9/23/2016

A veces de quien menos esperamos, es de quien más recibimos


La vida es una caja de sorpresas que espera pacientemente ser descubierta. Sin embargo, a veces vamos demasiado rápido, demasiado imbuidos en nuestros pensamientos y preocupaciones, como para mirar a nuestro alrededor y apreciar todo lo bueno y bello que nos rodea.

Lo mismo ocurre con las personas con quienes nos encontramos. A veces nuestros prejuicios, estereotipos o simplemente la prisa nos impiden apreciar los regalos que esas personas pueden darnos. Sin embargo, si fuéramos por la vida con la mente más abierta, si tan solo estuviésemos más dispuestos a recibir, descubriríamos con asombro que a veces de quien menos esperamos, es de quién más podemos recibir.

Los regalos llegan de las direcciones más inesperadas


La Segunda Guerra Mundial ya había comenzado y los nazis estaban avanzando por Europa. Una de sus armas secretas era la máquina Enigma, a través de la cual enviaban mensajes cifrados a los submarinos que hostigaban los convoyes de ayuda enviados desde Estados Unidos.

En este contexto, los ingleses reclutaron a uno de los mejores matemáticos y criptoanalistas de la época, Alan Turing, y le dieron una misión que parecía imposible: desencriptar Enigma. Turing decidió olvidarse del método de cifrado tradicional y se propuso crear una máquina que pudiese decodificar a Enigma. Todos pensaron que estaba loco.

Después de años de duro trabajo, sin poder demostrar la eficacia de su invención y a punto de ser apartado del proyecto, la idea del código para echar a andar su máquina provino de una mujer que no tenía nada que ver con la criptografía ni las matemáticas, una mujer que se limitaba a escuchar los mensajes y transcribirlos.

Gracias al arduo trabajo de Turing, que hoy es considerado el pionero de la computación, y a aquella conversación informal con la mujer, se estima que la guerra terminó de 2 a 4 años antes, ahorrando así muchísimas víctimas mortales.

Este ejemplo, que no es el único en la historia, nos indica que en muchas ocasiones, las personas que menos esperamos, pueden tener un regalo inmenso que darnos, solo tenemos que mantenernos abiertos y escucharlas. El problema es que a veces estamos demasiado encerrados en nosotros mismos, a veces nuestras creencias o incluso el propio conocimiento que hemos acumulado, nos impiden ver y aceptar esos regalos.

El error de pensar como los expertos


Un experimento muy interesante llevado a cabo en la Universidad de Cornell pone de manifiesto los riesgos de pensar como los expertos. Estos psicólogos reclutaron a un grupo compuesto por 100 expertos en diferentes materias, algunos eran geógrafos, otros economistas, filósofos, biólogos… Todos debían responder una serie de preguntas, algunas de las cuales estaban relacionadas con su especialidad.

Sin embargo, la trampa se hallaba en que algunas de estas preguntas contenían datos erróneos. Por ejemplo, una pregunta sobre geografía se refería a una ciudad inexistente y una de biología incluía términos inventados, que no existían en esa ciencia.

No obstante, los expertos fueron quienes más cayeron en esta trampa. ¿Por qué? Simplemente porque no querían reconocer su desconocimiento en un campo en el que se consideraban especialistas. Por tanto, lo que creían saber, se convirtió en una barrera que les impidió detectar los errores.

Es curioso porque, aunque no siempre lo reconocemos, a menudo nos comportamos como los expertos del experimento. Adoptamos esa actitud:

- Cada vez que nos creemos superiores a otra persona.

- Cada vez que pensamos que tenemos la verdad absoluta en nuestras manos.

- Cada vez que creemos que nadie tiene nada que enseñarnos.

- Cada vez que nos cerramos a las nuevas ideas debido a nuestros estereotipos.

Sin embargo, en muchas ocasiones, son precisamente las personas más ajenas a nosotros, quienes nos pueden proporcionar una visión más fresca del problema, una perspectiva más objetiva y novedosa. Por tanto, siempre vale la pena escucharlas.

Personas maravillosas que nos hacen grandes regalos sin pedir nada a cambio


A veces, hay personas que simplemente nos sorprenden. De hecho, a los padres les suele pasar a menudo con sus hijos. Pueden poner sus expectativas e ilusiones en un hijo y al final, es precisamente el otro quien cumple con esos sueños o sigue la tradición familiar.

Este fenómeno también se aprecia en las relaciones de pareja o en el círculo de amigos. Cuando todo parece desmoronarse a nuestro alrededor, el mayor apoyo y comprensión puede que no llegue precisamente de la familia, los amigos o la pareja, sino de un compañero de trabajo o un conocido.

De hecho, es algo que ocurre a menudo en los hospitales. Cuando las personas están hospitalizadas en la misma sala y pasan mucho tiempo juntas, suelen encontrar en ese “desconocido” de la cama de al lado el mayor consuelo, una comprensión que personas más cercanas no les pueden brindar ya que no han vivido esa misma experiencia. 

Muchas de estas personas desaparecerán luego de nuestras vidas, se bajarán en la próxima estación y cada quien seguirá su camino. Sin embargo, de vez en cuando, merece la pena recordarlas, recordar cuánto nos aportaron, a menudo sin esperar nada a cambio, sorprendiéndonos gratamente. ¿Quién sabe? Es probable que algún día, quizá ahora mismo, esas personas también recuerden el apoyo que les brindamos.

Sin duda, es muy grato que alguien nos sorprenda de esta manera. Nos reconforta el alma recibir algo de una persona que no espera nada a cambio. Sin embargo, no debemos olvidar que para recibir, primero debemos estar dispuestos a aceptar.

Recuerda que...


A veces quien menos crees, es quien más te enseña, y a quien menos das, es de quien más recibes… 

A veces de quien menos esperas, es quien más te entrega, y en quien menos piensas, es quien más te recuerda…

A veces el que más habla, es el que menos oye, y quién más promete, es quien menos cumple…

A veces los que se encuentran más lejos, son quienes a la hora de la verdad están más cerca, y los que en las buenas están más cerca, son quienes en las malas más rápido se alejan…

A veces simplemente nos cuesta entender esa dimensión de vida; ese sentir, pensar y creer que las cosas son menos, cuando realmente son más…


Fuente:
Atir, S. et. Al. (2015) When Knowledge Knows No Bounds. Self-Perceived Expertise Predicts Claims of Impossible Knowledge. Psychological Science; 26(8): 1295-1303.

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Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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