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5/29/2017

Para nuestro cerebro, lo que le pasa a un ser querido nos pasa a nosotros


La empatía es una capacidad muy especial que nos permite ponernos en el lugar del otro. Gracias a la empatía no solo somos capaces de captar las emociones de los demás sino que las comprendemos y las vivimos en primera persona. Implica salir de nuestra piel y ponernos en la del otro, por lo que es uno de los estados de conexión más auténticos y profundos que podemos experimentar.

Lo curioso es que las investigaciones realizadas en el campo de las Neurociencias indican que nuestro cerebro está cableado para experimentar la empatía. Y hace poco, neurocientíficos de la Universidad de Virginia concluyeron, tras una serie de experimentos con escáneres de resonancia magnética para monitorear la actividad cerebral, que cuando existe un vínculo afectivo profundo con alguien, nuestro cerebro no establece distinciones entre lo que le pasa a esa persona y lo que nos sucede a nosotros mismos.

El dolor de las personas que amamos, es nuestro dolor


En el experimento, escanearon la actividad cerebral de 22 personas. A los voluntarios les advirtieron que recibirían pequeñas descargas eléctricas. Ante esa amenaza, los investigadores compararon sus reacciones, con la posibilidad de que una persona querida pudiera recibir el mismo tratamiento. 

Los resultados fueron sorprendentes: la respuesta a nivel cerebral era casi idéntica.

Se activaron fundamentalmente tres zonas del cerebro:

- Ínsula anterior, relacionada con la experiencia subjetiva emocional y la representación del cuerpo.

- Putamen, relacionado con el control de los movimientos corporales más finos pero también con los sentimientos de amor y odio.

- Giro supramarginal, vinculado con la percepción de los estímulos táctiles, aunque también desempeña un rol protagónico en el sistema de neuronas espejo ayudándonos a identificar los gestos de los demás y a controlar nuestro nivel de empatía.

De hecho, el cerebro reaccionó de manera muy diferente cuando la “amenaza” de las descargas eléctricas se dirigía contra un desconocido. Estos resultados indican que nuestro cerebro tiene una capacidad increíble para modelar lo que le sucede a las personas que más queremos. Por tanto, la frase "ponernos en su piel" no es una mera metáfora, es muy real.

Las fronteras entre “yo” y “tú” se difuminan


Cuando hemos establecido un lazo emocional muy fuerte con alguien, se diluye la frontera entre el "yo" y el "otro". En práctica, si alguien a quien quieres está amenazado, tu cerebro lo interpretará como una amenaza personal y reaccionará en consecuencia. Si una persona a quien amas está sintiendo dolor, es probable que tú también lo experimentes. 

El lazo emocional que establecemos es tan profundo que se extiende incluso a nivel neuronal. El cerebro representa a las personas que queremos de una manera muy similar a nuestra propia representación, por lo que no establece grandes distinciones entre lo que nos ocurre y lo que le ocurre a esa persona. 

Sin embargo, nuestro cerebro sí distingue claramente a los extraños de las personas que conocemos y queremos, lo cual le permite funcionar con un nivel de empatía diferente. De hecho, podría tratarse de un mecanismo protector, para no sufrir tanto.


Fuentes:
Beckes, L.; Coan, J. A. & Hasselmo, K. (2013) Familiarity promotes the blurring of self and other in the neural representation of threat. Soc Cogn Affect Neurosci; 8 (6): 670-677.
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5/26/2017

Sabiduría también es ignorar lo que no merece la pena


Nuestro cerebro nos puede dar una excelente lección para la vida.

Cuando dormimos el cerebro hace una especie de borrón y cuenta nueva. Para aprender, es necesario que se establezcan nuevas conexiones, o sinapsis, entre las neuronas. Esas conexiones permiten que las neuronas envíen señales entre sí de forma rápida y eficiente. En esas redes es donde almacenamos los nuevos recuerdos y las habilidades que aprendemos.

Sin embargo, neurocientíficos de la Universidad de Wisconsin-Madison descubrieron que las sinapsis que crecen de manera “exuberante” durante el día, se “podan” por la noche. Nuestro cerebro realiza automáticamente una selección de la información que debe guardar y descarta el resto.

Lo curioso es que, al eliminar toda la información innecesaria, los recuerdos que valen la pena se memorizan mejor. Psicólogos de la Universidad Johns Hopkins apreciaron que cuando ese proceso no se produce, nuestros recuerdos se vuelven más confusos. Además, ese olvido selectivo es fundamental para restarle impacto emocional a los hechos que nos ocurrieron durante el día.

Este proceso que ocurre de manera natural nos brinda una gran lección: guardar viejos rencores, alimentar frustraciones, revivir los dramas y darle una importancia excesiva a cosas que no merecen la pena, solo genera caos e insatisfacción. Lo más sabio es aprender a ignorar todo aquello que no vale la pena y que puede afectar nuestra paz interior.

Cinco cosas que puedes elegir ignorar para ser más feliz


Una frase budista afirma que “solo nos puede dañar aquello a lo que le conferimos importancia”. No son las situaciones, sino el significado que le damos y cómo reaccionamos, lo que determina su impacto en nosotros. Por eso, si queremos proteger nuestro equilibrio emocional, debemos aprender a ignorar algunas cosas.

Ignorar no significa adoptar una actitud pasiva y tampoco significa que dejaremos de hacerle frente a ciertas situaciones, significa aprender a darle importancia a las cosas que realmente lo merecen y restarle impacto a aquellas cosas que no deben tener una presencia tan importante en nuestras vidas.

Ignorar, en este caso, no es sinónimo de desconocimiento sino que implica un acto consciente, una decisión en la que sacamos de nuestra conciencia aquellas cosas intrascendentes que solo nos dañan. No significa obviar u ocultar los problemas sino limpiar la mente de todo aquello que ocupa un lugar innecesario para hacerle espacio a lo que realmente cuenta.  

1. Los desprecios y las críticas destructivas. Recuerda que una crítica malsana dice más sobre la persona que critica que sobre quien es criticado. No permitas que las críticas y los desprecios hagan mella en tu autoestima. Recuerda que cuando pasas demasiado tiempo prestándole atención a la opinión que los demás tienen de ti, o lo que los otros quieren que seas, olvidarás quién eres realmente.

2. Las personas que quieren descargar sobre ti sus miserias emocionales. Hay personas que se comportan como auténticos camiones de basura, que pretenden descargar sobre ti sus miedos, frustraciones, enfados o ansiedades. No se los permitas. Aprende a detectarlas y crea un escudo protector. 

3. Las pequeñas frustraciones del día a día. Un mal día es solo un mal día. Viene y va. No hay razón para quedarte atascado en esas pequeñas frustraciones. Si aprendes a ignorar esos percances apenas terminan, te darás cuenta de que podrás retomar tu rutina con mayor serenidad. Si los acumulas terminarás cargando un fardo muy pesado. Es solo cuestión de poner en perspectiva y darte cuenta de que no vale la pena arruinarte la jornada por esos contratiempos.

4. Tu diálogo interior negativo. A menudo tu mente se convierte en tu peor enemiga. Por eso, en muchos casos es necesario aprender a acallar ese ruido interno, los pensamientos obsesivos sobre el fracaso, los miedos y la ansiedad. En la mayoría de los casos ese diálogo interior proviene de las expectativas que los demás han puesto sobre ti. De hecho, es probable que te descubras diciéndote frases que tus padres, maestros o parejas te han dicho. Si esas frases no te permiten avanzar y no te hacen sentir bien, ignóralas, con el paso del tiempo se irán difuminando hasta desaparecer.

5. Las situaciones que no puedes controlar. El taoísmo nos anima a fluir, a no forzar las situaciones. Eso no significa adoptar una actitud pasiva sino aprender a detectar las oportunidades para actuar y saber cuándo es contraproducente empecinarnos con algo. Hay muchas cosas que se escapan de tu poder, intentar controlarlas genera una tensión innecesaria. Por tanto, hay veces en que debes olvidarte de todo lo que podría salir mal y comenzar a confiar en el flujo de la vida.

Un ejercicio para aprender a ignorar lo que te daña


No es fácil ignorar ciertas cosas, ciertas personas, ciertas situaciones... No siempre sabemos percibir lo que nos puede hacer daño y nos aferramos a ello. En otras ocasiones, ignorar significa cortar vínculos, cambiar nuestra forma de pensar y nuestras actitudes, algo que no es sencillo y requiere una gran dosis de valentía. 

En cualquier caso, te animo a que hagas este sencillo ejercicio:

Toma un lápiz o cualquier objeto pequeño que no se rompa. Sostenlo en la mano y aprieta fuerte. Imagine que ese objeto es una de las emociones, sentimientos o persona que te está molestando y que tu mano representa tu mente o conciencia. 

Al inicio, todo te parecerá un poco raro pero poco a poco te sentirás menos incómodo y el objeto te resultará más familiar. Sin embargo, si sigues apretando ese objeto, terminará haciéndote daño.

Ahora, abre la mano y permite que el objeto ruede y caiga al suelo. Observa que eras tú quien se aferraba al objeto, no estaba unido a tu mano. Lo mismo ocurre con tus emociones, sentimientos y las personas que pueden hacerte daño.

El problema es que nos aferramos tanto a esas situaciones que nos olvidamos que podemos soltarlas cuando queramos. De hecho, cuando experimentamos ira o tristeza decimos “estoy triste” o “estoy enojado”, lo cual representa una identificación con esos estados que implica aferrarse a ellos. En su lugar, deberíamos decir “me siento triste” o “me siento enojado” y aprender a dejar ir.

¿Cómo aplicar esta idea para ignorar todo aquello que nos daña?

- No lleves las cosas al plano personal. Muchas de las cosas que nos ocurren no son personales. Llevarlas a ese plano significará que le estás dando una importancia excesiva y estarás permitiendo que afecten tu equilibrio emocional. Por tanto, es fundamental que protejas ese espacio y solo permitas que entren las cosas que realmente son significativas para ti.

- No pierdas la perspectiva. Imbuidos en los pequeños problemas de la vida cotidiana, es fácil dejarse abrumar por esas pequeñas insatisfacciones y contratiempos, de manera que podemos terminar perdiendo el rumbo. Recuerda mantener siempre la perspectiva, céntrate en lo que te define, en tus objetivos y lo que realmente te emociona. No dejes que insignificancias te arrebaten la posibilidad de ser feliz hoy mismo.

- Da un paso atrás. Cuando sientas que las emociones están tomando el mando, da un paso atrás. Detente, date unos minutos y recupera el control. Reflexiona sobre por qué esa situación está generando esas emociones. Es probable que estés reaccionando de manera exagerada o que le estés confiriendo más importancia de la que tiene. Respira y déjala ir.

- Ánclate al presente. Si te sientes mal, es probable que sea por algo que ya sucedió, que pertenece al pasado. Por tanto, no tiene mucho sentido seguir alimentando esos sentimientos. Para dejarlos ir, basta con anclarte al presente. Céntrate en todas las cosas positivas que tienes ahora mismo. La clave radica en aprender a moverse del pasado que te mantiene sujeto al presente.


Fuentes: 
Diering, G. H. et. Al. (2017) Homer1a drives homeostatic scaling-down of excitatory synapses during sleep. Science; 355(6324): 511-515.
Vivo, L. et. Al. (2017) Ultrastructural evidence for synaptic scaling across the wake/sleep cycle. Science; 355(6324): 507-510.
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5/25/2017

Bertolt: Una tierna historia ilustrada sobre el amor, la soledad y la pérdida


Un jardinero del siglo XVII escribió que los árboles “hablan a la mente, nos dicen muchas cosas y nos enseñan muchas buenas lecciones”. Hermann Hesse los llamó “los predicadores más penetrantes”. Sin duda, siguen inspirando historias preciosas sobre la vida y la muerte, como es el caso de este tierno cuento del geólogo francés-canadiense Jacques Goldstyn.

Es una historia poco común, una historia sobre un niño que amó a un antiguo árbol. Sin embargo, gracias a las sencillas palabras de Goldstyn y sus expresivas ilustraciones, esta historia se convierte en una profunda parábola de pertenencia, de poderosa reconciliación entre el amor y la pérdida, que nos invita a saborear la soledad sin sufrirla. Es una historia que nos enseña, de cierta forma, a pasar por la vida de manera más serena.

La historia, contada a través de las experiencias de un niño, comienza con un incidente banal: una manopla perdida.



El niño se dirige a una Oficina de Objetos Perdidos y Encontrados, donde halla otro guante, muy diferente al que tenía. sin embargo, aquel descubrimiento le hace muy feliz, a la vez que lo convierte en la diana de las burlas de los otros niños.


A veces la gente no le gusta lo que es diferente", observa con la sagacidad precoz de quien sabe que los juicios de los demás en realidad dicen más sobre ellos que sobre quien es criticado. Al decir de Bob Dylan: “la gente tiene dificultades para aceptar cualquier cosa que los abrume”.


Pero el niño sigue imperturbable y disfruta de su soledad. Dice: "yo soy aquello que se llama un solitario. Todo lo que hago, lo hago solo. Y no penséis que me molesta".


"Por encima de todas las cosas, lo que más me gusta es subirme a la cima de un antiguo roble. Mi árbol se llama Bertolt y probablemente tiene más de 500 años".



Desde las ramas de Bertolt, el niño observa todo lo que ocurre en el pueblo y se hace amigo de los animales que han sentado su hogar allí, donde se refugian en las tormentas.


Cuando llega el invierno el niño hace rodar su bola de nieve por la colina mientras sueña con la llegada de la primavera, que devolverá el color verde a las ramas de Bertolt.


Al llegar la primavera el niño es feliz, todos los árboles florecen, el sauce llorón, el olmo, la cereza…


Todos excepto Bertolt.


El niño aguarda pacientemente durante días, que poco a poco se convierten en semanas. Se dice que este invierno quizá demoren más en llegar los brotes verdes, para reconfortarse. 


Pero a medida que pasa el tiempo va perdiendo la esperanza, hasta que un día, finalmente acepta que Bertolt ha muerto.

En este punto existe una profunda sutileza en la manera de afrontar la pérdida que no se encuentra en la mayoría de los libros infantiles y ni siquiera en las obras para adultos. 

El niño observa que aunque el árbol ha muerto, permanece allí. Si lo hubieran cortado o lo hubiera quemado un rayo, habría comprendido inmediatamente, pero el árbol permanece allí, como si estuviera durmiendo. Así que aunque el niño se siente triste por la pérdida de su amigo, no se sume en en drama sino que asume lo ocurrido con serenidad.

Entonces se le ocurre una idea.


Toma su bicicleta y la llena con los guantes que nadie quería de la Oficina de Objetos Perdidos y Encontrados.

Con determinación, sube al tronco gigante con esa carga atada a su espalda. Entonces comienza un trabajo metódico, comienza a cortar los guantes en pequeños pedazos y ayudándose con unas pinzas para la ropa, los coloca en las ramas estériles de Bertolt.


En la escena final, en medio del respetuoso silencio de las ilustraciones sin palabras de este libro, vemos a Bertolt cubierto a mitad con un reemplazo imaginativo de las hojas y flores que la primavera fatal no trajo. No se trata de algo artificial, sino que es mucho más real que cualquier cosa porque cada una de esas “flores” están hechas con amor.

El libro, que cuenta con 76 páginas, ya se encuentra disponible en castellano. En esta versión se titula "Mi gran árbol".
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Esto es lo que pasa en tu cerebro cuando lees una poesía



La poesía son dardos con forma de palabras que van directo a la parte más emocional de nuestro cerebro. Hay poemas que despiertan un auténtico tsunami emocional y hacen que se nos pongan los pelos de punta, como la “Primera Elegía” de Rainer Maria Rilke, cuyas estrofas dicen:

La belleza no es nada sino el principio de lo terrible, 

lo que somos apenas capaces de soportar, 

lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. 

Todo ángel es terrible”.

El terror que Rilke describe es el que sentimos cuando adquirimos un conocimiento más vasto, en ese momento nos volvemos conscientes de nuestras limitaciones y la complejidad del mundo, y nos damos cuenta de todo lo que no entendemos y no llegaremos a entender. Es una posibilidad bella y seductora pero a la vez muy aterradora.

La poesía tiene la capacidad de enviar potentes mensajes emocionales y activar la reflexión, si bien es cierto que el mayor placer que se encuentra al leer un poema, como cuando disfrutamos de una obra de arte, no proviene de la reflexión profunda sino de las sensaciones que experimentamos. De hecho, Vladimir Nabokov dijo que uno no debe leer con el corazón ni con el cerebro sino con el cuerpo.

Investigadores del Instituto Max Planck de Estética Empírica se propusieron explorar más a fondo cómo influye la poesía en nuestro cerebro, y los resultados de su estudio son fascinantes.

La poesía genera más placer a nivel cerebral que la música


Los investigadores pidieron a un grupo de personas, algunos de los cuales leían poesía con frecuencia, que escucharan algunos poemas leídos en voz alta. Algunos de los poemas pertenecían a poetas alemanes conocidos como Friedrich Schiller, Theodor Fontane y Otto Ernst, aunque los participantes también pudieron escoger algunas obras, entre las cuales se encontraban autores como William Shakespeare, Johann Wolfgang von Goethe, Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe, Paul Celan y Rilke.

Mientras los voluntarios escuchaban los poemas, los investigadores registraron su ritmo cardíaco, las expresiones faciales e incluso los movimientos de los vellos de la piel. Además, cuando las personas sentían un escalofrío debían indicarlo presionando un botón.

Curiosamente, todas las personas, incluso quienes no leían poesía, reportaron escalofríos en algún momento durante la lectura y al 40% se les puso la piel de gallina varias veces. Estas respuestas son similares a las que experimentamos cuando escuchamos música o vemos alguna escena de una película que genera una gran resonancia emocional. 

Sin embargo, las respuestas neurológicas ante la poesía eran únicas. Los datos mostraron que al escuchar los poemas se activaban partes del cerebro que permanecen “apagadas” cuando escuchamos música o vemos películas. 

Los neurocientíficos descubrieron que la poesía genera un estado que llamaron “pre-chill”; es decir, provoca una reacción de placer que se va construyendo lentamente a medida que se escuchan las estrofas. En práctica, en vez de emocionarnos repentinamente, como cuando escuchamos una canción, la poesía genera un in crescendo emocional que comienza hasta 4,5 segundos antes de que percibimos el escalofrío. 

Curiosamente, esos picos emocionales ocurrían principalmente en determinadas posiciones dentro de los poemas, como al final de las estrofas y, sobre todo, al final del poema. Es un descubrimiento muy interesante, sobre todo teniendo en cuenta que el 77% de los participantes que nunca habían escuchado un poema también mostraron esas mismas reacciones y signos neurológicos que anticipaban los puntos emocionales álgidos de la lectura.

La poesía estimula la memoria, facilita la introspección y nos relaja


Neurocientíficos de la Universidad de Exeter escanearon el cerebro de un grupo de participantes mientras leían diferentes contenidos, desde un manual de instalación de la calefacción hasta pasajes evocadores de novelas, sonetos rimados y su poema favorito.

Estos investigadores descubrieron que nuestro cerebro procesa la poesía de manera diferente a cómo procesamos la prosa. Se activa una “red de lectura” peculiar que comprende diferentes zonas, entre ellas aquellas relacionadas con el procesamiento emocional, que se activan fundamentalmente con la música.

También apreciaron que la poesía estimula las zonas del cerebro vinculadas con la memoria y partes del cerebro como la corteza cingulada posterior y los lóbulos temporales mediales, unas zonas que se activan fundamentalmente cuando estamos relajados o ensimismados en nosotros mismos.

Esto demuestra que existe algo muy especial en la forma poética que genera placer. De hecho, la poesía es una expresión literaria muy especial que transmite sentimientos, pensamientos e ideas acentuando las restricciones métricas, la rima y la aliteración.

Por tanto, no está de más insertar un poema al día en nuestra rutina :)

Fuentes:
Wassiliwizky, E. et. Al. (2017) The emotional power of poetry: neural circuitry, psychophysiology, compositional principles. Social Cognitive and Affective Neuroscience.
Zeman, A. Z. et. Al. (2013) By heart. An fMRI study of brain activation by poetry and prose. Journal of Consciousness Studies; 20(9-10): 132-158.
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5/24/2017

La flecha envenenada: La parábola budista que nos pone frente a frente con nuestro mayor error


Buda, en la búsqueda de la iluminación, también intentaba descubrir cómo liberarnos de la ignorancia y el sufrimiento. Al igual que otros grandes sabios del pasado, propuso una filosofía práctica que nos anima a centrarnos en las cosas más sencillas como una vía para alcanzar metas mayores. El taoísmo lo resumió perfectamente en una frase: un camino de mil kilómetros empieza por un solo paso. Sin embargo, en la vida cotidiana nos resulta difícil aplicar estas enseñanzas.

La parábola de la flecha envenenada


En el Majjhima Nikaya, una colección de textos atribuidos a Buda que forman parte del Canon Pali, podemos encontrar la “parábola de la flecha envenenada”. Gautama Buda le contó esta historia a un discípulo que se mostraba impaciente por escuchar del maestro las respuestas a las “14 preguntas sin respuesta” relacionadas con cuestiones metafísicas como la vida después de la muerte.

"Hubo una vez un hombre que fue herido por una flecha envenenada. 

Sus familiares y amigos querían procurarle un médico, pero el enfermo se negaba, diciendo que antes quería saber el nombre del hombre que lo había herido, la casta a la que pertenecía y su lugar de origen. 

Quería saber también si ese hombre era alto, fuerte, tenía la tez clara u oscura y también deseba conocer con qué tipo de arco le había disparado, y si la cuerda del arco estaba hecha de bambú, de cáñamo o de seda. 

Decía que quería saber si la pluma de la flecha provenía de un halcón, de un buitre o de un pavo real... 

Y preguntándose si el arco que había sido usado para dispararle era un arco común, uno curvo o uno de adelfa y todo tipo de información similar, el hombre murió sin saber las respuestas".

Al leer la parábola la primera idea que nos viene a la mente es que la actitud del hombre herido es absurda y necia. Sin embargo, Buda nos está diciendo que todos nos comportamos de la misma manera sin darnos cuenta.

De cierta forma, todos estamos heridos con esa flecha envenenada ya que, antes o después, moriremos. Sin embargo, vivimos sin ser plenamente conscientes de nuestra mortalidad, por lo que a menudo le damos una importancia excesiva a cosas intrascendentes que nos impiden disfrutar del presente sumiéndonos en un estado de preocupación innecesario.


Grandes enseñanzas para toda la vida


- Céntrate en lo que realmente te ocurre

En muchas ocasiones, para resolver un problema es importante no perderse en divagaciones, necesitamos actuar. Lo más usual es que detrás de esas cavilaciones se esconda el miedo y la incertidumbre. Cuando nos enfrentamos a un problema y nos vamos por las ramas, aunque sabemos cuál es la solución definitiva, es porque tememos a algo. Sin embargo, considera que a largo plazo las soluciones tibias solo sirven para generar más problemas, además de crear un estado de insatisfacción interior. 

En otros casos activamos mecanismos de defensa como la proyección o el desplazamiento mediante los cuales trasladamos el problema fuera de nosotros mismos, o intentamos esconderlo. Generalmente esto se debe a que no deseamos aceptar que formamos parte del problema, por lo que para solucionarlo primero debemos trabajar sobre nosotros mismos. En cualquier caso, la estrategia nunca es mirar hacia otro lado, es importante comprender qué nos ocurre realmente y aprender a priorizar aquí y ahora.

- Da un paso a la vez

La mente puede convertirse en nuestra mejor aliada o nuestra peor enemiga. Podemos usarla en positivo para solucionar problemas o podemos usarla en negativo encontrando un problema para cada solución. Para vivir con menos agobio y estrés la clave consiste en ir paso a paso. Eso no significa que no podamos anticiparnos a los problemas, pero debemos asegurarnos de que no estamos alimentando un pensamiento catastrofista. 

Céntrate en el presente, valora cuidadosamente la situación en la que estás y da un paso a la vez, ese paso no te llevará directamente a tu destino, pero al menos te sacará de donde estás. Vive día a día, como si cada jornada fuera la primera y la última de tu vida.

- Deja que todo fluya y que nada influya

A veces nos quedamos cautivos de los problemas, aunque estos ya se hayan solucionado o formen parte del pasado, ya que siguen rondando nuestra mente, provocando desazón, ira, frustración y rencor. Cuando nos aferramos a lo sucedido, cuando no dejamos ir esas emociones y sentimientos, nos convertirmos en sus esclavos. 

En este sentido, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Harvard reveló que pasamos el 47% de las horas que permanecemos despiertos pensando en lo que nos ha ocurrido o lo que nos podría ocurrir. Esa “mente errática” es la causa de que nos preocupemos excesivamente y de nuestra infelicidad. El mejor antídoto es centrarse en el presente y experimentar gratitud por lo que tenemos y lo que somos. Así lograremos restarles impacto a las experiencias negativas y alcanzar el equilibrio.

- Elimina todo lo innecesario

Leonardo da Vinci dijo “la simplicidad es la máxima satisfacción”, y no andaba desacertado. A lo largo de nuestra vida cargamos con muchas cosas, que solo sirven para generar caos y abrumarnos. Cuando te das cuenta de que puedes vivir sin ellas y ser aún más feliz, logras valorar más lo que tienes y te liberas de un gran peso. 

Eliminar todo lo innecesario también se refiere a los sentimientos, creencias, estereotipos o sueños que no te pertenecen y que solo son un obstáculo. Cuando mires dentro de ti, te asombrará descubrir que muchas de las frases de tu diálogo interior realmente no son tuyas sino que ta las han inculcado. Haz una limpieza mental y deshazte de las emociones que te dañan, como el resentimiento por un viejo suceso, la angustia por algo que probablemente nunca ocurrirá y el miedo a perder lo que tienes. Si vamos más ligeros de equipaje no solo podremos llegar más lejos sino que también disfrutaremos más del viaje.


Fuente:
Killingsworth, M. A. & Gilbert, D. T. (2010) A wandering mind is an unhappy mind. Science; 330(6006): 932.
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5/23/2017

Quien tiene luz propia incomoda al que vive en la oscuridad


“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana.

Y dijo que somos un mar de fueguitos.

- El mundo es eso - reveló - un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende". 

Este precioso relato del escritor Eduardo Galeano que aparece en su obra "El libro de los abrazos" muestra las diferencias que existen entre las personas. Hay personas seguras de sí, que han construido una buena autoestima y que rebosan energía, a cuyo lado es un placer estar. 

Hay otras personas que nunca se han preocupado por crecer y que terminan consumiéndose en el rencor, la envidia, el odio y los resentimientos. A esas personas les suele molestar mucho quienes brillan con luz propia e incluso pueden hacer todo lo posible por apagar esa luz.

¿Qué significa tener luz propia?


Durante algunos periodos de la vida, dejamos que otras personas nos alumbren con su luz. Esas personas nos dan una mano cuando más lo necesitamos, nos brindan herramientas para enfrentar las dificultades y nos ayudan a solucionar los problemas. A su lado aprendemos y nos recomponemos.

Sin embargo, es un error vivir continuamente bajo la luz de los demás. Cada quien debe aprender a cultivar sus luces, que significa alimentar sus sueños e ilusiones, potenciar sus capacidades y cultivar su verdadero “yo”. Si no alimentas tu propia luz terminarás desilusionado de la vida, acumulando desencantos e insatisfacciones que te convertirán en una persona amargada.

Para brillar con luz propia es fundamental que:

- Seas una persona auténtica y congruente. Todos tenemos una luz diferente que nos hace únicos y especiales, pero si no nos aseguramos de alimentarla terminará apagándose. La mejor manera para brillar con luz propia consiste en ser tú mismo, esforzándote cada día por ser la mejor versión de ti. 

- No escondas tus oscuridades. Las oscuridades, entiéndase los “defectos”, errores o fracasos, no son motivo para avergonzarse y no hay necesidad de esconderlos. Las oscuridades que se sacan a la luz terminan convirtiéndose en luces, las que escondes pueden terminar apagando tu luz. No tiene mérito enorgullecerse de los logros, en vez de eso, siéntete orgulloso de cómo has superado los obstáculos y has logrado levantarte después de una caída.

¿Cómo protegerte de las personas que apagan las luces?


Hay personas que no soportan que los demás brillen, es como si esa luz les encandilara. Por eso pueden intentar hacerte creer que no eres merecedor de ciertas cosas, que tu esfuerzo no ha sido para tanto o que podías haberlo hecho mucho mejor. 

También pueden lanzarte críticas muy dolorosas o incluso atacarte donde más te duele recurriendo a la manipulación emocional. El problema es que estas personas arrastran una gran frustración, lo cual hace que proyecten sobre los demás sus propias oscuridades y responsabilicen a los otros por lo que ellos mismos no han sido capaces de lograr.

Si no construyes un escudo que te proteja de sus palabras y actitudes, es probable que esos ataques terminen apagando tu luz, lo cual significa que adoptarás su manera negativa y derrotista de ver la vida y que también querrás apagar la luz de quienes te rodean.

Los tres pilares de ese escudo son:

1. Aprende a ignorar. Quizá algunas de las personas a quienes les molesta tu luz son amigos cercanos o compañeros de trabajo. En vez de enfadarte con ellos, asume que son personas diferentes a ti, con distintas experiencias de vida, que quizá ni siquiera son plenamente conscientes del daño que pueden hacer sus comentarios y actitudes. Por tanto, aprende a ignorar todo aquello que no te permita crecer. Recuerda que solo te puede hacer daño aquello a lo que le has conferido valor.

2. Cultiva el sentido del humor. No hay arma más poderosa contra los problemas, las críticas malsanas y los intentos de desvalorización que el sentido del humor. No te tomes las cosas como algo personal, aprende a reírte de lo que supuestamente debería incomodarte, enfadarte o denigrarte. El sentido del humor es la herramienta de las personas inteligentes para protegerse y no permitir que los demás dañen su autoestima.

3. Sigue siendo tú. No cambies tu manera de ser para satisfacer a los demás porque ese es el camino más directo hacia la insatisfacción y la infelicidad. Puedes modular tus comportamientos pero sin renunciar a tu esencia. Considera que las herramientas más eficaces para contrarrestar la negatividad son la felicidad y el hecho de sentirte bien contigo mismo.

Y siempre que puedas, proyecta un poco de tu luz sobre los demás. No serás más pobre sino mucho más rico porque la luz interior, mientras más se reparte, más crece. Y recuerda siempre que quien brilla con luz propia no necesita apagar la luz de los demás.

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Los niños notan lo que los adultos no ven



A veces, la supuesta inmadurez y las limitaciones de la infancia pueden convertirse en el punto fuerte de los niños. De hecho, cada vez más investigaciones están haciendo que nos replanteemos la etapa infantil pues el desarrollo de algunas funciones cognitivas da lugar a la pérdida de otras habilidades o capacidades. Tal es el caso de la atención.

Mientras más desarrollamos la atención selectiva más detalles pasamos por alto


A medida que crecemos nuestras funciones cognitivas van madurando, como resultado de la creciente complejización y diferenciación de las estructuras del cerebro. Sin embargo, el desarrollo no es una línea recta y también se puede producir una especie de reversión evolutiva, sobre todo en el ámbito de la atención.

A pesar de que los adultos pueden tener un mejor desempeño que los niños en la mayoría de las tareas cognitivas, en ocasiones los límites que provienen de la inmadurez de las conexiones cerebrales que caracterizan el cerebro infantil pueden convertirse en un punto a su favor.

Así lo han demostrado psicólogos de la Universidad de Ohio, quienes apreciaron que los adultos somos muy buenos seleccionando y recuperando información, pero solo aquella a la que nos piden que le prestemos atención porque solemos hacer caso omiso a todo lo demás. En práctica, nos centramos en los árboles y perdemos de vista el bosque. En contraste, los niños de 4 y 5 años tienden a prestarle atención a todo lo que les muestran, sin importar si es relevante o no para la tarea.

El objetivo de los psicólogos era comparar la capacidad de procesamiento de la información de los adultos y los niños mediante diferentes tareas atencionales. En el primer estudio trabajaron con 35 adultos y 34 niños de entre 4 y 5 años de edad. Los investigadores les presentaron una imagen con dos figuras contrapuestas y más tarde, otra serie de imágenes en las que debían detectar el patrón "objetivo" que aparecía en la primera imagen.

Como era de esperar, los adultos fueron más hábiles para identificar el patrón objetivo al que le pidieron que le prestaran atención. El 94% de los adultos lo detectaron con precisión frente a 86% de los niños. Sin embargo, los niños fueron mejores reconociendo el otro patrón que en teoría debían ignorar. El 77% de los niños lo reconoció en algunas figuras, en comparación con el 63% de los adultos.

Lo que sucedió fue que los niños prestaron atención de manera distribuida a todos los detalles de la imagen, independientemente de la relevancia de los diferentes elementos. Al contrario, los adultos estaban enfocados en encontrar la mejor solución para resolver rápidamente la tarea.

No se trata del primer estudio que llega a estas conclusiones ya que en un experimento anterior bastante similar en el que compararon la memoria visual de niños de cinco años con la de estudiantes universitarios, los psicólogos apreciaron que los niños lograban un 31% de aciertos a la hora de reconocer patrones en los que no les habían pedido que se fijaran mientras que los jóvenes solo acertaron un 7% de las veces.

Atención selectiva vs. Atención distribuida


Este mecanismo natural permitiría que los niños se den cuenta de cosas que los adultos no somos capaces de ver debido a lo que se conoce como “atención selectiva”, la cual se desarrolla después de 7 años de edad, cuando la maduración de los lóbulos frontales permite implementar una selección más eficaz de la información proveniente del medio.

La atención selectiva es la capacidad para seleccionar y centrarse en un único estímulo de todos los que están presentes en el entorno. Este proceso se puede considerar como una especie de "filtro" que nos permite reducir la cantidad de información entrante, decidir qué debemos procesar y qué es relevante para la tarea y, por el contrario, que es irrelevante y debemos ignorar.

Los niños, con su curiosidad innata y su tendencia a explorar todo lo que les rodea, tienen un mecanismo atencional diferente, incluso cuando se les pide que se centren en un aspecto muy específico del medio. En algunos casos ese mecanismo puede ser muy útil y beneficioso. De hecho, la atención selectiva nos reporta ventajas como la capacidad para seleccionar información de forma rápida y eficiente, pero también implica una serie de costes ya que pasaremos por alto muchos detalles.

Al contrario, la atención distribuida que tienen los niños les permite notar mejor lo que les rodea, procesando simultáneamente la información procedente de diferentes fuentes. Obviamente, el procesamiento es más lento y menos eficiente ya que se requiere una gran cantidad de recursos cognitivos para captar y procesar cada estímulo.

En resumen, la selectividad de los sistemas de atención más maduros es una ventaja para realizar algunas tareas pero también puede ser un inconveniente para otras. Sin duda, cuando damos un paseo, es más conveniente activar la atención distribuida ya que nos permitirá disfrutar más del entorno. De hecho, esa es la razón por la cual los niños suelen apuntar cosas a lo largo de un paseo, haciéndonos notar detalles que los adultos no habíamos visto, como una pequeña flor, una ardilla en el camino o simplemente una forma peculiar.


Fuentes:
Hanania, R., & Smith, L. B. (2010) Selective attention and attention switching: Towards a unified developmental approach. Developmental Science; 13(4): 622-635.
Plebanek, D. J. & Sloutsky, V. M. (2017) Costs of selective attention: when children notice what adults miss. Psychological Science.
Sloutsky, V. M. & Fisher, A. V. (2004) When development and learning decrease memory. Evidence against category-based induction in children. Psychological Science; 15(8): 553-558.
Plude, D. J. et. Al. (1994) The development of selective attention: A life-span overview. Acta Psychologica; 86(2): 227-272.
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