4/29/2016

Rodéate de gente interesante, no interesada


Lo quieras o no, las personas de las que te rodeas terminarán influenciándote. Si te rodeas de personas positivas y entusiastas, su optimismo te contagiará. Al contrario, si te rodeas de gente estresada y pesimista, es probable que termines asumiendo su visión del mundo y que pierdas las ganas de vivir. De hecho, no olvides que las emociones son contagiosas.

Por supuesto, hay situaciones en las que no podemos elegir quienes nos rodean, como en el trabajo, pero podemos decidir si dejamos que esas personas entren en nuestra vida o no. Por eso, cuando llegue el momento de decidir qué personas quieres a tu lado, debes pensar que, por mucha autoestima y autoconfianza que tengas, incluso la roca más dura termina siendo erosionada por la acción continua del mar. Eso significa que deberías procurar rodearte de gente interesante, no interesada.

¿Quiénes son las personas interesadas?


Todos somos, en mayor o menor medida, personas interesadas. Sin embargo, hay gente que solo se acerca a nosotros porque desea algo, pero no está dispuesta a entregar nada a cambio. Les reconocerás porque:

- Son personas que se comportan como vampiros emocionales, por lo que al terminar una conversación, incluso la más trivial, es probable que te sientas como si te hubiesen extraído toda tu energía.

- Son personas muy demandantes, que nunca están conformes con lo que le das. No importa cuántos sacrificios hayas hecho o cuánto te hayas esforzado por satisfacerlas, nunca será suficiente y te lo harán saber.

- Son personas que no se comprometen con la relación y no están dispuestas a dar nada, a menos que reciban algo importante a cambio. Con estas personas las relaciones pierden su aspecto afectivo para convertirse en una especie de intercambio comercial.

- Se las ingenian para generar en ti sensaciones negativas, como la culpa y la inseguridad. Son auténticos maestros para hacer sentir mal a los demás, sobre todo si no ceden a sus peticiones.

En realidad, estas personas no son malas, el problema es que no saben relacionarse de otra forma. Creen que son el centro del universo y su egoísmo les hace pensar que todos deben convertirse en sus “súbditos”.

Para mantener una relación cordial con ellos, debes hacerles entender que les respetas pero que también esperas que respeten tu individualidad. Marca límites y asegúrate de que no los traspasen. Hazles saber que no caerás en su juego y que puedes ayudarles en determinadas situaciones pero eso no significa que siempre estarás a su disposición.

¿Quiénes son las personas interesantes?


Una persona interesante es alguien que nos aporta mucho desde el punto de vista emocional e intelectual. Estas personas:

- Son arquitectos de emociones positivas y te hacen reír, incluso en los malos momentos, manteniéndose a tu lado cuando más lo necesitas.

- Te permiten crecer como persona, ayudándote a comprender lo que no se ve a simple vista y a ampliar tus miras.

- No lo saben todo, pero tienen una mente despierta y curiosa siempre dispuesta a explorar cosas nuevas, junto a ti.

- Saben sacar tu mejor faceta a la luz, logrando que seas la mejor versión de ti mismo.

Las personas interesantes siempre deslumbran, ya sea por su conocimiento, su capacidad para transmitir afecto, su empatía o su autenticidad. No son personas perfectas, nadie lo es, pero saben acoger y respetar a los demás, relacionándose desde lo más profundo de su “yo”. Son personas con las que conectas casi inmediatamente y sientes una empatía total porque compartís ideas, pasiones y aficiones.

A menudo a estas personas no les interesa “encajar” o “adaptarse”, por lo que en muchas ocasiones sus actitudes y puntos de vista representan un desafío para los demás. De hecho, esa es una de las razones por la que nos resultan tan estimulantes ya que, a pesar de compartir valores, también son muy diferentes y se convierten en agentes de cambio que impulsan nuestro crecimiento.

Busca a gente que vibre, que sepa criticarte sin herirte, gente que persiga sus sueños y contagie su alegría, que no desfallezca, que busquen soluciones y que reconozcan sus errores cuando se equivoquen. Cuando las encuentres, no las dejes escapar porque son un hallazgo precioso. 

Y por supuesto, intenta convertirte en una persona así, en una persona interesante con la que valga la pena pasar el tiempo y comprometerse.

Escrito por: Jennifer Delgado

4/28/2016

Pensamiento desiderativo: Cuando solo vemos lo que queremos ver


Un psicoanalista estaba convencido de que soñar con peces era la causa de todos los trastornos psicológicos. Cuando los pacientes acudían a él y comenzaban a hablarle de sus problemas, el psicoanalista les interrumpía y les preguntaba:

Psicoanalista: Disculpe, pero ¿anoche tuvo algún sueño?

Cliente: No sé… Sí, me parece que sí.

Psicoanalista: No soñaría usted con peces, ¿o sí?

Cliente: Ah… no, no.

Psicoanalista: ¿Qué soñó entonces?

Cliente: Bueno, soñé que iba caminando por una calle.

Psicoanalista: ¿Había algún charco en la cuneta?

Cliente: Bueno… no lo sé.

Psicoanalista: ¿Hubiera podido haberlo?

Cliente: Supongo que sí.

Psicoanalista: ¿Hubiera podido haber algún pez en ese charco?

Cliente: No, no.

Psicoanalista: ¿En la calle de su sueño había algún restaurante?

Cliente: No.

Psicoanalista: Pero hubiera podido haberlo…

Cliente: Bueno, supongo que quizá podía haber algún restaurante.

Psicoanalista: ¿Servían pescado en el restaurante?

Cliente: Bueno, supongo que como se trata de un restaurante, quizá servían pescado.

Psicoanalista: ¡Ajá! ¡Lo sabía! Sueña usted con peces.

Ni tan racional ni tan lógico


Cuando deseamos algo, intentamos encontrar el camino para conseguirlo, y el pensamiento es la principal herramienta que tenemos para decidir qué dirección tomar. Cada una de esas decisiones nos irán acercando o alejando a lo que deseamos. Al igual que el psicoanalista de la historia, confiamos en esas decisiones porque pensamos que nuestro pensamiento es lógico y racional, no tenemos en cuenta que está profundamente influenciado por nuestros deseos, expectativas e ilusiones.

De hecho, el deseo es una señal de que nos falta algo, y el pensamiento desiderativo es la respuesta mental a esa necesidad. El problema es que en algunas ocasiones ese deseo es tan grande, que el pensamiento se vuelve su esclavo. Entonces no somos capaces de ver las señales que nos indican que vamos por mal camino, vemos solo lo que queremos ver y llegamos a las conclusiones que deseamos, obviando la realidad. Y eso nos puede provocar graves problemas.

Las trampas que tiende el pensamiento desiderativo


El pensamiento desiderativo nace del deseo, no de la realidad, por lo que a menudo se convierte en fuente de innumerables problemas en nuestra vida cotidiana. 

- Hace que nos centremos excesivamente en el resultado. El pensamiento desiderativo es eminentemente concreto, se dirige a lograr un objetivo en el menor tiempo posible. Esa sensación de urgencia provocada por el deseo nos juega malas pasadas porque nos impide planificar de manera adecuada y ver las señales de que vamos por mal camino. Básicamente, el pensamiento desiderativo nos brinda las excusas lógicas que necesitamos para equivocarnos y tomar el camino que deseamos, aunque no sea el mejor ni el más conveniente.

- Nos impide ver las evidencias y los obstáculos. El pensamiento desiderativo hace que saquemos conclusiones y tomemos decisiones basándonos en lo que más nos gustaría, en vez de realizar comprobaciones teniendo en cuenta la realidad. Este tipo de pensamiento se basa en las emociones, más que en las evidencias. El problema de base es que deseamos tanto que algo sea cierto o que ocurra, que desestimamos las evidencias que indiquen lo contrario. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Nueva York demostró que el pensamiento desiderativo alimenta las fantasías sobre nuestro futuro, haciendo que nos fijemos más en los pros que en los contras, de manera que, a la larga, tomamos peores decisiones.

- Causa grandes frustraciones. Uno de los principales problemas que genera el pensamiento desiderativo es que terminamos viviendo en el mundo de fantasía que hemos construido en nuestra mente, sustentado en las conclusiones erróneas que hemos ido sacando. En práctica, es como si viviésemos en un castillo de cartas. Obviamente, cuando soplan los vientos de realidad, ese castillo se desmorona. Entonces llegan las frustraciones, decepciones y desengaños.

¿Por qué dejamos que el pensamiento desiderativo tome las riendas?


Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Illinois desveló que nuestro pensamiento funciona de manera bastante similar a la memoria. Es decir, a veces distorsionamos determinados recuerdos olvidando ciertos detalles y añadiendo otros porque nos resulta más conveniente, ya sea para evitar memorias dolorosas o para consolidar la imagen que tenemos de nosotros mismos, evitando la disonancia. 

Estos psicólogos les pidieron a un grupo de personas que leyeran una serie de predicciones, algunas eran muy convenientes para ellas y otras decididamente negativas. La tarea de cada participante era determinar la fiabilidad de la fuente. Curiosamente, las personas solían indicar que las predicciones más convenientes provenían de fuentes confiables, mientras que achacaban las predicciones negativas a fuentes poco fiables. En práctica, nuestro deseo de que las cosas funcionen bien, nos hace perder la perspectiva.

También podemos dejar que el pensamiento desiderativo tome las riendas para evitar tener que lidiar con una realidad complicada, que no estamos dispuestos a aceptar. Cuando las cosas no funcionan como nos gustaría, en vez de aceptar la realidad decidimos fijarnos solo en aquello que nos agrada y que confirma nuestra visión del mundo. Así logramos sentirnos mejor.

Por supuesto, este mecanismo normalmente se activa a nivel inconsciente.


¿Cómo usar el pensamiento desiderativo a nuestro favor?


El pensamiento desiderativo en sí no es negativo, solo es necesario aprender a usarlo a nuestro favor. De hecho, el deseo que se encuentra en su base tiene un enorme poder motivador que podemos aprovechar a través de la técnica WOOP (Wish, Outcome, Obstacle and Plan):

1. Deseo. Piensa en algo que desees mucho. Convierte ese deseo en un objetivo factible. Ten en cuenta que mientras que los deseos pueden ser vagos y generales, el objetivo debe ser concreto y medible.

2. Resultado. Imagina el mejor resultado posible, deja que esa sensación de logro te llene.

3. Obstáculo. Regresa a la realidad, céntrate en los obstáculos que te impiden alcanzar ese objetivo y elige el mayor.

4. Plan. Piensa en las posibles soluciones y selecciona una acción concreta y eficaz que te permita superar ese obstáculo.

Fuentes:
Kappes, H. B. & Oettingen, G. (2012) Wishful Information Preference. Positive Fantasies Mimic the Effects of Intentions. Pers Soc Psychol Bull; 38(7): 870-881.
Gordon, R. et. Al. (2005) Wishful thinking and source monitoring. Memory & Cognition; 33(3): 418-429.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/26/2016

Los niños necesitan ser felices, no ser los mejores


Vivimos en una sociedad altamente competitiva en la que parece que nada es suficiente y tenemos la sensación de que si no nos ponemos las pilas, nos quedaremos rápidamente atrás, siendo barridos por los nuevos adelantos. 

Por eso, no es extraño que en las últimas décadas muchos padres hayan asumido un modelo de educación sustentado en la hiperpaternidad. Se trata de padres que desean que sus hijos estén preparados para la vida, pero no en el sentido más amplio del término sino en el más restringido: quieren que sus hijos tengan los conocimientos y las habilidades necesarias para hacerse de una buena profesión, obtener un buen trabajo y ganar lo suficiente. 

Estos padres se han planteado una meta: quieren que sus hijos sean los mejores. Para lograrlo, no dudan en apuntarles en disímiles actividades extraescolares, allanarles el camino hasta límites inverosímiles y, por supuesto, empujarles al éxito a cualquier costo. Y lo peor de todo es que creen que lo hacen "por su bien".

El principal problema de este modelo educativo es que añade una presión innecesaria sobre los pequeños, una presión que termina arrebatándoles su infancia y crea a adultos emocionalmente rotos.

Los peligros de empujar a los niños al éxito


Bajo presión, la mayoría de los niños son obedientes y pueden llegar a alcanzar los resultados que sus padres les piden pero, a la larga, de esta forma solo se consigue limitar su pensamiento autónomo y las habilidades que le pueden conducir al éxito real. Si no le damos espacio y libertad para encontrar su propio camino porque le colmamos de expectativas, el niño no podrá tomar sus propias decisiones, experimentar y desarrollar su identidad. 

Por eso, pretender que los niños sean los mejores encierra graves peligros:

- Genera una presión innecesaria que les arrebata su infancia. La infancia es un periodo de aprendizaje, pero también de alegría y diversión. Los niños deben aprender de manera divertida, deben equivocarse, perder el tiempo, dejar volar su imaginación y pasar tiempo con otros niños. Esperar que los niños sean “los mejores” en determinado campo, poniendo sobre ellos expectativas demasiado elevadas, solo hará que sus frágiles rodillas se dobleguen ante el peso de una presión que no necesitan. Esta forma de educar termina arrebatándoles su infancia.

- Provoca una pérdida de la motivación intrínseca y el placer. Cuando los padres se centran más en los resultados que en el esfuerzo, el niño perderá la motivación intrínseca porque comprenderá que cuenta más el resultado que el camino que ha seguido. Por tanto, aumentan las probabilidades de que cometa fraude en el colegio, por ejemplo, ya que no es tan importante lo que aprenda como la nota que consiga. De la misma manera, al centrarse en los resultados, pierde el interés por el camino, y deja de disfrutarlo.

- Planta la semilla del miedo al fracaso. El miedo al fracaso es una de las sensaciones más limitantes que podemos experimentar. Y esta sensación está íntimamente vinculada con la concepción que tengamos sobre el éxito. Por tanto, empujar a los niños desde temprano al éxito a menudo solo sirve para plantar en ellos la semilla del miedo al fracaso. Como consecuencia, es probable que estos pequeños no se conviertan en adultos independientes y emprendedores, como quieren sus padres, sino que sean personas que apuesten por lo seguro y acepten la mediocridad solo porque tienen miedo a fracasar. 

- Genera una pérdida de autoestima. Muchas de las personas más exitosas, profesionalmente hablando, no son seguras de sí. De hecho, muchas supermodelos, por ejemplo, han confesado que creen que son feas o están gordas, cuando en realidad son iconos de belleza. Esto sucede porque el nivel de perfeccionismo al que siempre han estado sometidas les hace creer que nunca será suficiente y que basta el más mínimo error para que los demás las desprecien. Los niños que crecen con esta idea se convierten en adultos inseguros, con una baja autoestima, que creen que no son lo suficientemente buenos como para ser amados. Como resultado, viven pendientes de las opiniones de los demás.

¿Qué debe saber realmente un niño?


Los niños no necesitan ser los mejores, solo necesitan ser felices. Por eso, solo debes cerciorarte de que tu hijo sepa:

- Que es amado, de forma incondicional y en todo momento, sin importar los errores que cometa.

- Que está a salvo, que le protegerás y apoyarás siempre que puedas. 

- Que puede hacer el tonto, perder el tiempo fantaseando y jugar con sus amigos.

- Que puede elegir lo que más le gusta y dedicarse a esa pasión, sin importar de qué se trate. Que puede pasar su tiempo libre haciendo collares de flores o pintando gatos con seis patas si es lo que le apetece, en vez de practicar la fonética o el cálculo.

- Que es una persona especial y maravillosa, al igual que muchas otras personas en el mundo.

- Que merece respeto y que debe respetar los derechos de los demás. 

¿Y qué no deben olvidar los padres?


También es fundamental que los padres sepan:

- Que cada niño aprende a su propio ritmo, y que no deben confundir la estimulación que desarrolla con la presión que agobia.

- Que el factor que más influye en el rendimiento académico infantil es que los padres les lean a sus hijos, que les dediquen un rato cada noche para cultivar juntos esa pasión por la lectura, no las escuelas carísimas o los juguetes hípertecnologicos. 

- Que el niño que mejores calificaciones saca casi nunca es el pequeño más feliz porque la felicidad no se mide en esos términos. 

- Que los niños no necesitan más juguetes sino una vida más sencilla y despreocupada, así como más tiempo con los padres.

- Que los niños merecen la libertad para explorar todo y decidir por ellos mismos que les gusta y les hace felices.

Escrito por: Jennifer Delgado

4/25/2016

¿Qué le hacen las películas de terror a tu cerebro?


Cuando nos sentamos a ver una película, sabemos que lo que estamos viendo no es real. Aún así, a veces las escenas pueden ser tan realistas que nos mantienen en expectación durante toda la película y nos parece que somos nosotros quienes estamos viviendo las experiencias del protagonista.

Puede que la película no sea real, pero las emociones que experimentamos y las reacciones que se desencadenan sí lo son. Sin duda, se trata de un efecto muy poderoso que ahora está siendo estudiado en el marco de una ciencia en ciernes denominada Neurocinema, que se dedica a estudiar la influencia de las películas en nuestro cerebro.

De hecho, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que saltaste en el asiento mientras veías una película de terror? Ahora vamos a descubrir qué pasó exactamente en tu cerebro y cómo reaccionó tu cuerpo.

Las escenas de terror activan directamente el cerebro primitivo


Normalmente cuando nos sentamos a ver un filme, “desconectamos” las zonas motoras del cerebro ya que estas no nos sirven. Sin embargo, en ocasiones las escenas que vemos son tan impactantes que superan esa inhibición del sistema motor y nos hacen reaccionar. 

Saltamos en el asiento o gritamos porque la escena logra superar ese bloqueo cerebral nutriéndose de nuestros instintos primarios. Es decir, el contenido es tan fuerte desde el punto de vista emocional que nos hace reaccionar de inmediato, para protegernos a nosotros mismos o avisar a los demás que están en peligro. De hecho, al gritar les avisamos a quienes nos rodean o incluso a los personajes que existe un peligro del que deben escapar. Es una reacción atávica.

Y todo eso ocurre en cuestión de milisegundos, no tenemos tiempo para procesar lo que estamos viendo o modular nuestra respuesta. En práctica, reaccionamos de esta manera porque, durante esos milisegundos, nuestro cerebro no es consciente de que se trata simplemente de una película y que nosotros estamos a salvo.

Si lo pensamos bien, esta reacción no debe extrañarnos ya que nuestro cerebro está programado para asumir que todo lo que vemos es real. Por eso, es muy difícil indicarle a las partes más primitivas, que son precisamente las que se activan en estos casos, que lo que estamos viendo es una ficción. Como resultado, nuestro cuerpo no tarda en reaccionar.

De hecho, aunque se trata de casos aislados, se han documentado personas que han sufrido trastorno de estrés postraumático debido a una película, un problema que es más común en los niños, a los cuales ya les resulta complicado de por sí distinguir los límites entre la realidad y la fantasía.

En el caso de los adultos este trastorno podría estar causado por un exceso de identificación con los personajes. De hecho, lo más característico de una película de terror o suspense es que el espectador sabe tan poco como los personajes, por lo que les resulta mucho más fácil ponerse en su lugar. Al producirse esa identificación, en el cerebro se pueden crear huellas muy profundas, casi tanto como las que ocasionaría una vivencia real. En práctica, el cerebro de las personas muy sugestionables puede verse atrapado en la montaña rusa emocional que viven los protagonistas de la película.

Sin embargo, todo no termina ahí.

3 cambios que ocurren en tu cuerpo cuando ves una película de terror


La reacción a lo que estamos viendo en la pantalla no se queda a nivel de cerebro sino que se extiende por todo el cuerpo. Esto se debe a que el cerebro envía una señal de alarma que activa el sistema nervioso autónomo a través del aumento de la producción de cortisol y adrenalina, dos neurotransmisores que provocan ciertos cambios a nivel fisiológico.

1. Tu corazón se desboca. Un estudio llevado a cabo en un grupo de jóvenes desveló que ver una película de terror provoca un aumento de 14 pulsaciones por minuto en el ritmo cardíaco. También se apreció un aumento significativo de la presión arterial. Además, los investigadores constataron un aumento de los leucocitos que circulaban por la sangre, así como una mayor concentración de hematocritos, como si el cuerpo estuviera respondiendo ante un agente agresor.

2. Comienzas a sudar. La conductancia de la piel es uno de los indicadores más antiguos de la activación emocional. En otras palabras: cuando tenemos miedo, sudamos. Investigadores de la Universidad de Wollongong analizaron la respuesta de un grupo de personas ante películas violentas y de terror y apreciaron que quienes son más empáticos suelen sudar más durante estos filmes, y no muestran señales de habituación. 

3. Tus músculos se tensan. Una vez que el cerebro primitivo ha detectado un peligro y ha dado la señal de alarma, es difícil detenerlo, sobre todo si las escenas de terror se suceden unas detrás de otras y están acompañadas por esa banda sonora escalofriante. Investigadores de la Universidad de Ámsterdam han descubierto que en estas películas la música genera lo que se conoce como “reacción de alarma”, una respuesta simultánea de la mente y el cuerpo ante un estímulo repentino e inesperado que da lugar a una contracción de los músculos de brazos y piernas. Es por eso que durante una película de terror nos mantenemos constantemente a la expectativa, con los músculos tensos.

Entonces, ¿por qué vemos películas de terror?


En este punto, queda bastante claro que la mayoría de las personas no la pasamos muy bien viendo películas de terror. Aún así, mucho siguen sucumbiendo al “encanto” de estos oscuros personajes. ¿Por qué?

La Teoría de la Transferencia de la Excitación indica que los sentimientos negativos que crean estas películas intensifican los sentimientos positivos que experimentamos cuando el héroe triunfa al final. En práctica, nos gusta este tipo de filmes porque es como subirse a una montaña rusa emocional.

Otra teoría apunta al hecho de que las películas violentas o de terror nos ayudan a lidiar con nuestro propio miedo. En práctica, estos filmes tendrían un efecto catártico, nos ayudarían a procesar nuestros temores más ancestrales y ocultos.

O quizá podría tratarse simplemente de una curiosidad morbosa fomentada por nuestra necesidad innata de mantenernos a salvo de los peligros que pueden acecharnos en nuestro entorno. 


Fuentes:
Bos, M. et. Al. (2013) Psychophysiological Response Patterns to Affective Film Stimuli. PLoS One; 8(4). 
Mian, R. et. Al. (2003) Observing a Fictitious Stressful Event: Haematological Changes, Including Circulating Leukocyte Activation. Stress: The International Journal on the Biology of Stress; 6(1): 41-47.
Barry, R. J. & Bruggemann, J. M. (2002) Eysenck's P as a modulator of affective and electrodermal responses to violent and comic film. Personality and Individual Differences; 32(6): 1029–1048.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/22/2016

Renuncia a las personas a las que has dejado de importarle


Hay renuncias difíciles, sobre todo cuando se trata de dejar atrás a personas que nos han importado y a las que les hemos importado. Sin embargo, hay determinadas situaciones o momentos en la vida en los que debemos llenarnos de valor para dar ese paso. Si hemos dejado de importarle a una persona, si esa persona ya no mira en nuestra dirección, mantenernos atado a ella solo nos hará sufrir y nos impedirá seguir nuestro camino. Por eso, lo mejor que podemos hacer es renunciar a ella.

Renunciar a una persona por respeto a ti


La vida es como un tren, en el cual vamos conociendo a diferentes personas. Con algunos pasajeros solo intercambiaremos un breve saludo, con otros estableceremos una relación más profunda y puede que nos acompañen durante gran parte del camino. 

Sin embargo, no podemos obligar a esas personas a acompañarnos hasta nuestro destino final, algunos decidirán que es mejor bajarse en su propia estación y es probable que poco a poco dejemos de ser significativos para ellos. En ese caso, mantenernos aferrados a su recuerdo nos impedirá conocer a otras personas interesantes que pueden volver a traer alegría e ilusión a nuestra vida.

De hecho, en muchos casos renunciar a las personas a las que hemos dejado de importarles es una cuestión de respeto hacia nosotros mismos. Cuando la otra persona no se preocupa por nuestras necesidades y hemos dejado de ser una prioridad en su vida, no hay razón para que nos aferremos a esa relación porque de esta manera solo nos haremos daño.

Cuando damos continuamente sin recibir nada a cambio, corremos el riesgo de quedarnos estancados en una relación que no nos aporta más que sufrimiento y frustración. Si amamos sin ser amados o nos aferramos a personas que ya han rehecho su vida sin guardar un espacio para nosotros, nos quedaremos atados al pasado y, lo que es aún peor, nos negaremos la posibilidad de ser felices.

Por eso, en algunas ocasiones renunciar a una persona es un acto de amor propio, implica darnos una oportunidad para que nuestras heridas cicatricen y poder empezar de nuevo. Después de todo, recuerda que todo final también es un nuevo inicio.

Las señales que indican que has dejado de importarle a alguien


Hay ocasiones en las que, aunque hemos dejado de importarle a la persona que está a nuestro lado, esta no nos abandona, al menos físicamente, quizá porque no se atreve o porque está vinculada a nosotros por otros lazos más difíciles de romper. Tal es el caso de muchas relaciones de pareja en las que uno de los miembros ha dejado de amar al otro pero no se atreve a terminar la relación. En esos casos, nuestra implicación emocional, nuestro deseo de que todo funcione y de que nada cambie, nos impide ver la realidad, nos impide darnos cuenta de que hemos dejado de importarle al otro.

En esos casos, ambas personas terminan sufriendo. Uno porque se siente atado a alguien por quien ya no siente nada y el otro porque experimenta un gran vacío emocional ya que sus necesidades no son satisfechas en la relación. Por eso, es importante aprender a reconocer las señales del distanciamiento emocional que indican que hemos dejado de importarle a otra persona:

- Has dejado de ser una prioridad para esa persona, probablemente porque sus intereses y metas han cambiado y ya no coinciden con los tuyos.

- Esa persona no se preocupa por tus necesidades, sobre todo desde el punto de vista afectivo, por lo que comienzas a experimentar sentimientos de soledad y abandono, aunque estés a su lado.

- Eres la parte más entregada de la relación, mientras que el otro simplemente se limita a recibir lo que le das, mostrando muy poco compromiso.

- Esa persona no tiene en cuenta tus ideas y criterios, sino que toma decisiones unilaterales por ambos, casi siempre dirigidas a satisfacer sus propias necesidades.

- Esa persona comienza a humillarte, criticarte o alejarse sin ninguna razón aparente. Estar a su lado ha dejado de ser una fuente de felicidad para convertirse en un calvario.

¿Cómo renunciar a alguien que fue importante para nosotros?


Renunciar a alguien que fue importante para nosotros es difícil. Ante todo, debemos ser conscientes de lo que significa la palabra “renunciar”, que no es más que apartar de forma voluntaria lo que tenemos o podríamos tener. Significa desistir de un empeño, prescindiendo de esa persona. Por tanto, renunciar implica tomar conscientemente la decisión de apartarse de alguien, eliminándole de nuestros planes de futuro.

Cuando tomamos una decisión consciente de apartarnos de alguien que ya solo nos causa sufrimiento, retomamos de cierta forma el control sobre nuestras vidas y esa renuncia es menos dolorosa. Obviamente, eso no significa que será sencillo ya que normalmente estamos muy implicados emocionalmente y no podemos borrar a esa persona de un plumazo de nuestra mente.

De hecho, la meta no es olvidar, sino lograr vivir sin esa persona, reconstruyendo nuestro proyecto de vida sin ella. No se trata de hacer borrón y cuenta nueva sino de aprender la lección y seguir adelante, convirtiéndonos en personas más resilientes que se dan otra oportunidad para crear nuevos lazos emocionales con personas que aporten más a nuestra vida y nos permitan crecer a su lado.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/21/2016

Medio cerebro hace guardia cuando duermes en una cama ajena


La mayoría de las personas, cuando está de viaje, se lamenta porque no logra dormir bien. No importa si hemos elegido una confortable habitación de hotel o la tranquila casa de un familiar, dormir en una cama ajena nos resulta complicado, al menos hasta que nos acostumbremos. De hecho, aunque logremos dormir, al otro día nos despertamos con una pesada sensación de modorra y cansancio, la cual se debe a que no pudimos descansar lo suficiente. 

Ahora investigadores del Instituto de Tecnología de Georgia han descubierto cuál es la causa de este problema. Todo parece indicar que cuando dormimos en una cama extraña, fuera de casa, uno de nuestros hemisferios permanece alerta, sin desconectarse por completo, para vigilar y protegernos de los posibles peligros que pueden acecharnos en un entorno desconocido.

El Efecto de la Primera Noche


Los investigadores reclutaron a 35 personas jóvenes y monitorizaron su actividad cerebral mientras dormían en el laboratorio utilizando técnicas avanzadas de neuroimagen. Estos neurocientíficos hicieron que las personas escucharan un pitido en el oído derecho, que normalmente las despertaba. Sin embargo, las personas no notaban ese mismo pitido emitido cuando este se transmitía en el oído izquierdo. Esto nos indica que un hemisferio se mantiene alerta, mientras que el otro se desconecta.

Estos resultados apuntan que durante la fase de sueño profundo, el hemisferio izquierdo no estaba completamente desconectado. De hecho, no es la primera vez que se documenta este tipo de asimetrías cerebrales. Se conoce que algunos animales, como los delfines, son capaces de descansar desconectando alternativamente cada lado de su cerebro. De esta forma, mientras un hemisferio se desconecta, el otro toma las riendas y se encarga de vigilar.

Este experimento desveló otro dato curioso: este fenómeno solo se aprecia durante la primera noche. Una vez que las personas se acostumbran a la nueva cama y al entorno, logran dormir plácidamente y ambos hemisferios se desconectan. Es lo que se conoce como el Efecto de la Primera Noche.

¿Por qué el hemisferio izquierdo no se desconecta?


Los investigadores piensan que se trata de una estrategia evolutiva, pues hace siglos dormirse por completo podía suponer un grave peligro. Por tanto, se trataría de una herencia de nuestros antepasados, una especie de sexto sentido nocturno que se activa cuando estamos en una cama ajena, en un entorno que no nos resulta familiar.

Además, en el experimento se pudo constatar que ese “vigilante nocturno” realmente es eficaz ya que ante la presencia de señales auditivas inusuales, el hemisferio izquierdo daba la señal de alarma para que la persona despertara y se pusiera a salvo del supuesto peligro.

En este punto es probable que te preguntes: ¿por qué es el hemisferio izquierdo el encargado de vigilar nuestro sueño?

Los neurocientíficos creen que la explicación se encuentra en la red neuronal por defecto, la cual recluta una serie de regiones del cerebro para que este siga trabajando cuando no somos plenamente conscientes, como cuando dormimos, estamos anestesiados o dejamos que la mente divague libremente.

Esta red se encargaría de asegurarse de que estamos listos para reaccionar ante situaciones peligrosas. En práctica, se activa para protegernos cuando nos desconectamos de la realidad o bajamos la guardia conscientemente.

Y se conoce que las conexiones del hemisferio izquierdo con la red neuronal por defecto son más fuertes que las que establece el hemisferio derecho, razón por la cual es comprensible que esta parte del cerebro permanezca alerta, ya que sería más eficaz para despertarnos en caso de peligro. 

¿Cómo evitar el efecto de la primera noche?


Los investigadores apuntan que este efecto no se puede evitar completamente, pero existen algunos trucos para intentar engañar al cerebro y lograr que baje la guardia. Por ejemplo, puedes llevar tu almohada y dormir con ella o utilizar una fragancia que te recuerde el olor del hogar. Estos detalles te transmitirán la sensación de familiaridad, por lo que tu cerebro se sentirá más cómodo y seguro.

Si viajas con frecuencia, una solución es elegir siempre que sea posible habitaciones similares. De esta forma disminuyes la sensación de novedad que tanto alarma al cerebro y que te impide descansar.


Fuentes:
Tamaki, M. et. Al. (2016) Night Watch in One Brain Hemisphere during Sleep Associated with the First-Night Effect in Humans. Current Biology.
Liu, H. et. Al. (2009) Evidence from intrinsic activity that asymmetry of the human brain is controlled by multiple factors. Proc. Natl. Acad. Sci.; 106: 20499–20503.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/20/2016

5 errores nefastos que cometen los padres al elogiar a sus hijos


Todos los padres quieren que sus hijos crezcan sanos y felices. También quieren que tengan una buena autoestima y que sean resilientes. Sin embargo, en muchos casos las estrategias que utilizan son contraproducentes. De hecho, nuestra tendencia a elogiar a los niños puede ser muy dañina, a menos que sepamos cómo hacerlo.

Psicólogos de la Iowa State University y la Case Western Reserve University han encontrado que, al contrario de lo que creemos, cuando los elogios se convierten en una necesidad constante de afirmación, no alimentan una autoestima infantil sana sino que potencian la aparición de características narcisistas. Los elogios inadecuados terminan contribuyendo a la formación de niños demasiado preocupados por sí mismos, en vez de desarrollar pequeños capaces, seguros y empáticos.

Los tipos de elogios que los padres deben evitar


1. Elogiar de forma desmesurada y sin sustancia

Sin darse cuenta, muchos padres ofrecen elogios desmesurados para el logro que ha alcanzado el niño. Por ejemplo, hay quienes pueden pasarse todo el camino a casa alabando al pequeño por un buen tiro al cesto o por un gol en el partido. Los elogios desmesurados a menudo incluyen palabras como “excepcional”, “perfecto” y “mejor”. Sin embargo, lo cierto es que esos elogios excesivos no dan buenos frutos.

De hecho, se ha apreciado que los niños que tienen una baja autoestima se sienten incómodos con los elogios excesivos y prefieren una alabanza más concreta. En este sentido, un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Utrecht desveló que un 25% de los elogios que los padres destinan a sus hijos son desmesurados. Otra investigación realizada en la Universidad de Stanford descubrió que cuando los padres utilizan elogios que implican una comparación social, como por ejemplo: “eres el mejor de tu clase o de tu equipo”, los niños desarrollan una motivación más extrínseca y se centran en las recompensas, más que preocuparse porque el trabajo esté bien hecho. 

Antídoto: Un elogio dirigido al trabajo duro realizado, a la práctica, el tiempo de estudio y el esfuerzo. Se trata de elogiar las características que nos interesan desarrollar, como la perseverancia y la dedicación. Por tanto, la próxima vez, quizá un sencillo: “¡Buen trabajo!” acompañado de una sonrisa o un abrazo, podría bastar.

2. Elogiar las capacidades naturales

Es normal que los padres se emocionen si su pequeño marca más goles que nadie o si su hija muestra un talento musical excepcional para su edad. Como resultado, elogios del tipo: “eres un gran futbolista”, “eres una excelente artista” o “eres el mejor” se convierten en pan cotidiano.

Sin embargo, una vez más, estos elogios se dirigen a resaltar las características erróneas. De hecho, no podemos olvidar que en muchos deportes y expresiones artísticas los niños son elegidos por sus capacidades naturales, como puede ser la coordinación motriz, la rapidez, el buen oído o la voz. No obstante, estas capacidades no son suficientes para labrarse una carrera, lo que realmente marca la diferencia es la persistencia y la dedicación. No es la primera vez que niños con grandes dotes en el mundo de la actuación o el fútbol, por ejemplo, no llegan lejos debido a sus decisiones erróneas, mientras que otras personas, menos dotadas, hacen carrera debido a su perseverancia.

Lo peor de todo es que este tipo de elogios terminan afectando a los niños ya que, si tienen esa capacidad de forma natural, piensan que no es necesario esforzarse demasiado. De hecho, un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Columbia desveló que los niños que recibían este tipo de alabanzas eran menos propensos a elegir retos difíciles ya que tenían miedo a fallar, lo cual les puede conducir a estancarse.

Antídoto: Dirigir el elogio en la acción, más que en la capacidad. Una vez más, céntrate en su afán de superación y en el trabajo duro porque esas son las cosas que el niño realmente puede controlar y en las que necesita ser motivado.

3. Convertir los elogios en etiquetas

No existe nada más limitante que las etiquetas, incluso si son “positivas”. Las etiquetas, por principio, reducen nuestra personalidad a unas pocas características. De hecho, muchos padres, cada vez que elogian a sus hijos, utilizan las mismas palabras, con las cuales crean una etiqueta. De esta forma, los niños crecen pensando que son solo “un atleta” o “un artista”. Sin embargo, si queremos que nuestros hijos se desarrollen plenamente, no es conveniente restringir su “yo” a estas capacidades.

Sin darse cuenta, con este tipo de elogios los padres están dirigiendo la atención de sus hijos a esas capacidades, haciéndoles notar que son solo eso y que probablemente tendrán éxito en la vida solo por ello. De esta forma, limitan considerablemente su universo de intereses y posibilidades. 

Antídoto: Evitar el uso de etiquetas en los elogios e intentar ampliar el universo de los pequeños, haciéndoles ver todas sus potencialidades. Se trata de que sea el niño quien elija lo que realmente le gusta e interesa.

4. Transformar los elogios en vergüenza

En muchos casos, los padres comienzan elogiando una actitud o tarea que el niño ha realizado, para terminar añadiendo una reprimenda al final de su discurso. Por ejemplo: “Es agradable caminar por tu habitación sin ver esos juguetes por doquier. Me alegra que hayas puesto un poco de orden. Si no fueras tan desorganizado, tu habitación siempre luciría así”. De esta forma, lo que comenzó siendo un elogio a la organización, termina generando la sensación de vergüenza en el niño. La adición de un “te lo dije” le roba al elogio todos los sentimientos positivos que se pretendían despertar.

Cuando añadimos al final del elogio una frase de este tipo, el pequeño se queda con un mal sabor en la boca y la alabanza no consigue reforzar el comportamiento positivo, todo lo contrario, transmite la idea de que, haga lo que haga, los padres no se sentirán satisfechos. Por tanto, termina generando una sensación de desesperanza y derrotismo, y no es extraño que el niño asuma una actitud defensiva y desafiante.

Antídoto: Centrarse en el esfuerzo realizado, en la solución al problema, más que en las dificultades que este pudo causar. Por supuesto, no se trata de obviar las consecuencias de los problemas, sino de asegurarse de que el elogio cumple su cometido: hacer que el niño se sienta bien y reforzar un comportamiento positivo. 

5. Añadir presión al elogio

Los elogios deben tener el objetivo de motivar a los niños, no deben añadir más presión. Sin embargo, a menudo los padres cometen el error de convertir los elogios en una fuente de ansiedad. Por ejemplo, algunos padres dicen: “Lo has hecho muy bien, la próxima vez deberás hacerlo mejor” o “Has estado genial, la próxima vez no espero menos de ti”.

El problema es que de esta forma siembran en el niño la semilla del miedo al fracaso. El pequeño se ve obligado a cargar sobre sus hombros las expectativas de los padres, y estas a veces son tan grandes que simplemente terminan doblando las frágiles rodillas infantiles. Debemos tener en cuenta que motivar no es presionar y que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores.

Antídoto: Elogiar el resultado actual, sin hacer referencia al futuro, para no añadir una presión adicional. Es importante que el niño comprenda que le quieres independientemente de sus logros o errores. De esta forma no le convertirás en una persona dependiente de la valoración de los demás.

BONUS: Debemos tener en mente que cuando elogiamos demasiado a los niños, y lo hacemos mal, estos terminarán creyendo que la recompensa es más importante que la experiencia en sí. Por tanto, terminarán desarrollando una motivación extrínseca, no se esforzarán porque la tarea quede bien sino por recibir el elogio o la recompensa al final. Por otra parte, elogiarles continuamente puede generar confusión, haciéndoles creer que si no reciben una alabanza de los demás, es porque lo han hecho mal.

Fuentes:
Brummelman, E. et. Al. (2014) “That’s Not Just Beautiful - That’s Incredibly Beautiful!” The Adverse Impact of Inflated Praise on Children With Low Self-Esteem. Psychological Science; 25(3): 728-735.
Henderlong, J. & Lepper, M. R. (2002) The Effects of Praise on Children’s Intrinsic Motivation: A Review and Synthesis. Psychological Bulletin; 128(5): 774–795.
Dweck, C. S. (1999) Caution - Praise can be dangerous. American Educator; 23: 4–9.
Bushman, B. J. & Baumeister, R. F. (1998) Threatened Egotism, Narcissism, Self-Esteem, and Direct and Displaced Aggression: Does Self-Love or Self-Hate Lead to Violence? Journal of Personality and Social Psychology; 75(1): 219-229.
Mueller, C. M. & Dweck, C. S. (1998) Praise for intelligence can undermine children's motivation and performance. Journal of Personality and Social Psychology; 75(1): 33-52.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/18/2016

Los problemas de esperar que los demás actúen como lo harías tú


Una de las peores trampas en las que podemos caer es esperar que las personas actúen como lo haríamos nosotros. De hecho, ese es precisamente el origen de muchos de nuestros problemas, y a menudo también de nuestras mayores decepciones. Esperamos que las personas muestren nuestro mismo grado de sinceridad, compromiso o madurez, y nos sentimos mal cuando constatamos que no es así. 

La trampa mortal de las expectativas


Todos tenemos expectativas, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones interpersonales. Los padres y las madres esperan que sus hijos sean solícitos y respetuosos, las parejas esperan que su compañero sentimental les ame y les sea fiel y los amigos esperan que les apoyemos en cualquier situación. A lo largo de los años hemos ido formando un entramado de expectativas que hemos depositado sobre los demás. Y por supuesto, también cargamos con las expectativas que los otros han puesto sobre nuestros hombros.

De hecho, a veces estamos tan metidos dentro de la tela de araña de expectativas que hemos construido que creemos que lo que pensamos, sentimos o hacemos es la norma. Creemos que todos deben actuar, a grandes rasgos, como lo hacemos nosotros, y si no lo hacen les juzgamos duramente, nos enfadamos o nos sentimos profundamente decepcionados.

El principal problema de poner el listón tan alto o pensar que todos deberían actuar como lo haríamos nosotros es que terminamos frustrados cuando nos damos cuenta que la realidad no se corresponde con nuestras expectativas. Por tanto, alimentar desmedidamente las expectativas es el camino más directo y rápido hacia la infelicidad

Las expectativas son como una apuesta que estamos seguros que vamos a ganar


Las expectativas no son más que una suposición de cara al futuro, es como si estuviéramos apostando a que algo sucederá. Sin embargo, al igual que en las apuestas, existe la posibilidad de que lo que tanto ansiamos no ocurra. El problema es que al amasar nuestras expectativas no calculamos esa posibilidad, por lo que nos sentimos defraudados cuando descubrimos que hemos hecho una apuesta perdedora. Sin embargo, no podemos culpar a los demás por decepcionarnos, en todo caso, debemos "culparnos" por esperar demasiado de ellos.

Obviamente, no podemos deshacernos por completo de nuestras expectativas. Ese tampoco es el objetivo. De hecho, existen ciertas expectativas que son “comprensibles”, como esperar que nuestros hijos nos respeten o nuestra pareja esté comprometida con la relación. Estas expectativas son, de cierta forma, pilares sobre los que se sustentan las relaciones sanas y positivas.

No obstante, hay ocasiones en las que las expectativas son irreales, demasiado altas o prácticamente sin ninguna base. En ese caso, hay que aprender a minimizarlas ya que cuanto menos esperemos, más podremos encontrar y recibir. Esta idea sienta sus bases en la filosofía budista, la cual hace referencia a la “mente expectante” para indicar el sufrimiento que se autoinfligen las personas cuando llenan su mente de ideas preconcebidas y expectativas irreales. 

A primera vista esta idea puede parecer pesimista, algunos pueden pensar que se trata de no esperar nada de la vida ni de las personas que nos rodean, pero en realidad implica asumir una actitud diametralmente opuesta. Cuando reducimos nuestras expectativas pero nos mantenemos abiertos al mundo, sin anticiparnos a lo que sucederá de manera expectante y hasta angustiosa, aprendemos a disfrutar más del aquí y ahora.

Minimizar nuestras expectativas es, en el fondo, darle una oportunidad al mundo y a las personas para sorprendernos. Implica asumir una actitud menos demandante y más abierta. A la larga, también nos permitirá ser más felices ya que nos evitará continuas decepciones y frustraciones.

¿Cómo dejar de esperar demasiado de los demás?


En vez de esperar demasiado de los demás, sería más inteligente esperar más de nosotros mismos. Las personas son muy complejas y a veces actúan de forma impredecible, por lo que pueden fallarnos, de la misma manera en que nosotros podemos fallarles a ellas por mil motivos diferentes. Por eso, es conveniente asumir una actitud más abierta y menos expectante, ganaremos en tranquilidad y felicidad.

1. Asume que nadie es perfecto, tampoco tú lo eres. No tienes por qué asumir el rol de juez, nadie es perfecto ni tiene la verdad en la mano. Asume que todos somos personas, intentando hacer las cosas como mejor podemos, y que los errores forman parte del aprendizaje, aunque a veces sean dolorosos. No juzgues a los demás usando tu propia vara, sobre todo si no has caminado con sus zapatos.

2. Respeta la individualidad. Disminuir las expectativas sobre los demás también implica respetar su identidad, dejarles cierta libertad para que actúen según sus valores y deseos. Las personas no tienen por qué comportarse como tú, ni seguir tus normas. Lo que es válido para ti, no tiene que ser válido para los demás. De hecho, cuando dejamos de esperar que las personas sean perfectas, comienzan a gustarnos por lo que realmente son.

3. Acepta que no siempre debes recibir algo a cambio. En muchas ocasiones vamos por la vida como si fuéramos acreedores, pensamos que porque hayamos hecho algunos favores, los demás están en deuda con nosotros. Sin embargo, si vamos a hacer el bien, es mejor que lo hagamos porque ello nos complace, no esperando recibir algo a cambio. De hecho, la verdadera felicidad no consiste en recibir, sino en dar.

4. Asume que tu felicidad depende de ti. En ocasiones, poner las expectativas en los demás significa responsabilizarles por nuestra felicidad. Condicionamos nuestra felicidad a sus comportamientos, de manera que nos volvemos dependientes de sus reacciones. Sin embargo, solo nosotros somos responsables de nuestra felicidad, por tanto, asegúrate de que tus expectativas no sean una excusa para ser infeliz.

5. Céntrate en la lección. Si en algún momento te has sentido mal porque tus expectativas no se han cumplido, aprovecha esa señal de alarma para hacer un examen de conciencia. ¿Se trataba de expectativas irreales? ¿Qué puedes aprender de esa situación? Aprovecha ese “revés” para desarrollar la resiliencia y adoptar una actitud menos expectante.

En todo caso, haz tuya esta frase de Denis Waitley: “Espera lo mejor, planea para lo peor y prepárate para sorprenderte”.

Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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Todo cambio empieza con el primer paso