7/29/2016

Si tu hijo olvida los deberes en casa, no se los lleves a la escuela


Prácticamente todos los niños han olvidado alguna vez sus deberes sobre la mesa del comedor o en su escritorio. Se supone que un buen padre debería darse cuenta de ello y llevarle los deberes a la escuela, para que el pequeño no se sienta avergonzado delante de sus compañeros o para evitar que la maestra le reprenda.

Sin embargo, cada vez hay más voces que se levantan en contra de este hábito para indicarles a los padres que no es necesario que hagan de cartero o que se conviertan en las agendas ambulantes de sus hijos. Maestros y psicólogos apuntan que cuando esos olvidos se repiten y los padres evitan que los niños asuman las consecuencias de sus despistes, en realidad no le están haciendo un favor sino que le hacen daño.


El regalo que implica la adversidad


Para la mayoría de los padres palabras como “error” y “fracaso” suelen ser aterradoras, sobre todo si se refieren a sus hijos, pero en realidad ese profundo rechazo es solo una perspectiva que nos ha inculcado la sociedad. El error encierra una oportunidad de aprendizaje muy valiosa que no deberíamos arrebatar a los niños.

Cuando los padres rescatan a sus hijos de las consecuencias de sus errores, despistes o malas decisiones, interrumpen el ciclo natural de aprendizaje. Como resultado, los niños no llegan a madurar completamente sino que desarrollan una dependencia emocional que les impide crear su propia caja de herramientas para la vida.

De hecho, un estudio desarrollado en la Universidad de Pensilvania descubrió que la habilidad para recuperarnos de la adversidad y perseverar en nuestras metas es fundamental para tener éxito en la vida. La perseverancia a una edad temprana es uno de los mejores indicadores para saber si un niño terminará los estudios universitarios, mucho más que la inteligencia.

La hiperpaternidad genera niños frágiles


La seguridad y la confianza que transmitan los padres a sus hijos es fundamental para que estos se sientan seguros explorando el mundo y se formen una imagen tranquilizadora del entorno que les rodea. De hecho, una encuesta a nivel nacional realizada por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania en más de 100.000 estudiantes de bachillerato desveló que el 55% de ellos sufría ansiedad, el 45% depresión y el 43% mostraba signos de un estrés elevado. Uno de cada seis estudiantes encuestados había sido diagnosticado o tratado por estos problemas a lo largo del último año.

Una de las causas de estos problemas es la hiperpaternidad, los niños y adolescentes llegan a la escuela sin haber desarrollado adecuadamente la resiliencia, por lo que no son capaces de tolerar la frustración y lidiar con los problemas. A estos niños les resulta difícil poner en perspectiva las cosas y para ellos una mala calificación puede ser un revés demoledor para su autoestima.

De hecho, la hiperpaternidad lo que hace es generar dependencia, por lo que terminará minando la confianza de los niños y les robará la posibilidad de tener éxito en el futuro, cuando sus padres no estén a su lado para resolver sus problemas y enmendar sus errores. Este estilo educativo termina generando niños y adolescentes extremadamente frágiles.

La trampa de la protección


En la actualidad muchos padres caen en lo que podríamos denominar la “trampa de la protección”. Este efecto fue descubierto por psicólogos de la Universidad Estatal de Arizona, quienes analizaron a 70 niños con edades comprendidas entre los 6 y 16 años que estaban siendo tratados por depresión y ansiedad. Descubrieron que algunas de las estrategias que ponían en práctica los padres para lidiar con los problemas emocionales de sus hijos no eran eficaces. Darles cariño, transmitirles afecto y animarles a enfrentar sus miedos funcionaba, pero adoptar una actitud sobreprotectora terminaba acentuando los síntomas depresivos y ansiosos.

El problema de la hiperpaternidad es que los padres no solo evitan que sus hijos cometan errores e intentan que no sufran las consecuencias de sus malas decisiones sino que incluso les ahorran esa dosis de miedo positivo. Sin embargo, lo curioso es que mientras más los niños eviten las situaciones que les atemorizan, más miedo tendrán y menos propensos serán a asumir riesgos en el futuro. 

Debemos recordar que la infancia es una etapa crucial para que los niños desarrollen esas habilidades que les permitirán lidiar con la adversidad y con las situaciones que les asustan. Si no desarrollan esas capacidades siendo niños, es probable que se conviertan en adultos excesivamente cautelosos, que tienen miedo a salir de su zona de confort, por lo que no serán capaces de vivir plenamente. 

¿Cuál es la solución?


No se trata de asumir una postura extremista. Si un día tu hijo olvida los deberes en casa, no hay nada de malo en llevárselos a la escuela. Si necesita ayuda con un proyecto, puedes darle una mano y si tiene problemas con algún compañero de colegio, puedes intervenir. Sin embargo, esta no debe ser la norma.

Es imprescindible que los padres sean capaces de darles a sus hijos la libertad necesaria como para que cometan sus propios errores. Así tendrán que asumir las consecuencias de sus actos y, como resultado, se verán obligados a adaptar su comportamiento, reorganizar sus hábitos y aprender del error.

La clave radica en encontrar un justo equilibrio entre la ayuda y la orientación, la protección y la seguridad, con la autonomía y la independencia. Solo así los niños aprenderán a valerse por sí solos y lograrán confiar en sus capacidades. Ese es uno de los mayores regalos que los padres pueden hacerles.

Fuentes:
Holly, L. E. & Pina, A. A. (2015) Variations in the influence of parental socialization of anxiety among clinic referred children. Child Psychiatry Hum Dev; 46(3): 474-484.
Eskreis, L. et. Al. (2014) The grit effect: predicting retention in the military, the workplace, school and marriage. Front Psychol; 5: 36.
Silverman W. K. et. Al. (2009) Directionality of change in youth anxiety treatment involving parents: An initial examination. Journal of Consulting and Clinical Psychology; 77: 474–485.

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Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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