9/01/2015

Quejicas crónicos: ¿Podrías pasar todo un mes sin quejarte?

Lápiz roto

¿Podrías pasar un mes entero sin quejarte, sin lamentarte por nada? Esta es precisamente la propuesta que nos hace un proyecto muy original denominado Complaint Restraint Project, en el que simplemente exhortan a las personas a asumir el reto de pasar todo un mes sin lamentarse, por el bien de su salud, tanto física como mental. 

En el sitio web se puede leer: “Simplemente, deja de lamentarte”. Cuando las personas se apuntan, sus creadores les envían una serie de correos con algunos recordatorios y trucos para que puedan dejar de lamentarse y logren disfrutar más de los pequeños detalles de la vida. Sin embargo, ¿es realmente tan fácil dejar de quejarse?

Quejarse tiene sus ventajas, pero también su precio


En realidad, lamentarse es algo que hacemos de forma espontánea. Durante una conversación solemos lanzar una queja cada minuto, al igual que hará nuestro interlocutor. Según una investigación realizada en la Carnegie Mellon University, en una conversación de una hora, expresamos unas 50 veces nuestra insatisfacción o nos quejamos directamente por algo. Y no es extraño porque las quejas también pueden ser una especie de pegamento social. De hecho, no hay nada que una más a las personas que una insatisfacción compartida. La forma más sencilla para construir una relación con un desconocido consiste en buscar algo negativo en común.

Además, desde el punto de vista evolutivo, focalizarnos en los aspectos negativos de las situaciones es una forma de autodefensa. Mientras más capaces seamos de ver las cosas negativas que nos pueden hacer daño, mejor podremos prepararnos y protegernos. 

Sin embargo, estos beneficios también encierran un costo. Según un estudio realizado en la Friedrich Schiller University, cuando nos quejamos activamos a nivel cerebral una respuesta de estrés que puede llegar a dañar las conexiones neuronales de áreas como el hipocampo, vinculada a la memoria y la capacidad para resolver problemas. Lo mismo ocurre cuando escuchamos a alguien lamentarse. 

Por tanto, si ponemos en una balanza los "beneficios" que podemos obtener de las quejas y los riesgos que representan, no cabe dudas de que dejar de lamentarnos puede impactar positivamente en nuestra vida. ¿Cómo hacerlo?

Cinco claves para dejar de quejarse ahora mismo


1. Empieza por comprender qué es una queja. Puede parecer una nimiedad pero el primer paso para dejar de lamentarse consiste en determinar qué es realmente una queja. Por ejemplo, señalar que hace frío fuera de casa no es una queja, sino una observación. Sin embargo, si dices: “Hace mucho frío fuera de casa, odio vivir aquí”, eso es una queja porque expresa una insatisfacción que tiene una repercusión en tu estado de ánimo, haciendo que te sientas peor. Por eso, si quieres lamentarte menos, es conveniente que comiences a hablar en términos de observaciones, en vez de añadir quejas que no te llevarán a ninguna parte y solo te harán sentir mal. 

2. Descubre de qué te quejas. Somos seres de hábitos, aunque casi nunca somos conscientes de ellos. Sin embargo, si le prestas atención a tu discurso, te darás cuenta de que siempre te quejas por las mismas cosas. Se trata de “puntos sensibles” que se vuelven recurrentes en tu conversación o en tu diálogo mental. Esas quejas no son más que asuntos o situaciones que no has logrado aceptar y que se activan continuamente ante el menor estímulo, son verdaderos focos delirantes. El mero hecho de ser conscientes de la existencia de esos puntos sensibles es el primer paso para controlarlos e impedir que te sigan molestando.

3. Aléjate de los quejicas crónicos. Las quejas son como el humo del cigarrillo, no es necesario que salgan de tu boca para hacerte daño, puedes ser un fumador pasivo. Por eso, siempre que puedas, evita a las personas que se lamentan continuamente. Sin embargo, como no siempre es posible escapar, al menos no les sigas el juego. Cuando suelten una queja, no la valides ni te lamentes, en vez de eso, apunta algo positivo, intenta cambiar la perspectiva y no dejes que la conversación degenere hacia un rosario de quejas inútiles. Utiliza la técnica del “pero-positivo”. Es decir, ante cada queja, añade un pero positivo. De hecho, es una técnica que puedes usar contigo mismo, cuando descubras que te estás quejando por algo. Por ejemplo, ante la queja: “no me gusta tener que conducir hasta el trabajo” puedes añadir: “pero me siento agradecido porque tengo un trabajo que amo”. Recuerda que experimentar agradecimiento es el mejor antídoto contra las quejas.

4. Convierte las quejas en soluciones. A veces las quejas tienen la misión de señalarnos un estado de insatisfacción, algo que nos impide sentirnos bien. En ese caso, se trata de adoptar una actitud proactiva. Considera que los problemas tocarán a tu puerta. No puedes hacer nada al respecto, pero no tienes por qué brindarles una silla para que se acomoden. Por tanto, no te sientes a admirar tus quejas, no te regodees en el lamento, haz algo para cambiar la situación que te molesta. No asumas el papel de víctima porque de esa forma estarás soltando las riendas de tu vida.

5. Cambia el “debo” por el “voy”. Se trata de cambiar la forma de hablar, para aprender a enfocarnos en lo positivo, en la acción. Por ejemplo, en vez de decir: “debo terminar este proyecto” puedes decirte: “voy a terminar este proyecto”. Se trata de un cambio pequeño pero sirve para empoderarte, para ganar confianza en ti. Cuando haces las cosas porque “debes”, las percibes como una obligación desagradable y le estás abriendo el camino a las quejas. Al contrario, si asumes una actitud proactiva estarás de mejor humor para enfrentar la tarea y serás más productivo.

Entonces, ¿qué decís? ¿Os apuntaríais al reto de pasar todo un mes sin quejarse?

Fuentes:
Straube, T. et. Al. (2011) Brain activation during direct and indirect processing of positive and negative words. Behavioral Brain Research; 222(1):66-72.
Wolfe, J. & Powell, E. (2006) Gender and Expressions of Dissatisfaction: A Study of Complaining in Mixed-Gendered Student Work Groups. Women and Language; 29(2): 13-20.
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Jennifer Delgado Suárez

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