24 de octubre de 2014

2 palabras mágicas para evitar las tentaciones


Aprender a evitar las tentaciones que ponen en riesgo nuestros objetivos es una de las habilidades más importantes que debemos desarrollar si queremos llevar una vida más productiva y satisfactoria. Es importante decir no a las distracciones que nos roban más tiempo del recomendado, así como a los compromisos que no nos aportan nada.

Sin embargo, a menudo adoptamos una estrategia inadecuada y terminamos siendo víctimas de la procrastinación, lo cual no solo consume nuestros recursos psicológicos sino que también genera frustración y nos aleja de nuestras metas. ¿Existe algún truco para evitar las tentaciones y no caer en los malos hábitos?

Evitar los malos hábitos cambiando el diálogo interior


Una investigación realizada en la Universidad de Houston reclutó a 120 personas, que fueron divididas en dos grupos. A un grupo se le indicó que cada vez que tuviesen que enfrentar alguna tentación se dijeran a sí mismos: “no puedo hacer X” mientras que al otro grupo se les dio una frase diferente: “no hago X”. 

Por ejemplo, el primer grupo debía decir: “No puedo pasar tiempo en las redes sociales” mientras que el segundo grupo diría: “Yo no paso tiempo en las redes sociales”.

Después de repetirse estas frases, cada persona debía responder una serie de preguntas y, se les dijo, que el estudio había terminado. No obstante, en realidad todo estaba por comenzar ya que al salir de la habitación a cada persona se le dio a elegir entre una barra de chocolate o una de cereales (una opción mucho más saludable).


¿Qué sucedió?

Un 61% de las personas que se dijeron a sí mismas: “No puedo” eligieron la barra de chocolate. Al contrario, este número descendió al 36% entre quienes se dijeron “No hago”. Los resultados son impresionantes si tenemos en cuenta que lo único que hemos hecho es incluir un simple cambio en la forma en que nos hablamos. 

De hecho, los resultados fueron tan sorprendentes que estos psicólogos decidieron ir un paso más allá y analizar el efecto de estas frases en las tentaciones repetidas. ¿Un simple cambio terminológico nos puede ayudar a mantener buenos hábitos y evitar malas costumbres? 

Ni cortos ni perezosos, pusieron en marcha un segundo experimento, esta vez con 30 mujeres que se habían apuntado a un curso sobre salud y bienestar. Se les habló sobre la importancia de mantener las metas a largo plazo y luego se dividieron en tres grupos.

- Grupo 1: actuó como grupo de control, es decir, no se les brindó ninguna estrategia para enfrentar las tentaciones que podrían afectar sus objetivos.

- Grupo 2: se les indicó que cuando sintieran la tentación debían decirse a sí mismas: “no puedo”. 

- Grupo 3: se les indicó que, ante la tentación de flaquear, debían decirse: “no hago”. 

Después de 10 días lo que sucedió fue lo siguiente:

- Grupo 1: 3 de cada 10 mantuvieron sus objetivos.

- Grupo 2 (“no puedo”): 1 de cada 10 mantuvo sus objetivos.

- Grupo 3 (“no hago”): 8 de cada 10 mantuvo sus objetivos.

En este punto no queda lugar a dudas: un simple cambio terminológico obra milagros y nos puede ayudar a ser más perseverantes y a evitar las tentaciones, incluso a largo plazo.

¿Por qué “No hago” es más eficaz que “No puedo”?


Aunque normalmente no le prestamos demasiada atención a las palabras que usamos, lo cierto es que estas tienen un gran poder sobre nuestras decisiones, actitudes y comportamientos. Nuestro diálogo interior es muy importante y los términos que elegimos son fundamentales.

Por ejemplo, decirnos “no puedo” solo sirve para recordarnos nuestra incapacidad, para traer a colación nuestras limitaciones. Sin embargo, como normalmente no nos gustan las cosas impuestas, esta frase la interpretamos como una obligación, algo que debemos hacer pero que en realidad preferiríamos evitar pues socava nuestro sentido del poder. A la larga, estas palabras generan frustración.

Al contrario, la frase “no hago” no implica una limitación sino que más bien una caracterización, nos da la sensación de que tenemos el control sobre la situación. No se trata de algo que nos estamos imponiendo sino de un recordatorio, una alternativa que nos hace sentir poderosos y que reafirma nuestra determinación.

Se trata de una estrategia muy sencilla que puedes poner en práctica en cualquier momento, para evitar las tentaciones y los malos hábitos, de manera que te mantengas focalizado en tu objetivo.


Fuente:
Patrick, V. M. & Hagtvedt, H. (2012) 'I Don’t' versus 'I Can’t': When Empowered Refusal Motivates Goal-Directed Behavior. Journal of Consumer Research; 39(2): 371-381.
Escrito por: Jennifer Delgado

23 de octubre de 2014

Las deudas de sueño: ¿Podemos saldarlas sin sufrir daños?


El sueño se parece mucho a una cuenta bancaria, es decir, se demanda que exista un saldo mínimo. Puedes pasarte de la raya unos cuantos días pero siempre y cuando al mes siguiente repongas los fondos. Si no lo haces, estarás en problemas.

Básicamente, este es el mecanismo de base de lo que se conoce como la “deuda del sueño”, que no es más que la diferencia entre las horas que nuestro organismo necesita dormir para recuperarse y las que hemos dormido en realidad. Cuando tenemos la cuenta de sueño en números rojos, este le pasa una factura muy elevada a nuestro organismo. 

Según algunos especialistas, los minutos y las horas arrancados al sueño terminan acumulándose y provocan diferentes problemas de salud. Llegados a este punto la pregunta es: ¿podemos recuperar la deuda de sueño que hemos contraído o estamos condenados irremisiblemente a pagar sus consecuencias?


El sueño siempre salda sus deudas


Un estudio reciente realizado en la Universidad de Pensilvania ha intentado desvelar cómo influye la falta de sueño en nuestro organismo y desempeño. También se ha preguntado si es posible revertir sus efectos. De hecho, hoy sabemos que la falta de sueño provoca un estado de somnolencia, afecta la atención, aumenta los niveles de estrés y desencadena procesos inflamatorios que, a largo plazo, podrían tener consecuencias mortales.

Los participantes en esta investigación fueron evaluados por primera vez en un laboratorio, durante cuatro noches de sueño de ocho horas. Así se pudo determinar una línea de base que le proporcionó a los investigadores datos sobre los niveles normales de atención, estrés, somnolencia e inflamación.

En un segundo momento los participantes soportaron seis noches de sueño de solo seis horas (lo cual es una media decente para quienes tienen un trabajo exigente, una familia y llevan una vida social activa). A continuación, durmieron 10 horas durante tres noches para reponer el sueño que habían perdido. A lo largo del estudio se evaluó su salud y algunas de sus funciones cognitivas.

El análisis mostró que las seis noches de privación de sueño tenían un efecto negativo en la atención, provocaba somnolencia durante el día y aumentaba los niveles de inflamación (medidos a través de la cantidad de interleucina – 6 en sangre, un marcador de la inflamación de los tejidos en todo el cuerpo).

¿Qué sucedió después? 


Según la teoría de la deuda del sueño, los efectos negativos de las primeras seis noches de sueño mínimo se revertirían gracias a las tres últimas noches. De hecho, la somnolencia desapareció y los niveles de IL - 6 también volvieron a los valores basales. Los niveles de cortisol, la hormona vinculada al estrés, la fatiga y la irritabilidad, también mostraron una reducción. Sin embargo, no todo fue color de rosa.

Los niveles de atención de la persona no se recuperaron y la sensación de fatiga continuó estando presente. Esto significa que, aunque desde el punto de vista biológico todo parece indicar que podemos recuperar las horas de sueño perdidas, no volvemos a funcionar de la misma manera desde el punto de vista cognitivo.

Los investigadores no encontraron una explicación para este fenómeno pero quizás la respuesta podría estar en el efecto acumulativo de las toxinas a nivel cerebral ya que se sabe que el sueño tiene un efecto limpiador del sistema nervioso.

Fuente:
Pejovic, S. et. Al. (2013) Effects of recovery sleep after one work week of mild sleep restriction on interleukin-6 and cortisol secretion and daytime sleepiness and performance. American Journal of Physiology - Endocrinology and Metabolism; 305 (7).
Escrito por: Jennifer Delgado

22 de octubre de 2014

5 técnicas para controlar la impulsividad infantil


Lidiar con un niño impulsivo no es fácil ya que cuando menos lo esperamos tiene una rabieta o ha dejado a medias la tarea para ir a jugar. En ocasiones los padres sienten que nada funciona: han probado con los castigos, las reprimendas y con una actitud más permisiva pero todos estos intentos por controlar los impulsos del niño han sido en vano. ¿Qué hacer?

Ante todo, considera que los niños impulsivos no actúan de manera impetuosa y desobediente porque quieren, sino porque no logran controlarse. De hecho, muchos pequeños cometen una y otra vez las mismas infracciones y ni siquiera pueden explicar por qué. Por eso, la regla de oro para controlar la impulsividad infantil consiste en comprender al niño, lo cual no significa que debes tolerar sus malos comportamientos sino que es necesario hacer acopio de mucha paciencia.

¿Cómo controlar la impulsividad en los niños?


1. El volcán

El objetivo de esta técnica consiste en enseñarle al niño a identificar las emociones que acompañan sus comportamientos impulsivos, lo cual le permitirá tomar conciencia de sus propias sensaciones y, en un segundo momento, controlarlas. 

Aplicar esta técnica es bastante fácil: cuando el niño esté tranquilo le pedimos que imagine que en su interior hay un gran volcán que representa toda su energía y vitalidad. Después le explicamos que cuando esa energía es muy intensa y está muy ansioso o enfadado, es como si el volcán comenzara a calentarse, se descontrola y tiene una gran erupción. 

Cuando notes que el pequeño está comenzando a agitarse, pídele que visualice el volcán. De esta manera le ayudarás a tomar conciencia de las emociones que anteceden al estallido de impulsividad y, por consiguiente, podrá detenerlas antes que sea demasiado tarde y pierda completamente el control.


2. El semáforo

El objetivo de esta técnica es proporcionarle al niño una especie de retroalimentación que le permita mantenerse más atento a sus emociones y a su nivel de activación.

Su aplicación también es muy simple: pacta un código que le sirva de señal para determinar su nivel de activación. Por ejemplo, puedes tomar como referencia los colores del semáforo, la señal verde indicará que todo está bien, la amarilla que ha comenzado a exaltarse un poco y la roja que ha pasado los límites y debe detenerse. 

También puedes probar con sonidos o movimientos, la idea básica es que la señal que envíes sea relevante para el pequeño y le sirva para autocontrolarse. 

3. Técnicas de relajación

Existen diferentes técnicas de relajación que ayudarán a tu pequeño a mantener bajo control sus emociones. Por la noche o antes de que tome la siesta, puedes aplicarlas y verás cómo se despertará mucho más relajado. Puedes apostar por la relajación muscular progresiva o el entrenamiento autógeno.

Vale aclarar que cuando el niño es muy pequeño, puede que estas técnicas no funcionen muy bien así que debes adoptar otras estrategias, como crear rituales relajantes: leerle un cuento, cantarle una canción o darle un baño caliente. También puede ser de gran ayuda que le enseñes la técnica de la respiración diafragmática, lo cual le ayudará a calmarse en los momentos de tensión.

4. Técnicas para canalizar la energía

El ingrediente básico de la impulsividad es el exceso de energía, pero podemos usarla a nuestro favor. ¿Cómo? Canalizándola a través de tareas productivas. De hecho, la clave para controlar la impulsividad infantil consiste en saber adelantarnos al punto de no retorno, ese momento en el cual el niño pierde el control.

Una buena idea consiste en apostar por actividades extraescolares que le permitan liberar toda esa carga de energía, como puede ser el deporte. No obstante, en casa, puedes crear un espacio donde puede liberar esa energía sin comportarse de manera grosera ni causar daño. Así, cuando notes que está exaltado, pídele que se retire a ese lugar y que regrese una vez que se haya calmado. En ese lugar le está permitido gritar y golpear ya que la idea no es que reprima sus emociones sino que aprenda a expresarlas sin herir a los demás o a sí mismo.

5. Actividades para potenciar la atención

Muchos de los niños impulsivos también tienen problemas para concentrarse, lo cual dificulta su aprendizaje. Por eso, es conveniente que le propongas diferentes tareas que fomenten la atención. Por supuesto, tendrás que buscar actividades que le resulten motivadoras ya que de lo contrario será difícil que le puedas mantener sentado durante un periodo de tiempo muy largo. Los juegos de mesa, como el ajedrez y las damas suelen ser una excelente opción, siempre y cuando sepas despertar su interés por ellos.
Escrito por: Jennifer Delgado

21 de octubre de 2014

¿Por qué nuestro cerebro ama las curvas?


En los últimos meses comenzaron a salir al mercado las primeras pantallas curvas. Ahora la televisión ha dejado atrás las líneas clásicas para apostar por un diseño curvo que, dicho sea de paso, enamora a quien lo ve. No obstante, más allá de la calidad de imagen que puede reportar este nuevo modelo, lo cierto es que nos llama la atención porque nuestro cerebro es un amante irredimible de las curvas. Numerosas investigaciones han encontrado que preferimos las curvas antes que los ángulos rectos, y esto se aplica lo mismo a un reloj de pulsera que al diseño de muebles o a cualquier otro objeto con el que nos relacionemos.

¿Por qué preferimos las formas curvas?


Básicamente, lo que sucede es que cuando vemos las curvas, nos sentimos aliviados. Es decir, nuestro cerebro comprende que no hay peligro y nos permite relajarnos. Al contrario, las líneas duras y las esquinas que transmiten una sensación de fuerza y solidez nos mantienen alertas, nuestro sistema de detección del peligro se mantiene activado y nos impide relajarnos porque detecta que hay un riesgo en el ambiente.

Un estudio realizado en la Universidad de Harvard encontró que las formas de los objetos que nos rodean producen una activación de la amígdala, una estructura vinculada al procesamiento emocional y el miedo. De hecho, en este experimento los psicólogos apreciaron que unas simples gafas con formas más lineares provocan un aumento de la tensión en quienes debían compartir mesa con la persona que las llevaba. Al contrario, unas gafas de formas redondeadas aliviaban la tensión.


Otro estudio, esta vez realizado en colaboración entre la Universidad de Toronto y la Universidad de La Laguna, descubrió que las formas curvas de los muebles que nos rodean activan las áreas de placer de nuestro cerebro. Estos psicólogos afirman que preferimos los muebles curvos sobre los que tienen líneas más duras y que los primeros generan el mismo placer que puede provocar una obra de arte.

Ante estos resultados, no es extraño que haya surgido una nueva disciplina denominada neuroestética, en la cual se estudian las relaciones entre las artes y nuestro cerebro teniendo en cuenta cómo inciden las diferentes formas, los colores y la iluminación. 

Obviamente, estos resultados nos demuestran que los objetos cotidianos no son, al fin y al cabo, tan ordinarios como pensábamos, sino que pueden generar intensas reacciones (aunque muchas de ellas son inconscientes), casi al mismo nivel que la música o el arte. En este punto, los neurocientíficos están convencidos de que las curvas son una especie de elixir emocional que nos ayuda a disminuir el nivel de ansiedad.

Por tanto, la próxima vez que planees cambiar la decoración de tu hogar o de la oficina, piensa que las formas curvas te ayudarán a relajarte y que también contribuyen a crear un ambiente mucho más agradable y distendido para quienes te visiten.


Fuentes:
Vartanian, O. et. Al. (2013) Impact of contour on aesthetic judgments and approach-avoidance decisions in architecture. PNAS; 110(2): 10446-10453.
Bar, M. & Neta, M. (2007) Visual elements of subjective preference modulate amygdala activation. Neuropsychologia; 45(10): 2191–2200.
Escrito por: Jennifer Delgado

20 de octubre de 2014

5 cosas que puedes hacer ahora mismo para ser más feliz


La felicidad es una de las grandes metas de la mayoría de las personas. Todos deseamos ser felices. Sin embargo, muy pocos ponen manos a la obra. La mayoría se queda cruzados de brazos, esperando que la felicidad llame a su puerta y a veces, cuando esta decide darles una oportunidad, ni siquiera le abren. ¿Por qué?

La expectativa de ser feliz nos juega una mala pasada


Una serie de experimentos llevados a cabo en la Universidad de Stanford nos desvelan por qué la felicidad es tan escurridiza para muchas personas. Según estos psicólogos, la clave se encuentra en nuestras expectativas.

Estos investigadores analizaron cuán felices hacía a las personas ayudar al prójimo. En uno de sus experimentos reclutaron a 92 personas, a las cuales se les habló de pacientes que estaban buscando donantes de médula ósea y se les pidió que hicieran algo para ayudarles.

La clave radicó en que a algunos les dieron un objetivo abstracto: “darle una mayor esperanza a estos pacientes” y a otros les dieron un objetivo más concreto: “aumentar las probabilidades de estos pacientes de encontrar un donante”. 

¿El simple cambio de objetivo podría incidir en el nivel de satisfacción y la felicidad que experimentaban las personas con la ayuda brindada?

Los psicólogos descubrieron que, en efecto, los objetivos más concretos generaban una mayor satisfacción y felicidad que los objetivos abstractos, resultados que se hicieron patentes en el resto de los experimentos. ¿Por qué?

Estos investigadores afirman que mientras más abstractas sean nuestras metas, menos probabilidades tendremos de ser felices, incluso si estas se cumplen. La clave radica en que las metas abstractas suelen dar pie a expectativas más irreales por lo que, al final, no nos sentimos tan satisfechos y no somos felices. 

En práctica, es como cuando esperamos con ansia un momento pero cuando finalmente este llega, no satisface nuestras expectativas y no nos sentimos tan felices como esperábamos. De hecho, es probable que te haya ocurrido en alguna ocasión.

Por eso, se recomienda que si quieres ser feliz, te centres en objetivos concretos, en cosas que te pueden hacer sentir bien aquí y ahora. La felicidad no es un estado abstracto, es algo que se conquista paso a paso.

Ser más feliz yendo paso a paso


1. Contacta a un amigo. La mayor fuente de felicidad, y también la más duradera, son las relaciones interpersonales. Pasar tiempo con las personas que quieres es la mejor medicina contra la ansiedad y la depresión y también uno de los caminos más directos para encontrar la felicidad. Si hace mucho tiempo que no ves a un buen amigo, contáctalo y quedad.

2. Practica media hora de ejercicio aeróbico. El ejercicio aeróbico, más que cualquier otro tipo de actividad física, genera un estado de ánimo particularmente positivo caracterizado por la relajación y la sensación de plenitud. Esto se debe a que estimula la producción de endorfinas, unos neurotransmisores que generan bienestar y felicidad. La buena noticia es que no necesitas dedicarle mucho tiempo, media hora al día es suficiente. 

3. Escribe tres razones por las cuales te sientes agradecido. Si en algo coinciden la mayoría de las corrientes filosóficas es que la gratitud es una de las claves de la felicidad. El simple acto de dar las gracias por lo que tenemos, en vez de quejarnos por lo que no tenemos, nos hace sentir afortunados y nos brinda serenidad, dos aspectos básicos para ser felices.

4. Imagina la mejor imagen de ti. Poner tu mente en funcionamiento para generar la mejor imagen de ti mismo es un ejercicio muy positivo. De hecho, te permitirá enfrentar el día desde una perspectiva más optimista y aumentará tu autoconfianza. No olvides que una de las mayores barreras que te impide ser feliz son esos pensamientos y creencias negativas sobre ti mismo. 

5. Plantéate un objetivo que puedas lograr en el día. Alcanzar los objetivos que nos proponemos nos hace sentir poderosos, genera una sensación de satisfacción para con nosotros mismos y aumenta la confianza en nuestras capacidades. A la larga, si cultivas estos sentimientos, también serás más feliz. Por tanto, cada día, plantéate un objetivo diferente y cúmplelo. Al final de la jornada podrás sentirte satisfecho y un poco más feliz.

Recuerda que el secreto radica en comprender que la felicidad no es una meta, se encuentra en el camino.



Fuentes:
Melanie Rudd, Jennifer Aaker, Michael I. Norton. (2014) Getting the Most out of Giving: Concretely Framing a Prosocial Goal Maximizes Happiness. Journal of Experimental Social Psychology; 54: 11-24.
Walton, G. M. et. Al. (2012) Mere belonging: the power of social connections. Journal of Personality and Social Psychology, 102(3): 513.
Reed, J. & Ones, D. S. (2006) The effect of acute aerobic exercise on positive activated affect: A meta-analysis. Psychology of Sport and Exercise, 7(5): 477-514.
Meevissen, Y. et. Al. (2011) Become more optimistic by imagining a best possible self: Effects of a two week intervention. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 42(3): 371-378.
Emmons, R. A. & McCullough, M. E. (2003) Counting blessings versus burdens: an experimental investigation of gratitude and subjective well-being in daily life. Journal of Personality and Social Psychology, 84(2): 377.
Escrito por: Jennifer Delgado

19 de octubre de 2014

Negligencia médica: Sus consecuencias psicológicas


En 2002 un hombre acudió a una consulta médica por psoriasis pero el especialista le indicó varios análisis más, entre ellos uno de VIH. Casi inmediatamente le comunicaron que era portador del virus. Sin embargo, cuatro años más tarde, otro hospital le confirmó que en realidad nunca padeció esa enfermedad. En 2013, un juez de Barcelona condenó al Instituto Municipal de Asistencia Sanitaria a indemnizarlo con 44.954 euros por el error en el diagnóstico.

En 2008 una mujer se sometió a una operación relativamente sencilla para extirpar la matriz pero, como resultado, sufrió una invalidez absoluta. Cinco años más tarde, un juzgado de Barcelona condenó al Servei Català de la Salut a indemnizarla con 249.964 euros.

En 2011, en el hospital de La Vila Joiosa se produjo una infección masiva por hepatitis C. El informe llegó a la conclusión de que la causa había sido la falta de asepsia ya que se utilizó un envase de suero fisiológico multidosis para tratar a distintas personas, en vez de usar frascos individuales. La querella contra el hospital aún está en curso.

Estas y otras noticias aparecen con bastante frecuencia en los diarios españoles y del resto del mundo ya que las causas por negligencia médica van en aumento. Según expertos de la Universidad de Navarra, el hecho de que aumenten las demandas puede deberse a diferentes factores, entre ellos la obligación impuesta al personal de salud de reducir los costos en la atención médica y el progreso de los procedimientos médicos, el cual también implica nuevos riesgos, que antes no existían. 

¿Qué es la negligencia médica?


Es importante realizar una distinción entre la negligencia médica y el accidente durante la atención o el tratamiento. Se hace referencia a un accidente cuando este no se puede prever y no es el resultado de la falta de conocimiento o pericia por parte del médico.

Al contrario, la negligencia médica implica un error por parte del médico según las normas de atención para el tratamiento de la condición del paciente, ya sea por falta de conocimiento o debido a una dejadez al proporcionar la atención, lo cual causa un claro perjuicio a la persona.

Las consecuencias psicológicas: El aspecto olvidado de la negligencia médica


Las secuelas físicas suelen ser el factor más evidente de la negligencia médica pero no es el único y, en algunos casos, ni siquiera el más importante. De hecho, las consecuencias psicológicas que provoca una negligencia médica no se deben desdeñar ya que, aunque no sean visibles, el sufrimiento que provocan puede afectar a la persona durante años, limitando seriamente su calidad de vida.

- Ansiedad e inquietud: tener que lidiar con un problema de salud ya provoca de por sí una buena dosis de ansiedad y desasosiego, ser víctima de una negligencia médica no hace sino agudizar aún más este estado. Desgraciadamente, la ansiedad no es el mejor aliciente para la salud sino que acentúa los síntomas de numerosas patologías o incluso puede desencadenar alguna enfermedad funcional.

- Desconfianza: la relación médico-paciente se basa en la confianza, una condición fundamental para que se produzca adherencia terapéutica, la cual desempeña un rol protagónico en la sanación. En otras palabras, si la persona confía en el criterio del médico, es más probable que siga el tratamiento al pie de la letra y que sane más rápido. Obviamente, cuando se produce una negligencia médica, la desconfianza sienta casa, y no solo con el médico o el centro implicado sino que a veces se extiende a todo el sistema de sanidad, lo cual, a la larga, repercute negativamente en la salud de la persona.

- Ira y resentimiento: es usual que la persona que haya sido víctima de una negligencia médica se sienta enfadada y no comprenda por qué le ha tenido qué ocurrir justamente a ella. Culpar al médico o al hospital es una reacción normal pero si no se sobrepasa esta etapa sino que se queda atascada en un círculo de resentimiento, este suele generar profundas repercusiones en el ámbito psicológico. De hecho, el resentimiento es uno de los sentimientos más tóxicos que existen porque no solo genera más ira y hostilidad sino que puede afectar directamente la salud física.

- Sensación de abandono e indefensión: a menudo la persona que es víctima de la negligencia médica se siente abandonada a su suerte, experimenta un profundo sentimiento de indefensión, sobre todo una vez que comienza el proceso de reclamación de daños ya que no es sencillo enfrentarse al sistema. Sin embargo, el sentimiento de indefensión conduce directamente a la desesperanza y la depresión, dos estados que no solo afectan profundamente la calidad de vida sino que también pueden desencadenar o agudizar otras enfermedades.

La otra cara de la moneda: El Síndrome del Estrés por Mala Praxis


Al contrario de lo que se suele pensar, la negligencia médica no solo afecta a los pacientes, sus repercusiones también se hacen sentir en el personal sanitario. Por eso se ha acuñado el término: Síndrome del Estrés por Mala Praxis. De hecho, se estima que aproximadamente el 75% de los médicos recibirán una demanda por mala praxis a lo largo de su carrera.

Durante el proceso legal, el 95% de los médicos experimenta elevados niveles de estrés, el cual puede afectar su trabajo ya que en la mayoría de los casos estas personas continúan ejerciendo hasta que llegue la sentencia. Los síntomas principales del Síndrome del Estrés por Mala Praxis son la ansiedad y la depresión, así como las dificultades para mantener bajo control las preocupaciones, las cuales ocupan aproximadamente el 50% de su jornada.

Además, los médicos demandados suelen manifestar síntomas de cansancio, dificultades para concentrarse, irritabilidad, tensión muscular, insomnio, pérdida de autoestima y frustración. En dependencia de su estado de salud previo, también pueden debutar con enfermedades cardiovasculares, hipertensión y diabetes. Obviamente, esta situación no mejora su práctica clínica sino todo lo contrario, los hace aún más proclives a cometer nuevos errores.

¿Quiénes pueden ayudarte en caso de negligencia médica?


Tanto para los pacientes como para los médicos implicados en un caso de negligencia, existen dos profesionales que son esenciales: el psicólogo y el abogado. 

Un psicólogo les ayudará a paliar los problemas que suelen surgir en el plano emocional, como la ansiedad, la depresión y la irritabilidad. En el caso del paciente, la terapia estará más enfocada en dejar ir el resentimiento y la ira, focalizándose en su bienestar emocional. En el caso del médico, se trabajará más en la autoconfianza y el manejo de las preocupaciones, de forma que estas no afecten su trabajo. 

Los abogados también desempeñan un papel importante en el proceso ya que no solo son un representante legal que puede velar por tus derechos sino que se convierten en un apoyo cuando parece que el mundo entero te da la espalda o que estás luchando contra molinos de viento. De hecho, contar con un buen despacho de abogados especializado en negligencias médicas (ver este sitio: www.abogadoszaragoza.net) es fundamental para enfrentar un proceso de demanda, no solo para alcanzar tus objetivos sino para no sufrir nuevos daños psicológicos a lo largo del proceso.



Fuentes:
Sanbar, S. S. & Firestone, M. H. (2007) Medical Malpractice Stress Syndrome. En: The Medical Malpractice Survival Handbook: Mosby Co.
Universidad de Navarra (2002) Declaración de la Asociación Médica Mundial sobre la negligencia médica. 44ª Asamblea Médica Mundial, Marbella, España.
Tena, C. (2002) La demanda como efecto de la mala comunicación médico-paciente. CONAMED; 7(3): 15-18.
Charles, S. C. (2001) Coping with a medical malpractice suit. West J Med; 174(1): 55–58.
Escrito por: Jennifer Delgado

17 de octubre de 2014

El “Radar para la Infidelidad”: Un mecanismo para detectar el engaño


Podemos identificar una cantidad sorprendente de información sobre los demás a partir de pequeñas pistas, aunque ni siquiera seamos plenamente conscientes de ello. Somos capaces de detectar si una persona es de fiar en cuestión de segundos y podemos empatizar con alguien en pocos minutos. Esto se debe a un mecanismo ancestral que nos permite formarnos la “primera impresión”.

La primera impresión es un mecanismo muy útil que nos ayuda a guiarnos en el entramado social, incluso si poseemos pocos datos sobre la persona que tenemos delante. Por eso, ante la falta de información, escaneamos rápidamente a la persona en busca de cualquier tipo de pistas que nos pueda orientar y nos permita valorar en cuestión de segundos si debemos alejarnos o es seguro acercarse.

Ahora investigadores de la Brigham Young University han ido un paso más allá al afirmar que todos tenemos un “Radar para la Infidelidad”, una capacidad que no solo se pone en marcha con nuestra relación sino que también nos permite detectar las pistas del engaño en otras parejas.

Una pareja, una tarea común y un observador externo


Los psicólogos reclutaron a 51 personas, algunas de las cuales mantenían una relación de pareja. A cada miembro se le pidió que respondiese a una encuesta en la cual se indagaba sobre sus infidelidades hacia su pareja actual. A continuación, cada pareja fue filmada durante cinco minutos mientras realizaban una tarea de dibujo. La clave radicaba en que una de las personas tenía los ojos vendados y la otra debía guiarle e indicarle cómo dibujar. Después se invertían los roles.

Más tarde, se les pidió a otras personas que vieran esos vídeos y dijeran si creían que alguno de los participantes mostraba interés romántico hacia otra persona, si habían estado coqueteando con alguien más o si habían mantenido relaciones sexuales fuera de la relación de pareja.

Curiosamente, muchas de estas personas pudieron captar a los infieles.

No satisfechos con estos resultados, los psicólogos volvieron a repetir el experimento, esta vez con 43 personas. No obstante, en esta ocasión les pidieron a los observadores que además de detectar a los infieles, evaluaran determinados valores de cada uno de los miembros de la pareja, como el grado de compromiso y confianza. 

Una vez más, los observadores dieron en el blanco. Y los investigadores descubrieron que los juicios de esas personas estaban basados en el nivel de confianza y el grado de compromiso que mostraban cada uno de los miembros de la pareja. En otras palabras, los observadores sacaban inferencias basándose en pequeños detalles que salían a relucir mientras la pareja se relacionaba y que les permitían saber si uno de los dos estaba siendo infiel.


¿De dónde proviene ese “Radar para la Infidelidad”?


Según estos investigadores, todos estamos dotados de una especie de radar para captar a los infieles, una habilidad que ayudó a nuestros antepasados a prosperar, sobre todo teniendo en consideración las consecuencias adversas que tenía la infidelidad en aquellos tiempos, cuando los recursos de los que disponía una familia eran muy limitados. Este mecanismo evolutivo les permitía a los hombres detectar a las mujeres infieles para no tener que invertir en la educación de hijos que no fuesen propios y, en el caso de las mujeres, las ponía en alerta sobre hombres que podrían abandonarlas a su suerte. 

En la actualidad estos problemas no existen pero el “Radar para la Infidelidad” continúa activándose, sobre todo porque la mayoría de las personas busca una relación de pareja a largo plazo que les transmita seguridad. Así, de forma inconsciente, nos resulta muy útil captar las pequeñas pistas que indican que una persona no es de fiar. De esta forma podemos pensárnoslo dos veces antes de comprometernos. En práctica, gracias a este mecanismo, podemos identificar las señales que pueden ser devastadoras para la relación de pareja.


Fuente:
Lambert, N. et. Al. (2014). Thin slices of infidelity: Determining whether observers can pick out cheaters from a video clip interaction and what tips them off. Personal Relationships.
Escrito por: Jennifer Delgado

16 de octubre de 2014

Efecto Chubasquero: Cuando la decepción nos impide ser felices


¿Alguna vez te hicieron tanto daño que juraste que no confiarías nuevamente en alguien?

¿Has tenido una decepción amorosa y desde entonces le has cerrado las puertas al amor?

¿Eres de las personas que creen que es mejor no encariñarse para después no sufrir?

En ese caso, es probable que estés siendo víctima del “Efecto Chubasquero”.

Expectativas rotas y decepciones mal manejadas


Cuando nos relacionamos con las personas lo hacemos en base a una serie de expectativas. Creemos que esas personas deben comportarse de una manera determinada, que tienen ciertas “obligaciones implícitas” para con nosotros. Cuando esas expectativas no se cumplen, solemos sentirnos frustrados, tristes, desilusionados e incluso enfadados. Es una reacción normal. Sin embargo, con el paso del tiempo reajustamos nuestras expectativas, nos adaptamos.

No obstante, hay ocasiones en que la decepción fue tan grande que no logramos pasar página, nos quedamos atascados en ese capítulo, alimentando la rabia y el rencor hacia la otra persona. En determinado momento, decidimos que debemos dejar de sufrir y nos ponemos un chubasquero. Es decir, nos protegemos del mundo exterior. De esta forma, no podrán volver a hacernos daño.

El ejemplo clásico del “Efecto Chubasquero” es el de una persona que no vuelve a comprometerse en una relación de pareja después de un desengaño particularmente doloroso. O el de la persona que no quiere tener una mascota porque “si le ocurre algo, lo pasará muy mal”.

Ponerse un chubasquero implica protegerse de la lluvia y el viento, implica estar a salvo de estos elementos y evitar que nos dañen pero también implica cerrarse y no dejar salir nuestras emociones. Por eso, si miramos dentro del chubasquero, a menudo lo que encontraremos será un profundo miedo matizado por la inseguridad y la ira, sentimientos que continúan creciendo pues no dejamos que otras emociones mucho más positivas nos invadan y ocupen su lugar.


Tres riesgos de protegerse demasiado


1. Nos impide crecer como personas. El ser humano es permeable, quizás esa sea una de nuestras mejores cualidades. Nos enojamos ante la injusticia y nos alegramos con las buenas noticias. Cuando intercambiamos ideas, cambiamos las nuestras y cuando nos relacionamos con los demás asumimos algunos de sus hábitos. Al dejar que los otros entren en nuestro espacio más íntimo, crecemos como personas y expandimos nuestros horizontes. No obstante, si nos encerramos en nosotros mismos nos estamos negando la oportunidad de crecer.

2. Alejamos a los demás. Cuando nos cerramos les impedimos a las personas que pasen a ese círculo íntimo, ponemos una barrera a la relación y le decimos que no estamos dispuestos a entregarnos. Por eso, tarde o temprano, la persona se marchará de nuestro lado, buscando una relación que sea más abierta y satisfactoria. Así se confirmará nuestra hipótesis de que “todos nos abandonan” o de que “todos son malos”. Aunque en realidad, los principales responsables del abandono fuimos nosotros mismos. 

3. Conduce a la inercia emocional. Protegerse demasiado también encierra otro riesgo: nos condena a la inercia emocional. Cuando no nos permitimos amar, querer o apasionarnos, nuestra vida afectiva adquiere un aspecto plano, donde no hay sufrimiento, tristeza y sinsabores pero tampoco hay alegrías e ilusiones. Estas personas a menudo viven resignadas. Sin embargo, ¿merece realmente la pena vivir sin vivir?

¿Cuándo es necesario protegerse?


Vale aclarar que hay ocasiones en que el dolor, el sufrimiento y la decepción son tan grandes que necesitamos protegernos, al menos hasta que las heridas sanen. En esos casos, podemos ponernos el chubasquero porque comenzar otra relación llevando con nosotros el peso del resentimiento y el rencor acumulados no es la mejor fórmula para el éxito.

Sin embargo, debemos estar pendientes de que ese chubasquero no se convierta en nuestra segunda piel. De vez en cuando, mira al cielo y si distingues los primeros rayos de sol, ábrete a las nuevas experiencias, conoce gente y vuelve a entregarte. Siempre vale la pena.
Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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