¿Por qué preferimos dar que recibir?

>> 18 de abril de 2014

Muchos de nosotros hemos crecido creyendo que es más noble dar que recibir. Esta creencia que nos han inculcado nos ha protegido durante años de convertirnos en monstruos egocéntricos que no dejan de escanear su entorno para ver qué pueden extraer de él. Así, hemos aprendido a reconocer las necesidades de los demás, a respetar sus sentimientos y mostrarnos sensibles ante sus peticiones. 

No obstante, ese continúo dar nos ha hecho olvidar que también es importante saber recibir. De hecho, en una relación, cuando una de las dos personas no sabe recibir, levanta un muro a su alrededor que aleja a la otra. En todas las relaciones interpersonales, es imprescindible lograr un justo equilibrio entre el dar y el recibir. Por eso es fundamental reflexionar sobre los motivos que se esconden en la base de ese desequilibrio.


5 razones por las cuales recibir es más difícil que dar


1. Dar más de lo que recibimos es una excusa para defender nuestra intimidad

Dar implica un acercamiento al mundo interior de la otra persona, en aras de descubrir sus necesidades emocionales, sociales o materiales. Solo así podemos ayudar. Sin embargo, cuando recibimos, es la otra persona quien se acerca a nuestro mundo interior para evaluar qué necesitamos. Esto hace que debamos abrirnos, algo que no siempre estamos dispuestos a hacer porque nos sentimos vulnerables y tenemos miedo. Por eso muchas personas prefieren dar que recibir. De esta manera mantienen lejos de su intimidad a los demás.

2. Recibir implica, de cierta forma, perder el control

Cuando damos, nuestra sensación de control aumenta porque sentimos que tenemos cierto poder sobre la otra persona. No se trata de la acepción más negativa del poder, sino tan solo de la sensación de que tenemos el control de lo que está sucediendo, que tenemos las riendas de la situación en mano. Y todos, en alguna que otra medida, somos adictos a esa sensación de control. Sin embargo, cuando recibimos estamos cediéndole el control a la otra persona, estamos cediendo el poder y eso puede generar mucha incertidumbre y miedo.

3. Rechazamos el elogio o el regalo porque creemos que no lo merecemos

La mayoría de nosotros hemos crecido recibiendo elogios cuando lográbamos buenas calificaciones, ganábamos algo o hacíamos bien una tarea. Eso implica que nos han enseñado a ser reconocidos por lo que hacemos y no por lo que realmente somos. Como supondrás, esto genera cierta falta de confianza cada vez que recibimos algo de los demás, una desconfianza que proviene de los problemas de autoestima y de pensar que no somos merecedores del elogio o del regalo que nos están ofreciendo, pues al final, no están reconociendo nuestro trabajo y esfuerzo sino a nosotros como personas.

4. Nos resistimos a recibir porque creemos que es una actitud egoísta

A lo largo de los años, nos han martillado la idea de que si recibimos más de lo que damos es porque somos personas egoístas y narcisistas, incapaces de preocuparse por los demás. Hay gente a las que esta idea les ha calado tan hondo que anteponen continuamente las necesidades de los demás a su propia felicidad. Sin embargo, debemos tener en cuenta que los actos de dar y recibir tienen que hallar un equilibrio pues de lo contrario, corremos el riesgo de entregarnos completamente a los demás pasando sobre nuestros sueños y metas.

5. Recibir implica comprometerse

Algunas personas, cuando reciben un elogio o un regalo, se preguntan: “¿Qué querrá de mí?” “¿Qué hay detrás de ese gesto?” Esta idea se sustenta en la creencia de que cuando recibimos algo, estamos obligados a corresponder ese favor, es como si estuviésemos en deuda. Obviamente, la perspectiva de vernos comprometidos nos aterra y por eso a veces preferimos ser quienes damos, los que comprometemos al otro. Sin embargo, considera que el verdadero acto de dar es desinteresado y no debe implicar ninguna expectativa.
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¿Cómo escribir un asunto perfecto para un correo en el que buscas trabajo?

>> 17 de abril de 2014

¿Sabías que cada día se envían una media de 89 billones de correos de trabajo? Ante tal cantidad de información, no es difícil que tu correo pase directamente a la papelera, sin que el destinatario lo haya abierto siquiera. Si quieres sobresalir en la Era de la Información, cada vez es más importante que elijas las palabras con precisión de cirujano. Cuando vas a buscar trabajo, cada palabra cuenta.

Obviamente, el hecho de que abran tu correo no significa que te contratarán pero al menos habrás dado un paso de gigante y habrás aumentado superlativamente las probabilidades de encontrar trabajo. Por supuesto, los lineamientos que comparto a continuación son indicativos, cada sector profesional es diferente y debes ser lo suficientemente inteligente como para acotar el asunto a este.


7 Consejos para escribir un buen asunto


1. Menos es más. Esta máxima del minimalismo también se aplica al asunto de los correos. Según un estudio realizado por The Ladders, una empresa que se dedica al mercado laboral, un buen asunto no debe sobrepasar jamás los 60 caracteres. De hecho, lo ideal es que tenga tan solo entre 25 y 30 caracteres. Eso implica que tendrás que eliminar todas las palabras que no son necesarias, como “hola” y “gracias”, esas irán en el mensaje de correo.

2. Las palabras más importantes, al inicio. En la actualidad aproximadamente el 50% de los correos se leen en dispositivos móviles, lo cual implica que las pantallas son pequeñas y a veces no muestran todo el mensaje. Tenlo en cuenta a la hora de redactar el asunto y coloca las palabras más importantes al inicio. Un buen ejemplo sería: “Lic. en Marketing con 10 años de experiencia”. 

3. Claridad y especificidad son las palabras de orden. Con la cantidad de correos que le llegan a las personas que se encargan de reclutar al personal, normalmente estas realizan una primera decantación muy rápida ya que no tienen tiempo que perder. Si quieres que tu correo tenga una posibilidad, ve directo al grano, no uses frases generales como “curriculum vitae de…”, en su lugar, indica: “Ing. Industrial interesado en el puesto de Director de Ventas”.

4. Usa palabras clave. A menudo las personas que se encargan de recursos humanos en las grandes empresas usan filtros en sus correos por lo que si reciben cientos de propuestas, es muy fácil que la tuya se pierda si no tiene las palabras clave adecuadas. En este caso, se trata de jugar un poco con la oferta de trabajo y usar algunas de sus palabras. Por ejemplo, si la empresa solicita una traducción, puedes recurrir a la palabra clave “traductor”. 

5. Hazte publicidad, coloca tus méritos. En un mundo tan competitivo como el actual, todo cuenta así que si tienes una maestría o un doctorado, puedes hacerlo notar inmediatamente en el asunto. Algunos expertos en recursos humanos aconsejan que también se coloque el nombre puesto que de esta manera será más fácil volver a localizar el correo en caso de que quieran contactarte. Un ejemplo sería: “Dr. en Psicología Sigmund Freud con 15 años de experiencia”.

6. Jamás escribas todo el texto en mayúsculas. Seguramente llamarás la atención pero disminuirás considerablemente las probabilidades de que te contraten porque en el mundo digital, escribir en mayúsculas implica gritar. Además, leer un texto en mayúsculas genera ansiedad y rechazo, que son las últimas emociones que desearías generar en la persona que va a evaluar tu currículum. Tampoco uses los puntos exclamativos, da la sensación de que estás vendiendo un mal producto. 

Si quieres llamar la atención, puedes escribir con mayúsculas solo las letras iniciales de las palabras. Particularmente, prefiero escribir en mayúsculas solo aquellas realmente importantes, como puede ser tu nombre, educación y el puesto al que aspiras.

7. Si alguien te ha recomendado, menciónalo en el asunto. Ya sabemos que una buena recomendación cuenta mucho así que si decides aprovecharla, colócala en el asunto. Después no tendrás que volver a hacer referencia a esta persona en el mensaje, lo cual es aún más elegante. Por ejemplo, puedes indicar: “Recomendado por Dan Brown para el puesto de Redactor Jefe”.
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¿Por qué la ansiedad nos hace seguir malos consejos?

>> 16 de abril de 2014

Decidir entre diferentes tratamientos para una enfermedad, seleccionar el plan de inversión más adecuado o elegir la carrera profesional más conveniente… A lo largo de nuestra vida vamos tomando diferentes decisiones importantes que acarrean cierta dosis de incertidumbre y ansiedad. En muchos de estos casos les pedimos consejo a las personas más cercanas para que nos ayuden a decidir cuál es el camino más adecuado.

Sin embargo, ¿alguna vez te has preguntado qué nos hace más o menos proclives a pedir consejo? ¿Te has preguntado si la ansiedad asociada a las decisiones importantes puede determinar el camino que eliges?

Psicólogos de la Escuela de Negocios de Harvard se han planteado estas preguntas y han diseñado una serie de experimentos para analizar cómo impacta la ansiedad en la apertura mental para aceptar los consejos y las probabilidades de que sigamos malas recomendaciones cuando estamos ansiosos.

Ante todo, debemos partir del hecho de que existen tres grandes factores que influyen en cuán receptivos somos ante los consejos:

1. Las características del consejero, lo cual implica su experiencia y conocimiento del asunto.

2. El nivel de dificultad percibido de la situación ya que, como regla general, mientras más complicada sea la decisión, más tendremos la tendencia a pedir consejo.

3. El estado de ánimo que tenemos en el momento en el que recibimos el consejo.

Sin embargo, lo curioso es que en casi todos los ámbitos, solemos descartar o minimizar los consejos que recibimos, ¡excepto cuando estamos ansiosos! Cuando la ansiedad nos ataca, somos mucho más receptivos a los consejos.


La ansiedad, la ira y la confianza en sí mismo


Para realizar los experimentos, los psicólogos provocaron un estado de ansiedad en las personas haciendo que escuchasen música de terror, viesen un vídeo de una película de acción o escribiendo sobre una época particularmente estresante de sus vidas. 

En el primero de los experimentos, los participantes tenían que mirar una foto de una persona y estimar su peso. Se les dijo que si acertaban en más o menos 10 libras, recibirían un dólar por cada respuesta correcta. 

Después de completar la tarea inicial, en algunas personas se indujo una sensación de ansiedad y en otros de relajación. A continuación, debían completar una encuesta para evaluar la confianza en sí mismo y se les pidió que realizaran de nuevo una ronda para estimar el peso corporal. Sin embargo, antes de mostrarles las fotografías, se les preguntó si querían recibir el asesoramiento de alguien antes de hacer sus conjeturas.

En este punto se pudo apreciar que las personas a las cuales se les generó ansiedad puntuaban más bajo en la autoconfianza y, como resultado, el 90% de ellos pidió asesoramiento, en comparación con el 72% de quienes se mostraban relajados. Curiosamente, las personas ansiosas también eran más propensas a seguir los consejos que les dieron.

En un segundo experimento, los investigadores se centraron en la influencia de la ira ya que la ansiedad se caracteriza por una sensación de incertidumbre mientras que la cólera se define a través de una sensación de “certeza". El experimento siguió los mismos pasos, solo que en algunas personas se despertó la sensación de ira. De más está decir que el grupo “enfadado” fue más propenso a rechazar la ayuda de un asesor y fueron menos receptivos a los consejos que este ofrecía.

Sin embargo, los investigadores se propusieron ir un paso más allá: ¿se preguntaron si la ansiedad podría incidir en nuestra capacidad para discernir entre los buenos y los malos consejos?

Básicamente, lo que hicieron fue entrenar a los asesores para que dieran algunos malos consejos con el objetivo de ver si los participantes eran capaces de detectarlos y obviarlos. Así pudieron apreciar que las personas ansiosas tenían mayores dificultades para diferenciar entre un buen y mal consejo.


En la búsqueda de una explicación


Los investigadores están convencidos de que la explicación radica en la incertidumbre y la falta de confianza que genera la ansiedad. Ante estos estados, es normal que seamos más propensos a pedir consejo y que incluso seamos más proclives a seguirlos, incluso si no son los más adecuados. De hecho, un estudio anterior ya había demostrado que la ansiedad nos hace sacar conclusiones apresuradas porque se ve afectada nuestra capacidad para detectar y analizar los detalles.

Moraleja: Si te sientes ansioso, haces bien en pedir consejo pero piénsatelo dos veces antes de tomar una decisión porque quizás no estás en condiciones de discernir el mejor camino. 


Fuente:
Gino, F. et. Al. (2012) Anxiety, advice, and the ability to discern: Feeling anxious motivates individuals to seek and use advice. Journal of Personality and Social Psychology; 102(3): 497-512.
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Los primeros signos del Síndrome de Burnout: ¿Cómo detectarlos?

>> 15 de abril de 2014

Uno de los peligros que encierra el camino de la vida, sobre todo para quienes trabajan demasiado, es el Síndrome de Burnout. De hecho, muy pocas veces lo vemos venir y cuando nos damos cuenta es porque ya estamos totalmente exhaustos. Sin embargo, la mejor estrategia para prevenir este problema consiste en aprender a identificar los primeros signos del Síndrome de Burnout y detenernos a tiempo, hacer una pausa para revalorar nuestras prioridades y, solo después, retomar el camino.


Siete señales premonitorias que no deberías pasar por alto


Básicamente, el Síndrome de Burnout es un estado de estrés crónico que conduce al agotamiento físico y emocional, provoca sentimientos de ineficacia y falta de realización y a menudo genera actitudes cínicas y comportamientos de desapego.

Los principales signos del Síndrome de Burnout que pueden ponerte en alerta son:

1. La pérdida de la capacidad para disfrutar. Al principio, esta incapacidad para disfrutar de las cosas agradables puede ser muy leve y generalmente se manifiesta a través de señales como no querer ir a trabajar o estar ansioso por irse. Sin embargo, poco a poco este comportamiento se extiende al resto de las áreas de la vida y también perdemos el deseo de pasar tiempo con la familia y los amigos.

2. El pesimismo. En las primeras fases, lo más usual es que haya días en que ves el vaso medio vacío y otros en que lo ves medio lleno. Con el paso del tiempo el pesimismo se instaura definitivamente y se convierte en un cristal a través del cual comienzas a valorar el mundo y no solo tu trabajo. Así, comienzas a pensar que no puedes contar con nadie.

3. El aislamiento. Casi siempre se presenta como una leve resistencia a la socialización. Por ejemplo, no quieres salir a almorzar con los colegas del trabajo, evitas las fiestas o intentas llegar y salir puntualmente para evitar las interacciones. Poco a poco, esta resistencia a socializar se extiende a la esfera más íntima y, antes de que te des cuenta, tus amigos y familiares comienzan a molestarte por lo que te alejas cada vez más de ellos. 

4. El desapego. Comienza como una sensación vaga de sentirse desconectado de los demás y/o del entorno. No se trata simplemente de que evitas a las personas sino que te sientes ajeno a lo que ocurre a tu alrededor, como si las situaciones no tuvieran una valencia emocional, como si fueses un cascarón vacío.

5. Los sentimientos de apatía y desesperanza. En la misma medida en que el pesimismo y el desapego crecen, se van generando sentimientos de apatía y desesperanza. Es decir, todo te da igual. Al inicio notarás que no te importa demasiado la calidad del trabajo o entregar en tiempo. Más tarde, estos sentimientos de indolencia se transfieren a tu vida íntima y comienzas a comportarte de forma apática con las personas que quieres.

6. La falta de productividad. Proyectos incompletos que se amontonan, una enorme lista de tareas pendientes y una fuerte tendencia a procrastinar son los principales signos de la falta de eficacia en el trabajo.

7. La irritabilidad. El Síndrome de Burnout crea un círculo vicioso, en la misma medida en que te sientes más aislado y apático, tu productividad disminuye y eso genera más estrés e irritabilidad. Podrás notarlo porque a menudo reaccionas de manera exagerada ante los estímulos del medio.


¿Qué hacer?


Si estás en las primeras fases del Síndrome de Bornout, tómate un descanso. Es recomendable tomar unos días de vacaciones para que reencuentres tu equilibrio. Durante ese tiempo, reflexiona sobre tus prioridades en la vida y, cuando vuelvas a tu rutina cotidiana, intenta encontrar tiempo de calidad para ti.

Es cierto que en muchas ocasiones no tenemos las herramientas necesarias para evitar el estrés que se produce en el trabajo pero al llegar a casa, es importante sacudirse esa tensión. porque de lo contrario, se irá acumulando y no solo te desestabilizará a nivel psicológico sino que también puede provocarte daños físicos.
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Dime “Hola” y te diré cómo eres

>> 14 de abril de 2014

Se afirma que no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión. Y lo cierto es que somos especialistas en determinar si una persona nos agrada o no en cuestión de segundos. En realidad, nos basta poquísimo tiempo para formarnos una impresión de la persona que tenemos delante y a partir de esa imagen, que puede ser más o menos acertada, nos relacionaremos con ella. En esos breves instantes analizamos desde la ropa que lleva puesta hasta la manera de hablar y moverse. Así le atribuimos determinados rasgos de personalidad y determinamos hasta qué punto tenemos cosas en común o no.

Por eso, las primeras sílabas de una conversación son decisivas para causar una buena impresión. A partir de un simple “hola” la otra persona es capaz de determinar si somos dominantes o si pueden confiar en nosotros. O al menos eso afirma una investigación desarrollada en la Universidad de Lethbridge, en Canadá.

Según estos psicólogos, la entonación que le demos al saludo arroja muchísima información sobre nuestra personalidad y determina la opinión que otra persona se formará de nosotros. En realidad, no se trata de una idea completamente descabellada puesto que en el pasado otros estudios habían demostrado que algunos aspectos aparentemente intrascendentes, tales como el color de los ojos, la forma del rostro o el rubor facial, inciden en la imagen que nos formamos de la otra persona.

No obstante, regresando al estudio en cuestión, los investigadores registraron el tono de voz de 64 estudiantes mientras leían de forma neutral un pasaje que incluía una conversación telefónica. De esta grabación se extrajo simplemente la primera frase: “hola”, la cual se reprodujo ante 320 participantes. Estos tenían la misión de clasificar esas voces según diez rasgos de personalidad, incluyendo el nivel de confianza, la dominación, el nivel de atractivo y la amabilidad. 

Lo interesante fue que aunque las voces solo se escuchaban durante una media de 300-500 milisegundos, la mayoría de las personas coincidían en sus análisis y eran capaces de formarse una opinión. Por ejemplo, los hombres que alzaron un poco el tono de voz al saludar y las mujeres que lo alternaron eran percibidos como personas dignas de confianza. 

Al contrario, los hombres que emplearon un tono más bajo fueron catalogados como personas más dominantes, al igual que las mujeres que utilizaban un tono de voz que podría clasificarse como promedio. El estudio desveló además que la sensación de confianza emana del tono de voz y la fluidez de la misma, elementos que podemos ajustar a nuestro antojo. No obstante, la sensación de autoridad está más relacionada con características morfológicas, como la longitud del tracto vocal, algo que es más difícil de cambiar.

En resumen, según este estudio, todos estaríamos más o menos capacitados para detectar determinadas características de una persona a través de su voz y lo haríamos en cuestión de poquísimos segundos, lo cual sería un mecanismo adaptativo que en el pasado nos podía servir para salvar la vida y ahora nos resulta muy útil para movernos con cuidado dentro de un complejo entramado social. Por tanto, la próxima vez que saludes a un desconocido, recuerda que ese "Hola" está siendo evaluado a nivel inconsciente y podría llegar a ser decisivo en vuestra relación.

Fuente:
McAleer P, et. Al. (2014) How Do You Say ‘Hello’? Personality Impressions from Brief Novel Voices. PLoS ONE; 9(3): e90779.
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¿Eres Batman o Joker? Cómo los personajes determinan la violencia

>> 11 de abril de 2014

Desde hace algunos años los vídeo juegos de contenido violento se han puesto en entredicho. Existen numerosos estudios que afirman que esta forma de pasar el tiempo genera agresividad y comportamientos violentos pero también hay investigaciones que consideran que el vínculo no es tan evidente y que incluso este tipo de juegos puede atenuar la violencia fungiendo como una especie de válvula de escape.

Ahora, un estudio muy interesante podría cerrar definitivamente esta discusión: según investigadores de la Universidad de Luxemburgo, los efectos de los vídeo juegos violentos dependerán de qué personaje asuma el jugador.

Estos investigadores reclutaron a 60 personas, de ellas 20 mujeres, para que jugaran 15 minutos un vídeo juego de carácter violento. Lo interesante es que a algunos les asignaron el personaje bueno, Batman, mientras que otros jugaron con el personaje malo, Joker. Antes de que comenzara el juego, los investigadores se aseguraron de que las personas conocieran bien las características de su personaje y que sintieran cierta empatía por este. Para lograr ese grado de identificación, les pidieron que leyeran un resumen donde se indicaba que Batman provenía de una familia que lo amaba y Joker de una familia disfuncional que abusó de él durante su infancia.

Después de haber jugado, los participantes debían mirar una serie de rostros que aparecían en la pantalla de un ordenador y tenían que indicar cuán hostiles les parecían. En realidad, algunos rostros eran hostiles pero otros eran neutrales. Lo interesante fue que las personas que jugaron con el personaje de Joker tendieron a percibir más hostilidad en los rostros, incluso en los neutrales. 

Pero eso no fue todo. A estas personas también se les aplicó lo que se conoce como la “técnica de la carta perdida”. Cuando abandonaron el laboratorio, encontraron en el suelo una carta con una dirección que indicaba el nombre de uno de los investigadores. Quienes habían encarnado el personaje de Batman eran 6,2 veces más proclives a regresar atrás y entregarles la carta a los investigadores mientras que los que jugaron como Joker preferían hacer caso omiso. 

Sin duda alguna estos resultados son muy interesantes ya que todo parece indicar que nos contagiamos con la moral del personaje que estamos encarnando. Por tanto, la incidencia sobre nuestro comportamiento de los vídeo juegos violentos no dependería tanto de las acciones que se cometen en el transcurso del juego como de los objetivos de las mismas.

Fuente:
Happ, C.; Melzer, A. & Steffgen, G. (2013) Superman vs. BAD Man? The Effects of Empathy and Game Character in Violent Video Games. Cyberpsychology, behavior and social networking; 16 (10): 774-778.
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