4/17/2015

Los problemas no se resuelven, se superan

Hombre arrastrando barca

Hay muchas cosas que damos por hechas y que ni siquiera cuestionamos. Cuando nacemos, somos prácticamente una tabula rasa, con potencialidades enormes y con mucho que aprender. Sin embargo, poco a poco nos vamos apropiando de la cultura y eso también significa que nos cerramos a un mundo de posibilidades. De hecho, a menudo son las pequeñas cosas, esas que damos por sentadas, las que se convierten en obstáculos para desarrollar por completo nuestro potencial.

El problema es que una vez que adoptamos determinados patrones de pensamientos y que nos apegamos a ciertas creencias, es muy difícil deshacerse de ellas. Por eso, al final, terminamos viviendo en un universo de posibilidades muy restringido, en comparación con todo lo que podríamos llega a aprender o a hacer.

Precisamente, una de esas creencias limitantes, que no nos cuestionamos sino que damos por sentado, es pensar que los problemas se deben resolver.

¿Qué significa resolver un problema?


Resolver un problema significa, ante todo, asumir que existe un obstáculo. Cuando nos percatamos de que existe algo que nos impide lograr nuestra meta o que perturba nuestra estabilidad, nos sentimos mal, nos frustramos y enojamos. Sin embargo, esas emociones, lejos de ayudarnos a enfrentar la situación, en realidad nos dañan. No solo nos hacen sentir peor sino que también afectan nuestro juicio y nuestra capacidad para encontrar una buena solución.

Resolver un problema también significa que debemos retirar ese obstáculo cuanto antes del camino, para poder seguir o volver lo más rápido posible al estado inicial, que probablemente era esa zona de confort en la que nos sentíamos seguros.

No obstante, asumir los problemas como meros obstáculos implica una visión muy restringida, que casi nunca conduce al desarrollo personal. Al contrario, comprender los problemas como algo que debemos superar, como un desafío que nos transformará, implica un giro radical en nuestra manera de ver y afrontar el mundo.

¿Por qué tenemos la tendencia a asumir los problemas como obstáculos y no como desafíos?

En realidad, se trata de una visión que nos ha transmitido la sociedad occidental, una sociedad que promueve valores competitivos e individualistas, que está centrada en el logro de las metas personales, a despecho del grupo y de los intereses y necesidades de los demás. Por eso, todo a nuestro alrededor está concebido para que sigamos determinadas metas y para asumir que todo aquello que se interpone en el camino, son obstáculos.

Sin embargo, cuando dejamos de ver la vida como una consecución de metas y la comenzamos a comprender como un camino, los problemas no son meros obstáculos sino oportunidades para crecer. Cuando no tenemos la obsesión de llegar a un punto sino que nos hemos propuesto disfrutar del camino y sacarle el máximo provecho, los problemas adquieren otra dimensión, se convierten en oportunidades.

En este sentido, resulta particularmente esclarecedora la visión de los emprendedores chinos. Estas personas no le temen a la competencia, todo lo contrario, creen que es algo sano. No ven a otros emprendedores como un obstáculo para su propio negocio, sino como una oportunidad para mejorar su empresa, la competencia se convierte en un aliciente para cambiar y, si en algún momento disminuyen las ventas, no culpan al otro, sino que se preguntan qué pueden hacer para revertir ese efecto y crecer.

Los problemas: Un desafío a superar


Pensar en los problemas en términos de desafío no es un mero cambio terminológico. Sustituir “resolver” por “superar” no es simplemente una transformación a nivel lingüístico sino que implica un cambio mucho más profundo a nivel de actitud y de visión del mundo.

De hecho, las personas que cultivan la resiliencia, las que saben afrontar la adversidad y salen fortalecidas, no son las más fuertes o preparadas sino aquellas que afrontan los problemas como desafíos, aquellas que están convencidas de que esa situación les permitirá crecer.

Estas personas no están desesperadas por volver a su antigua zona de confort sino que cuando finalmente logran superar el problema, crecen. De esta forma, esa zona de confort en la que se sienten a gusto, se hace cada vez más grande y por eso, cada vez hay menos cosas que las lastiman o desequilibran.

En un estudio realizado en el Boston College reclutaron a una serie de personas y les pidieron que preparasen un discurso. Se les dijo que iban a ser evaluadas por su desempeño, así se generaba tensión. Mientras tanto, monitorizaban sus constantes vitales. Lo curioso fue que a algunas personas se les presentó la actividad como un desafío, bajo una luz positiva, mientras que a otras se les presentó como un problema.

Los psicólogos pudieron comprobar que enfrentar las situaciones estresantes como un desafío no solo mejoraba el desempeño final de los participantes sino que también les permitía controlar los signos de estrés: indicadores como el ritmo cardíaco y la presión arterial volvían rápidamente a la norma, mientras que en el grupo que consideraban la actividad como un problema, estos indicadores se disparaban.

Por tanto, superar un problema implica no solo resolverlo sino también aprender la lección. No se trata simplemente de pasar página sino de integrarlo en nuestra historia, darle un sentido a lo que ha sucedido e incorporarlo en nuestra experiencia de vida. Así nos enriquecemos como personas. De esta forma, es menos probable que volvamos a chocar dos veces con la misma piedra, porque adquirimos una visión mucho más completa de la situación y, por ende, de los factores que nos condujeron a la misma.

¿Por qué es tan importante ese cambio de perspectiva?


Los problemas no son hechos externos sino que dicen algo de ti, los problemas no existen al margen de quienes somos. De hecho, lo que en algunas etapas de la vida puede parecernos un problema de proporciones gigantescas, porque no contamos con los recursos psicológicos para hacerle frente, más tarde, puede convertirse en una situación de la cual incluso podemos reírnos. 

Por eso, los problemas en realidad no son un obstáculo externo sino la expresión de algún miedo, inseguridad, carencia o limitación propia. Desde esta perspectiva, el problema no es una piedra que podamos apartar fácilmente del camino sin pensar de nuevo en ella sino que es una señal de alerta que nos está indicando una deficiencia mucho más profunda y, por ende, una oportunidad para convertirnos en personas más fuertes.

El cambio vale la pena.

Fuente:
Tugade, M. N. & Fredrickson, B. L. (2004) Resilient individuals use positive emotions to bounce back from negative emotional experiences. Journal of Personality and Social Psychology; 86(2): 320-333.

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Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras. Descubre mis libros

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