1/26/2017

¿Cómo el estrés puede causarte un infarto?


El estrés es una epidemia moderna. El ritmo de vida actual, las exigencias sociales y las que nos imponemos nosotros mismos generan un grado de tensión y ansiedad que, a largo plazo, es insostenible y pasa una elevada factura, incluso a nivel físico. De hecho, ir siempre por el carril rápido de la vida no es una buena idea, sobre todo para tu corazón.

Un estudio longitudinal a gran escala llevado a cabo por un equipo de cardiólogos de la Universidad de Harvard y el Hospital General de Massachusetts reveló que el estrés aumenta el riesgo de padecer un infarto cardíaco. Obviamente, no se trata de la primera investigación que llega a estos resultados, todas las evidencias apuntan a que el estrés puede tener consecuencias fatales. Sin embargo, en esta ocasión los investigadores han profundizado en el mecanismo de base, para entender cómo el estrés puede desencadenar un infarto.

La culpa es de una amígdala hiperreactiva


La amígdala es una estructura que se encuentra en el cerebro y que está vinculada con el funcionamiento emocional. De hecho, puede decirse que es el centro de comando del miedo en el cerebro. Esta estructura con forma almendrada que se encuentra en el lóbulo temporal se activa ante el miedo, la ansiedad, el estrés y todos aquellos estímulos que puedan parecernos potencialmente peligrosos.

Cuando la amígdala funciona adecuadamente nos protege del estrés ya que no se activa continuamente sino tan solo en los casos en los que realmente corremos algún peligro, para ayudarnos a ponernos a salvo. Sin embargo, una amígdala hiperreactiva se convierte en nuestro enemigo ya que desencadena una serie de reacciones fisiológicas ante situaciones que no son realmente peligrosas.

La amígdala se puede volver hiperreactiva en cualquier momento de la vida, debido fundamentalmente a un estrés mantenido. De hecho, se ha apreciado que los bebés que están sometidos a situaciones estresantes para ellos, como la separación de sus padres o dejarles llorar sin satisfacer sus necesidades durante largos periodos de tiempo, desarrollan una amígdala hiperreactiva que se mantiene funcionando de esta manera incluso en la vida adulta.

Una combinación fatal: Una amígdala hiperreactiva y un exceso de actividad de la médula ósea


Este nuevo estudio ha revelado cómo una amígdala hiperreactiva puede causar un infarto cardíaco o un ictus. En práctica, el estrés no solo activa la amígdala sino que también estimula el funcionamiento de la médula ósea y provoca un cuadro de inflamación arterial, las condiciones idóneas para que se produzca un ataque al corazón.

En el estudio participaron 293 personas de más de 30 años sin problemas cardíacos previos. Se les realizaron una serie de pruebas para evaluar el nivel de inflamación de las arterias, la actividad cerebral y la actividad de la médula ósea.

Los investigadores les dieron seguimiento durante cuatro años, un periodo en el cual 22 personas sufrieron infartos severos. Así se pudo comprobar que quienes mostraron una amígdala hiperreactiva al inicio del experimento eran más propensos a sufrir un infarto o padecer problemas cardíacos severos.

El mecanismo de base es el siguiente: la amígdala no es capaz de distinguir entre los estímulos que son realmente peligrosos y aquellos con los que podemos lidiar con cierta normalidad, por lo que termina catalogando gran parte de las situaciones cotidianas como peligrosas. De esta manera el estrés aumenta y se disparan los niveles de cortisol, una hormona que provoca inflamación. Cuando esta situación se mantiene a lo largo del tiempo, el proceso inflamatorio estrecha y bloquea las arterias, limitando el flujo sanguíneo.

A la misma vez, la actividad de la médula ósea se ha vinculado con un mayor riesgo de que se formen coágulos de sangre, otro factor de riesgo en los ataques al corazón y los ictus. Por consiguiente, se trata de una combinación que puede llegar a ser fatal.

¿Se puede reeducar la amígdala? 


La buena noticia es que la reeducación emocional permite lograr que la amígdala funcione adecuadamente. En práctica, se trata de que la persona aprenda a distinguir de manera consciente los estímulos peligrosos de los inocuos.

El primer paso consiste en aprender a detectar los signos de activación que indican que la amígdala está reaccionando de manera exagerada, como el aumento del ritmo cardíaco, la respiración entrecortada, la sudoración, la sensación de opresión en el pecho o el salto epigástrico. Luego se pueden aplicar diferentes técnicas, desde la reestructuración cognitiva para cambiar los pensamientos catastrofistas que acuden a nuestra mente hasta la respiración diafragmática o la relajación.

Con el paso del tiempo la amígdala irá aprendiendo a distinguir aquellas situaciones que son realmente peligrosas de las que, aunque pueden generar cierta tensión o ser desagradables, no representan un riesgo. 

Fuentes:
Tawakol, A. et. Al. (2017) Relation between resting amygdalar activity and cardiovascular events: a longitudinal and cohort study. The Lancet; S0140-6736(16)31714-7.
Ressler, K. J. (2010) Amygdala Activity, Fear, and Anxiety: Modulation by Stress. Biol Psychiatry; 67(12): 1117–1119.

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Jennifer Delgado Suárez

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