4/24/2015

Combatir el estrés con la técnica S.O.S.


Hans Selye, un fisiólogo y médico austro-húngaro, decía: “No es el estrés quien nos mata, sino la forma en que reaccionamos ante este”. Y no se trata de una metáfora ya que cada vez más investigaciones ponen en el punto de mira el estrés, entendiendo que se trata de un estado capaz de provocar por sí mismo, numerosas enfermedades .

Sin embargo, combatir el estrés no es tan difícil, existe una técnica muy sencilla que nos permitirá lidiar con esos momentos en los que nos sentimos, literalmente, a punto de explotar, sobresaturados por la cantidad de tareas que tenemos por delante.


La técnica S.O.S. en tres pasos


Las siglas S.O.S. son conocidas universalmente e indican una llamada de ayuda. El capitán de un barco o el piloto de una nave saben perfectamente qué significa y cuán importante es, sobre todo cuando deben enfrentar una emergencia.

Cuando estamos estresados, nuestro cuerpo también experimenta ese estado de emergencia. De hecho, los niveles de cortisol y adrenalina se disparan, nuestras pupilas se dilatan y el ritmo cardíaco aumenta, todo con el objetivo de hacerle frente a la supuesta situación amenazante. El problema es que si ese estado persiste durante horas o días, puede terminar desestabilizando nuestro metabolismo y provocar daños a nivel celular.

Por eso, es fundamental combatir el estrés apenas aparece. No obstante, se debe aclarar que el objetivo final no es eliminar por completo el estrés, ya que cierta dosis de eustrés es positiva para alcanzar nuestras metas ya que nos brinda una dosis de energía adicional. El objetivo de esta técnica es eliminar la ansiedad y el distrés, lograr canalizar esa energía de forma positiva. La técnica S.O.S. (Stop-Organiza-Selecciona) puede ayudarte en esos momentos más difíciles.

¿Cómo se pone en práctica?

1. Stop. Cuando sientas que el estrés está tocando a tu puerta, el primer paso es detenerte. De hecho, el principal problema es que cuando tenemos ante nosotros una montaña de trabajo, lo que hacemos es correr aún más, pensamos que detenernos es un lujo que no podemos darnos e incluso hasta recurrimos al café u otro truco para obligarnos a mantenernos despiertos y concentrados.

No obstante, seguir corriendo solo sirve para aumentar el estrés, para generar un estado de hiperactivación que nos afecta tanto física como mentalmente. Por eso, es imprescindible que nos detengamos. Recuerda que el mejor momento para relajarnos, es cuando creemos que no tenemos ni un minuto libre. Es entonces cuando realmente necesitamos parar.

2. Organiza. Cuando nos estresamos, nos asaltan numerosas emociones pero entre ellas, la más acuciante es la sensación de saturación, de sobrecarga. A menudo, esto se debe a que no hemos dedicado tiempo suficiente a organizar las tareas. De hecho, lo que nos estresa no suelen ser las tareas en sí mismas, sino la sensación de agobio que surge porque no sabemos por dónde comenzar o cuándo podremos terminar. De esta forma, tareas que pueden ser sencillas, se suman a las demás y las percibimos como actividades que demandan un gran esfuerzo, cuando en realidad no es así.

Por eso, para combatir el estrés resulta imprescindible que hagas una fotografía lo más objetiva posible de las tareas que tienes por delante y de cómo las vas a realizar. Se trata de que organices esas actividades, que les des una prioridad e incluso, si son muchas, es conveniente que las pongas por escrito. Nunca desestimes el poder terapéutico de un lápiz. Cuando realizas una lista de todo lo que debes hacer durante la jornada o la próxima semana, notarás que la cabeza se vacía de preocupaciones y que puedes pensar con mayor claridad.

3. Selecciona. No somos Superman, cuando antes lo aceptemos, mejor para nuestro equilibrio psicológico. Eso significa que tenemos recursos limitados, tanto en términos de tiempo como de esfuerzo. Por tanto, para combatir el estrés, es imprescindible que aprendas a priorizar las tareas. De hecho, la diferencia entre las personas que se dejan abatir por las circunstancias y aquellas que mejoran su desempeño en las situaciones estresantes, es que estas últimas saben limpiar el camino, retiran los obstáculos, eliminan lo superficial y se centran en lo que verdaderamente importa.

Hay ocasiones en que, simplemente, no podemos con todo. En ese caso, es conveniente elegir las tareas o proyectos más importantes. De hecho, considera que son precisamente las tareas menos importantes las que te ocupan más tiempo, hasta llegar a convertirse en un agujero negro por el que se escapa tu energía. Recuerda que más, no siempre es mejor. A veces es preferible hacer menos, pero con mayor calidad o con más tranquilidad. Tu equilibrio psicológico te agradecerá ese cambio de perspectiva y, a la larga, impactará positivamente en todas las esferas de tu vida.

Combatir el estrés desde su origen


La técnica S.O.S. es un salvavidas, algo que podemos aplicar cuando estamos al límite. Sin embargo, lo ideal es no tener que arribar hasta ese extremo. De hecho, si lo pensamos detenidamente, en muchas ocasiones el estrés lo creamos nosotros mismos, siendo incapaces de decir no, postergando las tareas hasta el último momento o dedicándonos de manera obsesiva al trabajo, sin dejar tiempo para la relajación.

No obstante, es importante ser conscientes de que las pequeñas situaciones de estrés cotidianas alteran profundamente lo que se conoce como coherencia cardíaca. En práctica, cada vez que nos estresamos, nuestro corazón comienza a latir de manera irregular, aunque normalmente no nos percatamos de ello. Sin embargo, un estrés mantenido a lo largo del tiempo, puede dañar profundamente el funcionamiento del sistema parasimpático y del corazón, dando lugar a un infarto. 

Por eso, lo mejor es combatir el estrés desde su origen, realizando algunos cambios en la manera en que comprendemos y afrontamos las exigencias de la vida diaria. He aquí 7 hábitos para combatir el estrés cotidiano.

Escrito por: Jennifer Delgado

4/23/2015

Inteligencia Intuitiva: Decidir sin pensar


Hace algunos años, la inteligencia era un concepto muy limitado, que tan solo preveía las capacidades para resolver problemas de índole lógica. Sin embargo, con la aparición de la Teoría de las Inteligencias Múltiples, de repente el concepto de inteligencia adquirió una nueva dimensión, ampliándose considerablemente.

Por eso, en la actualidad la inteligencia se comprende como una capacidad para resolver problemas de cualquier índole, desde problemas lingüísticos hasta de naturaleza emocional o interpersonal. En este escenario, surge un nuevo concepto que pretende darle un vuelco radical a la forma como pensamos y tomamos decisiones: la Inteligencia Intuitiva.

Freud ya había hecho referencia a este concepto al indicar que “cuando tomamos decisiones pequeñas, siempre es ventajoso analizar los pros y los contras. Sin embargo, en los asuntos vitales, como la elección de la pareja o la profesión, la decisión debe venir del inconsciente, de un lugar recóndito dentro de nosotros. En las decisiones realmente importantes de la vida, debemos dejar que gobiernen las profundas necesidades de nuestra naturaleza”.

A lo que Freud se refería era a esa sensación de justo o erróneo, de placer o rechazo visceral, que se genera en lo más profundo de nosotros y que a veces desoímos, para darle crédito a la razón.

¿Qué es la Inteligencia Intuitiva?


La idea de la Inteligencia Intuitiva proviene del sociólogo canadiense Malcolm Gladwell, quien partió del concepto de “thin-slicing”. Este sociólogo sostiene que somos capaces de conferirle un sentido a las situaciones en base a experiencias realmente efímeras. Por tanto, también tenemos la capacidad para determinar lo que es más importante en poquísimo tiempo, incluso en un abrir y cerrar de ojos. A esta capacidad Malcolm Gladwell la denominó “Inteligencia Intuitiva”.

La Inteligencia Intutiva enaltece nuestra capacidad para decidir y resolver problemas en muy poco tiempo. Es un concepto que va contracorriente ya que siempre hemos pensado que para tomar buenas decisiones, es necesario pensar detenidamente, no apresurarse y analizar los pros y los contras de la situación. 

Sin embargo, lo cierto es que en una sociedad como la actual, donde hay un exceso de información, a veces menos es más, y tener más datos no siempre juega a nuestro favor sino que a veces puede confundirnos o conducirnos a la inercia. De hecho, ya sabemos que cuando tenemos muchas opciones entre las cuales elegir, nuestro cerebro sufre una especie de bloqueo, al ser incapaz de manejar tantos datos, simplemente no puede decidir.

Al respecto, en un estudio muy interesante realizado en Chicago les pidieron a los médicos que cambiaran la forma en que diagnosticaban los ataques al corazón. La idea era que recogiesen menos información sobre los pacientes para poder intervenir con mayor rapidez y aprovechar unos minutos de tiempo preciosos. Así, solo debían tomar la presión arterial y realizar un electrocardiograma, omitiendo todos los datos de la historia clínica.

Como resultado de este experimento, hoy el Condado de Cook es uno de los mejores lugares en Estados Unidos en el diagnóstico de dolores torácicos. 

Por supuesto, convencer a los médicos no fue una tarea fácil ya que aquel procedimiento iba contra las normas preestablecidas. De la misma manera, no nos resultará sencillo dejarnos llevar por lo que siempre hemos considerado como “corazonadas” o presentimientos, sobre todo si debemos tomar decisiones importantes que pueden marcar nuestro destino.

Por tanto, la Inteligencia Intuitiva no sería nada más que dejar aflorar a la conciencia todo aquello que ya sabemos, en aras de resolver un problema y tomar decisiones con extraordinaria rapidez. No se trata de razonar sino de saber escuchar a nuestro inconsciente y a nuestras emociones.

De hecho, mientras que la inteligencia tradicional implica cierto grado de reflexión y procesamiento, la inteligencia intuitiva se basa en el conocimiento que hemos atesorado a lo largo de los años y que está bien guardado en el inconsciente. 

¿Es fiable la Inteligencia Intuitiva?


La Inteligencia Intuitiva sienta sus bases en el cerebro emocional. Se trata de la zona más antigua del cerebro, encargada de procesar los principales estímulos provenientes del medio. De hecho, cuando nos encontramos ante situaciones que debemos resolver inmediatamente, se activan una serie de imágenes relacionadas con el hecho en cuestión. A su vez, esas imágenes activan recuerdos emocionales, ya sean dolorosos o positivos, que influyen en la decisión que tomaremos.

Por ejemplo, cuando debemos decidir si le vamos a dar una segunda oportunidad a nuestra pareja, inevitablemente, en nuestra mente se activan los recuerdos de relaciones pasadas. Esos recuerdos pasan por delante de nuestros ojos, como si de una película se tratase, e inclinarán la balanza en una u otra dirección. Si las experiencias han sido positivas, es probable que decidamos darle una segunda oportunidad, si han sido negativas, es probable que no se la demos.

Este proceso transcurre de forma consciente, por eso generalmente somos capaces de explicar las razones de nuestra decisión. Sin embargo, en algunos casos el proceso transcurre de forma inconsciente. Por debajo del umbral de nuestra conciencia tiene lugar un mecanismo de preselección que se encarga de examinar las diferentes opciones y decidir cuáles serán las que lleguen a la conciencia. De hecho, este es el primer mecanismo de decantación de alternativas, y se encarga de que afloren solo las opciones más convenientes. Así nuestro cerebro racional no se ve ofuscado con demasiadas alternativas, con un número excesivo de opciones que no puede manejar.

Sin embargo, este mecanismo no solo se encarga de que el cerebro racional funcione mejor y no se bloquee sino que también nos protege. En nuestro cerebro emocional están grabadas con fuego las experiencias negativas. Por eso, ese cerebro se encarga de descartar todas aquellas opciones que podrían causarnos daño o reactivar, de alguna manera, ese dolor. 

Sin embargo, ¿es realmente eficaz este mecanismo?

La Inteligencia Intuitiva sería como un mecanismo de decantación de alternativas, donde nuestras experiencias emocionales anteriores son esenciales. En los años ’80 y ’90, se realizaron estudios con enfermeras, médicos y empresarios que tenían muchos años de experiencia y se pudo apreciar que su primera intuición casi nunca fallaba.

Por supuesto, la Inteligencia Intuitiva no es, ni mucho menos, una herramienta infalible. Aún así, puede ser una estrategia particularmente útil cuando debemos tomar decisiones en las que la información es particularmente caótica o no tenemos forma de valorar con objetividad los pros y los contras de las diferentes opciones. 

¿Cómo aplicar la inteligencia intuitiva a la vida cotidiana?


En todo caso, siempre es conveniente aprender a escuchar las emociones. En un mundo donde hemos priorizado la razón e intentamos que la mente funcione como un algoritmo matemático, a veces es conveniente dejar hablar nuestros deseos más recónditos.

Para lograrlo, puedes poner en práctica estos principios:

1. Piensa de manera holística, analiza la situación en 360 grados y no te cierres a ninguna posibilidad, por disparatada que pueda parecerte en un primer momento. Más adelante, cuando llegue el momento de decidir, ya tendrás tiempo para eliminar alternativas pero antes, es importante que mantengas la mente abierta.

2. Aprende a leer entre líneas, lo cual significa que no solo debes pensar en términos de conveniencia sino que también debes escuchar a tu cuerpo, a las sensaciones que despierta la perspectiva de determinadas decisiones. Si nunca lo has hecho, al principio te resultará difícil pero cuando te acostumbres, notarás los pequeños cambios en tu cuerpo que generan algunas decisiones. Hazles caso porque el resultado vale la pena.


Fuentes:
Gladwell, M. (2005) Inteligencia Intuitiva. Barcelona: Editorial Taurus.
Reilly, B. M. et. Al. (2002) Impact of a Clinical Decision Rule on Hospital Triage of Patients With Suspected Acute Cardiac Ischemia in the Emergency Department. JAMA; 288(3): 342-350.
Damasio, A. R. (2001) El error de Descartes. Barcelona: Editorial Crítica.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/22/2015

El color azul: Nadie pudo verlo hasta los tiempos modernos


La percepción humana es compleja y, a menudo, hasta engañosa. De hecho, mientras más profundizamos en la percepción, más nos damos cuenta de que es mucho más subjetiva de lo que estaríamos dispuestos a reconocer. Incluso los colores, que aparentemente están ante los ojos de todos, cambian según la persona que los mire.

Es curioso que hasta hace relativamente poco, en la historia humana el color azul no existía, o al menos no como lo conocemos en la actualidad. Los historiadores están convencidos de que la palabra “azul” no existía, ni entre los griegos ni entre los chinos, japoneses y hebreos. Por tanto, los psicólogos hipotetizan que si no tenían una palabra para describir este color, es porque no lo veían.

¿Cómo nos percatamos de que el azul no existía en la Antigüedad?


En “La Odisea”, Homero describe el “mar de color vino oscuro”, una expresión que hoy nos resulta bastante extraña ya que utilizaríamos frases como “azul profundo”.

En el año 1858 un estudiante llamado William Gladstone, que después se convertiría en el Primer Ministro del Reino Unido, notó que esta no era la única descripción extraña respecto a los colores. Los poetas griegos de la antigüedad dedicaban páginas enteras a describir los detalles de las vestimentas, las características de los animales o incluso las armaduras pero las referencias a los colores eran extrañas.

Así, Gladstone se dio a la tarea de contar las referencias a los colores que había en este libro. El negro se mencionaba casi 200 veces y el blanco 100 veces, pero el resto de los colores aparecían muy poco. El rojo se mencionaba 15 veces y el verde y el amarillo menos de 10 veces. Gladstone también se percató de que este patrón se repetía en otros libros antiguos. Así fue como descubrió que el azul no se mencionaba. 

Más tarde, el filólogo Lazarus Geiger se interesó por este trabajo y se dio cuenta de que no eran únicamente los griegos quienes carecían del color azul sino que se trataba de algo común en otras culturas de la Antigüedad. De hecho, es curioso que los hindúes describieran con lujo de detalles el cielo pero en ningún momento mencionaran que era azul.

Este filólogo se percató de que el desarrollo de todos los idiomas seguía un orden bastante preciso: primero aparecían las palabras para indicar el blanco y el negro, la luz y la oscuridad. Más tarde apareció el rojo, que era el color de la sangre y el vino. Luego llegó el amarillo y posteriormente, el verde. El último de los colores en aparecer fue el azul. La única excepción fueron los egipcios, que conocían el azul e incluso eran capaces de reproducirlo.

De hecho, si miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que, además del cielo, no hay mucho azul en la naturaleza. Tampoco es casual que una de las primeras preguntas que realicen los niños sea: ¿por qué el cielo es azul?

En este sentido, Guy Deutscher, un lingüista israelí, tuvo el cuidado de hacer un experimento particularmente interesante con su propia hija. Se encargó de no describirle el cielo, para poder preguntarle de qué color lo veía. Aunque la niña conocía perfectamente los colores, le resultó difícil dar una respuesta, hasta que al final dijo que era blanco y solo más tarde, dijo que era azul. Por tanto, el azul no es precisamente el primer color que le viene a la mente un niño cuando ve el cielo.

¿No tener una palabra para identificar un color significa no percibirlo?


Es difícil saber de qué forma el cerebro de Homero y de los antiguos escritores percibía los colores. Aún así, hoy sabemos que su cerebro tenía la misma capacidad que el nuestro por lo que no existía ningún impedimento para ver toda la gama de colores que hoy podemos percibir. 

Sin embargo, ¿realmente vemos algo para lo cual no tenemos una palabra?

Jules Davidoff, psicólogo de la Universidad de Londres, viajó hasta Namibia para encontrar la respuesta. Allí experimentó con la tribu Himba, quienes aún hoy no tienen una palabra para denominar el color azul y no lo distinguen del verde. Les mostró una imagen en la que aparecen 12 cuadrados verdes y uno azul. Las personas no fueron capaces de identificar el color diferente. 

Sin embargo, las personas de esta tribu tenían diferentes palabras para identificar los distintos tipos de verde. Así, cuando el investigador incluyó un cuadrado verde, de un tono ligeramente diferente, lo identificaron con extraordinaria rapidez. No obstante, la mayoría de los occidentales no podemos hacerlo. De hecho, te reto a que lo encuentres.

SPOILER
El cuadrado diferente, ocupa el número 11, imaginando que se trata de la esfera de un reloj.

Davidoff piensa que si no existe una palabra para identificar un color, para hacer que sea diferente del resto, a la mayoría de las personas les resultará difícil notarlo, aunque no tengamos ningún impedimento físico para hacerlo. Por tanto, antes de que apareciera la palabra “azul”, es probable que las personas de la Antigüedad no lo vieran, al menos de forma consciente.


Fuentes:
Loria, K. (2015) No one could see the color blue until modern times. En: Business Insider.
Deutscher, G. (2010) Through the Language Glass: Why the World Looks Different in Other Languages. Nueva York: Metropolitan Books.
Davidoff, J. et. Al. (2005) Color categories: Evidence for the cultural relativity hypothesis. Cognitive Psychology; 50(4): 378-411.
Escrito por: Jennifer Delgado

Las alucinaciones en los niños: ¿Cuándo son un síntoma psicótico?


Las alucinaciones en el adulto se han considerado como una señal de un trastorno psicótico. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha comenzado a reivindicar la posibilidad de que las alucinaciones, sobre todo las auditivas, no siempre sean sinónimo de enfermedad mental. De hecho, hay algunas culturas en las cuales este tipo de alucinaciones no son mal vistas sino que forman parte de su idiosincrasia. En otros casos, las alucinaciones no tienen un carácter psicó­tico sino que son desencadenadas por una situación estresante o traumática que la persona no puede afrontar. 

En lo que respecta a los niños, las alucinaciones son un tema aún más complejo ya que pueden estar provocadas por diferentes problemas, no necesariamente graves, o incluso pueden ser una expresión de una etapa del desarrollo concreta. De hecho, conoce que las alucinaciones pueden aparecer en niños con trastornos de conducta, trastornos de adaptación, situaciones de duelo, síndromes afectivos y ansiedad.

Las estadísticas indican que un 8% de los niños experimentan ocasionalmente fenómenos alucinatorios. Sin embargo, solo en 1 de cada 3 existe un problema psiquiátrico de base. Por tanto, se puede afirmar que en las alucinaciones en los niños pueden formar parte del desarrollo normal.

¿Cómo se desarrolla la percepción y el pensamiento a lo largo de la infancia?


Antes de profundizar en las alucinaciones durante la infancia, es importante comprender cómo recibe e integra el cerebro del niño las sensaciones y percepciones provenientes del medio. 

Al principio, cuando el bebé nace, los estímulos del medio simplemente son demasiados, tanto en intensidad como en cantidad. Por eso los bebés lloran cuando están en un ambiente ruidoso o con muchos estímulos visuales. El cerebro, simplemente, se sobrecarga. 

Poco a poco, el bebé irá desarrollando una conciencia sensorial que le permitirá conocer y reconoce su ambiente. El paso de una conciencia mayormente propioceptiva a una conciencia predominantemente sensorial del mundo exterior, se realiza a través del intercambio afectivo con la madre. La madre es quien satisface sus necesidades y se adapta al nivel de desarrollo del niño, presentándole los estímulos en función de la capacidad del pequeño para tolerarlos. Por tanto, la maduración cerebral se apoya en una serie de experiencias que son generadas por la madre y que después se convertirán en representaciones del mundo.

Sin embargo, antes de que el niño logre establecer una diferenciación entre el mundo externo e interno, deben pasar años. En una primera fase, el pequeño no podrá distinguir los objetos del mundo de los objetos interiores, generados en su mente. Más tarde, logrará establecer esa diferencia y comprenderá la función simbólica del pensamiento. Solo entonces desarrollará una capacidad reflexiva que le permitirá pensar sobre sus estados mentales y los ajenos, comenzará a distinguir la realidad de la fantasía.

¿Cómo son las alucinaciones en los niños?


En los niños, es importante distinguir las alucinaciones de los fenómenos relacionados con el sueño, que son mucho más frecuentes, y de otros fenómenos del desarrollo como las imágenes eidéticas, la imaginación vívida y los amigos imaginarios, que sirven para aliviar la soledad y afrontar diferentes temores. De hecho, las imá­genes eidéicas y los amigos imaginarios no se consideran alucinaciones.

También se debe aclarar que los niños normalmente son víctimas de las intrusiones de la fantasía en su vida mental. Además, la inmadurez hace que sean más vulnerables a los efectos del entorno y mucho más susceptibles a los sucesos estresantes y a sufrir distorsiones cognitivas. Por otro lado, la inmadurez cognitiva del niño y su pensamiento ilógico, a menudo les llevan a describir su pensamiento como si fueran voces.

Por eso, es muy difícil determinar cuándo un niño tiene realmente alucinaciones. Aún así, la presencia de estas se infiere de la reacción del pequeño, son sus conductas las que ayudan a establecer la distinción entre las alucinaciones psicóticas y no psicóticas.

Los cuadros psicóticos agudos generalmente producen un grado de excitación y pérdida de control, acompañados por confusión mental, perplejidad y un humor irritable. A menudo los niños se agitan, presentan trastornos del lenguaje, creencias delirantes y se produce un aislamiento social.

Además, estas alucinaciones suelen ser persistentes y numerosas, y se acompañan de una pérdida del contacto con la realidad. A medida que el niño crece, se resiste a comentarlas. De hecho, la edad influye en la apariencia y el contenido de las alucinaciones.

En niños preescolares, por ejemplo, los cuadros alucinatorios son breves y suelen estar relacionados con situaciones estresantes. Lo usual es que las alucinaciones sean visuales y táctiles. 

Las alucinaciones de los niños mayores pueden ocurrir aunque no haya otros signos de psicosis. Sin embargo, a diferencia de los niños pequeños, las alucinaciones en la edad escolar son más estables y suelen prever un trastorno psiquiátrico grave.

En el caso de las alucinaciones auditivas no psicóticas, estas suelen ser fenómenos disociativos provocados por estre­sores agudos o crónicos, tanto personales como familiares, como los cambios de colegio, una hospitalización, la separación de los padres, la muerte de un ser querido o la violencia familiar. 

En práctica, estos niños huyen mentalmente de la situación que les provoca tensión, y las alucinaciones no serían más que la expresión de esa disociación. De hecho, en un estudio realizado en la Universidad de Maastricht se descubrió que, después de tres años del primer episodio de alucinaciones auditivas, el 60% de los niños dejan de escuchar voces, sin necesidad de seguir ningún tratamiento. Obviamente, la persistencia de las alucinaciones indicaría una patología psiquiátrica. 

Fuentes:
Ortiz, P. et. Al. (2012) Las alucinaciones en los niños: de la percepción a la representación. Átopos; 13: 28-38.
Escher, S. et. Al. (2002) Independent course of childhood auditory hallucinations: a sequential 3 -year follow-up study. British Journal of Psychiatry; 43:10-18. 
Escrito por: Jennifer Delgado

4/21/2015

Enfado crónico ¿Qué esconde en su base?


Hay personas que están permanentemente enfadadas, es como si el enfado fuera su estado natural. Y no dudan ni un segundo en descargar ese enfado sobre todos aquellos que encuentran en su camino. Estas personas se comportan como verdaderos camiones de basura humanos, no quieren reconocer la carga que llevan a cuestas pero están dispuestas a colocarla encima del primero que pasa.

En otras ocasiones, somos nosotros quienes experimentamos fases de enfado crónico. A veces incluso podemos pasar días enteros enfadados sin ser plenamente conscientes de ello. Nos sentimos irritados y explotamos ante el menor estímulo, reaccionando de manera exagerada ante situaciones que en otras circunstancias, no nos habrían molestado tanto. En esos casos, nos resulta difícil controlar nuestro comportamiento y las emociones negativas están a flor de piel.

¿Qué es el enfado crónico?


Ante todo, es importante aclarar que en algunos casos, es perfectamente comprensible que reaccionemos con enfado. De hecho, tener pequeñas explosiones incluso puede tener un poder catártico ya que nos permiten liberar la tensión acumulada y continuar adelante. Obviamente, debemos intentar que esas explosiones de mal humor no dañen a otras personas y que no nos lleven a hacer o decir cosas de las que después podemos arrepentirnos.

Sin embargo, el enfado crónico no es una simple frustración pasajera, es un estado mucho más complejo.

La persona que experimenta un enfado crónico casi siempre está de mal humor, ese estado se extiende durante semanas, meses o incluso años. De hecho, todos conocemos a personas que podríamos calificar como “gruñones perennes”, enfadados eternos que casi nunca sonríen y a los que todo les molesta.

Estas personas han hecho del enfado una manera habitual de afrontar la vida, lo han convertido en una estrategia de afrontamiento. Por eso, todo les produce fastidio, incluso las situaciones más triviales, pierden el control fácilmente y se vuelven difíciles de tratar.

Lo curioso es que su enfado normalmente no está dirigido contra una persona, situación o hecho sino contra el mundo y la vida en sentido general. Y es que estas personas experimentan una sensación de fastidio y hastío permanente. Desarrollan una actitud intolerante y son híper críticos para con los demás o recurren a la descalificación. 

Por supuesto, el enfado crónico también tiene profundas implicaciones para la salud ya que puede provocar desde hipertensión hasta dolor de cabeza o agravar enfermedades ya existentes. En el plano psicológico, se ha relacionado con la depresión ya que ese enfado termina provocando una tristeza profunda que, a la larga, se convierte en desesperanza. La persona que está permanentemente enfadada, pone en su balanza emocional más sentimientos negativos que positivos, por lo que no es extraño que el desencanto y la depresión sienten casa.

Obviamente, el enfado crónico también provoca problemas en las relaciones interpersonales. Las personas que están continuamente enfadadas son difíciles de tratar por lo que a menudo vulneran los derechos de los demás reaccionando con violencia. Las discusiones son pan cotidiano por lo que quienes están a su alrededor poco a poco comienzan a evitar el contacto y le dejan solo.

¿Qué subyace en la base del enfado crónico?


La ira no es más que un intento de reducir la tensión que percibimos ante una situación que nos resulta difícil de manejar. Al redefinir la situación, logramos poner en práctica una solución más sencilla: el enfado. Por ejemplo, si una persona bromea sobre un error que hemos cometido, podemos reaccionar de diferentes maneras. Las personas seguras de sí incluso pueden llegar a reírse del error, pero una persona insegura no sabrá cómo manejar la situación y es probable que termine enfadándose. Como esa persona es incapaz de ser ingeniosa y reírse de sí misma, lleva la conversación a otro plano e intenta inspirar miedo, ya que percibe la broma como un ataque a su “yo”.

Por tanto, el enfado cambia la naturaleza de la situación que lo desencadenó. Sin embargo, lo curioso es que aunque el enfado se manifiesta como una reacción ante determinadas situaciones del medio, en realidad su base se esconde en nuestro interior. El enfado crónico no es una mera reacción sino que es la expresión de un problema interior.

Por supuesto, cada persona es un mundo y resulta difícil hallar una sola causa pero en la base del enfado crónico suele haber una profunda insatisfacción. En realidad, esa persona no está enfadada con el mundo, sino consigo misma. Esa persona se ha convertido, sin darse cuenta, en su peor enemigo.

Las causas del enfado crónico

1. No logras aceptarte. Todos tenemos una imagen ideal de cómo debemos ser. Sin embargo, a menudo nos exigimos demasiado y no logramos ajustarnos a nuestros parámetros. Cuando nos juzgamos de forma demasiado severa, se genera dentro de nosotros un profundo sentimiento de insatisfacción. Entonces pensamos que no somos lo suficientemente buenos y comenzamos a atormentarnos. De esta forma, aunque proyectamos el enfado hacia el exterior, en realidad estamos enfadados con nosotros mismos.

2. Tienes un asunto pendiente que genera culpa. Los errores son unas de las principales causas del enfado crónico. Cuando nos hemos equivocado pero no lo aceptamos, porque ese error va en contra de la imagen idealizada que tenemos de nuestro “yo”, nos enfadamos. Hasta que no aceptemos esa equivocación, hasta que no hagamos las paces con nuestro pasado, no podremos seguir adelante y seguiremos arrastrando ese enfado. 

3. Te sientes insatisfecho con la realidad. Cuando tenemos expectativas demasiado elevadas y estas no se corresponden con la realidad, comenzamos a sentirnos mal. Sin embargo, en muchos casos, en vez de adecuar nuestras expectativas, queremos que el mundo cambie para satisfacerlas. Como no es posible, poco a poco se va generando una sensación de frustración que nos lleva a estar enfadados con el mundo.

4. Te sientes inseguro y vulnerable. A menudo, el enfado no es la emoción primaria sino que es una respuesta a emociones como el dolor, el miedo, la culpa o la tristeza. Sin embargo, estas emociones primarias nos convierten en personas vulnerables y eso nos asusta. Por eso, desarrollamos otra emoción para encubrirlas, como el enfado. Por tanto, en algunos casos el enfado es una reacción defensiva que esconde en su base un miedo a la vulnerabilidad. 

5. Quieres autosabotearte. En algunos casos, el enfado es una herramienta que usa nuestro inconsciente para indicarnos que hay algo que nos molesta. Cuando llevamos semanas o incluso meses enfadados, sabotear nuestras relaciones interpersonales y nuestra propia vida emocional es una forma para llamar la atención sobre la necesidad de un cambio. Este tipo de respuesta normalmente surge cuando nos obligamos a llevar una vida que no nos satisface.

¿Qué hacer?


El enfado es como un fuego interno, arde continuamente y si no lo apagamos, terminará consumiendo todo lo que encuentre a su paso. Sin embargo, el primer paso consiste en descubrir cuál es su causa. ¿De dónde proviene ese enfado permanente?

Considera que cuando te enfadas porque el vecino ha puesto la música demasiado alta, porque alguien ha aparcado utilizando dos puestos cuando necesitaba solo uno o porque tu compañero de trabajo se ha equivocado en el informe, en realidad esa no es más que la gota que ha colmado el vaso.

Cuando hemos alcanzado un estado de paz interior, los pequeños problemas cotidianos no son capaces de irritarnos. Sin embargo, cuando ya estamos enfadados, esos pequeños problemas pueden desencadenar una tormenta emocional.

Por tanto, para combatir el enfado crónico, es necesario bucear dentro de nosotros mismos, en la búsqueda de respuestas.

Escrito por: Jennifer Delgado

4/20/2015

10 frases de Freud, 10 grandes enseñanzas para la vida


Freud, el padre del psicoanálisis, fue un hombre atrevido, dispuesto a echar por tierra muchos de los convencionalismos de su época. Nació en una familia judía pero muy pronto perdió sus creencias religiosas y encaminó sus pasos en otra dirección.

Cuando comenzó a ejercer la Medicina, fue uno de los primeros en utilizar la cocaína con fines terapéuticos y también se atrevió con la hipnosis, que en aquellos tiempos aún no era una técnica completamente aceptada en la comunidad científica.

Sin embargo, muy pronto comenzó a recorrer su propio camino, creó el método de asociación libre y sentó las bases del psicoanálisis, profundizando en el trabajo del inconsciente y perfilando hipótesis que hoy la Neurociencia ha podido comprobar. También puso el énfasis en la determinación sexual de nuestros comportamientos, un tema tabú en la sociedad puritana en la que vivía.

Finalmente, sus ideas tuvieron aceptación en la comunidad científica pero también recibió duras críticas, incluso de quienes fueron sus discípulos. Tuvo que encajarlas con estocisimo, al igual que el cáncer de mandíbula que le llevaría varias veces al quirófano y que finalmente acabaría con su vida.

Por eso, muchas de las mejores frases de Freud, no provienen precisamente de sus reflexiones sobre la Psicología sino de sus propias vivencias, de su conocimiento de la naturaleza humana. Hoy os invito a reflexionar sobre algunas de ellas.

Las frases de Freud que nos enseñan a ver el mundo desde otra perspectiva


1. “He sido un hombre afortunado, en la vida nada me ha sido fácil.”

Solo en la adversidad podemos crecer. Son los problemas los que movilizan nuestros recursos y nos impulsan a ir un paso más allá para salir de nuestra zona de confort. Entender la adversidad como un desafío nos permite ponernos a prueba y desarrollar al máximo nuestro potencial. De hecho, si algo caracteriza a las personas resilientes es que asumen las dificultades como oportunidades para aprender y desarrollarse.

2. “La humanidad siempre ha comprometido un poco de felicidad por un poco de seguridad.”

Tenemos una necesidad urgente de seguridad, para darle un sentido a nuestro mundo. Y estamos dispuestos a buscarla en cualquier sitio y a cualquier precio. De hecho, a menudo caemos en el error de confundir la seguridad con las posesiones y el dinero, pero estos símbolos solo ofrecen una seguridad efímera y una sensación de control ilusoria. Sin embargo, sacrificamos nuestro tiempo y a veces incluso a las personas, con tal de alcanzar esa seguridad, que no es una garantía de felicidad, sino todo lo contrario.

3. “Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera.”

La sociedad nos ha enseñado a reprimir las emociones, catalogando a algunas como inadecuadas e identificando a otras como una señal de debilidad. Sin embargo, esconder las emociones y reprimirlas equivale a no aceptarlas y, por ende, estas se quedan enquistadas en el inconsciente, provocando daño. Cuando finalmente salen a la luz, pueden provocar un verdadero terremoto emocional. 

4. “Tenemos una predisposición a considerar que las ideas desagradables son inciertas, y buscamos argumentos en contra.”

Nuestro cerebro odia las incongruencias, la disonancia cognitiva es su principal enemigo. Por eso, cuando algunas ideas nos resultan desagradables o no se corresponden con nuestras creencias, simplemente intentamos apartarlas, buscando argumentos en contra. Obviamente, esta forma de pensar niega el cambio y nos encierra dentro de patrones de pensamiento muy limitados.

5. “Somos lo que somos, porque hemos sido lo que hemos sido.”

Nuestro pasado nos condiciona, mucho más de lo que pensamos. De hecho, si queremos comprender por qué estamos en determinado punto de nuestra vida, nos veremos obligados a mirar atrás, escudriñando nuestras vivencias y decisiones. Sin embargo, una vez que somos conscientes de ese influjo, podemos deshacernos de él y trazar la vida que deseamos. Nuestro pasado existe, pero no estamos encadenados a al destino. 

6. “La tradición es la excusa de las mentes perezosas que se resisten a adaptarse a los cambios.”

Las tradiciones nos brindan una ilusoria sensación de seguridad, son algo familiar que le confiere un orden lógico a nuestro mundo. Por eso, es comprensible que nos aterre la posibilidad de abandonarlas, sobre todo si el futuro es incierto. Sin embargo, solo abrazando la incertidumbre y cuestionando las tradiciones, podemos avanzar. Si nos apegamos al pasado, nos anquilosamos y morimos un poco cada día porque el mundo está en continuo cambio.

7. “La mayoría de las personas no quiere la libertad porque esta implica responsabilidad; y la responsabilidad asusta.”

Libertad no solo implica el derecho a elegir sino también la necesidad de asumir la responsabilidad por nuestros actos. Por eso, muchas personas prefieren que sean otros quienes elijan por ellas, de esta forma se pueden lavar las manos, como Poncio Pilato. El problema radica en que dejar que los demás decidan por nosotros, implica vivir la vida que otros desean, no la que nos satisface o nos hace verdaderamente felices.

8. “Las personas, usualmente, usan falsos estándares para medir. Buscan y admiran el poder, el éxito y la riqueza pero subestiman los verdaderos valores de la vida.”

La sociedad publicita su imagen de la felicidad, a través de valores como la riqueza, el éxito profesional y el poder. Sin embargo, estos valores en realidad no conducen a la verdadera felicidad y no reportan más que una satisfacción inmediata, que se esfuma rápidamente. Las personas al final de su vida, no desearían haber trabajado más o haber acumulado más riquezas, sino haber disfrutado más  y haber pasado más tiempo con quienes amaban.

8. “Los hombres viven el presente con una cierta ingenuidad, sin llegar a valorar exactamente sus contenidos.”

Nuestro mayor tesoro es el presente, porque el pasado no existe más que en nuestra mente y el futuro aún está por llegar. Sin embargo, nos resulta complicado vivir en el aquí y ahora porque estamos demasiado preocupados por el futuro y nos mantenemos ocupados reprochando el pasado. Esa visión ingenua nos hace perder nuestro mayor don: la posibilidad de disfrutar plenamente el presente.

10. “Algunas veces, un cigarro es solo un cigarro.”

Nuestras creencias, estereotipos y condicionamientos a veces nos impiden pensar con claridad. De esta forma, le damos a las palabras o actos de las personas que nos rodean un significado completamente erróneo, que es fruto de nuestras inseguridades y miedos. Ese significado erróneo puede provocar grandes problemas en las relaciones interpersonales e incluso dar al traste con algunas. Por eso, en ocasiones no es necesario buscar un significado oculto. Cuando tengas dudas, simplemente pregunta. La vida suele ser muy sencilla, somos nosotros quienes la complicamos.

Escrito por: Jennifer Delgado

4/18/2015

Tu perro es capaz de detectar a los mentirosos y desconfiar de ellos


Una de las cosas más bellas y asombrosas de los cachorros es ver cómo se acercan a la mayoría de las personas de manera confiada y amigable. Lo mismo ocurre con los niños pequeños. Sin embargo, en cierto punto de su desarrollo, el niño comienza a ser más selectivo, empieza a confiar en algunas personas y desconfía de otras. Estudios recientes desvelan que los perros siguen ese mismo patrón de comportamiento y que tienen una Inteligencia Social mucho más sofisticada de lo que suponíamos.

Mentir a los perros equivale a perder inmediatamente su confianza


Al igual que ocurre con los niños, si a un perro se le miente con frecuencia, terminará perdiendo la confianza en la persona y comenzará a actuar como si no pudiera confiar en la información que esta le brinda. Un experimento realizado en la Universidad de Kyoto, en Japón, demostró que los perros solo utilizan la información y siguen las órdenes de las personas que son dignas de su confianza.

En el primer estudio los psicólogos trabajaron con 24 perros y partieron con la idea de que, como estaban bien entrenados, seguirían las instrucciones de las personas. Así, colocaron dos recipientes opacos, debajo de uno de ellos había comida, el otro estaba vacío.

En la primera fase, la persona señalaba hacia el contenedor que tenía la comida. Los perros siguieron la orden y obtuvieron la recompensa.

En la segunda fase, el investigador colocó la comida ante la mirada del perro. Después, la persona indicó el recipiente vacío, alentando al perro a ir hacia este. De esta forma, se generaba la sensación de que esa persona había dejado de ser digna de confianza, que estaba mintiendo.

Al repetir una vez más el experimento, esta vez sin que el perro supiera dónde estaba escondida la comida, se pudo apreciar que solo el 8% de los perros que habían sido engañados, siguieron la indicación de la persona. 

En este punto los investigadores se preguntaron si los perros serían capaces de hacer distinciones; es decir, si pensarían que todas las personas eran poco fiables para desarrollar esa tarea o si desconfiarían tan solo de la persona que les había mentido.

En este sentido, estudios realizados en el pasado mostraban que los perros son capaces de realizar juicios sobre la personalidad y los comportamientos de las personas, y no generalizan sus resultados a todas. Por eso, los investigadores reclutaron a otros 26 perros y se pusieron nuevamente manos a la obra.

Replicaron las dos primeras fases del experimento: en la primera la persona daba una indicación correcta y en la segunda mentía. Sin embargo, el truco radicaba en que se utilizaban a personas diferentes. De esta forma, se podía apreciar si los perros realizaban una distinción. 

Los resultados no dejaron lugar a dudas: los perros confiaban en la primera persona, cuando esta volvía a apuntar a los contenedores, pero desconfiaban de la segunda y no seguían sus órdenes porque habían comprendido que se trataba de un mentiroso pues sus indicaciones no eran fiables.

La sofisticada Inteligencia Social de los perros


Estos psicólogos están convencidos de que los perros tienen una Inteligencia Social mucho más aguzada de la que suponemos. De hecho, un experimento similar realizado con niños demostró que los pequeños comienzan a aceptar que ciertas personas no son de confianza, solo a partir de los 5 años.

En realidad, la inteligencia de los canes ha ido evolucionando a lo largo de las décadas, sobre todo debido a la estrecha relación que han mantenido con las personas. Por eso, no es extraño que recientemente otro estudio haya encontrado que los perros realmente nos entienden y que su cerebro procesa el lenguaje de manera bastante similar a como lo hace nuestro cerebro; es decir, no solo se guían por el tono emocional de nuestro discurso sino también por el significado de las palabras. 

En este sentido, un experimento asombroso realizado con Chaser, un border collie, que fue publicado en la revista Behavioral Processes, demostró que con el entrenamiento adecuado, el perro era capaz de reconocer los nombres de 1.022 juguetes y elegirlos adecuadamente en el 95% de las veces.

Sin embargo, quizás el estudio más sorprendente de todos, que no deja dudas sobre la Inteligencia Social de estas mascotas, fue realizado por psicólogos de la Universidad de Milán. En esa ocasión, los investigadores hicieron que los dueños de los perros o una persona ajena a estos, reaccionaran de manera diferente ante un estímulo ambiguo que provocaba cierta tensión y miedo en los animales. 

En algunos casos, la persona reaccionaba de manera positiva, reía, se mostraba relajada y hacía comentarios con tono positivo sobre el estímulo, cada vez que el animal establecía contacto ocular. En otros casos, la persona mostraba señales de miedo y disgusto, haciendo comentarios con un tono emocional negativo sobre el estímulo.

Los investigadores pudieron apreciar que los perros usaban lo que se conoce como “referencias sociales” para regular su comportamiento, independientemente de la relación afectiva que tenían con la persona.

En práctica, los perros no solo demostraron que eran capaces de captar nuestras reacciones y estados de ánimo sino que también regulaban su comportamiento en base a estos, tomando en cuenta nuestra experiencia para decidir si podían acercarse o no al objeto. Se trata de algo sorprendente si tenemos en cuenta que la capacidad para usar las referencias sociales se desarrolla en los niños a partir de los 15 meses de edad, aproximadamente.

Por tanto, los perros tienen una Inteligencia Social muy desarrollada, que les permite interactuar con las personas y regular su comportamiento en base a la información que obtengan.


Fuentes:
Takaoka, A. et. Al. (2014) Do dogs follow behavioral cues from an unreliable human? Animal Cognition; 18(2): 475-483. 
Merola, I. et. Al. (2012) Dogs' Social Referencing towards Owners and Strangers. PLoS ONE 7(10).
Vanderbilt, K. et. Al. (2011) The development of distrust. Child Development; 82: 1372–1380.
Pilley, J. W. & Reid, A. K. (2011) Border collie comprehends object names as verbal referents. Behavioural Processes; 86(2): 184–195.
Repacholi, B. M. et. Al. (2010) Linking actions and emotions: Evidence from 15- and 18-month-old infants. British Journal of Developmental Psychology; 27(3): 649-667.
Escrito por: Jennifer Delgado

4/17/2015

Los problemas no se resuelven, se superan


Hay muchas cosas que damos por hechas y que ni siquiera cuestionamos. Cuando nacemos, somos prácticamente una tabula rasa, con potencialidades enormes y con mucho que aprender. Sin embargo, poco a poco nos vamos apropiando de la cultura y eso también significa que nos cerramos a un mundo de posibilidades. De hecho, a menudo son las pequeñas cosas, esas que damos por sentadas, las que se convierten en obstáculos para desarrollar por completo nuestro potencial.

El problema es que una vez que adoptamos determinados patrones de pensamientos y que nos apegamos a ciertas creencias, es muy difícil deshacerse de ellas. Por eso, al final, terminamos viviendo en un universo de posibilidades muy restringido, en comparación con todo lo que podríamos llega a aprender o a hacer.

Precisamente, una de esas creencias limitantes, que no nos cuestionamos sino que damos por sentado, es pensar que los problemas se deben resolver.

¿Qué significa resolver un problema?


Resolver un problema significa, ante todo, asumir que existe un obstáculo. Cuando nos percatamos de que existe algo que nos impide lograr nuestra meta o que perturba nuestra estabilidad, nos sentimos mal, nos frustramos y enojamos. Sin embargo, esas emociones, lejos de ayudarnos a enfrentar la situación, en realidad nos dañan. No solo nos hacen sentir peor sino que también afectan nuestro juicio y nuestra capacidad para encontrar una buena solución.

Resolver un problema también significa que debemos retirar ese obstáculo cuanto antes del camino, para poder seguir o volver lo más rápido posible al estado inicial, que probablemente era esa zona de confort en la que nos sentíamos seguros.

No obstante, asumir los problemas como meros obstáculos implica una visión muy restringida, que casi nunca conduce al desarrollo personal. Al contrario, comprender los problemas como algo que debemos superar, como un desafío que nos transformará, implica un giro radical en nuestra manera de ver y afrontar el mundo.

¿Por qué tenemos la tendencia a asumir los problemas como obstáculos y no como desafíos?

En realidad, se trata de una visión que nos ha transmitido la sociedad occidental, una sociedad que promueve valores competitivos e individualistas, que está centrada en el logro de las metas personales, a despecho del grupo y de los intereses y necesidades de los demás. Por eso, todo a nuestro alrededor está concebido para que sigamos determinadas metas y para asumir que todo aquello que se interpone en el camino, son obstáculos.

Sin embargo, cuando dejamos de ver la vida como una consecución de metas y la comenzamos a comprender como un camino, los problemas no son meros obstáculos sino oportunidades para crecer. Cuando no tenemos la obsesión de llegar a un punto sino que nos hemos propuesto disfrutar del camino y sacarle el máximo provecho, los problemas adquieren otra dimensión, se convierten en oportunidades.

En este sentido, resulta particularmente esclarecedora la visión de los emprendedores chinos. Estas personas no le temen a la competencia, todo lo contrario, creen que es algo sano. No ven a otros emprendedores como un obstáculo para su propio negocio, sino como una oportunidad para mejorar su empresa, la competencia se convierte en un aliciente para cambiar y, si en algún momento disminuyen las ventas, no culpan al otro, sino que se preguntan qué pueden hacer para revertir ese efecto y crecer.

Los problemas: Un desafío a superar


Pensar en los problemas en términos de desafío no es un mero cambio terminológico. Sustituir “resolver” por “superar” no es simplemente una transformación a nivel lingüístico sino que implica un cambio mucho más profundo a nivel de actitud y de visión del mundo.

De hecho, las personas que cultivan la resiliencia, las que saben afrontar la adversidad y salen fortalecidas, no son las más fuertes o preparadas sino aquellas que afrontan los problemas como desafíos, aquellas que están convencidas de que esa situación les permitirá crecer.

Estas personas no están desesperadas por volver a su antigua zona de confort sino que cuando finalmente logran superar el problema, crecen. De esta forma, esa zona de confort en la que se sienten a gusto, se hace cada vez más grande y por eso, cada vez hay menos cosas que las lastiman o desequilibran.

En un estudio realizado en el Boston College reclutaron a una serie de personas y les pidieron que preparasen un discurso. Se les dijo que iban a ser evaluadas por su desempeño, así se generaba tensión. Mientras tanto, monitorizaban sus constantes vitales. Lo curioso fue que a algunas personas se les presentó la actividad como un desafío, bajo una luz positiva, mientras que a otras se les presentó como un problema.

Los psicólogos pudieron comprobar que enfrentar las situaciones estresantes como un desafío no solo mejoraba el desempeño final de los participantes sino que también les permitía controlar los signos de estrés: indicadores como el ritmo cardíaco y la presión arterial volvían rápidamente a la norma, mientras que en el grupo que consideraban la actividad como un problema, estos indicadores se disparaban.

Por tanto, superar un problema implica no solo resolverlo sino también aprender la lección. No se trata simplemente de pasar página sino de integrarlo en nuestra historia, darle un sentido a lo que ha sucedido e incorporarlo en nuestra experiencia de vida. Así nos enriquecemos como personas. De esta forma, es menos probable que volvamos a chocar dos veces con la misma piedra, porque adquirimos una visión mucho más completa de la situación y, por ende, de los factores que nos condujeron a la misma.

¿Por qué es tan importante ese cambio de perspectiva?


Los problemas no son hechos externos sino que dicen algo de ti, los problemas no existen al margen de quienes somos. De hecho, lo que en algunas etapas de la vida puede parecernos un problema de proporciones gigantescas, porque no contamos con los recursos psicológicos para hacerle frente, más tarde, puede convertirse en una situación de la cual incluso podemos reírnos. 

Por eso, los problemas en realidad no son un obstáculo externo sino la expresión de algún miedo, inseguridad, carencia o limitación propia. Desde esta perspectiva, el problema no es una piedra que podamos apartar fácilmente del camino sin pensar de nuevo en ella sino que es una señal de alerta que nos está indicando una deficiencia mucho más profunda y, por ende, una oportunidad para convertirnos en personas más fuertes.

El cambio vale la pena.

Fuente:
Tugade, M. N. & Fredrickson, B. L. (2004) Resilient individuals use positive emotions to bounce back from negative emotional experiences. Journal of Personality and Social Psychology; 86(2): 320-333.
Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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