerte, templado en el “campo de batalla”. Se trata de personas resilientes que han aprendido a luchar contra viento y marea y saben darle a cada cosa la importancia que merece, ni más ni menos.

Sin embargo, también hay quienes desarrollan una personalidad intimidante, hasta tal punto que llegan a generar miedo en los demás. A menudo estas personas ni siquiera son plenamente conscientes del efecto que generan pues en muchos casos tienen buenas intenciones pero su forma de hablar, comportarse o sus gestos son tan duros que llegan a ser amenazadores.

Los 7 rasgos que diferencian a las personalidades intimidantes


1. No tienen pelos en la lengua

Una de las principales características de quienes tienen una personalidad intimidante es su sinceridad. De hecho, estas personas se vanaglorian de su honestidad. Dado que no tienen pelos en la lengua, expresan lo que sienten o piensan sin ningún tamiz. Creen que decir las cosas con un poco más de tacto implica falsear la verdad, por lo que a menudo son excesivamente directos.

El problema es que estas personas no conocen la amabilidad y no son precisamente muy asertivas, por lo que aunque sus palabras sean ciertas, pueden herir profundamente a los demás, haciendo que la verdad sea aún más cruda y dolorosa. En muchos casos, en su intento por decir lo que piensan y sienten sin matices, pueden caer en el sincericidio.

2. Son muy independientes

Las personas con una personalidad intimidante normalmente han tenido que enfrentar varios problemas a lo largo de su vida, por lo que han aprendido a valerse por sí mismas. Como resultado, suelen ser extremadamente independientes y casi nunca buscan la ayuda de los demás para resolver sus problemas. Algunas incluso creen que pedir ayuda es de débiles.

Esta característica es positiva ya que les permite seguir creciendo y desarrollando la resiliencia pero en algunos casos puede hacer que cometan el error de exigirse demasiado y llevarse al límite de sus fuerzas. Pedir ayuda es signo de inteligencia, no de fragilidad. A veces todo lo que necesitamos es otra perspectiva, una mano amiga en la cual apoyarnos para seguir adelante o simplemente alguien que nos escuche. 

3. Son tajantes en sus opiniones

Quienes tienen una personalidad intimidante a menudo expresan sus opiniones como si fueran verdades incuestionables. Como resultado, sus palabras dejan tras de sí un gélido silencio puesto que los demás no se atreven a contradecirle.

Estas personas se expresan de manera demasiado categórica, en realidad no expresan opiniones sino que lanzan conclusiones. A veces no lo hacen a propósito sino que se trata de su manera de hablar, pero parece como si siempre quisieran decir la última palabra, dejando zanjado el tema. Por eso los demás temen disentir.

El problema es que de esta manera las otras personas se sienten excluidas, no tienen la oportunidad de expresar sus sentimientos y opiniones. Así se crea un monólogo en el que se pierde la riqueza de la relación.

4. Juzgan a los demás por su “debilidad”

Las personas con una personalidad intimidante no se andan con medias tintas cuando detectan lo que consideran una “debilidad”. Dado que se sienten orgullosas de su fortaleza, no dudan en señalar las muestras de debilidad. El problema es que son tan duras en sus críticas, que las otras personas llegan a sentirse mal. Además, la crítica de las personas intimidantes no suele dar soluciones sino que se limita a resaltar lo “negativo”. 

Por si fuera poco, estas personas suelen rechazar todas las emociones que consideran una muestra de debilidad, como el llanto, la tristeza o la nostalgia, por lo que terminan creando una barrera a su alrededor. Los demás no actúan de manera espontánea cuando se acerca puesto que temen ser juzgados por sus sentimientos. Tampoco buscarán su apoyo cuando lo necesiten pues saben que serán catalogados como frágiles y en vez de encontrar comprensión chocarán contra el muro de la crítica.

5. Prefieren los actos a las palabras

Uno de los rasgos positivos de quienes tienen una personalidad intimidante es que suelen ser conscientes de que no somos lo que decimos sino lo que hacemos. Por eso suelen ser personas proactivas, que no le dan demasiadas vueltas a las cosas e inmediatamente se ponen manos a la obra.

Esta preferencia por la acción también puede llevarles a rozar la impulsividad y a menudo hace que les resulte difícil tolerar las pequeñas charlas intrascendentes y que tengan más dificultades a la hora de socializar.

El problema es que estas personas no comprenden el objetivo de esas discusiones infinitas que no conducirán directamente a conclusiones o resultados, por lo que a menudo se enfadan o zanjan el asunto con frases lapidarias haciendo que los demás se sientan inadecuados o incapaces.

6. Ven las cosas en blanco y negro

Las personas con una personalidad intimidante suelen tener un pensamiento bastante rígido, por lo que a menudo creen que las cosas son en blanco y negro. Consideran que no hay términos medios, las cosas o se hacen bien o no se hacen. Y si alguien comete un error, cualquier intento de explicación lo catalogan como una excusa.

Esa forma rígida de ver el mundo genera grandes conflictos en sus relaciones interpersonales. Las personas que le rodean se sienten continuamente tensas ya que saben que su desempeño está siendo juzgado y que no se admiten errores.

Esta visión también les lleva a ser muy duros consigo mismos y a exigirse demasiado, por lo que a menudo experimentan una gran tensión interior que les vuelve más irritables e irascibles.

7. No buscan aprobación

Estas personas no suelen dejarse influenciar por las opiniones de los demás, saben exactamente lo que quieren y van a por ello. Suele tratarse de personas con una gran autoconfianza que no necesitan la aprobación o la atención de los demás para sentirse bien.

Sin embargo, esta característica aparentemente positiva puede tener un lado negativo si se lleva al extremo. De hecho, a menudo las personas más cercanas a quien tiene una personalidad intimidante la sienten distantes emocionalmente y perciben que sus opiniones y deseos no son tenidos en cuenta. El problema es que toda relación está compuesta por dos personas y es fundamental que las decisiones sean tomadas entre los dos.

La vulnerabilidad, por otra parte, también actúa como un pegamento social que nos acerca emocionalmente a los demás. Apoyarse en las personas más cercanas y tener en cuenta su opinión es también una muestra de respeto y confianza que los demás a veces necesitan.

Las personalidades intimidantes pueden dejar a su paso cicatrices emocionales


Las personalidades intimidantes pueden terminar causando daño a los demás y al final pueden quedarse solas ya que los otros no crearán un auténtico vínculo emocional sino que se relacionarán desde el temor y manteniendo una distancia psicológica en la que se sientan "a salvo".

Tener una personalidad intimidante no es negativo, pero es conveniente que estas personas aprendan a gestionar mejor algunos de esos rasgos. El objetivo no es mentir ni esconder los sentimientos sino aprender a expresarse de manera más asertiva, sin herir a los demás y desde una postura de respeto y tolerancia.

Para desarrollar una actitud más empática y abierta es fundamental que las personas con una personalidad intimidante cambien tres creencias que se encuentran en la base de su forma de relacionarse con los demás:

1. Cada quien es único. Las otras personas no han tenido tus mismas experiencias de vida, no debes juzgarles por ello. Cada quien es único, y responde lo mejor que puede, según sus vivencias y las herramientas de vida que ha ido acumulando. Si en vez de criticarlas las ayudas a crecer y ser más resilientes les estarás haciendo un enorme regalo.

2. Ser vulnerables no es malo. La vulnerabilidad solo significa que eres humano, no es negativa sino que te acerca a los demás. De hecho, a veces construir una coraza para protegerte de la adversidad puede terminar aislándote de los demás. La vulnerabilidad es lo que te permite conectar con los otros.

3. El mundo está lleno de colores. Entre el blanco y el negro existe una paleta inmensa de colores. Cuando lo comprendes desarrollarás un pensamiento más flexible que te permitirá asumir una actitud más tolerante y menos perfeccionista. No solo podrás apreciar mejor las pequeñas sutilezas de la vida sino que de repente tus relaciones interpersonales serán mucho más fluidas.
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Usa el dolor como una piedra en tu camino, no como una zona donde acampar


Usa el dolor como una piedra en tu camino, no lo conviertas en una zona donde acampar”, dijo Alan Cohen refiriéndose a esas ocasiones en las que decidimos ponernos cómodos a la sombra del dolor.

Sin embargo, podemos aprender a relacionarnos con el dolor y el sufrimiento como lo haríamos con una piedra que encontramos en nuestro camino. No podemos negar su existencia y es probable que nos moleste y se convierta en un obstáculo, pero lo más sabio es encontrar la mejor manera de dejarla atrás.

La semilla de mostaza: La parábola budista que nos muestra cómo asumir el sufrimiento


“Hace mucho tiempo, una mujer joven perdió a su hijo. Su dolor y sufrimiento eran tan grandes que vagaba por las calles, rogando que le dieran alguna medicina mágica que le devolviera la vida a su pequeño. Algunos la miraban con lástima, otros incluso se burlaban de ella y la llamaban loca. 

Un sabio, viendo su desesperación le dijo: 

- Solo existe una persona en el mundo capaz de obrar ese milagro. Reside en lo alto de la montaña. Ve y pregúntale. 

La mujer subió a la montaña y rogó:

- Oh Buda, devuelve la vida a mi hijo. 

Buda le dijo:

- Regresa a la ciudad, y ve de puerta en puerta. Tráeme una semilla de mostaza de una casa en la que no se haya producido una muerte.

El corazón de la mujer latía esperanzado a medida que bajaba apresurada la montaña y entraba en la ciudad. En la primera casa dijo:

- Buda me ha pedido que le lleve una semilla de mostaza de una casa en la que no haya muerto nadie. 

- En esta casa han muerto muchos - le dijeron. 

Así que la mujer se dirigió a la próxima y preguntó otra vez pero le dieron la misma respuesta. Y lo mismo le ocurrió en la tercera casa, la cuarta, la quinta, y así por toda la ciudad. No pudo encontrar una sola casa que la muerte no hubiera visitado alguna vez. 

La mujer regresó a la cima de la montaña. 

- ¿Has traído la semilla de mostaza? - le preguntó Buda. 

- No, ni la busco más. Empiezo a comprender lo que querías enseñarme. Cegada por la pena, llegue a pensar que yo era la única que había sufrido.

- Entonces, ¿por qué has regresado? 

- Para pedirte que me enseñes la verdad. 

A lo cual Buda respondió:

- Si quieres conocer la verdad sobre la vida y de la muerte, debes entender que solo existe una ley en el universo que no esta sometida al cambio: todas las cosas cambian y ninguna es permanente".

Esta parábola nos enseña que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida, no tiene sentido huir de ellos, pero tampoco tiene sentido prorrogarlos más allá de cierto punto aferrándonos a pensamientos negativos recurrentes que empeoran lo que ya estaba mal.

¿Por qué nos bloqueamos en el sufrimiento?


Cuando la adversidad llama a nuestra puerta, es difícil reponerse del golpe. A veces nos toma completamente por sorpresa, otras veces es tan fuerte que nos hace perder nuestros puntos de referencia psicológicos. 

Recuperarse no es sencillo y cada quien necesita su tiempo. De hecho, todos no seguimos el mismo ritmo de recuperación porque no le conferimos el mismo significado emocional a las situaciones y no contamos con los mismos recursos de afrontamiento. Sin embargo, debemos asegurarnos de no quedarnos atascados en el sufrimiento, no debemos encariñarnos tanto con esa “piedra” que terminemos convirtiéndola en una zona donde acampar.

Una de las principales razones por la que nos quedamos bloqueados en el sufrimiento es porque nos negamos a aceptar lo ocurrido. Sabemos que cuando dejemos atrás ese sufrimiento, podremos pasar página. Y a veces no queremos pasar página porque creemos que eso significa olvidar a la persona que ya no está o asumir que no podemos hacer nada más para remediar una situación con la que no nos sentimos cómodos.

Es un bloqueo paradójico ya que no deseamos sentirnos mal pero tampoco queremos estar bien porque en nuestra mente eso significa dejar atrás una parte de la vida con la cual aún nos identificamos.

En algunos casos esa paradoja puede estar provocada por la culpabilidad. Es decir, no logramos perdonarnos lo que hicimos o dejamos de hacer y nos castigamos a través de ese dolor. De esta forma, el sufrimiento se convierte en una manera para expiar la culpa.

Por desgracia, podemos sentirnos culpables sin ser plenamente conscientes de ello, de manera que permitimos que la culpa se convierta en un estado crónico que afecta nuestra capacidad de recuperación.

3 ideas que debes aceptar para superar el dolor y el sufrimiento


Para dejar atrás el sufrimiento es importante comprender que nuestro instinto nos impulsa a luchar contra el dolor. Normalmente se trata de un instinto protector pero en algunos casos, sobre todo cuando se trata de un dolor psicológico, este se transforma en sufrimiento y se vuelve contraproducente. 

Para superar ese bloqueo emocional debemos asumir tres ideas:

1. Negar lo ocurrido no hará que la adversidad desaparezca. Mantenerte en la etapa de negación, con la esperanza de que lo ocurrido sea solo un mal sueño, no solucionará el problema ni te hará menos infeliz, al contrario, solo sirve para agravar el sufrimiento. Practicar la aceptación radical puede ayudarte.

2. Pasar página no significa olvidar. Seguir adelante con tu vida no significa que olvidarás ni que ese suceso o persona será menos significativo para ti, simplemente significa que te has adaptado a las nuevas circunstancias y que te has convertido en una persona más resiliente. Ni más ni menos.

3. Sufrir no expía las culpas. El sufrimiento no expía las culpas ni te asegura el perdón, lo que realmente te permite avanzar es aprender la lección. Y solo aprendes la lección cuando maduras, lo cual significa que sigues adelante en tu camino. 

Recuerda que hay un punto en el que, después de las lágrimas y la tristeza, es imprescindible recomponer los pedazos rotos y seguir adelante o correremos el riesgo de quedarnos atrapados en la depresión.
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Eres responsable de lo que dices, no de lo que los demás interpreten


Entre lo que piensas,

Lo que quieres decir,

Lo que crees decir,

Lo que dices,

Lo que quieres oir,

Lo que oyes,

Lo que crees entender,

Lo que quieres entender,

Y lo que entiendes…

¡Hay 9 probabilidades de no entenderse!

Armar el rompecabezas de la comunicación puede llegar a ser muy complicado. Algunas veces los demás malinterpretan nuestras palabras e intenciones y otras veces somos nosotros quienes cometemos ese error. 

En cualquier caso, los malentendidos forman parte de la experiencia comunicativa y aunque nos esforcemos por ser más claros y precisos, siempre hay un resquicio para la resignificación. Por eso, es importante comprender que somos responsables de lo que decimos, pero no de lo que los demás entiendan.

No cargues con responsabilidades que no te pertenecen


Hay personas que son auténticas especialistas en encontrar intenciones ocultas en las palabras ajenas. Estas personas tiran de un hilo para crear una madeja de confusión hasta terminar responsabilizándote por cosas que realmente no dijiste, hasta el punto que te hacen sentir mal.

Es fundamental que aprendas a detectarlas porque pueden arrastrarte en sus tormentas, atribuyéndote intenciones que no son reales y haciendo que cargues con culpas que no son tuyas.

Cuando necesites comunicar una idea, es importante que transmitas tu mensaje con claridad e intentes solucionar cualquier malentendido pero no puedes asumir la responsabilidad por las interpretaciones de los demás porque estas pueden ser tan variadas como sus experiencias de vida, creencias, expectativas y prejuicios.

A veces las personas solo entienden lo que quieren entender, lo que calza con su visión del mundo. En ese caso, no debes permitir que pongan sobre tu espalda su propio fardo de intenciones porque corres el riesgo de convertirte en el “malo de la película” sin serlo.

Estas personas también pueden aprovecharse atribuyéndote intenciones que en realidad no tenías. De hecho, es una técnica que suelen utilizar los vendedores, cuando asumen que estás dispuesto a comprar aunque en realidad no sea así. El resultado es que puedes terminar comprando o haciéndole un gran favor a alguien solo porque te avergonzaba rectificar y explicar que tu intención original nunca fue esa.

Por eso, no debes permitir que las malas interpretaciones de los demás hagan mella en tu autoestima o te lleven a tomar decisiones con las cuales no te sientas cómodo.

Las 3 causas principales de las malas interpretaciones


1. La ilusión de transparencia

La ilusión de la transparencia es la tendencia a pesar que los demás comparten nuestro estado mental. En práctica, sobreestimamos los puntos en común con los otros, creyendo que comparten nuestras opiniones, intenciones y sentimientos. Esa ilusión nos lleva a atribuirles a los demás intenciones, creencias y opiniones que en realidad no son suyas sino una proyección de las nuestras. Sin embargo, en la mayoría de los casos no nos damos cuenta de este fenómeno.

Un experimento realizado en la Universidad de Stanford demostró cómo sobreestimamos ese fenómeno. Los psicólogos les pidieron a los participantes que siguieran el ritmo dando pequeños golpecitos sobre la mesa de dos temas muy conocidos: “Feliz Cumpleaños” y el “Himno Nacional”. Luego debían indicar qué probabilidades existían de que la otra persona identificara el tema.

El 50% de las personas creían que un oyente podría identificar fácilmente la canción pero en la práctica, solo el 2,5% pudo descubrir de qué tema se trataba. Esto se debe a que no tenemos en cuenta que, aunque nosotros vamos tarareando la canción en nuestra mente, la otra persona solo escucha los pequeños golpecitos sobre la mesa. 

En otras palabras, valoramos desde nuestra posición, sin ponernos en el lugar del otro. Pensamos que somos “transparentes” y que nuestro interlocutor comprenderá fácilmente nuestras intenciones.

Obviamente, la ilusión de transparencia afecta doblemente la comunicación. Por una parte, hace que no nos expresemos de manera tan clara como pensamos y, por otra parte, puede hacer que atribuyamos a los demás intenciones que en realidad solo existen en nuestra mente.

2. El pensamiento perezoso

Otra de las causas de las malas interpretaciones es lo que podríamos calificar como “pensamiento perezoso”. Básicamente, la persona que escucha nuestro mensaje se encuentra entre dos fuerzas cognitivas que afectan su capacidad para decodificar correctamente nuestras palabras e intenciones.

Existen dos sistemas de procesamiento. El primer sistema procesa la información rápidamente, de forma intuitiva y automática. Según este sistema, cuando vemos a alguien sonreír, simplemente pensamos que esa persona es feliz. Es un sistema muy básico qe utiliza atajos para llegar a conclusiones rápidas sobre la otra persona a partir de pequeños detalles, como las expresiones faciales o el lenguaje corporal. De hecho, es el sistema que nos permite formarnos las primeras impresiones.

El segundo sistema procesa la información de una manera consciente y racional. Este sistema es el encargado de evaluar y actualizar las primeras impresiones, los prejuicios y otros pensamientos impulsivos. Sin embargo, este sistema requiere un mayor esfuerzo cognitivo, es como volver sobre nuestros pasos y a veces demanda reconocer que nos hemos equivocado. 

Por supuesto, es mucho más fácil dejarse llevar por las primeras impresiones que poner en marcha el segundo sistema de procesamiento de la información. Por eso, las personas que podríamos llamar “pensadores perezosos” son más propensas a malinterpretar los mensajes de los demás, atribuyéndoles intenciones erróneas. La arrogancia y la rigidez también pueden llevarles a mantenerse en su primera impresión, consolidando así el malentendido.

3. La proyección

La proyección es un mecanismo de defensa según el cual proyectamos nuestros pensamientos, sentimientos o impulsos indeseados sobre otra persona que en realidad no tiene esos pensamientos, sensaciones ni impulsos. Lo que sucede es que no somos capaces de aceptar esa realidad, ya sea porque es demasiado dolorosa o porque provoca una disonancia cognitiva, por lo que simplemente la proyectamos sobre el otro.

Esa es la razón por la que alguien puede decirnos que estamos enfadados cuando en realidad quien está enfadado es él mismo, pero como no desea reconocerlo, proyecta ese enfado sobre nosotros.

Esa persona también puede proyectar sobre nosotros intenciones negativas que le ayuden a reafirmar su propia autoimagen, haciendo que esta sea más valiosa y positiva que la nuestra.

De hecho, la proyección es una de las causas más comunes de los malentendidos en la comunicación pero también es una de las más difíciles de rebatir ya que aceptar nuestros argumentos equivaldría a cambiar algo dentro de ellos mismos. Este mecanismo de defensa suele ser el resultado de la falta de autoconocimiento y la inseguridad personal. Normalmente se aprecia en personas con un pensamiento rígido que no son capaces de aceptar la ambivalencia emocional o cognitiva que todos tenemos.

Por supuesto, también hay muchas otras causas de malentendidos. Por ejemplo, una persona puede ser más susceptible en determinados temas, lo que se conoce como “puntos sensibles”. Quienes tienen una baja autoestima también pueden ser más propensos a malinterpretar las palabras de los demás, así como aquellos que tienen un pensamiento muy rígido.

Sé preciso, vuelve a explicar y si no hay otra alternativa, deja ir


Para resolver el problema de las intenciones en la comunicación, lo más pragmático es esforzarse por ser lo más claros y precisos posibles. No dejes nada al azar esperando que tu interlocutor sea capaz de interpretar adecuadamente las señales que envías porque existen grandes probabilidades de que no sea así, sobre todo si no teneís un profundo vínculo afectivo.

Sentirse entendidos es una necesidad humana, pero solo podemos hacernos responsables de la parte que nos toca. Podemos analizar qué hemos hecho mal e intentar mejorarlo, pero lo que no podemos permitirnos es convertirnos en la diana de los conflictos ajenos ni de sentimientos negativos amparados en interpretaciones erróneas de nuestras palabras.


Fuentes:
Kahneman, D. Kahneman, D. (2011) Thinking, Fast and Slow. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux.
Newton, Elizabeth (1990) Overconfidence in the Communication of Intent: Heard and Unheard Melodies. Tesis Doctoral: Universidad de Stanford.
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Personas intuitivas: 10 características que las diferencian


La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado al regalo”. Son palabras de Albert Einstein, quien conocía perfectamente el poder y la importancia de la intuición. Por desgracia, la intuición prácticamente se ha quedado relegada a un plano esotérico, sacrificada en el altar de la racionalidad. Sin embargo, todos somos personas intuitivas, solo que algunos han aprendido a prestarle atención a los mensajes de su intuición mientras que otros los ignoran.

¿Qué es la intuición?


Antonio Damaso, médico y neurólogo, explica qué es la intuición a través de su teoría de los marcadores somáticos. En práctica, la intuición sería un mecanismo de preselección que tiene lugar por debajo de nuestro umbral de conciencia y se encarga de examinar todas las opciones, decidiendo cuáles son los posibles caminos entre los que podemos elegir de manera consciente. 

La intuición es un procedimiento que nos permite valorar y descartar alternativas de manera inconsciente, basándose fundamentalmente en nuestras experiencias pasadas y nuestras emociones. Por eso se expresa fundamentalmente a través de las sensaciones corporales, algunas personas indican que la sienten en el estómago o en el pecho. Esa también es la razón por la que nos inclinamos por una opción y no por otra, pero no somos capaces de explicar el motivo, es tan solo un presentimiento o una corazonada.

¿Qué diferencia a las personas intuitivas?


1. Escuchan su voz interior. Las personas intuitivas tienen una conexión especial con su inconsciente, por lo que son capaces de escuchar la voz interior que los demás ignoran. A fuerza de prestarle atención a esas corazonadas o intuiciones, han ido “afinando” cada vez más esa vía de comunicación, de manera que pueden descifrar mejor los mensajes que les envía su intuición.

2. Pasan tiempo en soledad. Las personas intuitivas suelen valorar mucho la soledad y disfrutan del tiempo que pasan consigo mismas. Durante esos momentos aprovechan para conectar con sus emociones y realizar un profundo ejercicio de introspección o simplemente calmar su mente, lo cual es imprescindible para que se manifieste la intuición.

3. Escuchan a su cuerpo. Las personas intuitivas tienen una conexión especial con su cuerpo, por lo que son capaces de captar las señales que envía la intuición a través de sensaciones como un “nudo en la garganta”, “mariposillas en el estómago” o cualquier otra sensación física que envíe ese segundo cerebro. Estas personas sienten que algo va mal en su cuerpo, tienen reacciones viscerales que saben cómo interpretarlas y usar a su favor a la hora de tomar decisiones.

4. Son excelentes observadores. Las personas intuitivas suelen ser muy observadoras, se fijan en detalles que para los demás pasan inadvertidos. De hecho, una de las armas secretas de la intuición es precisamente la capacidad de captar muchos detalles, darles un sentido y prever lo que podría ocurrir. De esta manera también descubren patrones o coincidencias que los demás no notan, pero que después se convierten en la base para tomar otras decisiones en su vida.

5. Prestan atención a sus sueños. Los sueños son el canal de comunicación favorito del inconsciente. En muchas ocasiones la mente inconsciente elige las fantasías oníricas para enviarnos un mensaje que nos pueda ayudar a tomar mejores decisiones. Por eso las personas intuitivas prestan atención al contenido de sus sueños e intentan descifrarlos. Por supuesto, todos los sueños no son mensajes del inconsciente, las personas intuitivas también son capaces de diferenciarlos.

6. Conectan emocionalmente con los demás. La empatía es una de las armas secretas de la intuición. Las personas intuitivas son capaces de conectar con los demás a un nivel más alto, lo cual les permite ayudarlas o notar que están pasando por un mal momento.

7. Dejan ir las emociones “negativas”. A pesar de que la intuición puede generar sensaciones desagradables, las personas intuitivas son capaces de gestionarlas y no se quedan bloqueadas en ellas. De hecho, son conscientes de que emociones como la frustración, la ira o el resentimiento nublan la intuición. Eso significa que suelen ser muy conscientes de sus emociones y saben gestionarlas con sabiduría.

8. Saben fluir. Las personas intuitivas desarrollan una gran confianza, la cual les ayuda a enfrentar la adversidad con una actitud más relajada. No solo confían en sus capacidades para afrontar los obstáculos sino también en el curso de la vida. Estas personas saben que todo llega y todo pasa, por lo que aprenden a fluir sin dificultad, no se aferran a las situaciones, ni las positivas ni las negativas. Esa sabiduría les brinda una gran tranquilidad y ecuanimidad ante los contratiempos. 

9. Muestran una gran flexibilidad cognitiva. Las personas intuitivas no tienen un pensamiento rígido, son capaces de cambiar de idea rápidamente cuando tienen una corazonada. Eso significa que no se aferran ni siquiera a sus decisiones, sobre todo cuando sienten que están yendo por el camino equivocado. Esa flexibilidad cognitiva les permite corregir el plan y obtener mejores resultados.

10. Buscan las respuestas en su interior. Las personas intuitivas no se aíslan del mundo, tienen en cuenta las circunstancias y saben cuándo el viento sopla a su favor y cuándo está en contra, pero siempre tienen la tendencia a mirar dentro de sí para encontrar las respuestas. Esto significa que para tomar decisiones tienen en cuenta sus expectativas, ilusiones y necesidades. Así logran un equilibrio que les permite tomar las mejores decisiones.

3 problemas a los que se enfrentan las personas intuitivas


Desarrollar mucho la intuición también puede tener sus “efectos adversos”, sobre todo en un mundo donde se sobrevalora la lógica y se ignoran las emociones. 

1. No poder explicar por qué tomaron una decisión importante. A menudo las personas intuitivas no pueden explicar de manera racional por qué tomaron una decisión que para los demás no tiene sentido. En muchos casos, la ausencia de argumentos lógicos puede dar pie a discusiones y problemas, sobre todo cuando las otras personas no les entienden.

2. Prever finales desastrosos que nadie más avizora. Las personas intuitivas pueden prever finales desastrosos, ya sea en una relación de pareja o en un negocio. A menudo esa certeza es difícil de sobrellevar ya que no siempre la pueden compartir con las otras personas o estas no les prestan atención. El hecho de captar pequeños detalles que los demás no perciben les confiere esa habilidad especial, que no siempre es bienvenida.

3. Captar los pensamientos y emociones negativas de los demás. Las personas intuitivas no leen la mente, pero ese sexto sentido a menudo les permite captar pequeñas señales extraverbales que les ayudan a formarse una idea de lo que las otras personas están sintiendo o pensando. A veces notar que los demás están fingiendo sin poder decírselo puede ser extremadamente frustrante o irritante.

¿Es conveniente tomar decisiones dejándose llevar por la intuición?


Cuando tomamos decisiones pequeñas, siempre es ventajoso analizar los pros y los contras. Sin embargo, en los asuntos vitales, como la elección de la pareja o la profesión, la decisión debe venir del inconsciente, de un lugar recóndito dentro de nosotros. En las decisiones realmente importantes de la vida, debemos dejar que gobiernen las profundas necesidades de nuestra naturaleza”.

Estas fueron las palabras de Sigmund Freud, quien se refería era a esa sensación de justo o erróneo, de placer o rechazo visceral, que sentimos en lo más hondo de nosotros y que a veces ignoramos para escuchar únicamente a la razón.

En la Psicología existe lo que se conoce como Inteligencia Intuitiva, que sería nuestra capacidad para resolver problemas dejándonos llevar por la intuición. De hecho, en una serie de estudios realizados en enfermeras, médicos y emprendedores que tenían muchos años de experiencia se constató que su primera intuición casi nunca fallaba.

Por supuesto, la intuición no es un mecanismo infalible, pero puede ser muy útil cuando necesitamos tomar decisiones en una situación en la que no disponemos de mucha información o esta es muy caótica. En cualquier caso, siempre es bueno saber lo que tiene que decir antes de decidirnos por una u otra opción. Así que lo más conveniente es aprender a escucharla.

Fuentes:
Gladwell, M. (2005) Inteligencia Intuitiva. Barcelona: Editorial Taurus.
Damasio, A. R. (2001) El error de Descartes. Barcelona: Editorial Crítica.
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