8/26/2016

No todos los males vienen para hacer daño


En muchas ocasiones hemos llorado sin ser plenamente conscientes de que la vida nos estaba haciendo un favor. Hay situaciones que en su momento nos desbordaron, que generaron una tristeza o una rabia profunda o que incluso hicieron que nos cuestionáramos el sentido de todo. Sin embargo, tiempo después, al verlas con perspectiva, nos damos cuenta de que esas situaciones nos hicieron más fuertes, nos dieron una enseñanza, nos convirtieron en mejores personas o, al menos, en personas más sensibles.

En este sentido, Albert Einstein solía decir que si algo agradecía en la vida, era a todas aquellas personas que le habían dicho “no”. Sigmund Freud afirmó que había sido un hombre afortunado porque en la vida nada le había sido fácil. Las grandes personalidades comparten una característica: se niegan a ser una marioneta en manos del destino, son conscientes de que los problemas y los contratiempos son oportunidades para crecer.

De hecho, Thomas A. Edison afirmó: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla”. Para los genios, cada error, cada negativa o cada “fracaso” se convierte en una especie de combustible que alimenta su perseverancia. Eso no significa que no les duela, pero deciden usar ese dolor como aliciente para seguir adelante. 

Las grandes personalidades de la historia, así como muchísimas personas anónimas que han sabido cultivar la resiliencia, son conscientes de que todos los males no vienen para hacer daño y saben que, aunque en un primer momento no puedan comprender su significado o la lección que encierran, esa situación les permitirá crecer.

A veces es solo cuestión de cambiar la perspectiva


Solemos pensar que toda pérdida, contratiempo o desilusión es un mal que nos hace daño. Eso se debe a que nos centramos en lo negativo y no somos capaces de analizar la situación desde una perspectiva más amplia.

De hecho, cuando nos encontramos en una situación así, podemos pensar en la metáfora del tapiz. Es decir, todo tapiz tiene dos caras, si nos limitamos a mirar desde abajo solo veremos una maraña de hilos, no podremos encontrar el sentido ni descifrar el dibujo. El problema es que estamos mirando desde la perspectiva equivocada, una perspectiva que puede llevar a sacar conclusiones erróneas que alimenten un sufrimiento inútil. Sin embargo, si somos capaces de dar la vuelta y mirar el tapiz por delante, no solo podremos descifrar el sentido sino que incluso es probable que nos maravillemos con la belleza del dibujo.

Nuestra mente funciona de manera bastante parecida. De hecho, tenemos una especie de fijación con la búsqueda del significado. Cuando no logramos encajar una situación en la historia de nuestra vida, es como si se quedara atascada, se convierte en un disco rayado que escuchamos una y otra vez.

De hecho, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Harvard ha descubierto cómo las huellas dolorosas se quedan grabadas en el cerebro. Estos psicólogos hicieron que las personas que habían sufrido un trauma escucharan una descripción de lo sucedido. Mientras tanto, escaneaban sus cerebros. Así apreciaron que cuando las personas revivían las experiencias dolorosas, se activaban partes del cerebro como la amígdala, el núcleo del miedo, y el córtex visual, pero se desactivaba el área de Broca, la zona responsable del lenguaje. 

Esto significa que cuando las personas experimentan un trauma, lo reviven como si fuera una situación real, a menos hasta que logren encontrarle un significado e integrarlo en sus experiencias de vida. Para lograrlo, en muchas ocasiones basta cambiar la perspectiva, mirar desde otro ángulo, a ser posible más constructivo.

El sufrimiento útil


El hecho de que determinadas situaciones puedan ayudarnos a crecer, a ser más resilientes y a convertirnos en mejores personas no significa que no duelan y que no causen sufrimiento. Sin embargo, es importante distinguir entre el sufrimiento útil y el inútil. 

El sufrimiento inútil nos mantiene atascados, nos convierte en sus prisioneros y no nos permite fluir con el curso natural de la vida. Este sufrimiento no tiene un poder sanador sino todo lo contrario, alimenta la tristeza, el odio y el resentimiento. 

Al contrario, el sufrimiento útil es aquel que nos renueva, que nos permite liberarnos de la rabia, la tristeza y la indignación. El sufrimiento útil es como un río que fluye, de forma natural y que, al final, desemboca en una lección, en un aprendizaje. 

El sufrimiento útil nos permite recorrer el camino de la adversidad y llegar fortalecidos a nuestro destino. Este tipo de sufrimiento nos rompe en mil pedazos para volver a recomponernos, devolviéndonos una versión más sensible y a la vez más fuerte de nosotros mismos.

Un ejemplo llega de la mano de un estudio llevado a cabo por un grupo de investigadores de la Universidad de California, quienes comprobaron que podemos aprovechar la adversidad para crecer y realizar cambios trascendentales en nuestra vida. Estos psicólogos encuestaron a 209 mujeres diagnosticadas con cáncer de mama y descubrieron que el 60% de ellas consideraba que las transformaciones que habían experimentado a lo largo de la enfermedad eran positivas ya que habían aprendido a ver la vida desde un ángulo más positivo y a disfrutar más de ella.

Es lógico que nadie quiere enfermar, nadie quiere sufrir una pérdida o vivir un duro fracaso, pero está en nuestras manos aprovechar esa situación para aprender y crecer o, al contrario, sumirnos en un mar de quejas y lamentaciones que no nos conduce a ninguna parte.

Después del sufrimiento llega la oportunidad


En la mayoría de las ocasiones resulta difícil vislumbrar la oportunidad de crecimiento en los reveses. Por eso es necesario mantenerse atentos y conservar la idea de que todos los males no llegan para hacer daño. Hay males “necesarios” que encierran lecciones de vida. Desaprovecharlas sería un verdadero pecado.

Por tanto, recuerda que a veces la vida no te dice “no” sino tan solo “espera”, que a veces las mejores oportunidades llegan disfrazadas de contratiempos, que a veces ese problema es una ocasión para cambiar el rumbo. Por eso, la próxima vez que cometas un error, sufras una pérdida o tengas un revés, pregúntate qué lección puedes aprender. Es un cambio de perspectiva que vale la pena.


Fuentes:
Rauch, S. L. et. Al. (1996) A symptom provocation study of posttraumatic stress disorder using positron emission tomography and script-driven imagery. Arch Gen Psychiatry; 53(5): 380-387.
Greer, S. et. Al. (1990) Psychological response to breast cancer and 15 year outcome. Lancet; 49-50.
Escrito por: Jennifer Delgado

8/24/2016

Si eres mujer, los médicos te tomarán menos en serio


"Un miércoles por la mañana, mientras me preparaba para ir al trabajo, escuché un grito en medio del silencio, corrí angustiado hacia el cuarto de baño y vi a mi esposa doblada por el dolor, sin aliento para hablar.

Verla así me dio mucho miedo. Rachel no es de esas personas que se quejan por nada. Así que cuando la ví en aquel estado, llorando como si fuera una niña pequeña, llamé inmediatamente a la ambulancia. 

No sé cuánto tiempo tardó la ambulancia porque el dolor y el pánico distorsionan nuestra percepción del tiempo, pero cuando escuché su característico sonido me sentí aliviado. No sabía que nuestra aventura apenas acababa de empezar.

Uno de los técnicos le hizo a mi esposa la clásica pregunta: ‘Del 1 al 10, ¿cuánto le duele?’

‘Once’, balbuceó Rachel.

Mientras iba en la ambulancia, sufría a la par de mi esposa, pero confiaba en que todo terminaría rápidamente al llegar al centro médico. El viaje duró 10 minutos, al llegar al hospital colocaron su camilla en una larga fila y Rachel se convirtió oficialmente en un paciente, en las dos acepciones del término.

Al cabo de un rato, me acerqué a una enfermera y le pedí que viera a mi esposa porque nunca la había visto quejarse así. 

‘Tendrás que esperar tu turno, solo es un poco de dolor, aguanta cariño’, le dijo mientras le daba un golpecito condescendiente en la cabeza.

En ese momento no sabíamos que su ovario estaba muriendo, literalmente. Mi esposa tenía un quiste de ovario, un problema bastante común, pero en su caso había crecido demasiado sin ser detectado y torció la trompa de Falopio. Este problema se denomina torsión ovárica y es muy doloroso, además de requerir una intervención quirúrgica inmediata.

Sin embargo, la atención que mi esposa necesitaba tardó en llegar. Al cabo de dos horas, un médico se acercó, hizo algunas preguntas rápidas, un examen fugaz y desapareció. Media hora más tarde una enfermera le puso un suero para el dolor, y la llevó a la sala para realizarle una TAC. Era el tratamiento de rutina para un cálculo en el riñón. 

Cuando el medicamento para el dolor comenzó a hacer efecto, Rachel fue perdiendo la conciencia pero en su rostro aún estaba dibujada una mueca de dolor. Tres horas después de haber realizado la TAC, el médico vio los resultados y sus ojos se desorbitaron. Confirmó que tenía una gran masa en el abdomen pero no sabía de qué se trataba. Fue entonces cuando todos se pusieron las pilas y detectaron la torsión ovárica.

A Rachel la operaron y todo salió bien, pero me preguntó qué habría pasado si hubiese llegado sola a ese hospital donde las enfermeras y los médicos parecían decirme: ‘No te preocupes, las mujeres lloran por nada. Son así’.”

Esta historia, que resumí a grandes rasgos, fue vivida en carne propia por el periodista Joe Fassler, quien la publicó indignado en The Atlantic. Y la traigo a colación porque yo también he podido ver en los ojos de algunos doctores esa mirada condescendiente que minimiza tus síntomas y te hace sentir a medio camino entre la histeria y la hipocondría. Y no soy la única. Muchas mujeres han sido tratadas igual.

Las mujeres son más propensas a padecer enfermedades que causan dolor, pero reciben tratamientos más conservadores


Un estudio desarrollado por investigadores de la Universidad de Maryland desveló un dato alarmante: en Estados Unidos los hombres esperan una media de 49 minutos para recibir un analgésico para el dolor abdominal agudo. Las mujeres esperan una media de 65 minutos para recibir el mismo tratamiento por la misma causa porque a menudo su dolor se cataloga como “emocional”, “psicogénico” o incluso “irreal”.

Otro estudio realizado en la Universidad de Pensilvania halló que las mujeres tienen entre un 13% y un 25% menos probabilidades de recibir un tratamiento con opioides para aliviar el dolor, mientras que a los hombres se les prescribe este tratamiento más rápido y con más frecuencia.

Sin embargo, lo curioso es que investigadores de la Universidad de Florida encontraron que las mujeres enfrentan un riesgo mayor de desarrollar enfermedades que causan un dolor intenso. Las mujeres tenemos el doble de probabilidades de sufrir esclerosis múltiple, de dos a tres veces más posibilidades de desarrollar artritis reumatoide y cuatro veces más probabilidades de sufrir síndrome de fatiga crónica que los hombres. Además, las enfermedades autoinmunes, que a menudo incluyen dolor debilitante, golpean a las mujeres tres veces más que los hombres.

Aún así, muchos médicos y enfermeras minimizan su dolor, al parecer seguimos cargando con el peso histórico de la histeria. De hecho, la “histeria femenina” fue un diagnóstico común hasta mediados del siglo XIX, en aquel momento se estimaba que una de cada cuatro mujeres estaba aquejada de histeria.

Este diagnóstico se aplicaba a un amplio abanico de síntomas, desde el insomnio hasta el desmayo, la retención de fluidos, la irritabilidad, el dolor de cabeza y los espasmos musculares. Y lo más curioso es que se trataba estimulando los genitales femeninos. Obviamente, en su base se hallaba la idea de que las mujeres exageraban el dolor o incluso se lo inventaban.

La comunidad médica está al corriente de esta “maldición de género” pero sigue pensando que las mujeres son demasiado sensibles 


Lo peor de todo es que esta “maldición de género” es un fenómeno bien conocido en la comunidad médica. De hecho, existe lo que se conoce como “Síndrome de Yentl”, que hace referencia a que los ataques de corazón suelen presentarse de manera diferente en las mujeres y los hombres, razón por la cual muchos médicos se centran en los signos clásicos que presentan los hombres y muchas mujeres no son diagnosticadas a tiempo, con las correspondientes consecuencias mortales que esto acarrea. 

Las estadísticas indican que las mujeres que sufren una enfermedad cardíaca suelen recibir un tratamiento menos agresivo que los hombres, a pesar de que en ellas la enfermedad normalmente se encuentra en un estadio más avanzado. Las mujeres tenían la mitad de probabilidades de ser sometidas a un cateterismo cardíaco y son menos propensas a que se les recomiende una cirugía de bypass o un procedimiento para desobstruir las arterias bloqueadas.

Por si fuera poco, también se ha apreciado que las mujeres son más propensas a recibir diagnósticos de condiciones como la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, de las cuales aún no se han identificado bien las causas y no existen pruebas diagnósticas definitivas. Esto significa que las mujeres tienen más probabilidades de recibir el diagnóstico de “trastornos nebulosos” que tienen un gran componente psicológico.

Obviamente, en una sociedad que marcha hacia la igualdad de género, estos esterotipos son inconcebibles. Y lo peor de todo es que esas ideas preconcebidas de la mujer como “sensible” y “llorona” en el plano médico pueden representar la diferencia entre la vida y la muerte, o terminan afectando considerablemente la calidad de vida de una persona.

Lamentablemente, según Leslie Jamison, quien ha creado la “Teoría Unificada del Dolor Femenino”, “las mujeres reciben un tratamiento inicial menos agresivo que los hombres, hasta que demuestren que su dolor es importante”. 

Fuentes:
Fillingim, R. B. et. Al. (2009) Sex, Gender, and Pain: A Review of Recent Clinical and Experimental Findings. Journal of Pain; 10(5): 447–485.
Chen, E. H. et. Al. (2008) Gender disparity in analgesic treatment of emergency department patients with acute abdominal pain. Acad Emerg Med; 15(5):414-418. 
Hoffmann, D. E. & Tarzian, A. J. (2001) The girl who cried pain: a bias against women in the treatment of pain. J Law Med Ethics; 29(1): 13-27.
Healy, B. (1991) The Yentl syndrome. The New England Journal of Medicine; 325(4): 274-276.
Escrito por: Jennifer Delgado

8/23/2016

Las quejas son un veneno para tu cerebro


¿Por qué las personas se quejan? Sin duda, no es para torturar a los demás con su negatividad, como muchos podrían pensar. La mayoría de las personas se quejan porque al exteriorizar sus emociones y pensamientos se sienten mejor, o al menos eso creen. 

Sin embargo, la ciencia señala que en realidad andan desencaminadas. Quejarnos no nos hace bien, expresar esa negatividad puede hacer que nos sintamos peor. Ventilar las emociones puede parecer una buena idea pero a la larga no lo es, tanto para la persona que se queja como para quien le escucha. 

El problema se encuentra en el cerebro. Quejarse altera nuestras redes neuronales y puede tener serias repercusiones para nuestra salud mental. De hecho, algunos neurocientíficos han llegado a afirmar que las quejas pueden matarnos, literalmente. 

Las quejas consolidan las sinapsis de la negatividad 


Ahora mismo en nuestro cerebro se están produciendo muchísimas sinapsis. Cuando pensamos en algo, una neurona libera una serie de neurotransmisores, a través de los cuales se comunica con otra neurona y establece una especie de puente a través del cual pasa una señal eléctrica. De esta forma se transmite la información en el cerebro. 

Lo interesante es que cada vez que se produce una sinapsis, ese camino se consolida. De esta forma se crean auténticas autopistas neuronales en nuestro cerebro, las cuales nos permiten, por ejemplo, conducir de manera automática o caminar sin tener que pensar en cómo movemos los pies. 

Estos circuitos no son estáticos, en función de la práctica pueden cambiar, debilitarse o consolidarse. Obviamente, mientras más sólida sea esa conexión, más rápido se transmitirá la información y más eficientes seremos realizando esa actividad. 

El problema es que cuando nos quejamos y nos llenamos de pensamientos negativos, estaremos potenciando precisamente esas redes neuronales, alimentando la negatividad que da lugar a la depresión. Mientras más nos quejemos, más negro veremos el mundo, porque son precisamente esos caminos neuronales los que estamos potenciando, en detrimento de otros, mucho más positivos y beneficiosos para nuestra salud emocional. 

De hecho, investigadores de la Universidad de Yale han apreciado que en las personas sometidas a un gran estrés o que padecen depresión, ocurre una desregulación de las sinapsis y se produce una atrofia neuronal. En el cerebro de estas personas aumenta la producción de un factor de transcripción denominado GATA1, que disminuye el tamaño, las proyecciones y la complejidad de las dendritas, las cuales son esenciales para transmitir los mensajes de una neurona a otra. 

Eres el reflejo de quienes te rodean 


Las quejas no solo afectan las conexiones neuronales de la persona que se lamenta sino también de quienes están a su alrededor. De hecho, es probable que después de haber escuchado a un amigo quejarse durante varias horas, te sientas como si te hubiesen drenado, como si te hubieran robado la energía. Es probable que en ese momento también tengas una visión un poco más pesimista del mundo. 

Esto se debe a que nuestro cerebro está programado para la empatía. Las neuronas espejo se encargan de que podamos experimentar las mismas sensaciones que la persona que tenemos delante, ya sea alegría, tristeza o ira. Nuestro cerebro intenta imaginar qué siente y piensa esa persona, para poder actuar en consecuencia y modular nuestro comportamiento. 

En esos casos, la empatía se convierte en un arma de doble filo que blandimos contra nosotros mismos ya que cuando escuchamos a una persona lamentarse, en nuestro cerebro se liberarán los mismos neurotransmisores que en el suyo. De esta forma, terminamos siendo prisioneros de sus quejas. 

El cerebro, un puesto de mando que controla el cuerpo 


Las quejas consolidan las sinapsis “negativas” en el cerebro y estas tienen un gran impacto en nuestra salud. Cuando alimentamos la tristeza, el resentimiento, la rabia, el odio y la ira, todas esas emociones se reflejan en nuestro cuerpo. De hecho, hace poco un grupo de investigadores de la Universidad de Aalto realizaron un mapa corporal de las emociones, en el cual se puede apreciar cómo estas se reflejan en zonas específicas. 


Además, no debemos olvidar que detrás de esos sentimientos y emociones negativas suele esconderse el cortisol, un neurotransmisor que también actúa como hormona cuyos niveles elevados se han vinculado con un sistema inmunitario deprimido, el aumento de la presión arterial y un mayor riesgo de desarrollar enfermedades como el cáncer y los trastornos cardiovasculares. El cortisol también daña la memoria, aumenta el riesgo de sufrir depresión y ansiedad y, por supuesto, acorta la esperanza de vida. 

No hay leones vegetarianos 


Vale aclarar que no se trata de que no podamos quejarnos ni de que tengamos que reprimir nuestras emociones y sentimientos. De hecho, en algunas ocasiones quejarse puede ser extremadamente liberador. Sin embargo, debemos asegurarnos de que no se convierta en un hábito y, sobre todo, de que a las palabras le sigan las acciones. 

Por eso, la próxima vez que acuda una queja a tu mente, recuerda que “los leones no son vegetarianos”. Esto significa que, por mucho que te quejes, no van a cambiar su dieta. Si quieres cambiar algo y no convertirte en su cena, será mejor que busques otras estrategias. 

En otras palabras: el universo es caótico, a veces pasan cosas malas e impredecibles sobre las que no tenemos ningún control. Podemos sentarnos a lamentarnos o, al contrario, podemos asumir una actitud proactiva y preguntarnos qué podemos hacer para lidiar de la mejor manera posible con los problemas y, de ser posible, aprender de ellos. La decisión está en nuestras manos. 


Fuentes: 
Duman, R. S. (2014) Pathophysiology of depression and innovative treatments: remodeling glutamatergic synaptic connections. Dialogues Clin Neurosci; 16(1): 11–27. 
Nummenmaaa, L. et. Al. (2014) Bodily maps of emotions. PNAS; 111(2): 646-651. 
Duman, R. S. (2012) Decreased expression of synapse-related genes and loss of synapses in major depressive disorder. Nature Medicine; 18: 1413–1417. 
Christoffel, D. J. et. Al. (2011) Structural and synaptic plasticity in stress-related disorders. Pathophysiology of depression and innovative treatments: remodeling glutamatergic synaptic connections. Rev Neurosci; 22(5): 535-549. 
Schoorlemmer, R. M. et. Al. (2009) Relationships between cortisol level, mortality and chronic diseases in older persons. Clin Endocrinol; 71(6): 779-786.
Escrito por: Jennifer Delgado

8/19/2016

¿Te enfadas con frecuencia? Quizá tu cerebro solo es capaz de detectar las señales de hostilidad


En nuestra sociedad la ira se ha catalogado como una emoción negativa. Desde pequeños nos enseñan que no debemos enfadarnos. Sin embargo, lo cierto es que la ira es una emoción defensiva. Está presente en las situaciones de conflicto y se desencadena cuando creemos que hemos sido tratados injustamente, cuando nos sentimos heridos o cuando algo se interpone en nuestro camino.

De hecho, la ira es una emoción muy potente que tiene un gran efecto dinamizador. Es decir, nos da la motivación y el empuje necesario para luchar contra aquello que consideramos injusto o amenazante, con el fin de protegernos.

Por eso, la ira en sí no es negativa, siempre y cuando no nos aferremos a ella ya que en ese caso puede ser muy perjudicial, incluso para nosotros mismos. Sin embargo, lo que sí resulta dañina es la agresividad.

¿En qué se diferencia la ira de la agresividad?


Para comprender la diferencia entre la ira y la agresividad debemos tener en cuenta que la ira, como todas las emociones, implica tres tipos de respuestas.

1. Corporal. Nuestro cuerpo se activa para la defensa o el ataque: el ritmo cardíaco aumenta, la respiración se acelera, los músculos se tensan y el flujo sanguíneo se dispara. Se trata de un estado de excitación que nos predispone a actuar de manera impulsiva ya que la amígdala toma el control de la situación y puede llegar a producirse un secuestro emocional, lo cual significa que “desconecta” el control de los lóbulos frontales. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Chicago desveló que las personas que tienen problemas de ira muestran una hiperactividad de la amígdala, lo cual les lleva a responder impulsivamente, sin reflexionar.

2. Cognitiva/Emocional. Se trata de la interpretación que hacemos de la situación, del valor emocional que le demos y el significado que le confiramos. De esta manera, las emociones están en función de nuestros pensamientos, por lo que cuando interpretamos una situación como un obstáculo, una injusticia, un abuso o una falta de respeto, experimentamos ira. Pensamientos como “es intolerable” o “cómo se atreve a tratarme de ese modo” se convierten en combustible para la ira y aumentan las probabilidades de que perdamos el control y reaccionemos con agresividad.

3. Conductual. Cuando experimentamos ira, nuestra conducta instintiva es defendernos. Por eso, se genera una energía interna que nos motiva a destruir ese “obstáculo”. La agresividad es una de las diferentes maneras de expresar esa ira, y también una de las más destructivas. Sin embargo, existen otras conductas que permiten resolver el problema sin llegar a la agresividad. 

¿Por qué perdemos el control?


Si te enfadas y pierdes el control con frecuencia respondiendo con agresividad, es probable que el problema se encuentre en la interpretación que haces de las situaciones. La clave podría encontrarse en la forma en que tu cerebro procesa las situaciones.

Un estudio realizado por neurocientíficos de la Universidad de Chicago ha descubierto que la materia blanca en una región del cerebro llamada fascículo arqueado tiene menos densidad y menos volumen en las personas que sufren un trastorno explosivo intermitente que en los individuos "normales".

Esta región se encarga de conectar el lóbulo frontal, responsable de la toma de decisiones, el control emocional y las consecuencias de las acciones, con el lóbulo parietal, en el que se procesa el lenguaje y la información proveniente de los sentidos. En práctica, es la autopista que conecta estas partes del cerebro. 

Por otra parte, la sustancia blanca es importante porque favorece la conexión y la transmisión de información en el cerebro. Por tanto, lo que han descubierto estos investigadores es que el cerebro de las personas que tienen tendencia a la ira se conecta de manera diferente.

Esa podría ser la razón por la cual las personas que tienen problemas de ira tienden a malinterpretar las intenciones de los demás en las interacciones sociales. Ellos piensan que los otros son hostiles, y sacan conclusiones erróneas sobre sus intenciones. Esta interpretación aumenta aún más su ira.

También se ha apreciado que estas personas no son capaces de procesar todos los detalles que se producen en las interacciones sociales, como el lenguaje extraverbal o algunas palabras. En práctica, solo captan las señales que refuerzan su creencia de que la otra persona les está desafiando. Por eso, responden con agresividad ante situaciones que para los demás serían neutras.

El problema en la conexión entre estos lóbulos del cerebro afectaría el procesamiento de las situaciones sociales, llevándoles a malinterpretar las pequeñas pistas que envían las personas en las interacciones sociales.

Aprender a gestionar la ira


Enfadarse no es negativo. De hecho, debemos prestarle atención a esa emoción y reflexionar sobre su origen. La clave radica en aprender a gestionar nuestras respuestas emocionales, cognitivas y conductuales.

Por eso, si te enfadas con frecuencia y pierdes el control, el primer paso consiste en preguntarse si no estarás realizando una interpretación sesgada de las señales que envían los demás. Si pensamos que el mundo conspira en nuestra contra, es probable que solo veamos las señales negativas, obviando las positivas.

De hecho, se ha apreciado que las personas que se enfadan con frecuencia suelen tener grandes explosiones de ira pero lo cierto es que a lo largo del día suelen mantenerse en un estado de irritabilidad y frustración, lo cual las convierte en auténticas bombas de relojería dispuestas a estallar ante el más mínimo estímulo.

Como colofón, he aquí 10 consejos para controlar la ira.


Fuentes:
Lee, R. et. Al. (2016) White Matter Integrity Reductions in Intermittent Explosive Disorder. Neuropsychopharmacology.
Coccaro, E. F. et. Al. (2007) Amygdala and orbitofrontal reactivity to social threat in individuals with impulsive aggression. Biological Psychiatry; 62(2): 168-178.
Escrito por: Jennifer Delgado

8/18/2016

¿Cómo el mar puede cambiar tu cerebro?


¿Alguna vez has sentido una paz increíble mientras caminabas a lo largo del mar, o quizá de repente has notado que tienes más energía y que tu estado de ánimo ha mejorado? Lo cierto es que la mayoría de las personas experimenta una agradable sensación de calma, relajación y bienestar cuando está cerca del agua. ¿Por qué? Los neurocientíficos piensan que la explicación radica en nuestro cerebro. 

El mar ejerce un efecto maravilloso sobre nuestra mente


Básicamente, el efecto relajante del mar se debe a que le da una especie de vacaciones a nuestro cerebro de la sobreestimulación a la que nos exponemos continuamente. De hecho, vivimos en un entorno sobrecargado de estímulos, estos nos bombardean provocando una sobrestimulación que termina pasándonos factura ya que genera un estado de tensión constante que nos impide relajarnos.

Sin embargo, ver el mar y escuchar el sonido de las olas nos permite desconectarnos de ese entorno caótico, es como si creara una burbuja a nuestro alrededor. De hecho, el movimiento del mar y su inmensidad tienen un efecto casi hipnótico, el cual genera esa sensación de tranquilidad y bienestar que nos permite recargar energía.

- Induce un estado meditativo

El sonido de las olas del mar estimula un estado meditativo y potencia una actitud mindulness. De hecho, no es casualidad que este sonido se utilice a menudo en las sesiones de relajación pues se ha demostrado que genera cambios en las ondas cerebrales. Específicamente, promueve las ondas alfa, las cuales se han vinculado con un estado de atención sin esfuerzo. Estas ondas aparecen cuando estamos tranquilos y relajados pero también tan concentrados que todo a nuestro alrededor desaparece, incluso el tiempo. Curiosamente, estas ondas también promueven un estado de claridad mental y estimulan el pensamiento creativo.


- Estimula la creatividad

Cuando estamos cerca del mar, nuestro cerebro cambia su modo de funcionamiento, pasa del modo “ocupado” al modo “relajado”. Lo interesante es que en este modo se activa la red neural por defecto, que es precisamente la que se ha vinculado con el insight y la aparición de las ideas más originales y creativas. Lo que sucede es que el mar nos permite dejar de lado nuestras preocupaciones y hace que la zona prefontral de nuestro cerebro ceda el control, dejando que fluya libremente la creatividad. En este estado nos mostramos más abiertos a las experiencias y somos menos críticos. 

- Genera un poderoso estado de asombro y admiración

No hay nada como contemplar la inmensidad del mar para experimentar esa sensación mezcla de asombro y admiración ante la inmensidad. En este sentido, psicólogos de la universidades de Stanford y Minnesota han descubierto que esta experiencia puede potenciar una profunda sensación de bienestar. Este tipo de experiencias "expansivas" nos obligan a cambiar nuestro esquema mental para poder procesar lo que estamos viviendo, de manera que se produce un cambio drástico en nuestra manera de pensar e incluso influye en la toma de decisiones, haciendo que pensemos más en los demás y seamos más generosos. También se ha demostrado que esas experiencias alteran nuestra percepción del tiempo, como si estuviéramos inmersos, literalmente, en una gran burbuja. 

- Mejora el desempeño cognitivo

El entorno en el que nos desenvolvemos está cargado de iones, tanto negativos como positivos. Se ha descubierto que los iones positivos, como los que emiten la mayoría de los equipos electrónicos, drenan nuestra energía. Al contrario, los iones negativos, que son comunes en el mar, generan un estado de activación. De hecho, un estudio realizado en el Mount Carmel College de Bangalore desveló que los iones negativos tienen un efecto positivo en nuestro desempeño cognitivo. Estos psicólogos sometieron a los participantes a diferentes test de memoria, atención y toma de decisiones y apreciaron que su desempeño disminuía cuando la atmósfera estaba cargada de iones positivos y aumentaba cuando habían más iones negativos. Otro estudio realizado en la Universidad de California desveló que los iones negativos también estimulan la producción de serotonina en el cerebro, lo cual contribuye a que nos sintamos más relajados y a la vez llenos de energía.


Fuentes:
Rudd, M. et. Al. (2012) Awe Expands People’s Perception of Time, Alters Decision Making, and Enhances Well-Being. Psychological Science; 23(10): 1130-1136.
Baron, R. A. (1987) Effects of negative ions on cognitive performance. Journal of Applied Psychology; 72(1): 131-137.
Diamond, M.C. et Al. (1980) Environmental influence on serotonin and cyclic nucleotides in rat cerebral cortex. Science; 210: 652-654.
Escrito por: Jennifer Delgado

8/16/2016

Optimismo Tóxico: El exceso de positividad puede ser insano


En los últimos años se ha puesto de moda un optimismo ingenuo que muy poco tiene que ver con la Psicología Positiva. De hecho, el optimismo a ultranza puede ser extremadamente dañino, e incluso tóxico. No es lo mismo tener esperanza que desarrollar un optimismo excesivo que le da la espalda a la realidad.

Tanto la esperanza como el optimismo se centran en un futuro positivo. Sin embargo, mientras que la esperanza implica tener fe en que vamos a obtener resultados positivos, el optimismo tóxico implica contar con ellos, darlos por hecho. Este tipo de optimismo se desarrolla cuando dejamos que nuestras emociones manipulen las estadísticas, hasta el punto que nuestro deseo porque algo ocurra sobrepasa con creces las probabilidades reales de que suceda. 

El optimismo desmesurado, un mal que se contagia rápidamente


Podemos pensar que el optimismo tóxico es un mal raro pero en realidad no es así. De hecho, es la causa por la que muchos emprendedores fracasan. Estas personas tienen una idea de negocio y su excitación es tan grande que piensan que se trata de una idea brillante que tiene todas las cartas ganadoras para triunfar. Guiados por ese exceso de optimismo, no crean un plan de emergencia sino que invierten todo lo que tienen en esa idea. Ante las adversidades, contratiempos y problemas, que tarde o temprano siempre surgen, no tienen un plan que les cubra las espaldas, por lo que pueden terminar perdiéndolo todo.

En realidad, el problema no era que la idea no fuera brillante, quizá lo era. El verdadero problema fue su exceso de optimismo, que les llevó a asumir demasiados riesgos y les impidió realizar un plan objetivo de desarrollo que tuviera en cuenta los problemas que podían presentarse en la realidad.

Obviamente, el exceso de optimismo no solo es tóxico para los negocios sino también para nuestra vida personal y profesional. Comprometerse demasiado pronto en una relación de pareja con una persona que apenas conocemos también puede pasarnos una enorme factura emocional, por ejemplo.

En este sentido, resulta particularmente reveladora la paradoja de Stockdale. James Stockdale fue el prisionero estadounidense de mayor rango en la guerra de Vietnam. Lo retuvieron durante 8 años y lo torturaron repetidamente. Sin embargo, sobrevivió.

Mientras estuvo en cautiverio, Stockdale se dio cuenta de que los prisioneros que menos probabilidades tenían de sobrevivir eran precisamente los que tenían un exceso de optimismo. Estos prisioneros no se paraban de repetir que para Navidades todos estarían en casa. Sin embargo, cuando pasaban unas y otras Navidades y seguían allí, terminaban deprimidos y se rendían.

Al contrario, los prisioneros que mantenían la esperanza pero que, a la vez, eran más realistas y no intentaban evadirse de su situación sino que aceptaban los horrores que estaban viviendo con entereza, fueron los que sobrevivieron.

El problema es que el optimismo ingenuo daba lugar a una montaña rusa emocional marcada por la esperanza y la desilusión que, al final, terminaba agotando a la persona, tanto desde el punto de vista físico como psicológico.

5 consecuencias terribles del optimismo tóxico para nuestra vida

El optimismo nos permite mantener la esperanza y luchar por lo que queremos, pero el exceso de optimismo nos puede convertir en personas negligentes y miserables.

1. Te mientes a ti mismo. Mantener un optimismo desmesurado, sin tener en cuenta la realidad, equivale a mentirse a sí mismos, aunque lo peor de todo es que no somos plenamente conscientes de que nos estamos autoengañando.

2. Desarrollas una atención selectiva. Ser excesivamente optimista nos llevará a centrarnos exclusivamente en las cosas que queremos ver. Ese optimismo desmesurado hará que interpretemos incluso las señales de alarma como confirmaciones de que todo va bien, llevándonos a ignorar los pequeños problemas, que probablemente seguirán creciendo hasta convertirse en obstáculos insuperables.

3. Das pasos en la dirección equivocada. El optimismo excesivo impide realizar una valoración objetiva de la realidad, como resultado, no somos capaces de adaptar nuestro guión a lo que ocurre y terminaremos dando pasos en la dirección errónea, en pos de una meta inalcanzable.

4. No tienes un plan B. En la vida, sobre todo cuando emprendemos proyectos importantes, es fundamental mantenerse atentos a los cambios de dirección para corregir el rumbo y, si es necesario, aplicar el plan B. El optimismo tóxico nos impide siquiera valorar esa posibilidad, es como apostar todo a una única mano, sin ser conscientes de que existen probabilidades de perder.

5. Desarrollas expectativas irreales. Organizamos gran parte de nuestra vida en base a lo que esperamos conseguir, lo cual significa que alimentar expectativas irreales hará que vivamos en el mundo de nuestra mente, alejándonos cada vez más de la realidad. En práctica, sería como pensar siempre: "¿para que necesito el paraguas si no va a llover?"

¿Cómo protegerse del optimismo tóxico sin caer en el pesimismo?


Cuando pensamos en el optimismo lo relacionamos con la metáfora del vaso. Ser optimistas es pensar que el vaso está medio lleno, ser pesimistas es pensar que está medio vacío. Obviamente, nadie cuestiona la existencia del vaso, el énfasis siempre se pone en la perspectiva y la interpretación del nivel del agua.

También es curioso que en la cultura occidental tenemos la tendencia a pensar que las cosas buenas, mientras más, mejor. Sin embargo, lo cierto es que el exceso de alegría puede degenerar en moria y el autocontrol emocional puede convertirse en embotamiento afectivo. Los extremos, incluso los que catalogamos como "positivos", pueden convertirse en un arma de doble filo.

En el taoísmo, dado que los eventos no se catalogan como buenos o malos, se promueve un equilibrio entre los extremos. En esta filosofía se piensa que cualquier extremo, sea negativo o positivo, no brinda la felicidad y, a la larga, resulta dañino. 

1. Comprender qué es realmente el optimismo. Algunas personas asumen el optimismo como una negación. De hecho, incluso muchos gurús del Desarrollo Personal lo venden como tal. El mantra es: “¿Te ha ido mal? No importa, pon mente positiva”. En realidad, si nos ha ido mal, debemos buscar las causas y aprender de los errores para no volver a cometerlos. El optimismo beneficioso es aquel que nos permite seguir adelante, a pesar de las cosas negativas pero siendo conscientes de ellas. 

2. Abrazar el optimismo proactivo. Ser optimistas es positivo, decenas de investigaciones han demostrado sus beneficios para nuestra salud mental y física. Sin embargo, sentarse a desear algo no hará que ocurra. Por eso, es importante que el optimismo se acompañe con un plan de acción. Si deseamos algo, no debemos quedarnos de brazos cruzados, debemos trazar un plan realista para lograrlo. Solo así el optimismo dará sus frutos, caso contrario conducirá a la frustración.

3. Bebe una dosis de negativismo estratégico. Alguien dijo: “planea lo mejor y prepárate para lo peor”. No es adoptar una actitud pesimista sino adelantarse a los posibles problemas y buscar soluciones, de manera que no tengamos que renunciar a nuestros sueños. El negativismo estratégico consiste en prever los problemas y contratiempos, para que estos no se conviertan en obstáculos insuperables.

Recuerda que 
Escrito por: Jennifer Delgado

8/15/2016

Quien se afirma a sí mismo, se libra de la crítica


Para muchas personas, criticar es como respirar, simplemente no concebirían su vida sin las críticas. Sin embargo, ser criticados, convertirse en la diana de esas críticas, es más complicado porque podemos llegar a sentirnos muy mal.

Una crítica mal hecha o realizada en un momento inadecuado puede dejar profundas heridas emocionales. De hecho, si buscas en tu memoria, es probable que no te resulte difícil recordar esa crítica que tanto te hirió en el pasado y que aún hoy levanta ampollas.

Por desgracia, no podemos evitar que los demás nos critiquen, pero podemos elegir cómo reaccionar ante sus comentarios. No tenemos el poder para evitar las críticas pero podemos decidir si esas palabras nos harán daño o no. Y la clave para lograrlo se encuentra en un texto antiguo.

La autoafirmación: Un camino de empoderamiento


Quien se afirma a sí mismo, se libra de la crítica”, se puede leer en las páginas del Dào Dé Jīng, un texto clásico chino cuya autoría se atribuye a Laozi y que se convirtió en uno de los fundamentos del taoísmo. Se trata de un consejo tan antiguo como vigente.

La autoafirmación es casi como un súper poder, aunque por desgracia no se potencia en la educación infantil. De hecho, más bien se aniquila ya que cuando nos enseñan a buscar la aprobación de los demás, cuando nos enseñan a valorarnos según las valoraciones que los otros hacen de nuestras cualidades, están matando la autoafirmación.

La autoafirmación es la capacidad para expresar nuestras opiniones y hacernos valer en las relaciones con los demás. En su base se encuentra una profunda autoconfianza. Solo cuando estamos seguros de quiénes somos y valoramos adecuadamente nuestras capacidades, somos capaces de expresar nuestras necesidades e ideas de una manera asertiva, sin dañar al otro pero sin permitir que se pisoteen nuestros derechos o que nos menosprecien.

Para autoafirmarse es necesario tener claras las respuestas a estas tres preguntas:

1. ¿Quién eres? Puede parecer una verdad de Perogrullo pero muchas personas no se conocen lo suficiente a sí mismas, no saben quiénes son. Sin embargo, para autoafirmarse es necesario saber quiénes somos, conocer nuestras fortalezas y también nuestras debilidades, saber cuáles son nuestros valores, gustos y necesidades. Solo una persona consciente de sí, puede autoafirmarse.

2. ¿Quién quieres ser? No basta con conocerse, es necesario saber en qué persona te quieres convertir. ¿Qué quieres mejorar de ti, qué habilidades te hacen sentir orgulloso y qué camino podría ayudarte a desarrollar esas capacidades? La respuesta a estas preguntas te permitirán tomar el mando de tu vida.

3. ¿Qué quieres alcanzar? Las metas que nos proponemos terminan cambiándonos, por eso es importante saber qué deseamos alcanzar y cómo lo haremos. Plantearnos objetivos realistas nos ayudará a reforzar la autoconfianza, nos empoderará y nos permitirá ser inmunes a las críticas malsanas.


¿Por qué la autoafirmación es el mejor antídoto contra las críticas?


Cuando sabes exactamente cuáles son tus puntos débiles y cuáles son tus fortalezas, cuando estás seguro de lo que quieres y tienes en mente cómo alcanzarlo, las críticas de los demás no harán mella en ti porque no podrán hacerte sentir inferior, incompetente o generar dudas.

De hecho, debemos tener en cuenta que la crítica nos causa tanto daño precisamente porque nos hace dudar de nosotros mismos, porque activa la sensación de que no somos suficientes, de que somos inadecuados o incapaces. La crítica que nos molesta es precisamente esa que va a hurgar en la llaga, la crítica a la que le prestamos oídos es aquella que, de cierta forma, confirma nuestros peores temores sobre nosotros mismos.

Podemos pensar en la crítica como en un diapasón. Solo nos hará daño aquella que resuene en la misma frecuencia que nuestro interior, aquella que haga palanca en nuestros temores e inseguridades. Por eso, la autoafirmación es el mejor antídoto contra la crítica malsana, la seguridad en nosotros mismos nos permite asumir una distancia emocional de las palabras malintencionadas. Así podemos valorar si realmente la crítica es oportuna y puede aportarnos algo que nos permita crecer o, al contrario, se trata de palabras dirigidas a herir que no pueden reportarnos ningún beneficio. En uno u otro caso, la decisión está en tus manos.

Escrito por: Jennifer Delgado

8/12/2016

Curar la depresión con Yoga


Los casos de depresión están aumentando. Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión junto con las enfermedades cardiovasculares, serán las enfermedades más comunes en un futuro cercano. De hecho, se estima que entre el 8% y el 15% de las personas sufrirán un cuadro de depresión en algún momento a lo largo de su vida. Sin duda, se trata de datos alarmantes que se ven confirmados por el aumento en las ventas de antidepresivos y ansiolíticos, que en la actualidad se han convertido en los medicamentos más vendidos.

Esta situación nos ayuda a tomar conciencia de una enfermedad que se infiltra cada vez más en nuestras vidas, que nos toca directamente o que afecta a las personas que nos rodean. Los diferentes tipos de depresión que se pueden catalogar como patológicas, la depresión reactiva, la depresión secundaria y la depresión endógena, en muchos casos necesitan tratamiento farmacológico y, a menudo, la cura consiste en tomar antidepresivos. Sin embargo, lo cierto es que cuando se trata de curar la depresión, los mejores resultados se obtienen vinculando la ayuda psicológica a la terapia farmacológica, ya que esta última no brinda una solución a largo plazo pues no ataca el problema de raíz.

Los efectos del Yoga en las personas deprimidas


En los últimos años se han desarrollado diferentes estudios cuyo objetivo es encontrar soluciones alternativas al uso de medicamentos, para evitar sus efectos secundarios. En este sentido, una de las líneas de investigación más prometedoras para curar la depresión se centra en analizar los efectos del Yoga. Estas investigaciones confirman que la practica regular del Yoga puede ayudar a las personas que sufren de este trastorno a fortalecer su capacidad para lidiar con los síntomas depresivos.

En particular, un estudio realizado en el National Institute of Mental Health and Neurosciences de Bangalore afirma que practicar las Asana, unas posiciones de Yoga, reduce significativamente los niveles de cortisol y adrenalina, las hormonas del estrés, ayudando a recuperar un estado de relajación y promoviendo la aceptación de los sentimientos negativos producidos por ataques de pánico y los episodios de depresión. Según estos científicos, la aceptación es la clave para la curación, razón por la cual el Yoga puede ser un buen aliado.

Otro estudio de 2007 realizado en la Universidad de California involucró a 27 mujeres y 10 hombres con depresión mayor en remisión, los cuales se sometieron a 20 sesiones de Yoga. Al terminar el estudio, los investigadores registraron una reducción significativa del nivel de depresión y ansiedad. De hecho, todos los participantes mostraron una mejoría significativa en su estado de ánimo después de practicar Yoga

Por supuesto, el Yoga no representa la solución definitiva para curar la depresión, cada persona puede experimentar resultados diferentes, pero los beneficios de esta disciplina se han demostrado ampliamente. De hecho, algunos neurocientíficos indican que el Yoga actúa de manera similar a los fármacos, ya que tiene un efecto directo sobre los neurotransmisores. 

La ciencia confirma que el Yoga reduce la depresión


Un estudio particularmente interesante que confirma los efectos del Yoga en la depresión fue publicado en la Indian Journal of Psychiatry e involucró a 60 cuidadores profesionales que se ocupaban de pacientes con déficits neurológicos graves y que, al estar en contacto con personas que sufrían, comenzaban a desarrollar ellos mismos síntomas de ansiedad y depresión.

A la mitad del grupo se le dio la oportunidad de practicar el Yoga durante 45 minutos al día durante un mes, siguiendo una secuencia particular: canto OM, ejercicios de respiración de Yoga, práctica de ciertas asanas, 15 minutos de Yoga Nidra, 10 minutos de Pranayama Yoga y al final repetir sílabas según la metodología Pranava Japa. 

Los resultados fueron sorprendentes: el grupo que había practicado Yoga mostró una mejoría significativa en su estado psicofísico. De hecho, mostraron una disminución significativa de los niveles de ansiedad y depresión.

En realidad, lo que estos estudios demuestran es que la práctica regular de una de las disciplinas del Yoga puede contribuir a desarrollar la conciencia de nuestro estado de ánimo y, en particular, proporcionarnos un enfoque diferente ante la enfermedad. Por eso, aunque el Yoga por sí solo probablemente no baste para curar una depresión grave, es una herramienta muy valiosa que puede aliviar los síntomas y acelerar la sanación, tanto a nivel mental como fisiológico.


Fuentes:
Thirthalli, J. Et. Al. (2013) Cortisol and antidepressant effects of yoga. Indian J Psychiatry; 55(3): S405–S408.
Umadevi, P. (2013) Effect of yoga therapy on anxiety and depressive symptoms and quality-of-life among caregivers of in-patients with neurological disorders at a tertiary care center in India: A randomized controlled trial. Indian J Psychiatry; 55(3): S385–S389.
Shapiro, D. Et. Al. (2007) Yoga as a Complementary Treatment of Depression: Effects of Traits and Moods on Treatment Outcome. Evid Based Complement Alternat Med; 4(4): 493–502.
Escrito por: Jennifer Delgado
 

 

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