10 razones que nos llevan a abandonar la psicoterapia

>> 1 de agosto de 2014

Una gran parte de los pacientes abandonan la psicoterapia antes de que esta llegue a su fin. Los jóvenes son los que más abandonan el tratamiento pero también los que más reinciden, los solteros son menos sistemáticos que los casados y las personas con bajo nivel educativo suelen dejar prematuramente las sesiones de psicoterapia. Curiosamente, quienes presentan patologías más severas o síntomas más intensos, también son los que tienen una menor adherencia terapéutica.

Sin embargo, ¿cuáles son los principales motivos que llevan a las personas a abandonar el tratamiento?

1. El motivo de consulta ya no preocupa. Se trata de personas que acudieron al psicólogo buscando ayuda para un problema concreto pero este ha dejado de preocuparles, lo cual no siempre significa que lo hayan resuelto sino simplemente que ha dejado de ser una prioridad o que lo han relativizado. 

2. Desmotivación por el tratamiento. En psicoterapia se pueden aplicar diferentes enfoques pero algunos terapeutas cometen el error de aplicar siempre la misma perspectiva, sin tener en cuenta las características de la persona que tienen delante. Sin embargo, en algunos casos las técnicas que se utilizan no resultan motivantes para el paciente y este decide abandonar el tratamiento.

3. Expectativas incumplidas. En muchos casos el abandono está provocado por las expectativas demasiado elevadas que no se han satisfecho a lo largo de las sesiones de psicoterapia. Cuando las personas deciden ir a un psicólogo, normalmente tienen una idea de qué quieren conseguir y en qué tiempo. Por eso una de las tareas más importantes del psicoterapeuta durante las primeras sesiones es la nivelación de expectativas. Sin embargo, cuando la psicoterapia no logra satisfacer estas expectativas, la persona se desesperanza y abandona.

4. Tardanza en conseguir los objetivos. Se ha demostrado que se logra una mejor adherencia terapéutica cuando desde el inicio, la persona puede formarse una idea precisa de cuántas sesiones necesitará. La psicoterapia de final abierto acarrea casi el doble de abandonos que las de tiempo limitado. El hecho de tener objetivos bien delimitados ayuda a que la persona se mantenga fiel a la terapia y siga las recomendaciones. 

5. Falta de rapport con el terapeuta. En la psicoterapia, la calidad de la relación que se establece es fundamental, si la persona percibe que no existe una conexión con el psicólogo, que este no la comprende o que minimiza sus problemas, el tratamiento estará destinado al fracaso. 

6. Incumplimiento de las instrucciones. La psicoterapia, al no utilizar medicamentos, se basa en tareas que las personas deben realizar fuera de la consulta. Sin embargo, muchas personas cierran página y no vuelven a abrirla hasta la próxima sesión, ya sea por pereza o por considerar que los ejercicios no son necesarios. Esto implica que el tratamiento se retrasará y, como resultado, aparecerá la frustración que dará lugar al abandono.

7. Actitudes inadecuadas del terapeuta. Con frecuencia, las personas que interrumpen su tratamiento hacen responsable al terapeuta del abandono, lo cual no significa que siempre sea así pero en algunos casos, determinadas actitudes sí pueden dar al traste con la psicoterapia. La mayoría de las personas refieren problemas como la falta de competencia profesional, la personalidad del terapeuta (demasiado permisiva o muy autoritaria) o la contradicción en el sistema de valores.

8. Negación a tocar algunos temas. Cuando una persona acude al psicólogo, normalmente lo hace con un motivo de consulta, con un problema que pretende solucionar. Sin embargo, lo habitual es que ese problema no sea más que un síntoma de un conflicto más profundo por lo que puede ser necesario abordar otros temas. Cuando el paciente se niega a profundizar en ciertas áreas, la psicoterapia no avanza y genera frustración, tanto en el psicólogo como en el cliente.

9. Tendencia autodestructiva o negación al cambio. Asombrosamente, muchas personas abandonan la terapia cuando comienzan a mejorar, a veces lo hacen porque creen que ya no la necesitan y luego vuelven a recaer en los viejos hábitos. En la base de esta creencia casi siempre se encuentra una tendencia autodestructiva que data de patrones adquiridos en la infancia o una negación al cambio. No podemos olvidar que cualquier tipo de trastorno que se ha arrastrado durante tiempo, llega a formar parte de nosotros y a veces el cambio puede asustar, un proceso que normalmente se da a nivel inconsciente. 

10. Consejo de otro profesional de una corriente teórica distinta. La mayoría de las personas no se contenta con el criterio de un profesional sino que busca diferentes opiniones. Sin duda, es importante escuchar varias campanas pero no podemos olvidar que a veces elegimos el sonido que queremos oír y no aquel que nos vendría bien. Es el típico caso de las personas que van de un psicólogo a otro en la búsqueda de que confirmen sus creencias. 

Fuentes:
Porcel, M. (2005) El abandono en las terapias psicológicas. Aposta; 14: 1-16.
Muñoz, E. & Ferrándiz, P. (2004) Factores determinantes en el abandono terapéutico en pacientes con trastornos mentales: El papel de la indefensión. Tesis doctoral: Universidad Complutense de Madrid.
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La insoportable manía de quejarse por todo

>> 30 de julio de 2014

Es probable que conozcas a alguna de esas personas que siempre se están quejando, esas que se quejan cuando llueve y cuando sale el sol también, cuando hace frío y también cuando hace calor, cuando están solas y cuando están acompañadas. A esas a las que nada les contenta y que encuentran los motivos más estrambóticos por los cuales quejarse, motivos que harían palidecer de envidia la fértil imaginación de Kafka. 

En mi familia, donde nadie se queja sino que aguanta con estoicismo hasta la última estocada de la mala suerte, quejarse es sinónimo de miopía severa con los problemas del prójimo, ingratitud para con la vida y ganas de perder el tiempo inútilmente. 

Pero como estas cosas normalmente no se las podemos decir a rajatabla a esas personas que tienen la manía de quejarse por todo, no nos queda más remedio que salir corriendo apenas las distinguimos o aguantar el rosario de quejas asintiendo levemente con la cabeza y esperando que termine pronto. 

De hecho, existen mil y un motivos por los que quejarse no conduce a nada, es un hábito tan inútil como una danza india para llamar la lluvia. Entonces, ¿por qué estas personas tienen la manía de quejarse por todo? 

La primera razón es muy evidente: se sienten profundamente insatisfechas. Estas personas no se están quejando de la lluvia o del calor sofocante, de la soledad o del mal trato que les dio la empleada de turno, se están quejando de su vida, del gran vacío que sienten y de la falta de sentido que las asola. Una persona que se queja es una persona insatisfecha, alguien que no ha encontrado esas razones que le dan sabor a la vida. 

La segunda razón es el hábito. De hecho, a menudo la queja es un comportamiento heredado de los padres. Estas personas asumen los lamentos como parte de su comunicación y no conciben una conversación sin ella. En algunos casos la manía de quejarse es tan extrema que si no lo hacen, simplemente no sabrían como romper el hielo o de qué hablar. 

La tercera razón es un profundo egocentrismo sustentando en la falta de empatía. Estas personas dan por descontado que merecen más que las otras y, cuando no lo obtienen, se quejan. No son capaces de ponerse en el lugar de los demás y comparar porque su egocentrismo se los impide. Para estas personas, llueve porque el universo está en su contra y hay crisis porque Dios (que no tiene más nada que hacer) ha decidido contrariar sus planes.


¿Por qué las quejas no son la solución? 


1. Las quejas conducen al inmovilismo. Las personas pueden quejarse cuánto quieran pero lo cierto es que llorar sobre la leche derramada no les servirá de mucho. Quejarse implica asumir el papel de víctima, implica despojarse del control y ponerlo en una entidad externa, implica quedarse inmóvil al borde del camino, lamentándose por lo ocurrido mientras las personas a su alrededor, que quizás han vivido la misma situación, se recomponen y continúan adelante. 

2. Las quejas son un agujero negro por donde escapa la energía. Lamentarse por los errores del pasado, por las oportunidades que no se aprovecharon o por los problemas del presente solo consume energías inútilmente. La queja implica una focalización en los aspectos negativos mientras que lo que necesitamos para avanzar es precisamente lo contrario: centrarnos en los aspectos positivos. La persona que se queja continuamente lleva unas gafas grises y con ellas percibe el mundo (algunas incluso han olvidado que existen los colores).

3. Las quejas generan un estado de ánimo muy negativo. Todos los sucesos entrañan aristas positivas y negativas, centrarse en las limitaciones, los daños, la incomodidad y los fracasos solo generará frustración, tristeza e ira. De hecho, las personas que se quejan por todo casi siempre están enfadadas y sienten una profunda inquietud porque están a la espera permanente de que el mundo las sorprenda con otra “desgracia”. 

4. Las quejas impiden buscar soluciones. Como estas personas no son capaces de apreciar el aspecto positivo de los hechos, se quedan regodeándose en la pena. No son capaces de sacarle provecho a las situaciones y aunque la fortuna tocase a su puerta, no podrían verla y aprovechar la oportunidad que les brinda. Por tanto, al final, la queja continua se convierte en una profecía que se autocumple. 

5. Las quejas afectan las relaciones interpersonales. Todos tenemos nuestros propios problemas pero normalmente no andamos por el mundo pregonándolos para ver cuál es mayor, como si se tratase de un concurso de víctimas. Un día, nos da placer consolar a un amigo y escuchar sus penas. Al otro día, también. Pero al tercer día comienza a ser desgastante. Por eso, preferimos evitar a las personas que se quejan por todo y se comportan como verdaderos vampiros emocionales. Como resultado, estas personas se quedan solas, debido a un macabro mecanismo que ellas mismas pusieron en marcha. Y si los demás les dejan solo, pues ya tendrá un nuevo motivo para quejarse. 


La trampa de la autocomplacencia (o cómo desenmascararse y dejar de quejarse) 


Normalmente la persona que se queja por todo no es consciente de ello (la carga de la conciencia la soportan los que están cerca y ni siquiera se lo pueden hacer notar porque de esta forma solo le estarían dando un motivo más para lamentarse: la profunda e insondable incomprensión de los demás). 

En un primer momento, la queja puede haber surgido de un motivo razonable, como por ejemplo: una pérdida o una experiencia muy negativa. En aquel momento, la persona se quejó y encontró el apoyo de quienes la rodeaban. Demostró que era una víctima (sufriente y doliente) y probablemente le perdonaron sus errores. 

Así, descubrió que lamentarse era un mecanismo válido para manipular a los demás. También descubrió que los sentimientos de culpa que sentía se esfumaban como por arte de magia, entró en el mundo de la autocomplacencia. En este punto la queja se convirtió en una puesta en escena, en un hábito para enfrentar los conflictos y para atraer la atención de los demás. 

De esta manera, poco a poco, lo que comenzó siendo una queja por un motivo válido se convirtió en un lamento cada vez más trivial, por el calor, el frío o el sonido de una mosca al volar. Sin embargo, lo más curioso es que las personas menos favorecidas o quienes han atravesado experiencias realmente desgarradoras, no se quejan porque esta actitud no tiene nada que ver con las calamidades sino con la forma de enfrentarlas. 

Por tanto, la próxima vez que pienses en quejarte, pregúntate: 

- ¿Qué inseguridad o insatisfacción oculta esa queja? 

- ¿Tengo motivos válidos para quejarme? 

- ¿Qué aspectos positivos te traerá la queja?

Y si aún así decides quejarte, rezo por no estar cerca.
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3 películas inspiradas en inquietantes experimentos psicológicos

>> 29 de julio de 2014

La Psicología tiene la misión de excavar en lo más profundo del ser humano. Intenta desvelar qué se esconde detrás de sus comportamientos y cuáles son sus deseos más ocultos. Una de las principales herramientas con las que contamos los psicólogos son los experimentos, recreamos una serie de condiciones y vemos cómo las personas reaccionan. A través de estos estudios comprendemos un poco más la complejidad de la psiquis humana pero hay ocasiones en que los experimentos llegan demasiado lejos, tan lejos que han rebasado los límites de la ética y han pasado a ser de dominio público. De eso se ha encargado el Séptimo Arte.

1. Das Experiment (2001) 

Un taxista alemán encuentra en un periódico un anuncio en el que reclutaban a personas dispuestas a participar en un experimento psicológico. Decide probar suerte y, de paso, hacer un poco de dinero llevando consigo una cámara oculta en sus gafas para venderle la historia a un periodista. Se eligen 20 voluntarios, a unos se les asigna el rol de prisioneros y a otros de carceleros, los prisioneros no podían volver a sus casas sino que tenían que pasar día y noche en la supuesta cárcel. Tanto a unos como a otros, se les convence de que no habrán actos violentos pero poco a poco el experimento comienza a degenerar y los carceleros asumen posturas cada vez más sádicas para con los presos, a quienes intentan humillar y doblegar a toda costa. 

Se trata de un filme inspirado en el célebre experimento de Zimbardo sobre la Prisión de Stanford, en el que también se les orientó a los guardias que no podían utilizar la violencia física pero se les dio vía libre para generar en los prisioneros el miedo y la sensación de arbitrariedad y control extremo. En este estudio se apreció la terrible influencia que ejerce el grupo y cómo, bajo determinadas condiciones, personas “buenas” pueden llegar a ser muy malvadas.

2. La Ola (2008)

Todo comienza en un aula alemana cuando unos adolescentes afirman que su país ya ha aprendido la lección y que no existe la más remota posibilidad de que el fascismo se repita. El profesor se queda intrigado y decide demostrarles que incluso las sociedades más abiertas no son inmunes al atractivo de ciertas ideologías totalitarias. Poco a poco, va generando en ellos el sentido del grupo y busca un enemigo común sobre el cual centrar sus esfuerzos. A medida que los uniforma y genera el sentido de pertenencia al grupo, el experimento comienza a escapársele de las manos ya que los chicos empiezan a mostrarse crueles y autoritarios con quienes no pertenecen a su grupo, que se hace llamar "La Ola".

Este filme, particularmente interesante en los tiempos que corren y muy rico en pequeñas sutilezas, se inspiró en el experimento “La Tercera Ola”, llevado a cabo por el profesor de historia Ron Jones, en el marco de un estudio sobre la Alemania nazi, con estudiantes de secundaria del Cubberley High School, un colegio de California. El objetivo del profesor era hacerles comprender cómo se llegaron a cometer tantas barbaridades en uno de los periodos más negros de la historia de la humanidad.

3. The Tenth Level (1976)

Un profesor de Psicología está determinado a estudiar cómo fue posible que personas aparentemente “de bien”, cometieran crímenes tan horribles escudándose tras la excusa de que tan solo estaban siguiendo órdenes. Así, reclutó a un grupo de estudiantes y les dijo que debían aplicar estímulos eléctricos dolorosos a otra persona, siempre y cuando esta se equivocase en sus respuestas. Mientras aplicaban la corriente, escuchaban una voz grabada que fingía dolor. Poco a poco, el experimentador les pedía que subieran el voltaje para causarle más daño a la otra persona, así sabría hasta qué punto los estudiantes estaban dispuestos a cumplir órdenes.

Este antiguo filme, en blanco y negro, recrea casi fielmente el famoso experimento sobre la obediencia de Milgram. En el cual, dicho sea de paso, el 79% de los participantes fueron más allá de los 150 voltios (establecido como el punto de no retorno debido a que se escuchaba la primera llamada de verdadera angustia).
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Las metáforas no son simples metáforas: El olor a pescado nos hace desconfiar

>> 28 de julio de 2014

Nuestro argot popular está lleno de metáforas, frases hechas que usamos casi sin darnos cuenta y que, obviamente, no se deben comprender en el sentido literal. Cuando decimos “gobierna con guante de hierro”, no queremos indicar que una persona lleva un guante de hierro, nos referimos a la dureza con la cual imparte las leyes. De la misma forma, cuando decimos que una persona se comporta de manera cálida, no queremos indicar que tiene fiebre sino que es amistoso, agradable.

Estas metáforas han calado muy profundo en nuestras mentes. Tanto es así que si tomamos en nuestras manos una taza caliente, tenemos la tendencia a comportarnos de manera más simpática, a ser más abiertos y amistosos. Esto se debe a que en nuestra mente, asociamos el calor con cualidades positivas.

Ahora un grupo de psicólogos de la Universidad de Michigan se preguntó si esta relación se podría apreciar en el sentido opuesto. Es decir, si pensar en determinadas cualidades realmente puede alterar nuestra percepción. Para comprobar esta hipótesis eligieron una metáfora que existe en muchas culturas y en decenas de idiomas: “huele a pescado”, una frase que indica que existe algo sospechoso, un asunto turbio o extraño de fondo. 

Por tanto, los investigadores se preguntaron si oler el pescado realmente exacerba nuestra desconfianza. 


Una inversión, una decisión y el olor a pescado


En el primer experimento se reclutó a un grupo de estudiantes y se les dijo que debían jugar con otra persona, en un juego que demandaba confiar en el otro. Al inicio se les dio 5 dólares y la oportunidad de invertir todo o un cuarto de este dinero. Sin importar cuál fuese su decisión, el otro estudiante duplicaría la cantidad recibida pero este tendría la opción de quedarse con el dinero o devolver una parte. Por tanto, la decisión inicial demandaba una buena dosis de confianza en un desconocido.

El secreto radicaba en que antes de comenzar el experimento, algunos de los estudiantes que debían tomar la decisión habían sido llevados a un sitio donde se había difuminado un leve olor a pescado en el aire. 

¿Qué sucedió?

Como media, los estudiantes que olieron el pescado invirtieron un dólar menos, lo cual sugiere que este olor realmente activó la metáfora que todos tenemos en nuestras mentes y les hizo asumir un comportamiento más desconfiado.

Sin embargo, los investigadores no se detuvieron ahí. Idearon un segundo experimento para comprobar si también sucedía lo contrario. Esta vez, simplemente les pidieron a los estudiantes que olfatearan diferentes aromas en un tubo de ensayo y que detectaran de qué olor se trataba.

Era una tarea muy sencilla pero para despertar la sensación de desconfianza, a algunos se les dio una orientación adicional que dejaba entrever que podía haber algún truco escondido (aunque no lo había). ¿Podría la desconfianza exacerbar su percepción del olor a pescado?

¡Sí! Todos los estudiantes mostraron la misma capacidad para reconocer olores como el de la cebolla, la manzana y la naranja pero aquellos en los que se había activado la desconfianza detectaron con mayor rapidez y con un mayor índice de acierto el olor a pescado. Exactamente, su índice de acierto aumentó en un 20%.


¿Cuál es la enseñanza?


Lo curioso de estos experimentos es que demuestran, una vez más, que somos particularmente susceptibles a los cambios del medio y que el estímulo en apariencia más intrascendente, puede generar actitudes y comportamientos que no están determinados por la racionalidad. Por lo tanto, la próxima vez que uses una metáfora, selecciona bien tus palabras.


Fuente:
Lee, S.W.S. & Schwarz, N. (2012) Bidirectionality, mediation, and moderation of metaphorical effects: The embodiment of social suspicion and fishy smells. Journal of Personality and Social Psychology; 103 (5): 737-749.
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¿Cómo saber cuándo ha llegado el momento de abandonar?

>> 26 de julio de 2014

En los últimos años, fundamentalmente a raíz de la popularización de la Psicología Positiva, muchos gurús del Crecimiento Personal nos animan a no desistir nunca, a no cejar en el empeño, a no abandonar el camino que nos hemos trazado. Sin embargo, en el plano de los negocios, los buenos emprendedores saben perfectamente que detectar el momento de abandonar es tan importante como saber apreciar las oportunidades, de lo contrario, solo perderán tiempo, dinero y esfuerzo.

En la vida cotidiana también es importante saber cuándo abandonar porque la perseverancia y la obstinación están divididas por una línea muy sutil que no siempre sabemos distinguir con precisión, sobre todo cuando están las emociones de por medio. Hay algunas situaciones en las cuales abandonar es la alternativa más inteligente. Puede ser que te hayas planteado una meta que ahora es inviable porque han cambiado las circunstancias  a tu alrededor, o que te hayas equivocado al elegir el objetivo o que este ya no te resulte tan interesante como antes. Las causas son muchas pero el factor común es el mismo: te hace más daño persistir que desistir.


¿De dónde surge la resistencia a desistir?


No damos lo mejor de nosotros si no considerásemos que nuestra meta o relación es valiosa. Esto significa que somos nosotros mismos quienes nos ponemos el bastón en la rueda, quienes nos engañamos o nos negamos a ver la realidad. De hecho, el problema es que a veces le damos un valor exagerado a las cosas, creemos que algo es más apetecible o que no podremos vivir sin ello, cuando en realidad no es así. Este se convierte en el principal obstáculo que nos lleva a empecinarnos en la realización de un proyecto o en una relación que no tiene futuro y que solo consume inútilmente nuestras fuerzas.

Es probable que al inicio hubiésemos estado plenamente convencidos de que nuestro propósito era válido pero a medida que avanzamos en el camino, descubrimos que nos embarga una sensación de vacío o quizás nos vemos envueltos por un huracán de emociones y conflictos que nos desgastan. En ese momento, podemos racionalizar lo que nos sucede pensando que son obstáculos en el camino y que tenemos que persistir pero cuando la sensación de incomodidad no nos abandona, ha llegado el momento de detenerse y replantearse algunas cosas.

Tomar esta decisión no es fácil porque estamos vinculados emocionalmente con esos proyectos o relaciones que en su momento fueron significativos para nosotros y también porque desistir implica, de alguna que otra manera, enfrentar cierto grado de incertidumbre. De hecho, otra de las causas que nos impiden abandonar un proyecto o relación es el miedo a aceptar que nos equivocamos o la reticencia a cambiar nuestros planes por el temor a lo desconocido. Sin embargo, en algunos casos, es la decisión más inteligente.


Las señales que te indican que deberías abandonar


- Tienes continuas dudas sobre el proyecto o la relación, preguntas para las cuales no encuentras respuestas satisfactorias.

- En vez de experimentar satisfacción, la sensación de angustia se hace cada vez más intensa.

- Al avanzar en el camino, no experimentas la felicidad que esperabas sino que sientes un gran vacío.

- Comienzas a funcionar de manera mecánica, por el poder de los hábitos, pero no encuentras satisfacción en lo que haces porque esas actividades ya no te llenan como antes.

- Cuando al hacer un balance de cuentas, te percatas de que la fuerza, el tiempo y los recursos que estás empleando en lograr esa meta sobrepasan con creces los beneficios y satisfacciones que obtienes.

- Cuando tu salud mental o física se comienza a resentir.

Como punto final, recuerda siempre las palabras de Henry Ward Beecher: "La diferencia entre perseverancia y obstinación es que una viene de una fuerte voluntad, y el otro de un fuerte no".
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¿Cómo superar una desilusión con un grano de café?

>> 25 de julio de 2014

Las desilusiones están a la vuelta de la esquina, un fracaso profesional, una mala calificación en un examen, una ruptura amorosa, la desidia de un amigo… Los motivos son varios pero casi siempre nos dejan un amargo sabor en la boca. ¿Cómo enfrentar las desilusiones sin derrumbarnos?


La zanahoria, el huevo y los granos de café


Una joven estaba atravesando un periodo particularmente difícil, lleno de continuas desilusiones. Una tarde, le comentó a su madre sus problemas. Le dijo que estaba cansada de luchar porque después de cada problema que lograba superar con mucho esfuerzo, surgía otro aún peor. Después de media hora de charla, la joven confesó que se iba a rendir.

La madre la escuchó, pacientemente, y le pidió que la siguiera en cocina. Sin decir nada más, llenó tres cazuelas de agua y las puso al fuego, en una de ellas echó una zanahoria, en otra un huevo y en la tercera, unos granos de café.

Después de un rato, que a la joven le pareció infinito, la madre apagó el fuego, sacó cada uno de los ingredientes del agua y echó el café en una taza. En ese momento le preguntó: “¿Qué ves?

Veo una zanahoria, un huevo y café”, respondió perpleja la joven.

La madre le pidió a la joven que tocase la zanahoria, que estaba muy blanda, que rompiera el huevo ya cocido, y que bebiese un poco del café. La joven seguía sin comprender.

La madre sonrió y le explicó: “Tanto la zanahoria como el huevo y los granos de café enfrentaron el mismo desafío: el agua caliente. Sin embargo, reaccionaron de manera diferente. La zanahoria, que antes era fuerte, luchó contra el agua y se volvió débil, blanda. El huevo, que era frágil, se volvió duro. Al contrario, los granos de café reaccionaron de manera diversa: siguen siendo idénticos y, además, han transformado el agua en una bebida irresistible.

La madre continúo hablando con dulzura: “Sé que has sufrido muchas desilusiones pero solo tú puedes elegir cómo enfrentarlas: puedes ser como la zanahoria, fuerte en apariencia pero terminar debilitada, puedes ser como el huevo, que reacciona endureciéndose y evitando las emociones o puedes ser como los granos de café que, incluso en la adversidad, no cambian y dan lo mejor de sí.” 


La enseñanza de la historia


Esta sencilla pero poderosa historia nos enseña que las personas más felices no son las que nunca han experimentado desilusiones y problemas sino aquellas que han sabido enfrentar la adversidad y la han transformado en una oportunidad para crecer.

Para actuar como los granos de café debes:

1. Reflexiona. Jim Rohn afirmaba que “puedes elegir si sufrir ahora por disciplina o más tarde, por una desilusión”. Con esta frase se refería a que muchas de las desilusiones que sufrimos no han surgido de la nada sino que están sustentadas en nuestras expectativas y, sobre todo, en decisiones que hemos tomado. La vida, tarde o temprano, nos presenta la cuenta y, en ese momento, debemos estar preparados para pagarla. Por eso es tan importante pensar en los errores que hemos cometido. Así no volveremos a cometerlos en el futuro.

2. Reacciona. A veces las desilusiones llegan de manera inesperada, ese factor sorpresa nos noquea y nos impide actuar por lo que nos quedamos regodeándonos en nuestro dolor. Sin embargo, al reaccionar le restamos parte de su impacto y nos volvemos más fuertes. No obstante, es importante reaccionar de la manera adecuada o correremos el riesgo de vernos sobrepasados por la situación y derrumbarnos, como la zanahoria, o acorazarnos, como el huevo. La idea es que no te resistas a la desilusión, acéptala, vive ese dolor y, después, pasa página. De esta forma también desarrollarás la resiliencia.

3. Resiste. Casi siempre los problemas no vienen solos, a una desilusión le sigue otra y después otra. Obviamente, esta situación puede ser descorazonadora pero no olvides que la famosa frase de Anthony Robbins: “cuando todo parece imposible y estás a un paso de rendirte, es porque la victoria está cerca”. Concéntrate en tus metas, date ánimos con experiencias positivas del pasado y recuerda que el futuro aún tiene muchas sorpresas agradables para ti, esta es solo una fase que pasará.
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5 regalos emocionales indispensables para los niños

>> 24 de julio de 2014

La infancia nos marca para toda la vida. Si te escuchas con atención, te darás cuenta de que muchas de las frases de tu diálogo interior son ideas que te transmitieron tus padres. Esa conversación con nosotros mismos puede ser positiva y nos puede dar ánimo recordándonos cuánto valemos o, al contrario, puede ser limitante y dañar profundamente nuestra autoestima. Por eso es tan importante que le prestes atención a la forma en la cual te relacionas con tu hijo.


Menos regalos materiales, más regalos emocionales


A raíz de los años de bienestar económico, comenzamos a equiparar la felicidad con las posesiones materiales. Y como queríamos que nuestros hijos fuesen felices, nos encargábamos de darles todo lo que pedían e incluso más. Sin embargo, en ese proceso de comprar cada vez más y de mejor calidad, nos imbuimos en un círculo vicioso que nos obligaba a pasar más horas en el trabajo. Como resultado, el tiempo con los niños se redujo y, cuando regresábamos a casa, estábamos demasiado agotados o muy estresados como para poder mostrar nuestra mejor cara. Por eso, los mejores regalos que le podemos hacer a un niño, son los regalos emocionales.

1. Amor, mucho amor. Los niños son muy susceptibles al rechazo ya que durante sus primeros años de vida no hay nada más importante que la aceptación de sus padres. Desgraciadamente, aún hay quienes piensan que es mejor no demostrar las emociones ya que estas son un síntoma de debilidad. Sin embargo, en la educación infantil, el desapego suele ser devastador y puede generar una persona dependiente e insegura. Al contrario, cuando el niño crece sabiendo que es amado, desarrollará una autoestima sana y se sentirá a gusto consigo mismo. Por eso los abrazos, los mimos y las palabras de afecto deben ser pan cotidiano en cualquier hogar.

2. Tiempo de calidad. Un estudio realizado recientemente en el Reino Unido desveló datos preocupantes: las familias pasan cada vez menos tiempo de calidad en compañía. Después de entrevistar a más de 2.000 padres descubrieron que estos pasan poco más de media hora diaria con sus hijos. ¿Qué es el tiempo de calidad? Ese momento en el que estamos plenamente presentes y nos dedicamos únicamente a disfrutar de la compañía. Más tiempo con los hijos equivale a organizar actividades donde ambos os podáis divertir, hablar y fortalecer el vínculo emocional que os une. A la larga, esos son los momentos que más cuentan, los que se quedarán grabados en nuestra memoria, tanto para ti como para el pequeño. 

3. Aceptación incondicional. Los niños no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo. Ser padres es algo que se aprende a trompicones, equivocándose y enmendando los errores. Uno de los asuntos más peliagudos y delicados son las reprimendas de los comportamientos negativos. La frase: “no te quiero porque has sido un niño malo” debería borrarse por completo del vocabulario. Debes reprobar el comportamiento, no a la persona. El niño debe saber que ha hecho algo mal, así le estarás ayudando a corregir sus errores, pero también debe saber que, a pesar de eso, le quieres. La aceptación incondicional le transmite seguridad y confianza y, al contrario de lo que muchos piensan, no genera a niños desobedientes o malcriados.

4. Límites seguros. Los niños necesitan límites, estos le dan un sentido a su mundo, le permiten orientar su comportamiento y sentirse más confiados. Cuando son pequeños, el entorno que les rodea es completamente nuevo y puede llegar a ser desconcertante o incluso atemorizante, sobre todo si tiene que tomar decisiones para las cuales no tiene la madurez suficiente o enfrentarse a consecuencias para las cuales no está preparado psicológicamente. Los límites le permiten saber qué hacer en determinadas situaciones y, con este guión en mente, pueden desenvolverse con más confianza, experimentando una sensación de contención y protección. Recuerda que un niño sin límites no es un niño feliz. 

5. Píldoras de consistencia. La inconsistencia educativa es una de las peores apuestas que pueden hacer los padres. Cuando dices una cosa hoy y otra al día siguiente, el niño se siente confundido y, a la larga, no respetará tus decisiones porque sabe que puedes cambiar de opinión rápidamente. Por otra parte, le estarás dando un pésimo ejemplo ya que no le transmitirás valores como la constancia, la importancia de respetar las promesas y la necesidad de mantener las decisiones tomadas. Ser consistentes en la educación le transmite al niño la seguridad que necesita y fomenta la confianza en sus padres dejándole espacio para que haga lo que mejor se le da: disfrutar de su infancia.
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