El
mindfulness es una cualidad de la mente que implica estar presente en cuerpo y
alma en un instante determinado. El
psicólogo Daniel Goleman la definió como “estar
frente a la desnuda realidad de la experiencia, observando cada evento como si
estuviera ocurriendo por primera vez”.
El
estado de mindfulness se logra fundamentalmente a través de la meditación, una
práctica milenaria que sienta sus raíces en la tradición budista y que se
concentra en la experiencia como una fuente válida del conocimiento. De hecho,
la palabra mindfulness es muy difícil de traducir al español porque significa
tanto plenitud como atención plena, conciencia de sí mismo y aceptación.
Particularmente, prefiero el término “plenamente presente” que indica que
estamos concentrados en el aquí y el ahora, aunque nos faltaría añadirle que
estamos contemplando la vida sin emitir juicios, embargados por un estado de
bienestar.
Ya
sé que cuando se explica qué es el mindfulness la primera idea que viene a la
mente de la persona es que jamás lograrán alcanzar un estado así. Sin embargo,
con las herramientas adecuadas y la motivación justa, lograr este estado es
mucho más fácil de lo que puede parecer.
Ya no estamos en las cavernas: Las bases
del mindfulness
El
mundo que nos rodea está lleno de situaciones, situaciones que para nosotros
son estímulos, es decir, que despiertan una reacción en nosotros. Los estímulos
son básicamente de tipo físico (la lluvia que nos baña, el sol que nos
acaricia, el ladrido de un perro…) y social (la conversación con un amigo, la
discusión de pareja, la fiesta a la que fuimos invitados…).
Estos
estímulos provienen del medio que nos rodea pero llegan hasta nuestro cerebro y
allí los procesamos. La cuestión es que cuando llegan a nuestro cerebro,
encuentran nuestro sistema de creencias, valores, estereotipos, experiencias,
expectativas, necesidades. Todos estos patrones determinan cómo comprendemos el
estímulo y, como consecuencia, cómo reaccionaremos ante él. En algunos casos
estos patrones se convierten en barreras que limitan nuestra libertad y que nos
dañan emocional y físicamente.
Por
ejemplo, en el pasado una persona ha tenido una mala experiencia con un perro.
Por eso, cuando escucha el ladrido de este animal, reacciona involuntariamente
con miedo. Todo su cuerpo se activa, aumenta la circulación sanguínea, sus
pupilas se dilatan y comienza a sudar, las señales típicas del miedo que nos
preparan para echarnos a correr. Sin embargo, es muy probable que ese perro
realmente no represente un peligro y que nuestra reacción de miedo no sea
necesaria. Pero nuestro cerebro no lo sabe porque ya ha creado esa conexión
entre el perro y el miedo.
Este
ejemplo es muy banal pero explica a la perfección cómo nuestras experiencias
anteriores determinan la manera en que reaccionamos ante los estímulos. De
hecho, es un mecanismo de supervivencia ancestral. El hombre de las cavernas
ponía en peligro su vida casi a diario por lo que era importante que estos
mecanismos funcionasen a la perfección. Es decir, que recordase dónde estaban
los peligros y que su cuerpo respondiese automáticamente a la más mínima señal.
Hoy
cuando salimos de casa no enfrentamos grandes peligros por lo que estos
mecanismos nos pueden ser útiles en ciertas situaciones pero la mayor parte de
las veces son innecesarios. Además, si tomamos en cuenta que reaccionamos con
miedo y tensión a muchísimas de las situaciones cotidianas de nuestro medio,
entonces podremos comprender por qué casi siempre estamos estresados, ansiosos,
listos para escapar. Y esta situación de tensión permanente desencadena daños a
nivel emocional y físico.
El
mindfulness nos propone que nos liberemos de estas experiencias, que
concienticemos que el pasado ya pasó y que el futuro nunca llegará. Lo único
que cuenta es el presente, el momento en el que estamos viviendo aquí y ahora.
Para
lograr este estado tenemos que concentrarnos simplemente en nuestra
respiración. De esta manera reducimos al máximo los estímulos externos y nos
vamos quedando solos con nuestra mente. Así podemos, por una parte, adoptar el
papel de observador externo (en la medida de lo posible, obviamente) del mundo
que nos circunda y, por otra parte, darnos cuenta de los prejuicios e ideas
preconcebidas que hemos estado cargando durante muchísimos años.
Cuando
se practica este estado de observación activa durante un tiempo, poco a poco
vamos desarrollando otra manera de relacionarnos con nuestra realidad.
Aprendemos a concentrarnos más en el aquí y ahora y juzgamos mucho menos.
Los conceptos clave del mindfulness
El
mindfulness es, básicamente, una forma de vivir que promulga algunos principios
muy sencillos:
- Centrarse en el presente. En el mindfulness concentrarse en el presente
significa sentir las cosas tal y como suceden, sin intentar controlarlas o
juzgarlas a través de nuestro tamiz de experiencias. No intenta cambiar un
pensamiento negativo por uno positivo sino que simplemente se centra en el
pensamiento en sí. ¿Qué utilidad tiene esto? La de aceptar las experiencias y
las sensaciones tal y como ocurren, sin sesgos a la realidad. En resumen, se
trata de no perderse la experiencia presente por lo que tendría que suceder o
lo que ya sucedió.
- Abrirse a la experiencia. Concentrarse en lo que sucede nos permite priorizar
las emociones y los hechos frente a la interpretación que hacemos de ellos. En
práctica, cuando se experimenta algo, no se intenta poner en palabras ni se
juzga, simplemente se focaliza en el fluir de las emociones. De esta manera
evitamos que los prejuicios interfieran en la experiencia.
- Aceptación total. Se trata de focalizarse en el momento actual sin
hacer ningún tipo de valoración y aceptando la experiencia tal como es. En
punto no se hace referencia a las emociones positivas o negativas sino
simplemente a lo que estamos experimentando, aunque sea desagradable. De hecho,
en el mindfulness se acepta el enfado y el malestar porque no son emociones de
las que tengamos que huir sino que es necesario aceptarlas y comprenderlas.
- Renunciar al control directo. En el ámbito de la Psicología conocemos que la
tendencia al control es una de las principales fuentes de displacer y
problemas. Sin embargo, en el mindfulness la persona no intenta controlar sus
sentimientos y emociones sino que los experimenta tal y como se producen. El
simple hecho de renunciar al control ya es de por sí liberador porque nuestra
sociedad nos induce de manera casi enfermiza a intentar controlarlo todo y, en
ese intento desesperado por controlar lo que no podemos, surge el estrés.
- Elegir las experiencias. En realidad el mindfulness no consiste simplemente en
aceptar todo lo que sucede. Una vez que hemos aprendido a liberarnos del tamiz
de nuestras creencias limitantes, podemos decidir en qué implicarnos, sobre qué
actuar y sobre qué focalizarse. Una persona que practica el mindfulness también
tiene planes de futuro y, obviamente, no se desliga por completo de sus
experiencias pasadas sino que aprende a darle a cada cosa su justa medida.
Goleman,
D. (1997) Healing Emotions: Conversations with the Dalai Lama on Mindfulness,
Emotions, and Health. Boston: Shambhala.