8/19/2016

¿Te enfadas con frecuencia? Quizá tu cerebro solo es capaz de detectar las señales de hostilidad


En nuestra sociedad la ira se ha catalogado como una emoción negativa. Desde pequeños nos enseñan que no debemos enfadarnos. Sin embargo, lo cierto es que la ira es una emoción defensiva. Está presente en las situaciones de conflicto y se desencadena cuando creemos que hemos sido tratados injustamente, cuando nos sentimos heridos o cuando algo se interpone en nuestro camino.

De hecho, la ira es una emoción muy potente que tiene un gran efecto dinamizador. Es decir, nos da la motivación y el empuje necesario para luchar contra aquello que consideramos injusto o amenazante, con el fin de protegernos.

Por eso, la ira en sí no es negativa, siempre y cuando no nos aferremos a ella ya que en ese caso puede ser muy perjudicial, incluso para nosotros mismos. Sin embargo, lo que sí resulta dañina es la agresividad.

¿En qué se diferencia la ira de la agresividad?


Para comprender la diferencia entre la ira y la agresividad debemos tener en cuenta que la ira, como todas las emociones, implica tres tipos de respuestas.

1. Corporal. Nuestro cuerpo se activa para la defensa o el ataque: el ritmo cardíaco aumenta, la respiración se acelera, los músculos se tensan y el flujo sanguíneo se dispara. Se trata de un estado de excitación que nos predispone a actuar de manera impulsiva ya que la amígdala toma el control de la situación y puede llegar a producirse un secuestro emocional, lo cual significa que “desconecta” el control de los lóbulos frontales. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Chicago desveló que las personas que tienen problemas de ira muestran una hiperactividad de la amígdala, lo cual les lleva a responder impulsivamente, sin reflexionar.

2. Cognitiva/Emocional. Se trata de la interpretación que hacemos de la situación, del valor emocional que le demos y el significado que le confiramos. De esta manera, las emociones están en función de nuestros pensamientos, por lo que cuando interpretamos una situación como un obstáculo, una injusticia, un abuso o una falta de respeto, experimentamos ira. Pensamientos como “es intolerable” o “cómo se atreve a tratarme de ese modo” se convierten en combustible para la ira y aumentan las probabilidades de que perdamos el control y reaccionemos con agresividad.

3. Conductual. Cuando experimentamos ira, nuestra conducta instintiva es defendernos. Por eso, se genera una energía interna que nos motiva a destruir ese “obstáculo”. La agresividad es una de las diferentes maneras de expresar esa ira, y también una de las más destructivas. Sin embargo, existen otras conductas que permiten resolver el problema sin llegar a la agresividad. 

¿Por qué perdemos el control?


Si te enfadas y pierdes el control con frecuencia respondiendo con agresividad, es probable que el problema se encuentre en la interpretación que haces de las situaciones. La clave podría encontrarse en la forma en que tu cerebro procesa las situaciones.

Un estudio realizado por neurocientíficos de la Universidad de Chicago ha descubierto que la materia blanca en una región del cerebro llamada fascículo arqueado tiene menos densidad y menos volumen en las personas que sufren un trastorno explosivo intermitente que en los individuos "normales".

Esta región se encarga de conectar el lóbulo frontal, responsable de la toma de decisiones, el control emocional y las consecuencias de las acciones, con el lóbulo parietal, en el que se procesa el lenguaje y la información proveniente de los sentidos. En práctica, es la autopista que conecta estas partes del cerebro. 

Por otra parte, la sustancia blanca es importante porque favorece la conexión y la transmisión de información en el cerebro. Por tanto, lo que han descubierto estos investigadores es que el cerebro de las personas que tienen tendencia a la ira se conecta de manera diferente.

Esa podría ser la razón por la cual las personas que tienen problemas de ira tienden a malinterpretar las intenciones de los demás en las interacciones sociales. Ellos piensan que los otros son hostiles, y sacan conclusiones erróneas sobre sus intenciones. Esta interpretación aumenta aún más su ira.

También se ha apreciado que estas personas no son capaces de procesar todos los detalles que se producen en las interacciones sociales, como el lenguaje extraverbal o algunas palabras. En práctica, solo captan las señales que refuerzan su creencia de que la otra persona les está desafiando. Por eso, responden con agresividad ante situaciones que para los demás serían neutras.

El problema en la conexión entre estos lóbulos del cerebro afectaría el procesamiento de las situaciones sociales, llevándoles a malinterpretar las pequeñas pistas que envían las personas en las interacciones sociales.

Aprender a gestionar la ira


Enfadarse no es negativo. De hecho, debemos prestarle atención a esa emoción y reflexionar sobre su origen. La clave radica en aprender a gestionar nuestras respuestas emocionales, cognitivas y conductuales.

Por eso, si te enfadas con frecuencia y pierdes el control, el primer paso consiste en preguntarse si no estarás realizando una interpretación sesgada de las señales que envían los demás. Si pensamos que el mundo conspira en nuestra contra, es probable que solo veamos las señales negativas, obviando las positivas.

De hecho, se ha apreciado que las personas que se enfadan con frecuencia suelen tener grandes explosiones de ira pero lo cierto es que a lo largo del día suelen mantenerse en un estado de irritabilidad y frustración, lo cual las convierte en auténticas bombas de relojería dispuestas a estallar ante el más mínimo estímulo.

Como colofón, he aquí 10 consejos para controlar la ira.


Fuentes:
Lee, R. et. Al. (2016) White Matter Integrity Reductions in Intermittent Explosive Disorder. Neuropsychopharmacology.
Coccaro, E. F. et. Al. (2007) Amygdala and orbitofrontal reactivity to social threat in individuals with impulsive aggression. Biological Psychiatry; 62(2): 168-178.

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Jennifer Delgado Suárez

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