6/28/2016

Abrázame tan fuerte que espantes la soledad: Un precioso cuento ilustrado

 

Dar un abrazo es un gesto muy sencillo. Sin embargo, ¿te has preguntado cuánto daño puede hacernos la falta de abrazos? ¿Cuánta angustia puede sentir un niño al que se le niega ese intercambio humano, esa muestra de afecto? 

Precisamente, esa es la idea sobre la cual ha escrito Simona Ciraolo, dando lugar a un precioso libro ilustrado que habla de una familia cuyos miembros creen que las expresiones emocionales son un signo de debilidad.

El personaje principal es Felipe, un joven cactus que solo quería un poco de afecto para ser feliz. Sin embargo, en su familia todos creían que un abrazo era símbolo de debilidad.


Profundamente insatisfecho, un día encuentra a un enorme globo amarillo en medio del desierto. El globo era valiente y seguro. Sin embargo, aquella relación tan desigual estaba abocada al desastre.


Felipe sentía un gran dolor por haber perdido a su amigo, pero nadie en su familia le comprendía ni fue capaz de consolarlo. Al contrario, todos le reprendieron y gritaron. 


Al llegar a este punto de inflexión emocional, harto de tanta frialdad e incomprensión, Felipe abandona a su familia y va en busca de alguien que le quiera y entienda. Tristemente, todo aquel con quien se topa le rechaza, se burla, se asusta... Muy pronto el joven cactus se da cuenta de que no es bienvenido.


Así, termina solo. Al inicio no disfruta de esa soledad que enriquece el alma sino de una soledad forzada que le hace cada vez más daño, generando angustia y amargura. Sin embargo, con el paso del tiempo aprende a vivir en soledad y hasta disfruta de su propia compañía. 


Entonces ocurre el milagro: escucha el llanto de una roca, un llanto desolador que transmite una profunda soledad. 

Felipe no tiene que pensar, sabe exactamente lo que tiene que hacer: darle un abrazo.


Aunque “Abrázame” es un libro infantil, lo cierto es que su enseñanza traspasa las fronteras de la edad. De hecho, se trata de una historia de Crecimiento Personal, donde su protagonista tiene que recomponer los pedazos rotos y sobreponerse a una infancia marcada por el distanciamiento emocional de sus padres.

Si sabemos leer entre líneas y no nos limitamos a realizar una interpretación superficial, descubriremos que sus enseñanzas son muy profundas:

- Por mucho daño que nos hayan hecho, tenemos la capacidad de sanar y seguir adelante, hasta encontrar aquello que ansiamos y merecemos.

- La desesperación y la angustia pueden llevarnos a establecer relaciones inadecuadas en las que ambos saldremos heridos.

- Solo cuando nos aceptamos, cuando nos queremos tal como somos y aprendemos a disfrutar de nuestra compañía, podemos establecer relaciones sanas y satisfactorias con los demás. 

Esta historia alegórica también es una celebración a la “suavidad interior” en una cultura que fomenta un exterior espinoso. Se trata de un cuento que nos recuerda que a pesar de las circunstancias, siempre tenemos opciones, y que nuestra incapacidad de darnos cuenta de ello es probablemente nuestra mayor limitación.
Escrito por: Jennifer Delgado

6/27/2016

Granularidad Emocional: Sentir desesperación es una buena señal


Cuando el mundo se pone del revés y nada funciona, ¿te sientes simplemente "mal", en sentido general, o experimentas estados emocionales más específicos, como la desesperación, la frustración o la tristeza?

En el ámbito de la Psicología existe un término para hacer referencia a las personas cuyos sentimientos están finamente sintonizados: "granularidad emocional". Cuando estas personas leen una noticia sobre un atentado, por ejemplo, no sienten simplemente miedo o ira sino que experimentan indignación, angustia, contrariedad, desolación o irritación. Cuando estas personas leen sobre la corrupción no solo se enojan sino que pueden experimentar exasperación, cólera, tristeza o incluso vergüenza ajena.

La granularidad emocional no significa simplemente tener un amplio vocabulario con el cual expresar lo que sientes sino, sobre todo, ser conscientes de esas emociones y sentimientos. Desgraciadamente, la mayoría de las personas no son capaces de detectar esas sutiles variaciones en sus estados emocionales. Sin embargo, tener granularidad emocional puede marcar una gran diferencia en nuestras vidas.


Experimentar un amplio rango de emociones es beneficioso para la mente y el cuerpo


Experimentar una amplia paleta de sentimientos, aunque sean desagradables, nos permite ser más eficaces a la hora de regular nuestros estados emocionales, evitando que asumamos estrategias destructivas para lidiar con las situaciones que nos desbordan. Lo confirma un estudio realizado en la Universidad de George Mason en el que se desveló que las personas que son capaces de detectar y comprender sus emociones eran menos propensas a refugiarse en las drogas, el alcohol o la comida como vías de escape.

Otro estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Kentucky descubrió que estas personas también mostraban un mayor autocontrol y eran menos proclives a responder de manera agresiva ante las circunstancias difíciles, aunque estuvieran muy enfadadas. En práctica, todo indica que la granularidad emocional es un indicador importante de resiliencia.

No obstante, quizá lo más sorprendente es que la granularidad emocional no solo es beneficiosa a nivel psicológico sino que también contribuye a que tengamos una vida más larga y saludable. Se ha apreciado que estas personas acuden menos al médico y recurren menos a la medicación, además de pasar menos días hospitalizados debido a una enfermedad. 

En este sentido, un estudio particularmente revelador realizado en 92 mujeres que padecían cáncer de mama, descubrió que quienes eran capaces de detectar, etiquetar y entender sus emociones tenían niveles más bajos de inflamación, uno de los procesos que se encuentra en la base de esta enfermedad y que se considera un mal pronóstico.

¿De dónde surgió el concepto de la granularidad emocional?


La granularidad emocional es un concepto que proviene de la década de 1990, cuando la psicóloga Lisa Feldman Barrett hizo un experimento en el que le dio seguimiento a las experiencias emocionales de cientos de personas durante meses. Entonces se percató de que la mayoría de los participantes usaba palabras generales para describir sus estados emocionales, como "triste", "enojado" y "miedo". 

Lo interesante fue que algunas personas usaban palabras diferentes que les permitían profundizar en lo que estaban sintiendo, o incluso recurrían a frases y símiles que les ayudaban a precisar aún más cómo se sentían, como por ejemplo: "me siento miserable" o "me siento frágil como un cristal".

En un primer momento, se pensó que estas personas tan solo eran capaces de reconocer con mayor precisión sus emociones, pero lo cierto es que se trataba de algo mucho más complejo e importante. La clave radica en que el cerebro convierte las emociones en algo muy real, en un abrir y cerrar de ojos y sin que seamos conscientes de ello, por lo que las personas que son capaces de manejar diferentes conceptos emocionales también son capaces de experimentar emociones "a medida" para cada situación.

Por eso, la granularidad emocional tiene una influencia tan grande en nuestro bienestar y salud. En práctica, le brinda a nuestro cerebro herramientas más precisas con las cuales gestionar los diferentes retos que nos depara la vida.

Calibrar las emociones permite encontrar mejores soluciones


Imagina que no soportas a tu jefe pero, aún así, debes ir todos los días a trabajar. Cada vez que te levantas te embarga una sensación desagradable de malestar y odio que te hace sentir cada vez peor.

Sin embargo, has sido tú quien ha creado esa vaga sensación de malestar pues tu cerebro no se limita simplemente a reaccionar ante lo que sucede sino que también regula de manera proactiva la energía que tu cuerpo necesita para responder ante las demandas del medio, y lo hace sobre la base de las experiencias pasadas y la lectura que haces de la situación. De esta forma, el cerebro puede saber la cantidad de cortisol o adrenalina que se debe producir para ayudarte a escapar del peligro que presupone para ti cierta situación.

Obviamente, para que el cerebro genere la activación necesaria y pueda mantener cierto equilibrio, es necesario que conozca con precisión la emoción que estamos experimentando. Por eso, la granularidad emocional permite ahorrar recursos, evitando que se desencadene una activación innecesaria. Al contrario, experimentar estados emocionales difusos puede dar lugar a un "mal calibrado" de las emociones, lo que se convierte en terreno fértil para la enfermedad.

La granularidad emocional le permite al cerebro construir una emoción más específica y dosificada, lo que implica reaccionar de manera más adaptativa en dependencia de lo que ocurre y sientes. De esta manera, en vez de sentirte mal todos los días a la hora de ir al trabajo, puedes pensar que en realidad tu jefe te hace sentir agobiado, impotente, menospreciado, humillado o insatisfecho, y así podrás trazar una estrategia más eficaz para lidiar con esa situación y salir de ese círculo vicioso.

Al desarrollar la granularidad emocional dejas de ser un espectador pasivo de tu vida y asumes las riendas. Así evitas las descargas innecesarias de cortisol y adrenalina, que tan dañinas son. 

¿Es posible desarrollar la granularidad emocional?


La buena noticia es que la granularidad emocional es una habilidad, por lo que es posible desarrollarla. El primer paso consiste en ampliar el vocabulario emocional ya que de esta forma tendrás un abanico más amplio de conceptos con los cuales catalogar lo que estás sintiendo.

El segundo paso es aumentar la conciencia emocional, o sea, aprender a escuchar tus emociones y profundizar en ellas. Considera que las emociones son como una madeja, que tendrás que ir desenredando poco a poco. Si nunca lo has hecho, al inicio puede ser difícil, pero con un poco de paciencia podrás ir perfilando mejor cómo te sientes. 

Recuerda que mientras más grande sea tu caja de herramientas para la vida, mejor tu cerebro podrá lidiar con las situaciones y más pequeña será la factura emocional que te pasarán los problemas. Es un cambio que vale la pena.


Fuentes:
Feldman, L. et. Al. (2015) Unpacking Emotion Differentiation Transforming Unpleasant Experience by Perceiving Distinctions in Negativity. Current Directions in Psychological Science; 24(1): 10-16.
Pond, R. S. et. Al. (2012) Emotion differentiation moderates aggressive tendencies in angry people: A daily diary analysis. Emotion; 12(2):326-337.
Kashdan, T. B. et. Al. (2010) Emotion Differentiation as Resilience Against Excessive Alcohol Use An Ecological Momentary Assessment in Underage Social Drinkers. Psychological Science; 21(9): 1341-1347.
Stanton, Annette L. et. Al. (2000) Emotionally expressive coping predicts psychological and physical adjustment to breast cancer. Journal of Consulting and Clinical Psychology; 68(5): 875-882.
Escrito por: Jennifer Delgado

6/24/2016

Lo que robamos a los niños al ‘encarcelarlos’ en casa


Los hijos se han convertido en trofeos para sus padres y, como todo trofeo que se precie, deben estar a buen recaudo, preferentemente entre las cuatro paredes de casa, donde supuestamente estarán seguros. De hecho, la tendencia a encerrar a los niños en el hogar para protegerles de los peligros que les acechan allá “afuera” es cada vez más preocupante.

Los niños pasan menos tiempo al aire libre que los presos


Un estudio realizado recientemente ha desvelado que la mayoría de los niños pasa menos tiempo al aire libre que los reos en las cárceles. Esta investigación analizó los hábitos de 12.000 familias con hijos de entre 5 y 12 años y descubrió que a lo largo de diez países, los niños solo pasaban una media de 30 minutos al día jugando al aire libre.

Este estudio también desveló que en Estados Unidos casi la mitad de los niños y niñas en edad preescolar no salen a jugar fuera de casa todos los días. En el Reino Unido la realidad no es muy diferente: el 64% de los niños sale a jugar fuera de casa menos de una vez a la semana y el 20% nunca se ha subido a un árbol. 

Curiosamente, los investigadores no encontraron ninguna relación entre el tiempo que los niños pasaban fuera de casa jugando y los ingresos económicos del hogar o la percepción de la familia sobre la seguridad del barrio. Esto significa que se trata de una tendencia generalizada que va mucho más allá del nivel socioeconómico. El problema de base es mucho más sencillo: la mayoría de los padres no quieren que sus hijos se suban a los árboles, persigan ranas, se ensucien con el barro o jueguen solos con otros niños. 

Para poner estos datos en perspectiva, basta pensar que los internos de las prisiones de máxima seguridad de Estados Unidos salen al patio al menos dos horas al día. Es un derecho. Al igual que debería serlo para los niños. Pero los padres y las escuelas se lo están arrebatando, y pretenden que los pequeños ocupen ese tiempo con las pantallas.

De hecho, si les preguntamos a las personas de más de 40 años cuáles son sus mejores recuerdos de la infancia, la mayoría se referirán al juego y la diversión al aire libre. Sin embargo, muchos de los niños de hoy no tendrán esos recuerdos, o al menos no podrán darle forma a tantas memorias de ese tipo. En la actualidad solo el 21% de los niños sale a jugar todos los días al aire libre, aunque al 71% de sus padres sí se les permitía. 

¿Por qué es tan importante que los niños jueguen al aire libre con sus coetáneos?


Existe un sinfín de buenas razones para que los niños pasen tiempo jugando al aire libre, preferentemente con sus coetáneos.

1. Aprenden a tomar decisiones, resolver problemas, autocontrolarse y seguir las reglas. El juego al aire libre, sin la supervisión de los adultos, es un excelente maestro para que los niños vayan aprendiendo a resolver los problemas que se presentan. De hecho, si quieren ser aceptados por el resto del grupo, también se verán obligados a controlar algunos de sus comportamientos y a seguir las reglas pactadas.

A medida que los niños negocian con sus coetáneos van aprendiendo a controlarse, tomar decisiones y resolver sus propios problemas. Se trata de habilidades fundamentales que les enseñan que ellos tienen el control de sus vidas, una sensación de empoderamiento que les protege de la ansiedad y la depresión, trastornos muy difundidos que suelen ser el resultado de la sensación de falta de control sobre la vida.

2. Aprenden a manejar sus emociones, incluyendo la ira y el miedo. En el juego al aire libre, sin la supervisión de los padres, a menudo los niños se meten en situaciones complicadas, tanto desde el punto de vista físico como social. Si quieren salir airosos, deben aprender a controlar sus emociones. Por ejemplo, es probable que la primera vez que un niño tenga que subirse a un árbol sienta miedo, pero muy pronto lo dominará, sobre todo si está delante de sus amigos. 

De esta forma ese niño aprenderá a regular sus emociones y a tomar el mando. Aprenderá que hay situaciones que dan miedo pero que ese temor se puede vencer sin necesidad de sentirse ansioso o abrumado porque en realidad no hay ningún peligro. Este “entrenamiento emocional” natural le permitirá ir creando un arsenal de herramientas psicológicas que le serán muy útiles en su vida futura.

3. Aprenden a ser más creativos. Cuando los niños juegan fuera de casa se sienten más libres, por eso suelen apostar por juegos no estructurados que estimulan su fantasía, creatividad e inteligencia. Imaginar castillos en el aire, criaturas mágicas o convertir la rama de un árbol en una espada estimula las conexiones neurales y potencia el desarrollo del cerebro, sobre todo del hemisferio derecho. 

Por otra parte, los juegos al aire libre les permiten explorar el mundo que les rodea y hacer nuevos descubrimientos sorprendentes. Las cosas que encuentran a su paso estimulan constantemente su fantasía ya que no son juguetes diseñados para un fin preciso, sino que pueden tener mil usos diferentes en función de cuánto dejen volar su imaginación. Por eso, los niños que pasan más tiempo en la naturaleza suelen fijarse más en los detalles y aprenden muy pronto a apreciar los pequeños placeres de la vida. 

4. Aprenden a ser independientes y responsables. Cuando los niños están lejos de sus padres y estos no pueden fungir como mediadores ni resolver los problemas en su lugar, deben aprender a encontrar soluciones por sí solos. Esto significa que deberán valorar diferentes alternativas, probar distintas soluciones y quizá equivocarse, hasta que encuentren la respuesta que necesitan.

De esta manera los niños aprenden a ser autónomos e independientes, van tomando las riendas de su vida y desarrollan una mayor responsabilidad pues poco a poco van comprendiendo que sus decisiones tienen consecuencias, y que estas dependen casi exclusivamente de ellos. Así se formará un adulto consciente y seguro de sí.

5. Aprenden a apasionarse y a desarrollar intereses propios. En la escuela los niños no suelen elegir las actividades en las que se involucran, deben seguir a la letra el plan de estudios. Además, en muchas ocasiones se esfuerzan solo por alcanzar una buena calificación, un trofeo o una alabanza, pero no porque les interese realmente la actividad.

Al contrario, el juego libre es una oportunidad única para que los niños exploren sus intereses, sin ningún tipo de presión social. En este caso, los niños pueden abandonar la actividad cuando se aburran, porque el objetivo final no es alcanzar un resultado sino disfrutar de lo que hace. De esta forma los niños aprenden a apasionarse por lo que hacen, buscan sus pasiones y comprenden que más allá de los resultados, lo importante es disfrutar del proceso. Así escapan de las garras del "conclusionismo".

6. Aprenden a hacer amigos y a llevarse bien con los demás. El juego social es una forma natural de hacer amigos y aprender a relacionarse con los demás de una manera justa. De hecho, como el juego es una actividad voluntaria y los niños pueden abandonarlos en cualquier momento si se sienten incómodos, muy pronto los pequeños comprenden que para divertirse necesitan a sus compañeros de juego y tratan de limar las asperezas que puedan surgir para seguir jugando.

Por eso el juego, sin la supervisión de los adultos, les permite a los niños entrenar sus habilidades sociales, desarrollar la sensibilidad y la empatía. Los pequeños aprenden muy pronto a detectar las emociones de los demás y a responder en consecuencia, modulando sus actitudes y comportamientos. De esta forma se estimula su inteligencia social, que es fundamental para tener éxito en la vida e incluso para evitar el acoso escolar.

7. Aprenden a ser felices. El juego no es solo una actividad desarrolladora sino que es una fuente de felicidad, satisfacción y bienestar. La mayoría de los niños se sienten felices jugando al aire libre con sus amigos. Cuando corren, juegan y están en contacto directo con la naturaleza sus sentidos se estimulan, lo cual genera sensaciones muy placenteras.

Por otra parte, este tipo de juegos les ayuda a liberar energía y, a la larga, genera una agradable sensación de tranquilidad. De hecho, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Cornell desveló que los niños que vivían en grandes ciudades y no solían estar en contacto con la naturaleza tenían niveles más elevados de estrés y ansiedad, en comparación con los pequeños que vivían en entornos rurales y salían a jugar a menudo, quienes también eran más resilientes ante la adversidad.

Por tanto, no les robemos a los pequeños estas increíbles experiencias, que son también una valiosa oportunidad para crecer. No olvidemos que los niños deben jugar, salir a la calle y ensuciarse, esa libertad les convertirá en adultos más seguros y felices.

Fuentes:
Berland, E. et. Al. (2016) Why dirt is good? RSPB.
Wells, N. M. & Evans, E. W. (2003) Nearby Nature: A Buffer of Life Stress Among Rural Children. Environment and Behavior; 35(3): 311-330.
Escrito por: Jennifer Delgado

6/22/2016

¿Cómo saber si tu hijo es inteligente?


"Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser de mayor. Yo respondí: 'feliz'. Me dijeron que no había entendido la pregunta y yo les dije que ellos no entendían la vida", contó en una ocasión John Lennon. A la luz de esta reflexión, no podemos sino suponer que quizá los adultos estamos entendiendo mal muchas cosas.

Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado. Sin embargo, muchos padres y maestros creen que la inteligencia se reduce a la lógica, y consideran que un niño con malas notas no tendrá éxito en la vida, porque no es lo suficientemente inteligente y capaz. Sin embargo, si juzgamos a un pez por su habilidad para subir a los árboles, pasará toda su vida pensando que es un inútil.

¿Cómo se produjo el descarrilamiento de los test de inteligencia?


Todo comenzó en el lejano 1905, cuando Alfred Binet creó su famoso test de inteligencia. Aquella prueba respondía a una necesidad específica: el gobierno francés quería instituir la escolarización obligatoria para los niños de entre 6 y 14 años, pero como en aquel momento tenían niveles tan dispares, era necesario una prueba que permitiera analizar la ejecución de tareas que exigían comprensión, capacidad aritmética y dominio del vocabulario.

Binet creó un test para diferenciar los alumnos cuyas capacidades les permitirían adaptarse al sistema educativo normal de aquellos que necesitarían un refuerzo extra. Más tarde, en Gran Bretaña, el psicólogo Cyril Burt introdujo las primeras adaptaciones de esas pruebas y las utilizó para demostrar que la inteligencia era hereditaria. En Estados Unidos, Lewis Terman hizo lo propio y se aseguró de que tales test demostraran la supremacía de los blancos y las clases pudientes sobre el resto.

Sin embargo, la idea de Binet nunca fue esa. De hecho, este psicólogo reconoció que su test no era capaz de evaluar los diferentes tipos de inteligencia, y que simplemente había agrupado conjuntos de problemas y operaciones que los niños debían resolver con relativa facilidad en los diferentes cursos académicos. Sin embargo, la suerte ya estaba echada. 

Henry Goddard, otro de los psicólogos estadounidenses promotores de las pruebas de inteligencia, las utilizó para sustentar la teoría de que las personas ricas y exitosas heredaban biológicamente la inteligencia, la cual se transmitía de una generación a otra. Así, la inteligencia se convirtió en un factor de marginación y estigmatización de las personas. 

Desgraciadamente, aún hoy muchos profesionales y padres siguen pensando en esos términos. Se trata de personas que creen que la inteligencia es una capacidad fija que se hereda, y la relacionan únicamente con la habilidad para resolver problemas lógicos. Sin embargo, la inteligencia es mucho más, y es fundamental que todos aquellos que tengan la educación de niños en sus manos lo sepan.

¿Qué es realmente la inteligencia?


Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado.

Al contrario, un niño inteligente es aquel que es capaz de encontrar diferentes soluciones y elegir la mejor alternativa para resolver un problema. Un niño inteligente no es el que saca cuentas complicadas más rápido que ninguno sino aquel que encuentra soluciones creativas a los problemas de la vida cotidiana.

Un niño inteligente es aquel que se fija en los detalles, sin perder la perspectiva global. Es aquel que siempre pregunta y que quiere ir más allá de la apariencia de las cosas. También es aquel que rompe las cosas para saber cómo están hechas, aunque después no sepa recomponerlas.

De hecho, un niño inteligente no es aquel que casi nunca se equivoca sino el que yerra y aprende de su error, sacando conclusiones que le servirán para su vida futura. Es aquel que tiene la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios, aunque no siempre sean positivos.

Un niño inteligente no es aquel que colecciona palabras de pronunciación complicada y significados raros con las cuales asombrar a todos sino el que piensa fuera de lo establecido, usando las imágenes, la música o cualquier otro medio para expresar sus ideas.

El niño inteligente no es aquel que sigue las normas sin equivocarse, sino el que se plantea nuevos retos y no tiene miedo a salir de su zona de confort. 

El niño inteligente es capaz de ponerse en la piel de los demás, sabe comunicar sus emociones e intuir la de los otros. También sabe decir “no” cuando es el momento y se responsabiliza por sus acciones. Ese niño sabe escuchar y es sensible. 

Ese es un niño inteligente, aunque en el colegio no obtenga las mejores calificaciones. Porque la vida es la escuela más importante, la más exigente y la más complicada. Y para pasar sus asignaturas no se necesita solamente capacidad de cálculo, memorización y comprensión lectora sino otras habilidades que normalmente no se enseñan en los colegios, como el pensamiento analítico, la flexibilidad, la capacidad de adaptarse a los cambios y de controlar las emociones…

La inteligencia no es una nota, es una capacidad que se desarrolla día a día y que debe servirnos para mejorar como personas y encontrar la felicidad. Muchos niños tienen ese tipo de inteligencia, no se la arrebatemos para quemarla en el altar de la lógica.

Escrito por: Jennifer Delgado

6/20/2016

10 formas de poner orden en tu cerebro dibujando


Hay situaciones que nos desbordan, simple y llanamente. A veces no logramos entender qué está pasando, quizá porque la situación es tan injusta que escapa a nuestra lógica o porque ha tocado nuestra fibra más sensible. Entonces a nuestra mente acuden ideas descabelladas y nuestro pensamiento va tan rápido que apenas podemos seguir su curso. También puede sucedernos justo lo contrario, entrar en un estado de apatía en el que nuestras ideas parecen haberse esfumado o el curso del pensamiento va en cámara lenta. 

En situaciones así, cuando las palabras no son suficientes, puedes contar con un gran aliado: el dibujo. Te bastará tomar una hoja de papel y unos lápices de colores y comenzar a dibujar. Por supuesto, no se trata de una varita mágica con la cual harás desaparecer el problema pero al cabo de un rato te sentirás mucho mejor y serás capaz de poner orden a tus ideas encontrando nuevas perspectivas.

De hecho, el dibujo es una estrategia para conectar con nuestra esencia, sobre todo cuando dejamos que la mano corra libremente sobre el papel. La dirección de los trazos, su fuerza y los colores hablan por nosotros cuando nuestra mente racional está saturada. 

Lo cierto es que el dibujo es una de las formas de conversación con nosotros mismos más antiguas, pero no fue hasta hace poco un estudio realizado por investigadores de las universidades de Texas y Emory desveló que los mandalas pueden ser una forma de terapia no verbal alternativa que ayuda a las personas que padecen estrés postraumático a aliviar sus síntomas. De hecho, dibujar nos ayuda a calmarnos, reencontrarnos, potenciar la concentración o incluso puede sacar a la luz mensajes del inconsciente. 

Dibujar es expresar lo que no conoces de ti 


1. Si estás enojado, dibuja líneas y luego círculos. Las líneas representan la agresividad, por lo que te servirán para liberar el enojo. A medida que este vaya pasando, puedes ir realizando trazos más suaves, con formas redondeadas. 

2. Si estás tenso, dibuja patrones. No es necesario que los patrones formen una figura, basta que sigan cierto orden, como círculos concéntricos o triángulos consecutivos. Al concentrarte en darle vida a los patrones, las preocupaciones te irán abandonando. 

3. Si te sientes decepcionado, replica una pintura. Toma una pintura que te guste e intenta hacer una réplica. Al concentrarte en los detalles, irás olvidando los pensamientos que alimentan la sensación de decepción y te sumen en ese círculo vicioso de negatividad. 

4. Si necesitas entenderte, dibuja mandalas. Estas representaciones simbólicas que se utilizan en el hinduismo y el budismo generan un estado de tranquilidad y paz. De hecho, Carl Jung las usaba para calmar a sus pacientes y creía que estas contribuían a la integración psíquica ya que su poder casi hipnótico permite conectar con nuestro “yo” más profundo. 

5. Si quieres concentrarte, dibuja usando puntos. El puntillismo es una técnica de pintura que se basa en crear las imágenes a partir de pequeños puntos. Se trata de una técnica ideal para reencontrar la concentración, sobre todo después de haber sufrido un revés. 

6. Si te sientes desesperado, dibuja caminos. Uno de los principales problemas de la desesperación es que nubla nuestra visión, nos impide ver las posibilidades. Por eso, una manera para encontrar la serenidad y poder ver más allá de la ofuscación consiste en dibujar caminos, se trata de un mensaje lanzado directo al inconsciente. 

7. Si estás triste, dibuja arcoíris y flores. Cuando estamos tristes tenemos la tendencia a ver el mundo gris. Para contrarrestar esta sensación, dibuja arcoíris y flores, de manera que te veas obligado a utilizar una paleta más amplia de colores. 

8. Si estás agotado emocionalmente, dibuja paisajes verdes. La naturaleza tiene un enorme poder restaurador. Como no siempre puedes salir a dar un paseo en medio de los árboles, puedes dibujar paisajes donde predomine el verde, te ayudará a reponer la energía que necesitas y te infundirá esperanza. 

9. Si te sientes estancado, dibuja espirales. La espiral es el símbolo del desarrollo, nos sirve para recordar que el movimiento no siempre es hacia adelante sino que en ocasiones también es hacia atrás. Dibujar espirales y concentrarte en su significado servirá para recordarte que no existe evolución sin retrocesos. 

10. Si necesitas recordar algo, dibújalo. Un estudio realizado en la Universidad de Waterloo desveló que si necesitamos recordar algo, en vez de repetirlo constantemente en nuestra cabeza, es mejor que lo dibujemos. Crear imágenes, en lugar de recurrir a las palabras, potencia considerablemente nuestra memoria. 

Fuentes: 
Wammes, J. D. et. Al. (2016) The drawing effect: Evidence for reliable and robust memory benefits in free recall. The Quarterly Journal of Experimental Psychology; 69 (9): 1752-1776. 
Henderson, P. & Rosen, D. (2007) Empirical Study on the Healing Nature of Mandalas. Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts; 1(3): 148 –154.
Escrito por: Jennifer Delgado

6/17/2016

Los 3 tipos de “no” que debes aprender en la vida


Hay una buena razón por la que el “no” es una de las primeras palabras que aprendemos a pronunciar cuando somos pequeños. De hecho, los niños pasan por una fase de negativismo en la que suelen decir no a todo, por principio y sin valorar demasiados detalles. De esta forma reafirman su identidad. De hecho, descubrir la existencia del no y sus implicaciones es un gran acontecimiento para el niño ya que se da cuenta de que tiene derecho a decidir sobre su vida, aunque al inicio se trate solo de pequeñas decisiones. 

Aprender a decir no también es importante para mantener nuestro equilibrio emocional. La vida nos plantea continuamente nuevos caminos que podemos emprender, nos tienta con opciones que a veces no son las más adecuadas para nosotros. En esos casos, decir no implica ser capaces de mantenerse en el camino que nos hemos trazado, centrados en nuestros objetivos.

Además, en ciertas ocasiones decir no es la única manera que tenemos para defender nuestros derechos y mantener a raya a personas que están dispuestas a vulnerar nuestra libertad, apropiándose de nuestro tiempo y actuando como auténticos vampiros emocionales

En el ámbito profesional, manejar el arte de las negativas también es fundamental, sobre todo para que no nos sobrecarguen con tareas que no nos pertenecen y para no asumir compromisos que no podemos llevar a buen término. Obviamente, debemos aprender a decir no respetando a los demás y manteniendo buenas relaciones.

Establecer límites también es una expresión de amor propio


1. El “no” rotundo

En algunas ocasiones encontrarás a personas que te proponen planes o hacen peticiones para las cuales conoces perfectamente tu respuesta: un no rotundo. Cuando tienes una decisión muy clara y sabes que lo que te están pidiendo o proponiendo no es para ti porque puede hacerte daño o vulnera tus valores, no temas a dar un no categórico.

Es cierto que decir no es complicado, pero debes recordar que si algo no te gusta y puede lastimarte de alguna manera o hacerte sentir mal, no tienes por qué hacerlo. De hecho, a veces decir no es una expresión de amor propio, de respeto hacia uno mismo.

Establecer límites no es negativo, es la expresión de una persona que sabe lo que quiere y que conoce perfectamente hasta dónde está dispuesta a llegar. Por otra parte, un no sincero, en vez de dar largas, también es una expresión de respeto hacia la otra persona ya que así le ahorraremos tiempo y le permitiremos reorientar rápidamente su búsqueda. Si no estamos dispuestos a hacer algo, es mejor decirlo inmediatamente.

2. El “no” a medias

No siempre es necesario decir que no, pero a veces no estamos dispuestos a llegar tan lejos como demanda la otra persona. De hecho, este tipo de situaciones son muy comunes en nuestra vida cotidiana y, a la larga, como terminamos cediendo, son las principales responsables de que nos involucremos en proyectos o relaciones que en realidad no nos apetecían.

En ese caso, puedes ofrecer un no a medias. Es decir, puedes decirle a esa persona que estás dispuesto a ayudarle en determinados aspectos pero no en otros, que puedes satisfacerla solo hasta cierto punto, pero que no estás dispuesto a ir más allá. 

Puedes aprovechar ese momento para indicar exactamente cuáles son tus límites y condiciones. A la otra persona le debe quedar clara tu postura respecto a su petición, para que después no reclame lo que no te comprometiste a hacer.

Otra posibilidad que brinda un no a medias es la negociación. Por ejemplo, es posible que no estés de acuerdo con la demanda inicial pero si la otra persona cambia algunos detalles, podrías ceder. De hecho, se trata de una estrategia muy asertiva ya que de esta manera todos ganan.

3. El “no”, quizá más tarde

Si algo no te interesa, es mejor decirlo inmediatamente. De esta manera somos sinceros y respetuosos con la otra persona. Sin embargo, hay ocasiones en que simplemente no estamos dispuestos a aceptar determinada propuesta, al menos en ese momento, pero podríamos hacerlo más tarde.

En ese caso, lo más conveniente es no dejarse presionar y dejar claro que en ese momento no estamos disponibles, pero quizá más adelante podríamos involucrarnos en el proyecto o satisfacer la demanda. Vale aclarar que no se trata de darle largas al asunto porque no tenemos el coraje de dar un no rotundo, sino de dejar claro que nos interesa el tema porque no tenemos tiempo.

Por ejemplo, una persona puede proponerte un proyecto profesional muy interesante pero tus problemas personales actuales o un proyecto que te consume mucho tiempo te impide aceptarlo. En ese caso, la propuesta realmente te interesa pero no te puedes comprometer inmediatamente. Lo más conveniente para ambas partes es pactar un plazo de tiempo prudencial, pasado el cual darás tu respuesta definitiva.

¿Por qué somos reacios a decir no?


- Porque tenemos miedo a ser vistos como una persona de mente cerrada y rígida ya que en nuestra sociedad se ha asociado el sí a una mayor flexibilidad y apertura, cuando en ocasiones solo esconde una profunda falta de carácter.

- Porque es un hábito que aprendimos de niños, cuando pensábamos que decir sí implicaba obtener la aprobación de los demás, sobre todo de los padres, que se enfurecían ante nuestras negativas.

- Porque tenemos miedo a quemar los puentes que dejamos detrás y cerrarnos una vía de escape que podría sernos útil en el futuro.

- Porque tenemos miedo a la reacción de los demás o a herirlos con nuestra negativa pues pensamos que no la encajarán bien.

- Porque nos preocupa que nos tachen de egoístas cuando en realidad solo estamos defendiendo nuestro derecho a establecer límites que nos protejan.

Sin embargo, decir que no es un derecho, sobre todo si las otras personas pretenden disponer de nuestro tiempo y recursos a su voluntad. De hecho, a veces decir no es una cuestión de supervivencia psicológica, no de egoísmo. Un no sincero también es una forma de demostrar respeto por la persona, y siempre es preferible a dar un sí y luego no cumplir la palabra dada teniendo que recurrir a excusas.

Las 3 reglas de oro para dar una negativa


1. Sé amable pero firme. Si decides dar una negativa, a la otra persona debe quedarle clara. Para ello no es necesario que seas desagradable, puedes decir que no con un tono amable y declinar cualquier invitación o propuesta con una sonrisa en los labios.

2. Explica brevemente tus razones. No inventes excusas ni divagues demasiado porque parecerá que te sientes culpable, limítate a explicar brevemente el por qué de tu negativa. Las personas se sienten mejor cuando reciben una razón.

3. Sé humilde. Dar una negativa no debe hacer que te sientas culpable, pero tampoco te debe empoderar. Di no con humildad, sin pretender que eres mejor o más capaz que la persona que está pidiendo tu ayuda.

Escrito por: Jennifer Delgado

6/15/2016

Complejo de inferioridad: Tú más que yo, yo menos que tú


Todos comparamos. De hecho, la comparación es una de las tareas básicas del pensamiento. Cuando somos pequeños aprendemos a conocer el mundo mediante la comparación. Mientras comparamos nos formamos una idea más precisa de lo que nos rodea.

Sin embargo, el problema comienza cuando nos comparamos con los demás y realizamos juicios de valor con los que terminamos menospreciándonos. Entonces surge el complejo de inferioridad y nos sentimos más pequeños y miserables que los demás, menos valiosos y capaces que los otros.

¿Qué es el complejo de inferioridad?


El complejo de inferioridad designa a una persona que tiene una baja autoestima y la sensación permanente de no estar a la altura de los demás.

Esta categorización se basa en las ideas de Adler, para el cual existían dos tipos de complejo de inferioridad:

- Complejo de inferioridad primario. En este caso el origen se puede rastrear hasta la infancia, cuando el niño experimenta sensaciones de debilidad, indefensión y dependencia. Más tarde esos sentimientos pueden ser reforzados mediante comparaciones negativas con los hermanos, compañeros del colegio o incluso con las parejas románticas.

- Complejo de inferioridad secundario. En este caso el origen se encuentra en la adultez y está vinculado a la sensación, a menudo inconsciente, de ser incapaz de alcanzar la seguridad y el éxito. La persona experimenta sentimientos negativos sobre su capacidad y se siente inferior respecto a los demás, a quienes considera personas seguras y exitosas.

No obstante, sea cual sea el momento en el que surgió, el complejo de inferioridad se basa en una sobregeneralización, en juicios no racionales sobre nosotros mismos. Esa idea errónea se asienta tanto en nuestra mente que termina influyendo en nuestra vida y en la imagen que tenemos de nosotros mismos.

¿Por qué aparece el complejo de inferioridad?


La mayoría de las personas que tienen complejo de inferioridad piensan que este se debe a su defecto, a menudo físico, o debido a que no son lo suficientemente competentes en determinados aspectos. Sin embargo, en realidad esa es la excusa.

El complejo de inferioridad no surge únicamente por la “diferencia” sino por la incapacidad para gestionar de forma adecuada esa diferencia. No es la diversidad, sino la interpretación que hacemos de esa “diferencia” lo que genera el complejo de inferioridad. De hecho, es posible encontrar a personas que también tienen ese defecto, minusvalía, debilidad o característica especial y no han desarrollado un complejo de inferioridad sino que son seguros de sí.

Algunas personas pueden sacarle provecho a ese supuesto “defecto” aprendiendo a ser más resilientes, pero otras se centran en las repercusiones negativas y terminan exacerbando el problema, dejando que este las limite. En este sentido, Henry C. Link afirmó “mientras una persona no lo intenta porque se siente inferior, otra esta ocupada cometiendo errores y mejorando poco a poco”.

Obviamente, esa forma de afrontar la “diferencia” depende en gran medida de nuestras creencias, muchas de las cuales fueron transmitidas en la niñez. Por ejemplo, si pensamos que una persona solo puede ser exitosa si ha logrado acumular posesiones y dinero, es probable que nos sintamos fracasados e inferiores si no hemos podido hacerlo. Si pensamos que para ser felices es necesario ser perfectos físicamente, nos obsesionaremos con el aspecto y cualquier pequeño “defecto” puede ser motivo de un complejo de inferioridad.

Las personas que han desarrollado un pensamiento blanco y negro, del tipo todo o nada, también son más propensas a subvalorarse ya que no son capaces de apreciar las diferentes tonalidades de la vida. Estas personas, al compararse con los demás, se suelen centrar en lo negativo y casi siempre terminan sintiéndose inadecuadas o en desventaja.

El peligro de la sobrecompensación


Algunas personas, cuando se sienten inferiores, actúan como si realmente lo fueran, por lo que terminan reafirmando la pobre opinión que tienen de sí mismos. Es una profecía que se autocumple. También suelen aislarse de los demás ya que piensan que todos notarán su “defecto” y se burlarán a sus espaldas. En algunos casos incluso pueden desarrollar miedos o fobias. Se convierten en personas dependientes, que necesitan a alguien más fuerte a su lado que les brinde apoyo emocional permanente.

En otros casos, las personas con complejo de inferioridad reaccionan activando inconscientemente un mecanismo de sobrecompensación. Es decir, se esfuerzan por compensar ese “defecto” planteándose una meta prácticamente imposible de alcanzar que les obsesiona y termina provocando más problemas.

De hecho, es importante distinguir entre la compensación y la sobrecompensación. La compensación implica simplemente desarrollar algunos recursos para compensar una deficiencia. En este caso la persona es consciente de su problema y trabaja para compensarlo, potenciando otras habilidades y competencias. 

La sobrecompensación va un paso más allá, se trata de querer sentirse superior. Las personas que ponen en práctica un mecanismo de sobrecompensación suelen mostrar comportamientos extremos, intentan sobresalir en algunos ámbitos a como dé lugar, proyectando una falsa imagen de seguridad. Por ejemplo, un hombre que tenga un complejo de inferioridad relacionado con su masculinidad, puede reaccionar con actitudes misóginas que devalúan a las mujeres. 

Otro problema de la sobrecompensación es que normalmente ocurre a nivel inconsciente. Es decir, la persona no acepta que en la base de esos comportamientos extremos en realidad se esconde un sentimiento de inferioridad. Obviamente, de esta forma termina sumiéndose en un círculo vicioso que no le permite crecer. De hecho, aunque estas personas logren alcanzar ciertos resultados o incluso sobresalgan en determinadas áreas de la vida, nunca llegan a sentirse mejor, porque no superan el complejo de inferioridad que se encuentra en la base.

¿Cómo superar el complejo de inferioridad?


Repetirse mil veces delante del espejo frases positivas no sirve de nada. De hecho, un estudio realizado por psicólogos de las universidades de California y de Yale indica que las personas que tienen una baja autoestima se sienten peor cuando se repiten frases como “me acepto totalmente” o “tendré éxito”. Y es que no resulta tan fácil engañarse a sí mismo.

Superar el complejo de inferioridad demanda un trabajo mucho más profundo a nivel psicológico. 

1. Determina en qué te sientes inferior. El primer paso para solucionar un problema consiste en saber que existe, en hacer consciente esa dificultad. Si tienes un complejo, encuentra esa parte de ti que no te gusta.

2. Valora el alcance de los daños. El complejo de inferioridad suele comenzar por una deficiencia, debilidad o defecto pero poco a poco se extiende a toda tu personalidad. Valora cómo ha afectado ese sentimiento tu vida. No se trata de buscar razones para deprimirse sino de comprender hasta qué punto ese complejo te ha limitado. 

3. Empieza a pensar en términos de diversidad. Ser inferior respecto a algo implica una comparación, en la que a menudo usamos patrones demasiado rígidos. En vez de compararte con los demás, sería conveniente que comenzarás a ver la vida en términos de diversidad. No se trata de ser mejores o peores, sino precisamente de resaltar lo que nos hace únicos y diferentes. 

4. Céntrate en lo que puedes mejorar. Llorar sobre la leche derramada es contraproducente. Todos tenemos puntos débiles y limitaciones, si no podemos ir más allá en algunos campos, lo mejor es centrarse en aquellas esferas en las que sí podemos brillar. Por supuesto, no debemos obsesionarnos con ello, para compensar un “defecto”, sino simplemente para encontrar la satisfacción y la felicidad. Recuerda que no tienes que demostrarle nada a nadie, solo tienes que asegurarte de desarrollar las capacidades que te hagan feliz.

5. Sé tú mismo. En una sociedad donde todo está estandarizado y homogeneizado, es normal que muchas personas se sientan mal si perciben que son diferentes. Sin embargo, lo que resulta realmente ilógico es pretender ser igual a los demás porque de esta manera estás matando tu identidad e incluso tu valor como persona. Mira dentro de ti, descubre quién eres y atrévete a ser diferente.

Por último, recuerda que en realidad no necesitas muchas cosas para ser feliz. Cuando descubres quién eres te darás cuenta de que muchas de las cosas que anhelabas eran superficiales o utópicas. Te darás cuenta de que no necesitas esas cosas para ser feliz porque la felicidad y la satisfacción no provienen de fuera, sino de dentro.


Fuente:
Ackerman, J. M. et. Al. (2009) You Wear Me Out The Vicarious Depletion of Self-Control. Psychological Science; 20(3): 326-332.
Escrito por: Jennifer Delgado

6/13/2016

10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos


Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos "en serie", a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos


1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Solo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan solo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección. 

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.
Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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Todo cambio empieza con el primer paso