11/27/2015

La ciencia de proteger los sentimientos de los demás: ¿Por qué fingimos que todas las opiniones son iguales?


En 1999 investigadores de la Universidad de Cornell descubrieron que las personas menos competentes eran, precisamente, las menos proclives a reconocerlo. De hecho, en muchas ocasiones pensaban que estaban por encima de la media. A este fenómeno se le conoce como “Efecto Dunning-Kruger”.

Estos investigadores creían que las personas que tienen un conocimiento limitado en cierta área, no solo cometen errores lamentables sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ellos. En práctica, el problema es que no tienen el conocimiento necesario como para darse cuenta de que se equivocan, lo cual les suele conducir a adoptar una actiud prepotente.

Sesgo de igualdad: Si no eres capaz, yo tampoco


Ahora investigadores de la Universidad de Teherán han realizado un estudio muy interesante a través del cual le dan continuidad a aquel experimento que hoy podemos considerar un clásico. Estos psicólogos han trabajado con voluntarios de Dinamarca, China e Irán, para tener una representación de diferentes culturas.

En el experimento, dos personas separadas veían dos imágenes sucesivas, que eran prácticamente idénticas, pero no del todo. En una de las imágenes, había un "objeto extraño". Las imágenes pasaron muy rápido y las dos personas debían detectar en cuál de ellas se encontraba ese objeto diferente.

Dicho así, parece que la tarea era muy simple. El problema es que ambas personas debían ponerse de acuerdo y elegir solo una imagen. Si había un desacuerdo, una tercera persona en la habitación indicaba quién había dado la respuesta correcta. En ese punto, los dos participantes sabían si su decisión había sido adecuada o no.

La pareja debía repetir este procedimiento con 256 imágenes, de forma que llegaran a conocerse lo suficiente como para saber cuál de los dos tenía el mayor porcentaje de aciertos. En práctica, los psicólogos querían saber cómo nos comportamos ante una tarea si una de las dos personas es más capaz que la otra.

De hecho, lo lógico sería que si notamos que una de las personas está más capacitada para la tarea que nos han asignado, confiemos más en ella y le demos mayor peso a su opinión. Sin embargo, eso no fue lo que pasó.

Los psicólogos descubrieron que el miembro menos capaz de la pareja desestimaba a menudo la opinión del otro. No obstante, lo más sorprendente fue que la persona más capaz también sobreestimaba la opinión del otro, devaluando la suya. En práctica, para mantener el equilibrio, cada quien actuaba como su pareja. Por tanto, ninguno de los participantes pareció notar que una de las personas era más capaz que la otra.

Los investigadores no se dieron por vencidos e incluyeron algunas variaciones en el experimento. En uno de ellos leían la puntuación de respuestas correctas y erróneas de cada uno de los participantes, para intentar inclinar la balanza. En otro caso complejizaron aún más la tarea para acentuar las diferencias entre las puntuaciones y, finalmente, les ofrecieron dinero por las respuestas correctas, pensando que quizá ese incentivo les animaría a comportarse de manera diferente y priorizar la eficacia. 

Sin embargo, en todos los casos se apreció lo que estos psicólogos denominaron “sesgo de igualdad”. En práctica, si te sientes inferior, tendrás la tendencia a desvalorizar las opiniones ajenas y si te sientes superior, devaluarás las tuyas para ponerte al nivel del otro. Y mientras tanto, fingimos que nada de eso ocurre.

¿Por qué fingimos?


El poder que ejerce el grupo sobre cada uno de sus integrantes es inmenso, aunque no siempre nos guste reconocerlo. Todos queremos formar parte del grupo porque así nos sentimos protegidos y sabemos que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos. 

Por eso, la persona menos capaz siente la necesidad de autoafirmarse demostrando que puede aportar algo al grupo, mientras que la persona más capaz comprende que no debe herir los sentimientos de sus compañeros si desea que la colaboración continúe.

En muchos casos, se trata de actitudes que asumimos de manera automática, ni siquiera lo pensamos sino que reaccionamos dejándonos llevar por nuestro instinto. Sin embargo, existe un límite. El sesgo de igualdad no es tan positivo como parece.

De hecho, comportarnos así es contraproducente, sobre todo cuando estamos en grupos de trabajo o cuando es preciso que las personas aprendan. Por supuesto, no se trata de desvalorizar la opinión de los demás ni de herir sus sentimientos, pero debemos encontrar un equilibrio que nos permita ser más eficaces en la tarea que nos asignan y, de paso, potenciar el aprendizaje del otro.

Fingir que algo no está sucediendo nunca es la solución, ni siquiera para evitar conflictos, sobre todo si estos nos permiten crecer como personas. 

Fuente:
Mahmoodia, a. et. Al. (2015) Equality bias impairs collective decision-making across cultures. PNAS; 112(12): 3835-3840.

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Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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