12 de mayo de 2014

Estar a la defensiva: Poco que ganar y mucho que perder

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En la guerra y en los deportes se suele afirmar que “la mejor defensa es un buen ataque”. Y muchas veces aplicamos esta frase a la vida real y a nuestras relaciones interpersonales sin darnos cuenta de que no tiene cabida. Entonces nos ponemos a la defensiva. 

Un ejemplo clásico y bastante cotidiano es el del marido que le comenta a la esposa lo buena que le quedó la comida ese día. Ante ese comentario ella replica: “¿Qué quieres decir? ¿Insinúas que normalmente no cocino bien?” Ante esta salida, es normal que el hombre se enfade y la escena termine en una discusión o en un silencio glacial.

Estar a la defensiva implica que, ante frases y comportamientos que tienen una impronta neutral o incluso positiva, reaccionamos como si fuesen una amenaza y hacemos saltar la chispa. ¿Por qué?


Las razones que nos llevan a adoptar una actitud defensiva


Porque creemos que la actitud de la otra persona es amenazante, que está atacando nuestra integridad personal. Casi siempre la actitud defensiva se erige sobre el miedo a que los demás nos hieran, ya sea porque a lo largo de nuestra vida hemos vivido muchas decepciones o porque la historia con esa persona no ha sido precisamente un camino de rosas.

En otras ocasiones la persona se pone a la defensiva simplemente porque está pasando por una situación de mucho estrés y cualquier hecho hace sonar las alarmas. Por supuesto, también hay quienes son recelosos por naturaleza y viven en una atmósfera de desconfianza que no les permite relajarse. En este caso, en el fondo lo que existe es un profundo temor al rechazo y una baja tolerancia a la crítica. 

Hay otros casos en los cuales la persona adopta una postura defensiva porque pretende proteger determinado espacio que considera íntimo y que no está dispuesto a ceder. Es algo que se aprecia fundamentalmente en las relaciones de los adolescentes con sus padres, en las personas que sufren una adicción o en las parejas que recién han comenzado una vida juntos.

Otra razón que lleva a muchas personas a estar a la defensiva es la existencia de un resentimiento hacia el otro. Esta actitud se aprecia mucho entre las parejas, cuando ambos luchan por controlar la situación e imponer su punto de vista. En estos casos, se comprenden las relaciones interpersonales como una lucha de poder donde uno gana y el otro pierde, sin términos medios ni posibilidades para la negociación.

En el fondo, la actitud defensiva esconde a una persona insegura. Además, envía la señal de que somos cerrados de mente y respondemos de manera exagerada y emocional ante las situaciones, lo cual no nos ayuda a construir relaciones sanas, ni en el ámbito privado ni en el profesional.

¿Cómo saber si estás a la defensiva?


A menudo, cuando le decimos a alguien que está a la defensiva, lo toma como una ofensa y lo niega rotundamente. De hecho, solemos adoptar esta actitud sin darnos cuenta porque estamos demasiado sumergidos en la historia que gira en nuestra mente por lo que no logramos ver con claridad lo que sucede en el mundo real.

Algunos indicios que te indicarán que estás asumiendo esta actitud son:

- Empiezas a hablar rápidamente sin darle tiempo a la otra persona a explicar sus puntos de vista.

- No te detienes a escuchar lo que el otro dice sino que estás procesando todos tus argumentos en contra.

- Utilizas justificaciones que no son del todo ciertas pero que eliminan tu cuota de responsabilidad en el asunto.

- Percibes que la otra persona es un enemigo a derribar.

- Haces de la palabra “pero” tu vocablo favorito de manera que la mayoría de tus frases comienzan con ella.

- Respondes a una crítica personal escudándote detrás de los errores de los demás y comparándote con ellos.

- Usas el sarcasmo para devaluar a la otra persona.

- No pides explicaciones cuando no comprendes sino que asumes lo que el otro quiere decir.

- Te sientes continuamente tenso e irritado, como si la vida cotidiana fuera una lucha.

Estar a la defensiva es una señal de que necesitas detenerte en el camino y revalorar cómo has llegado a ese punto. Esa actitud te limita como persona y afecta a quienes están a tu alrededor porque siempre terminas atacándoles. Recuerda siempre esta frase del emprendedor escocés Thomas Dewar: “La mente es como un paracaídas, trabaja mejor cuando está abierta”.

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