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6/26/2017

No plantes flores en los jardines de personas que no van a regarlas


Nuestros recursos son finitos. Nuestra energía no es inagotable, de la misma manera en que no lo es nuestro tiempo y nuestra atención. Eso significa que debemos ser más cuidadosos cuando decidimos dónde los invertiremos.

Desgraciadamente, a menudo no somos plenamente conscientes de que nuestros recursos emocionales y cognitivos no son inagotables, por lo que terminamos desperdiciándolos, ya sea involucrándonos en tareas que no valen la pena o relacionándonos con personas que no los valoran.

No te esfuerces por alguien que no valora lo que haces


La compasión y la capacidad para ayudar a los demás son características que nos enaltecen y nos permiten crecer como personas. Sin embargo, todo tiene un límite, pasado el cual podrías comenzar a hacerte daño sin darte cuenta y sin que la otra persona siquiera lo valore.

¿Cómo saber cuándo estás esforzándote inútilmente?

- Cuando te esfuerzas más por la otra persona que ella misma.

- Cuando tu nivel de compromiso es mayor que el de la persona que intentas ayudar.

- Cuando arriesgas mucho por ayudar a alguien pero esa persona no arriesga prácticamente nada por sí misma.

- Cuando te estás desgastando demasiado en el camino pero esa otra persona no está dispuesta a invertir esa misma cantidad de energía.

- Cuando esa persona no valora tu tiempo, esfuerzo y dedicación.

- Cuando esa persona no estaría dispuesta a hacer lo mismo por ti.

En estos casos, sería conveniente que te preguntes si realmente vale la pena emplear tanta energía, tiempo y esfuerzo en plantar flores que nadie regará, puesto que a esa persona que estás ayudando no le interesa realmente.

Recuerda que hay situaciones en las cuales, la mejor manera de ayudar consiste en no ayudar. Si tu intervención adquiere tintes sobreprotectores, puede impedir que esa otra persona crezca y aprenda la lección. Después de todo, no se madura con los años sino con los daños


Un equilibrio insano donde uno se desgasta y el otro no se compromete


En muchas relaciones interpersonales, ya sea en la pareja, entre padres e hijos o entre amigos, se establece un equilibrio malsano en el que uno siempre actúa como tabla de salvación mientras el otro se limita a aferrarse.

De esta forma, la persona que asume el rol de “salvador” termina desgastándose, sin recibir prácticamente nada a cambio. Y la persona que siempre es “salvada” no logra crecer porque se encuentra demasiado cómoda con su rol.

En práctica, es como si tuvieras que plantar flores continuamente porque como la otra persona no asume su parte de la responsabilidad y no las riega, estas siempre terminan secándose. Obviamente, es un comportamiento insano que nadie repetiría, pero en las relaciones interpersonales, sobre todo cuando están involucrados los sentimientos, no siempre es fácil percatarse de que estamos sembrando flores en terreno baldío.

Esto no significa que debas abandonar a esa persona a su suerte, pero sin duda es señal de que vas por mal camino. Quizá esa persona es demasiado egoísta como para reconocer tu apoyo, quizá no está preparada para asumir la responsabilidad y el compromiso que demanda la situación o quizá simplemente no se ha dado cuenta del esfuerzo que estás haciendo por ayudarle.

De hecho, el principal problema de este equilibrio insano es que tú das, te comprometes y te responsabilizas mucho más que la otra persona para resolver un problema que no es tuyo. 

Todos necesitamos y merecemos ser amados, reconocidos y apoyados


No se trata de un quid pro quo. Pero todos necesitamos saber que contamos con personas que nos quieren, apoyan y reconocen nuestro esfuerzo. Si damos continuamente, sin recibir nada a cambio, no debemos asombrarnos si un día miramos dentro de nosotros y percibimos un enorme vacío emocional.

Por eso, si bien no se trata de ayudar solo a quien nos puede devolver el favor, es importante que empleemos nuestro tiempo y energía en esas personas que realmente reconocen nuestro esfuerzo y, sobre todo, que están dispuestas a comprometerse y responsabilizarse, no con nosotros sino con ellas mismas, con su proceso de mejora y cambio.

¿Cuál es la solución? Simplemente no debes plantar, sino ayudar a plantar, dejando claro desde el inicio que estás dispuesto a ayudar pero que la responsabilidad última no es tuya y, por ende, esperas el mismo nivel de compromiso y esfuerzo por la otra parte.
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La ciencia lo confirma: Las mujeres sienten más dolor que los hombres


El dolor es una experiencia muy subjetiva. Además, existen muchos factores que pueden aliviarlo o acrecentarlo. Por ejemplo, el estrés, la ansiedad y la depresión aumentan nuestra percepción del dolor mientras que sostener la mano de una persona que queremos o la meditación lo disminuyen.

Sin embargo, diferentes estudios han lanzado la idea de que las mujeres pueden experimentar más el dolor. Entre ellos, una investigación realizada en la Universidad de Stanford en la cual se analizaron unas 11.000 historias clínicas. Estos investigadores descubrieron que las mujeres solían reportar un dolor más intenso, sobre todo cuando sufrían problemas relacionados con la inflamación aguda.

Distintos datos corroboran esta hipótesis, entre ellos el hecho de que muchas de las enfermedades que provocan dolor crónico son más frecuentes en las mujeres.

La fibromialgia, por ejemplo, es seis veces más frecuente en el género femenino. Las cefaleas son cuatro veces más usuales y la hemicrania es tres veces más común en las mujeres. Las mujeres también tienen el doble de probabilidades de sufrir esclerosis múltiple, de dos a tres veces más posibilidades de desarrollar artritis reumatoide y cuatro veces más probabilidades de sufrir síndrome de fatiga crónica que los hombres. Además, las enfermedades autoinmunes que incluyen dolor debilitante, golpean a las mujeres tres veces más que los hombres.


¿Cómo funcionan los receptores del dolor?


¿Por qué la mujer siente con más intensidad el dolor? Investigadores de la Universidad de Milán piensan que es probable que el género femenino tenga un umbral diferente de dolor que los hombres.
Esta diferencia podría tener una causa biológica y depender de los mecanismos implicados en la regulación de la transmisión del dolor, en particular a nivel de las sinapsis.

Las sinapsis son las conexiones que permiten la transmisión de los impulsos desde las fibras nerviosas periféricas hasta las que llevan el impulso hacia el sistema nervioso central. Este proceso es esencial porque es en esas conexiones neuronales donde se puede modificar el curso del estímulo doloroso, tal y como ocurre en los procesos de dolor crónico.

Las vías descendentes modulan la actividad de estas sinapsis, que actúan como una especie de semáforo que transmite los impulsos. De los millares de impulsos pueden pasar solo doscientos o quizá mil, pero también podría ocurrir lo contrario, como en el caso del dolor crónico, y mil impulsos podrían ser percibidos como diez mil.

En este mecanismo de control también influye la información que llega desde la zona del cerebro involucrada en la vida emocional, la corteza límbica. Por eso se afirma que el dolor tiene un componente emocional muy importante. Existen conexiones neuronales específicas entre las áreas que regulan el dolor y las zonas emocionales del cerebro. Esto significa que un problema en la vida emocional podría afectar el funcionamiento de las vías descendentes y, por ende, la percepción del dolor.

El dolor es un mecanismo ancestral que advierte a las mujeres del peligro


La analgesia ante el estrés es un fenómeno muy interesante ya que en esos casos prácticamente no percibimos dolor, aunque la herida sea grave. Es común en los soldados en combate o en los bomberos en acción, quienes solo se dan cuenta de las heridas cuando están a salvo. Sin embargo, se ha comprobado que este fenómeno es más común e intenso en los hombres.

En el caso de las mujeres, la analgesia ante el estrés se presenta de manera relativamente diferente. De hecho, se ha apreciado que el estrógeno desempeña un rol activo en el sistema "analgésico" natural del cerebro. Cuando los niveles de esta hormona son elevados, el cerebro responde eficazmente liberando endorfinas para acallar las señales dolorosas pero cuando estos niveles bajan, aumenta la percepción del dolor.

También es interesante observar que las mujeres en edad fértil producen de manera endógena cannabinoides, unas sustancias que tienen un efecto analgésico natural pero que disminuyen durante ciertas fases del ciclo ovárico, lo cual produce un aumento de la sensibilidad al dolor. 

Estas diferencias en la forma en que el cerebro reacciona ante el dolor, según investigadores de la Universidad de Milán, podrían depender de factores relacionados con la conservación de la especie. En el pasado, el rol del hombre era luchar y conseguir el alimento, por lo que era importante que resistiera el dolor hasta que pasara el peligro. Al contrario, el rol de la mujer era más protector, por lo que es comprensible que haya desarrollado mecanismos naturales más específicos que le permitieran detectar rápidamente el dolor para saber cuándo su familia está en peligro.

Esta hipótesis cobra aún más sentido con los resultados de un estudio realizado recientemente en ratones en la McGill University. En este experimento se apreció que en la transmisión y cese del dolor intervienen células diferentes según el género. En los machos las microglías desempeñan un papel esencial en la transmisión y cese del dolor, pero en las hembras intervienen más las células-T.


Los médicos se toman menos en serio el dolor femenino


Desgraciadamente, los médicos se toman menos en serio el dolor femenino. Un estudio realizado en la Universidad de Maryland reveló que en Estados Unidos los hombres esperan una media de 49 minutos para recibir un analgésico para el dolor abdominal agudo. Las mujeres tienen que esperar una media de 65 minutos para recibir el mismo tratamiento por la misma causa. Y todo porque a menudo los médicos consideran que su dolor es “emocional”, “psicogénico” o incluso “irreal”.

Otro estudio realizado en la Universidad de Pensilvania halló que las mujeres tienen entre un 13-25% menos probabilidades de recibir un tratamiento con opioides para aliviar el dolor, mientras que a los hombres se les prescribe este tratamiento más rápido y con más frecuencia.


Fuentes:
Sorge, R. E. et. Al. (2015) Different immune cells mediate mechanical pain hypersensitivity in male and female mice. Nature Neuroscience; 18: 1081–1083.
Fornasari, D. (2012) Pain Mechanisms in Patients with Chronic Pain. Clinical Drug Investigation; 32(1): 45-52.
Ruau, D. et. Al. (2012) Sex Differences in Reported Pain Across 11,000 Patients Captured in Electronic Medical Records. J Pain; 13(3): 228–234.
Chen, E. H. et. Al. (2008) Gender disparity in analgesic treatment of emergency department patients with acute abdominal pain. Acad Emerg Med; 15(5):414-418. 
Hoffmann, D. E. & Tarzian, A. J. (2001) The girl who cried pain: a bias against women in the treatment of pain. J Law Med Ethics; 29(1): 13-27.
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6/23/2017

5 lecciones que aprendes cuando te deshaces de lo innecesario en tu vida


Un profesor de Filosofía quería dar a sus alumnos una lección para la vida. Aquel día, llegó al aula y, sin decir palabra, tomó un frasco grande y vacío y lo llenó con pelotas de golf.

Luego se dirigió a los estudiantes y les preguntó si el frasco estaba lleno. Los estudiantes dijeron que sí.

Entonces el profesor tomo una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco. Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf. El profesor volvió a preguntar a los alumnos si el frasco estaba lleno, ellos volvieron a decir que sí.

Luego el profesor tomó una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó todos los espacios vacíos, así que el profesor pregunto nuevamente si el frasco estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ‘sí’ unánime.

Sin embargo, el profesor vertió dos tazas de café dentro del frasco, el cual llenó los espacios vacíos entre la arena. Los estudiantes rieron. 

Entonces el profesor les dijo:

- Este frasco representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, todo lo que te apasiona. Son cosas que, aunque perdiéramos el resto, seguirían llenando nuestra vida.

Las canicas son otras cosas importantes, como el trabajo, la casa, el coche…

La arena y el café son todo lo demás, las pequeñas cosas.

Si llenamos de arena todo el frasco, no habría espacio para las canicas ni para las pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida. Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos tiempo ni espacio para las cosas realmente importantes.

En ese momento, uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó que representaba el café.

El profesor sonrió y dijo: 

- Solo es para demostrar que no importa cuan ocupada pueda parecer tu vida, siempre hay lugar para compartir un café con una persona especial.

Si no te deshaces de lo innecesario, no habrá espacio para lo imprescindible


La sociedad nos ha hecho pensar que más es mejor. Nos ha hecho creer que la única medida del progreso es tener siempre más. Sin embargo, la mayoría de las veces no es así. Más suele significar más caos, más apegos, más miedo a la pérdida, más preocupaciones. Por eso, uno de los aprendizajes más valiosos de la vida es aprender a soltar, dejar ir, deshacerte de todo aquello que no necesitas. La sociedad te ha enseñado a acumular, desde posesiones hasta sentimientos negativos, la auténtica madurez llega cuando aprendes a soltar.

Y cuando logras deshacerte de todo aquello que no necesitas, habrás aprendido algunas lecciones:

1. Disfrutas de verdad de lo que tienes

Tener más no significa tener más opciones. ¿Cuántas cosas de las que has comprado están en el fondo de un armario, olvidadas y prácticamente nuevas? Deshacerte de los libros que nunca vas a leer, de la ropa que ya no usas, los objetos viejos que ya no tienen ningún valor y aquellos que solo están ocupando espacio, es extremadamente liberador.

A medida que liberas espacio en tu casa, descongestionas tu mente. Luego descubrirás que comienzas a disfrutar más intensamente lo que tienes, porque es algo que verdaderamente has elegido, no algo que has comprado porque la sociedad te lo ha vendido.

2. Comprendes que tú no eres tus cosas

Demasiado a menudo nos identificamos con nuestras posesiones. Eckhart Tolle explicó que uno de los niveles más básicos del ego es la identificación con las cosas: mi juguete más adelante se convertirá en mi coche, mi casa, mi ropa, mi móvil... La publicidad intenta vendernos cosas convenciéndonos de que añadirán algo a la manera en que nos vemos a nosotros mismos y a cómo nos ven los demás. Los objetos dejan de ser simples objetos para convertirse en "realzadores de la identidad". Pero intentar encontrarte a ti mismo a través de las cosas no funciona, solo te sume en el consumismo desmedido.


Por eso, cuando te deshaces de muchas de las cosas que has estado acumulando a lo largo del tiempo, te das cuenta de que esos objetos no eres tú, los has utilizado, pero no forman parte de ti y quizá ni siquiera reflejan lo que eres. Esos objetos no te dan ni te restan valor como persona. Entonces comienza la verdadera búsqueda de tu identidad.

3. Te lo piensas dos veces antes de comprar algo

Una vez que te deshaces de todo lo innecesario, te conviertes en un consumidor más consciente. En la tienda, cuando veas un producto, en vez de comprarlo casi automáticamente, comenzarás a preguntarte si realmente lo necesitas o si puede aportarte algo útil. De esta forma te desharás del influjo de la publicidad y te sentirás mucho más libre.

Cuando tu ego ya no se identifica con las cosas, dejas de obsesionarte con ellas, por lo que comienzas a relacionarte de una manera diferente con el mundo de las compras. En ese momento ocurre un "milagro" porque te liberas de la necesidad de trabajar cada vez más para comprar cosas que no necesitas para ser feliz. Eso le resta mucha tensión a tu vida.

4. Empiezas a vivir en el presente

Es probable que muchas de las cosas que acumulas se deben a un miedo al futuro y un apego excesivo al pasado. De seguro en tu casa guardas cosas que ya no usas o que incluso están rotas solo porque te recuerdan algo y te da pena deshacerte de ellas. Otras las guardas “por si acaso”, por si las necesitas mañana.

En la base de ese apego a las cosas también se encuentra una suposición inconsciente: creemos que poseer objetos sólidos y aparentemente permanentes le conferirá a nuestro ego y a nuestra vida una mayor solidez, seguridad y permanencia. Buscamos en los objetos una fuente de seguridad, es por eso que con la cercanía de la muerte, el concepto de propiedad pierde su sentido. Lo interesante es que cuando te das cuenta de eso y te deshaces de todos esos objetos, comienzas a valorar más el presente, las experiencias que estás construyendo ahora mismo. Al asumir la pérdida del pasado y la incertidumbre del futuro, empiezas a vivir conscientemente.

5. Te sientes sumamente agradecido

Epicuro dijo: "No eches a perder lo que tienes deseando lo que no tienes. Recuerda que lo que tienes ahora fue una vez algo que solo deseabas". Es normal que sientas cierto “dolor” cuando intentas desprenderte de algunas cosas. Ese dolor es el apego. Sin embargo, cuando te deshaces de todo lo que no necesitas y descubres que te sientes más feliz que antes, más libre y más satisfecho, experimentas una enorme sensación de gratitud. En ese momento valoras más lo que tienes y descubres que no necesitas tantas cosas para ser feliz.

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6/22/2017

A veces la mejor manera de ayudar, es no ayudar


Hay situaciones en las que debemos ayudar y otras en las que no. Hay situaciones en las que nuestra ayuda permite que la otra persona crezca y hay situaciones en las que podemos causar más daño. Por eso, a veces la mejor manera de ayudar, es no ayudar. 

Ser “cruel” para ser amable


La sociedad nos enseña que siempre debemos ayudar. Y hemos interiorizado hasta tal punto este mensaje que se ha convertido en una regla. Como resultado, pensamos que si no ayudamos a alguien, somos malas personas. Sin embargo, nada es blanco y negro, la vida está llena de matices, por lo que en algunas ocasiones la mejor ayuda que podemos ofrecer consiste en mantenernos al margen. 

A veces, no ayudar es la mayor muestra de amor o empatía. Lo confirman psicólogos de la Universidad de Plymouth, quienes comprobaron que cuando conectamos emocionalmente con alguien y somos empáticos, estamos dispuestos a inducir emociones negativas si creemos que estas pueden ser beneficiosas a largo plazo.

Estos psicólogos reclutaron a 140 personas, que debían participar en un juego a través del ordenador con un compañero al que no conocían, a quien denominaron “Jugador A”. Sin embargo, en realidad ese jugador no existía.

Aún así, los participantes recibieron una nota, aparentemente escrita por el Jugador A, en la que se refería a su reciente ruptura de pareja y lo mal que lo estaba pasando. Los psicólogos les dijeron a algunos de los participantes que intentaran imaginar cómo se sentía esa persona, con el objetivo de promover la empatía. A otras le dijeron que se olvidaran del asunto.

A continuación, a algunos les explicaron que el objetivo del juego era dispararle a los enemigos (estrategia de confrontación). Otros debían involucrarse en un juego diferente en el que la meta era escapar de un laberinto (estrategia de evitación).


Luego los participantes escucharon algunas piezas musicales y pequeñas lecturas que tenían como objetivo despertar diferentes emociones. Los investigadores les pidieron que eligieran qué piezas hacerle escuchar al Jugador A y cuán enojada, temerosa o neutral querían que esa otra “persona” se sintiera.

Los resultados mostraron que cuando los participantes conectaban emocionalmente con el Jugador A y sentían empatía, eran más propensos a generar emociones negativas específicas en dependencia de la meta final del juego. Cuando se trataba del juego de afrontamiento inducían ira y en el caso del juego de evitación, miedo.

Esto nos indica que cuando una persona nos importa, podríamos estar dispuestos a generar estados negativos si consideramos que serán beneficiosos a largo plazo. De hecho, es una estrategia a la que muchos padres han recurrido, quizá sin ser plenamente conscientes, como cuando ven que su hijo no estudia lo suficiente para un examen y les inducen miedo para motivarles a esforzarse más.

¿Cómo saber cuándo nuestra ayuda no ayuda?


Una relación interpersonal valiosa no es solo aquella que nos hace sentir bien y nos brinda apoyo sino la que nos permite crecer. La persona que más nos ayuda no es la que siempre nos facilita el camino sino la que más potencia nuestro crecimiento. Después de todo, maduramos con los daños, no con los años.

Para comprender esta dinámica, podemos basarnos en el concepto de Zona de Desarrollo Próximo, que se utiliza en el ámbito de la educación. Este concepto nos dice que para potenciar las habilidades de alguien, debemos darle el nivel de ayuda justo para que se produzca el salto cualitativo. Nuestra función se limita a ayudar a que la persona desarrolle sus potencialidades.

Por supuesto, no siempre es sencillo encontrar el punto justo. No obstante, estos principios pueden servirte para determinar cuándo tu ayuda no está ayudando al otro:

- Haces las cosas en su lugar, en vez de ayudarle a que las haga por sí solo.

- Asumes la responsabilidad, en vez de permitirle que enfrente las consecuencias de sus acciones.

- Tu ayuda le impide desarrollar sus potencialidades al máximo.

- Tu ayuda se convierte en una zona de confort para el otro que le impide crecer.

En cualquier caso, no se trata de abandonar a quienes quieres a su suerte, sino de dosificar tu grado de intervención, de manera que esa persona pueda encontrar su propio camino. Después de todo, la mayor muestra de amor, y también la más difícil, es permitir que los demás sean.


Fuente:
López-Pérez, B. et. Al. (2017) Cruel to Be Kind: Factors Underlying Altruistic Efforts to Worsen Another Person’s Mood. Psychological Science; 1:956797617696312.
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6/21/2017

Si eres perfeccionista vivirás menos, si eres optimista vivirás más


La esperanza de vida está determinada por muchísimos factores. El hecho de que vivamos más o menos no depende exclusivamente de nuestra genética, la alimentación, el nivel de actividad física y los factores medioambientales a los que nos exponemos sino también de factores psicológicos. Por tanto, no es suficiente con descontaminar nuestro entorno y adoptar un estilo de vida saludable si nos olvidamos de hacer limpieza mental.

La tendencia al perfeccionismo y el neuroticismo pasa factura


Investigadores canadienses de la Trinity Western University se preguntaron si determinadas características de personalidad influyen en nuestra esperanza de vida. Para descubrirlo, reclutaron a 450 adultos mayores, a quienes les dieron seguimiento durante un periodo de 6 años y medio.

Al inicio de la investigación, estas personas no padecían enfermedades graves. Sin embargo, el riesgo de morir fue más elevado en unos que en otros. Al realizar pruebas de personalidad, estos psicólogos descubrieron que las personas que tenían una tendencia al perfeccionismo y el neuroticismo tenían mayores probabilidades de morir. Al contrario, el riesgo era mucho más bajos en las personas que tenían una personalidad más optimista, extrovertida y responsable.

El perfeccionismo y el neuroticismo tienen muchos puntos en común ya que implican una tendencia a la persistencia obsesiva. En el caso del perfeccionismo la obsesión se produce por alcanzar los resultados “mejores” mientras que en el neuroticismo suele versar sobre las preocupaciones.

Sin embargo, en ambos casos la incapacidad para desconectarse de tareas o pensamientos estresantes puede provocar cambios incluso a nivel inmunológico, como han indicado varios estudios. 

Optimismo, extroversión, autoeficacia y apertura a las nuevas experiencias: Las claves para vivir más


Una investigación realizada en el prestigioso Instituto Karolinska confirmó los resultados anteriores. En esta ocasión, los investigadores reclutaron una muestra mayor compuesta por 2.298 adultos de más de 60 años, sin síntomas de ningún tipo de trastorno psicológico o neurológico. Les dieron seguimiento a lo largo de 11 años.

Al cabo de ese tiempo comprobaron que las personas más extrovertidas tenían un índice de mortalidad un 65% más bajo. La apertura a las nuevas experiencias también fue un factor positivo que reducía en un 26% el riesgo de morir.

Sin embargo, lo más interesante es que estos investigadores analizaron otros factores más allá de la personalidad, como el índice de masa corporal, el número de enfermedades crónicas que padecían los participantes, el nivel de actividad física que realizaban y sus hábitos de vida. Sin embargo, concluyeron que el estado de salud inicial solo era determinante en el 5% de los casos de fallecimientos.

De hecho, otro estudio muy interesante realizado en la Universidad de Kentucky en el que se les dio seguimiento a 180 monjas que vivían en idénticas condiciones, desde que tenían 22 años hasta los 75 o 95 años, llegó a la conclusión de que rasgos de personalidad como el optimismo y los recursos de afrontamiento que poseemos son un mejor predictor de la longevidad que el estatus socioeconómico y las condiciones de vida. 

Retomando el estudio realizado por los investigadores suecos, estos apuntaron que las personas extrovertidas no solo se caracterizaban por un elevado nivel de optimismo sino también por una gran autoeficacia. La autoeficacia es la confianza en nuestras capacidades, en que podemos organizarnos y llevar adelante diferentes acciones que nos permitan influir positivamente sobre el entorno y alcanzar los resultados que deseamos. 

Este conjunto de características de personalidad, según estos investigadores, es lo que impulsa a las personas a desarrollar hábitos de vida más saludables y adoptar estrategias de afrontamiento más positivas que, a la larga, les permiten vivir más.


Fuentes:
Rizzuto, D. et. Al. (2017) Personality and Survival in Older Age: the Role of Lifestyle Behaviors and Health Status. The American Journal of Geriatric Psychiatry.
Fry, P. S. et. Al. (2009) Perfectionism and the Five-factor Personality Traits as Predictors of Mortality in Older Adults. J Health Psychol; 14(4):513-24. 
Segerstrom, S.C. et. Al. (2003) Optimism effects on cellular immunity: testing the affective and persistence models. Personality and Individual Differences; 35(7): 1615–1624.
Danner, D. D. et. Al. (2001) Positive Emotions in Early Life and Longevity: Findings from the Nun Study. J Pers Soc Psychol; 80(5): 804-813.
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6/20/2017

No sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que te queda


Bob Marley fue quien dijo “no sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que te queda”. Y no andaba desacertado porque lo cierto es que no sabemos hasta dónde somos capaces de llegar y cuánto podemos crecer, hasta que no nos vemos en la necesidad de hacerlo. 

La adversidad te fortalece


Un estudio realizado por psicólogos del King’s College Hospital de Londres y el Royal Mardesen Hospital de Sutton analizaron cómo mujeres diagnosticadas con cáncer de mama respondían ante la enfermedad. Detectaron cinco estilos de afrontamiento: espíritu combativo, fatalismo, desesperación, preocupación ansiosa y negación.

Estos psicólogos descubrieron que cuando las condiciones clínicas iniciales eran similares, las mujeres que enfrentaban su enfermedad con una sensación de impotencia, desesperación y fatalismo tenían un curso peor. Al contrario, quienes asumían un espíritu combativo y una actitud resiliente tenían un pronóstico mejor.

También descubrieron que quienes habían sufrido grandes traumas en el pasado y los habían superado tenían más posibilidades de solucionar cualquier problema que se presentara en el futuro. Esto se debe a que el sufrimiento no solo les hizo más fuertes sino que también les enseñó a confiar en sus capacidades, a saber que podían salir adelante.

En este sentido, Ernest Hemingway afirmó: “el mundo rompe a todos, y después, algunos son fuertes en los lugares rotos”. Ante la adversidad, podemos derrumbarnos y lamentarnos por lo ocurrido o podemos sacarle provecho y salir fortalecidos. 

Un estudio más reciente realizado en las universidades de Buffalo y California, confirma que es cierto que lo que no nos mata, nos fortalece. Estos psicólogos analizaron cómo 2.398 personas con edades comprendidas entre los 18 y 101 años lidiaban con las situaciones estresantes y los eventos traumáticos de su vida.

Encontraron que quienes habían experimentado eventos adversos a lo largo de sus vidas tenían una mejor salud mental y reportaban un mayor bienestar que las personas que estaban lidiando con problemas presentes pero no tenían una historia de adversidad a sus espaldas.

Las personas que habían sufrido alguna adversidad seria, mostraban menos angustia, no tenían síntomas de estrés postraumático y referían una mayor satisfacción con la vida. También lidiaban mejor con los eventos adversos del presente.

No hay dudas de que la adversidad es una gran maestra. Por una parte, nos permite poner a prueba nuestros recursos de afrontamiento y, por otra, nos brinda confianza. Cuando estamos en lo más profundo del agujero, confiar en que podemos salir, es fundamental para seguir luchando.

La regla del 40%


Los NAVY Seal son famosos por su exigente entrenamiento físico, que a menudo los lleva al límite de sus fuerzas. Según ellos, somos capaces de soportar mucho más de lo que creemos y llegar más lejos de lo que nos proponemos. 

Estos soldados afirman que cuando nuestra mente dice “basta”, en realidad solo hemos llegado a un 40% de nuestra capacidad. Por tanto, cuando creemos que ya no podemos más y estamos dispuestos a tirar la toalla, todavía tenemos un gran margen por delante: un 60% más.

Por supuesto, estas cifras son meramente orientativas, lo más importante es el mensaje que se encuentra en su base: en ciertas situaciones, cuando estamos a punto de abandonarlo todo, lo que nos detiene y desmotiva no es la falta de energía sino tan solo un bloqueo mental.

La regla del 40% es una herramienta muy útil cuando estamos en situaciones difíciles ya que nos ayuda a superar nuestros límites y cambiar la perspectiva, nos indica que podemos dar un paso más allá, y luego otro, y otro… 

Newt Gingrich, un político estadounidense, no pudo resumirlo mejor: “la perseverancia es el trabajo duro que haces después del trabajo duro que ya has hecho”. 

Por supuesto, esto no significa que debamos buscar la adversidad o que debamos resistir estoicamente contra viento y marea, pero cuando los problemas llamen a nuestra puerta, debemos estar preparados para aprender la lección y, sobre todo, saber que podemos confiar en nuestra resistencia.


Fuentes:
Seery, M. D. et. Al. (2010) Whatever does not kill us: Cumulative lifetime adversity, vulnerability, and resilience. Journal of Personality and Social Psychology; 99(6): 1025-1041.
Taylor, S. E.; Lichtman, R. R. & Wood, J. V. (1984) Attributions, beliefs about control and adjustment to breast cancer. Journal of Personality and Social Psychology; 46: 489-502.
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6/19/2017

5 consejos de “autosuperación” que podrían estar arruinándote la vida


Desde que la demoledora maquinaria de la felicidad se puso en marcha, algunos han olvidado que la vida está hecha de altibajos, que todos los días no son de fiesta y que hay momentos en los que nos sentiremos mal, muy mal.

La malinterpretación y posterior popularización de la Psicología Positiva está dejando a su paso insatisfacciones, frustraciones, bloqueos y, en sentido general, un amargo sabor en la boca en aquellos que no logran atornillarse la sonrisa.

De hecho, existen algunos consejos de “autosuperación” que no son tan positivos como se piensa, sobre todo si se toman al pie de la letra. Algunos incluso podrían tener un efecto diametralmente opuesto y podrían estar arruinando tu vida.

1. Tú lo puedes todo


Existe una gran diferencia entre esforzarse y dar lo mejor de nosotros y pensar que lo podemos todo, o que todo depende de nosotros. De hecho, una de las máximas más importante que la Psicología ha tomado prestado del pensamiento griego es “Conócete a ti mismo”.

Eso significa que debemos conocer nuestras potencialidades y virtudes, pero también nuestras limitaciones y defectos. Cuando nos planteamos metas ambiciosas sin tener un buen autoconocimiento de base, corremos el riesgo de sentirnos inútiles y fracasados cuando no las alcanzamos, sobre todo si tenemos un pensamiento de todo o nada, y asumimos las experiencias en términos de derrotas o éxitos.

Por otra parte, esta idea puede generar un pensamiento ilusorio, que no se basa en la realidad sino en nuestras expectativas, lo cual nos aleja de la objetividad tan necesaria para que los planes se hagan realidad.

Por tanto, un buen consejo sería: “Espera siempre lo mejor, prepárate para lo peor y acepta lo que venga”." Recuerda que cada persona es diferente y no tienes por qué seguir los mismos objetivos que los demás. Además, lo más importante a veces no son los resultados, sino lo que vas logrando a lo largo del camino porque el crecimiento no se produce cuando llegas a la cima, sino mientras subes.

2. Sonríe, siempre


Es cierto que el pesimismo puede llegar a paralizarte y no es una sensación muy agradable, pero todas las emociones tienen su razón de ser y no son negativas en sí mismas. Por ejemplo, la tristeza te indica que estás yendo por mal camino y que hay algo que debes arreglar. 

A pesar de que en nuestra sociedad se han demonizado las emociones “negativas” hasta tal punto que intentamos ocultarlas y cuando nos preguntan cómo estamos siempre respondemos que bien, aunque no sea cierto, esos estados son señalizadores. Puedes pensar en las emociones “negativas” como en señales de tráfico que te indican que no debes seguir por esa calle o debes conducir con prudencia, si no estuvieran, nos resultaría más difícil cambiar de dirección y tendríamos que enfrentarnos a males mayores.

Por tanto, atornillarse la sonrisa no es la solución porque intentar esconder las emociones o negarlas solo hará que se enquisten. Psicólogos de la Universidad Estatal de Michigan analizaron el impacto de una sonrisa falsa en nuestro estado de ánimo. Dieron seguimiento durante dos semanas a un grupo de conductores y descubrieron que mientras más sonrisas fingían, peor era su estado de ánimo al regresar a casa, un estado de ánimo marcado por la irritabilidad, la ira y la tristeza.

No tienes que sonreír siempre, sobre todo cuando no tienes ganas de hacerlo. Esconder tus verdaderas emociones cuando te sientes mal porque eso no solucionará el problema sino que, al contrario, te añadirá más presión.

3. Piensa en positivo


Es cierto que el pensamiento positivo nos ayuda en muchas circunstancias, pero no es una fórmula mágica que se pueda aplicar a todo y a todos. También existe el optimismo tóxico. De hecho, psicólogos de las universidades de Waterloo y New Brunswick comprobaron que las personas de baja autoestima se sienten peor después de repetirse las frases positivas contenidas en muchos de los libros de autoayuda. 

Los investigadores les pidieron a personas con alta y baja autoestima que se repitieran a sí mismos frases positivas, después evaluaron cómo se sentían. Descubrieron que las personas con baja autoestima se sentían peor. 

El problema es que frases como "soy una persona amada", "tendré éxito" o "me acepto totalmente" tienen en esos casos un carácter contradictorio o irracional. En pocas palabras, no podemos engañar a nuestra mente de una manera tan burda, el hecho de que te repitas algo continuamente no lo convierte en verdad, es necesario un trabajo mucho más profundo. Además, este tipo de afirmaciones pueden hacer que te sientas como una farsa, lo cual dañará aún más tu autoimagen.

4. No te rindas, nunca


Hay un momento para perseverar y otro para abandonar. De hecho, la inteligencia consiste en saber cuándo es momento de persistir y cuándo hay que renunciar. Hay situaciones en las que rendirse es la mejor solución para nuestro equilibrio emocional y no es sinónimo de debilidad.

Perseverar, cuando un objetivo ha dejado de tener sentido o cuando las condiciones han cambiado demasiado es sinónimo solo de testarudez. De esta forma estarás destinando a un proyecto una energía valiosísima que podrías emplear en otras cosas que te satisfarán mucho más.

Por supuesto, no se trata de abandonar a la primera, pero debemos ser lo suficientemente maduros como para comprender cuándo estamos perseverando solo por el miedo a fallar o que los demás nos tilden de débiles o fracasados. La clave radica en no rendirse demasiado pronto ni aferrarse durante demasiado tiempo.

5. Debes ser feliz


Lo ideal es ser feliz, cuando somos verdaderamente felices nos sentimos satisfechos y serenos. Sin embargo, no podemos ser felices siempre. De hecho, la obsesión con la felicidad podría estar haciéndonos infelices. Diferentes investigaciones han demostrado que las personas que más se preocupan por ser felices, se vuelven más infelices y deprimidas. 

En un estudio desarrollado en la Universidad de Denver, los psicólogos les preguntaron a los participantes cuánto valoraban la felicidad y cuán importante pensaban que era trabajar para ser felices. Descubrieron que quienes ponían más énfasis en ser felices reportaron un 50% menos de emociones positivas, un 35% menos de satisfacción con su vida y un 75% más de síntomas depresivos que las personas que tenían otras prioridades.

Eso no significa que no debamos intentar ser felices, pero no hay que obsesionarse porque la presión por ser feliz es contraproducente. La felicidad está en las pequeñas cosas y es un estado asombrosamente fácil de alcanzar, basta saber fluir y apreciar lo que tenemos.


Fuentes:
Scott, B. A. & Barnes, C. M. (2011) A Multilevel Field Investigation of Emotional Labor, Affect, Work Withdrawal, and Gender. Academy of Management Journal; 54(1): 116-136.
Mauss, I. B. et. Al. (2011) Can seeking happiness make people unhappy? Paradoxical effects of valuing happiness. Emotion; 11(4): 807-815.
Wood, J.; Perunovic, W. & Lee, J. (2009) Positive Self-Statements: Power for Some, Peril for Others. Psychological Science; 20(7): 860-866.
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