2/05/2016

10 trucos psicológicos de los supermercados para hacernos gastar más


Somos muy sugestionables, mucho más de lo que estaríamos dispuestos a reconocer. De hecho, percibimos detalles de nuestro entorno de manera inconsciente que terminan influyendo en nuestras decisiones supuestamente racionales. Por ejemplo, una habitación con una temperatura más cálida nos hace ser más agradables y percibir a nuestro interlocutor como una persona más empática, mientras que una habitación fría tiene el efecto contrario. De igual manera, los olores tienen una poderosa influencia en nuestros comportamientos. Por ejemplo, el olor a detergente nos hace comer con mayor lentitud y los aromas florales nos hacen evaluar mejor un producto, es lo que se conoce como Marketing de los Aromas.

Por tanto, no es extraño que los supermercados recurran a todo tipo de técnicas para hacer que gastemos más. Se trata de pequeños detalles que nuestra mente racional pasa por alto pero que nuestro inconsciente capta.

1. Carritos grandes para que los llenemos

¿Sabías que los carritos de supermercado aparecieron en el año 1938 y desde entonces su tamaño ha aumentado paulatinamente? De hecho, en un principio fueron pensados para facilitarle la compra a los clientes pero poco a poco las grandes superficies comerciales se han dado cuenta de que mientras más grandes son, más productos podemos colocar dentro. De hecho, si el carrito está medio vacío, nos vamos con la sensación de que no hemos comprado lo suficiente. 

2. Los productos, mejor a la altura de los ojos y a la derecha

En los supermercados, los productos que desean que compremos, se ubican a la altura de nuestros ojos. De esta forma podemos verlos con facilidad. Al contrario, los artículos más económicos suelen estar en la parte más baja porque no solemos prestarle mucha atención. De hecho, las golosinas suelen estar en los estantes más bajos, a la altura de los ojos de los niños, para que convenzan a sus padres de comprarlos. Además, los productos que prefieren vender se encuentran a la derecha ya que como la mayoría de las personas son diestras, suelen mirar más hacia ese lado.

3. El precio tendrá nueves

Es un truco muy viejo, pero sigue funcionando a la perfección. Esto se debe a que solemos fijarnos solo en la primera cifra, y no contabilizamos los céntimos. Por eso, pensamos que un artículo de 9,90 euros cuesta 9 euros, cuando en realidad cuesta casi 10 euros. De esta forma nos hacen gastar más, sin ser plenamente conscientes de ello. 

4. Los productos básicos se cambian de ubicación

Los supermercados no pueden cambiar los productos demasiado a menudo porque de lo contrario generarían frustración en sus clientes. Sin embargo, cada cierto tiempo cambian las secciones ya que de esta forma nos obligan a prestar atención mientras hacemos la compra, de esta manera evitan las compras automáticas y atraen nuestra atención hacia nuevos artículos que probablemente no habíamos notado.

5. Los productos imprescindibles se encuentran en el rincón más alejado de la tienda

La disposición de los productos cuenta mucho y determina las ventas. Por eso, los productos básicos de la cesta de la compra, como la leche o los huevos se suelen encontrar en el fondo de la tienda. De esta forma obligan a los clientes a recorrer toda la superficie, con la esperanza de que en el recorrido encuentren otros productos que le tienten y que no había pensado comprar.

6. Los productos prescindibles se ubican a la entrada de la tienda

En la mayoría de los supermercados los productos prescindibles de la cesta de la compra se encuentran en la entrada, como las flores o la bollería industrial. De esta forma estamos más tentados a comprarlos ya que tenemos el carrito vacío y se convierten en una tentación, debido a su impacto visual. Además, ¿sabías que el aroma floral o de los productos horneados active nuestras glándulas salivares haciendo que compremos más por impulso?

7. Los productos más caros y prescindibles siempre estarán en las cajas

Una vez que hemos terminado la compra y llegamos a la caja para pagar, generalmente debemos esperar un poco. Mientras tanto, vemos golosinas, revistas, barras energéticas, baterías y chicles, el tipo de producto que normalmente no tenemos en cuenta a la hora de hacer la compra. Curiosamente, también tienen precios muy elevados, pero los compramos porque pensamos que quizá lo necesitaremos, o los niños terminan pidiéndolos.

8. Los bonos son para aumentar el precio de la compra

Los supermercados suelen ofrecer tarjetas con las que acumulamos puntos o bonos de descuento que se pueden aplicar, por ejemplo, en las gasolineras. Sin embargo, solo podemos obtenerlos con una compra mínima. De esta forma la tienda se asegura de que el cliente que inicialmente solo iba a gastar 20 o 25 euros, termine gastando 30, para obtener los puntos o el descuento, cuando en realidad no resulta beneficioso.

9. Las tiendas, cuanto más grandes, mejor

El tamaño cuenta. Se ha demostrado que cuando estamos en tiendas donde hay muchas personas solemos estresarnos y compramos más rápido, por lo que el ticket de la compra es más bajo. Al contrario, cuando podemos comprar de manera más relajada somos víctimas de las compras por impulso, por lo que llenamos más el carrito de la compra. Por eso, mientras más grandes sean las superficies, menos nos agobiaremos por la cantidad de personas que hay en la tienda y más tiempo pasaremos dentro.

10. La música se usa para incrementar las ventas

En los últimos tiempos podemos escuchar música prácticamente en todas las tiendas y supermercados. No es casualidad, se ha demostrado que la música de ritmo suave nos anima a gastar más dinero. Al contrario, la música más ruidosa y movida afecta las ventas. Lo mejor es la música clásica, que nos relaja, nos hace sentir bien y nos impulsa a gastar más. De hecho, el poder de la música sobre nuestro comportamiento es inmenso.
Escrito por: Jennifer Delgado

2/02/2016

¿Tu vida está llena de transiciones o de puntos de inflexión?


Cuando miras atrás, cuando escudriñas tu vida como si fueses un espectador externo, ¿ves puntos de inflexión que te han llevado por caminos radicalmente opuestos o, al contrario, ves suaves transiciones que te han conducido de un sitio a otro sin sufrir grandes transformaciones?

No se trata de una mera disquisición terminológica. De hecho, una investigación realizada en el Lafayette College y la University of New Hampshire desveló el papel que desempeñan ambos conceptos en nuestra memoria autobiográfica.

¿Qué son las transiciones y los puntos de inflexión?


Mira atrás y recuerda los primeros cambios importantes que tuvieron lugar en tu vida, quizá la entrada al colegio, el ingreso en la universidad, el momento en que te fuiste a vivir solo, cuando te declaraste a tu pareja…

Estos psicólogos les pidieron a personas de entre 30 y 64 años que hicieran ese mismo ejercicio. Debían describir los hechos más importantes de su vida y catalogarlos como “transiciones” o “puntos de inflexión”.

Curiosamente, descubrieron que solían utilizar el término “transición” para todos aquellos cambios que, de cierta forma, estaban determinados por circunstancias externas o por otras personas. Al contrario, los “puntos de inflexión” eran aquellos en los que tenían un mayor poder de decisión, como elegir la carrera universitaria.

Además, también revelaron que en muchos casos no se habían percatado de esos puntos de inflexión inmediatamente ya que los cambios desde el punto de vista emocional o actitudinal solo se apreciaron después, con el paso del tiempo.

¿Qué papel desempeñan ambos recuerdos en nuestra memoria autobiográfica?


Nuestra memoria autobiográfica es como una especie de narrativa, una novela que tiene un hilo conductor en la que aparecen muchísimas escenas y personajes. Sin embargo, cuando contamos nuestra vida, solemos mantener un orden lógico, le damos cierta coherencia. En ese sentido, las transiciones nos ayudan a conferirle esa organización. Si nos piden que resumamos nuestra historia de vida, solemos hacer referencia a los sucesos que catalogamos como “cambios transicionales”.

Al contrario, los puntos de inflexión son los puntos más trascendentes de nuestra historia. A menudo no los mencionamos en ese resumen pero si nos preguntan qué hechos han marcado nuestro destino, serán esos puntos de inflexión los que acudirán a nuestra memoria porque son los recuerdos centrales más significativos que nos han cambiado.

Poco a poco, las transiciones se convierten en una especie de contexto sobre el cual organizamos nuestra memoria, como si fueran el fondo de un paisaje sin el cual nada tendría sentido. Sin embargo, los puntos de inflexión son los rasgos que más sobresalen, sin los cuales ese paisaje no sería único y especial.

Asegúrate de tener puntos de inflexión en tu vida


Los cambios transicionales son importantes, y muchos de ellos son inevitables, como el hecho de entrar a la escuela primaria. Sin embargo, si quieres que tu vida realmente tenga un sabor único, si no quieres arrepentirte al cabo de los años, también debes asegurarte de tener puntos de inflexión.

Los puntos de inflexión se logran cuando:

- Vives plenamente el momento y te dejas embargar por las emociones. 

- Tomas el control de tu vida y decides lo que quieres hacer.

- Dejas atrás el miedo y te lanzas a descubrir cosas nuevas.

De hecho, los puntos de inflexión nos conducen a un cambio trascendental, ya sea en la forma de ver la vida o en la manera de relacionarnos con nosotros mismos. Gracias a ellos, expandimos un poco nuestro “yo”.

Por supuesto, a veces esos puntos de inflexión son dolorosos, sobre todo porque debemos dejar atrás modos de hacer o cosas a las que nos habíamos aficionado, porque representan una ruptura con lo viejo. Sin embargo, las potencialidades que nos abren hacen que valga la pena.


Fuente:
Enz, K. & Talarico, J. (2015) Forks in the Road: Memories of Turning Points and Transitions. Applied Cognitive Psychology.
Escrito por: Jennifer Delgado

1/29/2016

Niños tiranos: El Síndrome del Emperador


Falta de respeto, insultos e incluso golpes son algunas de las conductas que algunos niños muestran hacia sus padres. De hecho, en algunas familias parece que los roles se han invertido y son los niños quienes llevan la voz cantante. Los padres ya no tienen autoridad para establecer las normas o imponer castigos, los niños se han hecho con el mando.

Desgraciadamente, estos comportamientos no solo afectan profundamente la dinámica familiar sino que crean una gran tensión en los padres, que no saben cómo lidiar con este problema y casi siempre terminan sometiéndose a los deseos del hijo para evitar sus estallidos emocionales. 

Además, la sumisión de los padres hacia sus hijos ni siquiera es útil para que los niños sean felices porque terminan desarrollando lo que se conoce como “Síndrome del Emperador”, que puede tener graves consecuencias a largo plazo. 

¿Qué es el Síndrome del Emperador?


Se trata de un trastorno de conducta que afecta a los niños y adolescentes, que tiene su inicio en el hogar. Básicamente, el niño comienza a desafiar a sus padres y, al ver que logra su cometido, continúa desafiando a otros adultos.

Estos niños sienten que tienen la autoridad. De hecho, es cierto que tienen la sartén por el mango, ya sea porque los padres le han concedido privilegios desmesurados, porque no han sabido mantener una coherencia a la hora de imponer las reglas del hogar o porque no han sabido atajar a tiempo las primeras rabietas y demandas del niño.

Como resultado, el pequeño no solo desarrolla una relación demandante con sus padres, sino que pretende que estos estén a su disposición. Cuando no cumplen sus deseos, se enfada y puede llegar a proferir amenazas, insultos o incluso a agreder físicamente a sus padres.

¿Cómo es el niño autoritario?


Los niños con Síndrome del Emperador dictan, ordenan y mandan lo que hará la familia. No solo decide qué hará sino también qué deben hacer los otros miembros de la familia. Toda la dinámica familiar gira en torno a sus deseos, que a menudo son caprichosos.

Detrás de este comportamiento se esconden algunos problemas:

1. Profundo hedonismo: El niño busca constantemente el placer, no ha desarrollado el sentido del deber y no comprende que en ocasiones tiene que hacer sacrificios por los demás.

2. Gran egocentrismo: Todos los niños, cuando son pequeños, son egocéntricos. Sin embargo, a medida que crecen desarrollan la empatía y aprenden a ponerse en el lugar del otro. Los niños con Síndrome del Emperador muestran pocas manifestaciones de empatía y sentimientos hacia los demás.

3. Escasa tolerancia a la frustración: Este niño tiene problemas para regular sus sentimientos y emociones, por lo que cuando no satisfacen sus deseos, suele experimentar una enorme frustración que termina dando lugar a un estallido emocional.

4. Gran capacidad de manipulación: Los niños con Síndrome del Emperador no siempre se imponen a la fuerza, a menudo recurren a sofisticadas tácticas de manipulación emocional ya que conocen perfectamente las debilidades de sus padres y no tienen reparos en usarlas a su favor.

5. Poca responsabilidad: Este niño nunca está dispuesto a reconocer sus errores, siempre le echará la culpa a los demás, buscan un tercero en quien depositar la culpa. 

El principal problema es que estos niños enfrentarán numerosos problemas en su vida futura ya que el mundo  no se pondrá a sus pies, como han hecho sus padres. Por tanto, ese egocentrismo, baja tolerancia a la frustración y escasas habilidades sociales terminarán pasándole una factura muy alta. Los niños mimados y autoritarios no son niños felices y tampoco serán adultos felices. 

La importancia de educar a los niños


En los últimos años cada vez más padres están ejerciendo una educación pasiva, se preocupan más por satisfacer las necesidades materiales de sus hijos que por transmitirles valores y buenas normas de conducta. Este estilo educativo que convierte a los hijos en el centro alrededor del cual gira la familia, puede dar pie a niños autoritarios que no conocen el respeto y no saben cuál es su rol en la dinámica familiar. 

Por supuesto, los cambios sociales de las últimas décadas también han contribuido a que aparezcan cada vez más niños autoritarios. Por ejemplo, la cultura del consumismo y del todo vale hace que algunos padres pongan más énfasis en lo material que en lo espiritual. Por otra parte, el hecho de que las parejas tengan hijos a edades cada vez más tardías convierten al pequeño en un “bien precioso” al que quieren mimar, que no puede sufrir ni ser disciplinado.

Sin embargo, no se trata de alzar el dedo acusatorio sino más bien de prevenir este tipo de conductas. Educar es una tarea compleja para la que no bastan las mejores intenciones, también es necesario informarse. 

¿Qué pueden hacer los padres?

- Mantenerse atentos a las primeras señales. Como regla general, a los cuatro años un niño ya puede verbalizar su enfado, y a los cinco años será capaz de controlarlo. Si notas que tu hijo aún se muestra agresivo, tiene rabietas en público y convierte los días de la familia en un calvario a esta edad, es probable que se esté formando el “Síndrome del Emperador”.

- Establecer límites en casa. Los límites y las normas, aunque tienen mala fama, en realidad son buenos para el niño ya que contribuyen a darle un orden lógico a su mundo. Cuando el niño sabe exactamente qué se espera de él puede regular mejor su comportamiento y se siente más seguro, con menos ansiedad.

- Seguir un estilo educativo coherente. Ambos padres deben estar de acuerdo en las reglas y castigos porque si el niño ve una brecha, la aprovechará. Es importante que los progenitores hablen sobre la educación de su hijo y hagan valer las normas con firmeza y amor.

- Enseñarles a ponerse en el lugar del otro. Desarrollar la empatía es fundamental porque así los niños podrán comprender cómo se sienten los padres cuando les falta el respeto. Por eso, desde pequeño, no te limites a castigar a tu hijo por sus malos comportamientos, reflexiona sobre lo qué ha hecho y sus consecuencias.

- Convertirse en su ejemplo. Los niños aprenden viendo a sus padres. Por tanto, enséñale a manejar de manera asertiva las emociones, sobre todo la frustración. Dale herramientas que le permitan canalizar esas emociones negativas, en vez de volcarlas en los adultos.

Por último, recuerda que “educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía” y siempre con amor.


Fuente:
Garrido, V. (2009) Los hijos tiranos: El Síndrome del Emperador. Barcelona: Editorial Ariel.
Escrito por: Jennifer Delgado

1/26/2016

¿Cómo la ansiedad reduce la empatía?


Las personas que experimentan ansiedad, sobre todo cuando viven un ataque de pánico, saben perfectamente que el mundo se reduce instantáneamente a sí mismas. Durante un ataque de pánico el cerebro emocional toma el mando, apaga el cerebro racional y solo se preocupa por su supervivencia. Por eso, una persona que sufre un ataque de pánico mientras vuela no se preocupa por el hecho de que el avión tenga que desviar su ruta y esto afecte los planes de cientos de pasajeros. En ese momento, esa persona en lo único que piensa es en estar en tierra firme. Ahora un estudio nos desvela cuál es la conexión entre la ansiedad y esa forma de egocentrismo.

La ansiedad nos hace más egocéntricos que la ira o el orgullo


En una serie de seis estudios, en los que participaron más de 1.300 personas en total, investigadores de las universidades de Harvard y Columbia generaron ansiedad, ira, asco, sorpresa y el orgullo en los participantes, pidiéndoles que escribieran sobre una experiencia pasada en la que habían experimentado esos estados. Otras personas no hicieron nada o escribieron sobre la forma en que solían pasar sus tardes, para generar así una sensación lo más neutral emocionalmente posible.

Luego, los participantes se enfrentaron a diferentes situaciones. En uno de los experimentos debían especificar si deseaban colocar un libro a su derecha, lo cual implicaba que estaría a la izquierda de otra persona. En otro debían indicar la posición de la luz verde, según su perspectiva y la de otra persona.

En un tercer experimento, tenían que averiguar si el destinatario de un mensaje de correo electrónico creería que el mensaje era sincero, aunque a los participantes se les había sugerido que era sarcástico. En otro experimento, debían leer diferentes situaciones y llenar el espacio en blanco tan pronto como fuera posible. Una de esas situaciones era: “Anna hizo lasaña en un plato azul. Después de Anna se fue, Ian llegó a casa y se comió la lasaña. Luego, llenó el plato azul con espaguetis y puso en la nevera. Anna cree que el plato azul contiene (lasaña/espaguetis)”.

En todos estos experimentos, las personas que habían experimentado ansiedad o sorpresa fueron más propensas a brindar respuestas egocéntricas, o tardaron más en ponerse en el lugar del otro. De hecho, mostraron respuestas más egoístas que las personas en las que se habían activado la sensación de ira, asco u orgullo. 

Además, los investigadores apreciaron que mientras más alto era el nivel de ansiedad, más difícil les resultaba a estas personas asumir la perspectiva de otro.

¿Por qué la ansiedad reduce nuestra capacidad para ser empáticos?


Una pista proviene de los experimentos finales. En este caso, se descubrió que las personas se volvían más egocéntricas cuando experimentaban un mayor grado de incertidumbre. De hecho, mientras que la indignación o el orgullo generan una fuerte sensación de seguridad, la ansiedad y la sorpresa socava nuestra confianza ya que no sabemos qué pasará en el futuro inmediato.

Obviamente, cuando nuestras bases se tambalean y nos sentimos inseguros, tenemos la tendencia a mirar atrás en la búsqueda de certezas, nos recluimos en nuestros sentimientos y nos encerramos en nuestra perspectiva para buscar algo a lo cual aferrarnos. Por eso, no es extraño que en momentos de crisis, cuando hay una incertidumbre extrema, las posiciones de las personas se radicalizan, a despecho de la empatía.

Sin duda, se trata de un fenómeno muy interesante, sobre todo porque vivimos en una sociedad que añade continuamente una gran cantidad de estrés a nuestras vidas, un estrés que se puede convertir en ansiedad haciendo que perdamos la capacidad para conectar con los demás y nos recluyamos en nuestra visión egocéntrica del mundo.

Ahora, más que nunca, necesitamos fortalecer los músculos de la empatía. Y no es muy difícil, podemos hacerlo practicando con mayor frecuencia la escucha activa, en vez de vomitar sobre los otros continuamente nuestros problemas. 

También podemos intentar ponernos en la piel de los demás, en vez de pasar directamente a una actitud crítica. Cuando nos encontremos con la diferencia, en vez de darle la espalda y fingir que no existe, debemos intentar comprenderla, aunque no la compartamos. La tolerancia es un valor importante para vivir en un mundo cada vez más globalizado. 


Fuente:
Todd, A. R. et. Al. (2015) Anxious and egocentric: how specific emotions influence perspective taking. J Exp Psychol Gen; 144(2):374-391.
Escrito por: Jennifer Delgado

1/22/2016

Abraza el mal humor para que no te cobre un peaje emocional


En sentido general, estar de mal humor no es divertido y tampoco es beneficioso para nuestra salud mental y emocional. Las personas que experimentan emociones negativas a menudo, como la ira, la ansiedad y la tristeza, suelen tener una vida social más pobre y tienen una salud peor a largo plazo. Esto nos indica que los estados de ánimo negativos nos cobran un peaje.

Sin embargo, un nuevo estudio realizado por investigadores de la Johannes Gutenberg University desvela que los estados de ánimo negativos no afectan a todas las personas de la misma forma. De hecho, quienes los asumen como una experiencia que aporta valor y son capaces de encontrarles un significado, incluso logran sacar ventaja de esta situación. Y es que, una vez más, todo depende del cristal con que se mire.

A mal tiempo, buena cara: Todo depende de la actitud


Estos psicólogos entrevistaron a 365 personas para analizar sus actitudes hacia las emociones negativas y positivas, así como para evaluar su salud mental y física. Los investigadores también monitorizaron los estados de ánimo de los participantes durante un período de tres semanas, recurriendo a sus smartphones. 

Seis veces al día, durante nueve días, cada persona debía señalar lo bien o mal que se sentía en ese momento, indicando sus estados de ánimo, que variaban desde la alegría y el entusiasmo hasta el enojo y la decepción. De esta forma los psicólogos determinaron un perfil del estado de ánimo habitual de cada persona, estableciendo un vínculo con su salud mental y física.

Descubrieron que lo más importante no eran los estados de ánimo en sí sino la actitud que cada cual presentaba ante esas emociones “negativas”. Quienes manifestaban actitudes negativas hacia el mal humor pagaban un alto precio: mientras más estados de ánimo negativos indicaban, más mala era su salud física y emocional. Sin embargo, las personas que mostraban una actitud más positiva hacia el mal humor no mostraban estos problemas.

¿Cómo se pueden interpretar estos resultados? ¿Es realmente tan importante la actitud?

Estos psicólogos piensan que reconocer el valor y el significado de los estados de ánimo y las emociones negativas nos ayuda a que estos no se nos vayan de las manos. En práctica, comprenderlos y no tener una visión tan negativa de los mismos nos permite amortiguar su impacto, disminuyendo tanto su intensidad como su duración.

Aceptar y comprender: Las claves para que las emociones negativas no te dañen


A nadie le apetece estar de mal humor, y sería mucho mejor que potenciáramos estados de ánimo positivos. Sin embargo, es imposible no experimentar estados de ánimo negativos porque a menudo estos son una reacción ante las situaciones de nuestro entorno o ante los pensamientos que cruzan por nuestra mente; por tanto, el único camino es aprender a lidiar con ellos de la mejor manera posible. 

Esto significa que no debemos entender las emociones “negativas” como nuestros enemigos, simplemente debemos escuchar el mensaje que nos transmiten. Cuando aceptamos esas emociones, cuando nos convertimos en simples espectadores de nuestro estado de ánimo, sin criticar ni dejar que nos apabulle, podemos deshacernos de esas sensaciones con mayor rapidez y recuperar nuestro equilibrio emocional.

De hecho, no debemos olvidar que en algunas ocasiones la ira puede dar pie a un empoderamiento y la tristeza puede ser tan conmovedora que nos permita acercarnos a otras personas. Cada emoción tiene una razón de ser, pero si no las comprendes y luchas contra ellas, como si fueran tu enemigo, solo lograrás sentir frustración y tensión, sensaciones que pueden llegar a ser más dañinas que la propia emoción. Por tanto, aprende a fluir y abraza tus emociones a través del mindfulness.


Fuente:
Luong, G., et. Al. (2015) When Bad Moods May Not Be So Bad: Valuing Negative Affect Is Associated With Weakened Affect–Health Links. Emotion.
Escrito por: Jennifer Delgado

1/20/2016

No es lo que dices sino cómo lo dices


Entre lo que pienso,

Lo que quiero decir,

Lo que creo decir,

Lo que digo,

Lo que quieres oir,

Lo que oyes,

Lo que crees entender,

Lo que quieres entender,

Y lo que entiendes…

¡Hay 9 probabilidades de no entenderse!

Sin duda, la comunicación humana es complicada y el lenguaje es fuente de malos entendidos. Y es que no basta con elegir las palabras adecuadas, nuestra comunicación no verbal también dice mucho. De hecho, todos somos, en mayor o menor medida, expertos en comunicación extraverbal. Sin saberlo, nuestro cerebro decodifica esas pequeñas señales y activa la alarma cuando aparece una incongruencia o sentimos que estamos siendo atacados. 

Por eso, en muchas ocasiones no se trata de lo que dices, sino de cómo lo dices. A veces no son las palabras sino el tono de voz o los gestos los que marcan la diferencia. De hecho, el sarcasmo puede cambiar completamente el significado de las mejores palabras. De la misma manera, no podemos convencer a alguien de que no estamos enfadados si nuestra actitud desvela que nos sentimos molestos e incómodos.

Por otra parte, hay ocasiones en que transmitimos un buen mensaje pero no elegimos el tono o las palabras adecuadas. Por ejemplo, una crítica puede ser constructiva si utilizamos las palabras adecuadas pero esa misma crítica puede ser destructiva y minar la autoestima de la persona si usamos el tono erróneo.

¿Cuál es la solución?


Para comunicar, no es suficiente con hablar, es necesario ser escuchado, y ni siquiera basta con ser escuchado, es imprescindible ser comprendido y aceptado. Esto significa que, más allá del mensaje que quieres transmitir, para conectar con otra persona es imprescindible que te pongas en su lugar.

No se trata de comunicar de forma artificial, escondiendo nuestras emociones, todo lo contrario, la clave radica en comunicar desde nuestra esencia. De hecho, el principal problema es que a veces intentamos esconder lo que realmente pensamos o sentimos, y nuestro interlocutor se da cuenta de que el mensaje que transmitimos no es auténtico.

Por supuesto, tampoco debemos dejar que las emociones se conviertan en un flujo imparable que rompa los diques y dañe la relación, sobre todo cuando se trata de la ira o la frustración. Debemos aprender a canalizar nuestras emociones de manera que nuestro mensaje sea auténtico y que, a la vez, tenga un efecto positivo sobre la otra persona.

No es lo mismo decir: “no vales para nada” que “no has hecho bien el trabajo, la próxima vez podrías intentar…”. Tampoco es lo mismo decir: “siempre haces lo mismo” a “me has hecho daño, quisiera que la próxima vez tuvieras en cuenta mi opinión”.

Por supuesto, estos cambios en la manera de comunicar no se logran de la noche al día. Es necesario practicar y, sobre todo, aguzar los sentidos para comprender el impacto emocional que están teniendo nuestras palabras en la otra persona. De esta forma podremos suavizar el mensaje cuando sea preciso o incluso podremos mostrar nuestra vulnerabilidad, si la ocasión lo demanda.

Recuerda que la clave está en comunicarnos desde nuestra esencia, con afecto y respetando al otro.

Escrito por: Jennifer Delgado

1/18/2016

La teoría de la discriminación alfabética: ¿Cómo tu apellido determina el éxito que tendrás en la vida?


A los padres les suele resultar muy difícil encontrar un nombre para su bebé. Sin duda, es una decisión importante ya que será el nombre que lleve durante toda su vida. Y ese nombre tendrá consecuencias. De hecho, existen numerosos estudios que demuestran que el nombre ejerce un poderoso efecto a nivel inconsciente en las personas con las que nos relacionamos. Sin embargo, el apellido también es importante, ¡y mucho!

Curiosamente, se conoce que muchas parejas comparten la primera letra de su apellido, una cifra tan grande que no se debe simplemente al azar. E incluso es posible que los apellidos influyan en nuestra decisión de voto. En este sentido, una investigación realizada para la campaña electoral del año 2000 en Estados Unidos desveló que las personas cuyo apellido comenzaba con la letra “B” eran más propensas a votar a Bush y aquellas cuyo apellido empezaba con “G” preferían a Gore.

La sorprendente teoría de la discriminación alfabética


En el año 2006 un economista estadounidense analizó los apellidos de las personas que habían realizado investigaciones en el área económica de las diferentes universidades del país y descubrió que aquellos cuyo apellido comenzaba con las primeras letras del alfabeto no solo formaban parte de departamentos más prestigiosos sino que estaban más representados en la Sociedad Económica y habían ganado más Premios Nobel.

Este investigador postuló que existe una “discriminación alfabética”, que probablemente es el resultado del hábito de colocar los nombres por orden alfabético, lo cual significa que aquellos cuyos apellidos comienzan con las primeras letras del alfabeto, suelen tener prioridad, o al menos parten con una ligera ventaja.

De hecho, ¿sabías que 12 de los 20 primeros ministros del Reino Unido tenían apellidos que comenzaban con las primeras cinco letras del abecedario? Sin duda, es un número demasiado alto como para deberse a la simple casualidad.

Hace poco otro psicólogo se preguntó si ese mismo efecto se podría aplicar fuera del ámbito económico. Después de todo, las listas alfabéticas también se aplican en los exámenes escolares o las entrevistas de trabajo, por ejemplo. ¿Esa pequeña diferencia obra del destino podría tener un efecto importante en sus vidas?

Las 15.000 personas que participaron en el experimento simplemente debían indicar su género, edad y apellido, explicando además cuán exitosas habían sido en diferentes esferas de su vida. Los resultados desvelaron que las personas cuyos apellidos comenzaban con las primeras letras del alfabeto tendían a verse como más exitosas. Este efecto era aún más evidente cuando se trataba de sus carreras profesionales y el éxito laboral.

Además, en el experimento se apreció un detalle importante: el “efecto del apellido” era aún más fuerte a medida que pasaban los años, lo cual indica que no es el simple resultado de las experiencias infantiles sino de un fenómeno cuyos efectos se incrementan a medida que pasa el tiempo.

Por eso, los psicólogos concluyeron que la exposición constante a la discriminación alfabética termina marcando pequeñas diferencias a lo largo de la vida que, a la postre, pueden terminar teniendo un efecto decisivo.

Mejor con "A" que con "Z"


En realidad, solo podemos perfilar hipótesis que intenten explicar este efecto. Pero es probable que además del hecho de que los apellidos con las primeras letras del alfabeto pueden conferirles cierta ventaja a estas personas, también puede influir las asociaciones arbitrarias que solemos hacer.

Por ejemplo, hemos asociado los “primeros” con los “mejores” y los “últimos” con los “peores”. Esa forma de pensamiento puede hacernos creer que, de alguna manera, las primeras letras del alfabeto son más positivas que las últimas. 

Obviamente, todo esto ocurre a nivel inconsciente. De hecho, un curioso estudio realizado en la Universidad de California desveló que cuando las iniciales de nuestro nombre y apellidos forman una palabra positiva, la esperanza de vida de las personas aumenta en tres años. Para llegar a estas conclusiones se analizaron los certificados de defunción de California en un periodo de 26 años, una muestra de tamaño considerable.

Por tanto, es probable que los símbolos y los significados compartidos tengan más peso en nuestras vidas de lo que estaríamos dispuestos a reconocer o aceptar.


Fuentes:
Einav, L. & Yariv, L. (2006) What’s in a surname? The effects of surname initials on academic success. Journal of Economic Perspectives; 20(1): 175–188.
Pelham, B. W.; Mirenberg, M. C., & Jones, J. K. (2002) Why Susie sells seashells by the seashore: Implicit egotism and major life decisions. Journal of Personality and Social Psychology; 82: 469–487.
Christenfeld, N.; Phillips, D. P. & Glynn, L. M. (1999) What’s in a name: Mortality and the power of symbols. Journal of Psychosomatic Research; 47(3): 241–254.
Escrito por: Jennifer Delgado

1/15/2016

La ciencia secreta de la disciplina infantil


Imagina que has decidido pasar un rato en un café muy lujoso. Al entrar encuentras una larga y tentadora lista de tartas y pasteles. Las porciones son muy pequeñas, pero la calidad es increíble. Comienzas a imaginar el delicioso festín que te darás. 

Sin embargo, cuando ya se te está haciendo la boca agua, llega el camarero y te explica que ese día están desbordados de trabajo, por lo que te dan la posibilidad de comer inmediatamente solo algunos postres o esperar media hora y obtener una ración doble del postre que prefieras por la mitad de precio. ¿Qué harías?

A finales de 1960 Walter Mischel, un psicólogo de la Universidad de Stanford, desarrolló este experimento, solo que reclutó a niños de 4 años. Cuando los niños entraron a la habitación encontraron una mesa en la que había un malvavisco, una campana, y luego dos malvaviscos más. Les explicaron que el experimentador tenía que salir de la habitación durante unos minutos, pero que si lograban mantenerse alejados de todas las golosinas, cuando el psicólogo volviera podría comer dos malvaviscos. El experimentador también les explicó que podrían tocar la campana en cualquier momento para que el psicólogo regresara, pero en ese caso solo podrían comer un malvavisco. Básicamente, si esperaban, su recompensa sería mayor. 

Esta prueba aparentemente tan sencilla, desvela una medida exacta del nivel de auto-disciplina de cada niño. ¿Cuáles fueron los resultados?

Alrededor de un tercio de los pequeños decidieron comer el malvavisco de inmediato, otro tercio esperó un poco antes de sonar la campana y los otros lograron controlarse y esperar hasta que el experimentador regresara para ganarse los dos malvaviscos.

La autodisciplina infantil predice el éxito a largo plazo


En realidad, Mischel no estaba interesado en descubrir el porcentaje de niños que eran capaces de resistir la tentación. Diez años más tarde este psicólogo se puso en contacto con los padres de los niños que participaron en el experimento, que en aquel momento ya eran adolescentes.

¿Cómo enfrentaban con la vida? ¿Eran capaces de planificar su futuro? ¿Solían darse por vencidos cuando las cosas se complicaban? 

Esos instantes en compañía de tres malvaviscos y una campana fueron asombrosamente reveladores para predecir el futuro. Los niños que habían esperado por el experimentador para obtener sus dos malvaviscos se habían convertido en adolescentes independientes, con una motivación intrínseca, capaces de hacerle frente a las dificultades y lidiar bien con los fracasos. Al contrario, los que se dieron por vencidos rápidamente y optaron por comer un solo malvavisco se convirtieron en adolescentes con menos tolerancia a la frustración, más desorganizados y con una motivación predominantemente extrínseca.

Estos resultados sugieren que la autodisciplina se forma a edades muy tempranas y que no presenta grandes cambios a lo largo de la vida.

Por supuesto, ese no es el único experimento en el que se ha analizado la autodisciplina infantil. Otros investigadores se han centrado en la autodisciplina que los niños desarrollan para poder escuchar las instrucciones, prestar atención y hacer lo que se les pide. 

Un experimento realizado por Megan McClelland, de la Universidad Estatal de Oregón, implicó a cientos de niños de entre 5 y 5 años de edad, que debían jugar un juego llamado “De la cabeza a los dedos de los pies”. Básicamente, los niños tenían que tocarse los dedos del pie cuando escuchaban “Tócate la cabeza” y tocarse la cabeza cuando oían “Tócate los dedos”. 

Se trataba de órdenes contradictorias que demandaban que el niño fuera capaz de detener su primer impulso y reflexionar. Al igual que la prueba del malvavisco, este experimento predijo algunos aspectos del éxito a largo plazo. La investigación demostró que los niños que mostraban un mayor nivel de autodisciplina también tenían un mejor desempeño académico en el futuro.

¿Por qué la autodisciplina es tan importante para la vida?


Stephen Covey afirmó: “La mayoría de las personas equiparan la disciplina a la ausencia de libertad. En realidad ocurre todo lo contrario. Solo las personas disciplinadas son realmente libres. Las indisciplinadas son esclavas de los cambios de humor, de los apetitos y las pasiones”.

De hecho, la autodisciplina es una de las capacidades más importantes que podemos desarrollar en los niños. Se trata de enseñarles a que se esfuercen por regular sus comportamientos, de manera que puedan aprovechar mejor cada oportunidad y no se conviertan en una víctima de sus impulsos. 

Desgraciadamente, en la actualidad hemos desarrollado un concepto negativo de la “disciplina” y al dejarle vía libre a los caprichos de los niños, les hemos privado de uno de los regalos más valiosos que podemos darle.

El problema se debe a que hemos confundido la disciplina con la autodisciplina. La disciplina es aquella que se impone desde fuera, a través de una serie de reglas y normas. La autodisciplina es la capacidad para regular el comportamiento a través de nuestros propios cánones. Por eso, es una expresión de libertad.

Tres juegos para desarrollar la autodisciplina en los niños


Existen diferentes juegos que permiten desarrollar la autodisciplina de manera muy divertida. De hecho, todos aquellos juegos que impliquen prestar atención, seguir normas y desarrollar el autocontrol son útiles. 

1. Juego de las estatuas. En el juego de las estatuas, por ejemplo, solo tenéis que bailar y quedaros inmóviles cuando se dice la palabra “estatua”. Para hacerlo aún más complejo, una persona puede hacer muecas y movimientos raros, para intentar que el resto de los jugadores rían o se muevan. 

2. Escribir con la mano no dominante. Otra técnica muy sencilla para enseñarles el valor de la autodisciplina consiste en pedirles que escriban con la mano no dominante su nombre. Deben hacerlo durante cinco minutos cada día. Al cabo de un par de meses, puedes enseñarle los progresos que ha hecho.

3. Deletrear palabras. Una vez que los niños aprenden a leer y escribir, el juego de deletrear palabras potencia la concentración y la autodisciplina. Al principio puedes comenzar con palabras sencillas, para ir aumentando paulatinamente la dificultad. Y cuando esté preparado, puedes pedirle que deletree las palabras al revés.

En cualquier caso, para desarrollar la autodisciplina se recomienda evitar las amenazas. Las amenazas tienen un efecto boomerang a largo plazo que no es beneficioso para los niños.


Fuentes:
Wiseman, R. (2009) 59 seconds.Think a litle, change a lot. Nueva York: Alfred A. Knopf.
Cameron, C. E. et. Al. (2008) Touch your toes! Developing a direct measure of behavioral regulation in early childhood. Early Childhood Research Quarterly; 23: 141–158.
Duckworth, A. L. & Seligman, M. E. P. (2005) Self-discipline outdoes IQ in predicting academic performance of adolescents. Psychological Science; 16: 939–944.
Shoda, Y.; Mischel, W. & Peake, P. K. (1990) Predicting adolescent cognitive and self-regulatory competencies from preschool delay of gratification. Developmental Psychology; 26(6): 978–986.
Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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