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7/20/2017

La parábola zen que nos hace cuestionarnos nuestra forma de afrontar la vida


"Dos monjes zen, Tanzan y Ekido, regresaban al monasterio después de un largo viaje. El día antes había llovido, por lo que el camino estaba lleno de lodo. Cuando pasaron cerca de un pequeño pueblo, encontraron a una joven que vestía un espléndido kimono dorado. 

Para proseguir su camino, la joven debía atravesar un enorme charco de agua. Ante aquel obstáculo se quedó paralizada pensando que, si mojaba su kimono lo arruinaría y su madre la reprendería duramente.

Sin dudar un segundo, Tanzan se acercó a la joven y le brindó su ayuda: la cargó sobre su espalda hasta el otro lado del charco. Luego ambos monjes prosiguieron su camino.

Cuando llegaron al monasterio, Ekido, quien se había mostrado incómodo durante el resto del viaje, le reprochó en tono áspero a su compañero:

- ¿Por qué has tomado a esa joven en brazos? ¡Sabes que nuestros votos nos lo prohíben!

Tanzan no se turbó, miró a su compañero de viaje y le respondió con una sonrisa:

- Yo cargué aquella joven hace algunas horas, pero tú aún la llevas sobre tu espalda".

Esta parábola zen nos invita a reflexionar sobre las ataduras y limitaciones que nosotros mismos construimos con nuestras creencias y estereotipos. Y cómo las utilizamos para criticar a los demás.

También nos hace preguntarnos cuántas veces reaccionamos ante la película que vemos en nuestra mente, en vez de limitarnos a analizar objetivamente los datos de la realidad. Se trata de un comportamiento particularmente peligroso que puede hacer que nos ahoguemos en la tormenta que hemos creado dentro del vaso de agua.


3 grandes enseñanzas que pueden cambiar tu modo de afrontar la vida


1. Los problemas se afrontan cuando aparecen y luego se dejan ir

Se cuenta que un discípulo le preguntó a un gran maestro zen cuál era su secreto para alcanzar aquella paz interior. El maestro zen le respondió simplemente: “cuando como, como; cuando duermo, duermo”. 

Nuestro problema es que evitamos las dificultades cuando estas aparecen, generalmente porque nos asustan demasiado, y cuando por fin desaparecen, seguimos rumiándolas. De esta manera un pequeño problema adquiere proporciones catastróficas y mantenemos nuestra mente permanentemente ocupada con pensamientos negativos que solo nos dañan.

Aprender a estar plenamente presentes y adoptar una actitud más pragmática nos evitará grandes sufrimientos, frustraciones y malestar. Eso significa que deberíamos intentar solucionar los problemas cuando aparecen y dejarlos en el pasado cuando finalmente ya no forman parte de nuestra vida. Debemos recordar que todo lo que alimentamos en nuestra mente, para nosotros es real. Sin embargo, las preocupaciones no eliminan el dolor de mañana, tan solo nos arrebatan la fuerza de hoy.

2. Cada quien da lo que tiene dentro de sí

La mayoría de las personas con las que nos relacionamos, incluyendo nosotros mismos, no reaccionan ante los hechos sino ante sus propias expectativas y estereotipos. Al igual que el monje Ekido, esas personas sacan conclusiones basándose en una perspectiva sesgada y luego se basan en ellas para criticar a los demás.

Cuando una persona toma datos aislados de la realidad y los inserta en la película que ya está rodando en su mente, corre el riesgo de actuar de manera irracional. En esos casos puede acusarnos de cosas que realmente no hemos hecho, porque asume que nuestras intenciones son las suyas.

Si esa persona suele actuar con maldad, asumirá que nosotros también actuamos con maldad porque pone en marcha un mecanismo de defensa llamado proyección a través del cual proyecta las características propias que no quiere reconocer sobre los demás. Por eso se dice que cada quien da lo que tiene dentro de sí.

Dialogar con ese tipo de personas es muy difícil porque prácticamente cualquier cosa que digamos será usada en nuestra contra. Lo mejor es actuar como el monje Tanzan y, sin atacar, dejarle ver que sus opiniones son una proyección de su manera de ver el mundo, que no corresponde con la realidad. Ese pequeño cambio de actitud te ahorrará muchísimos dolores de cabeza en tus relaciones interpersonales.

3. Tus creencias no te hacen mejor persona, tus acciones sí

El monje Tanzan nos ofrece una enseñanza sublime que el mundo pasa por alto: no son nuestras creencias lo que nos convierte en buenas o malas personas, son nuestras acciones. Esto significa que no somos mejores porque el simple hecho de ser católico, budista, adventista, taoísta o científico, son nuestras acciones las que cuentan y las que dejan una huella en el mundo.

La superioridad intelectual o moral no cambia el mundo, al contrario, crea un mundo peor donde algunos se creen con derecho a juzgar y criticar todo lo que no cumple con sus parámetros. Lo que cambia el mundo es la gratitud, la empatía, la ayuda. 

Esta idea también nos transmite otro potente mensaje extremadamente liberador: no permitas que ninguna creencia limite tu “yo”, tus ganas de descubrir, de relacionarte con otras personas o de hacer cosas que te hacen sentir vivo.

Un sistema de creencias rígido, que pone a su merced a las personas, sea el que sea, nunca es positivo. Las creencias deben existir para llenarnos la vida y convertirnos en mejores personas, no para limitar nuestra libertad y crear barreras con los demás.
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7/19/2017

No busques la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste


“Una tarde la gente vio a una anciana buscando algo frente a su choza. Algunas personas se acercaron para intentar ayudarla.

– ¿Qué has perdido? 

– Mi aguja – les respondió.

Todos se pusieron a buscarla pero pasado un rato, alguien le preguntó:

– La calle es muy larga y la aguja muy pequeña, ¿puedes indicarnos el sitio donde cayó?

– Dentro de mi casa – respondió la anciana.

Las personas la miraron asombrados. Algunos incluso se molestaron.

– ¿Acaso te has vuelto loca? ¿Por qué buscas la aguja en la calle si está dentro de tu casa?

La anciana les respondió:

– Porque dentro de la casa no hay luz.

– Entonces lo más sensato es encontrar una lámpara y buscar adentro.

La anciana rió y les dijo:

– Sois muy inteligentes para las cosas pequeñas, ¿cuándo vais a usar esa inteligencia para vuestra vida?”

Muchas veces nos comportamos de manera ilógica sin darnos cuenta, como indica la anciana de esta fábula. Y repetir ese comportamiento una y otra vez nos lleva a un callejón sin salida donde solo nos aguarda la frustración.

Uno de esos comportamientos ilógicos, y probablemente uno de los más extendidos, consiste en buscar la felicidad en el mismo sitio donde la perdimos, como si se tratara de una aguja o un objeto físico. 

¿Por qué buscamos la felicidad donde no la vamos a encontrar?


- Miedo a salir de la zona de confort. La zona de confort es ese espacio en el que nos sentimos relativamente cómodos. No siempre significa que sea un espacio seguro, sino tan solo conocido. Por tanto, la zona de confort nos brinda una falsa sensación de seguridad, porque en realidad solo nos sirve para evitar la incertidumbre puesto que ya sabemos lo que puede pasar en el futuro cercano, aunque sea malo. De hecho, muchas personas se acostumbran a vivir en zonas de confort tóxicas que dañan su salud física y emocional. Aún así, el miedo a la incertidumbre les hace mantenerse dentro de esa zona y, por ende, perpetúan los comportamientos y actitudes negativos.

- Apego a los hábitos. Los hábitos nos brindan seguridad, le dan un orden a nuestro mundo. Por eso nos apegamos a ellos, aunque sean negativos. De hecho, abandonar un mal hábito es tan complicado, como en el caso de fumar, no por la dependencia física que puede generar la nicotina sino por los hábitos que hemos construido en torno al cigarrillo. En las relaciones interpersonales sucede lo mismo, nos apegamos a ellas y las costumbres que las rodean aunque sean negativas. En esos casos, realmente no se trata de amor hacia la persona sino de una dependencia emocional a las rutinas construidas con ella.

- Falta de autocococimiento. Las circunstancias de la vida nos van cambiando, por lo que si no “actualizas" tu "yo” constantemente, de repente un día puedes descubrir que la persona que habita en tu interior es un perfecto desconocido. Para esa nueva persona, tus viejos hábitos, ilusiones y vínculos no son adecuados o han dejado de ser suficientes, pero si no realizas un ejercicio de introspección no lo sabrás, y te quedarás atrapado en un bucle negativo de insatisfacción. 


¿Por qué es casi imposible que halles la felicidad donde la perdiste?


La respuesta es muy sencilla: porque la felicidad ya no está ahí. Y dado que la felicidad es fundamentalmente un estado interior, significa que ya no eres la misma persona y no volverás a sentirte igual de pleno y satisfecho con lo que en el pasado te hacía feliz.

La primera señal suele llegar cuando te das cuenta de que las cosas que antes te motivaban, ya no lo hacen. Hay quienes deciden probar nuevos horizontes en la búsqueda de esas sensaciones que les hacían sentirse vivos y hay quienes se convierten en una especie de hámster que corre sobre la rueda, con la esperanza de que eso le reporte alguna satisfacción en algún momento.

Sin embargo, cuando una relación de pareja se ha deteriorado hasta el punto que ya no queda ilusión, cuando un puesto de trabajo te llena de hastío o cuando un lugar ha dejado de ser fuente de inspiración y descubrimiento; es hora de hacer las maletas y cambiar.

Esto puede estar causado por dos factores: las circunstancias han cambiado tanto que ya no te hacen feliz o tu has cambiado tanto que, aunque las circunstancias son las mismas, no te hacen feliz.

En el primer caso puedes preguntarte si puedes hacer algo para que esas circunstancias vuelvan a ser ideales. Pero debes tener cuidado de no autoengañarte porque cuando las cosas degeneran dejan marcas en nuestro interior y nos cambian, por lo que aunque las circunstancias vuelvan a ser ideales, es probable que para ti ya no lo sean.

Un ejemplo clásico es la infidelidad de la pareja. Para perdonarla y volver a ser felices no basta con que esa persona vuelva a ser fiel, es importante que te asegures que ese desliz no ha dejado una huella demasiado dolorosa que empañe la felicidad.

Por eso, es casi imposible encontrar la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste y tendrás que prepararte para explorar nuevos horizontes, tanto dentro de ti como fuera. Después de todo, la felicidad también es búsqueda, asombro, curiosidad y descubrimiento.
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7/18/2017

Hay gente que mira con lupa a los demás, cuando debería usar un espejo


Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”, escribió hace muchos años el poeta José Martí.

Esta reflexión tiene un profundo trasfondo taoísta y se refiere a que en cada persona, en cada proyecto y en cada acción pueden coexistir dos partes, una más positiva y otra más negativa. Somos nosotros quienes elegimos en qué parte fijarnos.

Desgraciadamente, hay personas que solo han aprendido a ver las manchas del sol, obviando su luz y calor. Se trata de personas que se centran en los pequeños errores ajenos y pasan por alto las virtudes. 

Estas personas tienen la costumbre de mirar a los demás con lupa, para detectar todos sus fallos, y no se dan cuenta de que antes necesitarían mirarse al espejo. El problema es que relacionarse con ellas puede terminar causando profundos daños a nuestra autoestima ya que esas personas no solo nos hacen sentir mal por nuestras debilidades y equivocaciones, sino que además harán que creamos que no valemos nada.

¿Cómo detectar a las personas criticonas?


Estas personas siempre ponen el dedo en la llaga, asumen una actitud negativa con la cual se encargan de minar tu moral. Podrás descubrirlas porque:

- Por mucho que hagas por ellas y les ayudes, siempre se acordarán de aquella vez que no estabas disponible.

- Aunque tengas razón, se empecinarán en resaltar pequeños detalles de tu discurso para generar una discusión.

- Aunque logres cosas increíbles, seguirán recordándote tus fracasos.

- Siempre encuentran mínimos errores en todo lo que haces, aunque las cosas salgan bien.

- Son capaces de ver la paja en el ojo ajeno, pero no se fijan en los errores que ellas mismas cometen.

- Opinan desde una visión reduccionista, sesgada y simplista que no tiene en cuenta el cuadro global.

- Ven la vida en blanco y negro asumiendo un pensamiento de “todo o nada”, para estas personas o haces las cosas bien o te equivocas, no hay puntos intermedios. 

- Son muy poco autocríticos, no les gusta sentirse juzgados en ninguna tarea y siempre que puedan, evadirán su responsabilidad.

- Aplican una vara de medir muy férrea para los demás pero no utilizan esos valores y criterios consigo mismas.


Juzgar a los demás es un hábito común de las personas frustradas


Sin darnos cuenta, todos tendemos a replicar las formas de relacionarnos que aprendimos en el seno del hogar. Por eso, es probable que estas personas hayan crecido en un hogar donde los adultos solo se fijaban en sus errores. Si de pequeños solo recibieron atención por sus fallos, es comprensible que hayan desarrollado esta forma de relacionarse con los demás. En práctica, se trata de personas que no han aprendido a relacionarse de una manera positiva y asertiva.

No obstante, lo más común es que esas críticas provengan de una profunda frustración. Generalmente se trata de personas que no se sienten satisfechas con su vida, por lo que en vez de mirarse al espejo, algo que sería extremadamente doloroso porque tendrían que reconocer su fracaso o insatisfacción, prefieren fijarse en los errores de los demás.

Estas personas no se sientan satisfechas con las decisiones que han tomado, quizá porque han sido impuestas por otros, y viven un profundo conflicto interior. Por eso, criticar a los demás les permite poner el foco de atención fuera de sí. De hecho, ya lo había dicho Antoine de Saint Exupéry: “Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás”.

En otros casos esa tendencia a criticarlo todo es un mecanismo de defensa. En práctica, la persona necesita justificar su insatisfactoria trayectoria de vida desacreditando a los demás. Piensan “después de todo no estoy tan mal, mira a fulanito” o “después de todo no soy tan malo, mira lo que hace menganito”.

Por supuesto, esto significa que cualquiera de nosotros puede convertirse en cualquier momento en una persona criticona. Por eso, antes de dirigir la lupa hacia los demás, debemos asegurarnos de que nos hemos mirado bien al espejo.

¿Cómo lidiar con personas criticonas?


Si les entregas el poder, las personas criticonas pueden llegar a hacerte mucho daño. No solo pueden afectar tu reputación ante los demás sino que incluso, a fuerza de críticas destructivas, pueden dañar tu autoimagen haciéndote creer que no tienes ningún valor. 

No te involucres en una discusión con estas personas porque normalmente reaccionan muy mal y no aceptarán tus razones. Si se sienten atacadas, responderán negativamente porque tus palabras están haciendo mella en el frágil escudo protector que han construido en torno a su ego.

Una buena estrategia para lidiar con las personas criticonas proviene de la Psicología Transpersonal, que ha aplicado uno de los principios del aikido, un arte marcial de origen japonés que tiene un objetivo meramente defensivo y que se basa en usar la fuerza del ataque del adversario, no para causarle daño sino tan solo para alejarlo o dejarlo fuera de combate.

¿Qué sucede cuando aplicamos este principio a los conflictos en las relaciones interpersonales? Que en vez de entrar en un torbellino de reactividad emocional, nos centramos en que esa crítica no nos afecte. De esta manera no asumimos el papel que la otra persona quiere otorgarnos, con lo cual no podrá dañarnos.

Por ejemplo, ante una crítica destructiva, puedes preguntarle a esa persona "¿Cómo crees que tu crítica puede ayudarme a mejorar?" o "¿Qué habrías hecho en mi lugar para obtener mejores resultados?" De esta forma no atacas a la persona pero le devuelves el golpe, motivándola a reflexionar sobre sus palabras. De hecho, con esta estrategia incluso es posible que logréis un acercamiento constructivo, convirtiendo una situación cargada de negatividad en algo positivo.

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¿Qué le hacen las cosquillas a tu cerebro?


Asociamos las cosquillas a la diversión, la risa y la intimidad. Los neurocientíficos saben que la causa de esas sensaciones positivas se encuentra en la dopamina, cuando alguien nos hace cosquillas se libera este neurotransmisor, que es clave en el sistema de recompensa en el cerebro y tiene un rol esencial en la risa.

Incluso se han llegado a identificar lo que podríamos llamar las “neuronas de las cosquillas”, que se hallan en la corteza somatosensorial del cerebro y que no solo están involucradas en el tacto sino que también desempeñan un papel importante en nuestro estado de ánimo.

Los tipos de cosquillas

En 1987 los psicólogos Arthur Allin y Stanley Hall describieron dos tipos de cosquillas:

- Knismesis. Se trata de unas cosquillas que se manifiestan más como una sensación de picor y hormigueo intenso que incluso puede ser desagradable. Son las cosquillas que podemos sentir con el tacto de una pluma y que no provocan risa.

Al parecer, estas cosquillas son un rezago evolutivo que nos permite reaccionar inmediatamente ante un peligro potencial, como una araña o cualquier otro insecto caminando por nuestro cuerpo, y rascarnos para eliminar ese peligro. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Tuebingen reveló que las cosquillas también activan el hipotálamo, una zona primitiva del cerebro que desencadena el deseo primitivo de huir del peligro.

- Gargalesis. Se trata de las cosquillas que se producen por una presión más profunda y repetida en las zonas sensibles del cuerpo. Estas cosquillas generan sensaciones agradables y provocan la risa. Se piensa que sirven para fomentar los vínculos sociales, por lo que tendrían la función de hacernos sentir más seguros y conectados con las personas, en un mundo exterior hostil.

De hecho, ¿sabías que la sensibilidad excesiva a las cosquillas se denomina hipergargalestesia y se considera un trastorno nervioso leve?

¿Por qué tenemos cosquillas?


Es evidente que las cosquillas, específicamente la gargalesis, tiene un gran componente emocional y social, por lo que se hipotetiza que están relacionadas con el juego. De hecho, muchas de las neuronas que se activan con las cosquillas son las mismas que participan en las actividades de juego. Desde esta perspectiva, las cosquillas serían un truco del cerebro para lograr que el juego y la interacción con los demás sean más gratificantes.

Las cosquillas a una edad temprana favorecen el vínculo de los padres con el bebé, ayudando a crear una asociación temprana de placer. Más adelante, los hermanos suelen recurrir a las cosquillas no solo para crear lazos afectivos sino también como alternativa a la violencia, para molestar al otro. En este caso, las cosquillas les ayudarían a desarrollar sus habilidades defensivas enseñándoles a proteger las partes más vulnerables del cuerpo. De hecho, si prestamos atención nos daremos cuenta de que las posturas que asumimos cuando nos hacen cosquillas son defensivas.

Sin embargo, las cosquillas no solo tienen un componente social sino que también pueden ayudarnos a lidiar mejor con los problemas de la vida y pasar página más rápido. Un estudio realizado en la Fundación para el Avance de la Ciencia Internacional en Tsukuba descubrió que las cosquillas nos permitirían pasar por situaciones difíciles experimentando menos miedo y, lo que es aún más importante, recuperarnos de esa experiencia negativa más rápido. 

Estos neurocientíficos comprobaron que las cosquillas actúan como una especie de escudo protector, por lo que cuando nos enfrentamos a situaciones que generan miedo, el nivel de adrenalina en sangre es menor y podemos mantener la calma.

¿Por qué no podemos hacernos cosquillas nosotros mismos?


Las cosquillas desencadenan una respuesta extrema en zonas del cuerpo que no están vinculadas directamente con la sensibilidad de la piel. Las zonas más sensibles son las palmas de las manos, pero tenemos más cosquillas en las axilas, las plantas de los pies y otras zonas del cuerpo donde la piel es menos sensible.

Es probable que esto se deba a que en las cosquillas también influye el factor sorpresa, y esa es una de las razones por la que no podemos hacernos cosquillas nosotros mismos ya que sabemos exactamente qué zona vamos a tocar. 

Investigadores del University College London apreciaron que cuando uno intenta hacerse cosquillas, el cerebelo inhibe el córtex cingulado anterior, es como si le dijera que no hay necesidad de reaccionar riendo ya que se trata de una estimulación autogenerada. 

También se ha apreciado que las cosquillas se inhiben en momentos de gran estrés y ansiedad. Esto valida las observaciones de Charles Darwin: “la mente debe estar en un estado placentero” para que las cosquillas hagan reír”.

Las cosquillas como método de tortura


A nivel de sistema nervioso las cosquillas estimulan las fibras nerviosas relacionadas con tanto con el tacto como con el dolor. Por eso, para que las cosquillas funcionen como pegamento social ambas personas deben sentirse cómodas con la situación, de lo contrario las cosquillas serán mal recibidas. De hecho, en muchas culturas se usaron como método de tortura.

Se dice que en la dinastía Han, en China, las cosquillas eran un castigo reservado para la nobleza puesto que no dejaban marcas en la víctima y esta podía recuperarse con rapidez. En Japón también se tenía esta costumbre, se le llamaba kusuguri-zeme, que significa “cosquillas sin piedad”.

En la antigua Roma se sumergían los pies del castigado en una solución con sal, luego se ataba y se hacía que una cabra lamiera aquella solución. Al inicio la persona solo sentía un ligero cosquilleo pero con el paso del tiempo llegaba a ser muy doloroso.

De hecho, el abuso de las cosquillas puede provocar reacciones fisiológicas muy intensas que van desde vómitos hasta incontinencia o pérdida del conocimiento debido a la imposibilidad de respirar.

Aún así, cuando las cosquillas se generan en un ámbito de intimidad en el que las personas se sienten cómodas, son un excelente vehículo para activar ese mecanismo de conexión emocional que existe en nuestro interior que está reservado solo para las relaciones de calidad más cercanas.


Fuentes: 
Hori, M. et. Al. (2013) Effects of repeated tickling on conditioned fear and hormonal responses in socially isolated rats. Neurosci Lett; 536: 85-89. 
Wildgruber, D. et. Al. (2013) Different Types of Laughter Modulate Connectivity within Distinct Parts of the Laughter Perception Network. PLoS One; 8(5):e63441. 
Yamey, G. et. Al. (2001) Torture: European Instruments of Torture and Capital Punishment from the Middle Ages to Present. BMJ; 323(7308): 346. 
Blakemore, S. J. et. Al. (2000) Why can't you tickle yourself? Neuroreport; 11(11): 11-16.
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7/17/2017

El corazón y la botella: Un extraordinario cuento sobre lo que perdemos cuando bloqueamos nuestra capacidad de amar


A veces la vida se tuerce y no podemos luchar contra eso. La protagonista de esta historia lo descubre muy pronto y frente al inconmesurable dolor que experimenta, decide reaccionar como la mayoría de nosotros: protegiendo su corazón para no volver a experimentar ese sufrimiento. Guarda su corazón dentro de una botella.

Se trata de un detalle metafórico con el que Oliver Jeffers, un ilustrador y escritor australiano, aborda temas tan complejos como el dolor y la pérdida, de manera que este cuento infantil en una joya tanto para los niños como para los adultos.

Jeffers cuenta la historia de una niña que podríamos ser perfectamente cualquiera de nosotros. 


Su padre alienta su curiosidad natural y la anima a descubrir otros mundos a través de los libros y las experiencias que viven juntos.


Todo es idílico, hasta que un día la niña se enfrenta con la dura realidad de la vida: la silla vacía de su padre. 


A través de las ilustraciones podemos percibir su dolor y ese flujo silencioso pero desbordado de emociones que genera la pérdida de una persona muy querida.


Y si ese dolor es tan desorientador y aplastante para los adultos, ¿cómo podemos suponer que el corazón de un niño pueda gestionarlo? La niña no puede, y no lo hace. Por primera vez descubre que el corazón puede doler, y mucho.

Entonces se sintió insegura y pensó que debía poner su corazón a salvo. Al menos por un tiempo. Así que lo metió en una botella y se la colgó del cuello.

“Con esto las cosas parecieron mejorar…

“Al menos al principio”.


Pero poco a poco la botella se volvió incómoda y pesada. Sin embargo, la niña se consolaba pensando que al menos así su corazón estará a salvo.

Pero nuestra resistencia al sufrimiento rompe la psiquis en pedazos. Aislarse del dolor puede protegernos del sufrimiento pero también bloquea nuestra capacidad para amar y nuestra vitalidad.

Un día, mientras caminaba por la playa donde una vez había paseado alegremente con su padre, la “niña”, que en aquel momento ya era una mujer adulta, encuentra a una niña pequeña que le recuerda a ella misma. 


De repente se da cuenta de todo lo que perdió al guardar su corazón dentro de la botella.


Así que se dispone a liberar su corazón de la prisión de vidrio, pero descubre que no es tan fácil como pensaba porque durante años ha fortalecido la botella con capas y más capas de autoprotección.

“La botella no se rompía. Sólo rebotaba y rebotaba... hasta que cayó al mar”.


Entonces ocurre el milagro: a una niña pequeña que aún no había perdido su curiosidad y capacidad para amar, se le ocurrió una manera de sacar el corazón de la botella.


Y entonces la silla de su padre no volvió a estar vacía nunca más. 


Lo interesante de este libro es que no se trata de una literatura explícita sino que está plagado de detalles y guiños escondidos que complejizan la obra, de manera que los niños pueden construir sus propios significados y sacar sus conclusiones según su etapa del desarrollo.


Aborda temas tan complejos como el dolor lacerante por la pérdida, la instintiva necesidad de protegernos, lo que perdemos cuando nos negamos a amar y todo lo que recuperamos cuando finalmente aceptamos la pérdida y seguimos adelante.
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7/14/2017

¿Cómo afecta el divorcio a los niños según la edad?


La separación no es cosa de dos cuando hay niños de por medio. La ruptura del núcleo familiar es una decisión difícil que los adultos no siempre llevan bien, por lo que a veces a los niños también les cuesta asimilar ese trance. 

Un divorcio siempre implica el derrumbamiento de los planes comunes, cada adulto se ve obligado a reestructurar su proyecto de vida, y a veces también tiene que lidiar con la sensación de haber fracasado. Por eso un divorcio puede llegar a ser una experiencia desestabilizante con la que cada quien intentará lidiar como mejor puede.

Las cifras que muestran cómo afecta el divorcio a los niños


Estudios llevados a cabo por investigadores del Foro Español de la Familia brindan cifras alarmantes que nos dejan entrever rápidamente cómo afecta el divorcio a los niños:

- El 25% de los hijos de divorciados no terminan el colegio, en comparación con el 10% de abandono escolar que se produce en los hijos de matrimonios estables.

- Solo el 30% de los niños de matrimonios estables necesitan tratamiento psicológico. Esta cifra aumenta al 60% en los niños de padres divorciados.

- El 50% de hijos divorciados han presentado problemas con el alcohol y otras drogas antes de los 15 años.

- El 65% de los niños y/o adolescentes mantienen una relación conflictiva con el padre.

Por si fuera poco, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Berkeley reveló que los niños que crecen en hogares divididos son más propensos a enfermar. Durante los 4 años después del divorcio, el riesgo de que los hijos sufran problemas de salud es más elevado, además de que estos pequeños tardan más en recuperarse de las enfermedades, lo cual probablemente se debe al nivel de estrés al que se encuentran sometidos.

Por supuesto, las consecuencias del divorcio varían según la etapa que atraviesen los hijos. El psicólogo estadounidense Carl Pickhart resumió perfectamente cómo afecta el divorcio a los niños según la edad: “Básicamente, el divorcio suele intensificar la dependencia del niño y acelerar la independencia del adolescente; a menudo provoca una repuesta regresiva en los niños y una respuesta agresiva en los adolescentes”.

Las consecuencias del divorcio en los niños según la edad


En la mayoría de los divorcios las principales víctimas son los niños ya que generalmente los padres sabían o intuían que la relación de pareja se estaba desmoronando pero a los hijos la separación suele tomarles por sorpresa, sacudiendo el mundo seguro y estable al que estaban acostumbrados. 

¿Cómo afecta el divorcio a los niños según la edad? 

- Niños pequeños hasta los 2 años. Los niños pequeños no comprenden muy bien qué es un divorcio y cuáles son sus consecuencias. Sin embargo, en esta etapa ya son capaces de captar los cambios que ocurren en el estado emocional de sus padres y, por supuesto, se dan cuenta de la ausencia de uno de los progenitores. Aún así, el hecho de no saber si esa figura de apoyo y seguridad volverá o no, le provoca angustia e inseguridad, lo cual se traduce en un estado de ánimo irritable, llanto continuo y cambios en sus patrones de sueño y alimentación. El principal problema a esta edad es que el niño puede vivir la ausencia del progenitor como un abandono en toda regla.

- Niños de 2 a 3 años. Se trata de una etapa muy importante en el desarrollo infantil, por lo que un divorcio traumático podría provocar un retraso en las habilidades psicomotoras, en la adquisición del lenguaje o el control de los esfínteres. A esta edad los niños aún no logran comprender del todo qué está sucediendo, por lo que es normal que alimenten la fantasía de que los padres retomen la relación de pareja. También es común que reaccionen con rabia, ira o tristeza ya que a esta edad su abanico emocional es más amplio, pero no tienen las herramientas necesarias para gestionar esos sentimientos.

- Niños de 3 a 5 años. En esta etapa los niños pueden comprender mejor el concepto de divorcio, por lo que probablemente harán muchas preguntas. Sin embargo, como también siguen siendo muy egocéntricos, es común que se sientan culpables por la separación y lleguen a pensar que la responsabilidad es suya. En esta fase los niños también suelen desarrollar muchos miedos, por lo que el divorcio puede alentarlos, sobre todo el miedo a quedarse solos o a que sus padres dejen de quererle. Además, es común que el niño se muestre muy posesivo con uno de los progenitores.

- Niños de 6 a 12 años. En esta etapa el niño comprende plenamente qué es un divorcio, aunque a menudo sigue alimentando la ilusión de que los padres se reconcilien y cuando constatan que eso no ocurrirá puede sentirse profundamente desilusionado, frustrado o enfadarse. Aún así, en esta etapa el niño es mucho más empático, es capaz de ponerse en el lugar de los demás y puede preocuparse por sus progenitores, en especial si los nota muy tristes. Algunos niños pueden expresar su malestar con comportamientos regresivos; es decir, pierden algunas de las habilidades que habían alcanzado, sobre todo en el plano emocional. Otros pueden mostrarse fuertes pero en realidad tienen miedo a expresar sus sentimientos para no preocupar más a los padres. 

- Adolescentes. Se trata de una etapa complicada en la que el adolescente está buscando su propia identidad pero aún necesita el apoyo de ambos padres. El divorcio complica este proceso psicológico ya que genera inseguridad en el adolescente, quien puede responder desafiando los límites o buscando apoyo en el grupo. A veces puede buscar refugio en comportamientos de riesgo a través de los cuales intenta canalizar sus emociones. También pueden aparecer síntomas psicosomáticos.

¿El divorcio siempre causa “traumas” infantiles?


No nos engañemos, el divorcio de los padres representa un gran cambio para el niño y a menudo es una fuente de dolor. El mundo, tal y como lo conocía, ya no existe y debe acostumbrarse a un nuevo hogar. Si a esto se le suma que el niño debe cambiar de casa, vecindario y escuela, el desafío será aún mayor.

Sin embargo, eso no significa que el divorcio cree “traumas” infantiles y que se deba evitar a toda costa. De hecho, en muchos casos es preferible que los padres se separen amistosamente antes de que continúen discutiendo y creen un clima de tensión insoportable en casa.

El verdadero problema no es el divorcio, sino la manera en que se gestiona. Se estima que el 15-20% de los divorciados con hijos siguen teniendo grandes conflictos incluso dos años después de la separación. Solo un 25% de los divorciados consiguen separarse de manera civilizada, sin confrontaciones y siguen apoyándose mutuamente.

Cuando el divorcio se lleva bien, se convierte en una experiencia de vida para los niños. Cuando se lleva mal, las consecuencias del divorcio pueden ser muy negativas, pero incluso en esos casos, también dependerá de las características de personalidad del niño puesto que algunos pequeños son más sensibles que otros a los cambios en su ambiente, como es el caso de los niños orquídea.

¿Cómo lograr que el divorcio no afecte a los niños?


1. Explícale lo que sucede con claridad, de manera que lo pueda entender. A la hora de comunicar la decisión del divorcio, es importante que ambos progenitores estén presentes ya que esto le dará mayor seguridad al niño y no se sentirá abandonado por uno de ellos. Lo ideal es que expliques de manera clara vuestra decisión, usando un lenguaje adecuado a la edad del niño. Si se trata de una decisión definitiva, es importante que sea consciente de ello, para que no albergue falsas esperanzas.

2. Hazle saber que no es su culpa. Muchos niños se sienten culpables por la separación de sus padres, creen que el divorcio se debe a su comportamiento. Esa sensación de culpa puede llegar a ser un fardo muy pesado que arrastren durante muchos años, causando problemas emocionales y de comportamiento. Por eso es importante que le dejes claro a tu hijo que no tiene ninguna responsabilidad en lo ocurrido y que ambos le seguiréis queriendo igual. 

3. Dale los detalles que necesita saber. Después de que le comuniques la noticia, es normal que el niño se sienta confuso y desorientado ya que siente que su mundo se está desplomando. Intenta explicarle qué sucederá a partir de ese momento. No es necesario que entres en demasiados detalles pero el niño se sentirá más seguro si sabe que podrá quedarse con su mascota, que no tendrá que cambiar de colegio y que el progenitor que abandona el hogar le verá varias veces a la semana. Se trata de pequeños detalles que a menudo los padres pasan por alto pero que le transmiten seguridad y confianza a los niños. También es importante que le dejes saber que puede hacerte cualquier pregunta sobre el tema, cuando lo desee.

4. Mientras asimila la noticia, valida sus emociones. La mayoría de los niños necesitan un poco de tiempo para asimilar el divorcio de sus padres, normalmente unos 2 o 6 meses. Durante esa fase tendrás que tener paciencia y apoyarle. Evita usar frases como “esta es la mejor decisión” ya que el niño asumirá que es la mejor decisión para los adultos pero no para él, y se sentirá excluido. Es obvio que el niño no quiere que ninguno de los padres abandone el hogar, por lo que puede sentirse enfadado, decepcionado, triste o preocupado. Valida esas emociones y anímale a hablar de ellas. Explícale que lamentas que tenga que pasar por eso, asumiendo ese cambio como una oportunidad para que tu hijo desarrolle la resiliencia.

5. Mantén la rutina incluyendo nuevas actividades motivadoras. Los hábitos cotidianos sirven para que el niño se sienta seguro, por lo que es importante que, dentro de lo posible, mantengas las mismas rutinas. Por supuesto, también es conveniente incluir nuevas actividades que el niño disfrute, de manera que pueda comprender que aunque todos estáis atravesando por una situación difícil, también podéis seguir disfrutando de la vida. De esta manera los niños mayorcitos comprenderán que todo cambio encierra cosas negativas y positivas. El progenitor que se va de casa puede aprovechar para sorprender al niño con nuevas propuestas de actividades y paseos.

6. No hables mal del otro progenitor. Para los niños, las razones del divorcio no son suficientes. El niño quiere a ambos padres y no le parece bien que se separen, por encima de cualquier error de apreja se encuentra su amor de hijo. Por eso, si bien es importante hacerle entender el motivo del divorcio, no es necesario entrar en detalles ya que estos pueden alterar la percepción del niño de uno de sus progenitores, haciendo que se distancie de este, lo cual puede conducir al Síndrome de Alienación Parental. Ten siempre en mente que en este proceso los niños son muy vulnerables y pueden absorber los sentimientos negativos de uno de los progenitores y proyectarlos sobre el otro. Tu hijo no puede convertirse en tu paño de lágrimas ni en el saco de boxeo sobre el cual descargar tus frustraciones por el divorcio. Por encima de las rencillas personales debe prevalecer el bien del niño, y lo mejor para este es que sus padres sigan queriéndole y apoyándole como siempre. 

7. No abandones ni descuides a tu hijo. En algunos casos la sensación de abandono que tiene el niño es real ya que uno de los progenitores le abandona, literal o metafóricamente. De hecho, el abandono no es solo físico, del padre que se desentiende del niño sino también emocional, en cuyo caso es más habitual del padre que se queda a cargo del hijo. En estos casos lo usual es que los niños se conviertan en cuidadores del padre, asumiendo roles y responsabilidades para los cuales no están preparados. 

Fuente:
Mauldon, J. (1990) The Effect of Marital Disruption on Children's Health. Demography; 27(3): 431-446.
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7/13/2017

¿Cómo tratar con personas conflictivas?


Algunas personas causan felicidad ahí donde caminan, otras la proporcionan cuando se van”, dijo Oscar Wilde. Y se refería a las personas conflictivas, personas que siembran la discordia allí donde van y que nunca están de acuerdo con nada.

Las personas conflictivas crean entornos tóxicos a su alrededor, que no solo drenan nuestra energía sino que incluso pueden llegar a ser enfermizos ya que sentir que estás viviendo en un campo de batalla perenne, sometido a una gran tensión, le pasa factura a tu salud física y psicológica.

No es difícil percibir ese ambiente tóxico: notarás un estrés que flota en el ambiente, como si el aire estuviera viciado. Es obvio que nadie quiere a estas personas en su vida, pero antes o después las encontraremos y a veces hasta tendremos que convivir con ellas, al menos durante cierto tiempo, por lo que es importante que todos aprendamos cómo tratar con personas conflictivas.

Los 5 tipos de personas altamente conflictivas


Las personas altamente conflictivas siguen un patrón de comportamiento de confrontación que, en vez de resolver los conflictos, contribuye a aumentarlos. Añaden leña al fuego continuamente, en diversas situaciones y con diferentes personas.

Los conflictos y el enfrentamiento se generan de diferentes maneras, cada quien desarrolla sus propias estrategias, las cuales va refinando con el paso del tiempo para que sean más eficaces.

1. El gritón

Esta persona utiliza el volumen de voz para controlar e intimidar a los demás, aunque también pueden amenazar con levantar la voz con el único objetivo de asustar y lograr sus propósitos. Si le dices que baje su volumen de voz, pueden responderte: "Te parece que estoy gritando, ¡ahora te mostraré lo que es gritar de verdad!"

Mantra: "Estás gritando tanto que no puedo oírte".

2. El muro

Estas personas son auténticas especialistas ignorando a los demás, usan la indiferencia como herramienta de castigo. Su abanico de comportamientos es muy amplio: pueden simplemente no hablarte, otros tampoco te mirarán e incluso hay quienes te darán la espalda cuando entres a la habitación. El propósito de ese comportamiento es recuperar el control sobre ti ya que el castigo no se levantará hasta que no cedas.

Mantra: "Tu silencio no marca ninguna diferencia en mi vida".

3. El chismoso

Sí, las personas chismosas pueden llegar a crear grandes conflictos, sobre todo en el seno de la familia o en los grupos de amigos. Este tipo de personas conflictivas no atacan de frente, no buscan un enfrentamiento directo sino que trabajan a hurtadillas para que otras dos personas se peleen. 

Mantra: "Tus comentarios no influirán en lo que pienso sobre los demás". 

4. El confundido 

Este tipo de persona conflictiva recurre a la confusión. Su estrategia consiste en señalar un comportamiento que le ha molestado y confundido, el cual utiliza para manipular a los demás y hacerles sentir culpables. Con esta persona nunca podrás razonar porque siempre se las ingenia para que la conversación vuelva sobre tu supuesto “error”. Otra estrategia consiste en obviar su responsabilidad aduciendo que no sabía lo que hacía, o que no estaba al corriente de lo que pasaba, cuando en realidad no es así.

Mantra: "Tu conocimiento o desconocimiento no marca la diferencia".

5. El sociópata 

Esta persona distingue perfectamente el bien del mal, pero no le importa. No tiene problemas para llevar a cabo actos crueles, herir o humillar a través del enfrentamiento directo o indirecto. Su objetivo es salir ganador de las confrontaciones y hacer el mayor daño posible.

Mantra: "Aléjate".


¿Cómo tratar con personas conflictivas sin perder tu equilibrio interior?


1. Reconócelas inmediatamente. Puede parecer una verdad de Perogrullo pero si quieres tratar con personas conflictivas sin perder tu equilibrio emocional, primero debes aprender a detectarlas. Si no sabes que se trata de este tipo de personas, es probable que caigas en su trampa, intentes darle nuevos argumentos para convencerla y al final termines enfadado y enredado en su tela de araña. Al contrario, si ya sabes que se trata de una persona que tiene una habilidad especial para el enfrentamiento, podrás asumir una actitud diferente desde el primer momento.

2. Asume que todos podemos llegar a ser personas conflictivas. Todos tenemos luces y sombras y en más de una ocasión hemos sido responsables de crear enfrentamientos. Ser conscientes de ello nos permitirá asumir una actitud más empática y evitará que nos sintamos superiores y terminemos hiriendo o atacando al otro. Recuerda que a veces detrás de los conflictos se esconde una necesidad de llamar la atención o incluso un miedo profundo. 

3. Comprende que no es algo personal, estas personas están en conflicto consigo mismas. Uno de los peores errores que podemos cometer es asumir el enfrentamiento como algo personal porque así nos enfadamos y perdemos el autocontrol. En realidad detrás del ataque de las personas conflictivas se esconde un problema consigo mismas. Recuerda las palabras de Mahatma Gandhi “La persona que no está en paz consigo misma, estará en guerra con el mundo entero".

4. No te desgastes dando explicaciones a quien no entiende razones. Hay batallas que no merece la pena luchar. Así de sencillo, porque la energía y el tiempo que debes invertir no merecen la pena. Por eso, a la hora de tratar con personas conflictivas debes ser consciente de que no buscan llegar a un acuerdo sino tan solo hacer valer su opinión, de ser posible devaluando la de los demás. Estas personas no entienden razones porque no son capaces de ponerse en tu lugar, y ni siquiera lo intentarán. Además, a menudo tergiversan la realidad, de manera que es prácticamente imposible mantener una discusión lógica con ellas. Con las personas conflictivas, el “problema” nunca es el verdadero problema. Por consiguiente, una retirada a tiempo casi siempre es una buena estrategia.

5. No dejes que te arrastren en su tormenta. A menudo a las personas conflictivas les molesta que las ignores, no se sienten bien cuando se dan cuenta de que te estás protegiendo, por lo que quizá redoblen su ataque. No dejes que te arrastren a la tormenta que viven en su cabeza. Mantén la calma y, si es necesario, pon distancia física de por medio. Recuerda que solo puede alterarte aquello a lo que le das poder.
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